No me embrollo y os dejo el capítulo. ¡Nos leemos abajo!
Capítulo 7
- ¿Qué es eso? - preguntó Bella señalando con la cabeza hacia la bolsa que él tenía en la mano e ignorando lo que él había dicho. No se sentía con la fuerza de decir que no, y se maldecía por ello.
- No cambies de tema – respondió divertido -. Es una botella de vino – continuó mientras alzaba los hombros en un gesto que a Bella se le antojó demasiado "estimulante". Podía sentir escalofríos de placer recorrer su espalda y una sensación de ardor por toda su piel, que a su vez le hacía endurecer los pezones. Intentó olvidar eso, y se cruzó de brazos fuertemente, y este gesto no pasó inadvertido para Edward, a quién también algo se le ponía duro. Para Bella, la enorme altura del maldito seductor la ponía más a tono aún.
- Pues ya que no te veo con la intención de irte ve a la cocina y sírvete – dijo la morena -. Como si estuvieras en tu casa, por favor – la ironía era la base de aquella oración, pero a Edward le daba igual, había visto lo que escondía esa mirada achocolatada y la mujer no lo había echado a patadas como había previsto.
Bella cogió su propio vaso de vino y se acercó al gran ventanal del cual estaba dotado su precioso salón. La vista era espectacular, como se podía esperar. Las luces de NY le dieron una oportunidad de distraerse y de no pensar en aquel hombre de anchos hombros y mirada intensa y vibrante...¿Qué coño le pasaba? ¡Debería de haberlo echado!, le gritaba la razón.
Sin embargo, aquella parte hedonista de su cerebro, la cual se fue recuperando a lo largo de los años gracias a intensas sesiones con psicólogos, la hacía relamerse los labios cada vez que pensaba en las palabras que él había pronunciado hacía sólo un momento. De ella dependía. ¡De ella! ¿Qué iba a hacer?
Pensó en lo que le dirían Alice o Irina pero lo único que pudo imaginar que le dirían sería un Pues fóllatelo, ya ves tú que problema, ¡más alegría para el cuerpo!. Y Dios, sabía que cada célula de su cuerpo pedía un contacto directo e íntimo.
Hacía tantísimo tiempo que no estaba con nadie que no sabía como reaccionaria. Y si se burlaba de ella, ¿qué? No creía que pudiese volver a pasar por aquella sensación de nuevo, y mucho menos después de haberse recuperado así como pudo, con muchísimo esfuerzo. Cerró los ojos y pensó en la sensación de aquellos labios tan masculinos que cada vez que se curvaban en sonrisas, derretían a cualquiera, y ella no era una excepción. Inconscientemente, se llevó la mano libre a los labios, acariciándoselos y sintiendo un hormigueo que la estaba volviendo loca.
- Veo que te estás pensando mi propuesta – le dijo Edward al oído en un suave susurro ronco. Ahí iban otra vez aquellas traicioneras ondas de placer que la hacían temblar levemente, pero que estaba segura que Edward pudo notar. Como una contestación a la respuesta física de la morena, el hombre le pasó la lengua por la oreja escuchando como se le escapaban imperceptibles jadeos.
Pasó la mano por sus hombros y sus brazos haciendo caer de manera suave la pequeña y delicada bata que cubría a Bella. A través del cristal podía ver que ella tenía los ojos cerrados y la boca levemente abierta. Se le puso dura al instante, ya que al pasar la lengua por el esbelto cuello de Bella, esta se estremeció.
Las sensaciones embriagaban a Bella. Se obligaba a si misma a no pensar en querer esas caricias; no quería que sus manos bajaran por sus costados hacia su cadera como estaban haciendo y tampoco quería que la apretara contra él; ni que le lamiera tan delicadamente cada parte de su cuello... Para qué se engañaba, quería sentir todas y cada una de las caricias que prometía, y mucho más.
