Nota: Hace años escribí un fanfic IorixKyo llamado «Lost Memories» usando esta misma idea. Una de las cosas de las que me arrepiento es que esa historia haya sido tan corta ^^. Quise reescribirla, pero Kyo, Iori, y el mundo en general han cambiado tanto que algunas escenas ya no funcionan bien. Después de reflexionar, decidí reusar la idea principal, pero adaptada a KOF XIV y ANB. La trama no será la misma, pero mantendré lo importante: la relación entre Kyo y Iori. ~Miau


El estadio donde se celebraría la final del King of Fighters de ese año estaba lleno a reventar. Miles de entusiastas aficionados coreaban el nombre de Antonov, el ruso que organizaba el evento, sin apartar la vista del escenario instalado en el extremo de la cancha.

El logo del torneo apareció en una docena de pantallas gigantes instaladas alrededor de la explanada, claramente visible contra un fondo rojizo que palpitaba lentamente y que, de algún modo, consiguió intensificar la expectativa de la multitud.

—Demasiado escándalo por nada… —murmuró Kusanagi Kyo, observando la escena desde un palco privado, varios metros por encima de las tribunas.

El joven castaño estaba de pie a solas, frente a la baranda del balcón, con las manos hundidas en los bolsillos de sus jeans azulinos. Sus ojos oscuros recorrieron a la audiencia y se detuvieron en el ostentoso escenario, que permanecía vacío. La decoración se le antojó demasiado teatral e innecesaria, como tantas otras cosas durante esa iteración del torneo. ¿Qué se suponía que representaba? Tenía la apariencia de un arco griego (¿o era romano?), con gruesas e imponentes columnas estriadas y largas escaleras, y estaba conectada por un largo sendero alfombrado con un área circular en medio de la cancha, donde se llevarían a cabo los enfrentamientos.

El estadio sólo estaba parcialmente techado, y el sol caía a plomo en la zona central. El cielo en lo alto era de un color celeste intenso, salpicado por unas pocas nubes.

La inauguración del torneo también se había llevado a cabo ahí, varias semanas atrás.

Una desconocida energía oscura se había manifestado durante el enfrentamiento de apertura, pero ésta no había vuelto a aparecer, y el torneo había continuado sin más contratiempos. Sin embargo, los participantes —en su mayoría veteranos del KOF— habían notado la presencia de esa entidad y habían permanecido alertas, sabiendo que no debían bajar la guardia.

Kyo en particular tenía un motivo para mantenerse vigilante. La energía oscura había irrumpido en el torneo durante la pelea inaugural, cuando él estaba enfrentando a Yagami Iori, su rival de toda una vida. Sin encontrar resistencia, la energía había poseído a Iori, y había tomado control sobre su cuerpo y sobre sus actos.

Pero eso había durado sólo unos minutos, porque Kyo había conseguido hacer que Yagami reaccionara. Había recibido algunos arañazos en el proceso, pero por lo demás estaba bien.

Quien le preocupaba era Yagami. La posesión había sido repentina y absoluta. El pelirrojo no había tenido oportunidad de resistirse.

Kyo no estaba seguro de qué habría pasado si él no hubiese estado ahí para llamar su nombre. Para hacerlo volver en sí.

Un imperceptible ruido a su espalda interrumpió sus pensamientos.

—Pensé que te habías ido a casa, como los otros descalificados —comentó Kyo con una sonrisa desdeñosa.

—Tengo asuntos pendientes aquí.

La voz era profunda y baja, pero audible a pesar del griterío de la multitud en el estadio. Su tono era ligeramente despectivo y malhumorado.

Kyo se volvió y echó una mirada sobre su hombro. Iori estaba saliendo al balcón, con el rostro serio e imposible de leer. Vestía una larga gabardina de color vino, cuya manga derecha estaba quemada y desgarrada. Aquello era un recuerdo de su enfrentamiento, y Kyo llevaba una marca idéntica en la manga de su chaqueta blanca.

Iori caminó hacia él y Kyo por reflejo se puso en guardia, listo para desviar algún repentino ataque.

Sin embargo, el pelirrojo se detuvo junto a la baranda y contempló el estadio, tal como Kyo había estado haciendo segundos atrás.

