Había incendiado un auto.

Luego de haber visto a Chifuyu y Kazutora juntos, y no lograr entender nada de lo que estaban hablando, Baji simplemente aguardó a que este último se retirara del edificio para poder hacer lo mismo. Su primer impulso fue abordarlo antes, pedirle explicaciones sobre por qué se encontraba con Chifuyu cuando le había advertido no acercarse con intenciones extrañas, pero no lo hizo. Es decir, ¿con qué autoridad moral? Después de todo él había estado jugando con el gran corazón de Chifuyu, aprovechándose de su disposición y la admiración que le profesaba.

Sí, era consciente de que habría pecado de hipócrita, aunque no por eso podía permitir que alguien más cometiera el mismo error. Sin embargo, ¿no merecía Kazutora la oportunidad de madurar y tener algo bonito con una buena persona? Por supuesto, exceptuando el hecho de que la persona en cuestión era Chifuyu.

Los asientos del vehículo hacía rato que habían sido consumidos por el fuego, la llama ya no era tan intensa como antes, y ahora el humo se robaba el protagonismo de su más reciente acto vandálico.

Pensaba mostrarle a Chifuyu el nuevo descubrimiento que había hecho: un deshuesadero abandonado bastante lejos de la ciudad. En otro tiempo, Baji habría tenido la certeza de que el chico lo acompañaría gustoso, revoloteando a su alrededor. La posibilidad de ser descubiertos habría quedado de lado mientras estuvieran juntos, con un encendedor en forma de gato en los bolsillos y el cuerpo colmado de adrenalina.

Hoy era distinto, llevaba la cuenta de las horas perdidas sin poder arreglar el problema entre ellos. La ausencia de Chifuyu le pesaba en el alma, porque no lo necesitaba para nada, pero lo quería para siempre.

Se vio en la necesidad de alejarse del mundo para terminar de encajar las piezas en el rompecabezas de su existencia. Ahora lo tenía claro, como el agua que descendía de las montañas:

Se había enamorado de Chifuyu hasta los huesos.

Enamorado, tanto como el cerebro de un adolescente podía hacerlo. A su manera, impulsiva, estúpida e inmadura.

Y ahora, rendido al sentimiento, ¿cómo iba a recoger los platos rotos? ¿Cómo hacerle saber a Chifuyu que él también estaba en la misma situación? Solo que se tardó un poco —demasiado— en darse cuenta.

Se arrepentía de haber arruinado el vínculo tan especial que habían construido en cuestión de meses. Se arrepentía incluso de las palabras usadas en los momentos cruciales, porque Baji siempre fue bueno para adivinar las intenciones ajenas, hasta que se trataba de Chifuyu. Durante todo este tiempo, ignoró a consciencia la vocecilla interna que le gritaba que su comportamiento era distinto al que mantiene un amigo.

«¿Has notado cómo te mira Chifuyu?»

—Como a una jodida maravilla del mundo —reconocía al fin, cubriéndose la cara por el bochorno que le provocaba. Ojos grandes y bonitos, brillantes y asombrosos. Siempre que se posaban en él lucían así—. Como todas las personas desearían que los miraran alguna vez.

Lo sabía desde el minuto uno. Sin embargo, buscó excusas para no tener que afrontarlo. En cambio, sucumbió a la imprudencia, se dejó guiar por el impulso y acabó arrastrando a Chifuyu por el mismo sendero. Si se lo hubiera preguntado antes, tal vez hoy la situación sería diferente.

Tal vez mucho peor.

Quizá Baji habría sido un idiota incapaz de manejar tanto amor, podría haberlo rechazado, distanciándose para protegerlo e impedir que siguiera desbordado por él. No obstante, nunca se sacó la duda del pecho, porque era más sencillo creer que aquellos sentimientos que Chifuyu le profesaba eran comparables a los de un hermano pequeño, que admiraba y añoraba convertirse en una figura similar a él en el futuro inmediato.

Estúpido.

Debió tomarse en serio las charlas incómodas con Draken desde el comienzo, indagar, pedir opiniones, perseguir el hilo hasta el encontrar la punta y estamparse con la realidad. Debió haber hecho tantas cosas antes, pero era complicado. Había escuchado a Chifuyu hablar de chicas en el pasado, sonrojarse ante algunas solo para que, luego de un lapso de tiempo, terminara arrinconado en su habitación, sonrojado por él.

