Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lisa Marie Rice.


CAPÍTULO 10

Summerville

—Oh si, dámelo bebe, —ronroneó ella— grande, grueso y caliente.
—Como tú quieras cielo—. Aceptó Alec Vulturi, sosteniendo las delgadas piernas de ella y penetrándola. Era suficientemente placentero. Ella estaba muy mojada y estaba rebotando con entusiasmo sobre su polla.

Alec no podía recordar su nombre. Karla o Kara o Karen, algo así. Se habían conocido la noche anterior en el Zig Zag. En Nochebuena el bar había estado a reventar y muy ruidoso. Ella se había deslizado en el banco vacío junto al de él después que la amiga con la que había estado se fue dejándola por un tipo.

Habían estado jodiendo las últimas 24 horas, sólo parando para comer, bañarse e ir al baño. No estar seguro de su nombre no era algo difícil. Llamarla Cielo estaba bien.

Kara o Karen echó su cabeza hacia atrás, cerrando sus ojos y moviendo las caderas.

Alec creía que su edad era alrededor de los treinta. Excepto por sus senos y su nariz, que probablemente solo tenían unos cuatro años.

Las mujeres con implantes de senos no deberían estar arriba, porque todo se balanceaba menos sus senos que parecían estar pegados a su pecho. Fascinado, Alec observo sus senos. Esas cosas grandes y duras que no se movían, como si fueran globos con agua bajo la piel de su pecho. Ella era delgada por todas partes, excepto por los globos de sus pechos - tetas en un palo-. Y con su cabeza hacia atrás, podía ver las señales de cirugía plástica en su nariz.

Y... ¿en su cara también? ¡Dios! No se había fijado en eso en el Zig Zag, y habían estado jodiendo en la oscuridad desde entonces. Quizás ni tenía treinta años.

Después de bombear energéticamente por algunos minutos, ella llego al orgasmo con un gran aullido, su sexo jalando el de él fuertemente, arrastrándolo hacia su propio clímax.

Con una sonrisa de plena satisfacción, ella se recostó sobre él, claramente con intenciones de quedarse ahí y apoyó su cabeza en el hombro de Alec.
El sintió el olor de sexo en los dos, ¡ugh! Hora de asearse.
—Oye cielo, lo siento pero la naturaleza llama—. Alec la hizo a un lado y rodó fuera de la cama, caminando desnudo hacia el baño, cuando pasó junto al vestidor se encontró con un vistazo de él mismo y se paró muy contento consigo mismo. Esas horas de gimnasio sí que hacían una diferencia. Tenía un abdomen plano, buen tono muscular, excepto que en este mismo momento se veía... poco elegante con un condón colgándole del pene. Se lo quitó.

Nada mal, pensó. Sigo manteniéndome y las damas seguro no se quejaban.

En el baño tiró el condón a la papelera, había cuatro condones más en el fondo.

Adoraba su baño. Gastó 30, 000 dólares remodelando cada precioso centímetro de él. Junto a la ducha había una bañera esculpida de un solo bloque de mármol que pesaba una tonelada. El suelo tuvo que ser reforzado especialmente antes de ponerlo en su lugar.

Alec entro en la ducha y sintió su entusiasmo elevarse a la vista de los acabados glamurosos y el azulejo Valentino. La ducha era de le misma calidad de un spa con treinta chorros, un masajeador de pies, con música y teléfono de manos libres.

Mientras se enjabonaba con su gel para baño de Clinique, Alec se dio cuenta que quería que la mujer que estaba en su cama simplemente desapareciera antes de que él saliese de la ducha. Ya estaba bastante jodido y ella no le gustaba demasiado como para pasar tiempo con ella sin tener sexo.

Ella no era la más brillante de su generación y tenía un vocecita chillona y molesta. Era buena en la cama y con su boca, aunque hubo un momento de sorpresa cuando en cierto momento bajo la vista a sí mismo y vio un pene negro, como si de repente le hubiera dado gangrena. Pero solo era la tendencia de Karla-Kara de usar lápiz labial negro de estilo gótico que estaba alrededor de su pene, pero aun así le había dado un buen susto.