Lentamente se dio la vuelta. Él la dejó hacer, pero una vez que se hubo girado completamente la apretó con una fuerza hercúlea contra ella, haciendo que sintiese la esplendorosa erección que se estaba formando en sus pantalones. Viendo que el vaso que aún sostenía le estorbaba, se lo arrancó de las manos y lo puso en el suelo.
Cuando volvió a estar en su posición inicial vio que ella todavía albergaba algunas dudas en sus ojos. ¿Es que acaso esta mujer no sabía lo que era disfrutar de verdad? La besó, con urgencia, con pasión, con fuerza, explorando cada rincón de su preciosa boca una vez que ella le dio permiso para entrar. Al parecer, ella ya había decidido dejar cualquier indecisión atrás, ya que le correspondía con la misma presteza a como hacía él.
Sus pequeños dedos le estaban alborotando el cabello más de lo que ya estaba. Las manos de él exploraban cada centímetro de piel que aquel diminuto conjunto dejaba a la vista. Ella, imitándolo, desabrochó los botones de la camisa de él torpe, pero rápidamente. Bella comenzó a acariciar su musculoso pecho, su abdomen plano, sus hombros, espalda, todo.
Él ya empezaba a quitarle el camisón cuando ella desabrochaba su cinturón, con celeridad. Cuando ella llegó a la parte de la cremallera Edward creyó estar viendo estrellas; lo bajaba tan tortuosamente lento, y acariciándolo a la vez con lo que parecían movimientos inconscientes por parte de ella. Casi tiró y destrozó el pequeño trozo de tela que llevaba encima, pero se contuvo como pudo.
Lo bajó a su vez sin prisa. Sus labios abandonaron los de ella y se aventuraron hacia más abajo, chupando, lamiendo, mordiendo y besando. Por fin, llegó a sus pechos, pequeños y preciosos, con los pezones tan duros como una piedra. Se llevó a la boca primero el derecho; lo succionó suavemente para, a continuación, morderlo, mientras que apretaba el otro entre los dedos. Bella ya gemía de placer, y apretaba la cabeza de Edward contra su pecho.
Sin embargo, él siguió recorriendo su terso vientre con la lengua, hasta dar con el principio de la braguita. En ese momento, el hombre cogió la diminuta prenda con los dientes y tiró del elástico a la par que levanta los ojos hacia ella. A Bella, esa mirada felina y juguetona mirada la excitaba sobremanera, algo que la asustaba terriblemente, pero prefirió no pensar en ello.
- ¿De qué es capaz el señor Cullen? - ronroneó suavemente. Edward, sintiéndose retado, le terminó de bajar la braguita.
Sintió que estaba apunto de estallar. Ese coño era simplemente perfecto: rosado, depilado, y con los labios menores sobresaliendo deliciosamente. Metió lentamente un dedo entre los labios buscando su exquisita perla y, por el amor de Dios, qué mojada estaba. Alzó la mirada para ver a Bella, mientras volvía a sacar la mano y se metía los dedos en la boca.
- Tienes un sabor único – aquellas simples palabras hicieron que la morena cerrara los ojos, mientras se mordía el labio inferior. Simplemente no pudo retener el gemido que salió por sus labios
- Pues, ya estas tardando en comerme – no podía creérselo, ¡empezaba a hablar como Alice! Se sentían tan bien aquellas nuevas y deliciosas sensaciones que aparcó ese pensamiento.
Edward los tiró a ambos encima de los almohadones, se agachó delante de ella, la agarró de las rodillas, separándole las piernas para dejarle el camino libre. La morena se creyó desfallecer cuando vio como él miraba su intimidad con un deseo devorador a la par que se relamía los labios.
