Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Lisa Marie Rice.
CAPÍTULO 16
El día, que ya iba bastante mal, se puso peor cuando Alec llegó a First Page.
Muy pocos clientes habían entrado durante la mañana y ella sospechaba que la mayoría lo había hecho para resguardarse del frío y no para buscar un buen libro.
Hacia las once, había logrado vender un total de $27.15, era su segundo peor día en el registro de ventas, el peor había sido el viernes, con un gran total de $0.
Sin embargo, quizá no fuera tan malo que el clima siguiera tan frío, la gente preferiría releer sus viejos libros antes que salir a buscar unos nuevos a First Page. A ella le estaba costando mucho prestarles atención a los pocos clientes que entraban a la tienda, ellos le hablaban y ella tenía que disculparse por no haber escuchado ni una palabra de lo que le decían. Así que, al fin y al cabo, no estaba tan mal quedarse a solas con sus pensamientos.
Exceptuando el hecho de que se quedaba a solas con sus pensamientos.
No importaba cómo lo planteara, Renesmee no lograba comprender cómo era que Jacob sabía que su comedor había estado pintado de amarillo seis años atrás.
Como si fuera la primera grieta de una represa a punto de reventar, las dudas se multiplicaban en su mente, haciéndola sentir enferma. Además, de saber el antiguo color del comedor, parecía tener un conocimiento asombroso de Masen. Esa primera noche, ni siquiera había tenido que acompañarlo a su cuarto, él parecía saber el lugar exacto, dónde guardaban las herramientas, dónde estaba la bodega, incluso sabía dónde estaba su dormitorio. Le había dicho que lo reconoció por el olor, pero eso no le sonaba muy real.
Él lo sabía.
¿Pero cómo lo sabía?
Y lo más espantoso de todo era que a veces su cara se le hacía extrañamente familiar.
No había podido dormir toda la noche, se había quedado mirando el techo mientras su mente daba mil vueltas sin llegar a ninguna conclusión lógica, hasta que el cielo empezó a aclarar y la luz entró por su ventana.
Jacob sabía que algo andaba mal. No había forma de que ella pudiera ocultar su preocupación, sus ojos perceptivos no se perdían ni un detalle, así que ella tuvo que fingir un resfrío para distraerlo y luego tuvo que impedir que la acostara bajo cientos de frazadas y la llenara de té caliente.
Discutieron porque quería ir a trabajar y lo amenazó con irse por su cuenta si él no cedía. Entonces accedió a llevarla en medio de un silencio sepulcral.
Bien, que se moleste, su mal genio le daba espacio y tiempo para pensar y ahora ella necesitaba saber quién era él realmente. Esta noche, lo hablarían esta misma noche.
Quizá era demasiado bueno para ser real, quizá, en medio de su soledad y dolor había conjurado al amante perfecto y él había aparecido de la nada. Quizá era sólo un invento de su mente.
La campana sonó sobre la puerta. Otro cliente. Debería estar contenta, pero sólo quería estar sola y pensar. Sin embargo, cada cliente significaba un ingreso adicional, así que se armó con su mejor sonrisa y caminó hacia la puerta.
"Oh." Caroline se detuvo cuando vio a Alec. Estaba parado junto a otro hombre.
—Alec. —Dijo fríamente. ¿Qué querría? ¿Disculparse?, hoy no era un buen día para presentarse ahí. —No es un buen momento, quizá debieras irte.
—No Renesmee, no hagas esto, aún no has oído lo que tengo que decirte.
Algo malo estaba pasando. El Alec abatido y golpeado había desaparecido y ahora había vuelto a su antigua personalidad llena de autocontrol, elegante y con esa leve sonrisa que casi parecía una mueca que a ella no le gustaba nada.
—Lo siento Alec, pero estoy muy ocupada, quizá en otro momento.
Alec tenía sus carísimos guantes en una mano, mientras daba una mirada alrededor de la tienda, la muy vacía tienda, finalmente volvió a mirarla.
—Creo que debes oír lo que tengo que decirte, o mejor dicho, lo que este caballero tiene que decirte. — Dio un paso al costado, para que Renesmee pudiera ver mejor al hombre que estaba a su lado.
El hombre era de estatura media, cabello claro y corto, con unos horribles y enormes lentes, ligeramente rellenito, con un traje negro de poliéster que no le entallaba bien, camisa blanca y corbata negra. Uno más del montón, excepto por sus ojos, que eran de un azul claro, fríos, sin expresión.
—Señora. — Dijo, a la vez que le mostraba su placa. — Agente Especial Darrell Butler, del FBI, oficina de Nueva York.
—¿FBI?
¿Sería ésta una broma de Alec? ¿O realmente había llamado al FBI porque Jacob lo arrojó de tienda ayer? Esto estaba yendo muy lejos, incluso para Sanders.
Y qué vergüenza para el FBI por dedicarle tanto tiempo a los asuntos de Alec. ¿No tendrían nada mejor que hacer? Con tanto terrorista loco intentando volar edificios y matando gente inocente, ¿Qué hacían viajando hasta ahí para complacer a Alec, con su cabello engominado y sus sentimientos heridos?
Renesmee se dirigió a Alec y le dijo:
—Mira, ya sé que dijiste que ibas a poner una demanda, pero llamar al FBI es una locura. Deberías darte cuenta de eso, esta es una reacción totalmente desproporcionada por lo que pasó ayer, esto simplemente...
—Señora. — La interrumpió el Agente Especial. — Creo que debería sentarse, este asunto no tiene nada que ver con Vulturi. — Dijo a la vez que le dio una mirada hostil a Alec. — En realidad, el Sr. Vulturi, ni siquiera debería estar aquí, pero eso no importa ahora. Debemos hablar, señorita Cullen.
—¿Quiere hablar conmigo?
Renesmee estaba sorprendida, pero lo condujo hacia su escritorio que estaba separado del resto de la librería por un estante cubierto de libros. Se sentó ante él y el Agente Especial tomó asiento frente a ella. Sólo tenía dos sillas ahí, pero Alec trajo una de afuera para sentarse él también.
