Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lisa Marie Rice.
CAPÍTULO 5
Sierra Leona
El ojo humano ve lo que quiere ver. Riley lo sabía. Como todos los soldados, utilizaba este hecho a menudo.
La mitad de las tácticas militares son el engaño y la evasión.
De modo que cinco contra uno, un hombre rubio de 82 kilos con gafas de sol oscuras cruzaba con confianza a través de un campamento de la ONU vestido con un uniforme bien planchado, con la insignia de las fuerzas internacionales de pacificación en el pecho; llevando el casco azul brillante distintivo, nadie le dirigió un segundo vistazo. Uno más de los quinientos soldados en el campamento.
Era de noche. La mitad de las tropas cumplían con su rutina; los idiotas estaban desarmados.
A Riley todavía le costaba creer que a los soldados se les permitiera ir desarmados. Órdenes del alto mando. Los observadores militares y las fuerzas de paz tenían que mostrar su neutralidad a toda costa. James creía que eso también era estúpido. Riley sintió una repentina punzada de compasión por el tipo.
Se consideraba increíblemente idiota caminando desarmado por toda África occidental, un lugar que era similar a un agujero abierto, gigantesco, que aspiraba a cada humano para luego expulsar monstruos. Sólo había estado desarmado durante un par de días, que le parecieron interminables. Riley sólo se podía imaginar lo que sería una gira completa impuesta en este sitio, desarmado, donde si caías en las manos equivocadas, podías terminar con tus manos y pies cortados por los adolescentes y terminar en una estaca en asándote con el sol ecuatorial, con los intestinos abiertos para que los insectos te comiesen vivo, sin ningún tipo de arma para defenderte.
Bueno, al diablo con eso, estaba metido en la mierda. En este momento. Al igual que lo estaría James.
El aire de la noche se llenó de repente con el familiar whump, whump, whump, de un helicóptero.
Riley se dirigió rápidamente hacia el lugar del sonido. Quería echarse a correr, pero no se atrevía.
Podía distinguir en el crepúsculo la silueta familiar de un Huey, aterrizando en una pista improvisada en un bosque circundante. El piloto bajó suavemente, justo dentro del círculo y se quedó en la cabina, con las manos sobre los controles. Estaba claro que quería salir de allí lo antes posible. El aterrizaje se hizo sin luz para aumentar sus posibilidades supervivencia. La ruta desde Freetown cruzaba territorio bajo control de los rebeldes. Las RPG necesitaban luz diurna para derribar aviones y helicópteros.
Hombres vestidos con pantalones vaqueros y camisetas de mangas cortas saltaron ágilmente y empezaron a descargar cajas. Trabajaban en silencio y de manera eficiente. En unos diez minutos, había una pila ordenada en el suelo.
Riley se dirigió directamente hasta uno de los hombres. Gritó por encima del ruido del rotor.
—¿Puedo preguntarte a dónde vais después?—. Era un buen imitador y había hablado lo suficiente con James para simular su ligero acento finlandés perfectamente.
Uno de ellos dejó durante unos segundos de trabajar para mirarlo con curiosidad.
—Volvemos a Lungi—, gritó de nuevo, volviéndose y tomando otra caja del hombre que tenía detrás y se la pasaba al hombre frente a él.
Perfecto. El Aeropuerto Internacional de Lungi. Si salían inmediatamente, podría coger el vuelo de las 21:00 hacia París, y luego a los Estados Unidos. Estaría de vuelta en los Estados Unidos antes de que nadie empezara a preguntase si James había vuelto a casa.
—Estoy de permiso—, gritó por encima del ruido del rotor de los motores principales—. Mi vuelo sale mañana por la mañana temprano desde Lungi. Se suponía que me iba a acoplar en un convoy para llegar allí, pero lo perdí. El hijo de puta de mi oficial al mando me ordenó repasar unos trabajos administrativos—. Diacon puso los ojos en blanco. El hombre parecía un suboficial. Los suboficiales en todo el mundo estaban familiarizados con los oficiales idiotas e inútiles. —¿Puedes darme un paseo hasta el aeropuerto? De lo contrario perderé mi vuelo.
El hombre se paró y miró hacia atrás.
—Vamos a descargar doscientos kilos de suministros, tendremos mucho espacio. No veo por qué no. Espera aquí—.
Saltó de la cabina y Riley lo vio consultarlo con el piloto. Este giró la cabeza con brusquedad y miró fijamente a Biers, vagamente parecido a un insecto con las gafas de sol de pilotar negras. Era imposible descifrar su expresión. Al final, después de un largo escrutinio dijo algo y el hombre con el que había estado hablando saltó hacia atrás. Le hizo una señal con pulgar al piloto y acercó la boca al oído de Riley.
—El piloto dice que está bien, —gritó—. Estaremos de vuelta en Lungi dentro de una hora. Acomódate—.
¡A joder!
Riley subió rápidamente a la cabina y se preparó para la primera etapa de su viaje, de vuelta a sus diamantes y a su nueva vida.
Summerville
—No quiero estar sola esta noche.
Las palabras sonaron en el silencio de la habitación. Un tronco se rompió, los pedazos cayeron en la chimenea con un siseo y una lluvia de chispas.
Jacob extendió la mano, vacilando durante un momento y luego limpió suavemente con su pulgar, las lágrimas en la mejilla de Renesmee. Ella no se movió, ni siquiera parpadeó, esperando para ver cómo reaccionaba ante sus palabras. Su piel parecía de satén, tan tentadora que alejó la mano.
