¡Hola!

Gracias a HardLohve, Mery Vedder, Magana, anonimo, Cris Snape, Val, CallMeStrange, Karen Ximena y Gaby Sara por sus reviews.


13

Lavender Brown

Princesa loba

Cuando Lavender despierta, necesita varios minutos para recordar dónde está.

Mira a su alrededor. Su habitación está destrozada: los libros han caído de las estanterías y las páginas están desperdigadas por el suelo, los muelles sobresalen del colchón, y su escritorio está lleno de mordiscos y arañazos. Y ella, desnuda en un rincón de la habitación.

No recuerda lo que ha hecho, pero no es necesario: sabe que ha sido ella la que ha provocado eso. Anoche hubo luna llena.

La joven se hace un ovillo, ignorando el dolor de sus músculos, resentidos por la frenética actividad involuntaria de la noche anterior, y solloza. Por Merlín, cómo se odia. Sabe que los destrozos que produce son menores que si no tomase la poción de matalobos, pero aun así es plenamente consciente de que, si alguien hubiera entrado en su habitación, hubiera salido convertido en un licántropo. Se estremece al pensar qué hubiera ocurrido si Alan, su hermanito de diez años, hubiera entrado.

El único monstruo que hay en esa casa es ella. Y Lavender se odia por ello.

Le duele más saber que puede transmitir su maldición a otros si tiene un descuido que las cicatrices que deforman el rostro que, supone, atrajo a Ronald Weasley cuando salió con ella en sexto.

Cuando Lavender se cansa de llorar, se pone en pie y abre el armario, rezando por no haber destrozado también su ropa; para su alivio, sus prendas están intactas. La joven coge una toalla, se envuelve en ella y deshace el hechizo que mantiene cerrada la puerta del dormitorio para salir y ducharse.

Unos minutos más tarde, Lavender está limpia y se siente algo mejor consigo misma. Se alisa el flequillo con un giro de su varita para que le tape el máximo de rostro posible; detesta las cicatrices. Detesta a Greyback. Y detesta en lo que la ha convertido ese monstruo.

—¿Dónde vas, mi vida?—inquiere su madre cuando ve que coge su bolso.

—A… he quedado con Parvati.

Es mentira, y la señora Brown lo sabe, pero lo deja pasar. Desde que terminó la Guerra, ha dejado pasar muchas cosas. Lavender sabe que su madre siente miedo y lástima por ella, algo que lamenta, porque precisamente eso es lo que no quiere, pero que al mismo tiempo le viene bien. Le da más libertad.

Lavender se encamina al pequeño bosque que hay a las afueras del pueblecito en el que vive, casi como una autómata; conoce bien ese lugar, se ha criado ahí, jugando a ser una princesa rescatada de un monstruo por su apuesto príncipe azul. Ahora piensa que su papel en el cuento es el del monstruo al que matan para que los protagonistas vivan felices para siempre.

Se deja caer en la orilla del riachuelo y observa el fluir del agua.

Han pasado tres meses desde que Greyback la convirtiese en loba. Tres lunas llenas. Lavender recuerda su primera transformación –hasta cierto punto–, y no va a olvidarlo jamás. Nunca antes había conocido un dolor equiparable al que sintió transformándose en una bestia.

Al menos, piensa, sus amigos no se han apartado de ella. Cada dos días recibe una carta de Dean y otra de Hannah, y Parvati, que no puede moverse mucho por culpa de su pierna ausente, se asoma por red flu tres veces al día y pregunta por su amiga a la señora Brown. Pero como Lavender pasa el día fuera, casi nunca coinciden.

Lavender supone que está haciendo lo correcto rechazando el acercamiento de sus amigos. No quiere que tengan que estar cerca de un monstruo, y además teme hacerles daño en un descuido.

La joven mira su reloj. Apenas ha pasado media hora desde que saliera de su casa. No va a negar que se aburre; mañana traerá un libro con ella.

—¡Ey, Lave…! ¡Ah!

Lavender ni siquiera se para a mirar quién es el intruso. La Guerra le ha dado una valiosa lección: primero, uno se pone a cubierto, y después comprueba si el nuevo es o no enemigo.

Seamus Finnigan cae al suelo con un grito alarmado, intentando liberarse de las gruesas cuerdas que lo inmovilizan. No es hasta que Lavender piensa que con ese acento irlandés no podía ser otra persona que se da cuenta de que es él.

—Lo siento, Seamus—se disculpa, cortando las cuerdas.

El joven se pone en pie, sacudiéndose la ropa, y la mira.

Empezaron a salir a principios del último curso. Hacían un buen equipo y se coordinaban bien en las ofensivas nocturnas del ED, y se besaron unos días antes de Halloween.

No obstante, Lavender cortó con él después de la Batalla. ¿Por qué? Por el mismo motivo por el que aleja a sus amigos de ella: porque es peligrosa. Sin embargo, como sabía que Seamus es tan adicto a la adrenalina que eso sólo sería un plus para continuar a su lado, le dijo simplemente que había conocido a otro.

