Hola a todas! Aquí os dejo el capítulo, que como prometí, es más largo que el anterior :P
Muchísimas gracias por los fravs, alerts, y el comentario, os lo agradezco de veras! ^.^
Sin más dilación, os dejo leer :D
Este capítulo ha sido beteado por Verónica Pereyra (Beta FFAD)
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Capítulo 4
Se sentía tan bien que se olvidó de todo. Sus manos cobraron vida y le acarició. Primero los brazos musculosos que la apretaban agradablemente, después los hombros, los cuales eran más grandes de lo que había imaginado ella; y por último su cuello y su cabeza.
Bella metió los dedos agarrando pedazos de mechones castaños, desordenándole el pelo. Tiró levemente de él y oyó como Edward gemía. Los brazos de él se apretaron más contra ella y los movimientos de sus labios se volvieron más exigentes. Bella le lamió suavemente el labio inferior para después darle pequeños mordiscos, provocando que la lengua de Edward se colara en su boca, explorándola.
Los dedos de Bella seguían moviéndose como con vida propia. Le acercó más a sí, esta vez era ella la que lo saboreaba a él, tan dulce pero amargo, una mezcla que Bella creía no poder resistir por mucho tiempo más.
Las manos de él empezaron a moverse también, recorriéndole la espalda, el costado derecho, sus caderas, haciendo pasar escalofríos de placer por el cuerpo de Bella. Edward apartó su boca de la de ella y siguió por su cuello, haciendo un pequeño camino de besos para después volver a recorrerlo con la lengua.
Bella creyó derretirse cuando él le mordisqueó el lóbulo de la oreja. Simplemente con eso, Edward había hecho que se excitara hasta puntos insospechados. El cuerpo de ella echaba fuego, al igual que el de Edward.
— ¿Sigues estando tan segura como antes? —Las poderosas manos de Edward cogieron las de Bella y las posicionó por encima de la cabeza de ella, dejándola indefensa. Él se separó un poco, admirándola. Bella vio la lujuria impresa en sus ojos, mezclada con una sombra oscura que no logró identificar, pero que le recordó a la persona de la que había huido. Edward se lamió los labios igual que hacía él. Le pasó su dedo índice por entre los pechos, igual que solía hacer él. La cogió del cuello y la obligó a besarle como hacía él.
— No... —Susurró Bella, moviéndose—. Déjame... —Pero él parecía no escuchar. Seguía aplastando su boca contra la de ella, tan ferozmente como recordaba que hacía James.
—Vamos —rió—. Sabes que lo estás disfrutando —la voz de Edward sonaba ronca y con un deje malicioso, algo que hizo asustar a Bella.
— ¡Suéltame! —Con ese grito Bella le empujó. La mirada de él, en ese momento, era de completo desconcierto. ¿Qué había hecho? Según él, nada malo, sólo quería pasárselo bien...
Ni siquiera tuvo la oportunidad de preguntarle el motivo de ese cambio tan drástico, ya que ella salió corriendo, dejándolo solo en medio de un estúpido laberinto. Cómo saldría de allí, no lo sabía, pero lo conseguiría e iría en busca de Bella. ¿Qué coño le pasaba? Ella había aceptado gustosa las atenciones que él le había dado.
Se pasó la mano por el pelo. Le había dejado con una terrible erección en los pantalones. Tendría que encontrar a otra que le complaciese, si no, explotaría.
Bella salió por la misma entrada por la que entró en apenas unos minutos, había estado corriendo. Se intentó tranquilizar, no quería asustar a sus amigas con la cara que seguro tenía que tener. Pasó al lado de la mesa de bebidas con la intención de volver a sentarse, pero se giró y volvió para inspeccionar la dichosa mesa. Sólo había refrescos y el mísero champán. Pero eso sería suficiente.
Decidida, cogió la primera botella que vio y fue a sentarse. Únicamente Irina estaba en la mesa, pero como si no estuviese. Tenía la cabeza apoyada sobre una de sus manos y sus ojos cerrados. Estaba tan dormida que ni siquiera el estruendo de la música conseguía despertarla.