Karla-Kara trabajaba en una agencia de publicidad y hablaba de música que él nunca había escuchado, de películas que nunca había visto, de bares a los que no había ido. Era tedioso.

Quería que se largara, para poder disfrutar de un gran tarro de caviar de Crimea de contrabando y de una botella de doscientos dólares de Don Perignon que se estaba enfriando. Estas delicias serian un total desperdicio compartirlas con Karla-Kara o cómo diablos se llamara. En el bar de donde se la había llevado, ella estaba bebiendo algo dulce y comiendo un club sándwich.

Quizás si tardaba lo suficiente en la ducha, ella entendería la indirecta, se vestiría y se largaría.

Ya le gustaría, se veía muy cómoda en su cama, como si nunca se quisiera ir. Era realmente molesto. Alec deseaba que hubiera un botón que pudiera presionar y "listo".

No más Karla, o Kara.

Le estaba pasando esto cada vez más a menudo después de que tenía sexo.

Ella estaba bien en la cama, pero aburrida y vulgar fuera de ella. Alec ya había tenido todo el sexo con ella que estaba dispuesto a tener. Se echó una mirada a sí mismo, a su polla para ver qué pensaba acerca de otro round.

Su verga se quedó firmemente hacia abajo, así que eso lo decía todo.

El pensamiento de más sexo con ella de hecho era un poco deprimente.

No, Karla o Kara o cómo diablos se llamara se había quedado sin puta suerte.

Escogió a la mujer equivocada para pasar el día de Navidad.

Él conocía a la mujer correcta pero tenía que esperar hasta después de Navidad para tenerla en su cama.

De regreso a su cama, de regreso a la vida.

El momento había llegado, Alec lo podía sentir. Él y Renesmee habían estado bailando alrededor uno del otro desde que eran adolescentes y el momento había llegado para hacerlo permanente. Ellos habían roto, se había separado algunas veces, la primera vez cuando eran unos adolescentes. Bueno, el iba de regreso a la Universidad en el Este, ¿no era cierto? y no podía tener una noviecita en un pueblecito que lo arrastrara sin importar lo rica que fuera su familia o lo bonita que ella fuese.

Y después Renesmee también había venido al Este, a Boston a una hora de viaje en tren. Y llego más hermosa. Tuvieron un par de revolcones y él estaba pensando seriamente en un anillo de compromiso cuando sus padres murieron en un accidente automovilístico.

Fue imposible dárselo después de eso.

Edward Cullen había estado haciendo algunas malas inversiones en ese momento, con las cuentas médicas y las deudas de su padre Renesmee se había quedado en la bancarrota, sobreviviendo por los pelos con la librería que tenía. Con eso y su grotesca hermana, no había habido tiempo para él.
Cuando Alec regresó a Summerville, pensaba a menudo en regresar con Renesmee, aunque ella no tuviera un centavo.

Renesmee tenía muchas ventajas. Era hermosa, culta y la podías llevar a cualquier lugar. Mientras el bufete de abogados de Alec crecía, él a menudo deseaba que Renesmee estuviera a su lado cuando hablaba con los clientes. Ella tenía un toque mágico con la gente que se extendía a él por asociación. Las pocas veces que se las arregló de convencerla para que lo acompañara a un evento importante, su cartera de clientes se había disparado a los cielos.

Pero ella había dejado muy claro que su primera, segunda y tercera prioridad era Carlie y que Alec estaba en un horrendo cuarto lugar.
Inaceptable.

Eso nunca fallaba para sacarlo de sus casillas, que ella prefiriese una patética discapacitada en vez de a él y la vida que le podía ofrecer.

Sabía que ella estaba en una difícil situación pero era por su propia maldita culpa. Ella insistía en mantener ese arcaico montón de ladrillos que se caía a pedazos alrededor de ella y no atendía a razones, no importaba cuántas veces le había dicho que lo vendiera.

