Se aproxima el día de los enamorados y se viene el desenlace de la cita de nuestros dos tortolitos. Pido disculpas de antemano por el retraso; en una especie de 'compensación', este capítulo que iba a estar dividido en dos partes decidí juntar los episodios en uno único. A pesar que no soy muy fanática de estas festividades que impusieron algunos, tengo un panorama el catorce (mañana), así que prefiero publicar hoy que hacerlo después. Pero repito, que este capítulo sea sobre la cita y mañana sea el día de los enamorados es solo coincidencia. No es que decidí que calzaran los dos, jeje. Espero que les guste y les envío buena vibra para lo que sobra de mes.
Disclaimer: Hetalia no me pertenece, por supuesto. Ni tampoco cualquier tipo de obra aquí mencionada.
Nota de la Autora: Para darle mayor fluidez a la historia, agregaré gente que no son personajes de Hetalia a la historia. Sin embargo, su rol no será de la trascendencia que sí tienen Bonnefoy, Gilbert o el resto de los personajes. Además, adjunto una canción que fue la que usé para retomar este capítulo. watch?v=HwmREw4MqFw&list=PLBF8AEECF44B0A303
4
El Orgullo del Ritter
El Café Ritter era conocido en toda la ciudad. Esquinado cerca de la oficina de correos, era un auténtico café vienés en una perdida ciudad noruega. El dueño, un austríaco de tomo y lomo, quedó prendado por una lugareña. En vano trató de conquistarla y terminó con el corazón roto y el orgullo mancillado. Apenas con un poco de dinero y autoestima, el hombre puso a funcionar una pequeña cafetería, donde servía diversas clases de té, café, bizcochos y por supuesto, renovaba día a día su repertorio de periódicos, revistas y alguna que otra novedad. Así, poco a poco, comenzó a hacerse conocido de en boca en boca, hasta hoy. No por nada venían habitantes de las villas cercanas y era una joya perdida entre tanto bosque colindante.
Para Aida, el café sería un lugar ideal para pasar el rato. El dueño era afable, pero sin perder la elegancia y sobriedad que le dieron los años, mientras que el lugar, decorado con líneas modernas, era capaz de mantener la armonía en el recinto construido a finales de los años veinte. Sin embargo, una mancha embarraba la bella postal. Beilschmidt. El albino trabajaba a tiempo parcial en el lugar. Después de su 'trabajo', se pasaba por el local a trabajar como mesero. Era una molestia, al menos con ella. Nadie podía negar que el chico fuera disciplinado y competente, al menos en la cafetería, pero si aparecía alguien que no le agradara, le hacía la estancia imposible. Y como esa ciudad tenía un déficit de personal, era obvio que el austríaco no iba a despedir a sus pocos ayudantes. Esa era una de las razones por las cuales, Aida jamás se pasaba por el Ritter a no ser que fuera estrictamente necesario. Rogaba que el muchacho se tomara el día libre. Además… varias veces encontró al susodicho con sus amigos campeando 'alegremente' por su finca, así que tenía más de un motivo para marcar con una equis a Gilbert.
En la salita había seis comensales. Una pareja de ancianos bebían dos latte macchiato junto con galletitas, cerca del piano. La bibliotecaria se tomó su hora de almuerzo en la cafetería y estaba absorta leyendo una novela. Otro viejo, que usaba un impermeable verde, bebía la especialidad de la casa mientras ojeaba una revista de insumos náuticos. Un funcionario del ayuntamiento y su amigo zampaban salchichas con una copa de vino. No había mucha actividad. En la tarde comenzaría a llegar mucha más gente, coincidiendo con la merienda o la salida del trabajo.
