Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lisa Marie Rice.
CAPÍTULO 1
Summerville, Washington
Nochebuena
Doce años más tarde…
Ella estaba aquí.
Podía sentirla, olerla.
Al entrar en la pequeña librería con la campana pasada de moda sobre la puerta, el hombre ahora conocido como Jacob Black sabía que la había encontrado.
Estaba agotado después de haber viajado durante cuarenta y ocho horas seguidas en piragua desde Obuja hasta Freetown; vía Air Afrique desde el aeropuerto de Lungi a París, con Air France desde París hasta Atlanta, desde Atlanta a Seattle, y luego por un puente de un raquítico charco que él mismo podría haber volado mejor, hasta Summerville.
Incluso a pesar de su agotamiento, sin embargo, sus sentidos estaban alerta. Doce años más tarde, aún podía reconocer su toque. Las velas en el alféizar de la ventana, la suave música de arpa sonando ligeramente en el fondo, un olor a canela, vainilla, rosas y a ella. Inconfundible. Inolvidable.
Viniendo desde el aeropuerto, las noticias de que ella todavía estaba en Summerville, y sorprendentemente todavía sola, le habían impresionado. No esperaba eso. No había esperado nada más que dificultades y frustración al rastrearla.
Ahora, tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo.
La muerte del coronel Ephraim Black lo había liberado de los lazos de lealtad y amor. Al día siguiente, después de la muerte del coronel, Jacob había vendido ENP Seguridad y había volado a Sierra Leona para hacerse cargo de la última de sus responsabilidades con el hombre que se había convertido en un padre para él.
Eso había costado disparos y el derramamiento de sangre, dolor y violencia, pero había procurado hacer lo que le había pedido su padre en la confusión de su lecho de muerte. Jacob había hecho lo que tenía que hacer, salvar la reputación de su padre, castigar a los hijos de puta que habían montado una operación de criminales y, por fin, estaba libre de toda responsabilidad por primera vez en doce años.
Su vida como Ranger y su deber para con el Coronel y su empresa, lo habían mantenido ocupado. Mientras el Coronel estaba vivo, Jacob había tratado de mantener a Renesmee apartada de su cabeza y había acertado en todo, excepto por la noche. Ella tenía su vida, donde quiera que estuviese y él tenía al Coronel para servir. Pero después de dejar a Riley Biers, era libre. Había mirado a su alrededor y había volado tan rápido como la aviación moderna le podía permitir desde África a Summerville.
Era una locura, sabía que era una locura venir hasta aquí en su busca, doce años después. ¿Por qué permanecía Renesmee en Summerville? Ella era hermosa, con talento, inteligente, rica. Terminaría como todas las mujeres hermosas, inteligentes, con talento y ricas, en una gran ciudad en la costa. Tal vez incluso en el extranjero.
Y de ninguna manera podía estar sola, no alguien como Renesmee. Estaría casada y con niños. Cualquier hombre en su sano juicio la secuestraría inmediatamente y la mantendría embarazada para asegurarse de que ella se quedaba.
No se hacía ilusiones. Renesmee no era para él. Probablemente era una mujer feliz y realizada, con una familia a su cargo. Jacob sabía que nunca tendría una familia, no estaba en su destino.
Iba a mantenerse fuera de la vida de Renesmee porque no tenía lugar para él.
Pero Jacob tenía que verla. Necesitaba verla, como necesitaba respirar. Solo una vez más antes de iniciar la siguiente etapa de su vida, independientemente de lo que fuese. Había cerrado la puerta a la Seguridad ENP cuando había enterrado a su padre. La empresa se había ido, la casa fue vendida. Todo lo que necesitaba era la bolsa de lona y su maleta. Estaba listo para pasar página, justo después de mirarla una última vez.
Así, había ido hasta allí para comenzar la búsqueda, en el último lugar en el que había estado hasta convertirse en Jacob Black, en el último lugar en el que había visto a Renesmee. Su familia estaba establecida allí, estaba obligado a ir para buscarla.
No le importaba a dónde se había ido, si estaba todavía en los . o se había mudado a la luna. Él era un rastreador excelente, el mejor que había. La encontraría, tarde o temprano; sin embargo, no le llevó mucho tiempo. Tenía el resto de su vida para hacerlo y ciertamente el dinero no era un problema.
Sólo una mirada y desaparecería para siempre.