El agente del FB lo ignoró por completo. Puso su portafolios sobre sus piernas y sacó un folder, no lo abrió, sólo lo sostuvo entre sus manos, como protegiéndolo.
—Señorita Cullen, entiendo que usted conoce a alguien que se hace llamar Jacob Black. ¿Desde hace cuánto lo conoce?
—Acabamos de conocernos. — Ella se detuvo de pronto, frunciendo el ceño. —¿Qué quiere decir con que "se hace llamar"?, ¿acaso no es ese su nombre?
Butler abrió su portafolio y puso una fotografía sobre su escritorio para que ella la viera. Era una toma de frente de Jacob en uniforme, del tipo que se usan como ID militares. Se le veía más joven, con el corte de pelo militar y una especie de boina en la cabeza.
—¿Es este el hombre que usted conoce como Jacob Black? — Le señaló la fotografía con el dedo índice.
Renesmee tragó y lo miró a sus fríos ojos azules.
—No tengo motivos para pensar que él es otra persona, ¿de qué se trata todo esto? ¿Cómo es que esto es asunto suyo?
—Sólo conteste la pregunta ¿es este el hombre que usted conoce como Jacob Black o no?
—Sí.
—Y ¿cuándo lo conoció?
El Agente había dejado su placa abierta, brillando sobre el escritorio a la luz de la oficina. Renesmee la miraba, como si en ella pudiera encontrar alguna respuesta.
—Señorita Cullen. — No dijo nada más, no era necesario.
Su garganta se sentía apretada.
—Conocí a Jacob, al señor Black el viernes pasado, acababa de llegar al pueblo y necesitaba un lugar donde quedarse. Yo alquilo cuartos.
—¿Cómo sabía él que usted alquilaba cuartos, si acababa de llegar al pueblo?
—El taxista que lo trajo del aeropuerto se lo dijo.
—¿A qué hora llegó a su tienda?
—Alrededor de las cuatro, creo. Yo iba a cerrar temprano porque el clima estaba muy malo y no había venido nadie en toda la tarde. La verdad, él fue el único que vino a la tienda ese día.
—¿Qué traía consigo?
—¿Disculpe?
—¿Qué traía, qué cosas llevaba?
—Oh, una bolsa de lona y una maleta.
—¿Eran pesadas?
—No tengo idea, él mismo las cargó de entrada y de salida.
—¿Estaba armado?
Renesmee cerró la boca de golpe. Sí, había estado armado, aunque ella no lo supiera en ese momento. Nunca hubiera llevado a un hombre armado a su casa. El silencio se hizo infinito.
—Señorita Cullen, responda a mi pregunta.
—¿Se lo acusa de algo a Jacob?
—Sólo conteste la pregunta. Puede hacerlo aquí o en Seattle, usted decide.
Sentía como si fuera una traición al hombre que del ya no estaba tan segura. Aún así Renesmee encontró muy difícil decir la verdad.
—Sí. — Dijo finalmente. — Pero yo no lo sabía en aquel momento.
—¿Qué clase de arma llevaba?
Ella se lo quedó mirando.
—¿Está bromeando?
Él le devolvió la mirada, totalmente plana e impersonal. No, no estaba bromeando.
—Señor Agente Especial Butler, yo no sé absolutamente nada de armas, sólo sé que era grande y negra y eso es todo lo que puedo decir.
—¿Cómo supo que estaba armado?
—Alguien intentó entrar a mi casa ayer. —O eso era lo que le había dicho Jacob. Renesmee odiaba todas estas preguntas y dudas sobre él. Odiaba el hecho de haber estado haciendo el amor y a la vez enamorándose de un fraude. —Recién entonces descubrí que tenía un arma, antes de eso, no tenía ni idea.
—Verás, Renesmee. — Dijo Alec de pronto. — Tú nunca has sido buena para juzgar a las personas, ya deberías saberlo. Esto te enseñará una lección sobre confiar en perfectos desconocidos.
Butler ni siquiera volteó a mirarlo.
—Señor Vulturi, una palabra más y lo arrestaré por obstruir la justicia, ¿está claro?
—Lo siento. — Alec intentó verse arrepentido, pero no lo logró. Apoyó otra vez la espalda en la silla y se cruzó de brazos.
—Ahora, señorita Cullen, ¿le dijo de dónde venía?
Renesmee empezó a darse cuenta de lo poco que sabía de Jacob.
— Me dijo que había estado en Afganistán y que su padre murió hace poco, en Carolina del Norte. No sé si venía directamente desde Afganistán o si antes pasó por Carolina del Norte.
—Nuestros registros muestran su vuelo desde África, Freetown.
—¿La capital de Sierra Leona? — Preguntó Renesmee. —¿Qué hacía él ahí? Nunca mencionó nada sobre África.
—¿No lo hizo? Eso es comprensible, siendo que él y otros tres mercenarios masacraron una villa entera con mujeres y niños.
—¡Eso es mentira! — Las palabras salieron desde lo más profundo de su ser y se levantó en un impulso. — Me rehúso a seguir escuchando…
El Agente Especial no levantó la voz, pero tampoco tenía que hacerlo.
—Siéntese señorita Cullen o tendré que arrestarla por obstrucción de la justicia. ¡Siéntese!
Ella se sentó y cruzó las manos sobre la mesa para evitar que le temblaran. No es posible que Jacob Black hiciera nada de eso.
Él ni siquiera le respondió, simplemente se la quedó mirando a los ojos.
—¿Ha estado viendo televisión este fin de semana?
Lo que ella hubiera estado haciendo el fin de semana no era de su incumbencia.
—No creo que lo que haya hecho…
—Responda a mi pregunta, señorita Cullen. — La interrumpió con la voz grave. — O tendré que llevarla a Seattle para un interrogatorio formal, que será mucho menos agradable para usted. ¿Le gustaría eso? Es su elección.
—Yo… no, y para contestar a su pregunta, no he visto las noticias el fin de semana. — Había estado muy ocupada con Jacob, además, tanto su radio como su TV estaban sin señal. Recién entonces se dio cuenta de lo extraño que había sido eso y justo ese fin de semana. —En verdad, no veo cómo eso tenga que ver con nada.
