Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lisa Marie Rice.
CAPÍTULO 2
O soy muy afortunada o estoy loca, pensó Renesmee, temblando en su abrigo.
Apenas se había expuesto treinta segundos al infierno congelado ahí fuera y se sentía como si hubiera pasado el invierno en una tienda de campaña en el ártico. Sufría el frío hasta en los huesos.
¿Suerte o locura? ¿Qué era?
Suerte era un fuerte contendiente, porque necesitaba los quinientos dólares desesperadamente y esto había caído en su regazo desde el cielo un día en que no había esperado encontrar un nuevo huésped. Pagar las facturas médicas de Carlie había requerido pedir un enorme préstamo hipotecando Masen y el dinero de sus huéspedes era esencial. Posiblemente no podría hacer el pago a mediados de enero sin los quinientos del alquiler.
Hacía cuatro días estuvo afligida, cuando el viejo señor y señora Clearwater habían bajado a desayunar para anunciarle: lo sentimos, cariño, pero nos mudamos. Se suponía que se quedarían hasta mayo, hasta que las obras de renovación de su casa estuvieran terminadas. Pero el Sr. Clearwater había perdido varios capítulos de la biografía de Alexander Hamilton debido a un cortocircuito en algún sitio en la casa y para golpe supremo la Sra. Clearwater había contraído una bronquitis por culpa de las frecuentes averías de la caldera.
No había ningún dinero en absoluto para pagar a un electricista que comprobara el cableado y encontrara la fuente del cortocircuito, probablemente Renesmee podría volar a la luna más fácilmente que permitirse una caldera nueva.
Si viviera ochenta años, estaría todavía pagando deudas todo ese tiempo. Hasta el momento, el promedio en su familia en términos de esperanza de vida no era muy alentador.
A la Sra. Clearwater se le habían saltado las lágrimas ante la idea de irse y eso había obligado a Renesmee tomar todo su autocontrol para no romper a llorar. Los Clearwater eran una pareja encantadora y habían estado con ella durante casi un año. Habían sido una compañía agradable y le habían proporcionado una enorme comodidad durante los últimos días de Carlie. Renesmee no sabía cómo podría haber afrontado la casa vacía cuando volvía del hospital. Y después del funeral de Carlie… se estremeció.
Al principio, los Clearwater a menudo comentaban que ellos nunca podrían convertir su casa remodelada en algo tan hermoso como Masen. Eso fue antes de los archivos perdidos, las constantes duchas heladas y la aparición del hielo hasta en el lavabo del cuarto de baño. Renesmee sabía que el Sr y la Sra. Clearwater eran muy aficionados a su cocina y fue solo la aparición de la bronquitis de la Sra. Clearwater lo que forzó su decisión. Sue Clearwater era frágil y Harry, su marido, tenía miedo de perderla.
Sin embargo, también él había tenido lágrimas en los ojos al marcharse.
Encontrar un nuevo huésped en la víspera de Navidad con este tiempo terrible era como un maravilloso milagro.
Por no mencionar el añadido, no estar sola el día de Navidad. El día que había perdido a sus padres en un horrible accidente de tráfico. El día que Carlie sufrió heridas, a causa de las cuales nunca volvió a caminar que le habían llevado seis años marcados por el dolor antes de morir.
Así que ésta era la teoría de la suerte.
Luego, por supuesto, estaba la teoría de la locura que era probablemente la correcta. Ella estaba posiblemente chiflada al aceptar en su casa, a un hombre que parecía tan peligroso como Jacob Black y si esto no era suficiente, entregarle las llaves de su coche media hora después de conocerlo.
Harry y Sue Clearwater habían sido las personas más seguras sobre la faz de la tierra y dos encantos en los finales de los sesenta cuyos peores vicios eran el doble chocolate helado de dulce de azúcar y una pasión impía por Gilbert & Sullivan. Harry podría recitar las letras de HMS con los ojos cerrados.
Jacob Black, por el contrario, parecía cualquier cosa, menos una cosa segura. Ella había sentido acelerarse su corazón, cuando estuvieron hablando algo que sonaba ridículo. Sí, parecía más bien miedo. Era de aspecto rudo, alto, con el tipo de músculos que no se pueden conseguir en un gimnasio y un aire de dureza parecida a una roca.
También era atractivo como el infierno, algo que nunca había encontrado en sus huéspedes.
Aterrador, pero sexy. Así que podría haber una tercera teoría que añadir a la suerte o locura, una repentina explicación, sobrecarga hormonal.
Cuando había tocado su brazo brevemente, un escalofrío la había atravesado por su espina dorsal. Había sentido el músculo de acero a través de su camisa y chaqueta, el hombre más duro que había tocado nunca. Y un destello de calor la traspasó ante la idea de que el hombre era así de duro…en todas partes.
No es que él hubiese hecho nada para hacerla sentir incómoda, aparte de ser tan terriblemente grande y…de aspecto peligroso.
Exactamente lo contrario de Harry Clearwater, con su predilección por las chaquetas de punto encajonando sus hombros inclinados y sus brazos delgados. La gran musculatura de Jacob Black era visible a través de su camisa y chaqueta. Era el hombre más masculino que había conocido alguna vez, sexy como el infierno.
