Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lisa Marie Rice.
CAPÍTULO 6
Summerville
Bien, ella lo había pedido.
Renesmee se encontraba aplastada bajo el peso pesado de Jacob y se esforzaba por respirar. El hombre pesaba una tonelada. Trató de expandir sus pulmones en silencio y contempló la situación. Necesitaba oxígeno y espacio. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Sería aceptable empujarle por los hombros y enviarle la indirecta de que debería bajarse de encima de ella? ¿Sería muy grosero?
¿Cuánto tiempo después de tener sexo deberían estar abrazados? Y por supuesto, la gran pregunta: ¿Era de los que abrazaban?
En realidad, no se parecía mucho a alguien que lo hacía. Había estado triste y silencioso la mayor parte del tiempo, durante toda la noche. La generalidad de los que abrazan era cálida y habladora. Tal vez pertenecía a la clase de hombres que después de tener sexo, se apartaban de la mujer y se levantaban, la tribu más triste de amante que existía. La clase que te dejaba sola y melancólica en la cama.
Había conocido a algunos de ellos.
Lo que a Renesmee más le gustaba del sexo era la sensación de cercanía. La sensación de que en ese pequeño momento en el tiempo, no estaba sola. Le gustaba tocar y ser tocada, las palabras cariñosas susurradas al oído, aunque sólo fuesen ciertas en ese lapso. Incluso un poco de calor humano era mejor que nada.
Era básicamente lo que quería de Jacob, aunque sabía que el sexo tenía que venir antes. Nunca había disfrutado realmente mucho del sexo, aunque había pasado tanto tiempo desde la última vez que había dormido con un hombre que ya casi no se acordaba de lo que esto tenía de bueno. Pero realmente disfrutaba el después. Tranquilamente, recostados en la oscuridad, con los brazos de un hombre abrazándola escuchando el latido consolador de otro ser humano.
En este momento el suyo latía al triple de tiempo. Debía ser un polvo extraordinario porque estaba agitándose, gimiendo y jadeando, casi como si le doliera. También estaba igual de caliente que un radiador. Si no había nada más, el sexo rapidito la había librado de la profunda frialdad que había sentido. Jacob Black era como una enorme, pesada y peluda manta eléctrica.
Vacilante, Renesmee levantó la mano y la colocó sobre su hombro, preguntándose si tendría valor para empujarlo.
Se distrajo al instante con la sensación de sentirlo bajo sus dedos. No parecía que hubiera nada, en absoluto que se pudiera romper en él. El músculo de su hombro era denso, marcado, duro como el acero. Acarició la pesada musculatura con incertidumbre y se sorprendió cuando él cogió la mano de su hombro y se la llevó a la boca. Besando su palma primero y luego el dorso, como si estuviesen en un baile, en lugar de estar acostados juntos, con su pene todavía dentro de ella.
Se movió un poco y murmuró:
—Estás aún, eh…
—¿Duro?—. Completó él. Estaba acostado con la mejilla apoyada en su pelo, tan cerca que podía sentir las ráfagas calientes de aliento sobre la sien, alborotándole el pelo. Tenía la boca a unos centímetros de su oído y la voz profunda, tanto que parecía como si estuviera hablando dentro de su cabeza, enviando escalofríos por su espalda. —Sí. Oh, sí. Sólo acabo de empezar contigo.
Se apoyó sobre sus antebrazos musculosos y la miró hacia abajo. Sus rasgos eran borrosos en la penumbra, el blanco de sus ojos y sus dientes acentuaban su piel oscura. Entrelazó las grandes manos alrededor de su cabeza y se inclinó para besarla, con suavidad, con su boca moviéndose cuidadosamente contra la suya.
Levantó la boca durante un momento e inclinó ligeramente la cabeza para poder besarla desde otro ángulo. Besos dulces. Besos como la primera vez. Un abrazo y beso post coital, excepto que todavía estaban teniendo sexo. Más o menos.
Todavía estaba duro como el hierro en su interior, pero no se movía. Lo único que hacía era mover su boca contra la suya. Sus besos eran cálidos, profundos, un suave deslizamiento de su boca contra la suya. Era fácil perderse a sí misma en ellos, en particular ahora que podía respirar de nuevo.
Levantó la cabeza una vez más, su mirada era penetrante en la penumbra.
