Disclaimer: Hetalia no me pertenece, por supuesto. Ni tampoco cualquier tipo de obra aquí mencionada.
Nota de la Autora: Estoy teniendo dificultades al publicar (con la otra historia que escribo cambié una parte y no sé cómo terminarla, así que finalizaré ese cabo y continuaré avanzando esta). Pero este capítulo es largo. Disfruten.
Agradezco a todos los que se pasan por aquí. Me dan muchas ganas de mejorar.
3
Trato de Caballeros
En una ocasión, Aida leyó en una revista que las mujeres decían más palabras por día que los varones. 'Entonces yo soy una excepción a la regla', pensó. Y lo comprobó tajantemente con Mathias. El danés parecía una grabadora; no paraba de hablar y transmitir. Eso, para la chica, era desesperante. Ni siquiera encontraba lugar para lanzar alguno de sus mordaces comentarios; el danés acaparaba toda la atención. 'Gilipollas, ¿Te das cuenta que no escucho nada de lo que dices?' Aida frotó su sien y pidió que la paciencia la acompañase. Y esa no era su mejor compañía.
Mathias, en un determinado momento, se dio cuenta que Aida no contestaba a ninguno de sus comentarios y caminaba arrastrando los pies y el cabello sobre el rostro. El danés iba a hacer ademán de quitarle los mechones rubios de su cara, pero la chica le hizo el quite. Llevaba algo bajo el brazo, una bolsa de papel. Al danés le llamó la atención, claro está y no se quedaría con la duda por mucho tiempo.
-¿Qué llevas bajo el brazo? –Densen apuntó a la bolsa y Aida levantó su rostro a su interlocutor. Aida agradeció mentalmente ser (casi) del mismo porte de Mathias.
-Nada. Un libro. –Aida gruñó y apretó los labios. Para qué mentir, no había sentido dejarse crecer una nariz de Pinocho por algo irrelevante. No podía ocultar la bolsa y pidió que Densen no se la arrebatase.
Densen rió y Aida no le encontró sentido al chiste. -¿No lo ves? Te has contradicho a ti misma. Dijiste que no traías nada y sin embargo, después mencionaste el libro. Mal, señorita Huglund. Quizás debería volver a la escuela, jaja.
-No me digas, Capitán Obviedad. –Aida esputó y ambos continuaron caminando. 'Este tipo parece enfrascado en resaltar lo idiota. Me enerva su falta de tacto y su estupidez. ¿Cómo diablos terminó siendo director de escuela?
-¿De qué es el libro? ¿Es una novela erótica, de esas que leen nuestras madres, no? –Densen iba a coger el libro, pero Aida lo escondió atrás de su espalda. Le dijo que no era importante. Algo que Aida odiaba con toda su existencia eran las novelas eróticas.
Mathias, entonces, le refutó que si no era una novela erótica, no debía de por qué avergonzarse. Aida frunció el ceño, tenía razón.
-Las Brujas, de Dahl. Si no lo conoces, deberías volver a primaria. -'Verdad que tú ya estás en una'. Aida sacó de forma parcial el libro, de manera que solo quedara visible el título y parte de la portada.
Densen se emocionó al ver el libro. Fue como si recibiera un shock de energía, cosa que a la noruega puso de los nervios. La conversación fluía como un río estancado, mientras caminaban hacia un destino que solo Densen conocía.
-Ese libro me ponía de los nervios cuando era niño. Veía brujas en todos lados, no te digo todas las anécdotas que viví gracias a él. Y es que para mí, toda mujer que usara guantes, tacones de dos tallas menos a las que deberían usar, se rascaran el cabello y tuvieran las fosas nasales enormes (1) era señal de pánico. Aunque afortunadamente, jamás me topé con una.
Aida asintió, hundida en sus pensamientos. Ella se comportaba igual a Mathias con respecto a las brujas. Una pena que, para mala fortuna de ella, se encontró con una bruja en su infancia. Mathias, claro, tomaba el libro como mera ficción. 'Las brujas existen, Aida. Si el resto es lo suficientemente necio para no verlas, allá ellos'.
Densen continuó con su parloteo. Le comentó que hoy tuvo su primera reunión con el personal de la escuela. Aida entendió que le dieron la bienvenida y le enseñaron el lugar, además que presentó al gabinete sus propuestas. Por lo menos, Densen se veía comprometido y motivado por su nuevo empleo. La escuela estaba en paupérrimas condiciones, especialmente estructurales y esperaba que las mismas ganas que transmitía Densen en su plática fueran las mismas que aplicaría en su trabajo. De improviso, Densen se detuvo. Aida hubiera seguido de largo caminando (se percató que Mathias frenó, pero esperaba que el danés no la detuviera) si no hubiera sido porque el hombre la cogió del brazo. Aida rápidamente se desembarazó de él; odiaba el contacto físico, en especial con gente que no conocía.