Alec sutilmente había hecho que Masen fuese tasada y para su sorpresa, aunque se estaba cayendo, valía más de un millón de dólares. Mayor razón para vender. Tenía por lo menos setenta años. Ella está cayendo en una pobreza plebeya, yendo directamente a la ruina y él podía salvar su trasero, darle la vida a la que estaba acostumbrada, pero ella levantó su preciosa naricita y decidió quedarse con su incapacitada hermana.

No lo entendía.

Lo único que tenía ella que hacer era vender la maldita casa, poner a Carlie en un asilo donde pertenecía y donde el resto del mundo no la tendría que ver. Y después regresar con Alec, de hecho regresar a él, pues nunca le iba dejar olvidar que su virginidad se la entrego a Alec, y todos sus problemas se resolverían. Él fue muy claro de todas las maneras que pudo.

Bueno, Carlie ya estaba muerta !Gracias a Dios! Esta gran fuga en sus finanzas se había acabado, sin mencionar el lado asqueroso de esto. Incluso ahora, el recuerdo de Carlie, tullida en su silla de ruedas, con su cara tan marcada por cicatrices que se parecía a Freddie, con sus manos retrayéndose en garras, era suficiente para hacerle sentir enfermo.

Alec tenía el recuerdo de la última cita con Renesmee claramente en su memoria. La había llevado al Chez Max en Bedford. Cien dólares por cabeza y valía cada centavo.

Renesmee había estado particularmente hermosa esa tarde, vestida con un modelo negro de Versace. Alec no tenía ni idea como se había hecho con ese modelito, pero ahí estaba. Y se veía despampanante con él. Hacia girar cabezas.

Este era el lugar donde una mujer como ella pertenecía... y del brazo de un hombre como él.

Ella rehusó ir a la casa de él después de la cena, así que la llevó a su casa y aceptó su invitación a pasar.

Su rara hermana estaba despierta, sentada en la sala mirando la televisión. Renesmee le sirvió a Alec una bebida, hablando tranquilamente y le sirvió a su hermana un vaso de leche. Ella tenía que sostenerle el vaso y llevárselo hasta la boca e incluso así la mitad fue a parar a su pijama. Balbuceando confusamente, la mitad de su cara era tejido cicatrizado, y Renesmee esperó pacientemente a que terminara de recitar las idioteces que decía.

Después, ella puso su mano sobre la de ella y eso hizo que Alec casi vomitara. Su hermosa, delgada mano sobre... esa cosa monstruosa.

Alec dejó su whisky sin haberse sentado y salió echando pestes. Ella prácticamente lo había ignorado desde que entraron en su casa para revolotear alrededor de esa patética excusa de ser humano.

Bueno al diablo con eso, Carlie finalmente estaba muerta. Y Renesmee estaba libre.

Y aún pobre.

—Hola cariño, mamá se está enfriando—. Karla-Kara relinchó.
Alec rodó los ojos.

Era posible que se estuviera haciendo demasiado mayor para esto. Diablos, casi todos los clientes que tenía ya estaban casados, algunos en su segundo matrimonio y otros incluso ya iban por el tercero. Empezaban a lanzarles miradas extrañas cuando decía que estaba soltero.

Necesitaba una esposa. No una hermosa cabeza hueca que fuese buena en la cama hasta que se cansara de ella, lo cual siempre pasaba y a menudo muy rápidamente, sino necesitaba una esposa. Alguien que luciera bien de su brazo, que llevara su casa. Alguien que le diera hijos. Guapos, saludables e inteligentes hijos.

Mirándolo de esa manera, solo había una mujer que cumpliera todas las cualidades. Renesmee.

El mes pasado lo habían enviado a Seattle para conocer a un par de hombres de negocios que estaban participando activamente en la política. Después de un par de horas de charla, después de sondearlo sobre su opinión sobre ciertos asuntos de controversia, le preguntaron si le gustaría lanzarse para representante en las elecciones del siguiente año. No contestes, solo piénsalo.

