Finalmente pude terminarlo ;^; Con cariño para quienes disfrutan leer esto tanto como yo de escribirlo ;)

Capítulo 12: La Amenaza del Sith, parte II

El aviso de Rue disparó los pensamientos de Jacen, uno tras otro. Si el Emperador se ocultaba en Coruscant, la tregua debía ser una trampa. Lo que significaba que la flota de la UAL tendría que pelear para sacar a la canciller del planeta... Y luego, probablemente, huir al Borde Exterior para reagruparse.

Necesitarían toda la ayuda que él pudiese conseguir en la Ascendencia... pero incluso en la frontera chiss y con una hiperruta directa, estaban a horas del Núcleo. Su mirada paseó por el hangar mientras esperaba a Brona. Notando el golpeteo de su propio pie bajo el tablero de la nave, se forzó a respirar profundo, y dejar ir su impaciencia. Debía mantenerse enfocado. Aquella misión no la podía estropear.

Alarmas chillaron en la nave de defensa. Lo que faltaba. Siguió los gestos de la tripulación hacia el espacio, donde un transporte volaba tambaleándose en dirección al hangar. Aterrizó con un derrape.

- Eso no puede ser bueno... –murmuró para sí cuando la nave se abrió a vomitar chiss heridos.

Un ataque. ¿Del Emperador? ¿La Primera Orden? ¿Las Familias Regentes retomando el control? Con un vuelco al corazón, Jacen vio que Brona bajaba de la nave sosteniendo al anciano Argonis. Se quitó veloz las correas del asiento, y levantando la cabina del caza bajó de un salto hacia la plataforma.

- ¿Se encuentran bien? –preguntó acercándose a ellos entre el tumulto- ¿Qué ha ocurrido...?

Soldados de negro se desplegaban a recibir a los heridos con lo que parecían ser equipos médicos. Dos de ellos hicieron ademán de cerrarle el paso, pero cojeando a su encuentro asistido por Brona, el consejero los despachó con un gesto. Sangraba. Manchas oscuras teñían su túnica gris carbón, a la altura de la pierna y costado derechos. Pero pese a estar malherido, el tono de Argonis era definitivo.

- Ven con nosotros –demandó, señalando a Brona un acceso lateral-. Por ahí. El tiempo apremia.


- Estamos... por... partir... –la voz entrecortada de Nix apenas se entendía en la débil radioseñal proveniente del Valentía, pero oírla, era alivio suficiente para Rue-. ¿...noticias... de... Jacen...?

Su alivio duró poco. El hiperviaje transcurría sin novedades de él o los chiss, haciéndole considerar si acaso enviarlo lejos habría sido una mala jugada. Se sacudió las inquietudes de la cabeza, en vano.

- Solo que hizo contacto –replicó, viendo de reojo a los generales cautivos en la bodega principal.

Aún si la tregua era real, detallar era exponerse. La estática aumentó, y Rue aplastó los auriculares a sus oídos temiendo un corte de señal. Dio unos golpes al equipo. Jon lo había alterado a fin de aislar las interferencias, y si ése intento resultaba, podría imitarlo en Coruscant. Ella se paró para ir por él...

- Si lo ves... antes que yo... –la voz de Nix la sentó otra vez- ...dile que ayudaré... en lo que sea...

La preocupación en la voz de su amiga le hirvió la sangre en las venas. Ceñuda, se forzó a explorar su emoción. Ira. Porque Jacen le gritó a Nix en el Valentía, y se fue sin disculparse. Rue reconocía el patrón. Tras pelear con Mara, Nazzer siempre volvía malherido de alguna misión para pedir perdón...

Exhaló su ira, razonando que Jacen no era Nazzer y tampoco su enemigo. Solo estaba conflictuado como ella estuvo alguna vez. Entonces había sido Nix, precisamente, quien le mostró un rayo de luz...

- No es tu trabajo sacarlo de su conflicto –le dijo de todos modos, su estómago cerrándose a cada palabra murmurada al micrófono-. Si te ama lo suficiente, él lo resolverá por sí mismo.

- ¿...por qué...? -ella replicó en breve- ¿...viste... algo...? ¿estoy en... peligro...? ¿lo está... él...?

- No vi nada, solo... –Rue se mordió el labio, debatiéndose por decir algo reconfortante-. Cuídate.

Un silencio más largo que el anterior la hizo esperar con el corazón en un puño. Pronto llegarían a Coruscant, y si bien Rue se había despedido de Nix en el Valentía, sentía que aquello no era suficiente.

- Lo haré... –pareció suspirar- Pero... quiero ser de... ayuda... Vamos a... despegar... cuídate...

- Le diré lo que quieres, cuando lo vea –aseguró atropelladamente-. El te ama... y yo también.

La estática que luego escuchó del otro lado le dio a entender que la transmisión se había terminado.


Finn pasó de largo a Rue en la estación de comunicación para atravesar la bodega principal. Debía comprobar que todo estaba listo para salir del hipervuelo a Coruscant, ocuparse del presente. Iba en su cuarta o quinta ronda cuando, ya llegando a la cabina, sintió un tirón en la espalda de su chaqueta.

- Finn, cariño, nos estás mareando –sostenida gracias a un bastón improvisado, Leia le dedicó una dulce, agotada sonrisa-. Estoy segura de que todo lo que puede estar en orden, ya lo está.

- Lo siento, maestra... –inclinó la cabeza al captar el mensaje. Ella alzó una ceja-. Lo siento Leia.

- Hiciste un buen trabajo en el Supremacy –su maestra asintió satisfecha, llevándolo del brazo a través del pasillo y las tropas hasta el fondo de la nave-. Así que, ¿qué te tiene tan inquieto?

Finn guardó silencio ante la serena, sólida presencia que Leia proyectaba hacia la tripulación con su lento caminar. Para reconfortarlos, más allá de las palabras, como una verdadera líder. Jacen, Rue y él aún tenían tanto que aprender de ella... y si se dirigían a una trampa, tal vez ya no podrían hacerlo.

Pero había una esperanza, e inevitablemente sus sentimientos iban a Poe. Su mejor amigo. Si las cosas iban bien, podría volver a verlo. Al menos una vez, antes de ir tras el Emperador. ¿Qué le diría Finn antes de partir...? Desde Myca, sentía que cargaba algo no dicho en el pecho... sacudió la cabeza.

No podía ponerse a pensar en eso. Debía atender el presente, ser el Jedi que todos necesitaban.

- Hay tanto en juego por lo que haremos hoy, tanto más que en el Supremacy... No quiero fallar.

