Disclaimer: Los personajes de Resident Evil no me pertenecen si no a CAPCOM.

Así como tampoco me pertenece la trilogía de 50 sombras propiedad de E.L James

Espero que les este agradando este historia:3

Capítulo7

Bésame,maldita sea! Le suplico, pero no me puedo mover. Estoy paralizada por una extraña y desconocida necesidad, completamente cautivada por él. Miro fijamente la exquisitamente esculpida boca de Leon Kennedy, hipnotizada y él me devuelve la mirada, sus ojos escurecidos y entornados. Respira con más fuerza de lo habitual y yo he dejado de respirar por completo. Estoy en tus brazos. Bésame, por favor. Cierra los ojos, respira profundamente y me ofrece una breve señal de negación con la cabeza, como si respondiera a mi silenciosa petición. Cuando abre los ojos de nuevo, lo hace con algún nuevo propósito, una firme resolución.

—Claire, debes mantenerte lejos de mí. No soy el hombre adecuado para ti —susurra.

¿Qué? ¿A qué viene esto? Ciertamente debería ser yo quien decida eso. Le frunzo el ceño y niego con la cabeza.

—Respira, Claire, respira. Voy a ponerte de pie y a dejarte ir —dice en voz baja y me aleja con gentileza.

La adrenalina se ha disparado a través de mi cuerpo, ya sea por el fallido atropellamiento del ciclista o por la embriagadora proximidad de Leon, dejándome ansiosa y débil. ¡No! Grita mi mente cuando él se aleja, dejándome desamparada. Tiene sus manos sobre mis hombros, sosteniéndome con sus brazos extendidos, observando mis reacciones cuidadosamente. Y en lo único en lo que puedo pensar es en que quería ser besada, que lo hice malditamente obvio y él no lo hizo. No me quiere. Realmente no me quiere. He estropeado magníficamente el café de la mañana.

—Lo tengo —respiro, encontrando mi voz—. Gracias —murmuro, inundada de humillación. ¿Cómo pude haber malinterpretado tanto la situación entre nosotros? Tengo que alejarme de él.

— ¿Por qué? —Frunce el ceño. Aún mantiene sus manos sobre mis hombros.

—Por salvarme —susurro.

—Ese idiota manejaba en sentido contrario. Me alegro de que estuviera aquí. Me estremezco al pensar lo que te podría haber pasado. ¿Quieres venir y sentarte en el hotel por un momento?

Me libera, las manos a ambos lados de su cuerpo y estoy de pie frente a él sintiéndome como una tonta.

Con una sacudida, aclaro mi cabeza. Simplemente quiero irme. Todas mis vagas y no articuladas esperanzas han sido frustradas. No me quiere. ¿En qué estaba pensando? Me regaño. ¿Qué querría Leon Kennedy contigo? Mi subconsciente se burla de mí. Envuelvo mis brazos a mí alrededor, me giro para hacerle frente a la calle y tomo nota con alivio de que el hombre verde ha aparecido. Rápidamente atravieso la calle, consciente de que Kennedy está detrás de mí. Fuera del Hotel, me volteo brevemente para hacerle frente pero no puedo mirarlo a los ojos.

—Gracias por el té y por hacer la sesión de fotos —murmuro.

—Claire… Yo… —Se detiene, y la angustia en su voz reclama mi atención, por lo que contra mi voluntad me encuentro mirándole detenidamente. Sus ojos celestes lucen sombríos cuando se pasa una mano por el cabello. Se ve contrariado, frustrado, sus expresiones son crudas. Todo su cuidadoso control se ha evaporado.

— ¿Qué, Leon? —espeto con irritación después que él dice… nada. Sólo quiero irme. Tengo que llevarme lejos mi frágil y herido orgullo y de alguna manera cuidar de él hasta que sane.

—Buena suerte con tus exámenes —murmura.

¿Eh? ¿Esta es la razón de por qué se ve tan desolado? ¿Esta es la gran despedida? ¿Simplemente desearme suerte en mis exámenes?

—Gracias. —No puedo ocultar el sarcasmo en mi voz—. Adiós, Señor Kennedy.