Y Renesmee, que nunca se mentía a sí misma, se dio cuenta de que al final ésta era la razón por la que había dicho sí.
Que Dios la ayudase, ese destello de calor había sido la razón por la que había dicho que sí. Había pasado tanto tiempo desde que había sentido algo lejanamente parecido.
Si ella tenía la sensación de que Dios le había dado un chapuzón debió haberle dicho que no. No, a él como huésped y seguramente no, al entregarle las llaves de su coche a un perfecto desconocido. ¿Quién sabía quién era? Tal vez era un asesino en serie o…un veterano de guerra que sufría un desorden de estrés postraumático y quien en unos días se derrumbaría y se subiría a una torre y comenzaría a disparar a los transeúntes.
Tal vez un día encontrasen su cuerpo sin vida en un charco de sangre, o él se largaría con la poca plata que le quedaba de la familia.
Nadie aceptaba un huésped sin referencias. El Sr. y la Sra. Clearwater habían sido recomendados por el director de su banco y habían conocido a sus padres.
¿Qué sabía de Jacob Black?
Pero su voz profunda había sido tan tranquila, así con su gran cuerpo. Y la mirada de dolor que había cruzado su cara cuando habló de la muerte de su padre…esa había sido real y profunda. Renesmee reconocía el verdadero dolor era la mayor experta en el mundo.
Parecía cansado y desaliñado, como si hubiese estado viajando durante mucho tiempo. Su chaqueta era demasiado ligera para las gélidas temperaturas del exterior y su ropa estaba arrugada, como si hubiese dormido con ellas. Sus botas estaban viejas y gastadas. Aquellas botas habían sido el colmo.
Eran las botas de un hombre con una mala mano de suerte.
Renesmee sabía todo sobre tener mala suerte.
Había algo más en el hombre, además de su sexualidad y firmeza. Algo casi…familiar. Que sólo reforzaba la teoría de la locura, porque ella nunca había puesto los ojos en él antes en toda su vida. Nunca había puesto los ojos en nadie como él antes.
Ninguno de los hombres que había conocido tenía las manos grandes y fuertes, o los hombros tan amplios. Ninguno de los hombres que había conocido podía moverse con esa gracia atlética y con esa tensión arrolladora de energía, como un resplandor que se depositaba temporalmente, pero que podía arder en la vida en cualquier momento.
Había dejado de ser militar, le había dicho, pero él tenía aún un militar en el porte de sus hombros rectos, una espalda recta, una gran economía de movimientos. Y diciendo señora todo el tiempo. Era dulce, pero no exactamente en la dirección del modo que los hombres hablaban a las mujeres en el siglo veintiuno. Obviamente había vivido con un Coronel, su padre, y se había contagiado de él.
El hombre que ella mejor conocía era Alec Vulturi y estaba tan lejos de parecerse a Jacob Black, tanto, como era posible. Alec era alto, aunque no tanto como Jacob, rubio, de una belleza clásica y extremadamente elegante.
Si Renesmee tuviese sólo la mitad del dinero que Aled gastaba al mes en ropa, sus preocupaciones financieras habrían terminado. Por supuesto que sus preocupaciones financieras podrían estar terminadas mañana, Alec lo había dejado bastante claro, en particular ahora que la pobre Carlie se había ido. Si se casaba con Alec y se convertía en la señora de Alec Vulturi, la vida volvería a ser lo que había sido antes de que sus padres murieran. Estar a salvo, seguridad, cómodamente rica.
Durante los días malos, como éste, cuando los Clearwater se habían ido, la idea de volver a una casa congelada y que seguiría congelada hasta el lunes por la tarde, porque el "Idiota" era la única persona en la tierra capaz de convencer a su caldera que volviese a la vida por un tiempo, y él no hacía visitas a domicilio durante las vacaciones de Nochebuena, sin ventas en la librería en absoluto, la perspectiva de estar sola el día de Navidad, de todos los días del año y, en especial uno como este, la idea de casarse con Alec tenía mucho sentido.
Excepto, por supuesto, por el hecho sin importancia de que su piel se erizaba ante la idea de besarlo, por no hablar de dormir con él, lo que solo mostraba lo loca que estaba. La mitad de las mujeres de la ciudad querían dormir con Alec, y la otra mitad ya lo habían hecho, poniendo a Renesmee, como siempre, en la minoría.
Y ahora, en un intento de apuntalar la teoría de la locura, le acababa de dar a un extraño las llaves de su coche. Lo único que sabía acerca de Jacob Black era que era forastero en la ciudad, y tenía muy poco dinero. Y sabiendo eso, ¿qué fue lo que hizo? Ponerle las llaves en la mano, educadamente, porque él se lo había pedido. ¿No era esto inteligente?
