Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lisa Marie Rice.
CAPÍTULO 8
Summerville
—Renesmee, vuelve arriba. Por favor— Jacob mantuvo su voz amable pero quería gruñir de exasperación. El sótano que no tenía calefacción estaba húmedo y frío. Le tomaría por lo menos otra media hora hacer que funcionara el adefesio que Renesmee denominaba en forma risueña, caldera.
Ella estaba parada cerca de él ansiosa, con ganas de ayudar aunque no podía distinguir una llave inglesa de un lápiz de cejas y temblaba del frío. Las ventanas de la nariz, apretadas y blancas y sus manos eran de un azul lechoso aunque ella, de manera disimulada, las ponía debajo de los brazos cuando no la miraba. No soportaba verla así.
—No, —dijo aunque le castañeteaban los dientes—. Estoy bien. Quiero ayudar.
—¿Sabes qué me ayudaría?—Dejó el destornillador y retiró la placa—. Realmente me ayudarías si te vas arriba donde todavía hay algo de calor. Tus dientes me distraen. Suenan como castañuelas.
—Lo lamento—. Apretó la mandíbula.
El suspiró.
—Era una broma. Evidentemente no ha sido muy buena. — Sacó la placa y contempló los alambres oxidados y las tuberías goteantes con disgusto. —Por favor, sube, no soporto verte así. Lo digo en serio.
—Si tú no lo puedes soportar, yo sí puedo. Quiero decir, eres un soldado. Somos soldados. ¿Los soldados no permanecen juntos? —Se acercó para ver el interior de la caldera como si mirara a la cara a un enemigo despreciable de mucho tiempo—. ¿Así que éste es el interior de la bestia? No parece gran cosa. Quiero decir, considerando cuánto daño es capaz de causar.
Jacob apretó su mandíbula. No, no parecía gran cosa. Era la peor caldera, la más vieja y la más desgraciada que había visto y no podía creer que ella confiara en que este pedazo de mierda los mantendría calientes. Debía haber sido arrojada a la basura diez años atrás.
—Necesitas un nuevo filtro. Y una nueva carcasa y un nuevo tambor alimentador de agua.
—Explícamelo.
—Gastas más en arreglarla que lo que costaría una nueva. Estás desperdiciando electricidad.
—Uh-huh.
—Y ahorrarías aún más si compraras una…
—Una caldera condensadora, —terminó ella—. Lo sé. Créeme que lo sé. Me lo han dicho una y otra vez. ¿Qué puedo decir? No tengo el dinero para un filtro nuevo y, créeme, no tengo dinero para una nueva caldera. Tal vez algún día. Pero definitivamente ahora no.
Jacob rechinó los dientes. El compraría un filtro el lunes y lo instalaría mientras ella estuviera afuera. Paul el vago no tocaría nuevamente su caldera, por lo tanto, ella no lo sabría. Daría sus colmillos para poder comprarle una caldera nueva, pero sería difícil instalarla sin que ella se diera cuenta.
Joder, ¡Odiaba esto! Odiaba verla pálida por el frío, temblando y asustada por no tener calefacción. Era una locura que Renesmee tuviera que pasar aunque fuera un segundo sin dinero cuando él tenía tanto. ¿Para qué demonios tenía el dinero si no podía hacerle fácil la vida?
¿Pero cómo hacerle llegar el dinero? Un depósito súbito de un millón de dólares en su cuenta bancaria dos días después de aparecer despertaría muchas sospechas, aunque estaba tentado a hacerlo. Joder. Transferir un millón, tal vez dos para solucionar permanentemente sus problemas de dinero. Dios sabe que le quedaría mucho.
Era un pensamiento tan tentador que Jacob rechinaba sus dientes contra él mismo mientras sacaba el filtro del infierno, lo limpiaba y lo volvía a ensamblar.