Oh, pero Leia con su sonrisa cómplice, lo sabía. Rue lo sabía. Parecía que todos sabían menos él.

- Actuar es exponerse a fallar, pero no podemos dejar que eso nos paralice –sus ojos recorrieron amables a las tropas antes de volver a él. Le dio un suave apretón a su brazo antes de dejarlo ir-. Creo que... con Poe en Coruscant... alguien debe decir algunas palabras, ¿no te parece...?

Su mente se fue a blanco ante las miradas de los seis soldados que esperaban tensos en el pasillo. Esperanza, le susurró la corriente cálida al extenderse a ella con sus sentidos. Necesitaban esperanza.

- Podríamos encontrar una trampa en Coruscant... –empezó, su mirada pasando del tranquilo rostro de Leia a la sombría expresion de los soldados-. O salvar miles de vidas. El Emperador debe saber que podemos vencerlo si dejamos de pelearnos... Y los troopers con los que crecí realmente quieren lo mismo que muchos: una vida, y la certeza de un mañana. Si le mostramos a la Primera Orden que tenemos más en común que diferencias, podríamos volvernos aliados.

- No sería la primera vez... –dijo Rue acercándose con una suave sonrisa. Le tendió un proyector portátil. Al activarlo, se desplegó un plano lleno de marcas-. Ése es el edificio al que nos citaron. Y ésa, la prisión. Mientras ustedes salen, Ben y yo usaremos una trampilla bajo el hangar para ir al almacén. Nos cambiaremos de uniformes en lo que Emmie altera los videos de vigilancia.

- ¿Y si hay troopers ahí abajo? –él miró a su amiga- Dejarlos inconscientes levantará sospechas.

- Podríamos separarnos del grupo ya dentro del edificio... –terció Ben, recargándose en el pasillo del fondo-. Puedo hacernos indetectables por unos segundos, a Rue y a mí. Lo he hecho antes.

- ¿Cuándo? –tras mirar a Ben, Rue volteó ceñuda al plano-. Ah. El Supremacy. Podría funcionar. Pero aún tendríamos que cambiarnos en algún sitio, y esperar a que Emmie entre al sistema.

- Ahí –Finn indicó un cuarto de aseo junto al hangar-. Una vez afuera, la mayoría de los troopers estarán cuidando infraestructura vital, a costa de las zonas residenciales y de entretenimiento. Desplácense por ésas. En cuanto a nosotros... –se giró a los rebeldes, consciente de la mirada de Leia sobre él-. Hoy seremos un ejemplo para el resto de la galaxia. Agotaremos los recursos diplomáticos primero, y solo utilizaremos las armas como última opción. Que la Fuerza nos...

El Halcón se sacudió al salir del hiperespacio, haciendo a todos afirmarse de algo para no tropezar. El pulso de Finn se disparó, y tras tensos segundos, se escucharon pasos apurados desde la cabina.

- Canciller... el bloqueo... –resopló Jon al salir a su encuentro-. Es más grande de lo que creímos.


- Ciertamente es una bienvenida –comentó Leia con sequedad al llegar a la cabina del Halcón.

Con doce destructores estelares, treinta cañones terrestres y un escudo planetario a medio activar alrededor de la órbita, cinco TIE los escoltaron al rascacielos que vio nacer a la Nueva República. El símbolo de la Primera Orden ahora colgaba desde lo alto. Rue respiró lento y profundo para serenarse.

La plataforma de aterrizaje era una explanada que separaba los niveles administrativos abajo, de los ejecutivos en la cúspide. Una vez detenidos, Leia giró en su silla a tenderle un aparato a Sunrider.

- No puedo llevar esto encima allá adentro. Y si te ven antes de que conozcamos sus reales intenciones, podrían capturarte. Quédate como copiloto. Si escuchas problemas o no volvemos en una hora, actívala –Jon tomó una baliza y asintió, pálido-. Chewie –el wookiee giró a verla con gesto solemne-. El Halcón podría ser nuestro único boleto de salida. Manténlo preparado y examina lo que ocurra en las torres de vigilancia. Y Rue... –se estiró a estrechar su mano, su rostro se suavizó al mirarla-. Volverás allá abajo, pero ahora como aprendiz Jedi. Recuérdalo.

Rue la estrechó de vuelta, y mostrando más aplomo del que realmente sentía, esbozó una sonrisa.

- Seré razonable... –le dedicó un corto asentimiento a Leia, Chewie y Jon-. Les veo del otro lado.

Ella, Ben y Emmie cerrarían la comitiva para evitar a los generales, confiando en que todos los ojos estarían fijos en éstos, y en Leia. Ayudándose con un bastón, la canciller encabezó el descenso por la rampa, seguida de cerca por Finn y 3PO. Seis rebeldes escoltaban a los seis generales esposados...

Pero Pryde no estaba en la plataforma para recibirlos.

Un oficial de apellido Silas esperaba con un destacamento, y la orden de dejar las armas allí para subir al salón de honor. Rue se tensó, pero Leia asintió sin alterarse. Cubriendo su rostro bajo la gorra del uniforme la aprendiz apretó los dientes y se dejó tocar por un trooper. A su lado, Ben hizo lo mismo. Esperaron casi sin respirar hasta que la revisión concluyese. Ocultos a plena vista, nadie los reconoció.

Y nadie consideró a Emmie, hasta que ésta empezó a echar chispazos ante la puerta del elevador.

Con un mudo aviso por su vínculo, Ben se estiró y le tomó la mano. Tibia. Áspera. Un poco sudada. Ella ignoró el cosquilleo que le causó. Un temblor en la Fuerza, y se sintió como entrar en una burbuja. Cuando los soldados giraron al origen del chisporroteo, ni ellos ni su oficial parecieron reparar en ellos.

- ¿Qué sucede con el droide? –reclamó Silas con visible desconfianza- ¿Por qué hace eso?

El irritado suspiro que su maestra dejó escapar fue tan convincente que Rue por poco se lo creyó.

- Es una droide protocolar antigua. Malfuncionan cuando hay que usar repuestos más modernos.

- ¿Por qué no desecharla? –repuso con frío desdén- ¿Acaso no pueden costear droides nuevos?

Como habían acordado, Emmie se puso a farfullar incoherencias en distintas lenguas comerciales.

- No de nuevo –Leia murmuró para sí-. ME-8D9, vuelve a la nave. No tenemos tiempo para esto.

Silas le dedicó una hosca mirada, pero asintió con la barbilla a los stormtroopers para autorizarlo. Salvo una mal disimulada exclamación de 3PO, nadie pestañeó cuando Emmie se quedó balbuceando fuera del elevador. Nadie los vio a ellos quedarse atrás. Las puertas se cerraron sin la menor sospecha.