Si él le robaba el coche, ¿cómo podría llegar a casa? Tendría que quedarse aquí hasta que el clima mejorara, con un yogur de hacía semanas, coca-cola Light y una manzana arrugada en el pequeño frigorífico donde guardaba los alimentos. No habría manera de que un taxi saliese con este tiempo y…
Un fuerte golpe en la ventana la sobresaltó. Un segundo después, Jacob Black estaba de regreso en la librería, cubierto de nieve. Su largo y negro cabello estaba cubierto de color blanco. Incluso sus negras pestañas se habían vuelto blancas.
No dio muestras de tener frío sin embargo. No dio ninguna señal ni siquiera de estar incómodo. La miró exactamente como lo había hecho antes, resistente y autónomo.
—Tengo el coche aparcado justo delante—. Estaba tan cerca de Renesmee que tuvo que echar la cabeza hacia atrás para encontrarse con sus ojos. —Es un infierno ahí afuera, tendremos que darnos prisa. ¿Está suficientemente caliente con ese abrigo?
Qué divertido, viniendo de alguien que sólo llevaba una chaqueta de mezclilla.
—Sí, estaré bien—. Ella cambió su pesado bolso de una mano a otra, sorprendiéndose cuando él simplemente lo cogió por ella. Él ya llevaba su propia bolsa de lona y una maleta. —Estoy bien—, protestó ella. —Puedo llevarlo yo.
Él ni siquiera contestó.
—¿Tiene que conectar el sistema de seguridad antes de que salgamos?
Sistema de seguridad. Vale. Uh-huh. Como si ella tuviese tres mil dólares ahorrados para poner un sistema de seguridad, como si los que ladrones de ojos salvajes estuviesen babeando por robar su colección completa de Jane Austen y Nora Roberts.
—No. Yo, uh, sólo tengo que cerrar la puerta—. Levantó una llave Yale. —Sin embargo tiene un cerrojo.
Él se limitó a mirarla, con los ojos oscuros sin fondo y luego asintió con la cabeza mientras cogía la llave.
—Está bien. Voy a cerrar.
—Si tiene guantes, póngaselos. Dejé el motor en marcha, así que el coche estará caliente. Hagámoslo rápido.
Parecía justo que…había asumido el mando. El ejército y ese padre Coronel realmente estaban impresos en él.
Sin embargo, la idea de tener a alguien más en el coche con ella con este tiempo era un gran alivio. El mal tiempo la aterrorizaba y éste era fuera de serie. Su Fiat era temperamental y tenía malas pulgas, creado para el clima templado de Italia. Por lo que tenía aversión a sacarlo al frío. Decidir dejar de funcionar en medio de una tormenta de nieve era justo la clase de cosas que su coche disfrutaba haciendo.
Al menos tendría a su nuevo huésped con ella si pasase lo peor. Jacob Black parecía los bastante fuerte para conseguir que el coche llegara a Masen, colocando su cinturón alrededor de la defensa delantera de la tracción, si esta se rompía en mitad del camino.
Tenía la mano alrededor del picaporte de la puerta, mirándola.
—¿Está bien?—, preguntó en voz baja.
Renesmee asintió, y él abrió la puerta para ella.
—Vamos.
Era exactamente como un puñetazo en la cara y el estómago de un gigante, un puño congelado. Un paso fuera de la puerta y Renesmee no podía ver más que unos centímetros por delante de su cara. La nieve caía espesa, de forma violenta, barriendo en grandes capas, con agujas de hielo soplando hacia los lados.
No podía oír nada por encima del aullido del viento y el frío penetraba tan profundamente, que se congeló en el acto. Sus músculos simplemente no le obedecían.
Algo con fuerza en su espalda la empujó hacia delante. Sus pies se apresuraron a seguir el ritmo, resbalándose un poco con la capa de hielo de la acera. Ni siquiera podía ver el coche, aunque sabía que se encontraba a sólo unos pocos metros de distancia.
Una ráfaga salvaje azotó aguanieve en sus ojos y perdió el equilibrio. Tropezó y se hubiera caído si Jacob no la hubiese cogido. Simplemente la cogió con un solo brazo, abrió la puerta del coche, la colocó en el asiento del conductor, y cerró la puerta. Unos segundos más tarde, la puerta del pasajero se abrió y se deslizó en él.
Renesmee trató de recuperar el aliento, dirigiendo la calefacción del coche para calentarse los pulmones. Gracias a Dios que el coche estaba caliente. Aquellos pocos segundos afuera habían sido suficientes para darle un susto de muerte. Apenas podía moverse, excepto para temblar durante largos momentos. Incluso con los guantes, sus manos estaban congeladas, apenas podía sentir el volante.
Renesmee se aferró al volante.
—Dios mío. —Susurró—. Nunca he visto nada como esto antes—. Miró al hombre grande que la observaba silenciosamente. Parecía llenar más de la mitad de su pequeño coche. —Gracias por ayudarme a llegar hasta aquí. No sé si habría podido lograrlo por mi cuenta. Habrían encontrado mi cuerpo muerto, congelado fuera de la tienda.
—Ningún problema—. Él reclinó el asiento del coche lo más atrás que pudo para poder acomodar sus largas y piernas y se abrochó el cinturón de seguridad. —Pero será mejor que nos pongamos en marcha. No está mejorando.
No bromeaba.