Renesmee no estaba hecha para esta vida. Ella no tenía que vivir en una cáscara de casa, no importa cuán bella fuera, sin alfombras, sin pinturas, con paredes que necesitaban pintura, con un sistema de calefacción que no merecía confianza en lo peor del invierno. No tenía que estar mirando por los céntimos, continuamente preocupada y tener su rostro arrugado, con una apariencia ligeramente triste.
Jacob deseaba rodearla de comodidades. Quería comprarle cosas, cosas útiles y cosas tontas. Adornos hermosos que le arrancaran una sonrisa. Ropa, joyas, alfombras, objetos de arte para la casa. Quería que ella pudiera lograr que Masen fuera nuevamente lo que fue.
Iba a ser difícil lograr que ella aceptara el dinero, pero se las arreglaría. Iba a estar en su vida de ahora en adelante. Ya tenían relaciones sexuales. La iba a mantener en la cama tanto tiempo como pudiera durante este fin de semana. No había nada que uniera más que el sexo, por lo menos para una mujer como Renesmee.
No había tenido muchos amantes y ya habían pasado seis años desde el último. Había estado tan estrecha como una virgen y eso casi le había hecho perder la cabeza. No era una mujer fácil. Su cuerpo le dijo que ella escogía. Y por Dios, lo había escogido a él.
Jacob sabía por qué lo había elegido. Porque había estado ahí en un momento de depresión en su vida. El taxista había dicho que sus padres habían muerto el día de Navidad. Su hermana había muerto recientemente. Era su primera Navidad completamente sola y había estado triste e intranquila
No le molestaba haberla conquistador no por sus encantos, no tenía ninguno que él supiera, sino porque había estado en el lugar correcto en el momento correcto. Como un soldado, Jacob había utilizado sin piedad cualquier ventaja que pudiera obtener y si solo era una pequeña elevación por encima de un soldado enemigo, el viento que soplaba en la dirección oportuna o la cubierta de la noche.
Utilizaría su ventaja implacablemente este fin de semana también, teniéndola en la cama hasta el lunes, ella le pertenecería.
Ya le pertenecía, aunque ella no lo sabía aún. Y la cuidaría bien. Toda su vida solo había querido dos cosas, hacer las cosas bien para su padre y Renesmee.
De manera subrepticia ella caminaba arriba y abajo tratando de conservar el calor, su respiración formaba una pequeña nube alrededor de su cara. ¡Maldición! Cuidarla no comprendía que se le congelara su bonito trasero.
—Renesmee—, empezó, dejando la llave inglesa.
—No, —dijo ella con los dientes castañeándole. —Me quedo y te acompaño hasta que puedas encender esa maldita cosa y si lo haces, personalmente te nominaré para el Nobel. No te das por vencido. Lo que sea primero.
—Escucha, te vas jo… malditamente congelar.
—Sí.
—Te resfriarás.
—Sí.
—Así que sube arriba.
—No. —Esa hermosa barbilla puntiaguda se elevó un poquito.
Verdaderamente sorprendía tanta tozudez, le rechinaban los dientes tan fuertemente que lo podía escuchar. Jacob regresó a la caldera tratando de trabajar con doble de rapidez antes de terminar con un maravilloso cadáver junto a él.
Quince minutos después apretó el último tornillo y activó un interruptor. Se encendió una luz roja y un segundo después, con un gran estremecimiento como si un gran trasatlántico arrancara, la caldera cobró vida.
Renesmee tenía sus brazos alrededor de su cuerpo buscando calor, pero súbitamente los aflojó.
—Oh Dios mío, —murmuró con ojos inmensos en su cara pálida—. Lo hiciste. Lo arreglaste.
—Ya. —Jacob guardó ordenadamente las herramientas mirando la caldera con aversión. Lo había arreglado con el equivalente de goma de mascar y cinta adhesiva, pero mejor que funcionara hasta el lunes, cuando pudiese traer un nuevo filtro o lo arrancaría de la pared con sus propias manos. —Whoa.
Renesmee caminó directamente a sus brazos, colocando su cabeza en su pecho y sus brazos lo abrazaron fuertemente.