Se estremeció. Su jodida mano temblaba.
Jacob había sido el francotirador del equipo durante tres años. Los francotiradores se hacen, se forjan en el incesante fuego del despiadado entrenamiento. Pero los francotiradores también nacen con una rara combinación de coordinación entre ojo y mano, de la clase que se puede esperar de la naturaleza, indefinidamente, para poder explotar en el momento de la acción.
Jacob nunca había perdido la calma, nunca. Se había inclinado detrás de una roca en posición boca abajo, con el dedo sobre el gatillo, mirando dentro y fuera del alcance, a intervalos de media hora, durante tres días y tres noches, con la probabilidad de atrapar a Mohammed Khan; bebiendo sólo un litro de agua y sin cagar. Su mano no había vacilado ni una sola vez y, cuando finalmente hizo el disparo, fue una muerte perfecta. Khan había caído como una piedra, con una bala del calibre 50 en el puente de la nariz, uno de los pocos disparos garantizados de matar instantáneamente. Un disparo, un muerto. El mantra del francotirador. Tenía el control de sí mismo, siempre. Su vida había dependido más veces de ese control de lo que podía contar.
El hecho de que sus manos estuvieran temblando, lo asustaba como la mierda. No podía perder el control, no esta noche.
No se atrevía. Si perdía el control, ¿qué sabía lo que le haría a Renesmee? ¿Follarla con demasiada fuerza? ¿Terminar lastimándola? Jesús, ¿puede que morderla?
Se estremeció al pensarlo.
Y ahora mismo, justo en este momento, temblaba de lujuria, apretando los puños, porque tenía miedo de agarrarla y tirarla al suelo. Cada célula de su cuerpo desbordaba, inundada de lujuria dolorido por tenerla. No solo era una racha de sequía de seis meses. Era como si nunca hubiese practicado el sexo antes. Parecía como si toda una vida de deseo reprimido hiciera estragos a través de su sistema, quemando las venas.
Tocarla justo ahora era demasiado duro. Usa la palabra, se dijo a sí mismo.
No quiero estar sola esta noche.
—No voy a dejarte sola esta noche, Renesmee. Ven conmigo—. Ahuecando una mano bajo su codo, seguramente cubierto de seda negra, Jacob la levantó de la banqueta del piano. Ella alzó sus enormes ojos chocolate hacia él.
No jodas esto, se repitió a sí mismo. Su nuevo mantra.
Tenía que mantener el control. Cuando bajó las escaleras unas horas atrás fue como si alguien se hubiera metido profundamente dentro de su cabeza y sacado las imágenes más irresistibles que alguna vez se pudo imaginar, ni siquiera sabía lo que se le había pasado por la mente, algo relacionado con tocar todos sus botones y conseguir que la sangre se le subiera a la cabeza.
El comedor de los Cullen reflejó tenuemente la luz de las velas y Renesmee allí de pie encendía las últimas, el cálido resplandor brilló en su pálida piel de marfil. Era hermosa más allá de sus sueños salvajes; el brillante cabello dorado rojizo recogido para que él pudiera admirar la larga curva de su blanco cuello, con un vestido negro elegante que parecía diseñado expresamente para lucir su pequeña cintura y sus pálidos hombros.
Jacob nunca se había atrevido ni siquiera a soñar con que algún día estaría en Masen con Renesmee esperándolo con una sonrisa y, sin embargo, estaba allí y allí estaba también ella.
Y cuando lo había invitado a entrar en la habitación, Jesús. Fue como si una magnífica rueda de la fortuna estuviese girando de lleno. La vida había sido increíblemente brutal desde sus primeros dieciocho años. El punto más bajo había sido cuando estuvo de pie, al otro lado de aquella ventana, la que había allí, a la derecha de Renesmee. La que se encontraba lo suficientemente cerca como para tocarla.
Había estado muerto de hambre, un adolescente sin hogar, una bestia en harapos, mirando con avidez, un estilo de vida que no podía tampoco llegar a imaginar. Apenas podía figurarse vivir en el mismo planeta que las criaturas de otro mundo que miraba a través de la ventana, temblando, bajo la nieve. Personas hermosas, en una hermosa habitación.
Y luego la rueda de la fortuna cambió. Lo encontró el Coronel, lo adoptó, le dio todo lo que su hambrienta alma sufriendo de amor necesitaba, la disciplina, el propósito. Incluso al final, el chico pobre se había convertido en un hombre rico. Y ahora que la rueda de la fortuna giraba de nuevo, suntuosamente, lo sumergía directamente en la tierra de sus sueños.
Ahora, estaba del otro lado de la ventana. Ya no era el chico mendigo, con la nariz apretada contra el vidrio, pero era el hombre dentro de la habitación con Renesmee.
Con cuidado, tocándola solo por el codo revestido con la manga, dio un suave tirón para acercársela más. No se atrevió a moverse. Se sentía como una gran barra de C4 con la tapa lista para detonar. Un movimiento en falso y estaría encendiéndose y explotando.
No, ella tenía que llegar a él. Y también lo hizo. Con cuidado, mirándolo con unos enormes ojos, preocupados, obedeció a su toque y dio un paso adelante, hasta que sus pies estuvieron entre los de él y las puntas de sus pechos le rozaron el torso.
Jacob no tenía ni idea de lo que estaba pensando. No parecía estar consumida por el deseo. Parecía triste y perdida. Si ella se sentía así, precisaría hacer algo para cambiar eso porque no era de ninguna manera, lo que quería de ella en la cama.