«Si querías admirar el paisaje podrías haberte buscado tu propio balcón, Yagami», pensó Kyo con insolencia, mirando a Iori de soslayo.

Iori escrutó a la multitud y luego el escenario. La brisa sacudió su cabello y por un segundo Kyo pudo ver el frío brillo escarlata de sus irises. Años atrás, esos ojos lo habían observado con un odio insondable, y Iori había ido tras su vida presa de una obsesión demencial. No había escuchado razones. Había sido imposible dialogar con él.

Pero todo eso había ido cambiando. Ahora, la probabilidad de que un encuentro acabara en violencia o se tornara en un inofensivo intercambio de palabras era la misma.

«Pero eso lo convierte en un fastidio incluso mayor», continuó pensando Kyo con amargura. «Hablarle es como caminar por un campo minado, nunca sabes qué lo hará estallar».

Kyo contuvo una risa burlona. Al inicio, había detestado la presencia constante de Yagami en su vida. Aún le irritaba profundamente cuando Iori aparecía para lanzarle amenazas en presencia de terceros, porque luego quien recibía las burlas era él. ¿En qué diablos pensaba el pelirrojo cuando decía «tú eres mío» delante de otras personas? ¿Era que acaso quería matarlo de la vergüenza?

Sus compañeros y amigos veían a Yagami como una persona un poco trastornada, pero no se burlaban de él (muy probablemente porque no querían morir). Y, al final, quien recibía las burlas era Kyo, por ser el objeto de esa obsesión.

Aquella devota, incesante e invariable obsesión que había durado años.

La intensidad del griterío de la audiencia aumentó de súbito, y Kyo se volvió hacia el escenario. Por los altoparlantes, una voz anunció que Antonov dirigiría algunas palabras al público, como el «campeón» que defendía el título en ese torneo.

Meses atrás, cuando los distintos equipos habían recibido sus invitaciones para participar, Antonov se había autoproclamado «el primer campeón del KOF», pese a que nadie había oído hablar de él.

A nivel personal, Kyo no había estado interesado en refutar esa afirmación. Lo que él quería era pelear. Si Antonov era un impostor, eso quedaría demostrado cuando sufriera una humillante derrota en manos de cualquiera de los otros equipos.

Cuando el organizador finalmente había dado la cara, Kyo confirmó que no valía la pena contradecirlo. Aquel hombre era tan sólo un multimillonario excéntrico, uno más de tantos otros que habían organizado el King of Fighters a lo largo de los años.

El principal punto a favor de Antonov era su honesta petulancia. Un bufón como él no parecía tener como segunda intención liberar a una vieja deidad para destruir el mundo. Era evidente que había organizado el torneo para alimentar a su propia vanidad.

Una explosión de chispas doradas se encendió delante del escenario, para encanto de la multitud. Antonov hizo una dramática entrada emergiendo desde el suelo, en medio de volutas de humo artificial. Llevaba su amplio torso descubierto, y un grueso habano en los labios. En su cintura brillaba un aparatoso cinturón dorado con el logo del torneo.

—¿Cuál crees que habría sido su reacción al ver a Orochi? —preguntó Kyo con sarcasmo, cruzándose de brazos. En el escenario, Antonov aseguraba que él era el mejor, y que por eso enfrentaría a los tres miembros del equipo finalista sin ayuda.

—Es irrelevante.

Kyo se sorprendió de recibir una respuesta, incluso una tan cortante como ésa. Iori observaba el escenario con el ceño fruncido.

—Bueno, es mi turno de ir a enfrentarlo —dijo Kyo con fingido cansancio—. Ahh, ahora entiendo por qué estás aquí. Ésta es la mejor vista para admirar mi victoria.

—Hmph.

Iori se volvió y dio un paso hacia Kyo. El castaño mantuvo su sonrisa, pero se maldijo interiormente, porque aquello había sido inesperado. Iori había entrado en su espacio personal e inclinaba el rostro hacia el suyo. El brillo en sus ojos carmesí era mordaz y plácido a la vez.

—Ve y gana el torneo. Será más satisfactorio humillarte después de que te hayan coronado como el campeón.

