¡Buenas tardes!
Gracias a Roxy Everdeen, Mery Vedder, Sakhory, Cris Snape, Silvers Astoria Malfoy, Gaby Sara y CallMeStrange por los reviews del one-shot anterior.
Y antes de ir al conservatorio aprovecho para dejaros con otro.
15
Andrómeda Black (Tonks)
Con Teddy
Cada vez que ve a su nieto, Andrómeda recuerda a su marido, a su hija y a su yerno al mismo tiempo.
Porque el aspecto habitual de Teddy, con el cabello azul salpicado de mechas rosas, los ojos castaños y una sonrisa que parece estar pintada en su rostro de tanto que la utiliza, es algo que la mujer adora y odia al mismo tiempo. Es hermoso ver cómo, de alguna manera, su familia sigue viva en el menudo cuerpo de ese niño de cuatro años, pero al mismo tiempo es increíblemente doloroso saber que no van a poder disfrutar de Teddy como se merecen.
Teddy Lupin es un niño muy bueno. Es callado y generalmente bastante tranquilo, sobre todo cuando a alguien se le ocurre dejarlo cuidar a la pequeña Victoire, que se queda muy quieto, por eso que todos le dicen de que debe ser un ejemplo para su prima. Pero también se las apaña para que situaciones que para la gente normal quedarían en simples tropiezos acaben siendo auténticos desastres.
Ahora, Teddy está sentado en el suelo, jugando en ese circuito con cochecitos con el que lo consintió Arthur Weasley por su último cumpleaños. Sin embargo, a los pocos minutos se aburre de hacer ir a los coches por la carretera y decide que es más divertido que vuelen.
—Teddy, ten cuidado con eso, no vayas a sacarme un ojo—le advierte Andrómeda cuando pasa a su lado, aunque interiormente se siente orgullosa de las aptitudes mágicas de su nieto.
Sería mejor que no hubiera dicho nada. Al oír el consejo, Teddy se pone nervioso, y uno de los coches vuela derechito a la vela que hay junto a la chimenea. El pequeño juguete, ardiendo, sigue su trayecto y se enreda en la cortina, que también es envuelta en llamas en cuestión de unos segundos.
—¡Abuela!—exclama el niño, levantándose de un salto y alejándose del incendio. Se aferra a las piernas de Andrómeda, asustado.
Ella saca su varita y apaga las llamas con facilidad. Sólo entonces baja la vista hacia su nieto, que se ha vuelto momentáneamente pelirrojo y observa lo que queda de la cortina con temor.
—¿Te has hecho daño?—Teddy la mira y niega con la cabeza—. Tu pelo—tras unos segundos, el niño se las ingenia para volver a tener una mata azul con mechones rosas sobre la cabeza.
—Perdona—se disculpa Teddy con un puchero, separándose de ella y bajando la mirada, avergonzado por haber quemado la cortina—. Ha sido sin querer.
Andrómeda no puede evitar reírse.
—No pasa nada; eres como tu madre—replica, revolviéndole el pelo, antes de acercarse a la cocina. Después arreglará la cortina, piensa.
Sin embargo, cuando está dentro escucha los pasitos de Teddy tras ella.
—Abuela, ¿mamá y papá me querían?
Andrómeda se da la vuelta, extrañada por la pregunta. Descubre a su nieto en la puerta de la cocina, mirándola con una expresión inusualmente seria para sus cuatro años. Se da cuenta de que frunce un poco el ceño cuando está preocupado, igual que en su día hacía Remus, y la invade una oleada de ternura.
—Claro que te querían, cielo—responde tras unos segundos.
Teddy sacude la cabeza.
—¿Entonces por qué se fueron?—cuestiona.
Andrómeda suspira, sale de la cocina y se sienta en un sofá del salón. Teddy la sigue y se deja caer a su lado, balanceando los pies, que aún no le llegan al suelo.
—Teddy, no se fueron porque quisieran—le asegura—. Tu padrino y yo te hemos dicho ya que…
—Pero Harry también estuvo haciendo que no hubiera malos—la interrumpe Teddy, que se sabe toda la historia de memoria—y él sigue aquí.
Andrómeda suspira con tristeza.
—Te aseguro que si les hubieran dado a elegir, Dora y Remus estarían contigo ahora. Pero no siempre las cosas pasan como queremos—Teddy hace un puchero y baja la vista—. Tus padres te querían mucho; por eso fueron a luchar con los malos, para que tú no tuvieras que verlos cuando fueras más grande.
—Pero ellos también se fueron—murmura el niño—. Me gustaría que estuvieran aquí.
Andrómeda lo coge y lo sienta en su regazo.
—Están aquí, de alguna manera—le asegura—. ¿Por qué llevas algunos mechones de pelo rosas?—Teddy se encoge de hombros—. Pues tu madre llevaba el pelo siempre así—le asegura. El niño sonríe—. Y, cuando estás disgustado, pones la misma cara que tu padre—Teddy se toca la mejilla, como si esperara encontrar ahí a Remus, y Andrómeda le da un beso en la cabeza—. Te darás cuenta cuando crezcas, cielo.
Teddy la abraza y se queda así durante un buen rato, hasta que se le ocurre preguntar:
—¿Me puedes decir más cosas de papá y mamá?
—Claro—Andrómeda sonríe.
Y descubre que no le duele tanto como esperaba hablar de su hija, su yerno y su marido. Porque, de alguna manera, están ahí. Con Teddy, y ahora con ella.