Alec estaba hecho para la política. Tenía el porte, el cerebro, dinero y sobre todo conocía montones de gente que tenían más dinero que él y que podían ser convencidos para apoyarlo. Representante del Estado, gobernador, senador, Demonios incluso podía escalar hasta lo más alto.
Ese era su destino. Alec podía sentir el poder cosquilleándole en las puntas de los dedos.

Ya era muy mayor para andar jodiendo a diestra y siniestra. Bueno, al menos abiertamente. Esa parte de su vida se había acabado. Necesitaba la estabilidad de una vida hogareña, esposa e hijos. La esposa de un político tenía que ser fotogénica, tener gracia y ser presentable. Esa era Renesmee en un estuche.

Las esposas de los políticos necesitaban estabilidad y lealtad. Si alguna vez Alec era atrapado jodiéndose a una interna, necesitaba una esposa que estuviera a su lado y lo cubriera. Bueno si alguna vez hubo una mujer que no abandonara sus responsabilidades, que tenia la lealtad tejida en sus huesos, que incluso era demasiado leal, esa era Renesmee.

Sip, ella era perfecta. Mantendría una buena casa para él, sería una anfitriona encantadora, le daría hermosos hijos y pondría los intereses de su familia por encima de los de ella.

El momento finalmente era idóneo para ellos. Les había llevado trece años llegar hasta aquí.

Así que dejaría que sacara todo lo que traía de su sistema.

El lunes visitaría la librería y dejaría que el juego empezara. ¿Cómo de difícil podría ser? Ahora Renesmee estaba sola y desesperada por dinero. La gente tendían a evitarla. Ella no se quejaba, pero todos conocían su situación. A nadie le gusta la gente con problemas.

Esa sería la respuesta a sus oraciones. Estarían comprometidos para la Pascua y casados para junio. Justo a tiempo para probar las aguas políticas de su candidatura.

Tenía que deshacerse de Karla-Kara. Era sólo un ruido de fondo y ahora que había tomado una decisión ella era una distracción.

Alec sacó su móvil personal y marcó su móvil de negocios. Unos segundos más tarde comenzó a sonar desde el dormitorio.
—Oye cariño, el teléfono—. Chilló Karla-Kara.
Apretando sus dientes por el sonido de su voz como arañando una pizarra, Alec caminó de regreso al dormitorio, abrió su móvil se lo puso al oído y se puso a escuchar el sonido vacío.
—¿Si? —Frunció el entrecejo—. ¿Cuándo?... ¿Marcus ya sabe acerca de esto?... Bueno... eso creo... Es navidad, por si no lo habías notado... Ok... Oh, está bien—.
Esto último lo dijo con irritación, apagó el móvil y recogió la ropa de ella del suelo.
—Lo siento cielo, —le dijo a la mujer que estaba haciendo pucheros en su cama. —Una emergencia en el trabajo, negocios ya sabes. Hay personas que llegarán como en media hora, y después volaremos a los Ángeles. —Su sujetador y sus braguitas eran de seda roja, ligeramente sucias. Se las acercó—. Apúrate, llamaré un taxi.
Estaba ya esperando a que fuera lunes.

New York
Waldorf-Astoria

Riley tuvo una cena de Navidad servida por el servicio de habitaciones traída desde el Peacock Alley. Una ensalada de langosta de Maine. Un siloin primorosamente asado, seco y macerado durante veintiocho días con una guarnición de hongos salvajes y una botella de cuarenta dólares de Valpolicella respirando en un decantador. Ciento cincuenta dólares incluidos la propina y valía cada céntimo.

James seguía con su generosidad y Riley alzó una copa de cristal brindando en su honor.

Cuando los camareros terminaron de servir la cena en el enorme y antiguo escritorio de roble y salieron silenciosamente del cuarto, Riley respiró profundamente y saboreó el momento.

Todo era perfecto, la mantelería de lino, la fina vajilla china los pesados cubiertos y las copas de cristal. Los deliciosos aromas de una excelente comida y mantelería limpia.