Despacio, cuidadosamente, se inclinó hacia ella y rozó sus labios con los suyos. Su boca estaba fría, parecía una hermosa estatua de mármol. Él levantó la cabeza, dejando que sus ojos recorrieran esa cara bonita y luego encajó su boca sobre la suya otra vez, un poco más fuerte. Ella lo miró con preocupación, turbada hasta el último segundo y entonces cerró los ojos.
Podía ver bajo la sombra de los ojos, delgadas líneas de delicadas venas azules bajo su pálida piel. Rozó sus párpados con los labios y luego cambió para besar la suave tersura de su sien sintiendo los hilos de sedosos del pelo haciéndole cosquillas en la mejilla.
Su cara estaba un poco más caliente ahora. La estatua de mármol se había convertido en una mujer humana. Rozó los labios contra los suyos una vez más, un poco más fuerte, abrió su boca solo lo justo para conseguir con la lengua, un rápido sabor embriagador.
Sabía a gloria, chocolate y café y al vino que habían tomado durante la cena. Podría emborracharse fácilmente con su sabor. Metió la lengua dentro de su boca otra vez brevemente, luego la retiró y levantó la cabeza.
—¡Oh!—, susurró Renesmee, mirándolo un poco sorprendida, como si un beso fuera algo inesperado. Sacó la punta de su lengua y tocó su labio inferior, como si lo estuviese probando.
Su polla palpitaba a la vista, levantándose y alargándose con cada roce de su pequeña lengua sobre su rosada, deliciosa boca. Su erección no tenía a dónde ir, tratando inútilmente de elevarse bajo los pesados jeans. Esto lo estaba jodiendo. Jacob se preguntó si se estaba haciendo un daño duradero. ¿Se podría romper la polla?
Cada célula de su cuerpo le estaba gritando que se metiese dentro de ella tan rápido como fuese posible, pero no podía.
No aún. Había una gran diferencia entre sus niveles de deseo. El de él, excesivo; estaba más excitado de lo que alguna vez lo estuviera en toda su vida y Renesmee, estaba claro que Renesmee, estaba todavía insegura a pesar de que ella había sacado las palabras para ponerlas en movimiento.
Jacob tuvo que recordarse que lo que había dicho, en realidad, fue que no quería estar sola esa noche.
Lo que ella no había dicho era, quiero que me rompas toda la ropa y que me tires al suelo, que abras mis piernas y folles hasta que te caigas medio muerto.
No, eso no era en absoluto lo que ella había dicho y era una verdadera lástima, porque eso era lo que tenía ganas de hacer.
Disponía de una oportunidad con esto, una. Si la follaba esta noche, nunca conseguiría otra. Si era demasiado rudo, si la asustaba, le hiciera daño de cualquier forma, le daría una patada en el culo. Lo único que brillaba a través de Renesmee era un orgullo cansado, cauteloso. Ella no había dejado bajo ninguna circunstancia que la vida le diera un golpe bajo. No iba a soportar a alguien que la asustara, o la tratara mal, ni siquiera si necesitaba desesperadamente el dinero de un huésped.
Mirándola a los ojos con cuidado, inclinó de nuevo la cabeza. Esta vez el beso fue más cálido y su bonita boca ya estaba abierta para él. El tacto de su lengua con la suya; sintió el tirón de su polla aumentando.
Dios, estaba cerca de correrse en los pantalones.
Tenía que enfriarse un poco, de lo contrario, no iba a funcionar.
Pasó el dorso de su dedo índice por su mejilla, maravillándose de la suavidad satinada.
Tomó un profundo aliento y entonces dijo lo que tenía que decir.
—Renesmee, no quiero parecer poco romántico, pero no tenemos protección. No he tenido relaciones sexuales desde hace más de medio año y no tengo nada conmigo. Por favor, dime que tienes algo aquí.
Mierda, esto nunca le había ocurrido. Normalmente Jacob siempre llevaba gomas. La mayor parte de su vida sexual había sido con contactos de una sola noche, tal vez dos, incluso tres noches cuando la mujer le gustaba lo suficiente, por lo que siempre estaba preparado. Pero había llegado allí directamente desde el infierno, Afganistán, la mayor zona del mundo sin sexo. Incluso si se las arreglaba para conseguir alguna mujer envuelta en alfombras, la certeza de que cualquier pareja sexual podría llegar a ser lapidada hasta la muerte, en represalia era una realidad. El sexo nunca cruzó por su mente en Afganistán.
Había regresado a casa, junto al moribundo Coronel que lo había enviado a su última misión en África. Jacob nunca había follado en África. Nunca.
Así que allí estaba literalmente con la mujer de sus sueños pidiéndole sexo, o al menos eso era lo que él esperaba que ella le hubiera pedido y él estaba sin gomas, por primera vez en su vida adulta.
Joder. Si hubiese sabido que esto podría pasar habría venido equipado con diez cajas.
Renesmee parpadeó, como si saliese de un trance.
—¿Protección? ¿Qué es lo que—¡oh!? —Cubrió su boca con la mano—. ¡Qué estúpida he sido! ¡Por supuesto, condones! ¡Oh, Dios mío, no, no tengo ningún condón en casa! Han pasado más de seis meses para mí. Más bien, como seis años. De hecho ha pasado tanto tiempo que probablemente lo he olvidado. De hecho—, continuó caminando un poco hacia atrás, mirándolo a los ojos— si decides cambiar de opinión, lo entenderé completamente.