Al fin, no tuvo que buscarla aunque, el taxista del aeropuerto sabía dónde estaba.
Aquí. Aquí mismo, donde había estado todo este tiempo. En Summerville. Sola.
Jacob había estado pensando en registrarse en un hotel, ducharse, tomar una comida agradable en un restaurante y luego dormir durante veinticuatro horas seguidas. Había estado en un tiroteo y había viajado durante dos días sin parar. Estaba agotado.
Era la víspera de Navidad. Todo estaría cerrado el día de Navidad y al siguiente, domingo.
El lunes tenía previsto iniciar su búsqueda de Renesmee.
Pero entonces el taxista dijo que Renesmee Cullen, su Renesmee Cullen, todavía estaba en Summerville y regentaba una pequeña librería, así que no había duda hacia dónde se dirigiría.
Directamente hacia ella.
Unos pasos rápidos y ligeros sobre el suelo de madera y mierda, antes de que él estuviera listo, allí estaba ella.
—¡Oh! —Renesmee Cullen se paró de repente, la sonrisa de bienvenida muriendo en su cara cuando lo vio—. ¡Eh Hola!
Él sabía lo que ella veía.
Veía a un hombre alto, un hombre musculoso con el pelo negro y largo recogido hacia atrás sin cuidado, mal vestido con ropa barata, sucia, arrugada. No se había duchado ni afeitado en tres días, y sabía que las líneas de agotamiento surcaban su cara sin afeitar.
Él sabía lo que ella sentía también.
Miedo.
Estaba sola con él. Tenía un oído excepcionalmente agudo y no oyó ningún sonido de otros humanos en la pequeña tienda. La tormenta de hielo y granizo en el exterior era tan fuerte que las calles fuera estaban desiertas también.
Si él resultase ser violento, no habría nadie que oyese sus gritos de socorro.
No había nada que pudiese hacer respecto a su aspecto peligroso. La verdad era que era cada centímetro de peligroso como parecía.
Aunque Renesmee posiblemente no pudiese ver la Golck en la pistolera del hombro, o la 22 tácticamente colocada en la funda de su tobillo, un hombre armado se movía de forma diferente que uno que no lo estaba.
Había matado a cuatro hombres hacía dos días y dos continentes atrás. En algún nivel de su subconsciente, ella lo había captado.
Estaba muy quieta, con las ventanas de la nariz ligeramente abiertas, instintivamente recogiendo oxígeno en el caso de que tuviese que necesitarlo. No era consciente de lo que estaba haciendo, pero lo hacía.
Él era un experto en presas humanas y en cómo reaccionar ante el peligro.
En primer lugar, calmar sus temores.
Se quedó completamente quieto, mirándola atentamente. Prefería arrancarse su propia garganta antes que infringirle ningún daño, pero esto ella no lo sabía. Lo único que sabía era que estaba sola con un hombre grande y potencialmente violento.
—Buenas noches—. Mantuvo su voz baja y sin inflexión. Calmado. Su lenguaje corporal absolutamente sin amenazas, moviendo sólo sus pulmones para respirar. Sin sonreír, sin fruncir el ceño.
Era la única manera que podía tranquilizarla. Las palabras no lo harían. La calma. Si él fuera un chiflado, no podría quedarse tan quieto. Las mentes agitadas hacen cuerpos agitados.
Funcionó. Ella se relajó un poco, asintió con la cabeza y sonrió.
No podía devolverle la sonrisa. Por un segundo, no podía respirar.
Cristo, era tan jodidamente hermosa. De algún modo se había convertido en mucho más hermosa que en su memoria. ¿Cómo podía ser eso?
Delgada pero con curvas. No era alta, sin embargo tenía largas piernas. Su pelo era el más rico color que alguna vez hubiese visto, una mezcla salvaje de tonos rojizos y dorados, con vetas color champán atravesándolo. Su color era tan vívido que sus ojos gravitaron de forma natural a su alrededor. Jacob no podía imaginarse mirando a otra mujer, mientras Renesmee estuviese en una habitación.
Ella retrocedió un poco.
La estaba mirando fijamente. Peor aún, la estaba asustando.
—Hace un tiempo terrible—, retumbó él. Su voz era profunda, por lo inusual, pero mantuvo su tono firme y uniformemente bajo.
Le llevó un enorme esfuerzo, una de las cosas más difíciles que había hecho nunca en su dura vida, pero apartó sus ojos de ella. Hambriento como estaba de mirarla, no podía seguir observándola fijamente, o creería que era un monstruo.