—Ha salido en las noticias. — Dijo Alec inclinándose hacia ella. — No sé cómo no lo has visto.
El Agente del FBI le dirigió una mirada asesina a Alec y éste levantó las manos.
—Lo siento. — Dijo y se volvió a sentar bien en su silla. El Agente se volvió hacia Renesmee y ella empleó toda su fuerza de voluntad en tratar de no temblar. Ese hombre tenía la mirada más fría que jamás había visto.
—Señorita Cullen, tal parece que usted no está al tanto del hecho que, hace seis días, cuatro militares contratados que trabajaban para la compañía de servicio privado de seguridad de los Estados Unidos, una empresa llamada ENP Security, masacraron una villa entera con mujeres y niños en Sierra Leona, llevándose una fortuna en diamantes sin cortar. Los soldados de Sierra Leona aparecieron y pudieron matar a tres de ellos, pero uno escapó con los diamantes.
Qué historia más espantosa, Quizá su radio y TV no quisieran funcionar para ahorrarle la pena.
—Lo siento, pero ¿cómo puede eso tener algo que ver conmigo?
—El hombre que escapó era Riley Biers, el líder del grupo contratado, al que usted conoce como Jacob Black. El es un hombre muy peligroso y necesitamos su ayuda para capturarlo.
Una ráfaga de aire congelado entró por la puerta de la tienda en ese preciso momento. Renesmee oyó el sonido de la campana sobre la puerta como si estuviera a mucha distancia. Era Laurel Holly, la esposa del alcalde, ella tenía que hacer algo, ir hacia Laurel y alejarla de este hombre horrible. Puso las palmas sobre la mesa, pero no podía moverse, algo les pasaba a sus piernas.
Alec se levantó inmediatamente y fue hacia Laurel. Renesmee los oyó murmurar algo y entonces Laurel se fue y Alec volteó el cartel de "Abierto" y lo puso en "Cerrado", luego volvió a su sitio, sin apartar la mirada de Renesmee.
—Ahora ya no nos molestarán.
Tenía una mirada espantosa, llena de triunfo y auto satisfacción. Feliz, feliz de pensar que ella había estado durmiendo con el asesino.
Si todavía le hubiera quedado algún pequeño sentimiento por Alec, por los viejos tiempos, en ese mismo instante desapareció. Él quería que Jacob fuera el monstruo que decían, la idea de que fuera un criminal lo hacía feliz.
Pues muy mal, porque ella no lo creía, ni por un segundo.
Jacob, ¿un asesino de mujeres y niños? ¿Un hombre que mataría por unos diamantes? Simplemente era imposible y ella se resistía a creerlo, todo su cuerpo rechazaba esa idea. Aquel hombre que la había abrazado con tanta gentileza, que tantas veces se había controlado para no hacerle daño, incluso en medio de los arrebatos de pasión. Ese hombre no podía ser un asesino.
Por supuesto que era un soldado. Sin duda había matado una y otra vez en la línea de fuego, cumpliendo su deber.
Renesmee tembló violentamente, como si su corazón se hubiera congelado. Sentía como si el desayuno de la mañana se le hubiera atorado y estaba a punto de devolver, cerró la boca sintiendo la bilis subiendo por la garganta.
No importaban todas las dudas que había tenido sobre Jacob, eran sólo sobre el conocimiento que él tenía de su casa, nunca habría pensado que podía ser esa clase de monstruo.
Ella miró al Agente Especial directo a los ojos.
—¡Esto es una locura, Jacob no es un asesino, y tampoco estuvo en África, estuvo en Afganistán durante el invierno! Usted está buscando al hombre equivocado.
El Agente Butler puso otra fotografía sobre la mesa. Renesmee se cruzó de brazos y lo miró de frente, su lenguaje corporal indicaba rechazo por la foto. El Agente era un buen observador, mejor que ella. Su mirada era fija e implacable, con un suspiro Renesmee se rindió y bajó los ojos hacia la foto, sólo bastó un segundo, pero fue suficiente.
La fotografía era clara.
Un Jacob un poco más delgado, con barba de varios días, ropa de camuflaje y empuñando una pistola negra. El follaje era denso y muy verde, en el fondo podían verse una serie de cabañas de madera con techos de hojalata, niños africanos jugando en la tierra y soldados africanos haciendo guardia.
Había una inscripción en letras blancas en el borde: 11:21AM, 21 de diciembre.
—Esto no es Afganistán. — Dijo el agente del FBI.
—No. -Respondió Renesmee. — No lo es.
Ella quería tomar la fotografía y verla más de cerca, pero no podía. Se abrazó a sí misma, sentía frío en el fondo de su alma.
—Esa foto la tomó un soldado UNOMISIL, en Freetown, hace siete días, justo antes de que Biers se dirigiera al interior de una villa llamada Obuja, donde había rumores que decían algo sobre una bolsa de diamantes. Viajó en una balsa por el río hacia Obuja. 24 horas después de haberse tomado esta fotografía, todos en Obuja estaban muertos y él encontró los diamantes. El UN aún lo busca en los alrededores, pero fuimos informados de que había volado de regreso a los Estados Unidos.
Renesmee tuvo que toser para aflojar un poco la garganta, se mojó los labios resecos y contó mentalmente los días.
—Pero, eso significaría que voló directamente desde África hasta aquí. —Se detuvo, le dolía la garganta. —¿Pero…por qué vendría aquí? Estamos al otro lado del mundo, no tiene sentido, ¿por qué aquí?
—Para verla a usted. — Dijo el agente Butler.
Esas palabras tranquilamente dichas llenaron el ambiente, haciendo eco en su cabeza. Le tomó varios minutos asimilar las palabras. No la interrumpió sólo la miraba atentamente.
Renesmee iba a vomitar el té que acababa de tomar, así que tragó con fuerza.
—Creo… creo que no entiendo, ¿dice que él vino directamente desde África sólo para verme? Jacob Black no me conocía. Lo vi por primera vez el día antes de la Navidad, no es posible que haya volado más de diez mil kilómetros por mí.
Esta vez puso dos fotocopias sobre el escritorio, Renesmee no las miró, no quería hacerlo. El agente Especial Butler señaló una y luego la otra.