—¿Estás bien? —susurró, con la boca a centímetros de la suya—. ¿Te hice daño?
Renesmee sonrió, empujando hacia atrás un mechón de pelo negro que le caía sobre la cara.
—Parece que piensas que soy una especie de pastel de crema—. Ella negó con la cabeza, su pelo rozando apenas sobre la funda de la almohada. —Te aseguro que no lo soy.
Él parpadeó. En un instante su expresión cambió por completo. Las débiles líneas de bondad y ansiedad alrededor de sus ojos desaparecieron y su rostro se volvió severo, con las fosas nasales dilatadas. El calor en sus ojos era visible incluso en la penumbra.
—Oh, pero tú eres… —Su voz era ronca, puro sexo—. Eres como un delicioso pequeño bombón de nata y yo podría comerte inmediatamente. Por todas partes.
No había ninguna duda acerca de su significado. Inesperadamente, una imagen apareció en la parte más primitiva del cerebro de Renesmee. Se vio a sí misma extendida sobre una cama, y la cabeza oscura de Jacob sobre sus muslos, con sus grandes manos agarrando y separando sus muslos. La imagen era inquietante. No, no era inquietante, era excitante. Sin lugar a dudas. Su vagina se apretó alrededor de su pene con el pensamiento. Inmediatamente, él aumentó de tamaño y se alargó en su interior.
Sus ojos sobresaltados se encontraron con los suyos.
—Te gusta la idea, —dijo con voz baja y profunda. Había líneas entre su boca—. Te has excitado.
—Sí, bueno…Yo… Debería gustarme.
Su voz estaba sin aliento. Estaba completamente distraída con lo que estaba sucediéndole a su cuerpo. Cada pulso de su pene provocaba un pequeña contracción apretando sus músculos interiores a su alrededor.
Increíble. Esto nunca le había pasado antes, una conexión tan íntima y tan intensa que podía sentir los cambios del cuerpo del hombre en su interior.
Renesmee no solo se excitó con el pensamiento de Jacob Black en la parte baja de su cuerpo, estaba excitada con él. Mientras su cabeza daba vueltas con pensamientos neuróticos y afligidos y había estado reticente y vacilante, su cuerpo había corrido por otro camino hacia delante sin ella, excitándose por sí solo.
No había duda de ello. Ahora que realmente le estaba prestando atención y su cabeza había conectado con su cuerpo comprendió que estaba más excitada, de lo que alguna vez había estado en toda su vida.
Jacob Black podía ser de rostro serio y seguro que no era el hombre más conversador del mundo, pero a su cuerpo le importaba un comino, porque quizá era el hombre vivo más sexy. El hombre más… masculino que ella había visto nunca.
Todo lo relacionado con su cuerpo era una fuente intensa de placer, desconcertante. Su tamaño, los duros músculos, la gruesa mata de pelo oscuro, su nervudo pecho rozando sus pezones cada vez que respiraba, su grueso pene tan duro como el hierro enterrado profundamente dentro de ella…
Dios, sólo la sensación de tenerlo…
—Me encantaría bajar sobre ti, cariño, —dijo con voz oscura y ahumada—, pero tendría salir de dentro de ti primero y tendrían que amenazarme con una pistola en la cabeza para que hiciera eso en este momento—. Deslizó sus manos grandes hacia abajo por sus costados para agarrar sus caderas mientras comenzaba a moverse dentro de ella.
Durante mucho tiempo se deslizaba lenta y profundamente, lo que la llenó de calor.
—De ninguna manera —susurró—. Eso será para más adelante, cuando pueda pensar en algo más además de esto—. Se lanzó hacia ella, con un fuerte empuje que lo llevó aún más profundamente en su interior.
Renesmee tuvo que estirar los brazos para sostenerlo. Sus manos se deslizaron sobre los músculos lisos y duros de sus brazos sin poder agarrarse. Frustrada, pasó las manos por debajo de sus brazos, poniendo las palmas contra el musculoso deltoides, y se agarró a él. Podía sentir el juego intenso de músculos mientras se movía contra ella, dentro de ella.
Su cuerpo alto y duro era una gran zona erógena, el vello áspero de sus piernas rozándose contra las suyas abiertas y sus grandes manos sosteniéndola por la cabeza mientras la besaba todavía. Todo lo que había en él era tan diferente de ella que cada caricia y cada beso era un nuevo territorio sin explorar.