—¡No!—, le salió casi como un grito y ella se estremeció. Jacob sintió las gotas de sudor bajando por su espalda. —No—, dijo de nuevo, más suavemente, intentando hacer su tono normal a través de la tensión repentina en su pecho. —Mira, lo podemos hacer sin goma, condón. Puedo ser cuidadoso—. Espero, pensó.
Siempre había tenido el control completo de su polla, aunque en este momento se aferraba al control con las uñas.
Renesmee se quedó en silencio, mirándolo de arriba abajo. Ella estaba luchando con algo y él le dio tiempo para hacerlo.
—Pareces sano—, dijo finalmente.
Él parpadeó.
—Absolutamente.
¿Sano? Bueno, sí. No podía estar más sano. En este momento, de hecho, su grosero buen estado de salud casi estaba estallando sus pantalones.
—No tengo lesiones, y nunca he estado enfermo ni un día de mi vida.
Ella se había puesto de un ligero tono rosado.
—Porque, eh…bueno, la historia es la siguiente. Yo tenía un montón de estrés el otoño pasado. Mi hermana estaba muy enferma, y yo estaba tan preocupada que a veces me olvidaba de comer y—Se detuvo de repente, su bonita boca se cerró con un chasquido, como si se hubiera dado cuenta que estaba balbuceando. —Bueno, el resultado es que mi médico me recetó la píldora, —dijo finalmente—. Así que podríamos...
Independientemente de lo que fuese a decir se perdió en su boca. Jacob hundió ambas manso en su cabello, acunando su cráneo y sosteniéndola mientras la besaba. Más profundo, más caliente que antes. Lamió con su lengua dentro de su boca, muriéndose por su sabor, sosteniendo su cabeza con fuerza mientras cambiaba el ángulo para saborearla más profundamente.
Sus manos se desplazaron para enrollarse alrededor de sus muñecas mientras seguía besándola, casi con desesperación. Bajó la mano hasta su estrecha cintura y tiró de ella fuertemente contra él, ensanchando su postura para atraerla más cerca. Ella se estremeció un poco cuando se encontró contra su dura polla. Jacob rompió el beso, aunque no quería hacerlo. Quería quedarse allí para siempre, con su lengua dentro de su boca.
Si fuera por él, se dejarían caer justo donde estaban, directamente sobre el duro suelo de madera. Él no la desnudaría todavía. Solo rasgaría y haría un agujero en sus medias y bragas y empujaría su polla directamente contra su coño tan cálido y húmedo como su boca…
Jacob gimió. Abrió los ojos y miró hacia abajo, hacia su hermoso rostro. Su boca estaba húmeda y ligeramente hinchada por la suya, los pómulos ligeramente ruborizados. Sus manos habían desbaratado su peinado y su pelo se desbordaba en relucientes rizos a lo largo de sus hombros. Era del mismo color que las llamas del hogar, rojizo y dorado. Se sorprendió vagamente de que su cabello se sintiera frío al tacto, su tonalidad era tan brillante como las llamas doradas. El cráneo, bajo su pelo, sin embargo estaba caliente. El resto de ella también ahora, por fin, era cálido. Sus brazos estaban llenos de mujer caliente, dispuesta.
Sus brazos estaban llenos de Renesmee.
Tuvo que luchar para mantener la respiración bajo control.
Iban a follar. Era oficial. Él iba a follar a Renesmee. Nada más que sin condón. Nunca había tenido sexo sin una goma en toda su vida. Por la forma en la que se sentía en este momento, probablemente se iba a morir de sobrecarga sensorial en el instante que entrase en ella.
—Creo que sería mejor que hiciéramos esto en el dormitorio—. Su voz sonó ronca, como si no hubiera hablado en días.
Sus ojos buscaron los suyos.
—Está bien. —Susurró—. El dormitorio.
Oh, sí.
La forma más rápida de llevarla a la cama era cogerla en brazos. La balanceó fácilmente en sus brazos e intentó no correr por las escaleras.
Tenía el instinto de un gato. Había hecho mucho alpinismo, con el Coronel y en los Rangers y tenía un equilibrio excelente. Pero cuando la sostuvo en sus brazos sintió que le fallaban las rodillas. Era una locura. No podía pesar más de cincuenta y dos kilos. Cuando entraba en batalla, había tenido que cargar con más peso. Maldita sea había tenido que saltar de aviones con más peso que ese. Pero era como si una fiebre estuviese afectando su sistema convirtiéndolo en débil e inestable.
Necesitaba llegar a la cama, rápido, antes de que se cayera al suelo con ella y se pusiera en ridículo.
Jacob subió las escaleras de dos en dos, a la vez que giró a la derecha en el rellano. Por suerte, la puerta del dormitorio estaba abierta porque si no le hubiese dado una patada para derribarla.
Empezar con una patada a la puerta probablemente no era un buen modo de comenzar esto.
Jacob se detuvo junto a la cama y la dejó deslizarse lentamente sobre su cuerpo. Tenía que sentir su erección, temblando de impaciencia, saltando al contacto con su tamaño.
Probablemente, todo el mundo en la ciudad podía sentir su rigidez. Probablemente esta interrumpiría las señales de radio con las ondas de lujuria que emanaban de su polla.
¿Qué sentía ella? No lo podría decir. Renesmee estaba de pie en silencio, pasivamente, como una hermosa muñequita, sin moverse de donde él la había dejado.
