Aviso: este capítulo está sin betear.


Capítulo 15

"¡Actúa en vez de suplicar. Sacrifícate sin esperanza de gloria ni recompensa! Si quieres conocer los milagros, hazlos tú antes. Sólo así podrá cumplirse tu peculiar destino."

Ludwig van Beethoven

El sonido de la maleta al cerrarse resonó por la habitación, a la par que la agitada respiración de Bella. Buscó con la mirada por la cama hasta dar con su bolso. Apresurada, metió la mano y maldijo el momento en el que decidió escoger algo tan grande.

Por fin, encontró su objetivo, el móvil. Marcando el número de teléfono de Alistar, el hermano de Emmett, se lo llevó a la oreja mientras subía el asa de la maleta de mano y salía por la puerta. Sin embargo, giró rápidamente para asegurarse de que le había dejado una nota de disculpa a Irina.

Una vez estuvo segura de que todo estaba en orden prosiguió con su camino hacia las escaleras. Todos se habían marchado a una maravillosa cena en familia y en la excelente compañía de sus amigos. Algo en su pecho se encogía cada vez que rememoraba las escenas de muestra y cariño de ambas familias, siempre tan unidas. Ella por desgracia sólo había podido experimentar aquellas hermosas sensaciones al estar vivo su padre, lo cual no fue mucho. Pero no importaba, como se suele decir, el tiempo lo cura todo, y ella no iba a ser una excepción. Se marcharía al día siguiente de aquella tierra en la que muchos buscaban alcanzar el sueño americano. Bella había tenido los mismos sueños, ¿y para qué le había servido trabajar tan duro para que viniera un don nadie con aires de divinidad a intentar quitarle lo que legalmente le pertenecía?

Estados Unidos no era su destino, y eso lo supo desde la llegada de la primera carta de James. Así que se marcharía, sí, lo haría, a su verdadero hogar, su lugar secreto, en el que podría pasear, viajar, hacer todo lo que quisiera sin estar limitada por un enfermo mental como era su marido, su amada Francia.

Ya estaba abriendo la puerta cuando Alistair saludó al otro lado de la línea. Bella suspiró con dificultad e intentó que las palabras salieran de su boca, pero parecían estancadas en algún tipo de trampa.

- ¿Bella? –volvió a preguntar Alistair –. ¿Estás ahí?

Carraspeando fuertemente, la morena contestó.

- Sí, sólo estaba buscando un taxi –se excusó mientras se sorbía la nariz –. Voy a coger un vuelo de regreso a Nueva York, cuando llegue iré a tu apartamento para solucionar algunos problemas y después…

Al ver que Bella no continuaba, la preocupación de Alistair aumentó notablemente.

- ¿Después que pasará, Bells? –preguntó con voz un tanto temblorosa. La morena meneó la cabeza y cogió un fuerte inspiro mientras volvía a mover sus piernas hacia el taxi que la esperaba frente a la casa. El taxista bajó rápidamente para coger su equipaje, y mientras subía al vehículo, le dijo a Alistair.

- Nada, Alistair, todo irá como siempre tuvo que haber ido –y colgó.

Dejó caer la mano en su regazo y fijó su mirada en el móvil, viendo como inmediatamente éste volvía a vibrar e iluminarse exhibiendo el nombre de su amigo. Dejando caer la cabeza sobre el asiento, apretó el botón de colgar, cerró los ojos y dijo:

- Al aeropuerto, por favor.

Había tomado una decisión. No estaba huyendo, no de nuevo. Renunciaba. Ya no tenía fuerzas para enfrentarse a James. Sospechaba que aquella llamada desde el móvil de Black era una trampa, pero tampoco descartaba la posibilidad de que pudiera suceder en un futuro cercano si dejaba que aquello llegara a más. Lo primero que tenía que hacer era que Sam le enviara el número y dirección de la casa de su jefe. Por tanto, volvió a activar su teléfono y le envió un escueto mensaje a su guardaespaldas. Casi inmediatamente recibió una respuesta con el lugar exacto.