—De acuerdo.
A Renesmee se le ocurrió que en el instante en que había cruzado el umbral, todos los pensamientos se le habían escapado de su cerebro, el frío simplemente había borrado su mente clara. Ni siquiera comprobó que Jacob había cerrado, ni siquiera había pensado en ello. Lo había hecho, ahora se acordó de escuchar el chasquido de la cerradura girando detrás de ella, pero si hubiese estado solo, simplemente habría cerrado de golpe la puerta, o no. Y la tienda habría quedado abierta todo el fin de semana.
Y Gracias a Dios, Jacob había ido a buscar el coche. Ella fácilmente se podría haber perdido, vagando por la acera, cegada por la nieve hasta que terminase convertida en un bulto muerto y congelado en la calle.
Su pequeño Fiat estaba tarareando bajo sus pies, balanceándose ligeramente contra el viento. Renesmee miró hacia adelante con consternación, a través de la ventana cubierta de nieve, buscando a tientas la palanca de cambios y el interruptor del limpiaparabrisas. Le llevó un minuto quitar la nieve del vidrio. Era tan densa que no podía ver más allá del capó. Había una farola junto al coche, ella lo sabía pero no podía verla.
Era una pesadilla.
Jacob la miraba en silencio.
—¿Quiere que conduzca yo?—. Era como si pudiera leer su mente.
¡Oh, Dios, sí! Las palabras estaban allí, esperando salir hacia fuera. Renesmee se mordió los labios para evitar que lo hicieran. Quería abandonar el volante desesperadamente. Conducir con mal tiempo le daba miedo, provocaba accidentes. Sus padres habían muerto en una ventisca igual que ésta, cuando su coche se deslizó violentamente sin control hasta quedar atravesado sobre el pavimento helado, chocando directamente con un camión… no pienses en esto.
—Renesmee—, dijo otra vez. —No me importa conducir bajo la nieve.
Estaba tentada. Oh, Dios, era tan tentador. Simplemente dejar este terrible viaje en esas grandes y capaces manos que la miraban. Él haría un mejor trabajo que ella, Renesmee estaba segura.
Pero este era su coche y su responsabilidad llevar a casa a su nuevo huésped. La vida le había enseñado de la manera más difícil que era ella quien debía hacer frente a los problemas, sin ayuda.
—No, está bien—. Colocó el asiento hacia delante, metió la marcha en primera y pisó el acelerador. Las ruedas giraran, luego se agarraron. Hasta ahora todo iba bien. —Estoy bien—, mintió y se dirigió lentamente hacia la calle. O lo que esperaba era la calle.
Menos mal que conocía el camino hacia casa con los ojos vendados, porque esa era la forma en que estaba conduciendo. Grandes sábanas blancas de nieve venían lanzadas desde el cielo, a veces impulsadas en horizontal por el aullido de viento llevándola en salvajes ráfagas circulares. A veces, parecía como si se tratara de nieve densa y pegajosa.
Renesmee encendió la radio, una vieja costumbre de conducir con mal tiempo. Ella pasaba la mayor parte del trecho a casa a solas en el coche, y la radio la hacía sentirse conectada con el resto del mundo.
—Tormenta de nieve más grande desde 1957, nuestro servicio meteorológico nos dice que es aún por que la que hubo en el 2001 y a mí no me extraña creerlo—.
Renesmee sonrió al oír la voz de barítono y bien modulada de Nahuel Pire en el aire. Podía hacer que incluso la predicción del tiempo horrible sonase sexy. Había salido con él durante un par de semanas, sobre todo por su voz, antes de que los problemas con Carlie la alejasen.
Solo un hombre más en la larga lista de potenciales pretendientes que no podían afrontar con lo que ella tenía que tratar.
—Y ahora algunas noticias internacionales. Las fuerzas de pacificación de la Naciones Unidas en Sierra Leona han hecho un informe sobre un grupo de mercenarios Estadounidenses han masacrado un pueblo lleno de mujeres y niños y huyeron con una gran fortuna en diamantes de sangre. El jefe del grupo se encuentra en una prisión de la ONU a la espera de la extradición. Un portavoz de la ONU, Elfriede Breitweiser ha dicho que los hombres trabajan para una empresa de seguridad Estadounidense con sede en el Norte de Carolina, llamada...
La radio se apagó. Renesmee miró sorprendida a su pasajero. Sus ojos oscuros se encontraron con los suyos.
—El tiempo es demasiado malo para las malas noticias.
Y cómo. Renesmee estaba luchando contra el viento que sacudía su pequeño coche, tratando desesperadamente de mantenerlo sobre la carretera sin patinar. Agarraba el volante con los nudillos blancos, inclinada hacia delante para poder ver a través del parabrisas. Apenas distinguía el borde de la carretera y se movía más por instinto que por la vista.
Era horrible. Avanzaba lentamente, a quince kilómetros por hora. A esta velocidad, no llegarían a casa en menos de una hora. Renesmee apretó el pie en el acelerador.
Pasó de repente.