- Bien hecho, Em –Rue volteó a Ben, quien aún sostenía esa burbuja-. Cuarto de aseo. Sígueme.


Tanto en el crimen, como en la política y los negocios, la primera regla era que no te vieran sangrar. Casi siempre era metafórico. Brona los llevó a una sala de espera, y mientras iba a buscar a un médico, Argonis se dejó caer en un sillón. Las alarmas aún aullaban en lo que el anciano recobraba el aliento, presionándose el costado con expresión dolorida pero resuelta. Jacen esperó, removiéndose inquieto.

- ¿Qué estás dispuesto a hacer... –jadeó Argonis- para asegurar el respaldo de la Ascendencia?

- Lo que sea... –las palabras huyeron de sus labios, y tuvo que corregirse al instante-. Dentro de las normas Jedi. Ahora, por favor, necesitan aliados, y nosotros también... díganme qué pasó.

- La UAL debe comprometerse a devolver su apoyo –el anciano clavó sus ojos rojos en él-. Pero mi pueblo aún no sabe confiar en extraños. ¿Vigilarías esta deuda? Aunque pasen los años, ¿dispondrías a tu Orden a interceder por nosotros? ¿Tenemos la palabra de honor de un Jedi?

El honor era importante para los chiss, y para los Jedi. Pero Jacen conocía a los altos mandos de la UAL lo suficiente como para saber que sin Leia, se volverían apáticos. Tal vez Argonis lo sabía. En la Fuerza, el aprendiz sintió la angustia de su tripulación... y suspiró ante el peso de su responsabilidad.

- Tiene mi palabra –al ver que Brona y un médico entraban, les dio espacio-. Cuéntenme todo.

Mientras era atendido, Argonis sacó un aparato de su bolsillo. Se lo tendió a Brona con un gesto.

- Detectamos movimiento en la frontera... –dijo ella, proyectando un holograma en su temblorosa mano-. Nuestros escáneres captaron una flota de destructores estelares atravesar la nebulosa. Ellos también nos vieron, e hicieron estallar nuestro puesto de avanzada. Su tecnología no era excepcional, pero burlaron todas nuestras tácticas defensivas como si las hubiesen estudiado.

- O como si las hubieran predicho... –Jacen murmuró, palideciendo ante el holograma de la flota.

Su diseño era pre-imperio, como el de las sondas que los atacaron en Goji. Pese a ello, había más naves de las que podía contar. El símbolo estaba borroso, pero se parecía bastante al visto en Exegol.

- Pues, desde que nos separamos, nosotros también averiguamos cosas –él añadió, sombrío.


Volvieron sobre sus pasos a una sobria puerta entre el elevador y la salida al hangar. Rue respiró hondo y se extendió a la Fuerza, sin percibir gente del otro lado. Abrió el acceso y dejó pasar a Emmie primero. Sintió la burbuja desvanecerse al cerrar, y soltando a Ben, echó una fugaz mirada alrededor.

Atiborrado de útiles de limpieza y equipos de emergencia, parecía muy visitado. No podrían tardar.

- Entrará alguien en cualquier momento –Emmie ya se conectaba al puerto de datos en la pared, el compartimiento secreto en su espalda se abrió y Rue sacó de él los uniformes de la Primera Orden. Le pasó uno a Ben, y se forzó a no pensar cuando le dio la espalda para desvestirse-. Em alterará las grabaciones desde el instante en que lanzó chispas. Parecerá que fueron éstas las que reiniciaron las cámaras. Programará un video en bucle para la ruta más corta al exterior, por lo que no podremos desviarnos. Si encontramos troopers de camino, yo seré la que hable.

Dijo todo esto para orientarlo, pero también, para distraerse del sonido de su ropa cayendo al piso.

- Nada mal para una ladrona... –replicó tras ella con voz ronca. Rue se enderezó, mas no volteó.

- Emmie... –la ropa debajo y el jodido uniforme de gorra y cuello alto la acaloraban-. Cuánto falta.

- Está hecho –la callada droide se desconectó del datapuerto y caminó hacia ella para tenderle los sables de luz que había escondido en una de sus piernas-. Tienen siete minutos para salir.

- Voy a voltear ahora... –ya vestido, Ben giró lentamente para encararlas-. No perdamos tiempo.

Reunió la ropa tirada, y con un débil permiso, la guardó en Emmie mientras Rue tomaba los sables.

- Hasta que vuelva, quédate con Chewie –tras guardarse sus sables, ella le tendió a Ben el suyo. Luego miró a la droide-. O con Leia. O con Finn, o Nix. Cuidarán de ti, como tú cuidaste de mí.

Después de todo, de no ser por su duro entrenamiento, Rue no habría durado en los niveles bajos. Nunca se lo había agradecido... pero aquel no era el momento. Emmie asintió una vez y dejó el cuarto. Los aprendices, ahora vestidos como oficiales, salieron tras ella, y caminaron en la dirección opuesta.

Nadie los miró dos veces, no con la canciller unos pisos más arriba. Guardaron silencio al bajar por el elevador. Y al salir del edificio. Y al cruzar las avenidas peatonales del distrito de Gobierno. Incluso con el sol en lo alto y los transportes zumbando en todas direcciones, algo sombrío asfixiaba la ciudad.

- Había olvidado cuánta gente vive aquí. Están en todas partes –gruñó Rue, ya a varios edificios de distancia-. El pánico de una evacuación rápida causaría casi el mismo daño que un ataque.

- Paciencia. Una tarea a la vez –Ben musitó, más para sí mismo que para ella, apartando la vista de un gran anuncio de captura con su rostro-. Si lo vencemos a él, tal vez no haya que evacuar.

En un desierto callejón repleto de basureros, se deshicieron de las gorras y chaquetas del uniforme.

- Debemos conseguir un transporte –sugirió Ben, pasando una mano por su cabello en un gesto inquieto-. O será cuestión de tiempo a que alguien nos reconozca de las órdenes de captura.

- Con esa pelusa en tu cara de seguro tardarán un rato... –ella no alcanzó a morderse la lengua.

Su atención estaba puesta en una moto deslizadora, detenida en la avenida más allá del callejón. Nix le enseñó a hacerlas arrancar. Giró a dedicarle a Ben una sonrisita maliciosa. Él alzaba una ceja.

- ¿Siquiera alcanzas los pedales? –replicó en venganza, y ella le bufó-. Bien. Pero yo conduciré.