Poco tiempo después, el coche paró frente a un edificio altamente iluminado y Bella bajó con energía y decisión hacia la puerta. El lugar estaba prácticamente vacío, algo extremadamente raro, y le fue fácil conseguir el billete de avión. Sin embargo, mientras se dirigía hacia la puerta de embarque, sintió algo a su espalda, o más bien alguien. Sacó de su bolso un espejo y fingió arreglarse el pelo a la vez que lo giraba para comprobar que no había nadie siguiéndola. Y así fue, únicamente su imaginación.

Cuando llegó a la sala de espera, comprobó la hora y aún faltaban treinta minutos para que el vuelo despegara. Odiaba aquello, la espera, la tensión y presión de saber que tendría que renunciar a todo lo que tenía. El dolor de saber que a la única persona por la que había podido a empezar a sentir algo la catalogó de puta sin sentimientos que se tira a todo el que se pone en su objetivo. Y dolía mucho, a su corazón parecía que alguien lo estrujaba con todo el odio que cupiera en el alma de una persona. Y a aquella mano la identificaba con la de James, el hombre empeñado en destrozar su vida desde que lo conoció. Bella nunca había creído en el destino, siempre había pensado que era una patraña inventada por Disney o por el mundo ignorante, que cada uno podía manejar las posibilidades con las que contaba para poder labrarse el futuro que quería. Pero ya no pensaba igual. Su marido la conseguía encontrar fuera donde fuese, la conseguía manipular, perjudicar y demoler en menos de lo que canta un gallo. Y ya no aguantaba más. Quizás su destino siempre fue el construir su empresa de la nada y tener que dársela a un nadie el cual no había luchado por nada en su vida. La vida no es justa, o eso es lo que dicen, y ella lo sabía mejor que nadie.

La voz de un hombre resonó por los altavoces del aeropuerto, anunciando el embarque de los pasajeros del vuelo con destino a Nueva York y Bella se levantó con desgana, sujetando su bolso mientras buscaba un clínex. Parecía que se había resfriado igualmente, ni siquiera el buen clima de Miami la conseguía librar de eso. Y lo vio, por el rabillo del ojo. Su corazón comenzó a acelerar sin sentido alguno, su respiración aumentó desorbitadamente, y sus piernas comenzaron una marcha lenta hacia atrás, mientras observaba aquellos ojos azules que la habían martirizado durante mucho tiempo.

Un grupo de jóvenes estudiantes se cruzó en su camino y no desperdició la oportunidad de esconderse tras ellos. No había sido una alucinación suya, alguien la había estado siguiendo. Y la presencia de James sólo presagiaba cosas malas. Al llegar al mostrador, una sonriente azafata le dio los buenos días. Rápidamente le tendió su billete y miró hacia los lados en busca de su marido, pero había desaparecido. Cuando la empleada le devolvió el billete, entró corriendo como alma que lleva el diablo al pasillo que conducía al avión. Sentía su corazón palpitar en su pecho, a punto de salírsele y las lágrimas amenazando con su irrevocable salida. Pero aguantó, recordando aquella frialdad que se había impuesto y con la que había logrado sobrevivir todo aquel tiempo. Aquella frialdad que sin saber cómo, Edward destrozó en menos de un segundo. Era débil, extremadamente débil y sólo ahora lo reconocía. Había intentado tener una mentalidad diferente, hacer que su futuro cambiara, pero volvía a dar con la conclusión de que el destino es el destino y no hay fuerza capaz de moverlo. Un círculo vicioso, eso era aquello.

Cuando por fin entró en el avión se sentó en el asiento que le correspondía, en primera clase. Debido a su asiento, no era capaz de ver a toda la gente que subía al avión, y cuando sintió que el artefacto comenzaba a moverse, su paranoia aumentó notablemente. ¿Habría subido James también al avión? ¿Estaría en algún asiento calculando su próximo movimiento? ¿Qué haría él en Miami? Y entonces cayó en la cuenta. Nunca había secuestrado a Jacob. El alivio llenó parcialmente su pecho, sabía que no era posible que eso hubiera sucedido porque el Sr. Black era extremadamente bueno en su trabajo, pero siempre estuvo clavada en su alma una pequeña espina que le incitaba la duda.

