Hiya!

En fin, gracias a Cris Snape, Julietaa, Mery Vedder, damcastillo y Little Mess por los reviews de la última historia.


4

Theodore Nott

Lástima

Mientras observaba cómo los aurores se llevan a Philip Nott a Azkaban, el rostro de Theodore no mostró ni un asomo de lástima.

No es que no la sintiera. Después de todo, es su padre, aunque jamás se haya comportado como tal. Pero Theodore no movió ni un músculo para tratar de detener a los aurores. Su padre era un mortífago y lo justo era que pagase por ello.

Ahora que Philip Nott ha salido de Azkaban, Theodore tiene un poco más difícil eso de disimular la lástima que lo corroe. Su padre no ha hecho más que coger una enfermedad tras otra y cada vez está peor. El joven trata de acercarse a su habitación lo menos posible y apenas pregunta al elfo por su estado, pero eso no quiere decir que no se preocupe. Lo que ocurre es que no tiene la menor intención de demostrarlo.

Una tarde que vuelve de casa de Daphne, descubre a su padre fuera de la cama, con el rostro amarillento como un pergamino y tratando de mantenerse en pie con ayuda de la pared del larguísimo pasillo. Theodore mira sus ojos, verdes, como los de él mismo, y comprende que Philip Nott no está en pleno uso de sus facultades por la fiebre. Una nueva oleada de lástima lo invade: su padre siempre ha sido muy inteligente, y aún más frío que él, y verlo ahora tan frágil no es plato de buen gusto.

—Ven—indica tras unos segundos, cogiendo el brazo del hombre para devolverlo a su habitación. Para su alivio, éste no dice nada mientras camina; el esfuerzo que le supone andar parece demasiado grande para permitirle pensar en otra cosa. Llegan hasta la habitación de Philip y Theodore deja a su padre en la cama. Recomponiendo su fachada de indiferencia, lo arropa con más cuidado del que admitirá y se dispone a salir del dormitorio.

—Theodore—escucha graznar a su padre. Por un momento piensa en seguir su camino y dejarlo ahí; no cree que sea de su interés lo que quiera que el hombre tenga que decirle. Luego recuerda que según alguna de esas ridículas normas no escritas le debe respeto. De modo que se vuelve hacia él—. Te pareces mucho a tu madre.

No es como si Theodore no lo supiera. Le basta con echar un vistazo a las fotos de Nicole Nott –que están en su mayoría guardadas bajo llave y fuera del alcance de todo el que no sea Philip– para confirmar que siempre ha sido una copia masculina y de ojos verdes de su progenitora. No obstante, le sorprende oír a su padre hablando de ella. No lo hace casi nunca. Una parte de él le dice que esa Guerra en la que él se negó a participar, pese a haber acabado, sigue arrebatándole lo que le queda de Philip Nott lentamente, y ahora acaba de llevarse el orgullo del hombre al que Theodore generalmente intenta ignorar.

—Lo sé—responde escuetamente.

—Ella te quería mucho—musita su padre—. Más que tú a mí, desde luego.

Theodore entorna los ojos. Su padre no ha mentido (o eso quiere creer), pero ¿tan evidente es?

—Mi madre murió hace trece años—dice, sin embargo—. Ya no importa mucho lo que pensara o sintiera—le duele decir esas palabras y sabe que a su padre le duele oírlas, pero no quiere seguir con esa conversación –o lo que quiera que sea ese intercambio de ideas– porque remueve cosas en su interior que, en su opinión, deben quedarse como están y, a ser posible, sin molestar al resto de su persona—. Buenas tardes.

—Siento no haber sido un buen padre—escucha cuando está atravesando la puerta. Theodore cierra las manos en puños y se da la vuelta de nuevo para encarar a su progenitor, tratando de disipar su rabia. Observa los ojos de su padre, los suyos propios, clavados en él. ¿Un buen padre? ¿Acaso ha sido siquiera "padre"? Lo único que ha hecho ese hombre por él ha sido concebirlo. Jamás ha sido un padre para él. Incluso Lucius Malfoy demostró algo de humanidad al preocuparse por su hijo. Philip Nott no. Quizá le permitió no participar en los asuntos del Señor Tenebroso, tal y como Theodore deseaba, pero es la única concesión que ha hecho. Theodore nunca ha podido hablarle del colegio, montar con él en escoba, como cualquier familia normal.

—No puedes arreglar trece años con una frase—le asegura. Su padre sólo asiente, como si lo supiera desde hace tiempo, tragándose el dolor que le causa oír esas palabras de la boca de su único hijo.

Theodore sale de la habitación hecho un remolino de sentimientos encontrados. Algo que odia, en cualquier caso. Detesta los sentimientos porque crean lazos, lazos que no tardan mucho en volverse cadenas. Y cuando a uno de los que sujeta dicha cadena le ocurre algo, el otro irremediablemente se ve afectado. Theodore lo aborrece.

Y, sin embargo, aun después de todo lo que piensa, de todo lo que ha dicho, Theodore Nott siente lástima por su padre.