El mesero que los atendió no era Beilschmidt, por suerte. A este le debería tocar su turno más tarde, coincidiendo con la llegada masiva de comensales. Por eso, a Aida se le ocurrió terminar lo más rápido la comida para largarse del lugar y evitar encontrarse con el tal Gilbert. Densen solicitó sentarse al lado del ventanal, para que su 'asistente' Emil le fuera más fácil observarlos. El camarero los ubicó en el lugar pedido y les entregó la carta, además del típico vaso de agua.
-¿Qué quieres? Yo corro por todo, así que date el festín si quieres. –Densen no hallaba la forma de ocultar de su cara una sonrisa expectante. Aida leía con frenesí la carta, buscando algo que fuese rápido de consumir. Miró de reojo a su acompañante, que releía con una calma inusual las reseñas de los platillos. Espió al resto de los comensales, ninguno aparentaba tener prisa. El reloj parecía andar a la inversa.
-¿Te parece comer un cruasán? Yo pediré uno junto con un cortado. –Densen despertó a la rubia de sus ensoñaciones y esperaba, expectante, una respuesta.
La mujer asintió, eso parecía una orden sensata, pero cambió el cortado por un té negro. Llamaron al mesero, que estaba ataviado recogiendo el plato de pastel a medio comer que dejó la bibliotecaria. Tomó el pedido de la pareja y se fue. Su correcto semblante contrastaba con la mirada de sus ojos, que miraban tensos e inquietos las manecillas del reloj. El rato que quedó lo aprovechó el danés para iniciar una conversación.
-¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? Alguna gente me ha contado que bastante tiempo. –Densen cerró el libro encuerado y se dirigió a Aida, que se hallaba distraída. Esta habló quedamente, casi sin expresión en su voz y de forma casi autómata.
-El tiempo suficiente para creer que dos de tres habitantes de esta ciudad son idiotas. –Aida esputó sin miramientos.
Esa respuesta no dejó satisfecho al danés, que insistió en el tema. Apoyó los codos en la mesa y entrecruzó sus dedos.
-Alguien debe caerte bien, ¿no? A ver… cuenta con los dedos cuántas personas te agradan.
Aida asumió que tendría que responder, no le quedaba otra. Buscó en su mente dichas personas. Emil, Berwald y Henna entraban a la categoría sin discusión. El dueño del Ritter probablemente. Alguna que otra alma desamparada. En sí la lista se limitaba a seis, siete personas. Aida no sabía si eso era un número bueno o malo, así que no mintió en los datos y se lo contó al danés. Este, impresionado que de un pueblito de menos de cinco mil personas, solo siete le cayeran de verdad bien. El resto podía dar por el culo, para ella.
-¿Tan mal te cae el resto? –Densen jugó con el tenedor, haciéndolo girar en su mano. -¿Nadie más?
La mujer asintió. Para ella, las cosas eran así de simples. No iba a crear rollos innecesarios. Además… nunca le caerás bien a todo el mundo y Aida prefería centrarse en aquellos que ganaron su peculiar confianza.
-Me han contado que no tienes una buena reputación… Si es así y no te agrada gran parte de la gente de acá… ¿Por qué sigues viviendo en un lugar donde no te quieren?
Ok, Densen las caga de franco de vez en cuando. Emil le advirtió que vigilara su lengua alborotada si no quería ganarse una cachetada, mas no fue así. Para cualquier persona, esa pregunta sería prácticamente una ofensa, pero Aida (externamente) no se inmutó. Sinceramente, le importaba un rábano todo eso.
-Dime. ¿A ti te importa lo que piensen de ti? – Aida bebió un sorbo de su vaso de agua y limpió sus labios con una servilleta. En ella quedaron rastros de lápiz labial color borgoño, que contrastaban con el blanco de esta.
Densen iba a responder, pero fue interrumpido por la mujer que echó su cabello, rubio, largo y lacio, hacia un lado de su espalda.