Baji seguía sin discernir cuál era la etiqueta conveniente, aquella que daría respuesta a la pregunta de su madre. Por lo menos esta noche, apoyado contra el capó abollado y polvoriento de un coche, al fin llegaba a tocar el fondo.

Haciendo un recuento sobre el despertar adolescente, su primer beso fue con Kazutora, poco antes de que la tragedia ocurriera. Había sido por curiosidad, después de mirar una revista para adultos con contenido explícito entre hombres. Ninguno de los dos tenía idea de que aquello fuera fisiológicamente posible, la cara ardiendo y el cosquilleo en la punta de los dedos. Entonces Kazutora lo propuso y sus dientes chocaron de paso, Baji había percibido el ligero sabor metálico de la sangre, cubriéndose los labios mientras el otro se burlaba.

Para cuando volvieron a encontrarse, Kazutora había sacado el tema a colación. Obviamente, ya no eran los mismos; aquel venía con nuevas experiencias entre los labios y él... Baji acababa de sobrepasar los límites de su amistad con Chifuyu. Aún con todo, separó los labios cuando Kazutora acortó la distancia, pero el revoloteo interior de antaño ya no se presentó.

Se había esfumado a otra parte, Baji sabía hacia dónde con exactitud. Fue a buscarlo, sin detenerse a pensar en las nuevas consecuencias, arrebatándole a Chifuyu la oportunidad de tener esa nueva experiencia con alguien más adecuado. Baji tomó su primer beso, el segundo, el tercero y perdió la cuenta poco después. Por fortuna, el cosquilleo siempre estuvo ahí.

Estuvo ahí incluso la tarde en la que Chifuyu lo mandó al diablo. Bien merecido, sin duda alguna.

Una disculpa vía telefónica, con el último suspiro de crédito que tenía disponible, no era suficiente. Sin embargo, ya había dado un paso hacia adelante. Intentaría avanzar uno más cuando el sol diera lugar a un nuevo día.


—Estaba pensando... —Chifuyu levantó la cabeza al escuchar a su madre hablar. Estaba a poco de terminar de desayunar para marcharse a la escuela—. Te has portado bien toda la semana, ¿verdad?

Fuera de las escapadas para cumplir con su rol en la pandilla y la salida con Kazutora la noche anterior, sí, se había portado bien. Ella no tendría por qué conocer lo demás.

—Siempre —respondió antes de llevarse un bocado más a la boca.

—Y no puedo tenerte encerrado aquí eternamente.

—Supongo. —Se encogió de hombros.

—Te levantaré el castigo, pero... —Ella soltó los palillos y lo miró con seriedad. Chifuyu la imitó—. Confía un poco más en mí, ¿quieres? Yo mejor que nadie sé cuánto te gusta Keisuke-kun.

—¿Eh? —Sintió que el rostro se le desencajó. Ella sabía… ¿qué?

—Vamos, Chifuyu. Yo te traje al mundo, fueron ocho horas de labor de parto, así que creo que puedo reconocer perfectamente la mirada de cachorro que le das cada que...

—¡Mamá! —Palmas sobre la mesa, la vergüenza hasta las orejas.

—¿Qué? No te estoy regañando. Solo te estoy pidiendo que confíes en mí.

Chifuyu balbuceó un par de veces, sin llegar a argumentar nada en concreto. Prefirió llenarse la boca de comida y desaparecer por el pasillo hasta su habitación. Ni siquiera la distancia y las paredes pudieron evitar que escuchara la risa de su madre desde el comedor.

El color de la piel le tardó varios minutos en volver a la normalidad, de manera que los aprovechó para juntar sus útiles y mentalizarse para lo que tendría que hacer: esperaría a Baji en el rellano para poder ir a clases juntos como antes.

Lo había decidido durante la noche, justo después de haber recibido la llamada. Le marcó de vuelta, pero al no poder comunicarse de nuevo y tener la certeza de que Baji no se encontraba en casa —por la razón que fuera—, consideró que le bastaba con eso, que ya había sido suficiente incomodidad y que entre más rápido se enfrentara a la realidad, más rápido podría salir del pozo de los corazones rotos.