Por primera vez en su vida, Jacob deseó que las mujeres se parecieran más a los hombres. Deseaba que Renesmee tuviese un equivalente femenino a una polla que le mostrase lo que estaba sintiendo, revelándole lo mucho que ella lo deseaba. Si es que lo deseaba.
Quería algo grande y evidente como una polla dura, que le indicara claramente lo que estaba pasando por su cabeza, tal vez algo como una luz roja en la frente que se encendiera y apagara. Pero las mujeres no eran así. Sus cuerpos eran reservados, la excitación se escondía en su interior, donde no se podía ver, entre los recovecos de sus cuerpos.
La única manera de saber en qué punto estaba era tocar su coño, pasar los dedos alrededor de su apertura; sondearla.
Jesús, ¿qué pasaba si ella no estaba excitada? ¿Y si ella no estaba muy mojada? ¿Qué haría entonces? Ya sabía que estaría apretada. Una mujer que no había tenido sexo durante seis años sería pequeña.
Esto podría ser un problema. Dios, esperaba que no.
Él tenía una polla grande. No era nada de lo que estuviese particularmente orgulloso, pero la tenía. No era el tipo de hombre que hacía comparaciones de pollas en los vestuarios, no tenía ningún derecho de jactarse de ello. Solamente lo aceptaba como una cualidad física, como ser alto. Pero su tamaño y en lo que se convertiría, en lo que nunca había pensado en su vida, quería decir que debía tener cuidado con ella, aunque su autocontrol estuviese destrozado, volviéndose más insustancial a cada minuto que pasaba.
Como en este momento, mirándola en la penumbra de la habitación. Había dejado las luces encendidas del pasillo, pero no había ninguna luz en el dormitorio, como si estuviesen sumergidos en un océano lejano.
La primera cosa que alguien notaba por primera vez en Renesmee era su color; exquisito, de ese el marfil rosado de la piel, al fuego dorado de su pelo y el chocolate de sus ojos. Ahora ella estaba filtrando todos esos colores, una visión de tonos grises en la luz suave, tenue. Esto no le quitaba mérito a su belleza. Si acaso, destacaba su pálida piel, su suave y delicada estructura ósea. Sus ojos estaban empañados, casi sin color, mientras ella le observaba.
¿Qué estaba pensando? No lo podría decir. Sus rasgos eran todavía como la pintura de una hermosa mujer, en lugar de una mujer viva.
La sostenía por los hombros, sentía sus delicados huesos bajo la suave seda de su vestido. Movió la mano hasta la espalda tiró de la cremallera bajándola. Parecía ruidoso en el silencio de la habitación. La desabrochó despacio, tratando de evaluar su expresión, lo que estaba sintiendo. La cremallera llegó hasta la cintura. Renesmee estaba tan quieta como una muñeca, mientras abría la espalda de su vestido.
Con un ligero movimiento de la mano, Jacob tenía su palma adentro apoyada en la parte baja de su espalda, donde la piel era suave y cálida. Ejerciendo una pequeña presión con la mano y la impulsó a avanzar.
Mirándolo, obedeció al toque silencioso y dio un paso adelante. Tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás y mientras él la miraba hacia abajo, se maravilló de lo que la vida le había dado. Con la débil luz sus ojos no eran cafes, sino negros tan profundos que podría ahogarse. Su boca estaba ligeramente abierta y su respiración era rápida. Podía sentir los pequeños soplos de aire de su aliento contra su garganta. Ella se acercó un centímetro más, sin necesidad de tener que impulsarla por la espalda.
¡Sí!
Inclinó la cabeza hacia ella, deteniéndose cuando puso una pequeña mano en su pecho.
—¿Qué?—. Susurró, casi en estado de pánico. No lo iba a parar, ¿verdad? Si esto fuese un no, iba a aullarle a la luna. Estaba hinchado de deseo. No estar dentro de ella lo antes posible era inconcebible. Si no podía saciar su lujuria en este momento, era probable que le causara una lesión permanente, lo dejaría cojeando toda la vida.
—¿Cómo sabías que esta habitación era mi dormitorio, era el mío?—, preguntó en voz baja.
Oh, joder.
Esto era precisamente la clase de error que podría costarle la vida en el campo de batalla. Jacob había estado encubierto en lugares peligrosos con gente peligrosa. Mantener su tapadera era una necesidad de vida o muerte. La jodías y estabas muerto.
Controló su respiración y suavemente quitó su mano del pecho. Su corazón había dado un gran salto con sus palabras. Esperaba que ella no lo hubiera sentido. Estaba pensando frenéticamente, intentando que alguna cantidad de sangre subiese a su cabeza para poder razonar. Se llevó la mano a su boca y la besó en la muñeca. Cada vez que le tocaba la piel, notaba como un pequeño shock al sentirla tan increíblemente suave.
Ella estaba mirándolo, sin sonreír, esperando.
Jacob compuso una sonrisa tímida en su rostro.
—Por el olor.
Renesmee parpadeó.
—¿Por…, perdón?
—Tengo un sentido del olfato muy agudo—. Era cierto. Podía oler los explosivos casi tan bien como los perros labradores que utilizaban los especialistas. Deslizó su dedo pulgar sobre su pómulo, hacia abajo, hasta la línea de su cuello.
Inclinó la cabeza y la besó bajo su oreja, oliendo fuerte, como un perro.