Miró a su alrededor, a lo que había creado.
Era una librería bonita, con un techo alto con vigas y suelo de madera con lo que parecían alfombras caras repartidas por todas partes, estanterías y mesas de pino con best-sellers sobre ellas. La música de arpa había dado paso a un coro de voces de mujeres cantando madrigales a capela. Por encima del perfume de su jabón, su champú y el aroma de rosas que atormentaban sus noches, podía oler el popurrí de resina y cera de vela desde el pequeño árbol de Navidad decorado con libros en miniatura, que se encontraba en una esquina, de pie en una gran maceta de cerámica roja.
Toda la tienda era cálida y acogedora, un placer para los sentidos.
Jacob tenía una buena visión periférica y siguió mirando a su alrededor hasta que ella se relajó visiblemente. Se dio la vuelta hacia Renesmee.
—Una librería muy agradable. Mis felicitaciones—. Sus labios se convirtieron en una leve sonrisa.
—Gracias. Por lo general no está tan desierta. Esperaba a todos los perezosos con las compras de última hora, pero el tiempo ha mantenido a todo el mundo en casa.
Jacob trató de no objetar con el ceño y una mirada de desaprobación ¿Cuál era el problema con ella? Jesús, la última cosa que debería hacer cuando estaba sola con un hombre era advertirle acerca de lo solos que estaban.
Siempre había sido así, demasiado confiada.
Una vez, en el refugio, el viejo Quil, drogado con Dios sabía qué mierda encontrada en las calles, se acercó furtivamente a ella, cuando ella le sonrió.
Jacob sabía lo que era Quil cuando estaba volando alto. El hijo de puta asqueroso hubiera puesto sus manos sobre Renesmee si Jacob no lo hubiese parado. Después de que ella se marchara Jacob había empujado a Quil contra la pared, mostrándole el cuchillo de monte que había robado en una tienda y le prometió que si ni tan siquiera respiraba en dirección de Renesmee, alguna vez, podría besar sus pelotas como despedida.
Jacob había querido decir cada palabra.
Unas manos delgadas y bonitas sin anillo se abrieron.
—¿Puedo ayudarle en algo? Tenemos una buena selección y me puede pedir lo que quiera para encargarlo si no lo tenemos aquí. Tarda aproximadamente una semana en llegar.
Sonrió. Era una mujer ahora. Un mujer increíblemente hermosa, cuyo rostro mostraba las penas que había sufrido. El taxista charlatán le había contado todo acerca de Renesmee y la caída de los Cullen. Jacob había oído todo sobre el accidente de coche que había matado a sus padres e hirió a su hermana pequeña. El descubrimiento a la muerte de que el Sr. Cullen fue que había estado haciendo malas inversiones, que no había dinero para cubrir las facturas del hospital, apenas lo suficiente para pagar el doble entierro. Y después pasó seis años cuidando a una hermana inválida, para perderlo hacía dos meses, dejándola aún con más deudas.
Todo eso se mostraba en su rostro. Débiles líneas surcando sus ojos, a pesar de que todavía conservaban ese inquietante color chocolate. Había adelgazado más. La joven Renesmee había tenido un rostro hermoso, con una sonrisa abierta, perpetuamente soleada. Esta Renesmee mostraba tristeza y serenidad, el sol se había ido.
Y sin embargo, Jacob todavía podía ver a la joven Renesmee, su corazón, la chica encantadora y amable que había trabado amistad con un paria, dentro de la hermosa mujer que había conocido el dolor y la angustia.
La muchacha joven había atormentado sus días y sus noches. La mujer frente a él casi lo hizo caer de rodillas.
Cristo, él estaba mirándola otra vez, perdido. Ella había dicho algo, algo acerca de los libros. Él no quería libros.
—La señal—, le dijo él.
—¿Perdón?—. Ella enganchó un mechón de pelo brillante de color rojo dorado tras su pequeña oreja. Le había visto hacerlo cientos de veces.
—Tiene un letrero en la parte delantera de la tienda. SE ALQUILAN HABITACIONES. ¿Todavía tiene una habitación disponible?
Había sido el taxista bocazas el que le había dicho que Renesmee alquilaba habitaciones a huéspedes para aumentar sus ingresos en la librería.