Demasiado tarde, Renesmee sintió la ausencia mortal del agarre al pavimento. Un instante después, un sonido de disparo sonó por encima del aullido del viento. Al instante el coche se salió violentamente cuando Renesmee perdió el control, girando peligrosamente hacia la izquierda. Presa del pánico, frenó con fuerza, y el coche giró horriblemente, completamente fuera de control.
Una forma oscura surgió de repente, dos luces brillantes visibles en lo alto de la tierra como los ojos de un gran depredador. Un chirrido desesperado de los frenos y un sonido tan profundo y tan fuerte como una sirena en la niebla…
Esto llevó a Renesmee un segundo completo para darse cuenta de que estaba a punto de embestir de frente contra un camión cargado.
—¡Oh, Dios mío!—, gritó, al deslizarse sobre una capa de hielo, directamente contra el monstruo negro, enorme, que se estaba aproximando.
—Deja ir el volante y prepárate—, dijo una voz profunda y tranquila. Dos fuertes manos se apoderaron del volante, girando el coche hacia el deslizamiento y la pierna izquierda de Jacob alcanzando la suya mientras daba suavemente un toque a los frenos, con una candencia lenta y regular, cambiando las marchas.
El patinazo se hizo más lento, pasó a ser controlado, no tan horrible, girando espantosamente. El coche dio una vuelta completa de 360 grados. Jacob lo mantuvo en movimiento hacia la izquierda hasta que llegaron a pararse a cinco centímetros de un poste de luz sobre el lado izquierdo de la carretera. Un segundo más tarde el enorme camión de mercancías, pasaba tocando la bocina bastante enojado. El pequeño coche se sacudió con el desplazamiento del viento.
Todo sucedió muy rápidamente. En un segundo estaba luchado contra el viento y la nieve y al siguiente se encontraba en caída libre. La descarga de adrenalina por haber estado cerca de un accidente corrió por su sistema. Si Jacob no hubiese cogido el volante, habrían muerto aplastados por el acero, en una aglomeración de huesos rotos y sangre.
Habían estado a un segundo de morir.
Ella tenía las manos en su boca, conteniendo un grito que quería salir. El cosquilleo de la bilis amarga corría por su garganta y ella se la tragó con la esperanza de no vomitar.
Renesmee temblaba con tanta fuerza que sintió que se vendría abajo, la visión de la parte delantera del camión aún estaba fresca en sus ojos. Tragaba aire frenéticamente, con un nudo de pánico en la garganta y prácticamente sin respirar.
Su cinturón de seguridad se soltó y unos enormes brazos la atrajeron hasta un amplio pecho.
Oh, Dios, fuerza y seguridad.
Ella se zambulló en él, acurrucándose, temblando, con los brazos fuertemente enrollados alrededor de su cuello, inhalando el pánico a rachas, hasta que se extinguieron lo peor de las sacudidas.
Una gran mano le sostuvo la parte posterior de la cabeza, casi cubriéndola. La cara de Renesmee estaba enterrada en su cuello, los rastrojos alrededor de su mandíbula le raspaban la frente. Tenía la nariz contra el pulso de su cuello, latiendo despacio y de forma regular, como un metrónomo, en contraste con la suya propia con un martilleo salvaje.
Había un olor a nieve mentolada, un olor agradable a almizcle que debía ser de él y, curiosamente, olor a cuero. Su pelo largo y negro se había soltado por el viento y fluía alrededor de su cara, sorprendentemente suave.
Sin embargo, no había nada suave en el cuerpo que tenía frente a ella. Era como abrazar acero.
La había tirado con fuerza contra sí como su pudiera absorber sus salvajes temblores.
—Está bien—, murmuró él. Podía sentir las vibraciones profundas de su voz.—No ha pasado nada, está bien.
No estaba bien, ni mucho menos.
Así era exactamente como sus padres habían muerto, con una mala tormenta de nieve, una capa de hielo, un camión estrellándose contra su coche. Un amasijo de carne y acero tan horrible que a la patrulla de carretera les había llevado más de seis horas con máquinas para sacar los cuerpos. Apenas hubo lo suficiente para enterrar a su padre.
Renesmee se había despertado más noches de las que podía contar sudando, imaginándose los últimos segundos de vida de sus padres. El terror al ver el camión surgir de repente a través de la nieve, el corazón enfermo al comprender que era demasiado tarde. Su padre había sido empalado por el volante, con las piernas cortadas a la altura de los muslos. Su madre había vivido durante dos semanas, en estado de coma.
Y Carlie, la pobre Carlie. Dulce y apacible Carlie. Condenada a vivir durante los siguientes seis años de su vida en una silla de ruedas, con constante dolores, solo para morir antes de llegar a su vigésimo cumpleaños.
Ella lo veía en sueños, lo vivió, noche tras noche. Y en sus pesadillas la presencia constante de la muerte, viniendo para llevársela también a ella como se había llevado al resto de su familia. Y ya no podía tener la esperanza de engañarla siempre.
Esto tenía el sabor oscuro y metálico de sus pesadillas, sólo que era real.
Renesmee se forzó intensamente a tomar el control, encontrándolo, apartándose de él.