Me vuelvo sobre mis talones, vagamente sorprendida porque no tropiezo y sin darle un segundo vistazo, desaparezco por la vereda hacia el estacionamiento subterráneo.

Una vez bajo el oscuro, frío concreto del estacionamiento con sus sombrías luces fluorescentes, me apoyo contra la pared y pongo la cabeza en mis manos. ¿En qué estaba pensando? Espontáneas e indeseadas lágrimas llenan mis ojos. ¿Por qué estoy llorando? Me hundo en el suelo, enojada conmigo misma por esta reacción sin sentido. Doblando mis rodillas, me doblo sobre mí misma. Quiero hacerme tan pequeña como sea posible. Quizás así este absurdo dolor sea menor mientras más pequeña me vuelva. Colocando la cabeza sobre mis rodillas, dejo que las irracionales lágrimas caigan sin restricciones. Lloro por la pérdida de algo que nunca tuve. Qué ridículo. Estar en duelo por algo que nunca fue… mis frustrados sueños, esperanzas y mis deterioradas expectativas.

Nunca había recibido un rechazo. De acuerdo… sí era una de las últimas en ser escogida para el baloncesto o el voleibol, pero entendía eso: correr y hacer algo más mismo tiempo, como hacer rebotar o lanzar una pelota, no es lo mío. Soy realmente pasiva en cualquier tipo de deporte.

Aunque románticamente, nunca me he puesto a mí misma en esa posición, jamás. Una vida de inseguridad: soy demasiado pálida, demasiado flacucha, demasiado desaliñada, descoordinada y una larga lista de defectos que continúa. He sido siempre la primera en rechazar a cualquiera que pudiera ser considerado como un admirador. Había un chico en mi clase de química que me gustaba, pero nunca nadie ha despertado mi interés, nadie excepto Leon maldito Kennedy. Quizá debería ser más amable con gente a la que le gusto, como Luis Sera y Steve Burnside, aunque estoy segura que ninguno de ellos ha sido encontrado sollozando a solas en lugares oscuros. Quizás todo lo que necesito es un buen llanto.

¡Detente! ¡Detente ahora! Mi subconsciente está gritándome metafóricamente, de brazos cruzados, apoyándose en una pierna y golpeando con su pie en señal de frustración. Sube al auto, ve a casa y continúa con tus estudios. Olvídate de él… ¡Ahora! Y detén toda esta mierda de regodearte en la autocompasión.

Inhalo profundamente, me estabilizo y me levanto. Espabílate Red. Mientras me dirijo al automóvil de Jill seco las lágrimas de mi rostro. No pensaré en él de nuevo. Puedo lidiar con este incidente como si fuera sólo una experiencia más y concentrarme en mis exámenes.

Jill está sentada en la mesa del comedor con su computadora portátil cuando llego. Su sonrisa de bienvenida se desvanece en cuanto me ve.

—Claire ¿qué va mal?

Ay no… no el Interrogatorio Jill Valentine. Niego con la cabeza, imitando su estilo de "ríndete ahora", pero bien podría estar lidiando con un ciego sordomudo.

—Has estado llorando. —Ella tenía un don excepcional para señalar los malditos hechos obvios algunas veces—. ¿Qué te hizo ese cabrón? —gruñe y su rostro… Jesús, da miedo.

—Nada Jill. —En realidad ese el problema. El pensamiento trae una sonrisa irónica a mi rostro.

—Entonces, ¿por qué has estado llorando? Tú nunca lloras —dice, su voz suavizándose. Se pone de pie, sus ojos azules rebosantes de preocupación. Pone sus brazos a mí alrededor y me abraza. Necesito decirle algo para hacerla retroceder.

—Estuve a punto de ser golpeada por un ciclista. —Es lo mejor que puedo hacer, pero la distrae momentáneamente de… él.

—Por Dios, Claire, ¿Estás bien? ¿Te lastimaste? —Me sostiene con el brazo extendido y me mira rápidamente.

—No. Leon me salvó —susurro—, pero estaba muy conmocionada.

—No me sorprende. ¿Cómo estuvo el café? Sé que lo odias.