Si se pasaba los días ocultándose solo quedaría como un cobarde. El vicecapitán de la primera división no podía ser de esa manera.

Salió de casa sabiéndose libre de nuevo, con una mano en el bolsillo y la otra aferrada a la mochila, como un punto para canalizar los nervios que le atizaban. Estaba bien, al menos por fuera, ya que se había encargado de ocultar las ojeras con mejor precisión que en días anteriores, toquecitos con dedo anular tal como lo hacía su madre.

Quería regresar en el tiempo, tres o cuatro meses atrás, a los días cuando ser amigo y mano derecha de Keisuke Baji era algo con lo que podía conformarse. Podía hacerlo otra vez, solo debía...

Suspiró en cuanto lo vio. Lo único que debía hacer era justo lo opuesto, pero ahí estaba, vaciando el anhelo y llenándose de olor de Baji.

Carraspeó, al darse cuenta de que estaba fallando en el primer intento.

—Buenos días, Baji-san. —No tan enérgico como de costumbre, pero se las había arreglado para saludar. Poco a poco.

—Chifuyu, anoche yo...

—Está bien —le cortó, una sonrisa le tensaba los labios—. ¿Quieres que vayamos juntos? Hace calor hoy, ¿no?

Dio media vuelta, entre menos lo mirara directamente sería mejor para él. El camino hasta la escuela era bastante largo, deberían darse prisa.

«No preguntes, no insistas».

Por mucho que se repitiera aquello en su mente, de ninguna manera podría detener la determinación de Baji. Así, se quedó de piedra al escucharlo una vez más.

—Lo siento, Chifuyu.

Tres palabras, igual que anoche. Se mordió el labio con fuerza, necesitaba evitar a toda costa que esto le afectara al exterior. Dar vuelta a la página, seguir adelante.

—No pasa nada —respondió, encarándolo. La mochila sufría una descarga de su impotencia.

—Sí pasa, Fuyu. Claro que pasa y tenemos que hablarlo.

—¿Ahora? Vamos con el tiempo justo, Baji-san.

—Entonces encontrémonos en la tarde.

—¿También te han levantado el castigo? —preguntó, esperanzado.

—Sí.

—Me alegra.

Baji avanzó hacia él, dándole alcance al fin. Olía al shampoo más común de cualquier supermercado, pero para Chifuyu ese aroma siempre sería inigualable al mezclarse con la esencia de Baji. Maldita sea, seguía tan enamorado.

—Hay una reunión de emergencia para hoy, después podemos arreglar esto —comentó Baji, señalando entre ambos. Chifuyu asintió, esquivando el color marrón de aquellos ojos—. A menos que ya tengas planes.

—Estoy libre, así que está bien para mí.

—De acuerdo, ¿vamos?

De camino hacia la escuela, Chifuyu mantuvo la mirada en cualquier parte que no fuera el rostro de Baji. La conversación era insulsa, el silencio asfixiante; pruebas contundentes de que volver atrás no sería sencillo.


Al salir de clases, se topó de frente con un individuo al que no creía que tendría que ver, al menos no hasta la reunión. Kazutora había abordado a Baji, el brazo apoyado en el hombro contrario era lo que más llamaba su atención. Lo que le hacía hervir algo en el estómago.

Lo que Kazutora despertaba en él no era odio, ni siquiera contaba con razones de peso para que se tratara de algo así. Eran celos. Celos que se incrementaban cuando lo veía tener ese tipo de atrevimientos, Chifuyu quería abrazar a Baji del mismo modo, colgarse del brazo a él o incluso tomarle la mano de camino a casa. Nunca lo hizo, tampoco lo haría en el futuro después de todo lo acontecido, y era justo por esa razón que le dolía más.

Inhaló profundamente, sabiendo que no le quedaba otra opción que acercarse.

—Oh, ahí estás —Kazutora saltó sobre él. El mismo brazo se le posó alrededor de los hombros —. A ti te estaba esperando.

