Aclaración: Reviviré a Evillious a través de Miraculous (?)
Localizar al objetivo fue algo complicado. No era la primera vez que atentaba contra una figura conocida, pero si en un sitio tan abarrotado de gente.
Y no iba a encontrar mejor oportunidad que aquella para completar su misión.
Era el cierre de campaña para la alcaldía local y la competencia estaba bastante reñida entre el candidato André Bourgeois y un próximo occiso.
La política no era su fuerte y prefería no pensar en las implicaciones de todo lo que hacía, pero esto ya parecía un poco excesivo. No creía en lo absoluto que la siguiente alcaldía beneficiara de alguna manera a su organización.
Habían policías por todos lados, dispuestos en casa esquina del perímetro que delimitaba el evento. Además, un fuerte grupo de guarda espaldas estaba cerca de él en todo momento. O lo que podía estarlo.
Para su suerte, aquel pobre caballero era uno de esos populistas en extremo, de esos que buscaba cualquier excusa para estar cerca de la gente, chocando palmas, saludando con una sonrisa y besando bebés.
A medio discurso, el candidato tomó un altavoz y descendió de la tarima sin dejar de hablar, dejando perplejos a su cuerpo de seguridad.
Al mismo tiempo, apareció una nueva carrera llena de oficiales, de entre los cuales Félix reconoció a Bridgette al bajar, quizá en calidad de refuerzos.
Para su gusto, había mucha seguridad. Excesiva seguridad...
Y Bridgette no podía reconocerlo.
El candidato empezó a meterse dentro de la multitud, hablando con más efusividad cada vez, prometiendo un cambio real para la ciudad, oportunidades, trabajo, seguridad social... hasta casi hacerle creer a Félix que debía votar por él.
Casi.
A mas se acercaba su objetivo al centro de la multitud, más lejos se hallaba de sus guardaespaldas.
El primer disparo fue callado por las ovaciones del público. El segundo disparo se escuchó apenas entre la música que, presumió, debía sonar al término del discurso. El tercer disparo se escuchó perfectamente.
Y los gritos de pánico empezaron a hacerse eco.
Antes de que el cuerpo del candidato cayera embarrado de su propia sangre al suelo, Félix había retrocedido.
El arma ya no estaba en sus manos. Se lo había entregado a otro sujeto al que le pagaron muy bien, y sobre él se fueron los valientes enardecidos por semejante crimen.
El rubio aprovechó la confusión para retroceder poco a poco, al lado de señoras y personas mayores entradas en pánico que intentaban hacerse paso entre la multitud para huir de la escena. Muchos siguieron su ejemplo. La historia colectiva hizo lo suyo y la confusión se tornó en caos.
A la distancia pudo ver a Bridgette deteniendo a los civiles de matar a golpes al supuesto asesino, que en ningún momento soltó el arma, bien inmerso su papel. Bridgette estuvo a punto de desenvainar su espada cuando uno de sus compañeros consiguió retirarle el revolver por la fuerza.
Casi, pensó Félix. Si la desenvainaba, podría confirmar sus sospechas antes.
—Detengan a todo aquel que tenga sangre en su ropa. Hay que interrogarlos.
Escuchó a lo lejos a un oficial que se comunicaba con su compañero.
Sin mucha sorpresa, vio que tanto su abrigo como zapatos se encontraban teñidos con el vital líquido.
Las esquinas seguían resguardadas, pero evidentemente la multitud era mucha para ser contenida. Sin embargo, aunque lograra escabullirse, fuera del desastre alguien podría verlo y dar aviso a la policía. Odiaba admitirlo, pero se había acorralado.
—¡Tú!
Una voz femenina lo sujetó con firmeza por detrás.
—Vienes conmigo.
Le bastó un leve vistazo sobre el hombro para darse cuenta de quién se trataba. Y sonrió levemente.
No opuso resistencia.
Cómo cordero se dejó guiar entre la multitud al interior de una patrulla.
—Quítate la ropa.
Fue la orden que acató de inmediato.
Bee no necesitaba gritar o alzar la voz siquiera para sonar autoritaria. Su timbre natural tenía ya esa cualidad, aún si hablaba con la calma de un autómata. Eso y quizá el uniforme de oficial de policía ayudaba a dar el efecto deseado.
El chófer condujo cómo si se dirigiera a la estación de policía del distrito, doblando esquina en el último tramo para desviarse por otra ruta.
—Gracias, Bee.
Supuso que la caja que tenía entre sus piernas era su nueva vestimenta, y no se equivocó. Dentro de ella, al cambiarse, puso las prendas manchadas y todo lo demás.
—Imaginaba que no habías pensado en la forma de salir de ahí.
¿Eso era un intento de burla?
—No te culpo. La seguridad sobrepasó nuestros planes.
