Saludos otra vez y gracias a todos los que comentaron, agregaron la historia a sus favoritos o alertas y que me animan a continuar en esto. Estoy pasando por una racha creativa (justo ahora que tomé mis vacaciones y no paso casi nada frente al portátil), pero eso no importa si es para satisfacer mis necesidades de escritura. No obstante, siento que este capítulo me ha quedado un poco soso y no pasa mucho (y no presiento que dejé mi toque de humor turbio, cosa que me deja una espina entre los dedos). Pero quiero dejar cerrado el cabo de la primera cita, para el próximo capítulo retomar con otro punto. Perdón, soy meticulosa en mis quehaceres.
Esperando que les guste esta nueva entrega, se despide con –una- de las canciones que usé para inspirarme en la creación de este capítulo. Se las dejo adjunta: watch?v=FXiGFrSpOCQ.
Disclaimer: Hetalia no me pertenece, por supuesto. Ni tampoco cualquier tipo de obra aquí mencionada.
5
Cotillear por los codos
Emil logró esconderse a tiempo después de la escena en el Ritter. Los arbustos le dieron el escondite perfecto tanto a él como a su bicicleta de correos, pintada de rojo y con el logo respectivo. Aida, que estaba parada en el umbral de la puerta, llamó a Densen que estaba eufórico y salió del local. Sus pisadas daban la impresión de querer destrozar la acera. Densen salió rápidamente; era claro que prefirió remendar lo maltrecho de la cita y por lo menos acompañar a la malograda señorita hasta su casa (o donde ella estimase conveniente). Emil estaba enojado, Aida fue humillada por Beilchsmidt y no pudo hacer nada por evitarlo. Se quedó con las manos atadas. Todo fue tan rápido, que solo atinó a esconderse, como un conejo que escucha oculto en la madriguera la matanza que ocurre en el exterior.
Iba a seguir a la pareja; por muy desastroso que resultase la cita, Densen aún estaba con Aida y debía vigilarlos, tal como le prometió al danés durante la mañana. Sin embargo, cuando se disponía a seguirlos, alguien que le llamó la atención hace unos momentos salió del local. El hombre del impermeable verde; señor verde, para abreviar. Emil rápidamente recordó lo que le llamó la atención de ese individuo. Era distinto a las de los demás comensales (y afectados). Mientras Beilchsmidt estaba hecha una furia y la bibliotecaria echaba espuma por la boca, pasando por el resto que miraba atónito los acontecimientos, el señor verde mostraba un rostro distinto. De pánico. Como si hubiese visto un muerto.
En otra oportunidad, eso le daría lo mismo, pero deseaba conocer qué pasó, primero a manos de los comensales (ni muerto le preguntaría a Beilchsmidt) y por Aida y Densen mismos. Quizás ellos le dieran las primeras piezas para completar el rompecabezas. Antes de todo eso, la cita, si no iba de perlas, por lo menos era de carácter decente. Con eso, era otro ladrillo al castillo de mala reputación de Huglund. Cogió su bicicleta y fue tras el tipo. Este paró, nervioso ante el cruce de cebra, esperando que circularan los vehículos para continuar su marcha.
-Buenas tardes, señor. –Emil hizo esfuerzos para no agregar el verde al saludo- Se ve muy nervioso hoy.
El señor verde estaba resfriado, su respiración era pesada y sobaba continuamente su nariz. O podía estar cansado después de casi correr desde el Ritter hasta el cruce, no descartaba esa posibilidad. Este se percató del muchacho solo porque sintió el chirrido que provocaban las cadenas de la bicicleta, no por la voz de Emil.
-¿Qué has dicho muchacho? Perdona, ha sido una tarde de locos.
-¿En serio? Cuando iba camino a casa –A Emil no le importó mentir con descaro, su casa quedaba en la dirección opuesta a la de la cafetería- escuché todo un barullo en el Ritter. ¿Sabe qué ocurrió? No es muy común que en el Ritter haya tanto griterío, obviando cuando hay programaciones de deportes o algo por el estilo.