Arrinconándose en su asiento, sujetó con todas sus fuerzas el bolso, y sintió que algo en él se movía. Por poco salta de la silla cuando sintió aquello, pero se tranquilizó cuando dedujo que era su móvil. Sacándolo con manos temblorosas, vio en la pantalla el nombre de Rose. Y las lágrimas rodaron por su cara. Quería contestar, quería hacerlo con todas sus fuerzas, pero no podía permitir que su amiga volviera a Nueva York y se encontrara de frente con su marido. No podía permitir que ella pudiera salir malherida. Y le colgó. Sabía que aquello le haría daño a su amiga, pero cuando la tormenta pasara, Rose sabría donde encontrarla.

De repente, una rubia azafata se acercó a ella con un paquete en la mano. Bella la miró desconfiada y apretó con más fuerza su bolso.

- ¿Señorita Swan? –preguntó con voz cantarina. Bella frunció el ceño.

- ¿Cómo sabe mi nombre? –dijo seca y desconfiada, mirando a la mujer de arriba abajo. Ésta rió débilmente.

- Está usted en primera clase, señorita, no le extrañe que la compañía nos obligue a tratar a personas como usted de la mejor manera posible. Una de las cosas que debemos hacer es aprender vuestros nombres –y eso no convenció para nada a la morena. Aquella mujer le daba mala espina. Había algo en su mirada, un brillo, que le aportaba un aire malévolo a su aura.

- Qué quiere.

- Un caballero le manda este paquete –y la mirada analizadora de Bella observó la caja. Todo aquello era muy raro…

- No lo quiero –dijo con decisión y vio como en la cara de la azafata se formaba un pequeño y ligero gesto de fastidio.

- Es mí deber entregárselo –respondió con un tono nada amable esta vez –. Después haga usted lo que le plazca con él.

Y dicho aquello, dejó la caja en el asiento contiguo al de Bella y se marchó. La morena mantenía el ceño fruncido mientras observaba el pequeño paquete. Volvió a sentir el móvil vibrando en su mano y vio que era un mensaje de un número desconocido. El temor volvió a ella, pero lo abrió y leyó:

Soy un hombre de palabra, Bella. Abre el paquete y verás que yo jamás miento.

Con gran amor, James.

Bella miró con desconfianza y miedo el paquete a su derecha. Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas, pero esta vez la morena no las dejó salir. ¿Qué debía hacer? ¿Abrirlo o no abrirlo? No sabía cuál de las dos opciones era la idónea, pero debía hacer algo. Así que levantó la mano y tocó con la yema de sus dedos el papel grisáceo que lo envolvía. Lentamente fue rasgándolo hasta que se quedó frente a un pequeño papel doblado y la caja. Dejó caer la nota hacia un lado, y paulatinamente abrió la tapa.

Su corazón tomó tal velocidad que Bella creyó estar apunto de tener un infarto al comprobar lo que aquella caja guardaba en su interior. Un dedo. El dedo de Jacob Black.

O eso era lo que parecía. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que se trataba de un dedo de plástico, ensangrentado con una sustancia viscosa de gran similitud con la sangre. Su respiración continuaba siendo acelerada y sus manos seguían con el ya usual tembleque. Pero sus ojos… sus ojos estaban atentos, atentos a cualquier cosa que pudiera ponerse en su camino y analizarlo hasta quedarse tranquila de que no era nadie compinchado con James. Con ese pensamiento se dio cuenta de que la azafata rubia debía conocer a su marido, aún más, debían estar compinchados. La puta querría robarle también su dinero. Pues bien, conseguirían la empresa, pero no su dinero, no el dinero por el que había luchado la mayor parte de su edad adulta, no aquello por lo que había malgastado parte de su juventud. No. Eso era suyo.