—Por supuesto que ya la conocía. Encontraron estas fotografías en la mochila que dejó abandonada en la villa. Un sargento de UNOMISIL me la envió por fax, mírelas, por favor señorita Cullen, él vino aquí por usted.
Renesmee le sostuvo la mirada, no podía leer nada en sus ojos. Finalmente, con la sensación de que nada iba a volver a ser lo mismo, bajó la mirada y luego la apartó inmediatamente. Sentía como si hubiera un puño helado estrujando su corazón.
—¿Encontraron esas fotos en África?
—Si señora.
Renesmee se abrazó con más fuerza, se sentía fría y miserable, su estómago estaba hecho un nudo, sintió un pitido en los oídos y se preguntó si iba a desmayarse.
—¿Reconoce las fotografías señorita Cullen?
Renesmee no podía hablar, apenas si podía respirar.
—¿Señorita Cullen?
Alec se inclinó hacia adelante.
—Renesmee, esa es tu foto del anuario escolar, ¿no la reconoces? Y la otra…
El Agente Especial Butler habló sin volverse a mirarlo, sin quitar la vista de ella.
—Cállese señor. — Su mirada era fija, no parpadeaba, estaba totalmente concentrado en ella. —¿Reconoce estas fotografías? Y no intente mentirme porque puedo llevarla a Seattle y hacerla declarar bajo juramento y usted sabe bien cuál es la pena por mentir bajo juramento.
Renesmee asintió.
— Sí. — Dijo. — Lo sé.
—Así que, ¿de quién son esas fotografías?
—Mías. — Su voz salió en un hilo, casi sin aliento. —Una es la fotografía del anuario de mi escuela secundaria, la otra es de un periódico local, estaba dando un recital de piano, debía tener ¿cuántos años? ¿Dieciséis? ¿Cómo es posible que Jacob Black tuviera esas fotografías?
—Eso es precisamente lo que quiero que usted me diga. —Respondió seco. —¿Quizá estuvieran juntos en esto?
—¿Qué? —Renesmee estaba en shock.
El Agente Especial Butler asintió.
—Usted podría ser una buena coartada. Biers no podría haber asesinado a la gente de la villa para apoderarse de los diamantes porque estaba con su novia pasando las fiestas Navideñas. Tendría todo el sentido del mundo porque viajó con un nombre falso, si no tuviéramos las fotografías con la fecha grabada, entonces él podría alegar que estaba en su nidito de amor y ¿quién no le creería?
—Correcto. —Dijo Alec. —Renesmee, has escapado por los pelos. Cuando pienso en lo que podría haberte pasado si el FBI no hubiera estado tras los pasos de ese individuo… Dios sabe que es violento y podría haberte hecho daño, incluso asesinarte llegado el caso. —Alec no se veía preocupado en absoluto por esa posibilidad, mientras más oscura se pintara la figura de Jacob, más contento se ponía él.
Renesmee pasó del gesto engreído de Alec al sombrío del agente del FBI. Se sentía atrapada, como si las paredes de la tienda fueran a cerrarse y caer sobre ella, un sudor frío bajaba por su nuca, su cabeza daba vueltas y tenía el pecho oprimido.
Una versión más joven y más feliz de ella misma yacía sobre la mesa, recordándole con cierta burla de las crueldades de la vida. Ella estiró un dedo, primero para tocar la fotografía de Jacob, luego la fotocopia de la suya extraída de su anuario de la secundaria, intentando hacer una conexión entre la muchacha del colegio y el soldado oscuro y peligroso en medio de la jungla.
Alec puso su mano sobre la de ella y le dio un apretón, ella intentó zafarse. Esto era lo último que podía soportar.
—¡No me toques! —Las palabras estaban atoradas en su garganta, tuvo que apretar la mandíbula para no decirlas en alto.
De pronto Renesmee sintió la necesidad de salir corriendo de esa sala y dejar a los dos hombres con las fotografías y las dudas del hombre con el que había hecho el amor todo el fin de semana, el hombre del que se había enamorado. Si se quedaba ahí un segundo más iba a vomitar su miseria por todo el piso. Temblando violentamente, se levantó y salió corriendo por la puerta.
Jacob se estacionó del otro lado del parque Hamilton justo cuando empezó a nevar. No hacía ninguna diferencia, no le importaba el frío y necesitaba estirar las piernas después de haber pasado un largo día manejando su todoterreno de una oficina a otra. Necesitaba caminar por el parque, camino a la tienda de Renesmee para aclarar sus ideas.
Había algo mal con Renesmee. Jacob lo sentía en los huesos. Había estado todo el día metido en sus negocios, pero sentía esa incomodidad constante en su mente.
Lástima, porque podría haber sido un gran día de otra forma, sin duda. Un sistema de seguridad hermético llegaría a Masen mañana. Se había gastado casi $5,000 en él, pero valía la pena y además Renesmee no tenía porqué saber lo que costaba.
Una propiedad fabulosa, en un edificio del centro de la ciudad, era la locación perfecta para iniciar su negocio y estaba a la venta a un precio razonable, ya había separado una cita con el agente inmobiliario para dentro de dos días, con suerte podría iniciar sus actividades para mediados de enero.
Su día había terminado con una visita a un abogado local, tenía esa idea metida en la cabeza, no importaba lo qué pasara con él, pero si algo le llegara a pasar, si lo mataban en ese mismo instante, Renesmee estaría protegida. Ella era ahora su heredera universal y podría vivir tranquila de las ganancias de su fortuna.
Todo era muy satisfactorio, pero aún así no podría relajarse hasta que aclarara las cosas con ella y supiera qué le estaba preocupando. Había estado pálida y tensa durante el desayuno, la había visto preocupada y decaída.
Cómo odiaba eso, odiaba ver esa expresión en su rostro. Probablemente era la preocupación por todo lo que le había pasado últimamente, los problemas económicos, el ataque de ese malnacido que ella consideraba su amigo en la tienda y el otro maldito hijo de puta que se había metido en su casa.