En minutos, huían de los gritos del propietario nikto, perdiéndose en un océano de letreros de neón.


Esperar en el salón de honor, precisamente, a saber si serían traicionados o no debía ser un chiste monumental para la Primera Orden. La gran estancia de paredes claras y altos ventanales contrastaba a gritos con la hostil disposición de los stormtroopers que se quedaron a hacerles compañía. Pasaron minutos en tenso silencio. Minutos en los cuales, extendido a la Fuerza, Finn examinó a su alrededor.

Doce stormtroopers vigilaban cada movimiento del salón. Sentados ante un gran mesón central los seis generales seguían en custodia de los rebeldes. El oficial Silas había salido, aparentemente, para contactar a Pryde. Y Leia, serena junto a un soleado ventanal, observaba la plataforma de aterrizaje a varios niveles más abajo. Con el ojo de su mente, él sentía a Chewie fingiendo arreglar la compuerta superior del Halcón. A Jon, inquieto en la cabina. A las patrullas, viendo a Emmie que volvía a la nave.

Junto a él, 3PO hacía una muda protesta por el trato que Leia le dio a la droide, ignorando que ello había sido parte del plan. Ben y Rue se separaron del grupo gracias a aquello, nadie vio bien cómo...

Por instinto, Finn llevó la mirada a las majestuosas puertas del salón. Éstas se abrieron de golpe.

- El Líder Supremo Pryde viene en camino –anunció Silas, sin dignarse a mirar a la canciller.

- ¿Qué tan pronto estará aquí? –ésta inquirió, su tono el de una reina pese a rodearse de rivales.

- Pronto –él escupió, ahora mirándola de arriba abajo-. Tiene asuntos más urgentes que atender.

Oleadas de enfado manaban de él. De todos los presentes. No se sentía como una mentira, pero una sutil agitación en la Fuerza le hizo buscar la mirada de Leia. Apoyada en su bastón, ésta caminó a su encuentro. 3PO giró al percibir el movimiento, y tras dar unos pasitos nerviosos, se fue al ventanal.

Con un parpadeo tan sutil que Finn apenas lo notó, vio el cielo de Coruscant cubrirse con su escudo planetario. Leyendo su rostro, la canciller frenó en seco y miró a Silas. Éste se limitó a alzar la barbilla.

- ¿Qué pasa? –preguntó el aprendiz, con un vuelco al corazón-. ¿Por qué levantan el escudo?

- Su Líder Supremo ha de estar por llegar, asumo... –Leia comentó, con estudiada civilidad.

Silas esbozó una fría sonrisa. Y se alejó caminando lentamente hasta desaparecer tras las puertas.

- Nos encerraron. Debe ser una trampa –Finn gruñó, interponiéndose entre Leia y los troopers.

Éstos seguían quietos. Los generales, mudos. Leia negó, con una expresiva mirada a los rebeldes. Aguarden, parecía decir. Finn tanteó su sable, solo para recordar con pesar que lo había dejado abajo.

- Si hay un enfrentamiento... –Leia apenas movía los labios al susurrar-. Sal. Baja a la prisión y libéralos a todos. Para poder huír de aquí, necesitaremos más personas que las que trajimos...

- General Organa... –una fría voz los interrumpió, haciendo eco en toda la estancia-. Finalmente.


La mejor ruta para evitar las patrullas era por el distrito de entretenimiento. Pero sin entretenimiento debido a la ocupación, seres de aspecto decadente la observaban con lujuria mientras la moto se adentraba en los niveles bajos. Rue sabía lo que querían. Sabía que si no iban tras ella, irían por otra.

Siempre encontrarían a otra...

Ella podría matarlos antes. O al menos intimidarlos, como solía hacer en su otra vida. Pero respiró hondo y se repitió las lecciones de Leia. Esa misma clase de violencia se disparaba en los mundos en disputa, en donde mujeres y niños sufrían el saqueo de ciudades sin ley. Rue debía elegir sus batallas.

Vencer al Emperador. Ganar la guerra. Los fulminó con la mirada al pasar. Luego, lidiaría con ellos.

- ¿Sientes eso? –el murmullo de Ben, volteando levemente, rasgó el tenso silencio del callejón.

Las tabernas no exhibían luz ni melodías. El frío del lado oscuro se arremolinaba allí como siempre, pero aguzando sus sentidos Rue percibió un rítmico retumbar en el aire. Ladeó la cabeza para ubicarlo.

- Viene de por allá... –replicó, indicando a su derecha-. Suena como música, pero es imposible...

¿Qué tipo de establecimiento seguiría abierto en plena invasión? Apretó los dientes al resolver que la música podría ocultar algo más. Concluyendo lo mismo, Ben se giró del todo para mirarla a los ojos.

- ¿Por allá se llega al distrito industrial? –al verla asentir, él le dio la espalda-. No es coincidencia.

Ben aceleró bruscamente, y el denso aire del submundo les azotó el rostro. Con el corazón agitado por la velocidad de la moto deslizadora, Rue solo atinó a aferrarse al asiento. Se precipitaron hacia la avenida que unía ambos distritos, y contagiada por la feroz resolución de su díada, ella sintió la idea formarse en su mente: le darían caza, y le harían pagar. Juntos, obtendrían justicia por años de tortura.

Rue sintió cómo su propio deseo de acabar con el Emperador despertaba aquel poder dormido en sus venas. Tanteó sus sables de luz. La penumbra aumentaba, el frío acariciaba sus sentidos a medida que seguían la vibración, y reparando en sus ansias de violencia, ella se forzó a considerar... ¿justicia?

Cerró los ojos para enfocarse en la luz dentro de sí. Solo así podría diferenciar justicia de venganza. Sintió como, con una oleada de vergüenza en Ben, la moto reducía su velocidad hasta detenerse. Rue lo interrogó con la mirada. Recortado de perfil contra el alumbrado, su expresión se había endurecido.

- La oscuridad... –susurró y se interrumpió, con un escalofrío que se extendió hasta alcanzarla.

- A mí también me afecta –ella admitió al percibir su conflicto-. Es intensa. Pero no nos controla.

Canalizando el cálido arrullo de la luz, Rue se estiró a estrechar su hombro, y sintió la espalda de Ben relajarse bajo su tacto. Éste paseó la vista desde su mano hacia su rostro en muda contemplación. Ahora se sentía normal tocarlo, estar cerca. Tal vez era la certeza del vínculo. Él suavizó su expresión.

- Elegimos la luz, seguiremos en ella –él asintió en voz baja-. Las cosas serán distintas esta vez.