Riley había crecido en un parque de caravanas en las afueras de Midland, Texas. Durante toda su infancia la mayoría de las veces la comida se servía fría, en una lata y se tenía que pelear por ella con las cucarachas. Había llegado a los dieciocho y estaba en el ejército antes de que supiera que los tenedores tenían diferentes tamaños.

Pero eso fue hacía mucho tiempo y descubrió que tenía gusto para la buena vida. Esta era la forma en la que se suponía que tenía que vivir.
Una hora después, Riley se limpió la boca con una desproporcionada servilleta de lino y echó un pequeño eructo. Perfecto. Comida perfecta. La primera de muchas.

El resto de su vida iba a ser así. Exactamente así, con lujos a su alrededor, servicio, comida soberbia, vino, excepto que iba a tener una mujer rodeándolo.

Muchas mujeres.

Envuelto en la bata gruesa del hotel, abrió su ordenador portátil que le había comprado a Jasper.

Como siempre, cualquier cosa que Jasper proveyera era excelente. Claramente era un portátil que había tenido un uso rudo, pero su disco duro había sido totalmente borrado y funcionaba muy bien. Riley se conectó al acceso de alta velocidad de Internet, entró en Google, y se recostó mirando fijamente la brillante pantalla.

El Coronel había encontrado a Black en Enero de 1996, abandonado, medio muerto y medio congelado detrás de un basurero. Riley había estado de reconocimiento casi todo el invierno, congelándose el trasero en Bosnia. Para cuando había regresado a la base, Black ya era un asunto terminado. El Coronel lo había adoptado, había cogido unos veinte kilos de músculo y estaba estudiando su GCE, intentando ingresar en la Armada.

Riley lo había odiado a primera vista. El Coronel pensaba el sol salía por su trasero. Bueno, considerando que su otro hijo, el otro Jacob, había sido un debilucho chillón que empezó a beber a los quince años y de alguna manera logró destrozar un coche que había robado para darse un pequeño paseo y se mató a la edad de veinte junto con una familia de cuatro miembros, antes de que su nuevo hábito de consumir cocaína lo matase.

Si algo se podía decir de Jacob es que era tan directo como el que más y el Coronel lo había tomado como una segunda oportunidad en la vida.

Cuando el Coronel se retiro para fundar Seguridad ENP, todos asumieron que Riley sería su segundo al mando. Después de todo, él había servido bajo las órdenes del Coronel durante casi veinte años. Era lo que se le debía, diablos.

Veinte años en la Armada y se había jodido para ello. Todos estaban ingresando en Seguridad Nacional y ese debió haber sido el turno de Riley.
Pero lo único que el Coronel le ofreció fue un trabajo y uno muy miserablemente pagado, aunque el doble de lo que le pagaban en la Armada. Riley había esperado una posición en la gerencia con un buen sueldo y terminó siendo un matón glorificado, mandado inmediatamente a Waziristan como guardia de un duro petrolero y luego a Sierra Leona para ser guardaespaldas de unos gordos ejecutivos mineros.

Y Jacob Black dejó a los Rangers y se hizo vicepresidente ejecutivo de ENP al siguiente día.

Aun estaba ardiendo.

Pero no podía quedarse regocijándose en ese sentimiento ahora. No tenía podía haber emoción cuando planeaba una misión. Amor, odio, venganza, todo eso te podía matar más rápido que una pistola. No, Riley tenía que pensarlo todo con lógica y claridad, paso a paso.

Bien, el primer paso era asegurarse que Elvis se había largado del edificio.

Media hora después, parecía que ya se había ido. Black había vendido la compañía a un competidor y había vendido su casa a Quil Ateara, un corporativo, y su esposa Claire Ateara que era asesora personal.

El teléfono de Black había sido desconectado, como todos los demás servicios. No había cartel de venta de la propiedad o de contrato de servicios a nombre de Jacob Black ya fuera en el pueblo o a veinte millas a la redonda.