Primero pasó la lengua, saboreándolo, para luego coger el clítoris entre los labios y succionarlo. Bella gemía y jadeaba, a la vez que movía la cabeza de un lado a otro, presa de un deseo que nunca creyó tener. Edward, muy orgulloso de sí mismo, introdujo un dedo y lo movió para tocar el punto G. Bella, soltó un gemido tan alto que creyó que se iba a quedar sorda. Inconscientemente, subió la cadera. Esos lametones, chupadas y succiones la estaban llevando al borde del orgasmo. No pudo aguantarlo más, lo quería dentro de ella, tan grande y duro como lo había notado hacía un momento. Por tanto, se levantó apoyándose sobre una de sus manos mientras que con la otra tiraba de él. Edward la miraba confuso, sin embargo no protestó cuando sus labios volvieron a encontrarse en un beso desesperado.
- Termina de torturarme de una vez – suplicó sensualmente Bella y le bajó los boxer tan rápido como pudo.
Su pene estaba erecto. Lo agarró tímidamente primero, pero a medida que notaba que los movimientos de él iban en aumento, dijo:
- ¿Y el condón?
- Aquí – Edward ya no podía aguantar ni un minuto más – espera.
Se lo puso rápido, agarró a Bella del trasero y la levantó, sólo lo justo para dejar el principio de su polla en la entrada de su vagina.
- ¡No te lo pienses ahora! - gimoteó la morena mientras movía las caderas en busca de fricción, parecía que el se había quedado paralizado.
Rodeó la cadera de Edward con las piernas y tiró del él fuertemente, haciéndolo entrar de golpe. Bella se arqueó de placer. Ya no se podía aguantar, gemía sin control. Sin embargo, la suerte parecía haberla abandonado, ya que el timbre volvió a sonar.
- ¿¡Qué coño le pasa hoy a la gente que no paran de llamar a la puerta! - gritó con frustración Bella.
- ¡Ay nena! - rió una voz demasiado familiar. Riley – Abre ya la puerta que si no le digo a Demetri que la eche abajo. Tú verás.
La cara de ambos era un poema. La de Bella asustada por que la viesen en ese estado, y la de Edward de profunda insatisfacción al ver que no podría terminar la faena. Pensó que quizás ella les mandaría a tomar por culo, o algo por el estilo. Sin embargo, sorprendiéndolo, se lo quitó de encima y le empezó a lanzar su ropa mientras gesticulaba con la boca que se la pusiese.
No tuvo siquiera tiempo de reaccionar ya que ella ya había salido de la estancia con un grito de ¡Espera sólo un momento!. Como si hubiesen pasado sólo dos segundos ella volvía a estar en el salón llevando un elegante y sobrio vestido. Cuando Bella vio que todavía no se había vestido le envió una mirada desesperada y le gritó en susurros que se diese prisa. Lo único que aplacó débilmente a Edward fue la mirada lasciva que vio grabada en su mirada.
- ¡A este paso me voy a quedar viejo Bella! - volvió a gritar Riley. Bella se volvió a girar y se dio cuenta de que Edward ya no estaba. Bien, se habría ido a vestir a algún otro sitio. Abrió la puerta lentamente.
- Hola chicos – la sonrisa se le antojó un poco forzada a la morena - ¿Qué os trae por aquí?
- Pues primero que nos dejaras pasar. Hace un frío que pela.
- Sí, claro, qué tonta – dijo soltando una risita nerviosa. Sólo ahora se daba cuenta que mantenía la puerta cerrada lo más que podía.
- ¿Qué te pasa? - preguntó Riley mirándola con cara rara – Está como inquieta, ¿verdad Demetri?
- Yo la veo igual que siempre...
- No le hagas caso nena – el rubio hizo un gesto con la mano restándole importancia a lo que dijo su novio -. Está enfadado.
- Bueno, pero espero que no la pagues conmigo Demi – Bella no pudo aguantarlo más y soltó una carcajada al ver la cara horrorizada del ruso ante el mote que le había puesto.
- ¡Bella! - chilló Riley llevándose las manos a la cara - ¡Todavía no has decorado el salón!