—Gracias, —susurró. Mirándolo con lágrimas en sus pestañas—. Oh, cielos. Muchas gracias. No puedo decirte cuánto temía estar sin calefacción durante todo el fin de semana.
Él alzó sus manos, una alrededor de su cabeza, la otra en su cintura sosteniéndola estrechamente, buscando palabras, pero no encontraba ninguna.
Eran emociones nuevas, para las que no tenía nombre, las que lo atravesaron con fiereza y crudeza, emociones que no sabía cómo manejar.
Nadie lo había mirado de esa manera, por cierto, ninguna mujer. Las mujeres lo miraban con lujuria, avaricia o indiferencia, nunca con la calidez y admiración que podía ver claramente en la hermosa cara de Renesmee.
—No es nada—, dijo bruscamente. Jesús, quería bañarla con perlas y diamantes. Mimarla y engreírla, resolverle sus problemas. Arreglar la caldera ni siquiera pertenecía a esa escala.
En respuesta, ella giró su rostro y le besó el pecho. No lo sintió a través de su sudadera, pero lo sorprendió. Era un gesto inconfundible de afecto.
Parecía que la había deseado toda su vida. La relación sexual que tuvieron el día anterior ni siquiera había empezado a borrarla de su pensamiento. Él no tenía problemas con el sexo. Era lo que sabía, la manera de poder manejar su lujuria y el pensar en poseerla mientras fuera físicamente capaz.
Lo que vio en el rostro de ella casi lo acobardó. Quería poner las cosas en un plano sexual, justo ahora, de tal manera que no sintiera esas cosas en su pecho, como inmensas rocas calientes. Se estaba inclinando para besarla cuando ella tembló con un escalofrío.
—Salgamos, —dijo duramente. Si hubiera podido patearse lo habría hecho. Jesús, mantenerla en este sótano frío y húmedo no era una buena idea. ¿En que estaba pensando? Se le había pasado por la mente bajarle los pantalones y poseerla ahí en el frío suelo de concreto.
¿Qué le pasaba? No trataría así ni siquiera a una pareja sexual casual. Y era Renesmee.
Con una mano en su espalda la dirigió a la cocina. No estaba bien. En la media hora que le había tomado arreglar la caldera, la casa se había enfriado de forma notable. Para él estaba bien, pero Renesmee la encontraría muy fría. Había solo un lugar al que ir, la cama.
Oh sí. Meterla entre las sábanas y empezar a poseerla. Tenía que sacarse ese sentimiento espinoso de su pecho.
Jacob mantuvo su mano en la parte baja de su espalda.
—Sigue subiendo.
Renesmee lo miró sorprendida. Se sonrojó cuando vio la excitación en sus ojos y sonrió ligeramente.
—De acuerdo.
Su dormitorio tenía grandes ventanales, sin cristales dobles. El calor simplemente se había filtrado, y ya estaba al borde de la congelación. La condensación se había helado en las ventanas, formando gigantescas estrellas sobre el cristal. Sus respiraciones formaban nubes alrededor de sus cabezas. Que Renesmee se desnudara despacio, como él hubiese querido, era inadmisible.
Se inclinó y la besó suavemente, pasando por delante de ella para destapar las sábanas.
—No te desnudes, solamente entra.
—Está bien—, susurró, quitándose los zapatos y acostándose. Se deslizó sobre ellas, mirándolo. Había dejado un gran espacio vacío al otro lado de la cama, una clara invitación, como si lo hubiese grabado en una tarjeta.
Jacob se desnudó, mirándola a los ojos. Había un poco de temor, un poco de timidez, pero también había beneplácito.
Se desnudó hasta la cintura, desabrochó los pantalones vaqueros y enganchó los pulgares en la cintura. Vacilando, finalmente se los quitó, llevándose con ellos los informes calzoncillos, los calcetines y las botas también. Los ojos de Renesmee se ensancharon cuando lo vio.