—¿Para qué? —Intercaló la mirada entre ambos, fue imposible que no notará los pliegues en la frente de Baji. Mierda, él era el abrazado, no al revés. Se sacudió incómodo.

—Dijiste que no tenías planes —intervino Baji, casi llegando a sonar severo.

—Y no los tengo —se defendió.

—No, no los tiene. —Kazutora lo liberó—. Solo necesito que me acompañe a buscar algo que olvidé ayer después de nuestra cita.

—¿Cita?

—¡Qué no fue una cita!

—Está bien, no lo fue —reconoció Kazutora, divertido por razones que Chifuyu no quería conocer. Los ojos de aquel se enfocaron en el otro—. Baji, no te sulfures.

—Creo que tú y yo habíamos quedado en algo.

—Y lo estoy cumpliendo, hombre. Tranquilo.

—Pues no lo parece.

—Ah, es que no te lo hemos dicho.

—¿Qué cosa? —Baji parecía a punto de perder los estribos.

—Nada, no le hagas caso —se apresuró a decir.

—Oye, no me niegues de ese modo. —Kazutora se tocó el pecho con un gesto dramático.

—Lo que sea, hagan lo que quieran ustedes dos.

Chifuyu contuvo el impulso de ir tras Baji, le picaban los dedos por sostenerlo de la manga del uniforme y explicarle. ¿Explicarle qué exactamente? Si lo hacía, si cedía, estaría fallando de nuevo.

Se tragó sus deseos y miró una vez más hacia Kazutora.

—Voy a darte una paliza.

—Me parece bien, pero primero acompáñame al arcade de anoche. Olvidé mi billetera ahí.

—¿Y por qué tendría que acompañarte? —cuestionó, cruzando los brazos.

—Porque si la olvidé fue porque tuve que salir corriendo detrás de ti, rey del drama.

Todo lo que pudo hacer, movido en parte por la culpa, fue acompañarlo. El sonido del cascabel les alegraba el camino mientras Chifuyu pensaba en lo que tendría que enfrentar más tarde, después de la reunión. Ya había dicho que sí, no podría retractarse, tampoco utilizar a Takemichi para escapar de la situación. Lo único que le quedaba era encarar el problema, escuchar lo que Baji tuviera para decir o reclamar, responder a sus preguntas sin exponer demasiado los verdaderos sentimientos que lo agobiaban y entonces el asunto quedaría en el pasado.

Confiaba en que así sería, se aferraba a esa conclusión como si de ello dependiera su vida porque considerar un desenlace diferente le oprimía el pecho. Había logrado ocupar un lugar en la vida de Baji y ahora existía la posibilidad de quedar relegado a nada, tal vez al chico que solo saludaría de vez en cuando porque asistían a la misma escuela y era vecinos. Chifuyu no quería despertar su lástima, odiaría que lo mirara con compasión.

—Aquí está. —Kazutora levantó la billetera intacta—. ¿Vamos a tomar algo?

—No, debo volver a casa porque...

—¿A tu casa o a la de Baji?

—A la mía, por supuesto —contestó un poco a la defensiva. ¿Por qué le mencionaba a Baji justo ahora?

—Escucha, Chifuyu... —Una de las manos del contrario le apretó el hombro. Mirada intensa y gesto relajado—. Sé lo que hay entre ustedes dos.

Chifuyu no necesitaba mirarse en un espejo para ser consciente de que estaba pálido. Pálido y boquiabierto.

—¿De qué hablas? —Trató de reír, de verdad lo intentó, pero estaba seguro de que no le salió natural. El comentario sobre los triángulos comenzaba a cobrar sentido.

—Ven conmigo, no quiero que te desmayes en plena calle.

Terminaron en la heladería más cercana, Chifuyu tenía una copa con helado de limón derritiéndose de a poquito gracias al calor de la tarde. Kazutora disfrutaba de una igual, pero de chocolate con chispas de colores y galleta. Entre más tiempo transcurría, más incrementaba su desesperación.

—¿Vas a explicarme o no?

—Un segundo —pidió Kazutora, untando el helado sobre un trozo de galleta de vainilla—. ¡Dios, esto es la gloria! Vamos, cómete el tuyo antes de que se derrita por completo.

Exhaló. Si iba a pasar un mal rato al menos podía endulzarse la vida con ello. Decidió probarlo.