Por tanto, con la máxima cautela, bajó del avión cuando este tocó tierra, mirando a todos lados en busca o bien de la azafata o bien de James. Pero no conseguía ver a ninguno. ¿Cómo podrían haber podido entrar tan fácilmente en aquella aerolínea? Supuestamente era de las más seguras. Pues parecía que estaban equivocados…

Mientras esperaba su equipaje, creyó ver a la azafata que la atendió entrando en el baño de señores. El miedo no había abandonado su cuerpo, pero parecía haberse vuelto en una especie de coraza que la hacía tener una valentía que nunca hubiera podido imaginar. ¿Quién en su sano juicio iría a encontrarse con su enemigo? Bella. Ella iría. Así que, tras bajar su pequeña maletita de la cinta, caminó a paso rápido por el aeropuerto hasta llegar al servicio. Una vez allí, miró a ambos lados para asegurarse de que no fuera vista entrando en el baño equivocado.

Lentamente, abrió la puerta y entró sigilosamente. El lugar estaba desierto, una gota caía desganada formando un ruido seco y enervante. Bella observó que las puertas de los retretes estaban cerradas, así que se agachó con cuidado y no pudo ver ningún par de piernas. Con un suspiro, entró a uno de los baños sin importarle que estuviera en el servicio de hombres. Necesitaba hacer pis. No sería la primera ni la última mujer que hiciera eso. Además, sus ataques de paranoia y alucinaciones la estaban dejando exhausta.

Sin embargo, oyó algo, oyó que las gotas ya no caían, oyó un silencio sepulcral. ¿Quién había cerrado el grifo? ¿Estaría el cansancio jugándole otra mala pasada? ¿Por qué su maldito corazón no podía estarse quieto? Bella se volvió a colocar la ropa y avanzó un paso, con el bolso al hombro y la maleta en una mano, mientras que con la otra se disponía a abrir la puerta. Pero su cuerpo se quedó estático. Bella mandaba órdenes de que avanzara, pero éste hacía lo que le daba la gana. ¿Cuántos minutos habían pasado? ¿Dos? Una eternidad. Y allí estuvo otra vez, las gotas volviendo a caer. ¿Era aquello un castigo? ¿La intentaban volver loca? ¿Se aprovechaban de su frágil y asustada mente para que se volviera en su contra? Definitivamente estaba paranoica.

Meneó la cabeza intentando calmarse y haciéndose a la idea de que todo era producto de su imaginación. Por tanto, abrió la puerta. Y su cuerpo se volvió a paralizar al ver a la azafata retocándose los labios. ¿De dónde había salido esa mujer? La rubia la observaba atentamente, y una vez acabada la tarea del pintalabios, lo cerró y le sonrió malévolamente. Bella cerró los ojos y se los apretó suavemente. Producto de tu imaginación, producto de tu imaginación, Bella. No dejes que jueguen contigo –pensaba. Y cuando los volvió a abrir, no estaba.

La morena se acercó a los grifos y apoyó su bolso en el mármol, buscando dentro un par de aspirinas. Cuando las encontró dejó caer el agua, se metió las pastillas en la boca y se agachó a beber. Apoyó su mano derecha sobre el lavamanos y con la otra se secó el agua de la cara. Y cuando volvió a su posición principal, unas manos taparon su boca y unos labios estaban pegados a su oreja. Bella abrió lo ojos lo más que pudo, denotando el miedo que en ellos había al observar por el espejo a su marido, el cual comenzó a manosearla. La morena gritó, aunque no sirviera de nada, y se removió con toda la fuerza que tenía. No tardó en aparecer la risa burlona y de superioridad de James, por supuesto. Aquella era su marca de identidad. Y en una esquina del baño, apoyada con toda la parsimonia del mundo, estaba la maldita azafata con la que había creído alucinar.

- Ay Bella, Bella, Bella –dijo con un tono de regaño –. ¿Creías que podrías escapar de mí?

La nombrada volvió a removerse y consiguió darle un codazo en el estómago. La cara de James se crispó en un pequeño gesto de dolor y apretó más el agarre en su boca, mientras le cogía la muñeca y se la estrujaba hasta hacerla chillar de dolor.