Bien, pues eso no iba a volver a pasar. El nuevo sistema de seguridad era hermético. La única forma de entrar a Masen a partir de mañana, sería volarse la puerta con Semtex o disparando un RPG a través de la ventana de la sala de la casa de Renesmee.
Su casa también. Pronto…
Lo último que había hecho ese día era ir a tasar anillos de diamantes. No había sido divertido pasar por las joyerías, pero tenía que hacerlo. Su cabeza daba vueltas con tantas explicaciones técnicas: quilates, claridad, etc., a él le importaban un rábano esos detalles, todo lo que quería era algo bien grande para ponerle en el dedo, algo tan grande y brillante que gritara: "Aléjense" a cada hombre que se acercara a un kilómetro de distancia de Renesmee.
Había visto por lo menos veinte anillos que podrían servirle. Mañana daría otra vuelta y compraría uno.
No se le escapaba la ironía de tener que ir a comprar un anillo de diamantes, cuando tenía una bolsa llena de ellos en la caja de seguridad del banco.
Pero ni por un segundo se sintió tentado de usar uno de esos dimantes guardados en la bolsa de tela. Esos diamantes estaban manchados de sangre, dolor y sufrimiento. Nunca los pondría cerca de ella. Esas piedras tenían que irse en cuanto lograra hacer los arreglos necesarios, quería alejarlos lo más pronto posible de su vida y de la de Renesmee. Había una forma perfecta para eliminar el karma negativo que tenían y estaba seguro de que Renesmee también lo aprobaría.
Pero esa idea era para después, después de que ella aceptara que siguieran juntos. Ellos debían estar juntos por el resto de sus vidas.
¿Cuándo sería el momento adecuado para darle el anillo de compromiso? Hoy no, ella estaba molesta, cansada y preocupada. El iba a tener que aplicarse y esforzarse extra al hacerle el amor esa noche, claro que eso no iba a ser ningún problema.
Quizá le diera una semana. Una semana de sexo, comida y descanso, mientras que arreglaba su casa y la volvía más segura y confortable. Volvería a poner el color de rosa en sus mejillas y eliminaría las preocupaciones de su mente.
Si, para la próxima semana encontraría el mejor restaurante de la zona, la llevaría y ahí le propondría matrimonio. O se la llevaría a Seattle, o mejor aún, a Aruba. Eso sonaba bien, la llevaría a un resort de lujo, tendrían días de sol y noches de amor. Una cena a la luz de las velas, un anillo y la promesa de amarla por el resto de sus vidas.
Y tendría a Renesmee por el resto de su vida.
Esa idea no lo iba a dejar descansar ahora que ya lo tenía decidido. Renesmee, suya para siempre, tendrían hijos y envejecería a su lado. Era algo que nunca antes se había atrevido a soñar, todas esas noches solitarias pensando en ella y aquí estaba, tan cerca de lograr su sueño.
Esa imagen llenaba su cabeza de tal manera que casi podía verla, justo delante de él…
Jacob, frunció el ceño, esta no era una visión, era en verdad Renesmee corriendo hacia el parque en medio de una maldita tormenta de nieve. Apretó sus mandíbulas, maldición, ni siquiera llevaba una abrigo y tenía puestos esos zapatitos delicados que iban bien en su tienda, pero que eran ridículos en medio de la nieve.
Su ceño se profundizó, iba a coger una pulmonía, justo antes de resbalar y romperse el cuello.
—¡Renesmee! —Rugió. —¡Regresa a la tienda antes de que pesques un resfrío!
Ella lo vio y se tensó, pánico y terror se translucían en su rostro cuando de pronto giró y desapareció entre los arbustos al lado del camino. Sólo un segundo después sólo había nieve donde antes había estado ella.
Una súbita ráfaga de viento levantó la nieve. Jacob podía ver a través del parque, la calle donde estaba la tienda de Renesmee, sólo un segundo antes de que la cortina de nieve se cerrara otra vez sobre ella, pero fue suficiente.
Parado en la puerta estaba Riley Biers.
El golpe de ver al hombre que había dejado bajo custodia a diez mil kilómetros de distancia lo hizo tambalearse.
Sus manos temblaban al sacar su arma y revisaba sus municiones. Estaba siempre armado, era parte de su naturaleza, pero ahora mismo no estaba totalmente concentrado, una mitad de su ser estaba aterrada.
Riley Biers, un hombre al que había visto asesinar niños estaba aquí, intentando dispararle y Renesmee estaba metida entre ellos.
Con el arma en mano, Jacob empezó a acercarse en círculos hacia Renesmee.
Ella lo había tomado por sorpresa, nunca debió dejar la tienda, no con vida de cualquier modo. Riley había corrido tras Renesmee Cullen, pero la cortina de nieve había caído, envolviéndola antes de que él pudiera salir de la tienda. Ella podía haber ido en cualquier dirección.
Riley se quedó parado en la tienda, con los sentidos alerta. El no podía dejar que Renesmee Cullen se alejara. Ella era la clave para conseguir los diamantes y lograr su venganza.
—Renesmee. — Una voz profunda cruzando la calle. —¡Vuelve a la tienda antes de que pesques un resfrío!
¡Jacob Black! Riley podría reconocer esa voz en cualquier parte y él estaba aquí. Era imposible saber a qué distancia se encontraba porque el sonido le llegaba amortiguado, pero, ¡por Dios que estaba aquí! Renesmee Cullen también y Riley sentía los diamantes tan cerca que casi podía olerlos.
Sacó la Beretta 92, que Jasper le había conseguido, del bolsillo, el sonido del seguro al destrabarlo se oyó fuerte en el local, lo mismo que la respiración del hombre detrás de él.
Maldición, se había olvidado de Vulturi por completo.
—¡Hey! — Dijo Alec. — No puede disparar esa cosa, ¿y si le da a Renesmee? ¿No hay reglas para el uso de ese tipo de armas?
—¡Cállate! — Gruñó. Este hombrecito lo estaba fastidiando y él tenía que descubrir dónde estaba Black y adónde había ido Cullen, para poder cogerla a ella sin que le dispararan. Black era muy buen tirador. Y él también.