Aunque a Riley le costaba mucho creerlo, desde que Jacob había heredado una gran y cara casa y una compañía con éxito, lo había vendido todo y desaparecido de la faz de la tierra. Incluso vendió su coche.

Solo para atormentarse, Riley se metió en la cuenta de banco de Black y miró fijamente a la pantalla, con los músculos de la mandíbula tensos.
El diecinueve de Diciembre, justo antes de irse para Sierra Leona y joderle la vida, Jacob Black había tomado todos sus bienes y los había convertido en un cheque por ocho millones de dólares y algo de cambio.

¡El muy cabrón!

Riley estampó su mano en el escritorio de nogal fracturándolo ligeramente. Se levantó y caminó por el perímetro del cuarto tratando de calmarse.
Entonces él iba a matar a la mujer.

Le llevó quince minutos para poder calmarse, pero lo hizo por pura concentración que le venía de ser un soldado. Los hermosos alrededores, el servicio, desviviéndose por ser serviciales, la pecaminosa comida, todo desapareció al enfocarse como un láser en su misión.

No habría más indulgencias, escapadas a la buena vida, hasta que Jacob Black fuera encontrado.

Volviéndose hacia el ordenador, Riley chequeó las agencias de alquiler de coches en el pueblo y en los alrededores. Black no había alquilado ninguno. No habría tomado un autobús, ¿qué hombre con casi treinta millones lo haría? Sabía que había volado fuera de la ciudad... ¿pero a dónde?
Media hora más tarde Riley tenía la respuesta. Una tarjeta de crédito correspondiente a Jacob Black había sido usada para un billete de ida de Freetown a Seattle, vía Paris, Atlanta y Chicago. No podía encontrar ninguna agencia alquiler de coches que le hubiese alquilado uno.

Así que Riley estaba seguro de dos cosas: uno, Jacob Black estaba en el Pacifico Noroeste y dos, no se había molestado en ocultar sus movimientos. Había dejado un rastro muy claro, lo que significaba que no sabía que Riley estaba tras él.

Si Jacob no quería ser encontrado, Riley se lo hubiera pasado jugando con su polla para siempre. Sabía que Jacob no estaba esperando que nadie lo siguiera. Perfecto. Los ataques sorpresas siempre funcionaban mejor.

Así que Riley pensó, inclinándose más cerca de la pantalla que mostraba un mapa detallado del estado de Washington, ¿En qué maldita parte de Washington estás? ¿Te fuiste al norte, a Canadá? Sus ojos siguieron hacia arriba en la pantalla, donde se cortaba el mapa a unos cientos de kilómetros al norte de Vancouver. Dejó que los pensamientos corrieran por su mente, examinándolos desde diferentes puntos de vista.

No. Él tenía un pasaporte vigente y no estaba huyendo. Si hubiera querido ir al norte, a Canadá, se hubiera ido directamente hacia allí.

No, todo apuntaba a que Black era un hombre con una misión y había tomado un rumbo fijo hacia ello. Tan pronto como humanamente pudo, liquidó todos sus bienes y se dirigió directo a por...

Directo a por la chica, ahora una mujer. Encuéntrala a ella y encontrarás a Black y Riley estaba seguro de esto.

Una vez más, Riley dejó las dos fotografías fotocopiadas en la mesa y las estudió, más intensamente esta vez. Esta vez le iban a decir dónde estaba Jacob y tenía que ser rápido.

Era muy posible que Black se encontrara con una mujer casada con seis hijos, que durante los últimos doce años hubiese aumentado unos veinticinco kilos y había perdido dientes y cabello y no se acordara de él.

Si ese era el caso, Black desaparecería y Riley nunca lo encontraría o a sus diamantes otra vez.

Así que estudio las fotografías de la misma forma en la que los soldados que van a la guerra estudiaban un mapa del terreno, cuidadosa y concienzudamente, porque todo dependía en saber a lo que se iba a enfrentar.