—El trabajo está hecho, es lo que importa
Bee asintió.
—Yo me encargaré de los cabos sueltos—dijo la fémina, mirando fijamente al rubio, buscando algún atisbo de incoformidad en su mirada. Y al no encontrarla, asintió de nuevo. —Tu enfócate en la Espada Venom.
—La detective estaba ahí. Casi pude confirmar si la tenía o no.
—Entonces es posible que te haya visto. Tenemos una cortada para la ocasión.
La patrulla se detuvo y Félix se bajó en la esquina que daba a un callejón en la otra calle.
—La cafetería que está en la esquina contraria al meeting es de los nuestros. Si preguntan, diles que estuviste ahí antes del incidente y ellos lo confirmarán.
La calle donde estaban no era una zona transitada, únicamente cubierta por edificios sin ventanas pertenecientes a varias maquiladoras.
—Lo tengo.
—Ve directo a casa. Nos encargaremos de lo demás.
Y la patrulla Queen Bee desapareció del lugar, así también como él.
Llegó a su apartamento en aparente silencio, actuando lo más natural e indiferente posible ante los comentarios de sus vecinos, que nada tardaron en enterarse de la tragedia ocurrida en la plaza de la ciudad.
Sencillamente se encerró en su piso, se dió una ducha y al salir buscó algunas prendas que fuesen más acorde a su gusto.
No era por menospreciar la buena combinación que Bee le había entregado, tan solo los colores no iban con él. O eso sentía.
Guardó las ropas primero dentro de una bolsa negra y después un cajón a parte, pensando en que Bee llegaría después a recogerlo como siempre lo hacía. Luego fue a la alacena de dónde extrajo un paquete de galletas, se dirigió a la sala y prendió la radio.
Absolutamente todas las estaciones hablaban del asesinato. De un supuesto asesino. De algunos asistentes heridos debido al caos generado y, además, de la nula capacidad de la policía para mantener la paz y el orden. Lo siguiente que era tratado fue si el candidato André Bourgeois estaba implicado en el asunto de alguna forma, la vía más rápida y fácil para generar reacciones dentro del vulgo, aunque no fuese verdad.
Félix sabía que esa no era la verdad. Tampoco sabía la verdadera razón, pero eso no le importaba. El trabajo estaba hecho y con ello, estaba a un paso más cerca de cumplir su objetivo.
Solo tres asesinatos más y podría decirle adiós a esa vida. Huir con todo el dinero ahorrado y empezar de nuevo lejos, muy lejos de aquel podrido país.
Esa era su principal motivación a la hora de actuar. Su único remedio para las noches dónde la ansiedad trastocaba su sueño. Podría vivir sin la constante sensación de ser perseguido.
En algún punto se quedó dormido en la sala, soñando con esa vida deseada hasta que insistentes golpes en su puerta le arrebataron el sueño.
Atontado, se puso de pie emitiendo un bostezo. El cuerpo se había entumido casi por completo debido a la posición, así que estiró un poco antes de atender.
No vio el reloj pero creyó que se trataba de Queen Bee, recordando apenas que sus arribos serían aleatorios a fin de proteger su identidad.
—Me pregunto si estará en casa.
La voz del otro lado de la puerta terminó por despertarlo del todo. Se quedó quieto en su sitio, con los ojos bien abiertos y la respiración contenida.
—Oiga, señora, ¿de verdad vive aquí?
Alguien debía acompañarla, ¿pero quién?
Primero debía controlar su corazón palpitante antes de hacer cualquier cosa, cómo intentar huir por la escalera contra incendios, por ejemplo. De alguna forma, estaba teniendo ese urgente impulso de actuar.
—Claro que sí, cariño. De hecho llegó hace algunas horas y nadie lo ha visto salir.
Ubicó la segunda voz como una de sus vecinas, Anarka. Y entonces la recordó saludarle al llegar al edificio, sin hacerle mucho caso, claro.
Sabiendo eso, controló finalmente su respiración y llevó la mano hacia el pomo. Un giro y un abatimiento después, las primeras luces artificiales del edificio lo recibieron junto al cielo rojizo del atardecer. ¿Tanto tiempo se durmió?
Bridgette sonrió al verle. No iba vestida como oficial, así que de inmediato descartó la idea de un interrogatorio. Eso ayudó a relajar más su semblante, y el bostezo involuntario que dió al verla seguramente también lo hizo.
—¡Ups...! Mal momento para venir a saludar, ¿verdad?
—Bueno, ya que despertó, me retiro. Que pasen una bonita noche, queridos.
—Hasta luego, señora Anarka.
Félix ansiaba poder meterle un tiro entre ceja y ceja a aquella mujer. Sin embargo, pronto recordó un pequeño detalle.
—¿No me habías acompañado a mi departamento la primera vez que charlamos?