- Nunca aprenderás, ¿verdad? –dijo ahora enfadado –. Quiero la empresa. Y la quiero ya.

Bella lo miró a los ojos, los cuales estaban inyectados en sangre y enfurecidos hasta el infinito. Lo había conseguido cabrear. Genial.

De repente apareció un sobre al lado de su bolso y desvió su mirada hacia la rubia, la causante de ello.

En este sobre encontrarás todo lo necesario para hacer la transferencia –continuó James, mirándola esta vez con cierta mirada libidinosa.

Con un movimiento brusco la giró y la besó con agresividad. Bella lo empujó con todas sus fuerzas pero de nada servía. La lengua de él intentaba hacerse paso entre sus labios y a Bella le entraron ganas de vomitar. Y le llegó, un pensamiento, la escena de alguna película o consejo que le hubieran dado. Le dio un puñetazo en el diafragma, hacia arriba, para dejarle sin respiración. Inmediatamente, James se separó de ella en busca de aire. Bella aprovechó la ocasión para proporcionarle una patada en sus partes nobles y un puñetazo en la cara. Tras este último movimiento se agarró la mano debido al dolor. El tío tenía la cara dura.

Rápidamente, se dio la vuelta y vio venir a la rubia como una tigresa en celo. Se había olvidado de ella. La azafata la cogió del pelo y Bella agarró su brazo inmediatamente, su mano izquierda sujetando un poco más al norte de la muñeca, y la derecha tirando de la palma hacia atrás, con la intención de hacerle el mayor daño posible. La rubia comenzó a poner gesto de dolor y Bella tiró de su brazo hacia abajo. Cuando la tuvo en una posición adecuada, le pegó a ella también un puñetazo, cogió sus cosas y salió pitando del lugar.

La adrenalina corría por sus venas, pero también la desesperación y pavor. Tenía que terminar con aquello de una maldita vez. Eran las once y media de la noche y los taxis esperaban en la puerta del aeropuerto. Velozmente entró en el primero que vio y le dijo la dirección de Alistair. El hombre ya la estaba esperando con una mirada preocupada pintada en su cara para cuando llegó.

- ¿Qué ocurre, Bella? –le volvió a preguntar, pero al aludida pasó de largo y se sentó en el sofá, sacando del bolso el sobre que James le había entregado y que no se le había olvidado coger.

- Quiero que traspases la empresa a esta persona –Alistair cerró la puerta de la entrada y se acercó con paso lento hacia ella, cogiendo el sobre que le tendía.

Tras unos momentos de inspección de los documentos, la expresión de Alistair se volvió en una de incredulidad y de negación.

- No puedes hacer esto, Bella –la regañó –. Es el trabajo de toda una vida. Emmett no me lo perdonará jamás.

- ¿Por qué crees que no fui a él? –le preguntó con los ojos vidriosos –. Sé que no lo haría nunca, trabajó codo con codo conmigo para sacar adelante la agencia, pero esto me supera Alistair. Eres el único que puede ayudarme. Te lo suplico.

El hombre, al ver la mirada triste y desesperada de Bella, no pudo más que hacer que restregarse la cara y sentarse, mientras aceptaba prestarle la ayuda necesaria.

- Pero es una locura, Bells –le continuó asegurando.

- Lo sé, por supuesto que lo sé –susurró la morena –. Según tengo entendido la semana próxima se iba a celebrar la reunión de socios para poder decidir el futuro de los beneficios –al ver que Alistair asentía, continuó –, pues bien, quiero que el veinte por ciento vaya a cada socio, otro veinte a alguna sociedad caritativa, me da igual cuál, elige tú; devuélvele la inversión a Edward, y lo restante a la cuenta que tengo en Suiza. Haz inversiones arriesgadas, todo lo necesario para arruinar la agencia, manipula las cuentas para que James crea que le va bien. Antes de que ocurra el traspaso, ¿entendido?