-Pues bueno, está claro que no le caerás bien a todo el mundo. Si los que viven aquí son unos necios excepto esas 'siete' personas que tú dices, yo prefiero relacionarme con esas siete personas que valgan la pena. Para agregar… -se dirigió a un punto invisible por sobre la cabeza de Mathias - me gusta este lugar. Es interesante, si consideramos la corriente de la parapsicología. Esta zona está muy cargada espiritualmente.
Densen quedó impresionada acerca de, si encuentras el tema correcto, puedes sacar de la monotonía a la ojiazul. Ese era un tema que le apasionaba, o quizás le incordiaba tanto que provocaba que se le subieran los humos a la cabeza. Eso sí, la última frase fue de lo más llamativa y tuvo un pequeño flashback de la conversación con Emil.
-¿Aida te ha contado por qué quiso vivir aquí? Tengo la experiencia que en este lugar… digamos que la población no prefiere vivir aquí. Se acuerdan de estos parajes en verano. –Densen apoyó sus codos en la mesa y clavó la vista de sus ojos, límpidos, en Emil.
El muchacho sabía que el mayor tenía un punto; nadie en su sano juicio querría vivir en un pueblucho al sur de Noruega. No contando la baja de servicios, a pesar que la modernidad les ayudó en las comunicaciones y otros servicios. Por ejemplo, si debían atender asuntos médicos de gravedad, debían ir a la ciudad más cercana, a más de treinta minutos de allí. Emil cogió una servilleta y limpió con delicadeza los restos de alimento de su rostro. Continuó la conversación, aunque reconoció que los ojos azules le ponían nervioso, por lo cristalinos que eran.
-La única vez que le pregunté al respecto me respondió que, según ella, espiritualmente esta zona es muy… eh… -Emil buscó algún término en su vocabulario que diera justicia al comentario de su amiga. Encontró uno, pero le parecía demasiado raro usarlo en dichas circunstancias. -… rica, espiritualmente. Ahondó un poco más... sin embargo, acotando la conversación, digamos que ella 'se alimenta' del enorme flujo de energía espiritual que hay en esta comarca. No me preguntes más del tema, que me duele la cabeza.
Con eso zanjaron la incógnita, a medias.
-¿Espiritualmente? ¿Te refieres a que hay muchos fantasmas rondando o algo así?
Aida negó con la cabeza. No solo eso. Hadas, ogros, seres fantásticos. Hasta un radar me señaló en una oportunidad que hay brujas rondando por la comarca, pero no está en buen estado y no marcó su posición exacta.
-Así como hay zonas ricas en plata y oro, hay algunas que destacan por estar llena de recuerdos. Como esta. Así como el imán atrae el metal, las zonas espiritualmente cargadas atraen el flujo vital a ellas y con eso, los seres.
Densen quedó un poco confundido. Él creía en los seres extraordinarios, pero eso fue en su niñez, no ahora en la treintena. Claro, era un asunto que prefería tomárselo con humor (como casi todos los acontecimientos que vivía) y no consideraba que fuera una afección lo suficientemente grave como para mandar a Aida al loquero. Si ese tema sacaba a Aida de su apatía inicial, todo bien. Solo para confirmar, hizo la siguiente pregunta – ¿Y los habitantes de esta ciudad cómo se han tomado tu interés por aquellas cosas?
Aida bebió un poco del vaso donde flotaban unos cubos de hielo y frunció el ceño porque le dolió la dentadura por lo heladísima del agua. –Algunos bien, otros mal. Asumo que has oído de los rumores.
Densen recordó lo que oyó de Emil. Que la mitad de la población del pueblo creía que Aida merecía una visita al manicomio y la otra a la comisaría por desorden público, como mínimo. Y por supuesto, gente como él, que quería conocer a la bella rubia. Densen respondió que sí, aunque… él creía que los pueblerinos eran exagerados. En las metrópolis encontrabas raros aún más raros y aunque aceptaba que las aficiones de Aida eran peculiares, no creía que se lo tomaran de forma tan grave.