Aquella vez dónde la conoció de manera formal, ayudándole a cargar sus compras. Ese día hicieron una pequeña escala en su apartamento, así que en teoría debía saber dónde vivía.
—Eh... es que soy muy olvidadiza —se quiso excusar la chica, rascándose la cabeza.
Quería preguntarle qué hacía ahí, considerando que ella era una detective en jefe. Se suponía que debía estar resolviendo los crímenes que él perpretó.
—Nos hemos visto bastantes veces en lo que va del año, ¿de verdad no me has visto salir de aquí?
—No, ni una sola vez.
Reconocía cuando alguien hablaba de forma sincera. Y Bridgette tampoco parecía ser de las que dicen mentiras porque sí.
Los ojos rodó.
—¿Quieres pasar?
Su respuesta fue verla atravesar el umbral de la puerta.
Normalmente tenía todo en su lugar. En medida de lo posible, aunque no estuviese mucho tiempo en casa, intentaba mantenerlo limpio y ordenado. Y en esta ocasión, lo más que Bridgette vería fuera de sitio sería un par fe calcetines tirados cerca del sofá de la sala.
—Vaya, es casi tan grande como el mío.
Contrario a él, Bridgette no mostraba discreción al momento de hurgar en sus cosas con la mirada. Y aunque lo hacía sentir un tanto incómodo, la dejó ser, estando completamente seguro de tener todo lo perjudicial bajo llave en la segunda habitación del apartamento.
Félix se dirigió a la cocina, terminó de poner agua en la tetera y la dejó calentar.
Bridgette se había sentado en una de las sillas del comedor, mirando con un poco de asco el paquete de galletas que ahí estaban.
—¿De verdad te gustan? —Quiso saber. El empaque resaltaba el sabor a coco del producto.
Haciendo un poco de memoria, Félix recordó que se trataba de la misma marca y sabor que Bridgette le había regalado aquella primera vez. Y sí, le había gustado tanto que se habían vuelto unas golosinas ocasionales en la despensa del rubio.
—¿Qué tienes contra el coco?
—Debería ser ilegal ponerlo en las galletas.
Por hacer la maldad, tomó una de ellas y la mordió con lentitud para el disgusto de la azabache, quien solo atinó a fingir arcadas al verlo tragar. Finalmente, su cantarina risa envolvió el ambiente mientras él masticaba otra.
—Siento venir tan tarde, Félix.
El agua no tardó en estar en su punto, siendo anunciado por el silbido de la tetera.
El rubio sirvió dos tazas y de la alacena extrajo un par de frascos con café molido y azúcar cada uno, y para él un sobre de infusión de té negro.
—¿Todo bien? —Le preguntó.
Ella negó.
—Han sido días bastante agitados para mí. Sentía que si no salía de mi sitio de trabajo de inmediato iba a explotar. Necesitaba un respiro.
Agradeció el gesto y de inmediato se empezó a preparar su café.
—¿Y por eso viniste a verme?
Ella asintió.
—Es fácil hablar contigo, ¿sabes? Eres bueno escuchando.
No sabía si lo decía por aquel primer encuentro o por las otras veces dónde habían coincidido al entrar o salir del edificio, encuentros breves dónde quien llevaba la voz cantante la llevaba la chica.
Instantes en los que Félix aprendió que ella era una persona positiva y muy enérgica, a pesar del movido estilo de vida que llevaba. No es que se lo hubiera revelado aún, y eso era otro punto a considerar, pues de forma oficial Bridgette no le había dicho en todo aquel tiempo que era detective.
—Bueno, si es así, soy todo oídos, —Félix se sentó en el asiento contiguo al de la azabache. —¿Qué tienes para contarme está vez?
Con gesto animado y agradecido, Bridgette se soltó, hablando nombres de gente que no conocía, las relaciones entre ellos, algunos conflictos que la involucran en su día a día, siempre en un sentido civil. La charla se extendió a su familia, a su antigua escuela, su antigua vivienda y vecinos, y así.
Habían cosas que hacían creer a Félix que la memoria de la azabache era muy selectiva, porque por un lado era capaz de recordar pequeños detalles cotidianos y aún así olvidaba cosas que a él se le hacían obvias.
Por ejemplo, una vez dónde Bridgette le pidió ayuda para abrir su departamento porque se le habían olvidado las llaves, y él tuvo que señalarle las mismas sujetas en su mano no dominante. O en otra ocasión dónde la vio tomar un taxi tirado por caballos, la escuchó claramente dar la dirección a dónde necesitaba ir y luego se distrajo para saludarle; en ese lapso, un cualquiera malintencionado le robó el carruaje que se marchó de inmediato sin que Bridgette lo notara, y cuando pensó que todo se podía arreglar porque otro carruaje se estacionó cerca de ella para depositar un pasaje, ella y el conductor tuvieron una acalorada discusión sobre el siguiente destino del coche.