—Eres un maldito imbécil, Yagami —dijo Kyo, empujando al pelirrojo hacia atrás y haciendo su mejor esfuerzo por no sonreír, porque las palabras de Iori casi, casi, le habían hecho gracia.

—Estaré esperando, Kyo —dijo Iori mientras el Kusanagi se alejaba en dirección a las puertas—. No habrá interrupciones esta vez.

Kyo no se detuvo. Respondió un «sí, sí, lo que tú digas» con un ademán de su mano y luego se dirigió a reunirse con sus compañeros de equipo, porque tenía un torneo que ganar.

Iori lo observó hasta perderlo de vista, y luego se volvió hacia la arena nuevamente.

Percibió la ausencia de Kyo como un vacío que fue rápidamente ocupado por aquella presencia que había estado acechándolo desde el inicio del torneo.

Era invisible y oscura a la vez, quieta, vigilante. A diferencia del control que Orochi había intentado ejercer sobre él años atrás, la entidad no había tratado de hablarle. No le había dado órdenes ni le había susurrado «mata a Kusanagi».

Por irónico que pareciera, era más fácil resistirse a un dios cuando éste le pedía la sangre o la vida de Kyo. Orochi había intentado manipularlo haciéndole creer que compartían ese mismo deseo, pero el dios había cometido un error, porque Iori no quería sólo la vida de Kyo. No quería sólo matarlo. Lo que deseaba iba más allá de eso, y abarcaba el «todo» que la existencia de Kyo representaba.

El dios no había comprendido eso, porque ni el mismo Iori podía explicarlo.

El propósito de la entidad que ahora se cernía sobre él no estaba claro, pero Iori al menos sabía que ese ser quería utilizarlo como huésped para acceder a la sangre Orochi que corría en sus venas. Y también sabía que si él volvía a sucumbir al control de esa entidad, quien se encargaría de enfrentarlo sería Kyo.

Y él no iba a permitirlo. Porque al despertar de la posesión anterior, se había encontrado con Kyo mirándolo con esa estúpida expresión socarrona de «me debes otra, Yagami», y el pecho del castaño había estado sangrando debido a un profundo desgarro que Iori no recordaba haber hecho.

Eso no se iba a repetir. Quería ser consciente de cada momento, cada segundo que pasaba con Kyo. Quería ver cada gota de sangre que derramara, y oír cada gemido de dolor.

Ningún otro aspecto de su vida le otorgaría la fuerza de voluntad para resistir.

Iori se llevó una mano al rostro mientras una leve risa sacudía sus hombros.

Aquella patética, patética situación…

Había sobrevivido a una batalla contra un dios… ¿para qué?

La historia se repetía, como si el único valor de su existencia fuera el poder que llevaba en su interior, o el servir como conducto para otros seres.

Iori abandonó el balcón y se dirigió por el mismo camino que Kyo había tomado minutos atrás. Sus pasos resonaron contra las paredes de cemento de los pasillos desiertos, y pronto fueron opacados por el alboroto de la audiencia. Una voz anunciaba que el enfrentamiento entre Antonov y el equipo japonés empezaría en unos minutos.

Al llegar al final del túnel que llevaba a la cancha del estadio, Iori vio a Kyo y sus compañeros de pie junto al cuadrilátero. Kyo estaba con las manos en los bolsillos, sonriendo confiado. Él tomaría el primer turno.

Antonov se acercaba desde el escenario, recorriendo el largo sendero alfombrado sin prisa, dejando que la audiencia lo admirara.

Iori se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared, sin sacarle la vista de encima a Kyo. Sabía de antemano el resultado de aquella pelea.


—Nada mal, para alguien tan joven. Pero tienes un largo camino por delante, muchacho. Observa y aprende.

Antonov sonreía de oreja a oreja, sosteniendo el habano entre los dientes. Su mejilla izquierda estaba enrojecida después de recibir uno de los golpes de Kyo, pero la manera en que observaba al castaño era condescendiente. Aquel hombre delirante estaba convencido de su superioridad.

—Oi, oi, ¿te golpeé demasiado fuerte? Parece que has perdido de vista la realidad —respondió Kyo.