- Sí, pero Bella…

- Nada de peros, Alistair –protestó Bella, volviendo a recuperar la compostura –. Necesito hacer esto, necesito irme.

- ¿Y toda la gente de aquí? ¿Alice, Emmett, yo… todos? –preguntó dolido.

Rose sabrá donde encontrarme, dentro de unos meses podréis venir a visitarme –dicho esto, se levantó y recogió sus cosas, yendo hacia la puerta. Antes de marcharse, se giró y dijo –: lo siento, Alistair. Adiós.

Al salir, volvió a meterse en el taxi y en poco menos de cuarto de hora, llegó a su apartamento. Una vez frente a la puerta de su piso, buscó con desesperación las llaves en el bolso, pero tenía el maldito brazo metido hasta el codo y no las encontraba. Frustrada, dejó caer el bolso y se acuclilló para buscarlo mejor. Tras tres minutos, las encontró, y cuando se volvió a levantar, vio a una figura detrás de ella. Rápidamente se giró y se dispuso a tirarle todo lo que tenía en la mano, cuando se dio cuenta de que era él… Edward…

Un nudo se formó en su garganta y las lágrimas se formaron en sus ojos. Tan rápido como se giró volvió a su posición inicial y abrió la puerta, cerrando sin invitarle a pasar. Sin embargo, Edward fue más rápido, ya que metió su pie e impidió que le dejara fuera.

- Bella, tenemos que hablar –dijo con voz suave y baja, lastimera.

- Yo no tengo que hablar de nada contigo –contestó, rindiéndose y dejándole entrar. No obstante, cerró la puerta con doble candado y puso la alarma –. Si no quieres que la policía venga porque te estás moviendo por el salón con la alarma puesta, métete en cualquier sitio menos en mi habitación.

Dicho aquello, Bella avanzó hacia su cuarto, sintiendo los pasos de Edward tras ella. Y por el rabillo del ojo vio algo, que él también llevaba una maleta, una mucho más grande que la que tenía en Miami. Sin darle importancia, dejó las cosas al lado de su cama cuando entró y sacó la agenda y el móvil, marcando el número de Sam. Tras dos timbrazos, contestó.

- Sam, ya no hace falta que vengas más. Me march… –el hombre intentó protestar, pero Bella se lo impidió, diciendo lo realmente importante –. Ve a la casa del Sr. Black y averigua si está bien, si su familia está bien. Mándame un mensaje cuando lo hayas hecho. Adiós.

Sin esperar respuesta, colgó y se empezó a quitar la ropa, buscando al mismo tiempo unas convers y algo cómodo para ponerse en el camino. Al ver que Edward seguía indeciso sobre el lugar al que debía ir, Bella cerró la puerta de su habitación de un portazo. Y se dispuso a hacer la maleta, una mucho más grande que la ridiculez que tuvo en Miami, una con todos los objetos importantes y valiosos sentimentalmente que encontrara. Sin embargo, su tarea fue interrumpida por el pitido de su móvil, una alarma. Rápidamente fue a apagarla y otro nudo se formó en su garganta al recordar el significado de aquello.

Pero meneó la cabeza y se secó las rebeldes lágrimas que decidieron emanar de sus ojos y continuó con su tarea. Una vez acabado aquello, volvió a coger el móvil y reservó una plaza de avión con destino a París a primera hora de la mañana, a las cinco. Eso le daba un espacio de cuatro horas de descanso, pero no estaba muy segura de poder aprovecharlas. Aún así lo intentó.

Ni siquiera se metió bajo las sábanas, ni siquiera se puso el pijama, permaneció con la ropa con la que viajaría y con el móvil con una nueva alarma puesta. Cerró los párpados y el cansancio empezó a hacer mella en su cuerpo. Poco a poco, el dolor se apoderó de cada músculo que tenía, incluso de aquellos que ni siquiera sabía de su existencia, hasta que finalmente cayó en un profundo sueño. Un sueño en el que el protagonista era James.