El beso se hizo más profundo convirtiéndose en rudo. Ella jadeó cuando su vagina se convulsionó de nuevo. Él la sintió. Sentía todo lo que ocurría en su interior. Sabía lo que le estaba ocurriendo a su cuerpo casi antes que ella.
Jacob se apoyó en los brazos, levantando su torso y alejándolo de ella completamente. Su pecho era tan amplio que parecía llenar enteramente su campo de visión, sus músculos pectorales ampliamente marcados. Renesmee miró con avidez los bíceps enormes, duros y perfectos. Las manos le picaban por acariciar todo ese músculo firme, esculpido. Extendió la mano tentativamente para acariciar su pecho y todos sus músculos marcados se estremecieron. Sus ojos ardían en ella.
—Míranos, Renesmee, —le ordenó en voz baja—. Mira cómo estamos unidos.
Sorprendida, Renesmee miró hacia abajo a la unión de sus cuerpos. El bello se le erizó en la nuca de su cuello, en sus antebrazos. Nunca había visto nada tan erótico como sus cuerpos unidos, juntos por sus sexos.
Sus manos se agarraban a sus bíceps, su piel era muy pálida contra la suya más oscura. Vio cómo los duros músculos de su estómago se contraían con los empujes largos y lentos. Su vello púbico entremezclándose y deslizándose en el punto más profundo de ella, mientras que sentía adentro, cada centímetro de él, su cabello negro mezclándose con los pálidos de ella. Cuando sacó su pene, brillaba con el semen que la había lubricado y sus propios jugos.
Con cada deslizamiento, la excitación de Renesmee aumentaba. Ella los miró haciendo el amor, en el cuarto silencioso y quedo, con empujes lentos y regulares. Cualquier pensamiento de frío fue desterrado por completo de su cuerpo. El calor se elevaba de su ingle como si estuviese frente a un horno. El calor era intenso, dentro y fuera, virutas de calor y excitación atravesando y recorriendo su sistema. Sus venas mismas se sentían incandescentes.
Renesmee estaba empezando a deslizarse en ese largo, delicioso clímax cuando una gota de sudor de su sien se cayó en su pecho.
Esto la electrificó.
Esta forma de hacer el amor, lenta y controlada le exigía un precio. Los músculos de su estómago estaban tan apretados que podía ver cada cresta del músculo. Renesmee deslizó una mano que agarraba su bíceps —con los tendones tensados claramente visibles— hacia su espalda y sintió su control incluso allí, en los músculos fuertemente apretados. Parecía como si fuese una estatua tallada en oscuro mármol en lugar de un hombre de carne y hueso.
El conocimiento de lo fuerte que se aferraba a su autocontrol la llevó justo al borde.
Con un grito agudo, Renesmee estalló en contracciones, exprimiendo con fuerza alrededor de él, temblando con la fuerza de su clímax.
—Dios—, murmuró él, cuando un escalofrío lo recorrió. Se dejó caer sobre ella con un gemido dejando caer las manos en sus muslos, los levantó en alto y los abrió separándolos, de modo que ella quedó completamente abierta y comenzó a empujar fuerte y rápido. Sus movimientos la mantuvieron en la cima del orgasmo durante un tiempo más largo del normal, en forma de pulsos de placer al rojo vivo recorriendo todo su cuerpo. Se aferraba a él tan fuerte como una persona perdida en una tormenta que se aferraba al tronco de un árbol. Cuando su orgasmo terminó y pudo respirar de nuevo, él giro su cabeza sobre la almohada, moviendo sus labios en su oído.
—Más, —susurró—. Quiero más, Renesmee—. Se le puso la carne de gallina cuando puso la mano en su culo y la levantó aún más fuerte. Cambió el ángulo de sus movimientos, y de alguna manera la base de su pene rozó directamente contra su clítoris. Descargas eléctricas corrieron a través de su cuerpo en ondas de placer intenso casi demasiado fuertes para poder soportarlas.
Por primera vez en su vida, Renesmee se convirtió en un ser puramente físico, con todo sus sentidos girando en un tumulto placentero atravesando el interior de su cuerpo.