- Pues como puedes observar, no – dijo secamente -. No tengo demasiado tiempo ahora mismo.
- ¿Y Alice? - intervino Demetri – Ella te podría haber ayudado.
- Pues no lo sé – Bella se encogió de hombros y dijo lo primero que se le pasó por la cabeza -. Supongo que se habrá ido a algún lugar a pintar tranquila.
Justo cuando acababa de hablar oyó risas en la cocina y se dio cuenta de que el rubio había desaparecido. Maldiciendo, fue hasta el lugar del que provenían los sonidos, rezando por que no encontraran a su nuevo socio en ropas menores.
Suspiró aliviada al verlo perfectamente vestido, aunque no le pasó desapercibido que su chaqueta estuviese estirada todo lo que podía hacia abajo. Tenía una sonrisa arrebatadamente sexy dibujada en la cara, sus ojos todavía tenían ese brillo felino que la había perturbado. Ambos se giraron al oírla venir.
Su sonrisa se ensanchó todavía más. La recorrió con la mirada de arriba a abajo deteniéndose en sus pechos. Sus facciones cambiaron levemente y al poco rato se dio cuenta de porqué. Al no haber tenido mucho tiempo, sólo le dio tiempo a ponerse el vestido, y sus pezones estaban erectos, dándole un maravillosa y estimulante visión a Edward. Rápidamente se cogió el pelo y lo utilizó como escudo.
- ¿Por qué no nos dijiste que tenías visita, Beeeeella? - preguntó divertido Riley.
- No veo por qué tendría que contar todo lo que hago – contestó indiferente -. Igualmente, es sólo un compañero de trabajo.
- Soy el nuevo socio – algo había hecho clack en su mente. ¡Había estado a punto de romper las reglas que ella misma le había impuesto a él, a ella y a toda la plantilla de su agencia!
- Sí, sólo venía a darme unos papeles – declaró ella firmemente, antes de que él pudiera decir algo más.
- Unos papeles... - repitió el rubio mirándola intuitivamente -. ¿Y dónde están?
- ¿Para qué habéis venido? - rebatió Bella evitando responder.
- Irina nos dijo que habíais quedado para tomaros algo esta noche en tu casa y pensó que estaría bien que viniésemos nosotros también – contestó simplemente.
- Ah, sí, tomarnos algo – Bella no tenía ni puta idea de lo que estaba hablando, pero necesitaba que saliera de la cocina para poder aclarar las cosas con Cullen -. ¿Por qué no vas y buscas a Demi y la llamáis para ver cuánto le falta por llegar?
Riley entrecerró los ojos y los miró a ambos, primero a Bella y después al dios griego que la acompañaba. Lo recordaba, había estado en la boda de Angie. La morena había desaparecido durante un buen rato y ahora podía presentir el porqué. Aún así, salió por la puerta, dejándolos solos. La tensión sexual flotaba en el ambiente desde que habían entrado en el apartamento. Habría que ser gilipollas para no ver cómo se querían devorar el uno al otro.
El rubio salió disparado de la cocina para así poder llamar a Irina y contarle todo lo que pasaba. La loca estaría allí en menos de lo que canta un gallo, estaba seguro.
Bella se encontraba de espaldas a Edward cuando el rubio se marchó. Cuando vio que les estaba escudriñando detenidamente cayó en la cuenta de que sabía lo que había pasado. Y eso hacía que le hirviera la sangre, porque ya bastaba que se burlara de ella por lo pudorosilla que era ella en esos temas. Que ahora la vacilaran con que la pillaron teniendo sexo salvaje y desenfrenado con su nuevo socio, como estaba segura que lo llamarían, no le hacía ni pizca de gracia.
Sintió que el aire se movía a su espalda y sintió como Edward se pegaba completamente a su espalda. Su nariz se deslizó a lo largo de su cuello, y sus brazos, que rodeaban su cintura, la apretaban contra él. Sus músculos se tensaron al sentir el bulto contra su baja espalda e instintivamente se apoyó sobre su espalda dura y fuerte.