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Bella se encontraba en una habitación oscura, repleta de cosas que tintineaban y que no podía ver, bien debido a la noche o bien debido a otra cosa. No recordaba nada. ¿Qué le habría pasado? Sentía algo sobre sus ojos y levantó la mano para tocarlo. Era un trozo de trapo. Intentó gritar pero su voz no salía. Y lo volvió a intentar, pero nada, todo en vano. Con desesperación intentó quitarse la venda, pero no podía, no tenía ningún nudo, estaba pegada a su cabeza.

El tintineo paró de repente, y Bella oyó unos pasos acercándose. Cuando llegó a su lado, pararon y un susurro llegó a su oído.

- Bellaaaa –era la voz de James. El miedo recorrió con más fuerza su cuerpo e intentó volver a gritar. No funcionó –. ¿Vas a decirme ahora lo que quiero saber?

¿Qué debía decirle? No lo recordaba.

- Está bien… -dijo con resignación –. Pues entonces tendremos que continuar.

Y entonces sintió algo frío sobre sus dedos de los pies, algo parecido a unas tijeras. Y lo oyó, el sonido de aquel instrumento cerrándose y el dolor invadiendo su cuerpo. Le había cortado un dedo. En aquel mismo instante comprendió porqué no podía quitarse la venta, le había cortado los dedos de las manos…

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Un grito atronador salió de la garganta de Bella, la cual estaba impregnada en sudor y con el corazón a mil por hora. La puerta de su habitación se abrió de repente y tarde se acordó de que se trataba de Edward, ya que le había tirado el móvil a la cabeza.

- ¡No! –gritaba, sintiéndose todavía en el sueño –. ¡No lo sé, James!

- ¿Bella? –dijo Edward mientras la cogía en brazos y la abrazaba fuertemente –. Ya pasó, cariño, fue una pesadilla, tranquila.

Poco a poco, Bella volvió a la realidad. Un delicioso aroma llenó sus fosas nasales y se apretó contra Edward. Lo había echado de menos, muchísimo, y sólo ahora se daba cuenta de cuánto. Sus palabras todavía resonaban en su cabeza, y el dolor persistía, pero la había ido a buscar. Había ido tras ella y eso era lo que más importaba, poder tener una noche con él antes de que se marchara.

Con ojos vidriosos se separó de él y lo miró a la cara. Su expresión era de preocupación y, en cierto modo, dolor y arrepentimiento. Bella alargó la mano y le tocó suavemente la mejilla, la cual raspaba un poco por la incipiente barba. Lentamente, se fue acercando hacia él, hasta que por fin sus labios se tocaron. Y la morena se sentía en el cielo. Quizás aquellos sentimientos eran exagerados, inauditos o incluso ilógicos, pero lo sentía así, tenía la necesidad de tener que entregárselo todo esa noche a él, únicamente a él.

Sus labios se movieron suavemente y los brazos de él la enrollaron acercándola fuertemente. Bella le sujetó la cara mientras el beso se volvía más violento y sus respiraciones frenéticas. Sus pequeñas manos comenzaron a recorrer el desordenado pelo de Edward, siempre tan extremadamente suave. Las manos de él sin embargo, guiaron sus piernas hasta ponerla a horcajadas sobre él, mientras las recorría con lentitud y esmero.

Sus lenguas se tocaban con desespero, mientras que sus cuerpos se movían al son en busca de un contacto más íntimo. Los labios de Edward bajaron por el cuello de la morena, saboreando y lamiendo cada pequeño espacio existente, mientras iba subiendo la camiseta negra que la morena usaba. Bella comenzó a explorar el amplio y ya bastante conocido y trabajado pecho del hombre, llevándolas hacia los hombros y bajando por sus brazos con fiereza.

Edward continuó con el recorrido hacia los pechos de Bella, quitándole el sujetador y tomándose su tiempo y dedicación con cada pezón, lamiéndolo, mordiéndolo y chupándolo. La morena arqueaba su espalada y apretaba más la cara de Edward contra ella para que continuara. Sin embargo, aquello se acabó demasiado pronto, ya que continuó con su camino hacia el centro de Bella.