—Hueles maravillosamente bien, —susurró—. Como a rosas y el cielo. Simplemente me dejé guiar por mi nariz. Toda la casa huele un poco como tú, aunque haya olores a comida en la cocina y el comedor, el salón huele a limón, pulimento y a humo de leña. Pero esta habitación, huele a ti y solo a ti. Me detuve donde el olor era más fuerte.
La había complacido. Ella sonrió con incertidumbre.
—Eso está bien. Me pregunto si tal vez lo soldados deberían usar el olfato para poder orientarse con él en lugar de brújulas.
Él deslizó el dorso del dedo índice por su mejilla, a lo largo del hueso de su delicada mandíbula y a continuación por el escote de su vestido.
—Lo hacemos. Los soldados usamos mucho el sentido del olfato. Yo no dejaba que mis hombres fumaran durante dos días antes de salir para una misión, por ejemplo—. Se inclinó y acarició con su nariz la suave piel bajo el lóbulo. —Aunque debo admitir que nunca he olido en el ejército algo tan bueno como tú.
Podía sentir que en sus labios aparecía una sonrisa real contra su mejilla.
Ahora estaba más relajada e inclinó ligeramente la cabeza para que él pudiera acariciarle el cuello con los labios. Jacob comprendió que ella, un poco temerosa, debió advertir su intenso deseo. Pero, su broma, aunque mala, la tranquilizó. Le hizo entender que él no perdería el control.
Tenía la esperanza en Dios de que ella tuviese razón.
Si ésta no hubiera sido su propia fantasía personal, si ella fuera menos hermosa, menos deseable, sería mejor. Así como estaban las cosas, Jacob sabía que su autocontrol no duraría mucho más. Si fuese un caballero, se tomaría su tiempo. Se sentaría en la cama con ella y conversarían asegurándose de que estuviera relajada. Calmándola. Se tomaría mucho tiempo con los juegos preliminares. Le haría el amor lenta y cuidadosamente. Eso era lo que haría un caballero. El Coronel le había inculcado buenos modales y él los había absorbido, pero esto era una pequeña capa. Él era un depredador por naturaleza, diseñado para que la sangre prevaleciera a toda costa. Esto, añadido al hecho de que su padre biológico había sido un brutal y repugnante borracho y conociendo su gusto con las mujeres, probablemente su madre había sido una puta. Los pensamientos de las amantes de Coronel se arremolinaron en su cabeza, pero la sangre de su padre corría por sus venas.
Jacob no tenía ninguna experiencia en contenerse con las mujeres. No tenía ni idea de cómo cortejar a una dama. En realidad, no tenía ninguna experiencia en acostarse con una dama tampoco. Si ésta de ahora no hubiese sido Renesmee, habría estado encima de ella, jodiéndola, en este mismo momento.
Jacob pasó la mano por la línea de su espalda, deslizándola hacia arriba y alrededor de la taza de su pecho, cubierto por el sujetador.
Renesmee se sacudió.
Su boca estaba tan cerca de ella que podía sentir su aliento en pequeños y ahogados suspiros, la respiración desigual de alguien que estaba bajo tensión.
—¿Estás nerviosa?—. Susurró.
Ella se aclaró la garganta.
—Un poco—, confesó.
—No lo estés—. En un segundo se había deshecho de su sostén, y su mano ahuecó su suave pecho redondeado, el pulgar frotando suavemente su pezón. Podía sentir el latido del corazón, rápido y ligero. Le tuvo que preguntar. —¿Te asusto?
—¿Tú?—. Renesmee se retiró un poco para mirarlo a los ojos. —No.
Su aliento salió en soplo de alivio.
—Eso es bueno. Porque no te haré daño. Te prometo que...
—No—. Sus ojos lo miraron, su boca torcida en una débil sonrisa. —Te creo.
Jacob deslizó las manos por su espalda y las trasladó a sus hombros. Despacio, corrió el vestido abierto por sus hombros mirando cómo caía al suelo, junto con el sujetador.
Ella estaba casi desnuda, tan solo con unas braguitas negras, las medias negras cubriendo hasta sus muslos y zapatos de tacón negro.
Era como una visión de fantasía. Jacob pensaba que había convertido los recuerdos de Renesmee durante todos esos años en una mujer demasiado bella como para ser real. Como resultado, sus recuerdos no le hacían justicia.
Jesús, era tan hermosa que le dolía el corazón. Pálida, perfecta, tan delicada que casi daba miedo tocarla. Algo en su expresión debió haberla preocupado porque la mirada ansiosa estaba de nuevo en sus ojos. Aunque no levantó las manos para cubrirse, tenía los hombros encorvados, como si quisiera de alguna manera ocultar sus pechos. Debía que decir algo para tranquilizarla.
—Eres tan jodidamente hermosa —le susurró y luego se estremeció—. Ouch. Eso no ha sonado tal como quería decirlo, lo siento.
De alguna manera funcionó. La había hecho sonreír.
—Gracias. No es la expresión más elegante pero… gracias.
¿En qué punto se encontraba ella? Necesitaba saberlo.
Jacob se arrodilló delante de ella, colocó un delicado pie sobre su muslo y deslizó lentamente la media hacia abajo por su pierna. Dios, esta era una escena de fantasiosa también, planeada para volver loco de lujuria a cualquier hombre.
Sus piernas eran largas, delgadas sin ser flacas, con los tobillos más delicados que alguna vez hubiera visto. En un momento le quitó los zapatos.