—Tomé un té. Estuvo bien, nada que reportar en realidad. No sé por qué me lo pidió.

—Le gustas Claire. —Deja caer sus brazos.

—Ya no. No voy a volver a verlo. —Sí, de hecho consigo hacerlo sonar como que no me importa.

— ¿De veras?

Joder. Está intrigada. Me dirijo a la cocina para que no pueda ver mi rostro.

—Sí… él está un poco fuera de mi liga Jill —digo tan secamente como puedo.

— ¿Qué quieres decir?

—Ay Jill, es obvio. —Me doy media vuelta y la enfrento cuando se detiene en el umbral de la cocina.

—No lo es para mí —dice—. De acuerdo, tiene más dinero que tú, pero entonces ¡también tiene más dinero que la mayoría de las personas en América!

—Jill él es… —Me encojo de hombros.

— ¡Claire! Por el amor de Dios, ¿Cuántas veces debo decírtelo? Eres absolutamente divina —me interrumpe. Ay no. Va comenzar con eso de nuevo.

—Jill, por favor. Tengo que estudiar —la interrumpo. Ella frunce el ceño.

— ¿Quieres ver el artículo? Ya está terminado. Steve tomó algunas fotos realmente buenas.

¿Necesito un recordatorio visual del hermoso Leon no-te-quiero Kennedy?

—Claro. —Conjuro una sonrisa en mi rostro y camino hasta el portátil. Y allí está él, mirándome en blanco y negro, mirándome y encontrándome carente de algo.

Pretendo leer el artículo, todo el tiempo encontrando su mirada celeste, buscando en la fotografía alguna pista que me diga por qué no es el hombre adecuado para mí, según sus propias palabras.

Y de pronto, salta a la vista. Es demasiado gloriosamente bien parecido. Somos polos opuestos y de dos mundos muy diferentes. Tengo una visión de mí misma como Ícaro volando demasiado cerca del sol, ardiendo y estrellándome como resultado. Sus palabras cobran sentido. No es adecuado para mí. Esto es lo que quería decir y hace que su rechazo sea más fácil de aceptar… casi. Puedo vivir con esto. Lo comprendo.

—Muy buen trabajo, Jill. —Me las arreglo para decir—. Voy a estudiar. —No voy a pensar en él de nuevo por ahora, me comprometo conmigo misma y abriendo mis apuntes, comienzo a leer.

Es sólo cuando estoy acostada, intentando dormir, que le permito a mis pensamientos ir a la deriva, regresando a mi extraña mañana. Sigo volviendo a lo de "no suelo salir con nadie" y me enfado por haberla recordado antes, cuando estaba en sus brazos suplicándole mentalmente con cada fibra de mi ser que me besara. Lo había dicho allí y antes. No me quería como novia. Me pongo de costado. Ociosamente, me pregunto si tal vez es célibe. Cierro los ojos y comienzo a dejarme ir. Quizás se reserva para alguien especial. Bueno, no para ti, mi subconsciente soñoliento me da un golpe final antes de liberarse dentro de mis sueños.

Y esa noche, sueño con ojos celestes, diferentes formas de hojas verdes en leche, corro a través de lugares oscuros con espectrales luces fluorescentes y no sé si corro hacia o estoy escapando de algo… simplemente no está claro.

Bajo mi lápiz. Terminado. Mi examen final está terminado. Siento la sonrisa del gato Risón extenderse en mi rostro. Probablemente es la primera vez que he sonreído en toda la semana. Es viernes y celebraremos esta noche, celebrar de verdad. ¡Incluso podría emborracharme! Nunca antes he estado borracha. Le doy un vistazo a través de la sala de deportes a Jill, quién continúa garabateando furiosamente, a cinco minutos para terminar. Esto es todo, el final de mi carrera académica. Nunca tendré que volver a sentarme entre filas de ansiosos y aislados estudiantes. Dentro de mi cabeza estoy haciendo elegantes piruetas, sabiendo muy bien que ese es el único lugar en el que puedo hacerlas. Jill deja de escribir y baja su lápiz. Me mira y también veo su sonrisa de gato Risón.