La nieve se colaba por la puerta abierta, derritiéndose al entrar en contacto con el piso de madera de la tienda. Normalmente, esta sería una pésima posición para un tiroteo abierto, nadie se paraba en un portal iluminado, pero el clima era tan extremo que eso no hacía ninguna diferencia. Riley bajó su arma, examinando el panorama por cuartos. El primer cuarto, no se veía nada, el segundo cuarto…
Alec le tocó el hombro con fuerza, lo suficiente como para hacerlo fallar el tiro si hubiera estado a punto de hacerlo.
—Guarde esa arma, alguien podría salir lastimado. —Tenía el acento afectado de los ricos. Luego otra palmada en el hombro. —¿Me ha oído?
Ahí estaba, hubo un alto en la caída de la nieve y Riley pudo ver a Jacob. Estaba vestido de negro y contrastaba con la blanca nieve. Sólo había sido un segundo, pero fue suficiente para que Riley lo tuviera en la mira. Black no vio un arma, pero eso no significaba que no llevara una. De cualquier modo, si Jacob sabía que Renesmee estaba cerca no se atrevería a disparar, a menos que fuera necesario.
Riley tenía una pequeña oportunidad ahí. No quería matar a Black, todavía no, en todo caso. Lo que quería era atraparlo, desarmarlo y usaría a esa mujer Cullen como carnada.
Había sido una buena idea hacer el reconocimiento de la zona el día anterior. Frente a la librería de Renesmee había un pequeño parque, no ofrecía mucha protección, pero tenía algunos arbustos y una pequeña glorieta en el centro, era perfecta. Jacob estaría reacio a usar su arma y la mujer buscaría refugio en el centro.
Ahí estaba otra vez, junto al gran roble en el centro del parque, tratando de orientarse. Riley dobló las rodillas y, con el arma entre las manos, ajustó el ángulo hacia su objetivo, listo para la próxima vez que asomara entre la nieve. Un ruido fuerte sonó cuando el viento movió una cortina de nieve. Riley respiraba con regularidad, sintiendo los latidos de su corazón acompasados, esperando el momento perfecto y, a este ritmo, era muy difícil que fallara.
¡Ahora! Una pequeña interrupción en la nevada, Riley suspiró…
Un dedo en su espalda lo sacó de su concentración, justo cuando iba a presionar el gatillo, para cuando pudo volver a concentrarse, la nieve otra vez caía como una cortina espesa y había perdido de vista a Black.
Riley se dio la vuelta, mirando el rostro arrogante y enrojecido de rabia de Alec.
—Escuche. —Dijo Vulturi, apuntándole con su dedo—. No voy a permitir que esté disparando…
Sin cambiar su expresión, Riley agarró al infeliz por los hombros para equilibrarse, puso el cañón de su Beretta directo contra el corazón de Alec y disparó. La voz petulante despareció en el acto y la expresión arrogante se fue en lo que dura un latido.
Riley ya se había dado la vuelta incluso antes de que el cadáver tocara el piso.
Inspeccionó el área por la abertura de la puerta. La nieve era tan espesa que no podía ver más allá de los postes de luz, pero él sabía que Black estaba ahí afuera, no se iba a ir a ninguna parte sin Renesmee y ella estaba corriendo por el parque. ¿Pero dónde diablos se habría metido? Riley esperó en vano otra pausa en la nevada.
Esto no estaba funcionando, tendría que ir derechito a la zona de fuego.
Cruzó la calle, era casi invisible con tanta nieve, y se detuvo detrás del tronco ancho de un olmo, escuchando al menor ruido y esperando. Esto era el final, si jugaba bien sus cartas, pronto dejaría esa tierra olvidada de Dios con $20 millones y su enemigo muerto.
—¡Señorita Cullen, por Dios, venga aquí, el asesino está allá afuera! ¡Aléjese por su propia seguridad!
Renesmee oyó las palabras amortiguadas por la nieve, pero le tomó más de un segundo darse cuenta de que el Agente del FBI estaba hablando de Jacob. Decía que Jacob, el asesino, estaba en el parque y podía matarla.
¿No era precisamente por eso que se escondía detrás de la glorieta? Ni siquiera lo había pensado, había visto la silueta alta y oscura de Jacob y, sin pensarlo dos veces, había salido disparada hacia los arbustos.
—Señorita Cullen! —Gritó el agente. —Por su propia seguridad le pido que vuelva a la tienda.
Sí claro, ella iba a salir por en medio del parque, haciendo un perfecto blanco para el asesino, un hombre que se jactaba de ir siempre armado, bueno, la verdad no se había jactado de eso, pero lo había dicho y ella no tenía dudas de que en ese momento también lo estaba.
Por su propia seguridad aléjese, había dicho el Agente.
Jacob estaba armado y podía hacerle daño. Era doloroso pensar en ello, pero esa era la verdad, ¿no es cierto?
Un Agente del FBI estaba ahí, listo para protegerla, justo fuera de su tienda, todo lo que tenía que hacer era correr hacia él.
Así que, ¿por qué seguía ocultándose detrás de la glorieta? Con la mejilla presionada a la base de madera y las manos azules del frío.
El frío era tan intenso, que era un milagro que el Agente especial Butler y Jacob no pudieran oír el entrechocar de sus dientes, tenía puestos los zapatos que usaba dentro de la tienda, negros, ligeros y bonitos y una desgracia en este clima. Ya estaban todos húmedos y tiesos por la nieve, que le cubría hasta los tobillos, sus pies estaban tan congelados que apenas si los sentía. Si iba a correr por su vida, tenía que hacerlo ahora, antes de terminar de congelarse y tener que esperar a que alguien más la sacara de ahí.
Se agarró del pasamanos de bronce de la glorieta circular, su corazón se le iba a salir del pecho, pero tenía que correr, tenía que…
—¡Renesmee, ven a mí! — Gritaba Jacob. Oh Dios, Renesmee cerró los ojos al oír el sonido de su voz, tan profunda, tan familiar. Se acurrucó más en la nieve, sus mejillas estaban húmedas y frías por la nieve y las lágrimas que no paraban de caer.