—¿Así que aquí te pasas el día?—el muchacho mira alrededor con curiosidad—. Psé. He visto cosas más bonitas.

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

—Iba a verte a tu casa—admite él—y te he visto salir y… bueno…

—Me has seguido—Lavender entorna los ojos.

—Te he seguido—asiente Seamus. Lavender suelta un bufido y se deja caer en el lugar en que estaba antes, observando de nuevo el riachuelo—. Oye, Lav… ¿Quién es?

Ella lo mira, y descubre que se ha sentado a su lado.

—¿Quién es quién?

—El otro—Lavender se muerde el labio. Sabe que, diga el nombre que diga, incluso si se lo inventa, Seamus lo buscará y comprobará que es adecuado para ella, y en caso negativo le partirá la cara al modo muggle. Se queda callada—. No existe, ¿verdad?

Lavender se sonroja al saberse descubierta. Pues claro. ¿Quién querría salir con ella? Nada más ver su rostro dan ganas de cambiarse de acera. Seamus no es idiota, y Lavender tampoco fue demasiado inteligente al poner esa excusa.

—No, no existe—admite.

—Entonces, ¿por qué rompimos?

Lavender suspira.

—Sé que te daría igual… pero cada luna llena me convierto en una loba rabiosa que destroza todo lo que hay a su alrededor y que puede convertir a más personas en seres como yo. No quiero que ocurra eso, no contigo—explica.

Cuando pasan varios minutos y Seamus no contesta, la joven lo mira y lo descubre con una expresión de absoluto pasmo.

—¿Pero tú eres tonta?—escupe finalmente—. Lavender, es una noche al mes. Una. El resto de los días eres tú, ¿no? Además, me da igual. Con que esos días estemos en distintas habitaciones, todo está bien, ¿verdad?

—Sí, pero…—Lavender se muerde el labio—. No sé lo que hago esas noches, Seamus. ¿Y si me escapo y te ataco, o…?

—No lo harás—le asegura Seamus—. Y si lo haces… que sepas que he sobrevivido a los Carrow, sabré cómo evitar que me conviertas en un licántropo—Lavender sonríe un poco. Parecía muy difícil, y, sin embargo, en boca de Seamus, ahora tiene pinta de ser tan sencillo…—. Venga, Lav. Si me dejas por culpa de otro, que no sea Greyback.

Lavender no puede evitar que su sonrisa crezca cuando ve que Seamus habla completamente en serio. Se acerca a él y lo besa, dándose cuenta de que la realidad no es tan complicada como parece.


Lavender despierta, y le cuesta unos minutos ubicarse. Reconoce esa habitación, completamente destrozada, como la que tiene Seamus en su piso. A su cabeza acude la tarde anterior, cuando fue al cine muggle con Seamus, y después, cuando salió la luna y, como no le daba tiempo a volver a casa, se quedó en la de él…

Pero no recuerda lo que hizo anoche; ¿y si lo mordió sin saberlo? ¿Y si…? Por Merlín, Lavender no se perdonaría convertir en un monstruo a alguien a quien quiere tanto.

Sin embargo, antes de que pueda levantarse siquiera, la puerta se abre, y por ella entra Seamus. Sonríe cuando la ve despierta y se acerca al armario, de donde saca una manta para cubrirla. Se agacha a su lado y la abraza.

—¿Qué tal la noche?

Lavender se encoge de hombros. Le duele la cabeza.

—Pregúntale a tu dormitorio—lo ha destrozado entero. Seamus le da un beso en la mejilla.

—Bah, esto se arregla en un rato. ¿Una ducha? Por los ruidos que oí, deduzco que sudaste mientras te cargabas mi cama.

Lavender se echa a reír sin poder evitarlo, y Seamus la coge y la lleva en volandas hacia el baño.

—¡Eh, Seamus! ¡Bájame!—protesta la muchacha.

El joven no complace su deseo hasta que han llegado a su destino. La deja en el suelo y abre el grifo de la bañera. Lavender no puede evitar abalanzarse sobre él para besarlo. Qué idiota es. Y cómo le gusta a ella que sea así.

—¿Eso es una técnica de caza?—quiere saber Seamus, devolviéndole el beso.

Lavender no puede evitar sentirse hermosa y olvidar su rostro deformado cuando Seamus la mira así.

—Pues claro—responde, siguiéndole el juego—. Claro que si te muerdo, te convertiré en mi compañero de caza—lo besa y muerde su labio inferior, sabiendo que ahora mismo no puede hacerle daño con ese gesto. Seamus sonríe y le devuelve el beso.

—Pues cacemos, princesa loba.


Notas de la autora: El Seamus/Lavender lleva en mi cabeza desde que leí el quinto libro. Eran los dos que no creían a Harry, y se me ocurrió que harían buena pareja. Respecto a lo de que ella sea una licátropa (¿esa palabra existe, o me la acabo de inventar?), en el libro se dice que "una masa de color gris que parecía un animal trotó a cuatro patas" y mordió a Lavender, así que supongo que Greyback estaba transformado. Y me pareció horrible que la mataran en la peli, tenía que decirlo.