El timbre resuena insistentemente por cada rincón del departamento, el individuo al otro lado carece de la capacidad para entender que con un par de toques es suficiente, de modo que Kakucho sale de la ducha teniendo muy claro a quién va a encontrar detrás de la puerta. Los años lo han dotado del conocimiento y la experiencia necesaria para distinguir la manera en la que cada uno de los integrantes de Bonten hace cualquier cosa, como tocar el timbre.
—Tardaste diez siglos en abrir —se queja Sanzu, brazos cruzados a la altura del pecho y el pie derecho golpeteando el suelo. Las pupilas dilatadas son imposibles de pasar por alto—. ¿Se puede saber qué tanto hacías?
Kakucho también ha aprendido a sostener con firmeza la manija y recargarse en la puerta, impidiendo con ello la mirada curiosa de cualquier visita inesperada.
—Estaba por tomar un baño. ¿Qué quieres?
Si bien ha conseguido que el segundo al mando no pueda echar un vistazo al interior, esto no impide que Sanzu lo recorra de arriba abajo en un instante. La mueca de aversión se dibuja entre cicatrices de diamante, una mirada altiva que hace juego con ella. Tan solo le ha dado tiempo de enrollarse en una bata, debajo no lleva absolutamente nada y Sanzu debería ahorrarse cualquier queja. Después de todo, por culpa de su insistencia es que ha tenido que salir en tales condiciones.
—¿Dónde está Kokonoi? El jefe quiere verlo.
—¿Por qué crees que yo lo sé?
—Hmm, veamos… —Sanzu se da dos golpecitos en el mentón—. ¿Tal vez porque todos sabemos que ustedes se calientan la cama mutuamente?
—Fue hace mucho, joder.
—Lo que sea. Si está ahí dentro solo dile que el jefe quiere verlo.
—Bien —dice, cubriendo las espaldas de Koko, aun si no tiene ni la menor idea de dónde se encuentra ahora mismo. Lo presiente, sin embargo.
—Y enrolla mejor esa bata, nadie quiere ver tus miserias.
—Vete al diablo.
Un portazo, diez pasos largos y Kakucho está de vuelta en la comodidad de su habitación, pasa de largo de la puerta del baño y se dirige directamente a agarrar el celular. Hace más de dos horas que espera instrucciones sobre un asunto pendiente con Kokonoi, pero hasta el momento no ha dado señales de vida. No hay mensajes, ni llamadas de parte de él, tampoco pudo obtener información del chófer personal de Koko. El tipo es una caja fuerte sellada por el miedo, la gratitud, o ambas.
El presentimiento inicial empieza a cobrar sentido. El gran ánimo de su compañero cada que Seishu Inui ha salido a colación entre las conversaciones más íntimas, esas que se dan solo cuando tienen la certeza de que nadie los escucha, hace eco en su interior. Un mensaje más, la advertencia de que Mikey lo está buscando y el deseo de estar equivocado antes de regresar a terminar de ducharse.
El cuerpo todavía no regresa a su estado habitual. Seishu continúa experimentando los remanentes de un orgasmo intenso, los párpados cerrados y la respiración ligeramente agitada. Sigue cayendo en picada, con las nubes esfumándose a su alrededor. Quiere rendirse al sueño, permitir que cada músculo descanse hasta que vuelva a llenarse de energía. Sin embargo, hay un par de dedos que se deslizan sobre el hombro, produciéndole un cosquilleo. Recordatorio constante y contundente de lo ocurrido.
La habitación lo mantiene prisionero en la bruma post sexo. Seishu quisiera que los efectos duraran para siempre, porque así la culpa no ganaría terreno, porque así podría ignorar el hecho de que su celular vibra en el suelo y que se ha negado a revisarlo para salvaguardar el último gramo de estabilidad que le queda.
Seishu le ha fallado a Draken con todas sus letras.
—¿Tienes hambre? —La voz de Koko es dulce, tranquila. La satisfacción puede palparse en cada palabra.
Evita abrir los ojos, justamente porque sabe que si lo hace se encontrará con los de él y Koko podrá ver a través de los suyos. Adivinará lo que piensa, y Seishu no quiere arruinar el momento. No aún.
—No, estoy bien así.
El silencio los invade de nuevo, con las caricias de Koko delineándole el rostro. Es como si tampoco creyera que es real, tal vez tenga miedo de que todo lo que los rodea desaparezca y resulte que esto no ha sido más que una fantasía.
—Te he extrañado tanto, Inupi.