—¡Señorita Cullen! — El Agente Butler sonaba más cerca, la voz le llegaba amortiguada. —¡Recuerde lo que le dije sobre Biers! ¡Es un asesino, la usará como rehén para escapar, venga conmigo, yo la cubriré!
—¡Por Dios Renesmee! — La voz de Jacob se quebró. — No le creas, él es Riley Biers, te aplastará como a un gusano y no tendrá ningún reparo en hacerlo. Yo lo he visto matar cientos de mujeres y niños en África. Quédate dónde estás, voy por ti.
—¡No! — Gritó Renesmee mientras se levantaba, lista para echar a correr en cualquier momento, el viento lanzaba partículas de hielo a sus ojos y ella tenía que apartarlos de su rostro para poder ver, sus manos estaban entumecidas por el frío. —¡No te acerques a mí! — Dijo llorando, la voz le temblaba. —¡Quédate dónde estás Jacob, no te acerques a mí!
Silencio. El único sonido era el del viento entre los árboles, amortiguado por el sonido de los latidos de su propio corazón.
¡Maldición!
Jack no se atrevía a acercarse a Renesmee, casi no podía verla, agachada detrás de un panel de la glorieta, pero él no tenía que verle la cara para saber que estaba llorando, había sentido lágrimas en su voz.
Ella estaba asustada y desorientada, tenía la cabeza llena de las mentiras de Biers, no importaba ahora, sólo tenía que mantenerla lejos de Riley porque si estaba ahí era para usar a Renesmee como carnada para conseguir los diamantes.
Jacob no tenía ni idea de cómo había escapado Riley de los soldados de la UN y luego seguido el rastro de Renesmee, o cómo había sabido que él iba a ir a buscarla. Pero aquí estaba, listo y dispuesto a matar a Renesmee, ¡Oh por Dios!
No la mataría de inmediato, era demasiado listo para eso, primero le dispararía a las rodillas y luego a los codos y la haría sufrir.
Si Jacob lo hubiera pensado mejor, nunca hubiera tomado esos malditos diamantes. No los quería, no valían ni un cabello de Renesmee. Si pudiera, iría directo al banco, abriría la caja de seguridad y se los lanzaría a Riley por la cabeza. No podía pensar, si no hacía la jugada correcta, Renesmee podría resultar herida, quizá hasta muerta.
Jacon se volvía frío e insensible durante el combate. Sus latidos se ralentizaban durante los tiroteos, podía armar estrategias con las balas zumbando por encima de su cabeza. Sin embargo ahora no podía, en este preciso momento estaba aterrorizado. Renesmee estaba a 40 pies de distancia y podía salir corriendo hacia el asesino.
¿Cómo iba a pensar con claridad? ¿Cómo iba a planear los movimientos correctos, cuando su cabeza estaba llena de imágenes horribles de Renesmee herida, muriendo en la nieve? O gritando de dolor por un disparo.
Jacob había visto a Riley dispararle fríamente a una mujer, volándole el brazo completo desde el hombro. Si cerraba los ojos, todo lo que podía ver era a Renesmee en la línea de fuego y eso lo volvía loco. Su corazón latía con fuerza dentro de su pecho y su arma se le resbaló de las manos. Sus manos estaban sudando, todo él estaba sudando frío.
¿Qué podía hacer? Si iba hacia Renesmee, ella podría salir corriendo hacia Riley. Si no se movía de su sitio, Riley podría acercarse a ella. De cualquier forma estaba fregado.
—¡Señorita Cullen! —Gritó Riley. —Corra ahora, antes de que sea demasiado tarde, tengo agentes en camino que la mantendrán a salvo, debemos llevarla de regreso a su tienda, corra y yo la cubriré.
La voz de Riley sonaba más fuerte, se estaba acercando a Renesmee. Pronto sería un blanco fácil, incluso si no salía de su escondite.
—No le creas cariño. —Jacob mantuvo su voz baja, con la esperanza de que Riley no pudiera oírlo. —Te está mintiendo.
—¿Cómo… cómo podría estar mintiendo? — La voz de Renesmee sonaba temblorosa. — Es un agente del FBI.
—No, no lo es. —En dos zancadas, Jacob se acercó varios pies más cerca de Renesmee, cubriéndose detrás de otro gran roble. —Él no es ningún agente del FBI, es un criminal de guerra, responsable de…
—La masacre en una villa africana, el robo de los diamantes, lo sé todo… —Renesmee mantenía la voz baja. — Me lo dijo, sólo que tú eras el criminal, con una fortuna en diamantes robados y también me mostró una foto tuya Jacob, me dijiste que venías de Afganistán, pero la foto es de África y tiene una grabada la fecha del 21 de diciembre. Y Jane Johnson dijo que depositaste $8 millones en una cuenta, ¿Cómo voy a creerte?
Oh, Jesús.
No tenía tiempo para explicárselo y convencerla. Riley iba a abalanzarse sobre ella en cualquier momento. Jacob se dejaría disparar con gusto para que ella saliera ilesa.
El sudor le corría por la espalda y también le caía por la frente hacia los ojos, estaba enfermo de miedo.
Podía ver los postes de luz de la calle, la tormenta de nieve estaba amainando poco a poco. Riley se iba moviendo y en unos minutos alcanzaría a Renesmee, pronto, todo lo que tendría que hacer sería estirar el brazo para agarrarla del cuello y pedirle a Jacob que tirara su arma.
Y Jacob lo haría, incluso sabiendo que eso sería su muerte segura, haría cualquier cosa para salvar a Renesmee, sólo que eso no la salvaría porque la mataría inmediatamente después.
Jacob tragó con fuerza la bilis que le subía por la garganta, el sabor de la derrota.
¡Ahí! Algo se movió entre los árboles, Riley se estaba acercando más.
Renesmee no podía quedarse ahí, estaría muerta en menos de cinco minutos y Riley le había llenado la cabeza con tantas mentiras que ella no iría hacia él.
Tenía que irse de ahí pronto.
Jacob metió la mano en su bolsillo y lanzó una masa de metal hacia Renesmee. Incluso en la oscuridad y entre la nieve, tenía una excelente puntería, cayó justo a los pies de Renesmee.