-Son unos necios, la gente de aquí. Por eso es mejor llevarse bien con los muertos que con los vivos, ¿no crees? 'Me has timado con demasiadas preguntas. ¡Esto no es un interrogatorio sobre mi persona, joder! Hablar tanto de mí hace que me duela la cabeza.' –Aida dijo la última frase para sus adentros.
A pesar que odiaba compartir con la gente que no estaba habituada (remítase a Henna, Berwald y Emil), no podía obviar las características de su especie y que consistían en el contacto humano continuo y su intrincado sistema de jerarquías. Por alguna razón, se sentía 'bien' al escuchar a alguien que no le dedicara malos ratos… aún.
-Es justo que te hable un poco de mí, ¿no? –Densen cogió su vaso de agua y la bebió casi inmediatamente. No hizo ningún gesto de desagrado, al contrario que Aida, que gruñó por su dentadura.
Aida lo encontró lógico. Claro que ella no iba a preguntar, era bastante vergonzoso.
-En palabras simples, soy de Dinamarca. De Roskilde. Pero viví en Noruega por largas temporadas, así que preferí avecindarme de forma permanente aquí. Se dio la oportunidad de dirigir una escuela pública y postulé. Como quedé, me mudé de Stavanger hasta acá. Eso es todo, jeje.
'¡¿Qué?! Es injusto, me sometiste a un feroz interrogatorio antes y tú dices cuatro líneas sobre ti mismo. Rata miserable…' Aida gruñó un poco ante la divertida situación. Pero notó algo, en el tono de voz con el que Densen pronunció temporadas, que hizo que quizás el danés le ocultara algo. O podría ser que le incomodara. Ella podía dar crédito de ser muy observadora y captaba bien los matices de una conversación. Estar tanto tiempo en el tanatorio desentrañando cadáveres y noches heladas conjurando espíritus le enseñó el valor de las voces humanas.
Había pasado un rato desde que ordenaron y Densen estaba impaciente. No sabía que se demoraran tanto en la entrega de una orden más o menos fácil. Si Densen estaba impaciente, Aida estaba peor. Finalmente, vieron al mesero salir con una orden de café cortado, té negro y dos cruasanes. Dejó en el mesón una orden de otro comensal. Todo sería perfecto, si no hubiese sido porque el mesero no era el que los atendió. Era Beilchsmidt.
'Todo calza ahora. Cambio de turno. Por eso el camarero que nos atendió miraba tan tenso el reloj. Idiota'.
Beilchsmidt miró a la mesa donde estaba ella y Densen y sonrió para sí. Ahí estaba, su entretención preferida. La lunática Huglund. Como le gustaba hacerle la existencia imposible a ese tiro perdido. Creía que ella debía volver al lugar que le correspondía, al manicomio.
Aida se amurró en el asiento y comenzó a deslizarse hacia el suelo, lentamente. Grande fue su sorpresa cuando vio que el danés reconocía al albino y le saludaba a la lejanía. El resto de los comensales seguía en sus asuntos, inconscientes del turbio asunto que se formaría en un rato más. Cuando el albino dejó la orden en la mesa, le metió conversación a Mathias.
-No esperaba verte por acá, tonto. –Gilbert (o al menos eso ponía su placa de identificación) puso las manos en los bolsillos de su delantal, para secar el sudor inexistente de sus palmas. Aida notó que no usaba zapatos de charol, sino que converse negras, con los cordones con el amarillo más horrible que pudo encontrar.
-No tenía idea que te encontraría en la cafetería. Casualidades de la vida, ¿no crees?
'Sí… casualidades. Como si existieran.' –Aida fijó su vista en el vaso de agua del hombre del impermeable verde, que leía una revista desmenuzando con el tenedor su tarta. El varón se sentaba en forma diagonal a ellos, con el vaso en medio del punto de visión de la muchacha. Este continuaba intacto sobre la mesa. Prefería ver cómo se derretían los cubos de hielo que a prestar atención al mesero.