Con rapidez la tumbó sobre la cama y le quitó los zapatos, calcetines y pantalones, dejando para lo último la pequeña braguita rosada que llevaba puesta, y que lo llamaba a devorarla por completo. Sin embargo quería hacerla esperar un poco, tocando ligeramente su centro de arriba abajo, a la vez que besaba la parte interna de su muslo.

Bella se estaba dejando llevar por un instinto y deseo oculto. Y lo que esto conllevaba era el cúmulo de sentimientos que se galopaban en su pecho y bajo vientre. Pasión, lujuria, deseo, pero también cariño, ternura… amor. Edward la hacía sufrir mediante la espera, una espera que quería acabar ya. Por tanto se levantó y se quitó la maldita prenda que obstaculizaba lo que tanto estaba deseando.

Los ojos de Edward la siguieron durante todo el proceso y la morena podía leer la lujuria en ellos. Se relamió los labios y llevó sus manos hacia el elástico de su pantalón, bajándolo lentamente. Con satisfacción observó que no llevaba nada debajo y que, triunfante, salió aquel trozo de carne que adoraba. Una vez quitados por completo, se volvió a poner a horcajadas, sin llegar a tocar sus intimidades. Bella acercó con ferocidad su cara a la de Edward y lo besó, con todas las fuerzas que tenía, lamiendo su labio inferior y peleando con su lengua cuando Edward abrió la boca. Pero lo que más adoraba Bella, era aquella sensación de estar abrazada por los fuertes brazos de él, aquel calor que le aportaba, de aquel bienestar. Aquella plenitud cuando finalmente sus cuerpos se juntaron en la más mágica unión. Aquel ardor en su pecho que la hacía querer convertirse en uno con él. De cómo vio las estrellas y de cómo sus dedos se enroscaron cuando el clímax llegó a ella. Todo, adoraba absolutamente todo.

Sus respiraciones continuaban aceleradas, sus cuerpos aún tensos pero relajados, con las frentes juntas y abrazándose mutuamente. Edward los tumbó en la cama, saliendo de ella y estrujándola fuertemente en sus brazos. Y tras aquel momento mágico, Bella continuó observando a Edward, esperando a que éste cayera en los brazos de Morfeo.

Y el momento llegó, llegó con un profundo dolor al significar la separación entre ellos. Todavía más cuando, entre sueños, Edward pronunció su nombre, débilmente, pero así lo hizo. Sorbiéndose la nariz, se volvió a vestir lo más sigilosamente posible. Y, tomando sus cosas, se acercó por última vez a Edward, tapándolo con una manta y, dándole el último beso, le dijo:

- Adiós, Edward.


Hola chicas!

Después de un montón de tiempo, podéis venir a matarme tranquilamente, lo tengo asumido jejeje. ¿Qué os ha parecido el penúltimo capítulo? Sí, penúltimo. Ya sé que dije que habrían otros cinco, pero a medida que lo estaba escribiendo me di cuenta de que lo único que conseguiría sería atrasar la llegada de éste y que fueran súper cortos. ¡Así que aquí está! Como habéis podido ver, han pasado un millar de cosas, de vuestro agrado, espero :P ¿Qué os ha parecido la escapadita de Bella? ¿Y el loco de James? A ése hay que pillarle y darle una buena tunda, para que aprenda jajaja.

Con el siguiente capítulo no prometo nada, mejor mantenerme calladita, que ya me conocéis, sino preguntadle a mi beta... XD Así que, espero que hayáis disfrutado, os agradezco millones de veces por los rr, favs y alerts, creo que contesté a todos los rr, y a los guest lo hago por aquí ;)

Melania: Comprendo lo que quieres decir y a mí también me parece un cabrón de cuidado... Pero ya veremos que pasa en el siguiente capítulo ;) Muchísimas gracias por tu rr y nos leemos! :D

Así que nada más nenas, espero que os haya gustado y me dejéis vuestras impresión, sino, bueno.. tampoco me voy a poner como una moto jajaja.

Muchos besitos a todas y nos leemos!

Valentie F :3