Él no tenía que mirar hacia abajo, podía ver en qué estado se encontraba con sólo mirarla a los ojos. Y podía sentir lo hinchado que estaba. Estaba tan duro como un palo, llorando ya en la punta, las húmedas gotas frías en la punta de su polla. Era en el único lugar donde sentía frío. El resto de su cuerpo estaba tan caliente que no sentía el frío en absoluto, a pesar de que estaba desnudo. Todo lo que tenía que hacer era mirar a Renesmee y pensar que iba a estar dentro de ella muy pronto, y un cálido rubor recorría su cuerpo.
—Has estado pensando en esto—, le dijo ella débilmente, cuando él se metió en la cama.
—Durante toda la mañana—. Su peso hizo que la cama se inclinase hacia un lado y ella se cayera contra él. Jacob la agarró, rodando encima de ella.
—Toda—Ella se echó medio a reír—. ¿Incluso cuando estabas arreglando la caldera?
Ah, Dios, se sentía tan malditamente bien, caliente y suave, la piel como la seda. Apoyó la parte superior de su cuerpo en los antebrazos, y la miró sonriendo, tan feliz como nunca lo había estado en toda su vida.
—No, en ese momento no. —Allá, abajo en el sótano, su único pensamiento había sido conseguir que la maldita cosa funcionase y conseguir sacar a Renesmee de allí a un sitio caliente. —Pero antes. Y después. Y sobre todo, ahora.
—Sí, puedo ver eso.
—Siéntelo. —De repente, Jacob quería sus manos sobre él, igual que quería su siguiente respiración. Se elevó encima de ella, a un lado. Le cogió la mano, delgada y suave, y envolvió sus dedos alrededor de su polla—. Siénteme, —le susurró—. Siente lo mucho que te deseo.
Sus dedos se flexionaron alrededor de él, una vez, y luego se cerraron. Siseó una oleada de sangre corriendo a través de él, directamente a su polla. Había tirado del edredón cubriéndose con él hasta los hombros, por lo que Renesmee no podía ver lo que estaba haciendo. Pero aunque no pudiese verlo podía sentir lo que estaba haciendo con él. Su mano en un puño alrededor de él, la bajó hasta la base, y luego subiendo lentamente, alisando su dedo sobre la cabeza de su polla. Bombeando con su mano y ésta estaba llorando otra vez. Ella podía sentirlo, la pequeña bruja. La timidez había desaparecido, y una sonrisa de pura seducción estaba en su cara.
Podía sentir todo lo que le estaba haciendo, cómo los músculos de su estómago se apretaban cuando rozaba el dorso de su mano encima de ellos. La otra mano que no estaba en su pene la tenía en su pecho, en su corazón. Podía sentir cómo se le cortaba la respiración, cómo se le aceleraba el corazón.
Jacob por lo general tenía un reloj en su cabeza y era tan preciso como al minuto. Pero ahora había perdido la noción del tiempo en la tranquila habitación. Estaba tan sombrío y nublado afuera, que era difícil saber la hora; no se escuchaba ningún sonido en el exterior.
Sólo estaban ellos, y los ruidos que estaban haciendo en el tranquilo cuarto.
Su respiración áspera, el crujido de la madera. El sonido de su ropa deslizándose por un lado de la cama cuando la desnudó bajo las sábanas. El crujido de los muelles del colchón cuando finalmente se puso encima de ella.
Ella hizo un lento sonido de ahhh, cuando él se echó encima y se posicionó, con su polla apenas adentro, comprobando si estaba lo suficiente mojada. Lo estaba, no completamente para él, pero sí lo suficientemente mojada. Más juegos preliminares tendrían que venir después, cuando la hubiese poseído, tal vez miles de veces más y se hubiese enfriado un poco.
En ese momento, si esperaba un segundo más para entrar en ella, se correría en su estómago, o le explotaría la cabeza por lo que empujó lentamente en su interior a su camino a casa.
Se sentía como de regreso al hogar.