-Creerás que soy un viejo loco, jovencito. ¿Recuerdas a Huglund, la chiquilla de los círculos alienígenos? Pues Beilchsmidt la acusó de intentar quebrarle la vajilla encima. La cosa es que la vajilla era nada más ni nada menos la que estaba en mi mesa.
Emil abrió los ojos como platos. El joven escudriñaba su cabeza en busca del hombre, pero sus recuerdos solo rebobinaban hasta la pareja sentada en su mesa, el mesero tenso y los gritos agudos de Beilchsmidt, esos que le recuerdan a un pollo que le llevan al matadero. Qué suerte la suya, de hablar con ese tipo. Fue buena idea no ir tras Aida. De haber ido, se delataría a sí mismo. Y percibía que charlando con este tipo, se enteraría de cosas interesantes.
-No recuerdo casi nada, estaba muy concentrado leyendo mi revista –Y sacó del forro del impermeable una revista de insumos náuticos- Quiero comprar un velero para pescar en la próxima temporada, así que no andaba muy pendiente de todo lo demás. Pero puedo asegurarte que sentí que una mano agarraba el jarrón y que no creo que haya sido la luná- digo… Huglund. –Tosió un poco y miró tras el rabillo, como si Aida fuera a aparecer de repente a darle algún tipo de merecido.
Era obvio, donde estaba Aida estaba el misterio. Cómo no lo asumió antes. Esta situación no estaría apartada de otro fenómeno sobrenatural.
-¿A qué te refieres? ¿Es que Beilchsmidt o alguien más cogió el jarrón por los aires? –Emil comentó, con una mirada escéptica, al hombre del impermeable. En general, los más viejos de la villa aún creían que los fantasmas de sus antepasados rondaban por el lugar y creían en cosas extraordinarias. Pero eran los mínimos y solían reprimir sus creencias hasta lo más hondo de sí mismo, para que estas reflotaran cuando aparecía la duda.
-No… era una mano enorme… creo. Momentos antes, bebía un vaso de agua, pero este cayó al suelo como si lo hubiesen jalado. No se quebró porque cayó encima de la alfombra. Además, probablemente debí ser yo quien derramó el vaso, con lo bruto que soy. –Estaba el hombre cansado de hablar, porque al ver que el cruce estaba vacío, se volteó donde Emil- Pero yo ya tengo más de ochenta años, las percepciones me juegan malas pasadas. Ya muchacho, basta de chucherías. Probablemente me imaginé todo eso, como siempre- Ahí Emil ya no tuvo más interés en prestar atención, el hombre se desvió del tema. Ambos se despidieron y continuaron su camino.
Emil decidió dar una vuelta por la orilla del lago. Le tranquilizaba ver las aguas calmas y de paso, podía pasar a la casa de Aida o de Densen. Primero fue donde Aida. La casa seguía igual de siempre, casi sin ningún alma alrededor. Estaban las cortinas dadas y no se veía atisbo de movimiento en los jardines colindantes. La bicicleta estaba amarrada a duras penas a la cerca. Se notaba que a la muchacha le daba lo mismo si la robaban o no. Tampoco es que en el pueblo habitara alguien con fama de ladrón. Algo, eso sí, le dio indicios que Aida estaba en casa. Específicamente un cartel con una letra que él conocía de sobra.
'No entrar. Los intrusos serán castigados. En especial Beilchsmidt. Firma Aid…'
Lo que debía ser la 'A' y 'Huglund' no eran más que un par de letras juntas y completamente deformadas. Pero el letrero era muy reciente. Ahora que prestaba mayor oído, de adentro de la casa se escuchaba un estéreo, pero Emil no supo reconocer qué tocaba o que sintonía era. Mejor dejar a la chica sola hasta que se calmara. Mañana o pasado daría una vuelta.
Ahora a ver a Densen. Media hora de camino.