-Pues bueno, Señorita Huglund, hemos llegado a la Cafetería. –Densen abrió la puerta de la Cafetería y Aida maldijo su mala suerte. Estaban en uno de los lugares más odiosos, más que Ultramarinos
La Cafetería
Aida intentó persuadir (al danés que en ese lugar solía pasar el rato una persona non grata para ella, pero el danés hizo caso omiso de ello. Era terco. 'Tiene tanta delicadeza con el otro. Y es inmune a mi sarcasmo'. Aida entró al recinto siendo empujada por Densen, que antes de entrar, buscaba a alguien con la mirada. Más bien, una bicicleta. La bicicleta de correos. Encontró al dueño detrás de un farol, con un libro bajo el brazo y con uniforme escolar.
Densen alzó el pulgar en señal que todo iba de maravillas. El chico golpeó su frente y le hizo señas para que se largase. Densen sonrió y cerró la puerta de la Cafetería.
Emil, por otra parte, se preguntaba por qué diablos aceptó ayudar al nuevo director de escuela a tener una cita con Aida. No le daban nada a cambio, es más, teóricamente salía perdiendo. Todo se rememoraba a la mañana, cuando fue a dejar un paquete para el señor Densen.
…
Emil salió de su casa más temprano que de costumbre. El día anterior dejó dos paquetes sin entregar y odiaba dejar eso para después. La mañana era helada, Emil calentó sus manos enguantadas frotándolas una con la otra. Revisó las direcciones de los paquetes. La dirección de Kirkland quedaba en la zona Centro, al lado de la biblioteca pública. La de Densen, en un Cottage al lado del lago, casi al final de la urbanización.
'Primero entregaré la encomienda a Kirkland y luego a Densen. Después, que ambos den por el culo'. Emil revisó su reloj. 'Seis y cuarto de la mañana' Emil suspiró. De no haber tenido esa plática con Aida, hubiera alcanzado a entregar las encomiendas. Ahora debía pasar por la oficina de correos a buscar los periódicos a repartir y para remate, entregar los dos paquetes. Emil se ajustó los guantes y el gorro y se puso a pedalear.
…
Kirkland estaba ya en pie cuando Emil le entregó la encomienda. Este comenzó a echar mierda al sistema de correos noruego; su poca puntualidad y velocidad de entrega. Lo comparaba con los correos ingleses, alegando que ahí ellos tenían toda una cultura epistolar. Emil no prestó atención a nada de lo que Kirkland gritaba. Su trabajo era entregar bultos y ya. Si quería criticar, que dejara una queja en la oficina, o es más, que entregara el correo él. Por supuesto que Kirkland no era capaz de levantarse a las cinco y media de la mañana a cagarse de frío en el invierno nórdico, pero no le iba a decir eso, ¿no? Steilsson se quedó en silencio durante todo el tiempo que duró su reunión con Kirkland y después, enfiló a la casa del señor Densen.
'Kirkland está tan chiflado como Aida, quizás un poco menos. Solo que a él no lo molestan solo porque escribe novelas cursis y best Sellers. Igual no me fío de él' Steilsson refunfuñaba acerca de su ex profesor de lengua inglesa. Actual escritor. 'Idiota'.
Emil giró a la calle principal. No se veía ni un alma. Los negocios estaban cerrados. La oficina postal solo tenía una luz encendida; la oficina de Hedervary. 'Aunque ella olvidó apagar la luz de su oficina ayer… y a mí me dio flojera apagarla'. Continuó pedaleando por allí hasta que dobló en una esquina, donde se encontraba la librería de Oxentierna. Estaba cerrada, naturalmente. Esa calle desembocaba en la calle del lago, netamente residencial. Esa calle era de residencias de veraneo y hogar de algunos de los habitantes más respetados del pueblo, como Oxentierna, su prometida y el comisario. Densen vivía en esa calle, pero alejado de las construcciones importantes. Digamos que su cottage era el más alejado del centro. 'Otro idiota sin sentido. Hizo lo mismo que Aida, se compró un lugar que no le convenía'
Emil se equivocó. El cottage era para una familia pequeña o alguien soltero, como Densen. Era una casita pintoresca, de dos pisos, con flores en las ventanas. Con un jardín minuciosamente cuidado y de cerca blanca. Emil recordó una casa de muñecas, o una casa de jengibre. 'Hansel y Gretel' Densen tenía un coche viejo, un escarabajo. Se notaba que no lo usaba mucho. Una bicicleta estaba amarrada a la cerca. Una luz estaba encendida en el segundo piso. 'Debe de haber despertado recién, quizás no sea correcto interrumpirlo… y yo quiero deshacerme de este paquete, así que perdón'. Emil tocó el timbre. Sacó un pañuelo de lino con el que se limpió el rostro. Emil escuchó el crujido de las escaleras y no pasó mucho tiempo hasta que el señor Densen atendió la puerta, en piyama.