Jesús; hasta los pies lucían magníficos. Pequeños y pálidos, con un arco elegante.
Jacob nunca había sido un aventurero en la cama. Una vez que tenía a una mujer allí, su estilo habitual era subirse encima y ponerse en ello. Una vez que estaba haciéndolo, podía quedarse haciéndolo durante horas, pero no era muy bueno en materia de preliminares. Raras veces se bajaba, raras veces se quedaba abajo. Carne y sexo con patatas, ese era su estilo.
Pero en este momento pasando sus manos a lo largo de las largas, elegantes y suaves piernas de Renesmee tuvo el impulso repentino de besar los dedos de sus pies, uno por uno. Chuparlos. Pasar la boca por el arco de su delicado pie. Mordiéndolos ligeramente hasta su estrecho tobillo.
Su respiración se hizo irregular mientras contemplaba sus bonitos pies. No, decidió por último. De ninguna manera iba a comenzar por los dedos de sus pies. Se correría antes de llegar a las rodillas.
Subió la mano por encima de su pierna, inclinándose hacia delante, con la boca al mismo nivel que su ombligo. Hociqueó su pequeño vientre plano mientras acariciaba sus delgadas pantorrillas, deslizando un dedo detrás de sus rodillas, alrededor de la parte interna de su muslo hasta que acunó su monte, moviendo la mano suavemente hacia delante y hacia atrás en una señal silenciosa de ensanchar su postura.
—Ábrete para mí—, respiró contra su vientre. Vacilante, Renesmee apoyó el pie en su muslo, separando sus piernas ligeramente. Él mantuvo un brazo sosteniéndola alrededor de su cintura para que no se cayese.
El almizcle perfumado de rosas se elevo de ella, el perfume almizclado de la excitación de Renesmee. Podía olerlo con claridad, procedente de la mata suave de su bello de color claro entre los muslos. Nunca hubo un olor tan bueno. Suavemente, Jacob introdujo un dedo dentro de ella y casi lloró de miedo y alivio.
Estaba mojada, bien. Su dedo se cubrió de humedad mientras la penetraba con cuidado. Pero no estaba lo suficientemente mojada aún. Estaba terriblemente apretada. Su pequeño coño cerrado se apretaba alrededor de su dedo como un tornillo húmedo y suave. Sondeó con el índice, suavemente, retirándolo para extender la humedad alrededor de su apertura. Jacob actuaba sólo con el tacto, observando atentamente su rostro. Cuando el dedo rozó su clítoris ella expulsó una repentina respiración, con la boca redondeada en una O.
—¿Te gusta esto?—, murmuró, acariciándola con cuidado, esperando que los callos de su piel no le hiciesen daño. Todo lo relacionado con su pequeño coño le parecía tan delicado, los tejidos increíblemente suaves. Pasó el dedo sobre su clítoris nuevamente, y sus piernas temblaron. Si no la tuviera agarrada con las manos, no la hubiese sentido.
—Sí, —susurró en la oscuridad—. Me gusta.
Jacob se levantó lentamente, haciendo una mueca de dolor de su entrepierna, su polla frotándose contra el algodón, duro, besó su camino hasta el centro de su pecho, hasta el cuello, a lo largo de su mandíbula; suaves y tranquilizadores pequeños besos. Realmente piquitos. Con el dedo todavía dentro de ella, podía sentir literalmente lo que la transformó y sólo fue su pura mala suerte lo que lo hizo tan tierno. Con cada beso suave, ella se volvía un poco más húmeda y el dedo podía deslizarse con mayor facilidad. Cuando el acarició la piel bajo su oreja, ella suspiró y se movió contra su mano, su apertura más suave ahora y más caliente.
Jacob movió la otra mano de la cintura al hueco de su cuello, sus dedos enredados entre los hilos de seda con olor a rosas de su pelo. Éste cayó sobre su muñeca en una sedosa cascada. La besó suavemente, cuidadosamente y ella suspiró en su boca, moviéndose bajo sus manos, acercándose a él, cubriendo su boca con la suya. No mostró ningún signo real de deseo de dirigirse hacia la cama para hacerlo. Ella disfrutaba con los besos, los suaves toques, las caricias.
¿Era esto lo que hacían los caballeros? ¿Siempre besos? ¿Conseguían follar alguna vez? Jacob creía que el vapor iba a escaparse de su ingle y le haría daño en la polla. También le dolía respirar. Sintió bandas presionando alrededor de su pecho, exprimiendo el aire de sus pulmones.
Lo único bueno consistía en que los besos estaban funcionando. Jacob acarició su lengua con la suya y ella se apretó alrededor de su dedo con una ondulación.
¡Sí!
¿Funcionaría con sus pechos? Jesús, ¿por qué no tenía tres manos? Una para trabajar con los pliegues suaves y mojados de su sexo, una en el hueco de su cuello, y otra libre para tocar sus pechos delicados y firmes. Sólo tenía dos manos, por esa nefasta falencia física iba a tener que tomar una decisión. Quitar la mano de entre sus muslos era impensable, tendría que ser la mano que acunaba su cabeza.
Solo que amaba la sensación de su pelo desbordándose sobre su mano, con sus dedos poseyéndola todavía mientras la besaba.
La apretó más duro contra él, como si le quisiera decir,
—Quédate.
Ella lo hizo y no se alejó, incluso cuando él profundizó más en su boca con la lengua.