Lo miró durante un largo momento, claramente evaluándolo. No podía encogerse, ni tampoco tomar una ducha, afeitarse ni cambiarse de ropa. Todo lo que podía hacer era permanecer inmóvil y mantener una expresión neutra. No había nada que pudiera decir o hacer para convencerla sin no confiaba en él los suficiente si no lo quería en su casa. Lo único que podía hacer era esperar.
Y tener esperanza.
Por último, Renesmee suspiró.
—Sí, como es el caso, mi huésped acaba de marcharse, así que tengo una habitación. Pero vayamos a discutirlo sentándonos, ¿quiere? Puede dejar eso detrás de mi escritorio si lo desea.
"Eso", eran su vieja bolsa de lona con la antigua marca y una cerradura nueva como equipaje, además de una maleta. No las dejaría de ninguna manera fuera de su vista.
—Gracias, los dejaré junto a mí para que nadie tropiece con ellos—, dijo casualmente, levantando la bolsa de lona sobre su hombro y tomando la maleta.
Ella asintió y se dio la vuelta para caminar entre las hileras de libros hasta la esquina trasera de la tienda, donde había creado una pequeña sala de estar.
A pesar de que estaba más delgada que cuando era un niña, tenía también más curvas. Ella tenía una cintura diminuta que pedía ser acariciada por sus manos y un redondeado culo perfecto. Tuvo que trabajar duro para mantener los ojos fuera de esa vista, en caso de que se diera la vuelta y lo encontrara comiéndosela con los ojos. Esto haría que le diera una patada en el culo, JR. (Jodidamente rápido)
Jacob reconoció un sofá y dos pequeñas butacas que habían estado alguna vez en el estudio de su padre. Estaban viejos y desgastados, pero todavía parecían cómodos. Jacob puso su bolsa detrás de unos de los pequeños sillones y se sentó con la esperanza de que aguantara su peso. No estaba hecho para muebles antiguos y delicados, pero no tenía por qué preocuparse. La butaca podía ser lamentable, pero era de buena calidad.
—¿Quiere quitarse la chaqueta, señor?—. Renesmee le ofreció una mano.
—Black. Jacob Black. Y no, gracias, aún siento un poco de frío.
—Me lo imagino—, murmuró ella, retirando su mano.
Jesús, no podía quitarse la chaqueta. Por reflejos y porque odiaba estar desarmado, había cogido su bolsa de la cinta transportadora y se metió en los servicios de caballeros más cercano para deslizar su Glock en la funda de su hombro. Y luego se había olvidado completamente de ello. No había tenido ni idea de que una hora después de aterrizaje, estaría sentado con Renesmee y que querría llevarse su chaqueta.
Jacob era muy bueno con la planificación estratégica. Había nacido con ello. Entonces el Coronel Black lo había tomado y lo había refinado. Jacob había sido un agente excepcional, siempre capaz de pensar varios movimientos por adelantado.
El hecho de no haber pensado en ocultar sus armas antes de entrar en la librería, donde se podía esperar que debiera quitarse la chaqueta, estaba fuera de su radar personal. Ese era exactamente la clase de error que podría haber conseguido matarlo en su trabajo.
Pero incluso sin el arma, no podía quitarse la chaqueta. De ninguna manera. Además de su arma tenía una erección. Una grande y larga erección que parecía un club entre sus piernas, y los pantalones eran lo suficientemente flojos como para demostrarlo.
Al caminar detrás de Renesmee, mirando el balanceo de sus caderas y la forma en que su pelo risado rebotaba entre sus hombros, olfateando el aire en su estela, cada hormona de su cuerpo se había despertado y olido a rosas. Toda la sangre de su cuerpo se había dirigido directamente a su pene.
Bien, esto sería una garantía para mantenerlo fuera de su lista de huéspedes posibles. Ninguna mujer en el mundo estaría de acuerdo en tener a un hombre en casa que se ponía duro con solo mirarla.
Eso era algo insano.
El cuerpo de Jacob estaba al mando. Obedecía sus órdenes, siempre. Si tenía que estar sin alimento, ni bebida, ni sueño su cuerpo obedecía. Los extremos de calor y frío no le molestaban. El sexo nunca era un problema.
Cuando quería follar, conseguía una erección, y cuando no quería, su polla se mantenía hacia abajo, entre sus piernas.
Pero al ver el paseo lleno de gracia de Renesmee en la parte trasera de la tienda, el balanceo de sus caderas, se puso enormemente duro con cada paso que daba.