—Nah. Esto sólo está comenzando.

Pero el enfrentamiento ya estaba definido, porque no había nada que un simple humano pudiera hacer contra un poder que había sido utilizado para derrotar a un dios. Antonov poseía una fuerza anormal, pero era poco probable que hubiese tenido que usarla para luchar por su vida. No conocía la desesperación de sentir que quizá su poder no era suficiente para salvar a la humanidad. Si se consideraba la persona más fuerte del planeta, era porque no sabía nada sobre el mundo.

Kyo no tuvo que recurrir a toda su habilidad para enfrentarlo. Mientras peleaba, pensó en los otros luchadores que habían participado y que eran más fuertes y capaces que Antonov, pero que habían quedado descalificados al enfrentarse a otros equipos poderosos.

Las rondas de eliminación se habían llevado parte de la gracia del torneo. Si Antonov hubiese participado desde el inicio, de seguro habría sido eliminado y la final podría haber presentado un desafío un poco más interesante.

«Nada que hacer al respecto», pensó Kyo para sí. Y una voz en el fondo de su mente agradeció al universo por la existencia de Yagami, porque el pelirrojo era una de las pocas personas en el planeta que estaban a su altura. «Heh. Divagar en medio de una pelea… En verdad este autoproclamado campeón no es un reto en absoluto».

Kyo supuso que podía darle un gran final a la audiencia, a pesar de que no era necesario que invocara todo su poder para vencer a Antonov. Con un gesto desganado, giró sobre sí mismo para esquivar el puño del ruso, y contraatacó con un golpe contra el pecho. Tuvo tiempo de sobra para pensar «¿arriba o abajo?» y se decidió por continuar la secuencia con una patada que elevó al enorme hombre algunos centímetros sobre el suelo.

La fuerza de la siguiente patada ignoró la fuerza de gravedad y alzó a Antonov un metro en el aire.

Kyo encendió una flama anaranjada en su mano mientras Antonov comenzaba a caer. Su Orochinagi evitó que el hombre impactara contra el suelo, y lo envió volando hacia un lado, más allá del límite del cuadrilátero.

—Eso fue tan innecesario, Kyo —comentó Benimaru, uno de sus compañeros de equipo, mientras el público dejaba escapar un griterío ensordecedor.

—Fue para darle un poco de emoción al asunto —dijo el castaño con una sonrisa engreída.

Se oyó una respiración trabajosa. Antonov regresaba al cuadrilátero arrastrando los pies. La piel expuesta de su torso estaba enrojecida por el fuego de Kyo. No importaba si aún podía pelear. Caer del cuadrilátero significaba una derrota inmediata.

—Increíble… —jadeó el hombre, mirando hacia Kyo antes de caer de rodillas—. El cinturón es tuyo… —continuó, e hizo un ademán para retirar el pomposo accesorio y entregárselo al castaño.

—Puedes quedártelo, esa cosa no me interesa —dijo Kyo con prisa.

—Es el símbolo del campeón, debes…

Kyo dejó de escucharlo. La atmósfera en la arena cambió de súbito, y el castaño se volvió bruscamente para observar el cielo sobre él.

El color celeste y las nubes blancas habían desaparecido, y habían sido reemplazados por un nubarrón negro que se arremolinaba sobre sí mismo y producía enceguecedores destellos turquesa.

—¡Kyo! —exclamaron Benimaru y Goro, el tercer miembro del equipo.

—¿Qué diablos…? —gruñó Kyo, reuniéndose con sus compañeros.

El público presente se había acallado, pero nadie se movía, porque creían que aquel fenómeno era parte de la puesta en escena del torneo.

Un relámpago partió el cielo e impactó a unos metros de ellos con un estruendo ensordecedor. Luego dos rayos destruyeron un par de pantallas gigantes y un tercero hizo pedazos el escenario con una fuerte explosión.

El bullicio de la multitud volvió a comenzar, pero esta vez los gritos fueron de terror.

Kyo entrecerró los ojos cuando el polvo y el humo llegaron hasta él. El remolino en el cielo había adquirido un color rojizo y decenas de objetos brillantes brotaban de él, como si de un portal se tratara.