¿Dónde está el tipo pretencioso de semanas atrás? Koko es tan distinto ahora, lo ha sido desde el momento en el que Seishu había tomado la decisión de marcharse, no sin antes haberle pedido que lo dejara en paz. Ahí fue donde el cristal terminó de romperse.
Y aquí está, enredado entre las sábanas con él, con la piel bañada en besos y caricias que ansiaba desde la adolescencia.
—Yo también.
—Entonces mírame.
El pulgar de Koko se mueve sobre la piel del pómulo izquierdo, ahí, en el borde de su cicatriz. Probablemente está recordando, tal vez es solo una caricia más, pero Seishu se estremece al contacto porque se siente incapaz de acatar su petición.
—Tienes que volver —Koko lo dice, con el mismo tono de hace un momento, sin dejar de tocarlo, sin dejar de mirarlo.
—Sí. —Acepta los designios del destino, lo que es correcto aun cuando acaba de nadar en el pecado. De disfrutarlo—. Tengo que volver. —Hace énfasis en el verbo, abriendo los ojos sin prisa, apagados, como la esperanza de prolongar la dicha que hasta hace unos minutos experimentaba.
—Gracias —agrega Koko. El beso en la frente quema y reconforta a la vez.
—¿Por qué?
—Por recordarme lo que es estar vivo.
Lo calla con un beso, afianzando el agarre sobre el cabello platinado sin llegar a ser brusco. El chasquido entre un beso y otro es todo lo que puede oírse ahí dentro, las piernas de ambos se rozan y se enredan a medida que se van apegando. Seishu siente la sangre acumularse de nuevo en una zona en específico, Koko está duro contra él.
—Si continúas besándome de esa manera, no voy a dejarte ir nunca, ¿lo entiendes? —recibe como advertencia.
—Entonces no lo hagas, Koko. No me sueltes nunca.
Se acomoda en el espacio entre su cuello, inhala el aroma para llevárselo registrado en sus memorias. Si tuviera el poder de crear un mundo solo para ellos, lo construiría con sus propias manos. Sin embargo, aquí y ahora, en este mundo injusto, no tienen mayor oportunidad.
—Vuelve a casa, Inupi.
Toma las palabras como una orden. Al levantarse, la incomodidad en la espalda baja se hace presente. La ignora a conciencia porque si se detiene solo un segundo, si vacila, los estará condenando a ambos.
Seishu se viste con prisa, no hay tiempo para la ducha. Además, quiere llevarse a Koko en la piel. Afuera ya lo espera un taxi, ni siquiera tiene que preguntar quién lo ha pedido, porque lo sabe, de la misma manera en la que sabe que una vez probada la droga, le será difícil negarse a una nueva dosis. A Koko.
Comprueba la hora en el celular, apenas tres horas fuera sin ninguna explicación. La pantalla muestra el símbolo de llamadas perdidas y el nombre del contacto, pero en lugar de enviar un mensaje, presiona el botón de apagado.
Lo mejor será construir una mentira en el camino.
—Draken, ¿ocurre algo? —Kazutora apoya una mano sobre las suyas, deteniéndolo en su intento por mostrarle las luces que encargó y que al fin ha logrado traer—. ¿Dónde está Inupi? No lo he visto desde que llegué.
«No tengo ni la menor idea», debería decir, siendo esa es la única verdad. Sin embargo, sonríe.
—Todo bien. —Si algo ha aprendido a lo largo de los años es a no preocupar a los demás. La ausencia de su pareja debe tener una explicación lógica—. Salió hace un rato, no debe tardar en regresar.
La respuesta es para Kazutora, el consuelo para él mismo.
—Pero... ya casi es la hora de cerrar, ¿no?
Draken asiente.
—Yo puedo encargarme solo, es sencillo, mover algunas cosas y hacer el corte de caja. Le enviaré un mensaje para que llegue directo a la casa.
No va a enviarle nada, en realidad quiere quedarse a esperar en la tienda, pero espera que no tarde demasiado. Por suerte, la campanita de la entrada suena y a través de la puerta ingresa Seishu. La sensación de alivio es inmediata, el suspiro que se le escapa es una clara muestra de ello.
—He regresado. Lamento la tardanza.
La mirada de Kazutora se posa en él, taladrando un costado de su rostro. Draken se mantiene sereno, nadie tiene por qué saber que estaba imaginando los peores escenarios.
Seishu, a escasos metros del mostrador, luce en una pieza y eso es lo que importa. Se ahorrará las preguntas para otro momento.
—Creo que lo haré yo mismo —comenta Kazutora para romper el silencio—. En caso de que no enciendan, vendré a molestarte.
—Muy bien, inténtalo y me avisas.
—Inupi —Kazutora saluda al pasar hacia la salida. La pequeña caja con las luces en las manos.