Ceñuda, Bella abrió la botella con uno de los cuchillos de la mesa, haciendo que la espuma cayese sobre los platos, empapando todo. Miró a la cantidad de vasos que había desperdigados, parecía que había el doble que antes. ¿Qué habrían estado haciendo durante su ausencia? Le daba igual, eligió uno al azar y lo lleno hasta los topes del líquido dorado. De un trago se lo bebió y, cuando iba a volver a llenarlo, se quedó pensando y prefirió beber directamente de la botella. Sabía que parecía una borracha, pero los recuerdos eran demasiado fuertes y aterradores como para que pudiera estar lúcida y sobrevivir.
Después de beberse tres cuartos de la botella se vio preparada para olvidar lo ocurrido. Se levantó a trompicones de la mesa. Parecía que su plan había surtido efecto, no lograba andar dos pasos sin desviarse otros dos hacia los lados, y qué decir de razonar. Su mente no procesaba la información que sus sentidos le mandaban.
De repente, vio a una persona que seguro la haría olvidarse incluso de quién era, Riley, el primo de Irina. El susodicho estaba en medio de la pista de baile, bailando, o lo que fuese que estaba haciendo, con Alice. Llevaba la camisa blanca desabrochada hasta el comienzo de su pecho, sus pantalones negros le quedaban un poquito más ajustados de lo normal, pero así era él.
Riley parecía el típico rompecorazones de turno, con su pelo rubio largo y recogido siempre en una coleta, que le quedaba de maravilla; sus ojos azules cielo le daban un brillo juguetón, y sus labios finos y rosados atraían a cualquiera con sólo una sonrisa. También parecía el chico perfecto con el que todas sueñan, pero había un pequeño problema, a él le iban los tíos, más concretamente el oso que tenía al lado, Demetri.
Hacían una pareja extraña, los dos de complexión fuerte, con el pelo largo, uno rubio y el otro negro como el carbón, tan masculinos. Sin embargo con el tiempo llegó a hacerse a la idea.
— ¡Mira quién viene por ahí! —Gritó Alice mientras avanzaba y la cogía de la mano para que se acercase más rápido.
—Oish nena, no sabíamos dónde te habías metido —la incredulidad en la voz de Riley le pareció demasiado graciosa y no pudo contener la risa, seguramente el efecto del alcohol ayudaba sobremanera.
—Piers volvió listilla —le echó en cara Alice—, y venía con unos amiguitos muuuy interesantes.
—Sí —dijo con pesar Demetri—. La muy puta ha conseguido los móviles de todos, y yo ninguno, con lo guapo que soy —las carcajadas de Bella aumentaron ante la imagen que le ofreció el hombre cuando se quitaba el pelo negro de la cara y levantaba la cabeza a modo de indignación.
— ¡Oye, tú! —Gritó Riley ofendido—. ¿Yo no te soy suficiente? Ya te quedas sin follar durante a saber cuánto.
— ¿Qué? —Se quejó Demetri—. Sabes que es broma, yo solo te quiero a ti.
— ¡Aaaaaah! —Dijo el rubio a la vez que levantaba las dos manos—. Haber mantenido esos ojos en el lugar en el que debían y haber cerrado la boca.
— Dejaos ya de historias —por fin Bella consiguió articular palabra —. ¡He venido a bailar y a pasármelo bien, no a oír vuestras discusiones!
— ¡Bella se nos desmelena! —Gritó la pequeñaja mientras levantaba el puño derecho por encima de su cabeza a modo de victoria—. Voy a ir a buscar el regalito que tenía preparado para esta noche... creo que lo tenía Irina. ¿Dónde estará metida? —La duende miró hacia todos lados, pero al ser tan pequeña, apenas alcanzó a ver nada.
— Estaba dur... —hipó Bella —...miendo, sobre la mesa —la risa volvió a acudir.
— Ahora mismo vuelvo —canturreó Alice —. Ya aprenderá a no volver a dormirse, ya... —Las amenazas de Alice se fueron con ella y los tres se miraron divertidos, a saber qué le haría a la pobre muchacha.
— No me has contestado, nena —se quejó Riley a la vez que cogía de la cintura a Bella y bailaban lentamente.
— ¡Ja! ¿Ahora quién tiene los ojos en quién? —Bufó Demetri.
— Cariño —respondió el rubio. Si las miradas matasen Demetri estaría a diez metros bajo tierra —. Cállate.
— ¡Demetri! —Gritó una voz—. ¡Ven a hacernos una foto!
— Joder —gruñó el moreno—. Estas cosas siempre me pasan a mí...
— Bueno, ahora ya me puedes decir —rió Riley, mientras veía como su novio de alejaba.