Jacob ahuecó su pecho, amando la sedosa firmeza. Era pequeña y encajaba perfectamente en la palma ahuecada de su mano. En ese exacto momento, Jacob Black dejó de ser un hombre al que le gustaban los pechos grandes y cambió para siempre a los pequeños, delicados, perfectamente formados y rematados por delicados pezones rosados.
¿Estaban duros todavía? Sólo había un modo de averiguarlo. Tiernamente acarició en círculos los pezones con el pulgar, la aterciopelada textura delicadamente suave contra su piel áspera. Cuando los tocó, ella se apretó con fuerza contra su dedo profundamente insertado dentro de ella y gimió suavemente en su boca. Una gota de humedad se deslizó por su palma.
Temblando, sacó su mano y levantó la cabeza. Esto llevó a Renesmee un segundo para abrir los ojos y lo miró, aturdida.
—Desnúdame—, le susurró él.
—Está bien—, susurró de nuevo. Él no tenía ni idea de por qué estaban susurrando. Tal vez era debido a la semioscuridad de la habitación, o a la idea de estar aislados en mitad de una tormenta de nieve, o simplemente a la intensidad de las sensaciones que parecían llenar la habitación.
Vacilante, Renesmee extendió la mano y tocó su estómago. Jacob tuvo que frenar un gemido cuando ella buscó un camino hacia donde su jersey desaparecía debajo de la cintura de sus vaqueros. Ella llegó hasta él, el dorso de sus dedos rozando su erección, que aumentó. Sus manos saltaron, como si hubiera tocado algo que la quemaba.
Jesús, tuvo que apretar los músculos de su ingle con fuerza para no correrse.
—Lo siento—, dijo sin aliento, alzando la vista hasta él con los ojos muy abiertos.
Jacob no pudo responder. Sabía que estaba a un segundo de correrse. Si ella lo tocaba allí otra vez, él se derramaría y estaría avergonzado para siempre.
—Tal vez debiera hacerlo yo—. Respirando pesadamente, con la piel cubierta de sudor, se alejó cruzando los brazos para quitarse el suéter. Un segundo más tarde sus manos estaban en el botón de sus vaqueros, sacándolos fuera, junto con sus calzoncillos, calcetines y botas.
Su polla saltó libre. Sus ojos se ensancharon y Jacob miró hacia abajo.
No podía culparla por la mirada desconfiada de su cara. Joder, su polla casi le daba miedo a él.
Era de color rojo oscuro y estaba hinchada, dura como un garrote, con grandes venas visibles, llorando en la punta. No le dejó ver más que un atisbo de él. Ahuecando las manos alrededor de su cabeza, dio un paso adelante y la besó, más profundamente que antes poseyendo completamente su boca, andando hacia atrás unos pocos pasos hasta llegar a la cama. Cuando la parte de atrás de sus rodillas rozaron el colchón, la cogió y la colocó suavemente en el centro y después bajó hacia ella.
La sensación de tenerla bajo él era alucinante. Ahora estaba actuando con instinto ciego, incapaz de planear, o de pensar de ninguna manera. En un segundo, le abrió los muslos con sus propias manos, ahuecando su cabeza cuando la besó profundamente.
No había manera de poder esperar. Abrió sus muslos más para abrirla totalmente, su polla se deslizó a lo largo de los pliegues de su sexo; entonces la penetró con un duro empuje, deslizando la polla por los tejidos apretados, el calor y la presión excitándolo insoportablemente. Se sentía como si hubiera pegado la polla a un enchufe. Un hormigueo estalló por todo su cuerpo, una explosión de calor y de luz dentro de su cabeza, un cable eléctrico a lo largo de su espina dorsal y con el siguiente latido del corazón se corrió durante largos momentos, en duros arroyos que le hicieron temblar.
Era totalmente imparable, no había absolutamente nada que pudiese hacer al respecto. Cada músculo de su cuerpo estaba contraído y tembló y gimió cuando explotó dentro de ella. Aunque era incapaz de pensar con claridad, en algún nivel profundo se dio cuenta que podía morderla con el entusiasmo, por lo que separó su boca de la de ella y enterró su cara en la nube de su pelo, el olor de rosas prolongando los espasmos. Parecía que se seguiría corriendo para siempre, temblando y gimiendo, con cada gota líquida de su cuerpo que salía a borbotones de su polla.
Se aferró a sus caderas en un apretón de muerte, empujando con los dedos de sus pies, moliendo dentro de ella tan profundamente como podía y simplemente se quedó colgado mientras explotaba, con el corazón latiéndole al doble de tiempo, el aliento saliendo de sus pulmones como si hubiera realizado una carrera de veinticinco kilómetros.
Su sudor la estaba bañando.
Le llevó años antes de ser capaz de calmarse. Cuando recobró el aliento y le volvió la mente, hizo un balance y su corazón se hundió.
Jacob estaba tendido sobre Renesmee, sin hacer ningún esfuerzo para evitar algo de su peso sobre ella, aunque pasaba unos cincuenta kilos más. Estaba pegajosa por todas partes y sentía litros del semen que había vertido dentro de ella. Sus ingles estaban mojadas y sabía que se había filtrado para manchar las sábanas de flores.
Era conocido por su resistencia, pero esta noche fue de nuevo como un chico verde de quince años. No había durado ni un minuto, se había corrido al instante en que había entrado en ella. El explosivo clímax le había borrado la mayor parte de su memoria, pero sabía algo indiscutible.
Renesmee no se había corrido.
Tío, la has jodido y bien.