—¿Qué ha pasado?—. Su voz era aguda y sin aliento. Ella alzó la vista hacia la cara de Jacob, oscura y atenta. El único signo de estrés eran las líneas blancas de tensión que cruzaban las venas de su nariz. Él era valiente, por lo que ella debía serlo también. Respiró temblando y trató de mantener el tono de su voz.
—¿Qué le ha pasado al coche?
—El neumático reventó—, contestó él con gravedad. —Se lanzó a la izquierda.
Oh, Dios, no. Sus neumáticos eran viejos y gastados. Renesmee había estado posponiendo la compra de unos, con la esperanza de que le duraran por lo menos otro mes más sabiendo que era algo estúpido pero que no tenía otra opción.
Casi habían muerto porque no podía pagar gomas nuevas. Y ahora uno de ellos estaba reventado.
Era demasiado. Cambiar una rueda con este tiempo. ¿Cómo podían cambiar una rueda con una tormenta de nieve?
—¿Tiene una rueda de repuesto y un gato?—, preguntó.
—Si—. La pieza de recambio era tan vieja como la inutilizada, pero ella tenía una y un gato. Teniendo en cuenta las condiciones de todo lo demás en su vida, probablemente estaría oxidado y se partiría en dos con el frío.
Era tan tentador apoyar la frente sobre el volante y llorar de rabia y frustración, pero tan satisfactorio emocionalmente que la aliviaría, aunque esto no los llevaría de vuelta a casa.
Una ráfaga de viento vicioso sacudió el coche y Renesmee se agarró a la chaqueta de Jacob para mantener el equilibrio. Querido Dios, no podía quedarse allí mientras ella estaba desvariando, se morirían de frío. Renesmee se giró en su asiento y puso la mano en el picaporte de la puerta, esperando que las manos le dejasen de temblar.
—¿Qué cree que está haciendo?—. Su voz era dura y profunda. Renesmee miró por encima del hombro sorprendida. Su ceño era de enfado y se lo estaba mostrando a ella, con la piel estirada tensamente sobre sus altos pómulos.
—Ah… —¿Qué le parecía? No podían quedarse aquí ni un minuto más de lo necesario. —Salir para cambiar la rueda. Tenemos que llegar a casa pronto, antes de que el tiempo empeore. Dentro de poco no seremos capaces de conducir por las calles.
La noche había caído. El resplandor de las farolas no podía penetrar a través de la nieve y estaba casi completamente oscuro. Todo lo que podía ver de él era el blanco de sus ojos y sus dientes. Él le tocó el brazo, brevemente.
—Abra el maletero y permanezca aquí. No abra la puerta, ni siquiera durante un segundo.
No hubo tiempo para protestar. La puerta del pasajero se abrió brevemente, y él se deslizó afuera. En ese segundo, que la puerta se abrió, una ráfaga de viento hizo entrar la nieve dentro del coche, absorbiendo el calor.
Renesmee abrió el maletero y se oyó un sonido estridente de metal en la parte posterior.
Un segundo después estaba junto a su guardabarros delantero izquierdo, levantando el coche, trabajando prácticamente a ciegas. De vez en cuando, el viento feroz levantaba una cortina de nieve y ella podía verlo, grande, oscuro y atento, de rodillas frente a la defensa. Encendió la luz del techo, esperando poder ayudar de alguna pequeña forma, aunque lo dudaba. Era probable que esto la consolara más a ella, que ayudarle a él.
Llamó a su ventana cuando había pasado más tiempo del que podía imaginar que sería posible. Se inclinó para poner la boca cerca del cristal.
—¿Quiere que yo conduzca?—, gritó, llevando su profunda voz por encima del aullido del viento.
¡Oh, Dios, si! ¡Sí, sí, sí!
Al diablo con lo políticamente correcto. Al diablo con el deber. El pensamiento de conducir con este tiempo, con la capa de hielo con sus llantas lisas la hacía sudar. Solo se podía esperar que ocurriese otro accidente.
Renesmee se encontró con sus ojos a través del cristal y asintió con la cabeza.
—Desplácese y suelte el cinturón de seguridad—. Tenía las manos ahuecadas alrededor de su boca, pero aun así, sus palabras apenas le llegaban.
No iba a hacerla salir y rodear el coche. Bendito sea. Renesmee logró desplazarse hacia el asiento del pasajero sin romperse la cadera con la palanca de cambios. Jacob esperó hasta que ella estuvo en el asiento y estiró el cinturón de seguridad sobre su pecho antes de abrir la puerta.
Apenas le cabían las piernas en la zona de los pies, y tuvo que deslizar el asiento hacia atrás en toda su extensión, arrastrándola incluso con el suyo. Puso en marcha el motor, dejándolo calentarse.
Renesmee se volvió hacia él, una sombra grande y oscura en la noche.
—Eso ha sido rápido. A mí me habría llevado una hora con este tiempo, en el caso de que hubiese sido capaz de manejar con todo esto.
Él la miró. Con una esquina de su boca levantada con una media sonrisa, solo un rápido destello de sus blancos dientes.
—He cambiado muchos neumáticos bajo fuego enemigo. Se aprende rápido.