Seishu hace un gesto con la cabeza por toda respuesta. Entre ellos dos la conversación nunca fluye, porque Seishu es muy reservado y Kazutora demasiado receloso desde que salió de prisión. Hay una tensión palpable siempre que se encuentran. Draken quiere pensar que es cuestión de convivencia y mayor interacción.
Al fin se quedan a solas. La moto de Kazutora ruge con fuerza en la calle, perdiéndose en la lejanía.
La franela que utilizan para limpiar el mostrador está a su derecha, la toma y se propone retirar el polvo que cubre algunos de los paquetes con ella. Sin embargo, desecha la idea y rodea el mueble. Acaba estrechando a Seishu sin previo aviso, besa su sien y, aunque no lo dice en voz alta, agradece a todos los dioses porque haya vuelto a salvo. Está exagerando, sí, pero realmente se había preocupado.
—¿A dónde fuiste? —La pregunta sale de forma espontánea. Una de las manos de Seishu le frota la espalda en círculos, casi vacilante.
—Dejé caer mi teléfono sobre la caja de herramientas. —El objeto en cuestión fue deslizado fuera del bolsillo de su pareja, él le echa un vistazo rápido—. No se rompió, pero no se mantenía encendido, así que lo llevé a que lo repararan. Dijeron que no tardarían más de una hora.
—No te preocupes, lo importante es que estás bien. —Draken lo abraza una vez más, despacio—. Diablos, temía que te hubiera pasado algo.
Quiere reírse de él mismo. Son siete años, siempre ha respetado los espacios de Seishu y viceversa.
—Estoy bien. ¿Cómo te fue en la paquetería?
—He traído todo lo atrasado, tenían los paquetes retenidos por un detalle en la dirección.
—Cuánta ineptitud. ¿Cerramos?
—Claro.
Mientras termina de acomodar los paquetes en la parte trasera de la tienda, no puede evitar mirar hacia donde Seishu cuenta y guarda el dinero. Ya está aquí, en un lugar seguro, a su lado. Entonces, ¿por qué la inquietud persiste?
Piensa en las horas pasadas, tal vez se deba a la posibilidad de haber visto a Mikey a la distancia. Tal vez lo que le carcome el alma es haber estado a punto de perseguir a un fantasma. Es la punzada que lo atraviesa al haber considerado buena idea retroceder, intentar nuevamente alcanzar la mano que lo soltó hace mucho tiempo. De alguna manera cree que falló, pero supo corregir el camino y regresar a dónde pertenece. A Seishu.
Va a compensarlo, incluso si debe guardarse la vacilación cometida para sí mismo. El fuego no tiene por qué apagarse, seguirá edificando una vida en línea recta, no habrá más bifurcaciones.
De momento, se distrae de todo aquello colocando las últimas cajas en el estante. Solo ha sido un día difícil. Todas las personas los tienen alguna vez.
Cuando finalmente cierra la puerta del departamento, Koko deja salir una exhalación profunda, cargada de anhelo y frustración. Si cierra los ojos puede sentir a Seishu en cada poro de la piel, los ojos extasiados, los mechones rubios adheridos a la frente. Se le ha quedado en la palma de las manos la textura de los muslos ajenos, cómo se apretaban a su cadera. Y los gemidos, bendito sea cada parte que conforma el oído por haberle permitido escucharlos. Tener a Seishu ha sido mil veces mejor de lo que alguna vez imaginó. Mil veces mejor que las fantasías elaboradas en las noches de desolación.
A pesar de que lo ocurrido le llenó de placer, en este instante le agobia el haber corrompido así lo más sagrado de su vida. Persiguió a Seishu como un acosador, lo confundió hasta llevarlo al borde y entonces, se lanzaron los dos. Completamente injusto.
La felicidad que su persona especial construyó ahora podría pender de un hilo. No sabe cuáles serán las consecuencias de sus acciones, si habrá un mañana o la posibilidad de verlo de nuevo cara a cara. Pueden suceder tantas cosas a partir de este momento, pero lo hecho está hecho y Koko se arrepiente ahí, recargado contra la puerta de un departamento sin brillo. Ahí y no cuando follaba a Seishu sobre la cama del motel.
Con un par de dedos se acaricia el borde de los labios, nota un ligero ardor en la zona, rastros en el cuello y parte del abdomen. Seishu lo recorrió con la lengua, con los dientes. Una maldita delicia.
¿Qué estará haciendo ahora? ¿Qué excusa habrá inventado? ¿Descubrirá Draken el paso de alguien más, la marca roja y diminuta que le dejó en el muslo izquierdo? Koko reprime una sonrisa. Está feliz, sus sentimientos se fusionaron con los de Seishu. Siempre han sido ellos dos.