Suspiró de placer cuando sintió sus suaves labios en su oreja. Apoyó la cabeza en su hombro dejándose llevar por un momento. Sin embargo, pronto saltó hacia adelante al recordar la razón por la cual quería estar a solas con él.
- Esto... Edward – sentía como se estaba sonrojando. Se maldijo a si misma por su recién descubierta debilidad.
- Los puedo echar en un momento – susurró ronco mientras se volvía a acercar a ella. Su excitación volvió a crecer.
- ¡No! - le detuvo con las brazos estirados -. Edward, ésto ha sido un error. Me dejé llevar por el momento y no pensé en lo que podría acarrear. Eres mi nuevo socio.
- ¿Y? - preguntó él sin darle importancia alguna.
- ¡Que hace sólo unas horas te expliqué claramente que no permito relaciones de ningún tipo! - espetó de golpe mirándolo como si tuviera tres cabezas -. Mucho menos voy a permitir que pase algo entre nosotros.
Edward le cogió las manos y se las llevó a la nuca mientras se volvía a pegar a ella. Sus bocas se estaban rozando, dejando que sus alientos se entremezclaran.
- Haz lo que quieras, pero sabes que lo estás deseando tanto como yo – lo que hizo a continuación a punto estuvo de hacerla cambiar de opinión. Le lamió los labios de manera lenta, tortuosamente lenta. Soltó un jadeo, pero se separó de él y volvió corriendo al salón.
Sus amigos estaban tumbados uno al lado del otro, en el mismo lugar en el que ellos habían estado, disfrutando uno del cuerpo del otro. Meneó la cabeza sacando esos pensamientos de su cabeza. Fue hasta ellos con paso rápido y con una sonrisa un tanto falsa. Los dos la observaban con mirada cómplice. Pasó eso por alto y les habló:
- Entonces, ¿va a tardar mucho Irina? - preguntó mientras colocaba un mechón de su pelo tras la oreja.
- Puede... - dejó caer Riley, todavía mirándola de la misma manera que en la cocina -. Cuando llamamos estaba en una situación un poco comprometida... - maldito hijo de puta, pensó la morena. ¡Estaba dejando caer que ella había estado igual! - Lo más seguro es que tarde o que ni siquiera venga.
- ¿Y el amiguito del que me ha hablado Riley dónde está? - la martirizó Demetri.
- Ahora se... - comenzó Bella pero como se suele decir, hablando del rey de Roma, por la puerta asoma...
- Hola, soy Edward Cullen – se acercó y le estrechó la mano al moreno -. Como estaba a punto de decir Isabella, me voy a ir ahora mismo – escalofríos de placer volvieron a recorrer su espalda ante la manera en la que pronunció su nombre completo. No creyó encontrar algo más provocador que eso en aquel momento -. Igualmente, encantado de conoceros.
Todos se quedaron en silencio hasta que la puerta se cerró. Sus amigos la volvían a observar atentamente, la estaban poniendo terriblemente nerviosa. Con aquella mirada de sabios que se echaban, y aquellas sonrisas socarronas. Le daban ganas de meterles un puñetazo a cada uno.
- Cuidado que goteas, Bella – bromeó el rubio señalando hacia sus pies..
- ¡Yo no goteo! - murmuró como respuesta. Tenía los puños apretados tan fuertemente que ya se veían blancos.
- ¿Seguro? - continuó Demetri, vacilándola él también -. Porque yo creo que estás tan cachonda que no puedes ni contigo.
- ¡Os juro que os voy a matar! - chilló Bella tirándose encima a la vez que reía a carcajada limpia.
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Bella estaba tirada en lo que quedaba de su preciosa cama blanca. Su mirada estaba clavada en el techo, también blanco, de su habitación. Había estado en aquella postura desde que Riley y Demetri se fueron, hacía ya dos horas. La reflexión no parecía ser lo suyo. No había llegado a ninguna maldita conclusión.
