Fue en la sala, día sábado ajetreado normal de los Louds para cuando marcaron su descubrimiento. Ese día era de entrada y salida por defecto; Lola tenía certamen; Lynn partido; Lori salía con su chico después de dejar Luna en la tocada; y a Lana en la pijamada.
Ni Leni, Lisa y Lucy se sumaban a estos cálculos, solo ciertos en las ausencias acostumbradas de los mayores; los padres.
Leni tenía un resfriado y quedó dormida una parte del día en su habitación; Lisa estaba con sus estudios desde hacía unas semanas tras la experimentación y las conclusiones, mismas que la encerraban dentro de su habitación ni siquiera asomándose hasta el siguiente día; y Lucy estaba escribiendo poemas en su cuarto, o por lo menos, eso hacía para cuando Luan tocó a su puerta y le preguntó si tenía hambre, respondiendo que no, y pidiéndole que cerrara la puerta cuando se marchaba.
Ambos no saben si ella ya sabía de ante mano para ese entonces de sus aventuras nada fraternales, ya que en esos días estaba rara y atenta a sus movimientos, pero en esencia se sabe que para aquel día en el que parecía que no hubiese nadie que los viera, ella supo respecto a su relación inmoral.
Para los otros dos, nada tenían en la mente en esos días, más que tenían bastante ganas de explorar y gozar con sus cuerpos.
Anoche se quedaron besándose y tocándose con las luces apagadas de la cocina cuando se encontraron antes de dormir.
Las hormonas alteradas y los arrebatos. Hizo que se acariciaran todo, y le chupara Lincoln los pechitos de Luan en lo que también le masajeaba los labios vaginales, y le metía los dedos mientras ella le masturbaba con rapidez un tanto hosca.
La luz impacto cegadora, y Leni y Lana entraron inocentes al cubrirse de sus hermanos que parecía que cuchicheaban comprometedores en secreto, y moviéndose y acomodándose las cosas, se sonrojaban mucho cuando la menor les decía que sí jugaban a la casita, y Leni les decía, que solo hacían de novios estornudando estruendosamente.
Y era que el peligro, la vergüenza y la urgencia, era una constante en esa casa infestada de personas entrometidas poca veces predecibles para el par. Todos sin las costumbres del decoro o del valor a la privacidad, entraban sin tocar y se invitaban hasta de tus platos donde comías.
Tal era la confianza, que cada vez con tales impertinencias, no se permitían los errores de esos sinuosos y pecaminosos caminos que Lincoln y Luan emprendieron, debido a la curiosidad y la calentura de los besos, y luego a los sentimientos que nacieron de ellos.
Por eso, fueron a la sala y pusieron las mantas, cambiando el canal de la televisión, a uno de películas.
Un déjà vu de delirio impuro le vino, para cuando la castaña se pusiera detrás de Lincoln restregándole el poto, mirándolo y sonriendo en picardía con su aparato ortodoncista, diciendo su nombre como si gustosa lo recitara, y prácticamente en nada le rogara a besos, que continuaran lo pendiente.
Claramente no podía negar a lo que sabía de impropio y escandaloso al aceptar el paquete y seguirle el juego. La calentura como chicos en desarrollo les absorbía lo suficiente como para que pronto empezaran a hacerse sexo oral entre los dos, y Luan le pidiera que se la metiera al cabo del minuto.
No hubieron más que respiraciones que funcionaron como especie de respuesta. Lincoln se acomodo arriba de ella, cubierto por la manta, y en la alineación y presión de sus genitales para conectarse, por fin entró deslizándose gimiendo juntos. De la punta a la base, todo quedó adentro en lo que se pegaba con cierto dejo. Se terminó echando sobre Luan, como para saborear la sensación, la satisfacción placentera y cálida. "Tan calientita" y tan húmeda; con tal edad los jugos de Luan empapaban sus bragas con la misma regularidad con la que se besaban y tocaban lascivamente.
Ella siente aquello duro, grueso y caliente dentro de su cuerpo. Abraza a Lincoln con fuerza rodeándolo con sus brazos, sellando lo más que puede sus labios para no dejar escapar más que suspiros, y acepta todo el paquete como es usual, mientras elevando la vista con el sonido bajo de la tele, en lo que ve al peliblanco empezando a levantar el trasero, para balancear sus caderas, moviendo y friccionando dentro, nota como en la esquina antes vacía, una pequeña cabeza de cabellos negros, piel pálida y rostro indistinguible pero acolándose raramente estupefacta, clava sus ojos en el sofá.
Luan sube más el rostro del hombro de su hermano sin soltarlo, o avisarle de la presencia, se queda al bombeo, soltando unos gemidos al sentirlo penetrándola con más fuerza, y puede ver ahora con claridad, a Lucy ahí parada entre el recibidor y la sala viéndolos coger sin detenerse o presentar la mínima alarma o consideración para su hermanita.
—Ahh Luaaaan... —susurra Lincoln ignorante, resoplando y gimiendo —. Luan, estás muy apretada...
—¿Sí? ¿Te gusta como aprieto? —pregunto Luan, cerrando los sintiendo la contorsión gustosa, cuando de repente gimió fuerte, alertando a su hermano.
Ya para cuando abrió los ojos y tranquilizó a Lincoln, sin necesidad de hablar, sólo moverse, se dio cuenta que Lucy ya no estaba.