Vivir vale la pena. Es lo que piensa hasta que el celular suena y tiene que recuperar la compostura.
—¿Sí?
—Estoy afuera —avisa una voz familiar.
—Un momento.
Corre al espejo colgado en la pequeña estancia para asegurarse de que su aspecto no se note desaliñado. Se mete los mechones de cabello tras las orejas, acomoda el cuello de la camisa y vuelve a la puerta.
—¿Qué necesitas? —pregunta, ni bien la ha abierto.
—Mikey te ha estado buscando desde hace una hora. Sanzu fue a verme porque creía que tu... —Kakucho desvía la mirada, enrojeciendo al instante—. Creía que estábamos teniendo sexo.
—Oh.
—Sí, solo era eso.
—Iré a verlo en un rato, gracias por avisarme. —Tiene prisa por cerrar, debe darse un baño antes de volver a salir, pero su compañero continúa de pie, como si pudiera ver a través de él.
—Escucha, Koko —comienza, rascándose el cuello. Intuye hacia dónde se dirige todo, en especial por el tono serio con el que ha llegado—. No voy a preguntarte dónde estabas, ni con quién. No me incumbe, ¿vale? Pero si no tienes una coartada para esa mordida en el labio, será mejor que mantengas la mentira de que estuviste en mi cama toda la tarde.
—¿Mordida? —Se lleva la mano al labio inferior, el ardor sigue ahí. Carajo.
—Ahora lo entiendes. Bien, me retiro.
—¿De verdad no vas a preguntar? —cuestiona, un tanto incrédulo.
—Una mano lava a la otra, y ambas la cara, Hajime. Nos vemos.
Evita agregar algo más, no es que confíe en Kakucho, pero al menos se trata del individuo menos peligroso en todo Bonten. Es como un zombie: se alimenta y deambula por el mundo sin encontrarle sentido a nada. Recuerda que una vez, entre conversaciones banales y bebidas en un bar, Kakucho le había dicho que la diferencia entre ambos la definía la existencia de una persona. Koko todavía puede vivir por y para Seishu. Kakucho tuvo que ver morir a Izana y despertar en un hospital sabiendo que aún no era su turno.
Se mete bajo el chorro de la regadera poco después. Está obligado a encontrarse con Mikey por el simple hecho de que es el jefe y casi siempre anda de con el humor del diablo, eso sin contar con la presencia antipática de Sanzu. Los dos son un combo difícil de sobrellevar, más aún cuando hay sustancias psicoactivas de por medio.
El espejo le devuelve su reflejo cuando se coloca la bata, listo para sacar algunas prendas del closet. Toma un minuto para mirarse más de cerca los labios, hay una abertura rojiza en el borde inferior que duele cuando pasa la lengua sobre él. Tiene grabado entre sus memorias el momento en el que Seishu la hizo, un segundo antes de desbordarse de placer.
Definitivamente no va a olvidar este día, ni aunque tenga que terminarlo lidiando con las personas más problemáticas de la organización.
El reloj marca las dos de la madrugada cuando decide levantarse de la cama. No hace calor, pero, por una razón que le taladra la cabeza, los brazos de Draken rodeándolo como de costumbre parecen quemarle entero. Seishu lo contempla dormir, lo hace desde la puerta del baño porque estar cerca le causa rechazo. La mueca de dolor no se le borra del rostro, tiene la mandíbula tensa para que no le tiemble. Quiere despertarlo, decirle que lo siente, que le ha fallado.
Y lo peor, que es probable que lo haga una y otra vez, porque se trata de Koko y no existe una versión de él que pueda resistirse. Seishu desconoce la existencia de palabras para negarse cuando se trata de su amor frustrado.
Por si fuera poco, carga un chupetón en el muslo, como si fuera un trofeo. La prueba irrefutable de la traición, pero también de que sus sentimientos son inalterables.
No habría que malinterpretarlo, porque si vive con Draken es debido a que el hombre supo despertar algo en él. Y aquí está otra vez, bajo el mismo techo, compartiendo la cama. Una vida mientras lleva a Koko impreso en el alma.
Esta noche no duerme. Pasa un par de horas en la sala, mirando por la ventana la ciudad salpicada por estrellas, luces a la lejanía y el ladrido del perro de los vecinos que le importan un bledo. Se pregunta dónde estará Koko, si quizá se encuentra en la misma situación. Evitó preguntarle si existe una persona con la que tenga algo, saberlo le dolería y no solo porque lo ama, sino porque lo que hicieron implicaría una doble traición.
