Disclaimer: Los personajes de Resident Evil no me pertenecen si no a CAPCOM.

Así como tampoco me pertenece la trilogía de 50 sombras propiedad de E.L James

Espero que les este agradando este historia:3

Capítulo5

Jill está feliz.

—Pero ¿qué estaba haciendo en Umbrella?

Su curiosidad se cuela a través del teléfono. Estoy en el fondo de la sala de archivo, tratando de mantener mi voz casual.

—Estaba en la zona.

—Creo que es una enorme coincidencia, Claire. ¿No crees que estaba allí para verte? —especula.

Mi corazón se tambalea ante la perspectiva, pero es una alegría fugaz. La aburrida y decepcionante realidad es que él estaba allí por negocios.

—Estaba visitando la división de agricultura de la universidad. Está financiando una investigación —murmuro.

—Oh, sí. Le está dando al departamento 2.5 millones de dólares.

— ¿Cómo sabes?

—Claire, soy periodista y he escrito un artículo sobre él. Es mi trabajo saber esto.

—Bueno, entonces, ¿quieres estas fotos?

—Por supuesto que sí. La pregunta es, ¿quién va a hacerlo y dónde?

—Podríamos preguntarle a él en dónde. Dice que se va a quedar en la zona.

— ¿Puedes comunicarte con él?

—Tengo su número de teléfono celular.

—El soltero más rico, difícil de alcanzar y enigmático en el estado del Washington, simplemente te dio su número de teléfono celular.

—Eh... sí.

—¡Claire! Le gustas. Sin lugar a dudas.

—Jill, está tratando de ser amable.

Pero a medida que digo las palabras, me doy cuenta de que no es cierto… Leon Kennedy no es amable. Educado, tal vez. Y una pequeña voz me susurra: tal vez Jill tiene razón.

Mi cuero cabelludo se eriza ante la idea de que quizás, sólo quizás, tal vez le guste. Después de todo, dijo que se alegraba de que Jill no hiciera la entrevista. Me abrazo con silenciosa alegría, balanceándome de lado a lado, considerando por un breve momento con la posibilidad de que tal vez yo podría gustarle. Jill me trae de nuevo a la actualidad.

—No sé a quién vamos a llevar para hacer la toma. Marcus, nuestro fotógrafo habitual, no puede. Está en su casa en Idaho Falls por el fin de semana. Se va a molestar por perder la oportunidad de fotografiar a uno de los empresarios líderes de América .

—Hmm... ¿Qué hay de Steve?

—¡Buena idea! Pregúntale, él haría cualquier cosa por ti. Luego llamas a Kennedy y averigua dónde nos quiere.

Jill es irritantemente arrogante respecto a Steve.

—Creo que deberías llamarlo.

—¿A quién, a Steve? —se burla Jill.

—No, a Kennedy.

—Claire, tú eres la que tiene la relación.

— ¿Relación? —chillo, alzando mi voz unas cuantas octavas. —Apenas lo conozco.

—Por lo menos lo conociste —dice con amargura—. Y parece que quiere conocerte mejor. Claire, sólo llámalo —dice y cuelga.

Es tan mandona a veces. Le frunzo el ceño a mi celular y le saco la lengua.

Apenas estoy dejándole un mensaje a Steve cuando Luis entra en el almacén buscando papel de lija.

—Estamos un poco ocupados allí, Claire —dice sin brusquedad.

—Sí, bueno, lo siento —murmuro, volviendo a salir.

—Así que, ¿cómo es que conoces a Leon Kennedy?

La voz indiferente de Luis es poco convincentemente.

—Tuve que hacerle una entrevista para nuestro periódico estudiantil. Jill no estaba bien. —Me encojo de hombros, tratando de sonar casual pero no lo hago mejor que él.

—Leon Kennedy en Umbrella. Imagínate —resopla Luis, asombrado. Sacude la cabeza como para despejarse—. De todos modos, ¿quieres ir por un trago o algo esta noche?

Cada vez que está en casa me invita a salir y siempre le digo que no. Es un ritual. Nunca he considerado una buena idea tener una cita con el hermano del jefe, además, Luis es lindo en ese estilo de Chico-Americano-hijo de vecino, pero no es un héroe literario, ni con un mínimo esfuerzo de imaginación. ¿Lo es Kennedy?, me pregunta mi subconsciente, con su ceja simbólicamente levantada. Le doy una palmada para que se calle.

— ¿No tienes una cena familiar o algo debido a tu hermano?

—Eso es mañana.

—Quizás en otra ocasión, Luis. Tengo que estudiar esta noche. Tengo mis exámenes finales la próxima semana.