Volvemos a nuestro apartamento en su Mercedes, negándonos a hablar de nuestro examen final. Jill está más preocupada por lo que llevará puesto esta noche en el bar. Yo estoy ocupada intentando tomar mis llaves dentro del bolso.

—Claire, hay un paquete para ti. —Jill está de pie en los escalones de la puerta principal sosteniendo un paquete envuelto en papel marrón. Qué raro. No he encargado nada en Amazon recientemente.

Jill me da el paquete y toma mis llaves para abrir la puerta principal. Esta dirigido a la Srta. Claire Redfield. No hay un nombre o dirección de remitente. Quizás sea de mi mamá o de Ray.

—Probablemente es de mis padres.

— ¡Ábrelo! —Jill está emocionada mientras se dirige a la cocina por nuestra "Champán para celebrar que nuestros exámenes han acabado"

Abro el paquete y dentro encuentro una cajita mediana de cuero que contiene tres libros aparentemente idénticos, cubiertos con tela vieja y una tarjeta blanca. Escrita por un solo lado, con tinta negra y una clara letra cursiva, dice lo siguiente:

¿Por qué no me dijiste que había peligro? ¿Por qué no me advertiste?

Las damas saben de lo que deben protegerse, ya que leen novelas en las que se les previene de estos trucos…

Reconozco la cita de Tess. Estoy aturdida por la ironía de que acabo de pasar tres horas escribiendo acerca de las novelas de Thomas Hardy en mi examen final. Quizás no es una ironía… quizás es deliberado. Inspecciono los libros de cerca, tres volúmenes de Tess of the d'Urbervilles. Abro el libro. Escrito en el frente con algún tipo de letra antigua, está lo siguiente: "Londres: Jack R. Osgood, McIlvaine & Co,1981."

Santa mierda, son primeras ediciones. Deben valer una fortuna y sé de inmediato quién las envía. Jill está sobre mi hombro contemplando los libros. Toma la tarjeta.

—Primeras ediciones —susurro.

—No. —Los ojos de Jill se amplían con incredulidad—. ¿Kennedy?

Asiento con la cabeza.

—No puedo pensar en nadie más.

¿Qué significa esta tarjeta?

—No tengo la menor idea. Creo que es una advertencia, honestamente, él continúa advirtiéndome. No tengo ni idea de por qué. No es como si estuviera golpeando a su puerta. —Frunzo el ceño.

—Sé que no quieres hablar de él, Claire, pero de verdad está afectándote. Con o sin advertencias.

No me he permitido obsesionarme con Leon Kennedy durante esta última semana. Bueno… sus ojos celestes siguen frecuentando mis sueños y sé que me tomará una eternidad sacar la sensación de sus brazos a mi alrededor y su maravillosa fragancia de mi cerebro. ¿Por qué me envió esto? Me dijo que yo no era para él.

—He encontrado una primera edición de Tess en venta en Nueva York en 14.000 dólares. Pero la tuya se ve mucho mejor. Debe haber costado más. —Jill le está consultando a su buen amigo Google.

—Esta cita, Tess se la dice a su madre luego de que Alec D'Urberville le ha hecho una de sus maldades.

—Ya lo sé —reflexiona Jill—. ¿Qué intenta decir?

—No sé y no me importa. No puedo aceptar estos libros. Los enviaré de regreso con una cita igual de desconcertante de alguna parte oscura del libro.

— ¿La cita en la que Angel Clare dice "vete a la mierda"? —pregunta Jill con el rostro completamente serio.

—Sí, esa cita. —Me río. Amo a Jill, es tan leal y solidaria. Embalo los libros y los dejo en la mesa del comedor. Jill me da una copa de Champán.

—Por el término de los exámenes y nuestra nueva vida en Seattle. —Jill sonríe abiertamente.

—Por el término de los exámenes, nuestra nueva vida en Seattle y excelentes resultados. —Chocamos las copas y bebemos.

Hasta aquí el cap 7:3

Gracias a Wiroxd, ClaireR y a Krla por su review, me alegra que les guste la historia:D