Bridgette escapaba a todo lo que el daba por sentado respecto a los policías. Era una joven demasiado ingenua en algunos campos, y sin embargo, debía reconocer que su lado seguro y determinado le habían valido la posición donde ahora se encontraba.
Lo que traducido era, no podía bajar la guardia con ella.
—He...
—¡Oh! ¡Sonreíste!
Le señaló con el dedo, realmente asombrada. Y claro, él borró su sonrisa de inmediato.
—¡Sí! ¡Lo hiciste! Y fue muy bonita.
Ahora no podía recordar si eso fue porque había contado una anécdota graciosa o porque se había perdido en sus propias cavilaciones.
Para empezar, ¿por qué estaba pensando en ella especialmente teniendo la enfrente?
—Sabes, ¿deberías hacerlo más? Dicen que sonreír rejuvenece, quizá así te quites más rápido esas ojeras.
Félix gruñó.
En definitiva, no podía bajar la guardia con ella.
Al ver el reloj notó que ya era bastante tarde, y así lo hizo saber el posterior bostezo de la azabache mientras estiraba los brazos.
Se le veía más relajada, de hecho.
—Ya no te quito más tiempo, Félix. Gracias por el café y la charla.
—Cuando gustes.
El rubio dió un último sorbo a su taza y la acompañó a la salida.
—Que pases buena noche, Bridgette.
—También tú, vecino gruñón, —Félix rodó los ojos, sin embargo, antes de que pudiera responder con la misma ironía, Bridgette le robó la palabra. —Cuídate mucho, por favor, —estaba sería. No había rastro de su usual sonrisa. Finalmente, estaba viendo a la detective delante de él. —Hay un asesino suelto en las calles. Seguramente te enteraste de lo de hoy por la radio. Tengo mis razones para creer que se trata del mismo sujeto que mató a esa otra persona en el parque a inicios de primavera. Por favor, si te enteras de algo, avisa a la policía. Ellos te ayudarán.
Él asintió.
—Lo harás, ¿verdad?
El rubio experimentó de nuevo la sensación de opresión que lo embargó esa tarde en la plaza.
Amenaza o advertencia, no supo identificarlo. De cualquier modo, otra vez se sentía acorralado.
—... lo haré.
Pudo enfriar sus sentidos al final, no sin esfuerzo. Pero su respuesta le valió a la detective, quien de nuevo volvió a su actitud risueña y envalentonada. Lo suficiente como para dar un brinquito y atrapar el cuerpo del mayor con sus delgados brazos.
Lo estaba abrazando, para su incertidumbre.
—Es que odiaría de verdad que algo malo ge pasara. Por eso, cuídate mucho, Félix.
Lo pidió de forma sincera. No encontró malicia en su voz, y eso lo descolocó aún más.
Su respuesta fue corresponder un poco y al separarse dejar caricias en su cabeza.
—Buenas noches.
Y eso bastó para que ella sonriera y se fuera, con satisfacción en su mirar.
Al cerrar la puerta, Félix se quedó en su sitio anonadado, con su cabeza echa un caos.
Entre asesinos, el terminó "atar cabos" daba pie a pocas interpretaciones. Era una forma elegante de decir que se encargarían del silencio de algún indeseable, en este caso, del chivo expiatorio que sirvió para cubrir el escape de Argos.
No todo iba a ser malo para aquel infortunado ser. Queen Bee se había asegurado de darle a su familia un salvoconducto además del precio por sus servicios, habiendo mentido únicamente en la parte donde lo dejarían pudrirse en la celda donde descansaba ahora.
En silencio, como una sombra, se hizo paso desde la entrada del penal judicial sin ser vista. Y si alguien lo hacía, bueno, se volvía un cabo que había que atar.
Uno, dos, tres guardias cayeron ante el filo de su arma, sufriendo cortes brutales y certeros, ensuciando el recién lavado sueño de la penitenciaría. El último de ellos tenía la llave de su celda.
Hizo suficiente ruido para hacerlo despertar de un susto.
—¡Pero...! ¿Q-Quién eres...?
Queen Bee no se dejó ver el rostro apenas, pero si permitió que viera a detalle su arma, un sable largo y sucio, manchado de rojo carmesí.
—¡No! ¡Tú...! ¡Espera! ¡Teníamos un trato!
Necesitaba sorpresa. Pero la desesperación en su rostro le valía también.
No lo dejó aullar. Un corte limpio a su garganta terminó el trabajo, imprimiendo en su rostro el miedo que sintió en su último momento.
Y tan silenciosa y mortal como llegó, se fue. Esta vez, sin llevarse a nadie más consigo.
Notas finales: Las cosas pueden salir bien o mal para Félix... probablemente salgan mal a partir de ahora.