—Claire, uno de estos días, dirás que sí —dice sonriendo, mientras escapo hacia la sala de ventas.

—Yo hago fotos de lugares Claire, no de personas —se queja Steve.

—Steve, ¿por favor? —le ruego.

Tomando mi celular, paseo por la sala de nuestro apartamento, deteniéndome frente a la ventana a mirar la pálida luz del atardecer.

—Dame ese teléfono. —Jill me quita el teléfono, sacudiendo su sedoso cabello castaño — Escucha, Steve Burnside, si quieres que nuestro periódico cubra la entrada de tu show, tomarás esta foto para nosotros mañana ¿Capiche? —Jill puede ser increíblemente difícil.

—Bien. Claire volverá a llamar con la dirección y la hora. Nos vemos mañana. —Cierra la tapa de mi teléfono—Arreglado. Todo lo que necesitamos hacer ahora es decidir dónde y cuándo. Llámalo.

Sostiene el teléfono frente a mí. Mi estómago gira— Llama a Kennedy, ¡ahora!

Le frunzo el ceño y busco en mi bolsillo su tarjeta. Tomo una respiración profunda, estabilizante y con los dedos temblorosos, marco el número.

—Eh... ¿Sr. Kennedy? Es Claire Redfield.

No reconozco mi propia voz, estoy tan nerviosa. Hay una breve pausa. Estoy temblando.

—Señorita Redfield. Qué bueno saber de usted. —Su voz ha cambiado.

Se sorprende, creo y suena tan cálido... incluso seductor. Mi respiración se entrecorta y suspiro. Soy consciente de que de repente Jill Valentine me está mirando con la boca abierta y me lanzo hacia la cocina para evitar su escrutinio no deseado.

—Eh… nos gustaría seguir adelante con la sesión de fotos para el artículo.

Respira, Claire, respira. Mis pulmones se arrastran en una respiración apresurada.

—Mañana, si eso está bien. ¿Dónde sería conveniente para usted, señor?

Casi puedo escuchar su sonrisa de misterio a través del teléfono.

—Me quedo en el Heathman de Portland. Digamos, ¿a las nueve y media de la mañana?

—Bueno, nos vemos allí.

Estoy toda efusiva y entrecortada… como un niño, no como una mujer adulta que puede votar y beber legalmente en el Estado de Washington.

—Estaré esperándolo, señorita Redfield.

Me imagino el brillo perverso en sus ojos celestes. ¿Cómo hace para que cuatro pequeñas palabras contengan tantas tentadoras promesas? Cuelgo. Jill está en la cocina y me observa con una mirada de consternación total y absoluta en su rostro.

—Claire Redfield. ¡Te gusta! Nunca te he visto o escuchado tan, tan... afectada por nadie. En realidad estás ruborizada.

—Oh, Jill, tú sabes que me sonrojo todo el tiempo. Es un riesgo laboral conmigo. No seas ridícula —le suelto. Parpadea, mirándome con sorpresa —muy rara vez saco mis juguetes del coche— y me arrepiento brevemente—. Sólo lo encuentro... intimidante, eso es todo.

—Heathman, figúrate —murmura Jill—. Voy a llamar al manager para negociar un espacio para la toma.

—Haré la cena. Luego tengo que estudiar.

No puedo ocultar mi irritación con ella mientras abro uno de los armarios para hacer la cena.

Estoy intranquila esa noche, dando vueltas y vueltas. Soñando con ojos celestes, overoles, piernas largas, dedos largos y oscuros, oscuros sitios inexplorados. Me levanto dos veces en la noche, mi corazón latiendo con fuerza. Oh, voy a lucir hermosa mañana durmiendo tan poco, me regaño. Golpeo mi almohada y trato de dormir.

El Heathman está situado en el corazón del centro de Portland. Su impresionante edificio de piedra marrón se terminó justo a tiempo para la ruptura de finales de 1920. Steve, Travis y yo estamos viajando en mi escarabajo y Jill está en su CLK, ya que no caben todos en mi coche. Travis es el amigo de Steve y su ayudante, está aquí para ayudar con la iluminación.

Jill ha logrado conseguir que nos permitan usar una habitación en el Heathman sin costo alguno por la mañana a cambio de un crédito en el artículo. Cuando ella explica en la recepción que estamos aquí para fotografiar al Gerente General Leon Kennedy, instantáneamente nos suben a una suite. Una de tamaño regular, sin embargo, ya que al parecer el Sr. Kennedy está ocupando la más grande del edificio.