Todo lo que había querido era un atisbo de ella. Pensar en vivir con ella en Masen, una hora antes de aterrizar en el aeropuerto era algo que ni siquiera se la había pasado por la cabeza. Y sin embargo, allí estaba, tal vez a cinco o diez minutos de distancia de la realidad de vivir con Renesmee, en Masen y estaba a punto de echarlo a volar. No podía pensar en nada más propenso a descalificarse a sí mismo como huésped potencial que dejar volar la polla en su cara.
Ella era la única persona sobre la faz de la tierra que podía irrumpir en su mente y su polla de esa manera. Nada se interponía en su camino. Ciertamente, no el sexo. El sexo era divertido y a veces necesario para desahogarse, pero no era algo que permitiese interferir nunca en su vida.
Jacob se enfocaba intensamente en un misión concreta. Se concentraba en la misión, independientemente de lo que fuese, y se excluía de todo lo demás. La misión ahora era mudarse a casa de Renesmee, y no debería permitir que nada nublase su mente, por no hablar de endurecer su polla.
La erección de mierda lo sobresaltó. No era la forma en que trabajaba. Tenía el control, siempre.
Sin embargo, ahora no. Todos los pensamientos huyeron de su mente mientras caminaba detrás de Renesmee. Llevaba zapatos puntiagudos de tacones altos, zapatos imposibles para la tarde fangosa, pero perfectos para resaltar sus largas y delgadas pantorrillas y sus delicados tobillos. Hacían un ligero silbido, rítmico a medida que ella caminaba y había sentido los impulsos del mismo a través de su piel. El ritmo de sus tacones golpeando la madera igualó exactamente a su ritmo cardíaco, el aleteo de una pequeña blusa de seda al andar haciéndose eco de la agitación de su sangre ondulando a través de sus venas.
—Aquí—, le dijo ella, y al mirar a su alrededor él pensó, sí, aquí. Genial.
En el sofá, sobre la alfombra, en el suelo de madera dura. Contra la pared, inclinados contra el mostrador.
En cualquier lugar, con tal de que pudiese conseguir que ella se quedase allí durante horas.
Fue solo cuando ella ladeó la cabeza hacia un lado, frunciendo el ceño ligeramente entre sus cejas castaño - rojizas y dijo:
—¿Señor Black?—, en un tono ligero, inquisitivo, que Jacob se dio cuenta con una sacudida en su sistema lo que estaba haciendo.
Jodiéndolo, eso era lo que estaba haciendo.
El nunca la jodía.
Apretó los dientes y logró decir tranquilo.
—Gracias— a través de las mandíbulas apretadas y se sentó obligándose a sí mismo a pensar en Sierra Leona, Obuja y Riley Biers. En sangre y traición, la tortura y el grito de las mujeres. En tanta sangre que la tierra se empapaba con ella, corriendo en rojos riachos.
Mujeres muertas por las bayonetas. Soldados altamente entrenados usando a niños como prácticas de tiro. La niebla roja alrededor del francotirador cuando alcanzaba las cabezas de los niños…
Esto fue lo que hizo. Las imágenes enfriaron su sangre y enfermaron su corazón. El pene se desinfló hacia abajo.
Sus dientes estaban apretados con tanta fuerza que era un milagro que no tuviera fragmentos de esmalte saliendo por los oídos.
Renesmee debió haber presentido algo mal en el aire, porque se sentó con cautela sobre el borde de la butaca, con las rodillas, pantorrillas y los pies alineados, los brazos cruzados con fuerza a través de su estómago, su lenguaje corporal en alerta.
Inconscientemente lista para levantarse o incluso saltar si él la hacía sentir más incómoda de lo que ya lo estaba.
Era un hombre que mantenía la calma en el combate, pero al ver el cambio de su lenguaje corporal lo mandó a la mierda. Él le había hecho esto. La hizo sentir nerviosa y en alerta, cuando debió haber hecho todo lo posible para tranquilizarla.
Tal vez era a causa del agotamiento y la fatiga del vuelo. Nueve zonas horarias, un total de treinta y seis horas en el aire y tal vez seis horas de sueño en total.
Independientemente de que estuviese atontado, caliente y fuese un gilipollas, tenía que ponerse las pilas rápidamente o lo sacarían de una oreja.
Se aclaró la garganta.