—Apuesto a que sí. Escuche—. Renesmee respiró profundamente. Le debía una disculpa. —Quiero darle las gracias por cambiar el neumático. Era mi responsabilidad y, ¡Oh, Dios mí, usted está herido!—. Algo oscuro y líquido brillaba en su mano derecha. —Cielos, primero me cambia el neumático y luego mi coche muerde la mano que le da de comer. Lo siento mucho—. Hurgó en la guantera y sacó varios pañuelos, que mantuvo contra su mano. Estos inmediatamente se pusieron rojo oscuro. Tenía una mala cuchillada.
Cambió los pañuelos.
—Manténgalo contra su mano durante unos minutos hasta que deje de sangrar. Es posible que necesite puntos de sutura, el corte es feo. Podemos pasar de camino por la sala de urgencias del hospital.
—No—. La voz era profunda y suave y él cubrió su mano con la suya. Ella se había quitado los guantes para conducir y sintió una sacudida cuando su mano grande y áspera cubrió la de ella. Estaba caliente, irradiando calor no sólo con su mano, sino con el resto de su cuerpo.
El tacto de su piel contra la suya era eléctrico. En la oscuridad, su gran puño, como un guante térmico parecía anclarla. Su agarre era ligero, pero el efecto era enorme. Calor irradiando a través de ella, un agudo contraste con el frío y con el pánico helado que había sentido.
Había estado congelada por el espanto y su toque le envió la fuerza y el calor a través de su organismo.
La apretó ligeramente y luego la apartó.
—Me curo rápido, no se preocupe de eso. Tenemos que ponernos en marcha, o no llegaremos a casa en absoluto.
—Pero su mano.
—Estoy bien—. Apagó la lámpara del techo, puso el coche en marcha y pisó el acelerador. En un momento estuvieron cruzando hacia el lado derecho de la carretera. —No se preocupe por mi mano. Sólo diríjame hacia su casa. Tenemos que llegar lo más rápidamente posible. ¿Dónde tengo que girar?
Realmente sanaba rápido. La profunda herida casi había dejado de sangrar.
Renesmee miró por la ventana con incertidumbre, aunque la visibilidad era casi nula. Resultaba imposible decir dónde se encontraban las intersecciones. El único modo de averiguarlo era chocando con otro coche.
—Siga por esta calle durante un kilómetro y luego gire al a derecha. Trataré de navegar para usted.
—Está bien—, dijo con calma. Estaba conduciendo mucho más rápido de lo que ella se hubiese atrevido. Habría dicho algo, conducir rápido la asustaba, pero estaba claro que tenía el mando total del coche, y cuánto más rápido fuese, antes llegarían a casa, y sería más feliz.
Miró detenidamente por la ventana, tratando de distinguir las señales. Era mejor que al azar. De vez en cuando, una ráfaga feroz de viento levantaba una cortina de nieve sólo por un segundo. Vio los bancos fuera de la barandilla a lo largo del parque Grayson, el gran árbol de Navidad en la esquina de la calle Center y Fife y entonces:
—Aquí—, dijo de repente, aliviada. —Gire a la derecha.
Él giró la esquina tan suavemente como si estuvieran conduciendo en una noche de verano.
Renesmee reconoció los postes de la luz y empezó a relajarse. Otros cinco minutos, diez subidas y estarían en casa.
—La primera a la izquierda, la segunda a la derecha y es la cuarta calle de la derecha.
El coche se detuvo directamente frente al garaje. Renesmee cerró los ojos y respiró hondo por primera vez desde que se había metido en el auto.
Casa. Estaba en casa.
Bueno, no del todo aún. Ella miró fijamente la puerta oxidada delantera del garaje, cerca del odio. Hora de otra disculpa.
—Lo siento—, dijo contrita, mientras buscaba dentro de su bolsa las llaves con manos aún temblorosas. —El control remoto no funciona. Tiene que abrirse a mano. Lo haré yo.
—No—. Él tomó las llaves de su mano. —No se mueva. Me ocuparé de ello.
Su caldera funcionaba solo temporalmente, pero la puerta del garaje era completamente fiable. Se podía contar con que no funcionaría. Tomaba mucho tiempo y músculo y muchas uñas rotas girar la llave en la cerradura oxidada y levantar la puerta.
—¿Está seguro? Puedo...
Una vez más, otro toque de esa gran mano. El calor y la seguridad, el golpe de conciencia sexual, se fueron cuando levantó la mano. Después de su toque, el frío y las secuelas del pánico se precipitaron a desaparecer.
—Estoy seguro.
Alumbrado por los faros, lo vio doblar y levantar la puerta como si fuera nueva, recién engrasada y no pesara nada. Un segundo después estaban a salvo en el garaje.
Casa. Realmente estaba en casa.
Renesmee salió del coche y tuvo que ordenar a sus rodillas que se mantuvieran rígidas. Sus piernas estaban temblando. Toda ella temblaba debido al accidente, un profundo estremecimiento casi incontrolable. Las llaves repiqueteaban en su mano. Tuvo que apretar el puño cerrado para detener el ruido.