-Y qué curioso que estés tú aquí, Aida. Yo pensaba que a ti no te gustaba andar sobre mis pasos. –La frase estaba llena de ironía, sarcasmo y malicia. Aida continuó enfrascada mirando el vaso de agua. No iba a gastar tiempo (y saliva) en la conversación. Siempre fiel a sus principios.
-¿Acaso te mordió la lengua el gato, señorita Aida? Porque te advierto que mi jefe no permitirá que andes explotando petardos en su local ni llamando a seres que nunca han existido. Así que me dio el libre permiso de llamar a la policía. Así que eh, nada de bochornos, ¿vale?
Eso lo dijo a la oreja de Aida. Esta estuvo a punto de tirarle el té hervido a la cara, pero se contuvo. Aisló el recuerdo de su mente y se concentró en el vaso de agua. Los hielos rimbombantes le daban una calma y concentración acuciada.
Mathias no pudo resistirse al olor de los cruasanes recién horneados y le dio al suyo la primera mordida. El olor acaramelado era una tentación para él. Mientras se daba el festín, notó que Aida no tocaba su merienda, sino que prestaba toda su atención en algún punto inexistente del espacio-tiempo. Le iba a preguntar (y obligar) a que cogiese su merienda, pero el relleno del cruasán inhibió alguna parte de su sistema y olvidó la pregunta.
Aida continuaba con los ojos casi hundidos en sus cuencas, absortos en su mundo. Probablemente esperaba que su té se enfriara, para remojar el cruasán en él. Manías de ella, probablemente.
Afuera, un islandés se cagaba de frío observando atentamente la escena.
Emil comenzó su travesía en la librería. Agradeció que Henna dejara a Aida en el exterior y no saliera a 'rescatar' a su amiga de Densen. Nunca habló con la veterinaria, pero le guardaba respeto y simpatía. Lo mismo pasaba con Berwald, aunque con él hablaba, principalmente por asuntos relacionados con el correo. Esos dos eran buena gente.
Con sus binoculares que le obsequiaron en su cumpleaños, observaba atento la escena. Densen corriendo frenéticamente para alcanzar a la muchacha, Aida cantando victoria antes de tiempo y su encuentro. La mirada molesta e incómoda de Aida contrastaba con el buen humor del danés. El plan consistía en una inocente salida al Ritter. Buen local, por lo demás. Obviando a Beilchsmidt, por supuesto.
Aida llevaba un paquete bajo el brazo, que no recordaba que lo tenía cuando entró a la librería. Podía ir a hablar con Henna con respecto al contenido de él, pero sería extraño que un adolescente viniera de la nada a preguntar por un libro recién comprado. ¿Qué hubiese pasado si resultaba ser porno para madres? Quedaría como un pervertido. Aunque parte de él sabía que eso era tan posible como si en esa región estalle una ola de calor, le gustaba ser fatalista. Loca y estúpida imaginación.
Se contaron un par de frases y continuaron caminando por la acera que quedaba al frente de la plaza. El Ritter estaba a diez, máximo quince minutos caminando desde allí. Guardó el libro de álgebra que tenía afirmado en sus rodillas y dejó que la pareja tomase cierta distancia para seguirlos. Una pena que 007 no fuese real ni que tuviese el presupuesto para comprarse un transceptor, así podría espiar a la pareja con más tranquilidad. Y con efectos de sonido.
Veía a la pareja de espaldas, pero afirmaba con seguridad que Aida estaba algo incómoda. A él también le chocó la extroversión del danés. Se preguntaba en reiteradas oportunidades por qué demonios aceptó esa tonta idea. No creía que iba a terminar bien. Para nada.
Logró coger un atajo que hizo que llegara cinco minutos antes de lo esperado al Ritter. Se camufló cerca de un poste e hizo como si revisaba el correo (actividad que terminó con anticipación para realizar la operación Huglund a cabalidad). Después, sacó su libro de álgebra para estudiar un poco. Debía terminar los deberes que pospuso por la apretada agenda. Sacó su lapicera y dejó los binoculares en la canastilla de su bicicleta.