—Así que, señora…—. La miró directamente a los ojos, heroicamente, sin permitir que su mirada se escapase hasta sus pechos o piernas, manteniendo su expresión impasible—. Como le he dicho, entiendo que tienen una habitación para alquilar. Busco un lugar para quedarme y una habitación suena bien hasta que encuentre mis pies. ¿Dijo usted que tenía una habitación libre?
Renesmee aspiró y exhaló. Jacob sabía lo que le estaba diciendo su cabeza: no, de ninguna manera. ¿Estás loca? Por la mirada asustadiza de este tipo podría estar loco.
Pero Renesmee también pensó con el corazón. Sus ojos cayeron y se fijaron en sus botas. Eran sus botas de combate y estaban viejas, agrietadas y manchadas. Los talones estaban gastados. Un soldado siempre cuidaba de sus pies. En el campo, una ampolla podía infectarse y volver sus pies gangrenosos en veinticuatro horas. Sus botas de combate eran cómodas y resistentes al agua y le habían sido muy útiles. Ni siquiera había pensado en cambiarse los zapatos por otros en mejores condiciones, para hacer su camino de regreso.
Lo que Renesmee veía era un hombre con ropa usada, rastrojos en la barbilla y botas de combate gastadas. Un hombre que parecía que había estado viajando durante mucho tiempo y su suerte estaba declinando. Podía ver el ablandamiento en sus ojos. Ella levantó la mirada hacia él, descruzó sus brazos y se sentó un poco hacia atrás.
Su corazón dio un vuelco.
Sí. ¡Oh, mierda, sí! Esto era un trato hecho. Esto iba a salir bien. Bendito sea su corazón blando. Ella le daría una oportunidad. Ahora sólo era cuestión de encontrar las palabras adecuadas, las que convencerían a su cabeza a tomar una disposición sobre él, la que ha había resuelto su corazón. Todavía podía joderlo, pero no si prestaba atención en decir las palabras correctas.
Renesmee se había relajado un poco, pero no estaba sonriendo.
—Hum, sí. Lo tengo. Tengo dos habitaciones en realidad, una individual y otra doble y ambas están libres. Un huésped se marchó hace dos semanas, y otros dos se fueron hace cuatro días.
—Entonces estoy de suerte. —Él probó con una pequeña sonrisa—. La tomaré. La doble, me gusta el espacio.
Ella suspiró y bajó los ojos hasta la uno de sus largos dedos, rosados, estaban jugando con un hilo suelto. Se mordió los labios, luchando claramente con algo. Suspiró, una exhalación luminosa de aliento. Cuando levantó los ojos hacia él, había tomado una decisión.
—La habitación doble es espaciosa y confortable, Sr. Black, y es una casa antigua y hermosa alrededor de dos kilómetros desde el centro de la ciudad. El alquiler incluye las comidas y—ella se rió—, le aseguro que soy una cocinera muy buena.
Oh, Jesús. Renesmee y comida. Jacob casi se cayó de rodillas llorando. No había tomado una comida decente en…mierda. Desde antes de Afganistán.
Él inclinó la cabeza.
—Suena maravillosamente, señora. Es exactamente lo que necesito, ya que no soy capaz ni de hervir agua por mí mismo. Voy a…—.
—Espere—. Ella alzó una mano delgada y respiró, como para reforzarse. Lo miró directamente a los ojos. —Estas son las buenas noticias. Las malas noticias son que la casa viene con la caldera del infierno, que por desgracia ha estado dejando de funcionar cada dos días, incluso después de haber sido reparada por el fontanero del infierno—. Ella echó un vistazo a la niebla blanca fuera de la ventana. En el repentino silencio podían oír las agujas de hielo chocando contra el cristal. —Y con este tiempo…bueno, digamos que podría sentirse incómodo. Y la luz a veces va y viene, hay algún cable cruzado en algún sitio y nadie lo puede encontrar. Si usted trabaja con un ordenador, será duro y mi último huésped perdió varios archivos importantes. Ya que parezco estar en el modo de confesión, dos peldaños de la escalera están rotos, por lo que si se le olvida y baja por las escaleras de noche por un vaso de leche, tendrá bastantes probabilidades de romperse el cuello—. Soltó el aliento con un silbido, tensa, mirando la reacción de su rostro ante sus palabras. —Así que esto es lo que hay. Y lo entiendo completamente su decide no alquilar la habitación después de todo.