Parecía como si se hubiese corrido con todo su cuerpo, no sólo con su sexo. Todos sus miembros temblaban mientras se aferraba a él, sintiendo los músculos de sus brazos tensarse cuando se deslizaba dentro de ella. Con los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia atrás, ella afrontó las ondas de placer hasta que no quedó nada más. No había nada más en ella, ni siquiera la fuerza para agarrase a Jacob.
Sus brazos y piernas cayeron abiertos, y su respiración se volvió lenta.
Jacob se paró.
—¿Renesmee?
Oh Dios, todavía estaba duro como el hierro en su interior, pero no había ninguna manera en la que ella pudiera participar. Todos y cada uno de sus músculos estaban débiles. Incluso era difícil mantener los ojos abiertos.
Débilmente, se dio cuenta de que había salido de dentro de ella. Se giró arrastrándola en sus brazos y utilizando su duro hombro como almohada, se dejó caer en un sueño sin sueños.
Vuelo 1240 de Air France
En mitad del atlántico en la ruta hacia Kennedy
La VISA de James había funcionado para un vuelo de primera clase a través del Atlántico con Air France. En L´Espace Première. (Primera clase)
Hasta el nombre tenía clase.
Riley estaba relajado en el cómodo asiento extra largo inclinado hacia atrás, como una cama y bebiendo a sorbos una copa de excelente champagne frío, seco. El real, no la orina caliente que servían en la clase del ganado.
El bueno del viejo James. Su tarjeta de crédito a su nombre volaría a Atlanta, donde él desaparecería de la faz de la tierra. Riley alzó su copa en un brindis. Estás aquí, amigo mío.
Biers miró a su alrededor en la cabina de primera clase, con su lujosa alfombra de felpa de colores parecidos a una joya. Era la primera vez que volaba en primera clase, pero por Dios que no sería la última.
Por primera vez desde Obuja, Riley se había relajado y comenzado a planificar los siguientes próximos días. Su cabeza estaba clara, y podía ver lo que debía hacer con inusitada claridad.
Estaba espectacularmente cómodo, bien alimentado, con una manta suave de pura lana virgen extendida sobre sus rodillas.
La cabina de primera clase se parecía a un pequeño santuario de colores suaves, voces suaves y mujeres bonitas. Incluso el aire olía a lujo. No había olor a diesel ni las alfombras sucias que siempre asociaba con volar. El aire estaba envuelto eǹ los caros perfumes de los otros pasajeros, el olor embriagador del boeuf en croute, que le habían servido para cenar, el Borgoña y la tarta de limón, coronada por el brandy Napoleón, servido en una gran copa de cristal.
No era de extrañar el hecho de que todos los ricos burgueses se comportaban de forma amable. ¿Quién no podía pensar en ser amable con bonitas azafatas compitiendo por servirte una fabulosa comida y vino, almohadas perfumadas deslizándose bajo tu cabeza, envuelto en la más suave de las mantas? Incluso los ruidos de los motores estaban amortiguados en primera clase.
Riley había volado por todo el mundo, principalmente en las zonas de carga, que estaban tan lejos de parecerse a la primera clase como fuera posible.
Se acordó de un vuelo de Ramstein a Yakarta. Quince horas de huesos rotos y congelación atado a un banco metálico contra una mampara, meando en un tarro.
Nunca más. Joder, no.
Riley agotó la copa.
—¿Más champagne, Monsieur?
Una azafata apareció y sirvió su copa de nuevo con un guiño y una sonrisa. Era alta y rubia, con unos indescriptibles ojos marrones. Él estaba en una misión, pero cuando recuperase sus diamantes, no ignoraría la próxima vez que recibiese una sonrisa como ésta.
Sólo había otros cinco pasajeros en primera clase, todos hombres de negocios, los cuales se estaban ya preparando para pasar la noche. Afuera, el cielo, a través de las ventanillas de ojo de buey, hacía tiempo se había oscurecido y ahora estaba negro. Habían cenado con vino y ahora estaban guardando sus ordenadores portátiles, doblando sus periódicos, quitándose los zapatos y uno por uno, convirtiendo sus asientos en camas.
Riley esperó hasta que las luces se apagaron, las azafatas se retiraron detrás de las cortinas y sus compañeros de vuelo estuvieron dormidos.
Sólo entonces sacó de su bolsillo tres hojas de papel fotocopiadas de una fotografía, un recorte de prensa arrugado y una fotografía digital. Las dos primeras habían sido dobladas y desdobladas miles de veces, y las imágenes no eran claras, pero aún así, le daban a Riley toda la información que necesitaba.