¿Cómo había podido sentir todo aquello teniendo el cuenta todo por lo que había pasado? Pensaba que después de James...
El muy hijo de puta la engatusó cuando era un adolescente, tanto a ella como a su madre, manipulando a esta última como le venía en gana. Primero la forzaba a ella sin miramientos, y después iba con Renee. Estaba seguro que ella la odiaba por ser el segundo plato.
Al principio no lo entendía, aquella animadversión que sentía hacia su propia hija. Charlie, su padre, siempre había sido cariñoso y amable con ella. Le había dado todos los caprichos que la niña de sus ojos quería. Su madre pasaba días fuera de casa, desaparecida, sin dar ninguna señal de que siguiera viva. No obstante, siempre regresaba, para hacernos la vida imposible a los dos.
Cuando su padre sufrió un ataque al corazón pudo ver la satisfacción en las facciones de su madre. A partir de ese momento su vida se volvió un infierno. Lo que agradeció fue que no la pegaba, sólo le gritaba y la insultaba como un jodido marinero borracho. Sin embargo, ella se refugiaba en el estudio, de ahí que hubiese logrado ser la primera de su clase durante todo lo que duró el instituto.
Pero James la acabó por destrozar. Lo conoció a través de su mejor amiga, Victoria, o al menos ella pensó que era su amiga. Se lo presentó en una de las fiestas a la que la pelirroja la obligó a ir. Parecía ser el mejor de los tipos, amable, gracioso... No obstante, resulto ser todo lo contrario: cruel, despiadado, sin corazón.
La llevó a un lugar oscuro de la casa en la que se celebrara la dichosa fiesta. Todo empezó con unos simples e inocentes besos, pero acabó en algo que no podía ni imaginar. La violó en contra de su voluntad todas las veces que le vino en gana. Sus gritos quedaron silenciados por el ruido de la música. Por supuesto, su queridísima amiga Victoria, se rió en su cara cuando le dijo lo que había pasado.
La morena se llevó las manos a la cara mientras se daba la vuelta y quedaba boca abajo.
Por supuesto, una vez hubo escapado de aquel martirio, después de su primera huida, asistió a todo tipo de especialistas que la ayudaron increíblemente bien a salir de aquel trauma. Apenas había estado con tres hombres desde su recuperación, y ahora, en aquella cama, podía apreciar que ninguno de ellos la había hecho disfrutar verdaderamente. Habría sido un insulto comparar las habilidades de su nuevo socio con las de aquellos tipos. Aquellas manos rápidas y expertas, aquella lengua... Paró el rumbo de sus pensamientos... de nuevo.
¿Por qué había sido distinto con él? No lo entendía. Y por más que pensaba, más confundida acababa. Pero lo que realmente no podía haber deducido fue su reacción ante él. ¡Se había desinhibido como nunca antes! Había hablado de una manera en la que jamás, ¡jamás!, habría soñado.
Se acurrucó abrazándose a sí misma y rió débilmente. No sabía como iba a enfrentarse a Edward de ahora en adelante. Estaba segura de que sería un semáforo cada vez que se encontrara con él, más precisamente el rojo, rojo vivo y chillón.
No sabía en qué momento de sus divagaciones se quedó dormida. Ya lidiaría con el problema de Cullen por la mañana.
¿Qué os ha parecido el momento ExB? ¿Y nuestra querida parejita homo?
Bueno, ahora quisiera agradecer por los favs y alerts, sois un encanto de verdad :)
¡Sé que dije el viernes! Pero os juro que me fue completamente imposible. De ahora en adelante sí que actualizaré en la fecha prevista, si no, la actualización será el doble de larga, ¡lo prometo! ;)
¿Me dejais saber qué os ha parecido?
¡Muchísimos besitos a todas!,
Valentine :D