Mientras el médico cerraba las heridas de Argonis, Jacen los puso al tanto acerca del mensaje del orientador Sith, su viaje a los restos de Exegol, y la similitud de aquellos símbolos. Omitió las voces a fin de priorizar la visión de Rue sobre Thrawn, Ezra y Mara. Tras mencionarlo a él, los chiss se miraron.

- Entonces él sí destruyó algo del Emperador... –Argonis palideció- ¿Otra Estrella de la Muerte?

- Si fue destruída, ¿importa? –apremió Jacen-. Lo que ahora urge es adelantarnos al Emperador. Mientras esperaba en el caza, Rue me contactó. Cree que está en Coruscant, a donde nuestra canciller fue a dialogar con Pryde. Todo indica que esa flota los emboscará, y Belik tenía razón, si queremos sobrevivir, debemos dejar de ser peones en su tablero. Unir fuerzas para frenarlos.

- ¿Y su canciller realmente cree que la Primera Orden elegirá a la UAL por sobre el Imperio...?

Su escepticismo estaba justificado. Pero para Jacen, el precio de volver a Coruscant sin refuerzos bien podría ser su propia familia. Volvió a ver el holograma. Necesitarían la flota de los chiss.

- Más razón para ir, sacar a todos los aliados que podamos del planeta y reagruparnos antes de que la flota llegue. Ustedes conocen el territorio mejor que ellos, deben tener un atajo. Salvarán vidas, tal vez incluso su presencia convenza a la Primera Orden de elegirnos... o al menos, de no atacarnos. Les prometo que cuando la UAL reciba su apoyo, yo nunca dejaré que lo olviden.

Una de sus primeras lecciones Jedi había sido evitar los siempre y los nunca. Pensar en absolutos enturbiaba el juicio, pero eran tiempos desesperados. Valía la pena comprometer a la Orden por eso. Aguardó la respuesta convenciéndose de ello. Ya tratadas sus heridas, Argonis despachó al médico.

- La flota del Emperador atacó primero –dijo finalmente, sujetándose de Brona para incorporarse con lentitud. Sus ojos rojos se fijaron graves en ella al exhalar-. Estamos obligados a responder.

- Pero... –ella titubeó-. Él debió cambiar su estrategia desde que los protocolos fueron creados...

- ¿Protocolos...? –repitió Jacen, cosas no dichas flotaban en el aire-. ¿Qué kriffados protocolos?


Siguieron el retumbar hasta un sector subterráneo de forjas. En desuso, éstas se caían a pedazos.

- Es música... –incrédulo, Ben detuvo la moto a lo lejos-. Y viene de aquel galpón, ¿con qué fin?

- ¿Ocultar los gritos de agonía? –ceñuda, ella examinó el callejón de almacenes con la mirada.

Estaba desierto, pero la penumbra del submundo podía ser engañosa. Volvió la vista al galpón que originaba la vibración. Años atrás, habría procesado la chatarra de los deshuesaderos de la superficie.

- No percibo agonía... –el tono sereno de Ben sugería su concentración en la Fuerza-. Solo paz. Pero no la clase de paz que reconforta, se siente... frío. Deberíamos acercarnos a investigar.

- No veo entradas, está demasiado oscuro. Dejemos la moto aquí, y rodeemos el edificio a pie.

Avanzando casi a tientas Rue creyó distinguir una canción popular, amortiguada por el grueso muro de duracero. Algo más adelante, la silueta de Ben se asomó veloz por la esquina y volvió junto a ella.

- El acceso parece ser una puerta manual, deslizable –murmuró-. Está vigilada por un guardia.

- ¿Uno solo? –ella repuso escéptica-. ¿Con una guerra por estallar sobre nuestras cabezas...?

Se asomó a mirar sintiendo a Ben tras ella. Un débil foco iluminaba la puerta, cuidada por un hutt.

Movimiento desde el extremo opuesto del callejón los forzó a pegarse al muro para ocultarse entre las sombras. Agazapados, observaron que un amplio y moderno speeder se detenía frente al guardia.

Ocho seres en capuchas bajaron a mostrar unos brazaletes al enorme hutt. Éste deslizó una puerta corredera, y uno a uno fueron entrando. En cuanto el guardia cerró, el speeder volvió por donde vino.

- La seguridad es débil, y entran con invitación –musitó Rue-. No suena como el Emperador...

- Espera –la voz de Ben advirtió por sobre su coronilla-. Sus presencias acaban de adormecerse.

...y la música no se hizo más nítida al abrir, sugiriendo un espacio intermedio. Rue hizo un mohín.

- Es un club clandestino –resolvió-. Rocían una microdosis de especia en el pasillo previo al área de la fiesta. ¿Por qué el frío se siente tan intenso aquí si solo vienen a drogarse hasta la idiotez?

Exhaló su frustración. Mientras perdían el tiempo ahí, sus amigos se exponían a amenazas reales.

- Aún no llegamos al lecho de rocas, pero mi instinto me dice que éste es el camino correcto.

Rue giró a examinar la astuta expresión de Ben. Pese a que el lado oscuro los entorpecía a ambos, él tenía más experiencia que ella con los matices de la Fuerza. Entendería mejor cómo interpretarlos.

- Entonces entremos –asintió-. La especia líquida se desvanece rápido, si no la respiramos en el pasillo, no nos afectará. Pero ése no puede ser el único guardia, lo confundiré con la Fuerza...

Estaba por salir del escondite cuando Ben la retuvo por el brazo. Su corazón dio un vuelco al sentir que la atraía gentilmente hacia las sombras. En cuanto sus miradas se encontraron, él soltó su agarre.

- Los hutt son inmunes a esos trucos –él dejó vagar la vista alrededor-. Debemos distraerlo...

Tras dominar su agitación, Rue concluyó que cualquier distracción fuera de la rutina del hutt podría hacerlo llamar a otros. Si querían ser discretos, debían ser prácticos. Resoplando, se soltó el cabello.

- ¿Alguna idea...? –al notar que se desabotonaba, Ben siseó exasperado-. Piensa en otra cosa.

Llevaba un top debajo, pero el brusco modo en que él se volteó para no verla, la tomó por sorpresa.

- ¿Cuál es el problema? –alzó una ceja al captar el desagrado en su díada-. Es un buen plan.

- No funcionará –él negó secamente-. Eres demasiado joven.

Rue intuyó a través del vínculo un velado intento de resguardarla. Atento, pero inútil a esas alturas.

- Funcionará. Eso nunca los detiene... –gruñó amarrándose la camisa a la cadera, no se exhibiría más de lo necesario-. Mantente atento al hutt y escabúllete en cuanto puedas, ya te alcanzaré.