No había ninguna duda en ello, su cuerpo le daba la bienvenida. Ella era apretada, pero no había ninguna resistencia, sólo la suavidad húmeda y caliente de su pequeño coño abriéndose para darle cabida a él. No tenía que sostener sus muslos abiertos, ella misma había levantado las piernas y las mantuvo abiertas, con los talones abrazando la parte posterior de sus muslos, los brazos alrededor de su cuello, arqueado hacia él.
Todo se sentía tan bien que se detuvo cuando estuvo totalmente dentro de ella, saboreando todo el deleite de estar en su interior. Era tan deliciosa aquí, tan caliente, que no quería irse nunca. Salirse para comenzar a empujar, parecía una locura, cuando ella estaba envolviendo cada centímetro de su polla; abandonar un poco de esto, no.
No.
Jacob empujó la polla a su interior, clavando los dedos de los pies en el colchón para darse más impulso, se meció dentro de ella. Diminutos pequeños movimientos le dieron la fricción que deseaba pero no requirieron que una parte de él saliese fuera. Hizo rodar sus caderas, girando y girando, profundizando aún más y con un pequeño grito, arqueando la espalda, con sus senos perfectos presionándose aún más fuertemente contra su pecho, ella comenzó a correrse. Las pequeñas contracciones de su coño tirando de él, exprimiéndolo. Se corrió con todo su cuerpo, con los brazos y las piernas apretándose alrededor de él, su boca buscándolo, con su lengua profundamente en su boca, acariciando su lengua al mismo tiempo que su coño.
¡Dios! Sin moverse, sólo por estar dentro de ella, Jacob se corrió, con grandes chorros de semen, temblando y sudando, con el corazón palpitándole y brillantes luces detrás de sus párpados.
No podía moverse, apenas podía respirar, era tan intenso, tan alucinante. Renesmee gemía en su boca, con sus brazos y piernas aferrándose a él con fuerza, como para impedirle que se marchase. Le gustaba que ella se aferrase a él con tanta ferocidad, pero no era necesario. ¿Por qué querría marcharse? No mientras cada célula de su cuerpo estaba inundada de un placer tan intenso que rayaba el dolor. No, salir sería imposible.
Las contracciones se calmaron poco a poco, despacio. Los mordiscos ásperos y besos profundos se ablandaron, convirtiéndose en una unión lenta, de labios lánguidos, mientras los músculos de Renesmee se relajaban, la respiración cambiando a un suspiro.
Con un último pulso intenso su clímax se extinguió, también. Jacob se extendió sobre ella, con los músculos como el agua. Pesaba demasiado, lo sabía, pero no se habría movido incluso si alguien le hubiese puesto una pistola en la cabeza. Tenía la cara enterrada en su pelo, una cascada de oro rojizo que le hacía cosquillas en la nariz. Olía a rosas, el perfume atravesó el camino hacia la parte más primitiva de su cerebro, el aroma a rosas siempre lo asociaría con Renesmee, con el sexo. Se endureció dentro de ella, y ella se echó a reír de forma un poco inestable.
—Todavía no, vaquero. Tengo que recuperar fuerzas.
Jacob sonrió. Tendrían sexo otra vez, y pronto. Por lo que a él concernía, tendrían sexo durante las siguientes treinta y seis horas, parando sólo para comer y ducharse. Pero a pesar de que su polla se ponía dura otra vez; durante segundos, no se movió, porque donde estaba, era perfecto. Sentirla, olerla, y sobre todo el sentido relajado de cercanía. Era casi tan bueno como el sexo y era algo que nunca había sentido en toda su vida.
Era la única cosa perfecta en su vida imperfecta.
Nueva York
Waldorf-Astoria
Si tienes el suficiente dinero, puedes conseguir lo que quieras, incluso el día de Navidad. Riley cogió un taxi hasta el barrio chino, donde se compró un vestuario completo, gracias a James. Dos trajes de excelente imitación de Armani, un abrigo de cachemira gris, dos pantalones de color caqui, cinco camisas blancas de vestir, cinco camisas de franela, dos suéteres, diez boxes de seda, diez camisetas de seda, dos pares de caras botas y una maleta falsificación Vuitton. Era para la nueva vida de Riley, tan pronto como le siguiese la pista al hijo de puta de Black.