Ella se agachó y lo recogió, él podía verla ahora con claridad. Levantó la mirada y lo vio, su corazón se contrajo, su rostro mostraba pena, miedo y dolor.
—Renesmee. — Dijo con urgencia. —Esas son las llaves del Explorer, está estacionado en la calle Harrison, vete y conduce lo más rápido que puedas, ve hacia Seattle o Spokane. Hay un par de miles de dólares en la guantera, úsalos y vete lejos de aquí. Si algo llegara a pasarme, ponte en contacto con Philip Napier, él es un abogado en Hewitt, le he dejado mi testamento, tú eres mi heredera universal, tendrás todo lo que poseo, haz que te gire el dinero y desaparece de la faz de la tierra. Nunca vuelvas a venir aquí, Riley te matará si lo haces.
Ella lo miró a los ojos.
—¿De dónde sacaste ese dinero? —Susurró.
Otro vistazo de esa figura, casi invisible, que se refugiaba tras las paredes de concreto de los baños públicos antes de que Jacob pudiera disparar. Se estaba acercando a la glorieta, Jacob podía ver el cañón del arma de Riley asomándose desde una esquina de la pared. Renesmee estaba del otro lado, pronto él la vería e iría por ella. Sólo tenían un par de minutos cuando mucho.
—Escucha con atención cariño, el dinero no es de los diamantes, te lo juro. Vendí la compañía de mi padre y mi casa. Usa el dinero y mantente alejada de aquí, prométeme que te irás, necesito saber que estarás a salvo.
—Tenías fotografías mías… —Las lágrimas rodaban por sus mejillas. —Conocías Masen perfectamente, ¿quién eres?
Tenía que alejarla ahora mismo y sólo la verdad funcionaría.
—Jake.
—¿Qué?
—Yo soy Jake, cariño, ¿recuerdas al muchacho que vivía en el albergue hace doce años? Tú me traías comida y libros.
Sus ojos se abrieron, fijos en él. El podía verla con claridad, la nieve casi había parado de caer. A cincuenta pies de distancia Riley salió detrás de la pared de concreto y asumió posición de tiro.
—¿Jake? ¿Tú eres Jake?
Jacob levantó su arma y apuntó, el tiempo se había acabado.
—¡Corre Renesmee, corre! —Gritó.
Renesmee saltó y salió corriendo disparada, pero no hacia el vehículo. Ella fue directa hacia él.
Riley salió de su escondite, persiguiéndola con el arma lista para disparar.
Jacob envolvió a Renesmee con un brazo, levantó su arma con el otro y disparó un tiro certero directo al puente de la nariz de Riley.
Riley cayó de espaldas, su sangre manchando la blanca nieve.
Y eso fue todo lo que Jacob vio mientras abrazaba a Renesmee con fuerza, ahora ya estaba segura, segura para siempre. Enterró la cara en su cabello, escondiendo las lágrimas de su rostro.
Oficina Principal del Albergue para Niños
Chicago
Dos semanas después…
La hermana Mary Michael sonrió al ver el sobre en su escritorio. A lo largo de los últimos diez años había recibido muchos otros, todos iguales y todos dirigidos a ella, no a la fundación de caridad que ella dirigía. El albergue para niños se dedicaba a proveer de educación a los niños perdidos y sin hogar.
Cada sobre había sido escrito con trazos fuertes y precisos en tinta negra. Cada sobre llevaba la misma dirección de retorno: una fundación incorporada de Las Bahamas, La Fundación JP, casilla postal 1341, Freeport, Gran Bahama. Y cada sobre contenía un cheque.
No había forma de saber si el remitente era hombre o mujer, pero la hermana Mary Michael sabía que era un hombre. Algo en esos trazos firmes, en los espacios entre las palabras, la simplicidad y continuidad de las cartas… a lo largo de los años se había hecho una imagen mental de un hombre alto y fuerte que no quería ninguna gratitud a cambio.
Ella había intentado darle las gracias lamentaba no haber podido descubrir nada, de todas maneras, oh, cómo lo había intentado. Después de que llegaran los primeros cheques, le pidió ayuda a Tom Pinto para encontrarlo. Él se había convertido en uno de los investigadores privados más importantes del país, sin embargo, nunca logró descubrir quiénes estaban detrás de la fundación JP. Tom era muy bueno en su trabajo, pero nunca pudo traspasar las barreras de protección que cubrían la Fundación JP. Finalmente, Tom le había aconsejado que no siga buscando y ella lo había hecho.
La Fundación era un claro ejemplo de la voluntad de Dios, brillando en la oscuridad.
La Hermana Mary Michael puso el sobre ante ella en el escritorio, lo tocó con las puntas de los dedos y dijo una oración por el alma inmortal de su benefactor, sabiendo que la gracia divina brillaba con fuerza en él. El Albergue hubiera tenido que cerrar sus puertas hacía mucho si no fuera por la generosidad de ese hombre anónimo.
La hermana Mary Michael tomo un abridor de cartas de madera que había sido tallado por uno de sus niños, uno que nunca más estaría perdido y que ahora era un doctor en su segundo año de residencia en Boston, y abrió el sobre.
Los cheques habían comenzado a llegar con sumas pequeñas. Mil dólares un par de veces al año al comienzo. Luego, con el paso del tiempo, los cheques habían aumentado, del mismo modo que el benefactor, Dios bendiga su alma, se había ido haciendo más generoso.
El último cheque había sido por 40 mil dólares.
Sonriendo, la hermana Mary Michael sacó el cheque y miró la cifra: dos mil dólares. Bien, quizá los negocios no iban tan bien últimamente…
No, se había equivocado, tampoco eran veinte mil. La hermana Mary Michael inspiró hondo y parpadeó, fijando luego la mirada en las letras escritas con esos trazos negros y firmes tan conocidos para ella.
Veinte millones de dólares.
FIN
Hola, Little Perverts! Muchas gracias por leer la adaptación JASSIE de este libro.
Lo se, yo también dije WTF con este final...
Gracias por sus ponerme en sus Favoritos, por seguirme y por sus comentarios... A las lectoras fantasma, también gracias...
Kisses and Love
Victoria Wittaker