—Gracias—, dijo de nuevo al hombre grande, a través del techo del coche. Ella miró sus ojos oscuros e inescrutables. —Le debo...
Él levantó una mano y negó con la cabeza.
—Por favor, no lo haga. Vamos a entrar.
Cogió su bolsa y su maleta.
—Enséñeme el camino. La seguiré.
Renesmee abrió la puerta de la casa, con los dedos cruzados, tensa, esperando lo peor.
Gracias a Dios, lo peor no había pasado. Aún.
El aire no estaba exactamente congelado, había un zumbido en algún sitio bajo sus pies y pudo relajarse un poco. La caldera aún no había dejado de funcionar hoy. La había puesto al mínimo para que las tuberías no se congelaran, lo que hacían con regularidad cuando la llama se iba en un parpadeo. Pero los dioses de la calefacción le estaban sonriendo, lo que deberían, teniendo en cuenta el número de veces que la habían dejado tirada la semana pasada.
La temperatura era incómodamente fresca, pero siempre y cuando la caldera funcionara, estaría bien. Ella subió el termostato y en media hora la casa quedaría caliente.
Sus facturas de calefacción eran atroces, pero la calefacción no era algo a lo que pensara escatimar.
No, ciertamente, con un nuevo huésped. Y definitivamente no, en medio de una tormenta de nieve.
Condujo a Jacob a través de de un cuartito al gran recibidor de dos pisos. La entrada siempre era un placer.
Diseñada por un discípulo de Frank Lloyd Wright, todas las habitaciones de Masen eran luminosas, amplias, perfectamente proporcionadas. El vestíbulo era simplemente espectacular. Un viejo amigo de la familia había dicho una vez que Masen parecía una mujer hermosa, y el atrio era su cara. Cuando sus padres habían estado vivos, había dos cuadros de Winslow Homers, un florero Ming, una lámpara de cristal de Murano y una inmensa alfombra antigua de Baluchi en la arcada.
Todo había desaparecido.
Lo único que quedaba era la ligereza y la gracia de la propia habitación, con su suelo de mármol blanco y negro, los arcos que conducían a la biblioteca, la sala de estar y el estudio, y las grandes y elegantes escaleras de arce que conducían a los dormitorios del segundo piso.
Durante todos los duros años pasados, durante la larga y dolorosa muerte de Carlie, a través de toda la tristeza y la penuria, entrar en Masen nunca dejaba de levantarle el ánimo.
Masen estaba viva con ella y era en muchos sentidos, el último miembro que le quedaba de su familia. Había luchado ferozmente para mantenerla, incluso cuando todo el mundo, el abogado de la familia, que había tenido que decirle que no había nada de dinero en el banco, Jane, su mejor amiga, que pensaba que estaba loca por mantener Masen, Alec, que rápidamente se molestó porque ella tenía que escarbar buscando los céntimos y finalmente la abandonó, todos le dijeron que la vendiese.
Renesmee hubiese vendido Masen sólo para salvar la vida de Carlie, pero ella murió antes de que eso fuera necesario. Y ahora, bueno, ahora Masen era la única conexión que tenía con los suyos y su único consuelo. Estaba atada al lugar por cadenas irrompibles de amor. Venderla sería como renunciar a la gente que tanto había amado. Vender era impensable.
Mientras tuviera un aliento en su cuerpo, Masen sería suya. Costara lo que costase.
Ella miró a Jacob Black en su entorno. La gente reaccionaba de formas diferentes a la mansión. Las mandíbulas de algunas personas se caían. Algunos se mostraban hastiados. Otros no entendían lo hermosa que era y sólo veían una gran casa que necesitaba pintura, trabajos de reparación y muebles nuevos.
Ésta era una prueba de fuego.
Su reacción fue perfecta. Se quedó en silencio durante un minuto, con sus ojos oscuros tomando cada detalle de la arquitectura, y entonces se giró hacia ella.
—¡Es un hermoso lugar! Gracias por aceptarme como huésped. Sí, perfecto—. Renesmee sonrió.
—Espero que se sienta cómodo aquí. La habitación doble está en el tercer piso, bajo el tejado. Le mostraré el camino.
Él negó con la cabeza.
—No suba dos tramos de escalera por mi causa. Dígame cómo llegar hasta allí y estaré bien.
¡Oh, Dios! Qué alivio. Lo peor del temblor había terminado, pero sus piernas aún seguían temblando.
—Suba la escalera principal, gire a la derecha, allí encontrará otra escalera al final del pasillo que lo llevará a su habitación. Es una suite, tiene un cuarto de baño solo para usted. Las sábanas están limpias, las encontrará en el armario grande, blanco, del cuarto de baño. Debería tener suficiente agua caliente para una ducha. La cena es a las siete y media.
—Gracias. —Inclinó la cabeza—. Estaré abajo a las siete y media—, le dijo y luego se volvió subiendo los escalones de dos en dos, moviéndose rápido. Renesmee observó cómo desaparecía su amplia espalda hasta que desapareció, esperando haber hecho lo correcto, sabiendo que no tenía otra opción.