—'Tch. —Kyo se hizo a un lado cuando una de las estructuras metálicas que sostenían las luces del estadio se vino abajo con estrépito.

Al mirar a su alrededor, el joven vio la arena sumida en el caos. Había personas corriendo y tropezando, andamios que caían, pantallas parpadeantes que habían comenzado a incendiarse. El techo de metal se había resquebrajado y los trozos caían sobre público. Se oían chillidos de dolor y gritos pidiendo ayuda. Algunos cuerpos yacían sin vida bajo los escombros.

Un denso humo negro obstruyó su visión de las tribunas. Al volver a alzar la mirada, el ala norte del estadio estaba en ruinas. Y en medio de la destrucción, como si de una absurda broma se tratara, un reportero relataba con voz temblorosa lo que estaba sucediendo.

—¡Oye! ¿Quieres morir? —le gritó Benimaru, y el reportero dio un respingo, negó con la cabeza y corrió a ponerse a resguardo.

—Esa pregunta también debería ir dirigida a nosotros —señaló Kyo con una sonrisa amarga, porque estaban de pie en medio de un estadio que se derrumbaba, y no pensaban irse de ahí hasta averiguar qué estaba sucediendo.

—Quizá en el siguiente torneo deberíamos volver a usar el nombre de Hero Team —rio Benimaru, pasándose una mano por sus largos cabellos rubios—. En vista de que siempre acabamos salvando al mundo.

—¿Cuándo has salvado al mundo tú? —preguntó Kyo.

Sin embargo, no hubo tiempo para continuar aquella broma. Una bola de fuego había comenzado a descender del cielo y lentamente tomaba una forma humanoide. Kyo sintió que su ki reaccionaba a ese ser. A pesar de que parecía estar hecho de un fuego como el suyo, la energía negativa de la entidad lo hizo estremecerse.

¿Acaso se trataba del poder que su padre había mencionado, antes de que empezara el torneo? ¿Ésa era la energía que había intentado apoderarse de Iori?

Con un grito gutural, la criatura atacó.

Los compañeros de Kyo fueron tomados por sorpresa, porque la criatura estaba a metros de distancia, pero sus puños se materializaron en el aire mismo e impactaron con tal fuerza que tanto Benimaru como Goro salieron despedidos hacia atrás.

Kyo consiguió esquivar el peor golpe, y rodó hacia un lado con un siseo molesto.

La criatura volvió a gruñir. Las sílabas formaron una palabra sin sentido.

—¿Verse? Está bien, así te llamaré —dijo Kyo con desdén poniéndose de pie. Podía ver el cuerpo de la criatura con claridad. Su forma era humana, pero estaba cubierto por una armadura cuyos surcos alternaban entre un intenso brillo dorado y una oscura opacidad.

Kyo se sobresaltó cuando Verse apareció justo frente a él salvando los metros que los separaban en un parpadeo. Había manos flotando en el aire. Dos pares de manos que podían atacar como si tuvieran inteligencia propia.

Kyo lanzó un golpe, y su puño impactó contra la masa sólida del cuerpo de la criatura.

El joven sintió el calor que emanaba la roca ardiente en su pecho. Le pareció oír una sinfonía de voces gritando y lamentándose.

—¿Qué diablos eres? —gruñó Kyo, y se cubrió al ver que una de las manos suspendidas en el aire se lanzaba contra él.

Sin embargo, el impacto no llegó. Un destello púrpura resplandeció intenso.

Iori estaba a su lado, y observaba a Verse con los ojos entrecerrados.

—No te entrometas, Yagami —ordenó Kyo. Era demasiado arriesgado que Iori estuviera tan cerca de esa energía. No quería verlo sucumbir a ella otra vez.

Iori no lo escuchó. Se lanzó a atacar y Kyo tuvo que hacer lo mismo, odiando la impulsividad del pelirrojo. ¿Acaso Iori no entendía el peligro? Podía caer bajo el influjo de ese ser.

—Yo me encargaré de esto —insistió Kyo con voz áspera en un momento en que ambos golpearon a la vez.