Por fin llegaron los 'tortolitos'. Vio la cara de desesperación de Aida al ver el letrero del Ritter, diseñado al estilo del Art Decó. Esta entró al local a rastras del danés, que le hizo un saludo que el muchacho rápidamente apaciguó. Supuestamente, él andaba de encubierto. Y no tenías que tener dos dedos de frente para presumir que no deberías andar haciendo gestos al espía que tendría que ser secreto. Un traspié sin importancia.
La pareja se instaló al lado del ventanal. Buena jugada del danés. Ya aprendió que el rubio era bastante astuto, a pesar que de buenas a primeras no daba esa impresión. Así, a pesar de que no podía escucharlos, sí que podía observarlos y juzgar a través de sus acciones el llevar de la cita. Pero lo aceptaba, era aburridísimo ver la escena, como una película muda en que no entiendes la trama. Sacó filo a sus lápices y comenzó a trabajar en los binomios, trinomios y polinomios, mientras que vez en cuando vigilaba el ventanal.
Al menos el mesero que los atendió no era Beilchsmidt, sino el señor Hansen. Por supuesto que no notó el adolescente su rostro nervioso; su hija estaba enferma y debía ir a la ciudad vecina a buscar su medicina. Emil no tenía por qué saberlo. A veces el destino juega malas pasadas.
Un griterío escuchó Emil, que provenía del Ritter. Guardó como pudo el libro de álgebra dentro de su maletín, junto con su lapicera, y buscó rápidamente sus binoculares. Enfocó la escena. El ambiente era frenético adentro.
Las cosas eran así. Aida estaba casi levantada de su asiento, con su ¿café? Volcado. Un cruasán a medio comer también quedó remojado por el líquido oscuro. Densen, con el rostro desconcertado, dirigía su mirada a Beilchsmidt, que tenía el rostro rojo, probablemente de ira, asumió Emil. Un comensal que vestía un impermeable verde, miraba boquiabierto un espacio vacío de su mesa, a sabiendas de que hubiese allí. Una mujer que Emil conocía de la biblioteca vociferaba. Lo único que él entendía era 'loca' y 'bruja' y asumió que era para Aida. El resto de los comensales dirigía su atención hacia sus tortolitos o hacia Beilchsmidt, que notó que estaba empapado, casi como si se hubiese metido de la cintura hacia arriba en una fuente de agua. Rápidamente se apostó al lado del local para seguir los acontecimientos.
-¡La vi! Me tiró el jarrón y el vaso de agua. ¡Me intentó matar! ¡Lárgate ahora o llamo a sanidad! –Beilchsmidt casi llegaba a escupir espuma por la boca, enervado hasta el tuétano.
-Yo no hice nada. Tú te duchaste con el jarrón y el vaso del hombre del impermeable y quebraste el jarrón. Yo no hice nada. –Aida hablaba en su tono normal de voz, pero Emil notó que el evento la tenía desconcertada. A decir de sus gestos, probablemente ella no fue.
-Oye Beilchsmidt, si te preocupa que el jarrón y los vasos sean descontados de tu sueldo, los pago yo. No me importa pagar por ellos si es para terminar con esto. –Densen intentó ser lo más democrático que le permitían sus cabales.
El dueño no tardó en aparecer. Este era el cocinero principal (y probablemente el único). Era un hombre que le recordaba a Emil a un galgo, caminaba a paso lento, rostro afilado y con un mostacho rubio. Su gorro cubría su calvicie y tanto sus manos como su cara demostraban el paso inexorable del tiempo. Sin embargo, su rosácea atenuaba sus rasgos altivos. Preguntó qué pasó y la bibliotecaria respondió antes que las partes involucradas.