-Hm… ¿qué desea? Son las… eh… es temprano… -Densen tenía una enorme cara de sueño.
-La oficina de correos tiene su encomienda, señor Densen. Firme este formulario, por favor. –Emil hizo el procedimiento de siempre y le extendió el formulario al danés. El hombre firmó con una caligrafía delicada, casi femenina, pero con trazos fuertes y decididos.
Emil se despidió del hombre y se disponía a dar la vuelta, hasta que Densen le cogió del brazo.
-¿Eres amigo de Aida Huglund? Algunas personas me han dicho que sí.
Steilsson se libró de la mano de Mathias y procesó el mensaje. '¿Aida? Digamos que yo no soy amigo de… para qué te mientes, idiota, sí eres muy buen amigo de la Lunática.'
-La conozco desde hace tiempo. ¿Por? –el chico tenía sospechas de la pregunta del danés.
-Este tema requiere una conversación de caballeros, así que muchacho, entra a mi casa. –El danés despertó de su apatía inicial y cogió al chico de su abrigo y lo metió dentro de su casa. Emil no pudo hacer absolutamente nada. El danés puso seguro a la puerta principal y no lo dejó salir. El islandés trató en vano de abrir la puerta, pero fue en vano. Las ventanas eran muy pequeñas para alguien alto como él.
'¡Mierda, este idiota me va a matar! Tengo que salir de aquí y denunciar a este acosador de mier-'
-Antes que nada, siéntate. Yo soy el gran- digo, el señor Mathias Densen, el nuevo director de la primaria. –Densen cogió la mano del repartidor y la agitó con ganas. Emil no entendió nada. –Ven, pasa a la cocina. ¿Has desayunado?
Emil negó con la cabeza. Densen era como si recibiera una descarga voltaica. Abrió una puerta y le hizo señas a Emil para que se acercara. Emil desconfiaba, pero era mejor seguirle el juego al director. No tenía ganas de saber lo que ocurriría si no obedecía a la orden. Parecía un hombre peligroso. Se acercó a la puerta y entró, buscando cualquier objeto con el cual asestarle un golpe asesino o una salida. Pero no.
La cocina es tan pintoresca como el resto de la casa. Una mesita circular en medio de la cocina, con cuatro sillas de mimbre y un florero al medio. El frigorífico lleno de fotos personales y de paisajes, además de notas y folletos diversos. Hasta la vajilla era tierna, con diseño de ositos. Esta no parecía la casa de un hombre imponente como Mathias Densen. Notó que el hombre tenía un especial apego por la bandera danesa, de una de las paredes se encontraba encuadrada una de ellas. Emil se quedó mirando fijamente a esta.
-Soy danés hasta la coronilla, pero viví por largas temporadas en Noruega. Eso sí, mi pasaporte es de Dinamarca, jeje. –Densen corrió una silla y le hizo ademán al adolescente para que se sentara. -Tengo tarta de arándano, la hice yo. Toma, come un poco.
Densen abrió el frigorífico y le alcanzó a Emil un pedazo, que dispuso en una de las vajillas de ositos. Calentó agua en una tetera. Y sacó más cosas del frigorífico y de varias gavetas. Densen puso los cubiertos, dejó una jarra de zumo de naranja y dos pequeños vasos, además de bollos y frutas. Descongeló la mantequilla junto a la mermelada y preguntó a Emil si quería huevos revueltos. El muchacho negó con la cabeza y jugaba con el tenedor. No estaba seguro de probar la tarta, a pesar de que se veía apetitosa. Podía tener veneno.
-¡Come con confianza, hombre! Vendrá el invierno y tú aún con el plato servido.