—Me gustaba Mikey cuando era niño.

Chifuyu ignoraba si lo que le provocó un corto circuito en el cerebro fue la revelación fuera de lugar o la frialdad del helado.

—¿Qué?

—Dirás que no viene al caso, pero necesitaba decírselo a alguien. Esto no lo sabe ni siquiera Baji, así que deberías sentirte privilegiado.

—... ¿Gracias?

—De nada. —Kazutora sonrió—. Aun así, mi primer beso fue con Baji.

La cucharilla se le escapó de las manos y produjo un sonido que atrajo la mirada curiosa de algunas personas en las mesas de alrededor. Chifuyu tosió un par de veces. ¿Qué era esto? ¿Una especie de confesionario? ¿Bromas con cámara oculta? Quería salir corriendo.

—Tranquilízate, nos están viendo raro.

—Eres tú el que está diciendo cosas raras —reclamó, limpiándose las comisuras de los labios con una servilleta.

—El punto es que cuando estuve en la correccional y después de lo… que pasó, Baji fue la única persona que se mantuvo en contacto conmigo, así que... —Chifuyu contuvo el aliento—. Creí que me estaba enamorando. Para cuando estuvimos frente a frente otra vez, yo quise intentarlo. Creí que podríamos regresar al punto de partida, pero al besarnos ya no...

—¿Ya no...? —lo alentó a continuar, a pesar de que tenía el corazón en el suelo.

—El cosquilleo, ¿sabes? Esa cosa que te revuelve el estómago no estaba. Ni en mí, ni en él.

—¿Por qué me estás diciendo todo esto?

—Porque tú sí estás enamorado de Baji.

Un balde de agua fría se habría quedado corto en comparación con la sensación que lo embargaba. Chifuyu se sentía expuesto. Incapaz de aceptar que sus sentimientos fueran tan transparentes hasta para alguien que apenas lo conocía.

—Eso no es...

—Oh, ¿Lo vas a negar? —Kazutora se recargó contra la silla y cruzó los brazos—. Puedes intentarlo, aunque sería decepcionante, en especial después de comprobar que todo lo que dijo Baji de ti en las cartas es cierto.

—¿Baji te habló de mí?

La risita de Kazutora le estaba colmando la paciencia, por lo que apretó los dientes.

—Deberías ver la cara que tienes en este momento, en serio. Aunque intentes convencerme de lo contrario, tus expresiones te delatan.

Chifuyu se llevó las manos a las mejillas, seguramente ahí era donde más se notaba.

—¿Y qué si es así? ¿Vas a ir corriendo a decirle?

—Ah, ¿no lo sabe? —Negó con la cabeza—. Entonces el chupetón que le vi una vez en el cuello, ¿quién lo hizo? ¿Peke J?

Estaba acorralado contra una esquina, no en el sentido literal, pero así era cómo se sentía. Indefenso, con las piernas temblando y el corazón a mil. Y de todas maneras se negaba a darle el gusto de verlo convertido en un manojo de debilidad.

—Fui yo, yo lo hice —admitió.

—Oh, interesante.

—¿Es todo lo que vas a decir?

—¿Qué más quieres que diga? A menos que quieras contarme cómo te fo...

—¡Cállate! —Sin dudarlo se lanzó sobre la mesa, a riesgo de tirar todo y meterse en problemas. Le cubrió la boca—. Basta, deja de decir esas cosas aquí.

Kazutora levantó ambas manos en señal de rendición. Chifuyu lo liberó de a poco.

—No hablaré más, solo te haré una pequeña recomendación, vicecapitán. —Esta vez Kazutora fue el que se inclinó sobre la mesa para reducir la distancia, el cascabel sonando de paso—: Díselo. Confiésate antes de que el cosquilleo se les escape.

Para este momento, Chifuyu desconocía cuántas personas cercanas le habían dicho lo mismo. Las palabras eran distintas dependiendo la situación, pero el mensaje siempre coincidía: expresarle a Baji sus sentimientos cara a cara. Ojalá fuera tan sencillo como quitarle un pelo a Peke J.

Había dinero sobre la mesa cuando logró salir de su estupor.