Fue difícil evitar un resoplido. Jacob había estado esperando durante doce años de mierda para verla otra vez, en realidad creyendo que no pasaría nunca. Había soñado con ello en el frío suelo pedregoso, mientras se sometía a los ejercicios durante una semana de entrenamiento. Lo habían mantenido despierto en la selva de Indonesia, y durante seis largos meses de congelación en el cuartel de invierno de Afganistán.
¿Y ella pensaba que un poco de frío y algunas luces parpadeando y los peldaños rotos podrían mantenerlo alejado?
Los perros del infierno no podrían mantenerlo alejado.
—Estoy acostumbrado a la incomodidad, señora, —dijo él—. Un poco de frío no me molestará, créame. Tengo un ordenador portátil con una buena batería y tendré cuidado con las escaleras. Y soy bastante hábil con mis manos. Permítame ver si puedo hacer algunas reparaciones en la casa para usted.
—Oh. —Renesmee parpadeó—. Wow. Eso es muy amable de su parte. Es increíblemente útil. Solo puedo esperar que usted sea mejor que Paul, el Idiota, que es como yo llamo al hombre que viene a hurgar alrededor de mi casa y se lleva mi dinero—. Ella tragó saliva, su garganta muy pálida convulsionándose. —Y por supuesto, puede deducir cualquier reparación que haga del alquiler. Insisto.
Algo apretó con fuerza el pecho de Jacob. Ella claramente necesitaba el dinero. Incluso el taxista sabía que ella necesitaba dinero, probablemente todo Summerville sabía que necesitaba dinero, pero allí estaba, dispuesta a hacerle un descuento en el alquiler por su ayuda. Era literalmente imposible que Renesmee se aprovechase de alguien.
Independientemente de lo sucedido, independientemente de lo que pasara entre ellos, Jacob se prometió que ella nunca tendría problemas de dinero otra vez durante el resto de su vida.
—No hay problema, señora—, dijo él con suavidad. —Me gusta trabajar. No estoy acostumbrado a estar inactivo. No me importa hacer las reparaciones, arreglar cosas. Eso me dará algo para ocupar las manos mientras me instalo.
Ella inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Estaba usted en el ejército, Sr. Black?
—Sí, señora. El ejército. Un Ranger, durante siete años. Y mi padre era militar de carrera. Ejército, también. Un coronel retirado. Construyó una empresa de seguridad y cuando dejé el ejército lo ayudé a dirigirlo. Él murió la semana pasada—. Un espasmo de dolor incontrolable cruzó su cara.
—Oh, yo—, dijo en voz baja, llegando a tocar su mano. El contacto fue breve, destinado a ser consolador, y ardió. Era todo lo que podía hacer para impedir intentar agarrar su mano.
—Lo siento mucho. Sé perfectamente lo que es perder a un padre. Es increíblemente doloroso. Tiene mis condolencias.
Él inclinó la cabeza, incapaz de hablar.
Silencio. Tan espeso como una presencia en la sala. El único sonido era el viento sacudiendo el marco de la ventana.
Jacob había conseguido mantener su polla hacia abajo, pero en el ínterin había ocurrido algo en su garganta. Era apretado y caliente. Una maraña salvaje de emociones luchaba en su pecho, emociones que no se atrevía dejar salir, pero que sentía como cuchillos calientes cortándole dentro. Pena. Lujuria. Dolor. Alegría. Había perdido a su padre y había encontrado a Renesmee.
Lo miró sin decir nada, como si entendiese lo que estaba pasando dentro de él. Y por último, rompió el silencio.
—Bueno, señor Black, creo que tengo un nuevo huésped.
Levantó sus ojos para mirarla y tosió para aflojar su garganta.
—Supongo que sí, señora. Y por favor, llámeme Jacob.
—Muy bien, Jacob. Y yo soy Renesmee. Renesmee Cullen—. Jacob casi sonrió. La única vez que se emborrachó fue el día en que el coronel recibió la noticia de que tenía un cáncer de estómago inoperable. Jacob acompañó al Coronel a casa, lo metió en la cama y luego volvió a salir. Esa noche llegó borracho y se despertó dos días más tarde en la cama de alguna fulana con una gran "R" ornamental tatuada en su bíceps derecho.
Él sabía quién era ella, estaba bien.
Jacob preguntó, sabiendo que ella lo esperaba.
—¿Cuánto es el alquiler?