Era pesada la cuesta que llevaba de la casa de Aida al resto de la urbanización. Al menos ese día. A pesar que era un poco más de las cinco y media de la tarde, pronto llegaría el invierno y el día se acortaría cada vez más. Estaba acostumbrado a vivir con menos de diez horas de sol. Durante el camino, se preguntaba si por qué no llamaba a su madre de vez en cuando. Quizás visitarla en las vacaciones no era nada mal. Los veranos españoles no se comparaban con los noruegos. Lo pensaría mejor.
Se recordó que debía andar atento a la pista, no fuera a atropellar a alguien. Abandonó los recuerdos de tiernas tardes caminando por alguna ciudad española y siguió recorriendo, en silencio, el ocaso de la ciudad.
No fue necesario ir hasta la casa de Densen, casi lo atropella camino a su hogar. Emil pedaleaba ensimismado en sus ensoñaciones, cuando, sin notarlo, estuvo a punto de chocar con un hombre de abrigo negro. Después de murmurar un sortilegio de epítetos (y casi caer de la silla), notó que el causante de que Emil casi volara por los aires fue ni más ni menos Densen. Iba con el semblante algo triste, con un maletín colgado de su hombro. Densen también soltó su rosario, pero al reconocer al muchacho, se le iluminó por un segundo la cara. Volvió a su apatía inicial; eso era señal de malas noticias. Y no tendría que sorprenderse.
-¡Emil! Aquí estabas. Pensé que me abandonaste, no te encontraba por ningún lado.
-Eso es porque saliste corriendo del Ritter y ni siquiera cabalgando un cohete te pude seguir. ¿Qué demonios pasó en el Ritter? –Emil prefirió escuchar el punto de vista de Densen y después narrarle lo que escuchó del señor verde.
Densen suspiró y levantó uno de sus mechones rubios que le caían sobre el rostro. Comenzó a caminar lentamente por la calle, seguido del muchacho, que descendió de su bicicleta. En ese momento, Emil se percató que los primeros signos de la edad, casi inexistentes, no tardarían en apreciarse en Mathias. Tenues marcas cerca de los ojos, piel cansada. Su cabello, aunque muy abundante, pronto haría una retirada sin marcha atrás. Probablemente fuera el efecto de la luz.
-Ni siquiera yo entiendo qué pasó en realidad. Estábamos de lo más felices conversando con Aida cuando escucho un estallido y a Beilchsmidt gritando no sé qué cosa. El punto es que por poco Beilchsmidt no mata a Aida y nos hizo pasar un pésimo rato. –Alzó las cejas, preocupado y continuó, sin antes respirar más pesadamente de lo común –No me importa pagar los daños, eso es lo de menos… Asumo que viste la escena, ¿no? Beilchmidt quedó tan empapado que entre toda la furia que sentía tiritaba como un pollito, jaja.
Densen soltó una carcajada; a pesar de lo delicado del asunto no pudo evitar reírse por Beilchsmidt. Una parte de la naturaleza de Mathias era ser alguien burlesco y a pesar que la treintena le dio (algo de) madurez, no podía suprimir su personalidad. No obstante, se calló rápidamente y continuó con el semblante malogrado. Emil asintió y le narró los eventos que presenció. Aún no le contaba los frutos de su ligera investigación, mejor era no truncar la inspiración del danés.
-Beilchsmidt alegó que Aida le lanzó una jarra de agua y todo su contenido. Es poco probable que ella haya sido, al menos, yo no recuerdo que se levantara de la mesa a empaparle la cabeza, o que decidiera jugar a las dianas con él. Pero… casi la estrangula y la humilló frente a todo el local. –Densen frunció el ceño, se notaba que seguía furioso por la situación.
Emil suspiró, el compartía ese sentimiento. Calmó al danés y pidió que continuara con la historia. Emil caminaba lentamente, para que no terminasen hasta la medianoche conversando en medio de la calle. Densen le seguía, al mismo paso que él.
-Aida se marchó después que el dueño se lo pidiera. Yo quedé en pagarle todos los costos de la velada, así que la factura correrá por mí. Así que cuando ella se fue… pues me 'invitó' a recorrer el muelle.