—Mmmm... —empezó Bella—. Si te digo la verdad no me acuerdo muy bien... —No pudo evitar volver a reírse.
—Con el pedo que llevas no me extraña —Riley se unió a sus risas y siguieron bailando al son de la lenta canción.
—Mira, por allí vienen Alice e Irina —musitó Bella. La lengua se le trababa, pero le daba igual.
— ¡Chicos! ¿Dónde está Demetri? —Preguntó la rubia cuando llegó a su lado—. Bueno, da igual, más para nosotros. Vamos a sentarnos en esas mesas que están alejadas, allí no nos verá nadie.
Los cuatro fueron hacia donde indicó Irina y se sentaron tranquilamente. La rubia sacó tres cigarros, bueno, en realidad porros y los repartió. Resultó que Riley y Bella tendrían que compartir uno ya que las otras dos fueron tan egoístas que quisieron uno entero.
La música seguía sonando alegremente, llenando el aire de notas. Ninguno de ellos sospechaba lo que pasaba a unos cuantos pasos de ellos. Edward les estaba mirando ceñudo, especialmente a una de ellos, a Bella. Se había escabullido en menos de lo que canta un gallo, y cuando por fin logra salir de ese maldito sitio en el que se había metido voluntariamente, ve que estaba bailando con el rubio toda abrazadita y llena de amor.
La copa que sostenía en la mano se balanceaba de un lado a otro. Había intentado evitar a Tanya, pero después de tres intentos fallidos, aceptó a regañadientes que ella se quedara junto a él. Quizás le serviría para poder resolver el pequeño problema que el diablo de ojos chocolates, había provocado.
Giró su mirada hacia la derecha y vio a la rubia enfrascada en una conversación sobre zapatos con una mujer mayor, de unos sesenta y cinco años. Estaba dándole la espalda, así que pudo admirar el cuerpo escultural de la mujer. Por su mente pasaron imágenes de todo tipo, y todas ellas requerían un sitio en el que pudiesen estar solos.
Su mente seguía pensando inconscientemente en las reacciones que había tenido la castaña. Había demostrado tener algo de pasión. Justo antes de que su actitud cambiara había sentido como las caderas de ella se movían con vida propia contra su miembro duro. Lo deseaba, eso estaba claro, pero la negativa que recibió después rompió los esquemas de Edward.
Movió la cabeza para sacar esas ideas de su mente. Lo único importante ahora era saciarse. Se giró sutilmente hacia el lado de Tanya y le acarició el principio de sus nalgas. Sintió como ella se tensaba. Cuando giró la cara, pudo ver que el deseo teñía sus ojos. Él le sonrió de lado, de la manera que sabía que volvía locas a las mujeres.
Se levantó y se dirigió hacia la casa, no sin antes guiñarle un ojo a la rubia. Poco tiempo después sintió los pasos apresurados de ella a su espalda. No pudo evitar la sonrisa que asomó sus labios, cómo conocía a las mujeres de su calaña.
Entró por una de las ventanas abiertas de una habitación. Estaba a oscuras, pero sus ojos se acostumbraron rápidamente. Se quedó quieto en la estancia, sus manos estaban en los bolsillos. Sintió como unas manos pequeñas le acariciaban los hombros y cerró los ojos. Aquella sensación era placentera, pero le recordaba a las caricias que Bella le había dado.
Cogió una de las muñecas de Tanya y la puso delante suyo. Su mirada era puro fuego, intenso y salvaje. Con la mano que le quedaba libre, la cogió del cuello y la besó salvajemente. Arrugó un poco la nariz, sabía a alcohol.
Le soltó la muñeca y la apretó por la cintura, haciendo que sintiese su tremenda erección. La llevó hacia una de las esquinas de la habitación, apoyándola no muy suavemente. Sus manos empezaron a vagar por el cuerpo de ella, mientras que Tanya hacía lo propio.
Edward no podía aguantar más, las imágenes de la Bella pasional y excitada que vio en el laberinto, no paraban de llegar a su mente. Sabía que si no acababa con eso ya, la polla le iba a estallar.
Le levantó el vestido a la rubia mientras con la otra mano se desabrochaba el cinturón. Los jadeos de la rubia le inundaban. Estaba tan excitado que a punto estuvo de cometer un error que quizás lamentaría.