La fotografía estaba fechada en 1995 como mucho. Black no había estado ligado a ninguna mujer en especial desde que el Coronel lo encontró. Así que esta obsesión que tenía era con alguien que había conocido en 1995 o antes. La fecha en el recorte de periódico era del 15 Octubre de 1995, así que quizás la fotografía era de ese periodo.

Estudió la fotografía escolar. Escenificadas, así eran todas. Riley no había tenido una. Su viejo no lo hubiera querido, pero recordaba la de todos los demás en el instituto. Para la mayoría de ellos, era su retrato oficial, y habían mantenido una sonrisa, bueno, al menos los que habían tenido una buena dentadura como para mostrarla. Las chicas se habían puesto maquillaje como si fuera un trabajo de mampostería y los chicos se habían puesto camisas de vestir en lugar de sus camisetas, algunos por primera vez en su vida.

Riley cambió su atención a la fotografía de ella tocando el piano, vestida con un suéter y una falda larga, mostrando su grandioso cuerpo, aunque su cara estaba de perfil.

Miró otra vez el título del periódico. Ville Gazette.

Bueno al menos tenía un Estado por el que empezar, Washington. ¿Porque si Black hubiera ido directo a Seattle si no fuera porque lo que buscara estaría en Washington?

Riley llamó a todos los pueblos en Washington. Diecisiete ciudades, noventa y dos pueblos. Cuatro que terminaban en ville. Ninguno tenía un periódico que se llamara Gazette.

Biers se recostó en su asiento pensando furiosamente.

Quizás todo era inútil. Tal vez le estaba ladrando al árbol equivocado. Renesmee Cullen había sido una chica bonita. Si había crecido para convertirse en una hermosa mujer, estaría casada en este momento. Demonios, incluso ya podría estar en su segundo o tercer matrimonio, habiéndose cambiado el nombre un par de veces. Podría ahora ser Renesmee Warner en Las Vegas o Renesmee Yoo en San Francisco o Renesmee Steinberg en Nueva York.
¡De puta madre!

Quizás mejor debería empezar a buscar a Jacob que no se estaba molestando en ocultar su rastro. Tal vez debería vegetar en este lugar tanto como la tarjeta de crédito de James durase hasta la próxima vez que Jacob usara la suya.

Ociosamente, Riley buscó en Google "periódico+1995+Washington" y bingo, ahí lo tenía. Se inclinó hacia delante, sorprendido con su hallazgo. Maldita sea, bendito Internet, porque ahí estaba en blanco y negro con el cursor parpadeando ligeramente, esperando a que él conectara los puntos.

Summerville Gazette, un periódico local para una ciudad llamada Summerville, cerrado desde 2002 pero en pleno funcionamiento en 1995.

Con los ojos entrecerrados, Riley se inclinó sobre el teclado y buscó Renesmee Cullen + Summerville, Washington y aparecieron diez respuestas todas correspondientes a Renesmee Cullen, que tenía una librería, daba buen precio y tocaba el piano en la iglesia. Para ir a por lo seguro seleccionó la opción de imágenes y echó un vistazo como a quince fotografías de Renesmee Cullen. La Renesmee Cullen de Black. Aun hermosa y soltera.

Jacob Black estaba ahí, ahora. Apostaba su huevo izquierdo a que era cierto.

Riley comenzó frenéticamente a buscar sitios en línea para reservar un vuelo inmediato a Seattle, maldiciendo porque no había manera de que llegara allí antes de las nueve, mañana por la noche. La mayoría de los vuelos estaban ya todos reservados hasta después de año nuevo. Los vuelos que finalmente encontró durarían doce horas y lo llevarían por Newark a Atlanta a Chicago y de ahí a Seattle. Era lo mejor que pudo lograr.

Bueno, al menos estaría ahí el lunes por la mañana.

Miró una vez más las fotografías de Renesmee Cullen, una mujer de verdad despampanante.

Black aun estaría en Summerville el lunes. Claro que sí. No iba a ir a ninguna parte.