Así que ahí fueron. Al muelle. Aida no era muy asidua a ir allá. No tenía necesidad, su hogar contaba con un pequeño muelle (sin contar que este pasaba con bastante gente a su alrededor, gente que Aida no se llevaba de perlas).
-Pues bueno, ¿qué hiciste con ella? Después que me dejaras solo en el Ritter, no te pude encontrar hasta ahora. Si hiciste algo equivocado o provocaste que se enfadara, yo… -Emil escuchó otra vez sus palabras y sonaba como un novio celoso. Agitó un poco su cabeza, casi negando esa sensación y sus mejillas se colorearon. Densen explotó en risa, él también pensó que el albino sonaba como su novio y se tomó un momento para tomarle el pelo. Finalmente, producto de la mirada asesina de Emil, Densen continuó la plática.
-Solo quiso que la acompañara hasta allí, nada más. Estuve a punto de devolverme para pedirle explicaciones a Beilchsmidt, pero me detuvo. Cuando pasábamos junto al muelle, frenó de improviso y sacó varias coronas para pagar la factura del restaurante. Intenté rechazarlo… pero me agarró del abrigo y los metió todos arrugados en el bolsillo. Mira –Densen abrió uno de sus bolsillos. Este estaba abarrotado de monedas y billetes. Mathias casi pudo ver el signo del dinero en los ojos de Emil. Eso, probablemente, equivaldría a la paga de un mes que le dan en la Oficina de Correos.
-¿Y tú lo aceptaste sin más?-Emil mordió su labio inferior, nervioso.
-Pues sí, ella me dijo que no hablara nada. Me pidió disculpas, si se puede decir de alguna forma. Le pregunté si necesitaba algo, pero no dijo nada. Es todo un misterio. Ni siquiera me permitió que la acompañase a su casa, habló que no era bueno para mi reputación que me vieran con ella. Al menos no me lanzó un sortilegio ni me echó hablando pestes sobre mí, eso es algo.
Emil bufó y acarició su sien. Estaba tenso por lo que pasó después de la huida del Ritter hasta su encuentro con el danés.
-Así que todo se resume en eso, ¿no? –Emil esperaba algo peor. Sí que confirmó algo, Aida, si no sentía simpatía por Densen, por lo menos demostraba algo de respeto. O tal vez sería otra palabra. ¿Lástima, curiosidad? Sea cual sea, de haber sido otra persona, Aida le hubiese hecho freír monos y lo despacharía, tal como hizo con tantos pretendientes.
-Al parecer, creo que sí. Pero esto fue el primer intento. Aún tengo oportunidades, hay que ser optimista. –Mathias sonrió y sus ojos cristalinos lanzaron chispas. Su sonrisa era amarga, pero Densen intentaba mostrar buen humor. Emil pensó en decirle que dejara de fingir, pero eso era una medida que el danés tenía para pasar los malos ratos. Sonreír.
-Sé agradecido, de ser otra persona la que calza tus zapatos, Aida no aceptaría esa cita, no te acompañaría hasta el muelle o te daría mi sueldo de repartidor de periódicos de buenas a primeras. De seguro que esto será el cotillón del mes.
-No me digas. Llevo un algo más de un mes viviendo aquí y ya estoy en boca de todos, ya sea por mi empleo como por esto. Soy bastante popular parece, jeje.
Emil le dio un puñetazo en el antebrazo, irritado por el arrebato de egocentrismo del mayor. Podía dar una lista de todas las cosas que le diferenciaban del danés. Eso sí, de pronto sintió que le quitaban un peso de encima. Ya no le debía ningún favor a Densen, de momento al parecer. Era obvio que Mathias no se daría por vencido hasta conocer a Aida Huglund un poco más y eso probablemente requiriera más de sus actuaciones. Emil acompañaría a Densen hasta una bifurcación que quedaba a cinco minutos de allí, para despedirse e irse a su casa. Debía terminar la tarea de matemáticas.
Emil le contó, casi como una anécdota cómica, lo que oyó del señor verde a Densen. Este rió a carcajadas, aunque no pudo negar que era curioso lo que el hombre 'vio' durante el incidente. De haber sido otras circunstancias, hubiese dado bastante susto. Continuaron conversando sobre temas paranormales y de Aida en general. Más bien, lo mucho que a ella le gustaban esas cosas.