Mathias era poseedor de un tono de voz naturalmente alto. El comentario hizo saltar a Emil, acostumbrado a convivir en una casa donde todo era silencio. El pitido de la tetera indicó que esta bullía, razón por la cual Mathias quitó del fuego y apagó el horno. Consultó a Emil por una taza de café, la cual el muchacho aceptó, con reticencias. El danés cogió las tacitas de ositos y las dejó en la mesa.
-Tengo solo café instantáneo, lo siento. Quizás en otra ocasión te ofrezco café a grano, jeje. –Densen revolvió su melena rubia.
Emil, con cortesía, le respondió que no importaba. 'Y no se preocupe, señor Densen, en mi vida volveré aquí, se lo aseguro'. El chico esperaba a que Densen se sentara para… pues bueno, charlar. Densen vertió una cucharadita de café en cada taza y luego, sirvió el agua hirviendo. Un rico aroma a cafeína invadió la cocina, causando que al muchacho se le hiciera la boca agua. Desde el día anterior no probaba bocado. Pero su sentido común le decía que no aceptara cosas de extraños, menos de secuestradores que se hacen pasar por daneses directores de escuela.
-Puedes comer, oye que en mi casa no me gusta la formalidad. –Densen cogió una manzana y le dio un mordisco. –No tengo ni tocino, ayer debí comprar varias cosas en ultramarinos, pero me olvidé.
Emil decidió animarse a comer un poco de la tarta de arándanos. Era la cosa más exquisita que probó en mucho tiempo. Mathias se fijó en la cara de agradable sorpresa que tenía Emil y sonrió. El muchacho rápidamente cambió su rostro a su cariz normal, pero se decía a sí mismo 'Si muero hoy, por lo menos alegaré que fue comiendo una merienda mejor que la de los dioses…'
-Creo que es injusto que tú sepas mi nombre y dónde vivo y yo nada sobre ti. Así que preséntate, hombre. –Densen terminó la manzana y vertió un poco de zumo de naranja en su vaso.
-Steilsson. Emil. ¿Qué quiere de mí? –Emil comía sin problemas la tarta de arándanos. Por alguna razón, el danés parecía tan idiota como para hacerle algo malo. Además, vivían en un pueblo minúsculo, así que todos se conocían las caras y siempre alguien notaría su ausencia. 'Y Kirkland puede testificar que yo andaba repartiendo encomiendas, así que pueden esclarecer una coartada…'
-Steilsson… ¿siempre viviste aquí?
Emil lamentó que el hombre no fuera al grano, pero encontró lógica su respuesta. Él sabía que el hombre era danés.
-En realidad no. Soy islandés hasta la médula, pero mis padres se divorciaron y mi padre se casó con una noruega. Mi…eh… madre lleva la vida loca en España. Así que vivo aquí desde los 13 años. –Dijo Emil, restándole importancia al asunto.
Mathias asintió y bebió de un sorbo el zumo de naranja. –Asumo que vas en el gymnasium (2), ¿no? –Mathias cogió un bollo y untó mermelada de arándano en él.
Emil asintió. Tenía curiosidad acerca del tema que le incumbía ahí. ¿Qué quería Densen de Aida?
-Tú mencionaste afuera que si conocía a la señorita Huglund. Dime para qué. –Emil no reparó en preguntar. Quería respuestas claras y concisas. Basta de small talk (3) por hoy.
Densen mordió un trozo del bollo plano y bebió un sorbo del café. Al adolescente le ponía nervioso la tranquilidad que se adjudicaba Densen. –De forma resumida, vamos a ir juntos a una cita hoy y necesito que me digas qué cosas le interesan. –Mathias lo dijo con la misma seguridad con que Aida gritaba a los cuatro vientos que los fantasmas existían.
Emil por poco no escupe el café. '¡¿Qué?! ¿Qué hizo qué cosa? ¿Una cita a Aida? Esto es imposible, debe de estar mintiendo… Yo estoy acostumbrado a la excentricidades de Aida, pero él…'
-Ehem… creo que no te has enterado, señor Densen, pero hay algo peculiar en Aida que a varias personas de este pueblo no les gusta. ¿Has oído hablar de ellas? –En el fondo del corazón de Emil, este no quería que Aida fuera humillada por otro papanatas. Por supuesto que por su orgullo no expresaría esto. A pesar de todo, Aida Huglund le caía bien y velaba por su… seguridad.