Escuchar sus protestas solo los demoraría. Empujando el disgusto de ambos al fondo de su mente, suspiró, adoptó su mejor actitud de bailarina y desfiló fuera de su escondite en dirección a la entrada.


Tuvo que usar los últimos jirones de su autocontrol para no arrojarse sobre Argonis. Era un anciano. Estaba herido. Había una muchacha sujetándolo. Y por sobre todo, Jacen era un aprendiz Jedi. Pero luego de ponerlo a prueba, una y otra vez, los chiss aún le guardaban secretos. Perdían tiempo, vidas.

Nix, Hera, chopper, Finn, Rue, Leia, la UAL, todos dependían de que los chiss movieran sus azules traseros. Tal vez Argonis vio el brillo amenazante en sus ojos, pues se interpuso sutilmente entre él y Brona. Y tal vez Jacen debió sentirse más culpable de lo que estaba por aquello. Exhaló para calmarse.

- Antes de morir rebelándose contra el Remanente Imperial... –Argonis seleccionó sus palabras cuidadosamente-. Thrawn creó ciertas... orientaciones... en caso que la Ascendencia estuviese amenazada por un nuevo enemigo sensible a la Fuerza. Muchos lo creyeron loco debido a sus años sirviendo al Imperio. Y cuando Snoke invadió, fue demasiado tarde para implementarlas.

- ¿Qué clase de orientaciones...? –se estremeció, y sintiendo la familiar sacudida del hipersalto en el suelo bajo sus pies, su voz se agravó con creciente irritación-. Argonis... a dónde vamos.

El corazón de Jacen latía desbocado. Si no volvía a su familia, a Nix, a tiempo... sacudió la cabeza. Sintiendo cada músculo en su cuerpo tenso, el aprendiz se forzó a respirar hondo y lento. A enfocarse.

- A buscar lo que necesitamos para asistir a la UAL... –el anciano le enseñó la palma de su mano libre, su otro brazo sobre Brona para seguir en pie-. Llegar a tiempo será inútil si nos ven venir. Retuvimos información por sobrevivencia porque mientras más sepan de los protocolos, menos efectivos serán. Pero tendrás que confiar en nuestras intenciones a partir de ahora. Estúdiame con la Fuerza, lee mi mente si quieres. Lo que estás por ver, solo la Orden Jedi lo podrá saber.

Jacen estudió al anciano, una forzada calma afloraba de él en la Fuerza. Pero Brona... él no reparó en ella hasta entonces. Aún temblaba. Estaba asustada. Y lo veía con ojos suplicantes, como apelando al Jedi que él podía llegar a ser. Uno capaz de mantener su conflicto a raya, a fin de hacer lo correcto...

El aprendiz se pellizcó el puente de la nariz con los dedos. ¿Cuántos otros niños como ella estarían forzados a actuar como adultos si aquel conflicto continuaba...? Dejó escapar un airado suspiro, para luego buscar la luz en su interior. Escuchando a esa cálida parte de sí que, como su novia, aún creía en la bondad de los extraños, se forzó a hacer lo que menos deseaba tras ser tratado como un peón.

- Bien.

Confiar, era un salto al vacío.


Si el hutt reconocía a Rue, las cosas escalarían rápido. Ben la vio partir con los dientes apretados, solo para observar intrigado sus felinos movimientos... No. Tomando una bocanada de aire, apartó la vista para concentrarse en el guardia. Él preferiría ser congelado en carbonita a engrosar la lista de asquerosos que su díada engatusaba, y el idiota de turno parecía realmente atento a lo que ella decía.

Suspiró para calmarse, tal vez podría funcionar. Recargada en el muro, Rue le hizo un gesto al hutt para que se acercase, y Ben se tensó al perderla de vista detrás de la enorme silueta. La puerta estaba despejada ahora, pero el asco que sintió en su vínculo lo hizo vacilar. No estaría bien dejarla sola ahí...

Entra al galpón. Susurrando a su mente, Rue lo apremió con forzada calma. Lo tengo controlado.

Se sentía incómoda, no en peligro, y ambos tenían una meta que cumplir. Considerando esto, Ben se acercó en silencio, se extendió con la Fuerza para deslizar la puerta y se escabulló al oscuro interior. Lo último que escuchó al cerrar tras él fue el ronroneo de la joven flirteando en huttés. Frunció el ceño.

Un suave siseo en la oscuridad reclamó su atención, y una segunda puerta se abrió ante él. Tenues luces en el piso formaron un pasillo a una salida idéntica del otro lado. Aventuró unos pasos, vigilante.

El acceso tras él se cerró al entrar, y apenas alcanzó a cubrir su nariz cuando un fino rocío le llovió encima. Avanzó a la siguiente puerta con sus sentidos alerta; en la Fuerza, solo percibía presencias aletargadas en un pozo de oscuridad. Tras unos segundos, la especia dejó de caer y la salida se abrió.

La música se derramó en el pasillo ahora con total nitidez, acompañada de haces de luz roja y azul. Ben parpadeó en confusión, descubriéndose el rostro a medida que ingresaba al galpón redecorado.

Separando ambientes, gruesas cortinas caían desde lo alto de las vigas, mientras la música vibraba a través de un denso humo artificial. El sitio era en efecto, un lujoso club clandestino. Cientos de seres de múltiples especies se aglomeraban en todos los rincones, bailando casi en una suerte de trance...

Es aquí, avisó a Rue a través del vínculo. El humo arremolinándose en las luces era el de su visión.

En respuesta, solo sintió su desagrado. Instintivamente giró a la entrada, pero en lo que resolvía ir por ella, la puerta se volvió a abrir. Descubriéndose el rostro, Rue examinó el lugar con gesto huraño. Un discreto escalofrío la hizo volver a ponerse la camisa, y al distinguirlo entre la multitud se le acercó.

- Movámonos ya... –medio gruñó sobre la música. Sintiendo aún su asco, él la interrogó con la mirada-. Le ofrecí un baile privado al guardia para entrar, no podrá cobrarlo si no me encuentra.

O si no respira, pensó él clavando la vista en la entrada. El hutt ingresaba chequeándose el aliento.

- ¿Por qué la cara de Kylo...? –siguiendo su mirada, ella se erizó-. Ugh. Sígueme la corriente...

Su corazón se disparó cuando Rue lo agarró de la camiseta. Con una expresiva mirada, tiró de él para bailar a través del gentío en dirección a los reservados. Sintiendo el calor ascender por su cuerpo, Ben se forzó a mirar alrededor para razonar: llamarían más la atención si no actuaban como el resto.