Iori no lo escuchaba. El resentimiento por haber sido poseído estaba claro en su mirada.

A Kyo no le quedó más remedio que ceder y colaborar. Su fuego anaranjado se confundía con el de Verse, pero el de Iori brillaba frío e intenso mientras el pelirrojo intentaba desgarrar la armadura de aquel ser. En cierto momento, Kyo vio sangre en los dedos de Iori, y estuvo seguro de que la sangre era del pelirrojo, pero no tuvo tiempo para preocuparse por ello. Debía concentrarse en ese enemigo que atacaba sin dar un respiro, y esas manos que se materializaban de la nada e interrumpían el fluir de la pelea.

Sin necesidad de hablar, Kyo encontró el ritmo de los ataques de Iori. Mientras el pelirrojo llevaba la ofensiva, él tenía tiempo suficiente para buscar un ángulo desde el cual lanzar un ataque sorpresa. Si Verse volvía su atención hacia él, Iori lo atacaba por detrás, golpeando y desgarrando sin cesar.

Por el rabillo del ojo, Kyo vio que sus compañeros se habían acercado con la intención de ayudar, pero no se atrevían a participar en el ataque, por temor a convertirse en estorbos. Kyo hizo un gesto negativo para que no se entrometieran. Iori era toda la ayuda que necesitaba.

La sincronía de sus movimientos era como una danza, el fuego que flotaba en el aire, el apartarse para dejar que el otro atacara, la sensación de triunfo al ver que Iori conseguía resquebrajar la armadura de Verse, y luego el fuego anaranjado entrando por esa grieta, hacia el interior de la criatura, inacabable e intenso, disolviendo la oscuridad.

Kyo se cubrió los ojos debido a la luminosidad con que Verse ardió. La criatura desapareció en un haz de luz que se elevó hacia el firmamento, donde estalló en mil pedazos, haciendo retumbar las ruinas de la arena. Lo que quedaba del techo de metal crujió y comenzó a desmoronarse. El estadio entero se venía abajo.

—Será mejor que salgamos de aquí, Yagami —dijo Kyo.

No recibió respuesta porque Iori estaba con una arrodilla en el suelo, entre trozos de metal y cemento, con los ojos cerrados y una mano sobre el pecho.

Kyo sintió una punzada de remordimiento. No había estado pensando en que el uso del fuego púrpura seguía afectando a Iori.

—Yagami —ordenó ásperamente, volviendo hacia el pelirrojo y extendiendo una mano.

Iori entreabrió los ojos. Observó la mano ofrecida y la aceptó, porque la arena se derrumbaba y no había tiempo para palabras de desprecio. ¿De qué serviría mostrarse orgulloso si ambos acababan muertos por algo tan absurdo como un derrumbe?

Kyo sujetó la mano de Iori con firmeza, notando que los dedos del pelirrojo estaban magullados y sangrantes después de tantos intentos por penetrar la armadura de Verse.

—Vamos —dijo Kyo, mirando a Iori a los ojos un segundo, pensando en cómo su rival era también la persona en la que más podía confiar cuando se trataba de derrotar a un enemigo en común.

Debido a ese segundo de distracción, Kyo notó demasiado tarde el pesado fragmento de metal que se desprendió del techo justo sobre ellos. Un crujido lo hizo alzar la vista, y luego miró a Iori, que no había terminado de levantarse aún.

—De prisa, Yagam…

Una fracción de segundo para evaluar sus opciones. Tirar de Iori, y tal vez no conseguir apartarse a tiempo. Dejar a Iori a su suerte era impensable. Soltar su mano e intentar destruir el trozo de metal, aunque no tuviera tiempo ni espacio para reunir la fuerza suficiente…

Su mirada se cruzó con la de Yagami. La expresión en aquellos ojos escarlata era una que Kyo no había visto nunca antes.

Kyo salió despedido hacia atrás debido a la fuerza con la que Iori lo empujó. Su cabeza golpeó dolorosamente contra el reborde de una viga retorcida. Por un breve instante, con la vista borrosa, Kyo creyó ver la figura de Iori moviéndose para apartarse, pero luego ésta desapareció, en medio de un estruendo metálico y una espesa nube de polvo.