-Con respecto a eso… he oído algunos comentarios malintencionados, sin embrago… -Densen bebió un largo sorbo de su café y continuó hablando -… si quiero darles la razón o no será algo que veré por mí mismo. Aunque ayer, cuando la vi, me pareció de lo más adorable.
Densen se sonrojó y sonrió. Emil no sabía si devolverle el gesto. Dejó un poco de la tarta y vertió en su vaso un poco del zumo de naranja.
-Conoces el hecho que Aida jura que los aliens, hadas, fantasmas, entre otras criaturas fantásticas existen. Y que Aida no anda jamás con pelos en la lengua, o que tiene un comportamiento errante y falto de sentido común. –Emil revolvió un poco del café con la cuchara.
-Vaya forma de hablar de tu amiga, Emil Steilsson. –Densen terminó de comer el bollo e hizo una mueca de disgusto.
-Así es como varios de tus vecinos se refieren a ella. A mí me da lo mismo si Aida cree o no en que hay ogros habitando en el bosque, no obstante, te aseguro que varios residentes esperan la más mínima oportunidad para declarar a Aida como mentalmente incompetente e ingresarla a un manicomio. –Steilsson, al igual que Huglund, no andaban con morros.
-Y sé a lo que me expongo. Por eso te pido ayuda y te invité a compartir en mi mesa. Obviamente, por mi trabajo esta reunión queda en exclusivo secreto. Dime todo lo que necesite saber de Aida, absolutamente todo lo necesario. –Así, con ese tono de voz, Densen aparentaba sus treinta. Hace media hora, cuando Emil fue retenido a la fuerza, podía afirmarse que Densen era solo un adulto con mente de niño.
-¿Y qué gano yo?
-Mmm… mi apreciación, supongo. –Mathias rió y Emil maldijo en voz baja por la broma del danés.
-Te recuerdo que no ando vestido con toga y un arco con flechas y corazones (4), así que dime la verdad. ¿Qué gano yo con esta tarea?
La cara de Densen confirmó lo que Steilsson creía. Nada. Ganaba, tal como dijo el danés, la satisfacción de hacer algo altruista y benéfico. Y Emil, al ver los ojitos de cordero degollado del rubio, no pudo decir que no. No pudo.
-Veo que aceptaste. ¡Muy bien Emil! Te aseguro que tu ayuda no será vana y haré todo lo que esté a mi alcance para que Aida la pase bien.
'Perfecto. El danés volvió a su yo idiota. Ni siquiera tengo ganas de conocer de dónde me ubicaba, de más me da un melodrama y yo caeré rendido a sus pies'
-Emil Steilsson. De la casa donde yo venía, tratábamos las cosas como caballeros. No hay vuelta atrás. Estréchame la mano para cerrar este trato. La Alianza de los Caballeros. –Densen extendió su mano al frente de Emil. Antes, escupió en la palma de su mano, para asco del albino y le dirigió una mirada de seguridad.
Emil 'escupió' a su vez en su mano derecha y estrechó la mano del danés. Con eso se daba cerrado el trato. 'La misión Huglund comenzó'
…
Y ahí estaba. Después de darle una mini biografía de Huglund a Mathias, Emil se comprometió a ser de agente encubierto, a vigilar a la pareja durante el transcurso de la cita. Idea de Mathias.
-Es oficial. Soy el idiota más idiota que pudo haber vivido en esta idiota ciudad. –A Emil no le importó la redundancia de sus pensamientos y se puso a leer el libro para literatura. Tenía que gastar su tiempo mientras trabajaba de espía a lo 007.
Mientras tanto, en la Cafetería, iba a comenzar el gran acto del día para Aida y uno de los episodio más bochornosos del mes.
Notas a pie de página:
(1)En el cuento infantil 'Las Brujas', de Roald Dahl, habían una serie de características que compartían todas las brujas. Estas son: todas usan guantes (24/7), son calvas (pero ocultan su calvicie usando pelucas que les irritan la cabeza), tienen fosas nasales más grandes que el humano común, sus pies son cuadrados y sin dedos (usan, además, zapatos puntiagudos de tacón en todo momento), su saliva es de color azul y tienen una mirada 'chispeante'.
(2) Gymnasium: es una escuela de educación secundaria que se encuentra en muchos países europeos, equvalente al lyceé de Francia y al grammar school del Reino Unido. Noruega es uno de los países que tienen este tipo de institución.
(3) Small talk: Traducción del inglés; charla trivial.
(4) Descripción común para Cupido, dios romano del deseo amoroso.
Nota: La historia ocurre en un pueblo al sur de Noruega. Just in case.