- Esta música es horrible –gruñó, tratando de imitar el balanceo de la gente-. Y demasiado alta.

- Ellos parecen disfrutarla –acercándose más, ella señaló con la barbilla a dos trandoshanos que parecían bucear en el aire. Ben apenas los vio, atento a cómo enroscaba un brazo al suyo-. El hutt me dijo que este sitio pertenece a un cartel de especia. Captan gente al azar en tabernas y les ofrecen entretenimiento por días. La mayoría de estos seres no sabrá lo que pasa arriba.

- Son una cubierta. Hay que buscar qué cubren –el calor se expandia ahí en donde ella lo tocaba, mas guiado por su díada a través del festejo, sintió el deber de inclinarse a añadir-. Pero sigues exponiéndote a esos tipos como si no te afectara. Sentí tu desagrado, Rue, ¿por qué forzarlo?

- No es tu problema –la respuesta fue veloz y cortante bajo su sonrisa, un acto para ojos ajenos.

- Es mi problema ahora -repuso, cambiando sutilmente de posición al captar una silueta de hutt.

Para cubrirla. Entre las luces, la multitud y la mala música, el rostro de Rue se suavizó al notarlo.

Y se congeló, al mirar tras él.


Algo andaba mal. El pulso de Finn se disparó ante la sensación de un peligro inminente. Y no solo porque Pryde cruzaba las altas puertas disfrazado como una especie de conquistador. En la Fuerza, ya de por sí revuelta, el aprendiz sentía frío. El lado oscuro los rondaba como un gran animal al acecho.

El nuevo Líder Supremo de la Primera Orden entró al salón de honor con pasos lentos y confiados.

- Necesitaba ver esto con mis propios ojos... –la fría mirada de Pryde recorrió a los rebeldes, a los generales, a Finn, y por último cayó sobre Leia-. La UAL definitivamente está desesperada.

- Como también debería estar la Primera Orden, dado el contenido del mensaje del Emperador... -ella replicó, serena-. Él no sonaba muy inclinado a compartir su liderazgo. De otro modo, ¿por qué minaría la autoridad del Líder Supremo, al interrumpir una transmisión tan importante como la de una ejecución de prisioneros de alto rango? A menos... que lo haya hecho para atraernos.

Finn intuyó que su maestra estaba tanteando por información. Entornando los ojos, Pryde lo notó.

- Sigue sosteniendo que la autora de aquel mensaje no fue usted, con la ayuda del traidor. Y no me refiero a su hijo, Kylo Ren. Hablo de Jon Sunrider. El arquitecto de la destrucción de la base Starkiller –el odio en su mirada le indicó a Finn que no era solo una desviación-. No lo veo aquí. Pero al menos, cumplieron con su promesa de traer a mis generales en una pieza. Me los llevo.

Hizo un gesto despectivo con la mano, y dos stormtroopers caminaron hacia los rebeldes. Tensos, ellos miraron a Leia. Ella endureció el rostro, pero asintió para que soltaran a los prisioneros. Confusos, los generales buscaron la mirada del Líder Supremo. Éste los ignoró, quitándose una pelusa del traje.

Una vez que los stormtroopers los llevaron afuera, quedaron diez soldados armados, seis rebeldes, Pryde, Leia, 3PO y Finn. El aprendiz apretó los dientes. Miró veloz al mesón ya vacío y las puertas, y se preguntó si podría usar la Fuerza para ponerlo entre ellos y la Primera Orden antes de ir a la prisión.

Se preguntó si sería capaz de obedecer a Leia, y dejarla atrás luego de todo lo que ella hizo por él.

- Fue cegada por la esperanza, general... –sin dignarse a alzar la vista, el Líder Supremo sacudía perezosamente el polvo de su traje-. Por eso la Unión de Alianzas Libres está destinada a caer.

Finn sintió su pulso latir en sus oídos al percibir en la Fuerza la cruel resolución del Líder Supremo.

- No soy yo la que está ciega, Enric –los ojos de Pryde relampaguearon veloces hacia Leia, su voz dura como metal-. ¿Acaso sus soldados sabían que todo este tiempo servían a otro amo? –algunos de ellos se removieron inquietos-. Usted hizo un trato a espaldas de la Primera Orden. Por eso Hux fue asesinado, no por la UAL, sino por el nuevo aprendiz del Emperador. Nosotros no enviamos ese mensaje. Fue él. Y su flota nos destruirá a todos por igual, si no nos aliamos. Es la razón por la que vinimos aquí, para evitar más muertes sin sentido en ambos bandos...

- Tonterías –ladró el Líder Supremo-. Usted no tiene idea de lo que habla...

- ¿...cuántos stormtroopers han desertado de sus filas desde la caída del Supremacy...?

- Solo los débiles... –Pryde siseó entre dientes-. Y pienso corregir aquello, exhibiendo un castigo ejemplar. Les falta un prisionero. Quiero a Jon Sunrider, o reanudaré la ejecución de inmediato.

- Jon no es un prisionero de la UAL... –terció Finn, en un latido entendiendo que Leia no hablaba para Pryde, sino para los tensos soldados tras él. Y pese a la oscuridad que acechaba, pese a que era un alto riesgo, él también decidió apostar a la luz-. Jon eligió quedarse tras informarse del daño y las mentiras de la Primera Orden. Yo hice lo mismo. Y ustedes también podrían...

- Desertar está penado con la muerte –notando esto, Pryde tuvo el tino de palidecer-. Ése traidor dejó expuesta una estación de combate de incalculable valor. Creó tecnología que atenta contra el poder de mis soldados. Y fabricó la antena que liberó aquel... perturbador mensaje...

- Entonces admite que lo que hizo el Emperador estuvo fuera de su control –Leia alzó la barbilla, cargándose en su bastón-. Lo perturbó. No le informó lo que estaba por hacer... Interesante...

Una sacudida de terror en la Fuerza, pero no de Pryde.

Finn escuchó un alarido.

Venía del Halcón.


Duró una fracción de segundo. Cuando Rue volvió a encontrar sus ojos, Ben sintió su alarma y se extendió a la Fuerza a sentir varias presencias hostiles. Al ritmo de la música, ella cambió de dirección.

Cuento seis hutts armados, susurró a su mente. Y dos accesos: la entrada, y una arcada al fondo.

Rue tomó su mano para desplazarse mejor, y confiando en su guía, Ben cerró los ojos a extenderse más allá del galpón. Frunció el ceño al sentir más presencias hostiles aguardando fuera de la entrada.