—Espera, tengo que ponerme el condón —dicho esto, metió la mano en uno de los bolsillos de su chaqueta y sacó uno.
—Deja que te lo ponga —la voz de Tanya sonó ronca y hambrienta a oídos de Edward. Se dejó hacer.
No pudo aguantar mucho, cuando ella acabó, cosa que pareció durar una eternidad, la penetró de golpe. La mujer no llevaba nada debajo del vestido, como había dicho, conocía a las de su especia.
El ruido de la fiesta se entremezclaba con los jadeos y gemidos de Tanya y Edward, atronadores chillidos por parte de la primera y graves gruñidos por parte del segundo.
El olor de Tanya, amargo, envolvía a Edward. No le gustaba nada, pero algún precio tenía que pagar. No paraba de recordar el aroma de Bella, dulce y apetitoso. Meneó la cabeza y embistió más fuerte a Tanya, sentía el orgasmo, estaba a punto. El grito de Tanya creyó haberlo dejado sordo. Unos momentos más tarde sintió el éxtasis recorrer todo su cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de los pies.
Sin mirar a la rubia, salió de ella, se sacó el condón, cerró sus pantalones y salió por la ventana, dejando a una no tan sorprendida Tanya.
Intentó no mirar al grupo en el que se encontraba Bella. Siguió su camino hasta donde se encontraba Emmett. Le conocía desde no hacía mucho. Emmett era abogado, y uno de los mejores. Su empresa parecía haberse salido del buen camino debido a la mala gestión de uno de sus empleados. Alec Vulturi se llamaba el condenado. Había estado robándole una suma millonaria desde que entró a trabajar en su compañía. Por supuesto, le denunció y llegaron a juicio. Parecía que iba a perder cuando le recomendaron a Emmett. Por entonces no era tan conocido, sin embargo su bufete había hecho un buen trabajo con él y se desenvolvió a las mil maravillas.
Y desde entonces el grandullón le aconsejaba. Se dirigió hacia él. Estaba sentado en la mesa, hablando por teléfono a la vez que escribía en una pequeña libreta. Cuando se sentó frente a él, éste levantó la vista y le indicó que ahora estaba con él. Minutos después, Emmett colgó.
—Tengo una estupenda noticia para ti —anunció.
— ¿A sí? Espero que sea una propuesta productiva.
—Te aseguro que lo es —se reclinó sobre su silla y esbozó una sonrisa maliciosa—. Recuerdo que me dijiste que querías aumentar tus acciones en empresas relacionadas con tu sector.
— ¿Y?
—Pues he encontrado a la persona perfecta —Emmett juntó las manos encima de la mesa y sonrió triunfante—. Isabella Swan.
Ajeno a Edward y a Emmett, estaba el miserable que le destruyó la vida a Bella. Ella no había soñado con su presencia, no, había estado allí con la intención de ir a coger lo que era suyo. Quería asustarla, que le tuviese el miedo y respeto que le debería de tener a su marido. Meterla en cintura, como tantas veces había hecho.
Después de su boda, Bella demostró ser más salvaje y rebelde de lo que James podía soportar. Las medidas que había tomado habían resultado efectivas, ya se lo había dicho su padre. Y ahora, después de siete años, volvía.
Durante más de tres años no supo nada de esa cobarde, fue hacía sólo dos años cuando supo en lo que se había convertido, una de las publicistas de más éxito. Y eso quería decir dinero, aquel amigo del hombre que te acompañaba en lo bueno y en lo malo. Y él lo había pasado muy mal, todo gracias a ella. Juró que se lo cobraría y por eso se encontraba allí.
Conseguiría que la empresa de Isabella fuese suya, costase lo que costase. Y parecía que la suerte le sonreía. Se encontraba escondido con una cámara entre sus manos, justo delante del grupo en el que se encontraba ella. Todos fumaban, lo que parecía ser, marihuana.
Una risa maliciosa brotó de la garganta de James a la vez que tomaba las fotos de lo que ella estaba haciendo. Estaba seguro de que la prensa rosa neoyorquina estaría muy interesada en lo que hacía su querida esposa.
Parece que las cosas se están poniendo un poco feas... Bella está muy atormentada por su pasado y se ahoga en la bebida, como todos hemos hecho alguna vez. ¿Qué os ha parecido la vuelta de James? Menudo cabronazo...
Espero vuestras opinioones :D
Muchisimos besillos,
Valentine ^.^