-¡Fue magia! Ella –y apuntó a Aida- le 'lanzó' al mesero el jarrón de agua. Yo lo vi, ¡el jarrón levitó por los aires! –La mujer, agitaba el pulgar en el aire, imitando la trayectoria del agua, a la vez que la carne que colgaba de su extremidad intentaba imitar el movimiento prescrito. La mujer estaba excitadísima, pero de una manera que no le convenía a Aida. Uno de los hombres que comía acompañado se levantó a tranquilizar a la mujer, mientras parecía algo dubitativo. Su compañero se levantó hasta el mostrador.
-Jefe, le explico yo. Esta arpí… digo… quien usted conoce de sobra, esperó que anduviese con la guarda baja para lanzarme un jarrón y un buen par de vasos repletos de agua. –Pateó con sus converse los fragmentos de vidrio coloreado, que peligrosamente se esparcieron por el local. –Suerte que no fue agua hirviendo, a saber qué hubiese pasado.
-Yo no hice nada, Beilchsmidt. Es imposible que yo, sentada desde aquí, te haya lanzado un jarrón de tres kilos con todo su contenido. ¿No crees que Densen no se hubiese dado cuenta si lo lancé yo? –Y miró a su compañero. Odiaba tener que usar a otra persona para escudarse, pero en ese momento, la única persona que podía dar crédito de su versión era ese danés. Él tomó uso de la palabra.
-Yo no vi nada. Solo oí el sonido del golpe. Y tus gritos, claro está. –El danés hacía grandes esfuerzos para no terminar como la bibliotecaria y saltar encima de Beilchsmidt. Al parecer el albino seguía con su reputación de pollo de mal agüero.
-¿¡Cómo que no hiciste nada!? Te vio la mitad de este restaurante; tú me lanzaste el puto jarrón. ¡Lo demostrará la cámara de seguridad! Te aseguro que terminarás en el infierno, arpía asquerosa. –Lo último lo dijo en alemán y saltó para estrangular a la rubia. El hombre que estaba en el mostrador saltó para sujetar al albino.
-Bien, échame la culpa por tu incompetencia. Si quieres encontrar una excusa para mandarme lejos, por favor que sea más lógica. –Aida esputó con la mirada agria, fija en los ojos inyectados en sangre del albino.
Este se revolcó en los brazos del hombre que lo sujetaba de los brazos, para partirle la cara a la joven, pero otro viejo le ayudó al señor del mostrador. El hombre del impermeable estaba mudo de la impresión.
Claro está que el señor Ritter, el dueño, ya estaba harto de toda esa parafernalia. Con un golpe en la pared calló a toda la estancia ruidosa y le pidió a su ayudante que calmara los ánimos. Después le dijo con una voz inusualmente calmada a Aida que la mandaría la factura de los costos a su hogar y que se marchara. Su tono denotaba agotamiento. El señorito Gilbert debía de estar muy nervioso y no reflexionó sus asuntos. Con respecto a Aida, conocía bien su malograda reputación, pero sentía pena por todo lo que pasó en el lugar. Para el resto de los comensales, esperaba que esto no mancillara el orgullo del Café vienés Ritter.
Aida tenía esta vez el rostro rojo. Ira, humillación, ¿orgullo?, se mezclaban alrededor de su cabeza. Dignamente se levantó e inclinó esta al señor Ritter, mirándolo a los ojos en señal de una torpe disculpa. Se dirigió al resto de los comensales, palomos que con su silencio ayudaron a que ella quedara otra vez como la mala de la película y se fue, resonando sus zapatos en el parquet.
Abrió la puerta y Emil rápidamente se refugió detrás de un arbusto. Pero, para sorpresa de él, se dirigió a Mathias, que estaba con el rostro enfurecido desde la mesa.
-¿Qué esperas, Mathias Densen? ¿Me acompañas hasta mi casa, o te quedarás con el muerto entre los pies?