Para lo que tenía que hacer mientras tanto, compró dos trajes baratos negros, cinco camisas blancas de lavar y poner, dos pares de jeans, dos sudaderas y una parka de cuarenta dólares. Todo le cabía en una bolsa de gimnasia.
Necesitaba darse un paseo a por el dinero. Tenía cuarenta mil dólares guardados en una caja fuerte en su casa en Monroe, pero no tenía ni idea si Black había alertado a la policía local, de modo que estaba descartado.
En este momento, su base de operaciones estaba aquí, en Nueva York, donde podría desaparecer al mismo tiempo que descubría dónde se había ido Black. Sacar dinero en efectivo con la tarjeta de James en un cajero automático era imposible sin el PIN.
Pero tenía una tarjeta para poder utilizar en un cajero automático de una cuenta en las islas Caimán que había abierto con el nombre de Nicholas Clancy. El dinero había salido de un trato muy lucrativo de armas de ex militares vendidas a un grupo rebelde de Ossetian, y el banco abastecía a la gente precisamente igual que él.
Era en esencia un proveedor de gran altura en las Gran Caimán. Sus clientes nunca los visitaban. El banco sabía para qué estaba allí y para qué lo necesitaban sus clientes, por lo que el banco les daba un límite de diez mil dólares para retirar al día en los cajeros automáticos.
La tarjeta platino de James había sido suficiente para la suite en el Waldorf durante todo el tiempo que le había llevado formular su plan. Riley estaba agradecido a James por haber amasado una fortuna en el mercado de valores antes de tomar la decisión de salvar el mundo convirtiéndose en un pacificador de las Naciones Unidas.
Todo en el Waldorf era puro placer, empezando con el portero de librea que le abrió la puerta del taxi. Riley presionó cincuenta dólares en su mano, calculando que pronto se correría la voz. El portero, vestido como un general de Ruritania, le entregó la Vuitton y la bolsa a un botones y escoltó a Riley a un gran vestíbulo de mármol como si en realidad Riley tuviese problemas para caminar hacia la puerta por sí mismo.
Maldita honradez. Había estado viviendo brutal y duramente toda su vida. Era hora de cambiar eso, y el Waldorf era el lugar justo para hacerlo, para dar un giro a su vida. Diez minutos muy agradables más tarde, le estaban mostrando su habitación, aproximadamente tres veces mayor que la mayoría de los cuartos donde había vivido como soldado, y aproximadamente diez veces el tamaño de la caravana donde había crecido.
Lujosas alfombras, muebles antiguos brillantemente pulidos, una cama grande y alta con cuatro columnas de dosel, un escritorio, profundos sillones de color borgoña, un cuenco con brillante fruta y alto arreglo floral. El Rey Sol no se habría sentido fuera de lugar.
Su maleta y su bolsa estaban colocadas cuidadosamente en un desplegado soporte. Avanzó un paso hacia el cuarto, dejando que la puerta se cerrara detrás, respirando profundamente. ¡Cristo, el lugar olía a riqueza! A pulimento de limón, a ropa de cama recién lavada y planchada, al dulce olor de las flores.
Si, se trataba del lugar perfecto para establecer la oficina central para dar caza a Jacob Black y recuperar sus diamantes.
Se tomó media hora en la lujosa ducha lavarse de África y el largo viaje en avión de su cuerpo, pero tenía más artículos de aseo para hacerlo de los que había comprado alguna vez en su vida.
El sombrío cielo de invierno se volvía oscuro cuando se vistió con sus vaqueros, sudadera y parka, saliendo rápidamente y haciendo señas a un taxi a una calle de distancia, por lo que el portero no vincularía al elegante hombre de negocios que había llegado una hora antes con el hombre común y corriente en ropa de calle. En el momento en que regresara, habría otro portero y después esto no sería un problema.
Porque Riley Biers, el soldado duro de pelar, estaba a punto de desaparecer para siempre.