Hay más por donde entramos. Se forzó a una pausa de calma antes de decidir. Usemos la arcada.

Debía llevarlos a algún sitio, por la cantidad de vidas que sentía, ese galpón era enorme. Abriendo los ojos, frenó al distinguir la espalda de un hutt entre las luces y el vapor. Rue cambió el rumbo para poner una cortina entre ellos, tan brusco que empujó a un nikto. Adormilado, éste apenas se sostuvo.

Burlaron a otros dos hutts antes de llegar a un amplio semicírculo cortado toscamente en la pared. La arcada desentonaba con el diseño del galpón, y focos intermitentes colgaban de aquella parte del club. Debido a esto, solo al asomarse a mirar desde el umbral, notaron que la siguiente habitación se extendía principalmente hacia abajo. Como una rampa en espiral, había un enorme agujero en medio.

Cientos de seres de presencia aletargada bailaban al borde de aquel abismo, sin miedo a caer. En cuanto Ben puso un pie en aquel otro ambiente, un escalofrío lo atravesó. El frío ahí era más intenso.

Eso no se sintió bien. Rue también se estremeció al cruzar. Pero los hutts aún nos buscan.

En una mirada acordaron bajar para perderse entre la multitud, el humo y la cambiante iluminación. Asomándose al borde a mirar qué tan profundo llegaban la rampa y el abismo, Ben notó que casi fuera del alcance de las luces, los muros se volvían de roca. Contuvo el aliento al distinguir nichos en ellos.

Puedo ver el lecho rocoso varios metros más abajo, avisó a Rue. Está tallado, parecen catacumbas.

¿Son los muros de la visión? Rue clavó sus grandes ojos en él, y resbaló peligrosamente al abismo.

Ben la atajó con un brazo antes de que cayese. Cuida tus pasos, espetó al soltarla lejos del borde.

Algún idiota ensució el piso, replicó ofendida, retomando el paso con cautela. ¿Era la visión o no?

Un segundo escalofrío lo sacudió entero, en la Fuerza, una nueva fuente de oscuridad se revelaba. Obligándose a despejar su mente, Ben volvió a mirar hacia abajo. El frío definitivamente venía de ahí, pero los colores de la cambiante iluminación le impedían apreciar si las rocas se ajustaban a la visión.

Olvida la visión. El ánimo de Rue se tiñó de urgencia al agarrarlo del brazo. Tenemos compañía.

Tiró de él lejos del borde. A través de la rampa, dos hutts empezaban a gritar, deslizándose cuesta abajo para atraparlos. Mientras corrían de ellos, la Fuerza se agitó en oleadas de inequívoca amenaza.

Los guardias son lo de menos, le dijo a Rue. La oscuridad viene de aquel abismo. Está creciendo.

Los hutts bajaban empujando a todos a su paso. No eran tan rápidos, pero otros cuatro subían por la rampa a encerrarlos. Ben y Rue eligieron volver, y al hacerlo, él resbaló con un derrame en el suelo.

Recobrando el equilibrio notó el débil brillo de su pie. Mientras se abrían paso a través de la mansa multitud creyó ver más derrames similares... Rue maldijo. Los cuatro hutts que se deslizaban tras ellos habían quedado atrás, pero los dos de más arriba desenfundaban sus blasters. Tendrían que burlarlos.

Señales de salida, Rue apuntó los derrames, podemos apagar las luces y usarlas para guiarnos.

Una sensación de peligro inminente lo atravesó, y la atmósfera se enfrió de golpe. No eran señales. Su brillo se intensificó y cobró un tono azulado, revelando símbolos. La sangre huyó del rostro de Ben.

Son runas Sith. Su corazón comenzó a latir desbocado, y no solo por el esfuerzo. Es una trampa.

Reaccionando a su terror, Rue frenó en seco y estiró las manos a los hutts cerrando su paso. Atrajo con la Fuerza los blasters que sostenían y disparó a los parlantes justo sobre ellos. La música amainó.

- TODOS FUERA –rugió en la burbuja de silencio que creó-. LA POLICÍA ESTÁ POR LLEGAR.

Nadie reaccionó. No enseguida, y Ben debía aprovechar esos preciosos instantes si querían vivir. Empujó con la Fuerza a los hutts, tomó a Rue del brazo e ignorando su queja, la arrastró cuesta arriba.

Los símbolos dispuestos en toda la rampa brillaban como brasas calientes del color equivocado, la arcada, ése cambio de temperatura, la primera runa, aún estaban demasiado lejos. Ben aceleró tirando de su díada que apenas seguía sus zancadas. Reaccionando con retraso al caos, la gente empezaba a gritar, algunos a correr. Disparos de los hutt rasgaron el aire, y la multitud se volvió una estampida.

Los últimos metros de empujones fueron eternos: cuesta arriba, llevando a Rue, y en el denso aire del submundo, sus pulmones ardían. Pero cuando al fin cruzó la arcada, gran parte del frío se disolvió.

Precipitándose contra la aterrada marea de seres, trastabilló a un lado para llegar a la pared más cercana al umbral. Empujó a Rue allí, justo a tiempo de cubrirla de una cegadora llamarada azul que engulló la habitación del fondo. El rugido del abismo fue atroz, recolectando cientos de gritos de agonía que de súbito, callaron. En un latido, se oyeron cientos de cuerpos sin vida desplomándose en el suelo.

Solo quedó el ruido de la música y el de sus respiraciones, luego de que los sobrevivientes huyeran a gritos del galpón. Cobijada entre sus brazos, el corazón de Rue latía tan salvaje como el suyo. Viva. Aún oliendo dulce. Ante el impulso de enterrar el rostro en su cabello, Ben se apartó con brusquedad.

El rostro de Rue estaba crispado, solo a través del vínculo él entendía por qué. Bajo las cambiantes luces del galpón, la joven se asomó con rigidez al umbral de la arcada. Exhalando lento, Ben la imitó. La rampa en espiral ahora estaba cubierta de cadáveres, secos y demacrados. Ella se volteó a verlo.

- Cómo –demandó, con fuego en la mirada.

- Alquimia Sith –él respondió, sombrío.

Uno de los artificios más complejos, secretos y terribles del lado oscuro. Uno de los más poderosos. El frío y la oscuridad se arremolinaron a su alrededor como una invitación, y ambos se estremecieron.

Venía del abismo.

Rastros de la Fuerza Viva drenada de cientos de seres indefensos, ahora impregnaban esa agonía en las paredes. Otra de las piezas de su visión. Los guiaría hacia la fuente de toda aquella atrocidad...

Los guiaría directo al Emperador.