—Quinientos dólares al mes—, dijo ella con tristeza, mirando sus ojos otra vez. —Sé que parece mucho, pero en realidad…
Él levantó la mano, con la palma hacia fuera.
—Eso está bien. Suena razonable. En particular con las comidas, por no mencionar preparadas por una buena cocinera. Ahorraré mucho en restaurantes. Así que, ¿cómo puedo llegar allí?
Sabía perfectamente cómo llegar a Masen, pero parecería extraño si no preguntase.
—¿Tiene coche, Sr. Black?
—No, todavía no. Vine directamente desde el aeropuerto en un taxi. Alquilaré uno el lunes.
Renesmee se puso de pie y él lo hizo también cogiendo el asa de su bolsa. Estaba muy cerca de ella y retrocedió inmediatamente. Fue una reacción instintiva. Era tan alto que tenía que procurar no hacer sombra sobre la gente. Y en particular, no quería hacer sentir incómoda a Renesmee.
—Bueno, nadie más entrará hoy, no con este tiempo—. Ella se encogió con tristeza. —Creo que cerraré la tienda. Usted puede venir a casa conmigo, Sr. Black.
—Gracias, señora. Se lo agradezco.
—Bien, Jacob, por favor, llámame Renesmee.
—Renesmee—, dijo, la palabra saliendo de sus labios por primera vez en doce años.
Ella estaba mirándolo y parecía perdida en sus pensamientos.
Entonces esperó un instante.
—¿Renesmee? ¿Señora?
Renesmee se sacudió ligeramente.
—Si, hum… ¿Por qué no espera en la puerta principal? Necesito apagar el ordenador y cambiarme los zapatos.
Bajó la mirada hacia sus bonitos zapatos, garantizados para derretirse en la nieve. Jacob también miró hacia abajo.
Sus pies contrastaban en forma casi chocante, como si pertenecieran a dos especies diferentes, en lugar de dos sexos, Renesmee con sus bonitos, y pequeños puntiagudos tacones de color beige y Jacob con sus enormes y gastadas botas de combate. Sus cabezas se acercaron al mismo tiempo y cerraron sus ojos.
Jacob agarró la bolsa con fuerza, porque la tentación de extender la mano y tocarla era casi insoportable.
Nunca la había tocado, ni una sola vez, en todas las oportunidades que visitó el refugio. Había pensado en eso sin parar, pero nunca se había atrevido.
Renesmee se dirigió a su oficina, detrás de un mostrador hasta la cintura.
Sus nudillos se apretaron sobre el asa de la bolsa cuando escuchó el sonido de un ordenador apagándose detrás de la pared del cubículo. Su cabeza desapareció mientras se inclinaba para cambiarse los zapatos.
Renesmee salió llevando unas botas forradas, un gorro de lana y un abrigo acorchado que le llegaba hasta los tobillos. Incluso tan abrigada, que podría haber pasado por un hombre o un marciano, era tan deseable que le dolía. Miró cómo se dirigía con gracia hacia un panel de la pared para apagar las luces y abrir la puerta.
Su aliento era tan fuete que incluso se podía oír por encima del rugido del viento.
Fue como abrir la puerta de entrada a un infierno glacial. El viento se había levantado y aullaba como un alma torturada en lo más profundo del inframundo llevando agujas dolorosas de hielo que picaban la piel.
Hacía tanto frío que le robó el aliento de los pulmones.
—¡Oh, Dios mío!—. Retrocediendo como si alguien la hubiera abofeteado, Renesmee dio un paso atrás, directamente a los brazos de Jacob.
Jacob retrocedió a Renesmee a la parte más lejana de la habitación y luchó contra el viento para controlar la puerta. En realidad, tuvo que poner un poco de fuerza en ello. Se apoyó contra ella, le tendió la mano y puso su voz de orden.
—Deme las llaves de su coche.
Sólo esa breve exposición dejó temblando a Renesmee. Le llevó varios intentos abrir el bolso, pero dejó caer un juego de llaves de coche en la palma de su mano parpadeando obedientemente.
—¿Por qué?
—Se va a morir de frío ahí fuera. ¿Cuál es su coche y dónde lo ha dejado aparcado? Lo traeré de vuelta y aparcaré enfrente para que no tenga que caminar con este tiempo.
Renesmee parecía confusa.
—Un Fiat verde. Está aparcado a la vuelta de la esquina, a la derecha. Pero escuche, no está vestido para la...
Ella estaba hablando al aire.