-Donde está Aida, está el misterio. –Concluyó Emil.
-Parece que es una regla inquebrantable. Me recuerda a la reputación de Beilchsmidt. El 'pollito' Beilchsmidt, jaja. –Densen se refirió al desafortunado mesero del Ritter.
Emil sonrió para sus adentros por el mote. Tenía muchas ganas de saber cómo se conocieron esos dos. Se lo preguntó francamente.
-Digamos que en mis tiempos de estudiante universitario, me lo encontraba en parrandas y en bares. Era imposible que pasara desapercibido, catorce años y algo más y ya eres conocido por tu destreza con las botellas. No es un mal tipo, pero varias veces terminamos con un ojo morado por nuestras divergencias, jaja. –Densen frotó una de sus mejillas, como si el recordar el moretón de un puño aún le generase molestia- Qué coincidencia que después de tantos años me lo encontrase aquí, en este pueblito dejado de la mano de la metrópolis y no en un pub esnobista o en un bar chulo. Las vueltas de la vida, ¿no lo piensas así, Emil?
'Aida diría en este momento que las coincidencias no existen'. Emil estaba agotado por el loco día que vivió. Ahora que alimentó su hambre de conocimiento, su organismo quedó agotado y necesitaba enclaustrarse para recuperarse. Casi como si tocaran la campana, llegaron a la bifurcación. Hizo un esfuerzo para rechazar la imagen mental de las tartas y tés de Mathias y su nueva invitación a su hogar. 'Los deberes, Emil. Termina los deberes'.
-Muy bien, Emil Steilsson, ya que me has servido gratamente en la misión que te he confiado, te libero de manera temporal de tus obligaciones… hasta nuevo aviso. –La sonrisa del danés escondía otras intenciones. Es decir, ese día volvería a repetirse en otra oportunidad y Emil continuaría siendo el escudero que ayudase al paladín Densen en su conquista de la doncella Huglund.
-¿Me continuarás explotando? –Emil resopló indignado, aunque se esperaba esa frase- Yo me largo. Hasta la vista, Densen y cuídate que no te atropelle en otra oportunidad, porque de toparme otra vez al frente tuyo, no voy a frenar. –Obvió el chico que Densen le ganaba en talla, fuerza y estatura y de sufrir una colisión, él saldría con más daños que el danés. Dicen que el espíritu es más grande, así que confió en esa aseveración.
Emil no esperó a que Densen alcanzara a despedirse (o a responderle). Subió a su bicicleta y tomó la bifurcación. Su casa quedaba en un pequeño condominio, cerca del bosque. El danés siguió con la vista al muchacho hasta que desapareció en una curva. Emil le recordaba mucho a él y también compartía varias excentricidades con Aida. Dejó que el chico le tutease, de todas formas, Densen odiaba el formalismo exacerbado. Y no se sentía tan viejo, además.
Quedó completamente solo. El sol ya se puso y el cielo acartonado, indicaba que a la mañana siguiente tendrían un mal clima. La cita con Aida no fue como él la planeó, pero él ya sabía por experiencia que no debía esperar mucho de las relaciones. Pero era imposible para él no generarlas, en especial con Aida. La consideraba una tía guay y quería por último ser su amigo o un conocido de interés. Intentarlo, al menos. Soñar no cuesta nada, dicen.
La farola destartalada iluminaba una figura negra que caminaba por la calzada. El abrigo negro ondulaba por la acción de la brisa y daba la sensación que era una capa vampiresa. Densen continuó caminando en silencio hasta su hogar. Estaba abrumado por la chica, pero con expectación con respecto al futuro. Esperaba rehacer su vida en uno de los rincones olvidados de su vida. Tenía un trabajo nuevo, una casa, alguien por conocer y se estaba haciendo un nombre en una villa olvidada.
Tal vez de no de la mejor manera, pero todo parte de la primera piedra.