Un ejecutivo de marketing nos muestra la suite… es terriblemente joven y está muy nervioso por alguna razón. Sospecho que es la belleza de Jill y su forma autoritaria lo que lo desarma, porque él es como plastilina en sus manos. Las habitaciones son elegantes, discretas y decoradas con opulencia.

Son las nueve. Tenemos una media hora para arreglarlo todo. Jill está en pleno movimiento.

—Steve, creo que vamos a hacer la toma contra la pared, ¿estás de acuerdo? —No espera por su respuesta—. Travis, limpia las sillas. Claire, ¿podrías pedirle al ama de llaves que traiga algunos refrescadores de ambiente? Y Avísale a Kennedy dónde estamos.

Sí, señora. Ella es muy dominante. Pongo los ojos en blanco, pero hago lo que me dice. Media hora más tarde, Leon Kennedy entra en nuestra suite.

¡Santa mierda! Lleva una camisa blanca, con el cuello abierto y pantalones de franela gris que cuelgan de sus caderas. Su pelo rebelde aún está húmedo por la ducha. Mi boca se seca mirándolo... es tan malditamente caliente. Leon es seguido dentro de la suite por un hombre de treinta y tantos años, con corte de militar, vestido con un traje oscuro y corbata, que se queda en silencio en un rincón. Sus ojos color avellana nos observan impasibles.

—Señorita Redfield, nos encontramos de nuevo.

Kennedy extiende su mano y la estrecho, parpadeando rápidamente. Oh mi... él es en realidad, bastante... wow. Mientras sujeto su mano, percibo esa deliciosa corriente que atraviesa e ilumina mi cuerpo, me hace sonrojar y estoy segura de que mi respiración errática debe ser audible.

—Señor Kennedy, le presento a Jill Valentine —murmuro, agitando una mano hacia Jill, que se adelanta, mirándolo a los ojos.

—La tenaz señorita Valentine. ¿Cómo está? —Le da una pequeña sonrisa, luciendo genuinamente divertido—. ¿Confío en que se sienta mejor? Claire dijo que estaba enferma la semana pasada.

—Estoy bien, gracias, Sr. Kennedy.

Le da la mano con firmeza y sin pestañear. Me recuerdo a mí misma que Jill ha estado en las mejores escuelas privadas de Washington. Su familia tiene dinero y ha crecido con confianza y segura de su lugar en el mundo. No asume ningún tipo de basura. Estoy asustada de ella —Gracias por tomarse el tiempo para hacer esto.—Le da una sonrisa amable y profesional.

—Es un placer —responde, volviendo su mirada hacia mí, haciéndome sonrojar otra vez. Diablos.

—Este es Steve Burnside, nuestro fotógrafo —le digo, sonriéndole a Steve quien me devuelve una sonrisa afectuosa. Sus ojos son fríos cuando mira a Kennedy.

—Señor Kennedy. —Asiente con la cabeza.

—Señor Burnside.

La expresión de Kennedy cambia mucho mientras evalúa a Steve.

—¿Dónde me prefiere? —pregunta Kennedy.

Su tono suena vagamente amenazante. Pero Jill no está dispuesta a dejar que Steve haga un espectáculo.

—Señor Kennedy, ¿podría sentarse aquí por favor? Tenga cuidado con los cables de la iluminación. Y luego tomaremos también algunas de pie. —Lo dirige a una silla colocada contra la pared.

Travis enciende las luces, encegueciendo momentáneamente a Kennedy y murmura una disculpa. A continuación, Travis y yo damos un paso atrás y vemos cómo Steve dispara su cámara. Toma varias fotografías, pidiéndole a Kennedy que se mueva de esta manera, luego de esta otra, que mueva su brazo, que lo baje de nuevo.

Pasando al trípode, Steve toma varias más, mientras que Kennedy se sienta y posa, paciente y naturalmente, durante unos veinte minutos. Mi deseo se ha hecho realidad: Puedo estar de pie y admirar a Kennedy de cerca. Dos veces nuestros ojos se encuentran y tengo que alejarme de su mirada turbia.

—Suficientes sentado —dice Jill de nuevo—. ¿De pie, Sr. Kennedy? —pregunta.

Él se pone de pie y Travis se escabulle para quitar la silla. El disparador en la Nikon de Steve comienza a hacer clic de nuevo.

—Creo que tenemos suficientes —anuncia Steve, cinco minutos más tarde.

—Grandioso —dice Jill—. Gracias de nuevo, Sr. Kennedy. —Le da la mano, al igual que Steve.

Hasta aquí el cap 5:D y perdonen mis errores n.n* soy nueva en esto