Miró primero la fotografía digital, tomada por uno de sus hombres, Fred Dupont, en Freetown. Fred se había quedado en la capital para abastecerse de munición, y mientras estaba esperando para regresar a su campamento base vio a Jacob Black dando vueltas, preguntando por ellos. Tomó la fotografía de Black y se dirigió a Obuja, donde Riley y el resto del equipo lo estaban esperando. Black en Sierra Leona era una mala noticia y Rileyy había organizado la incursión en el pueblo. No había esperado que Black apareciera tan pronto como lo había hecho.
Sus puños se cerraron alrededor de la copa de cristal de Glenfiddich. ¡Maldita sea! Si Black no hubiera encontrado la manera de llegar río arriba tan rápido, habría encontrado ruinas humeantes en Obuja y los hombres de Riley aún estarían vivos y serían ricos.
Riley tocó la hoja suave, rodeando la cabeza de Black con la punta de su dedo índice dejando que el odio y la rabia traspasaran su cuerpo. Black había tomado lo que era de Riley, y éste iba a pagar.
Pero primero, Riley tenía que encontrarlo.
Desplegó las dos hojas de papel y las alisó. La fotocopia de la derecha era un recorte de prensa, el papel de periódico estaba amarillento por el paso del tiempo. Había sido cortada de forma que sólo mostraba una fotografía y el título. La única indicación del nombre del periódico era… Ville Gazette. La fecha era del 12 de octubre de 1995.
La foto mostraba a una chica joven junto al piano en una sala de conciertos.
El título decía:
RENESMEE CULLEN OFRECIO UN RECITAL DE PIANO
EL JUEVES POR LA TARDE EN EL WILLIAMS HALL.
La otra fotografía era una foto común de la escuela. Había millones de fotos como esa flotando alrededor de los . Era la misma chica de la foto del periódico.
Ella era una preciosidad, eso seguro. El recorte mostraba un perfil casi oculto por el largo y rizado pelo. Podría haber sido cualquiera. Pero la foto del instituto era frontal, y tuvo que pestañear para asegurarse de que era real.
Pelo rojo dorado, magnífico. Una joven y más suave Nicole Kidman.
Eso fue en 1995. Hacía doce años. Por supuesto en doce años la chica podría haber engordado cincuenta kilos, perdido el pelo y los dientes. Muerto de cáncer. Parir un niño al año. Terminar haciendo trapicheos. En doce años podían suceder muchas cosas.
A Riley no le importaba de una manera u otra. Pero al hijo de puta de Black le importaba. Oh sí que le importaba. Era lo primero que sacaba para mirar por la mañana y lo último que miraba antes de acostarse.
No se hace eso a menos que sea una obsesión.
Riley había visto pasar mujeres dentro y fuera de la cama de Black y no dejar nada atrás. Seguro que Black no guardaba ninguna de sus fotografías como recuerdo. No guardaba nada, por lo que Riley podía ver.
Procuró de que no le pillasen mirando las fotografías, pero Riley sabía cómo colocar una cámara web, tan bien como cualquiera. Incluso había pillado a Black sacudiéndosela dos veces, con una mano sosteniendo una fotografía y la otra machacándose la polla.
Hacerle fotocopias a las dos fotografías había sido acertado. Riley había tenido un sexto sentido de que algún día iba a necesitar algo para poder controlar a Black y, como siempre, su presentimiento había acertado.
Black tenía sus diamantes y Riley los quería recuperar. Eran suyos. Había luchado por ellos, había sangrado eran suyos, joder.
Estaba absolutamente dispuesto a ponerle un cuchillo a Black para averiguar dónde estaban escondidos. Sin embargo, Jacob, al igual que todos los soldados de las Fuerzas Especiales, había sido entrenado contra la tortura. No solo eso, además era un hijo de puta duro. Era perfectamente posible que le sacase el corazón, en primer lugar.
Pero todos tenemos un punto débil, y Riley sabía el de Jacob. Un hombre que se hacía una paja con la fotografía una mujer, pasados doce años, probablemente tenía sentimientos hacia ella. Y podría estar dispuesto a cambiar veinte millones de dólares en diamantes por su vida.