Resiste el impulso de tomar algunas de sus pertenencias. De marcharse.
¿Qué sigue después? ¿Qué queda por hacer luego de profesarse amor de pies a cabeza? ¿Cómo se atrevió a darle un beso de buenas noches a Draken horas atrás? Desconoce las respuestas. Se desconoce a sí mismo, de hecho.
Tantos años, tanta tragedia, y él sigue volviendo al mismo punto. Caminando en círculos.
Horas más tarde el despertador suena en el mismo lugar, se encuentra acurrucado entre las sábanas y el tarareo conocido emerge desde el baño. Solo que, esta vez, Seishu tiene la certeza de que el día anterior no fue un sueño.
La mañana lo arrastra a D&D motors de nuevo. Lleva el cabello atado en un moño maltrecho, como su vida, el viento lo empeora en tanto circulan por las calles necesarias hasta estacionarse enfrente.
Abrir. Barrer. Sacar la caja de herramientas. Seishu se mueve en piloto automático.
Medio día se esfuma entre clientes que llegan ansiosos para obtener por fin las refacciones retrasadas, un par de motos ingresan para recibir el servicio reglamentario de garantía. Esto es bueno, porque lo mantiene con la mente ocupada y la desdicha al margen.
El problema es que Draken siempre encuentra un momento para acercarse, para sorprenderlo por espalda dejándole besos en la nuca. Gestos que hasta hace unas semanas le desbordaban de alegría, ahora mismo se sienten tan incómodos.
Traga saliva, junto con las ganas de gritarle que deje de hacerlo.
—¿Qué te gustaría almorzar? —Draken le entrega una cerveza helada, perfecta considerando la temperatura.
—Uh... ¿Comida italiana?
—Comida italiana será. —Un beso corto y frío sobre los labios, evita comentarle que está extrañamente cariñoso hoy—. Iré a buscarla, de paso voy a dejar una de las refacciones con el tipo del otro día.
—¿Sigue enojado por la demora?
—Es lo que me preocupa.
—Vale, con cuidado.
Seishu agradece el tiempo a solas, se recarga contra la pared y suspira. Está sudando, pero beber de la cerveza le reconforta en cierta medida. La silueta de Koko se proyecta en uno de los rincones, el delineado rojo arruinado por la faena, la boca entreabierta.
—Basta. —Se da golpecitos sobre las mejillas, incluso se pega la lata de cerveza en la frente, buscando reaccionar. Todavía resiente lo ocurrido al agacharse.
Debería tener dos pesos de decencia humana básica, pecar de honesto como toda la vida y vomitar en palabras su falta. La base de la relación que mantiene con Draken es justamente eso: hablar siempre con verdad. Y lo había hecho hasta hace un mes, quizá menos. Luego apareció Koko.
Si reflexiona mejor la situación, el primer error fue no haberle contado de aquella noche en la despedida de soltero de Hanagaki, el nombre detrás de las strippers. Minutos después, la forma en la que ver a Koko lo hizo temblar, la vocecilla interna que gritaba: joder, es tan guapo. Las ganas de retenerlo un minuto más, de ahondar en su vida.
Si todo aquello constituye el primero de sus errores, la lista sigue. Haber aceptado la nota en la boda de Hanagaki, salir a encontrarse con Koko de nuevo. Desesperación al creer que ya no iba a alcanzarlo. Y el beso, la ligera presión sobre los labios como aquella tarde en la biblioteca, pero que esta vez fue solo suyo.
Ha callado tantas cosas porque se trata de Koko. Siempre Koko.
—Disculpa. —Hay una chica en la entrada, bonita y delgada, con trenzas sobre los hombros—. Estoy interesada en adquirir una motocicleta.
—Claro, adelante —la invita a pasar, media sonrisa de cortesía estirándole los labios.
Quedan varias horas por delante.
El plan original había sido encontrarse en una cafetería cercana a la tienda de mascotas, plan que fue alterado al darse cuenta de que Chifuyu planeaba quedarse a revisar el inventario una vez más. Kazutora tuvo que recurrir a un bar discreto en una zona mucho más alejada, ya que lo que menos necesitan ambos es que Chifuyu se entere de lo que han estado haciendo. Quiere evitar los sermones, las mentiras tejidas cuidadosamente para hacerles creer a todos que Mikey está bien.
Van a reunirse con el resto mañana en casa de los recién casados, sin embargo, Takemichi fue muy insistente desde las primeras horas de la mañana. Y ahí se encuentran ya, con los tarros de cerveza a medio beber al final de la barra.
—¿Sabes? Es perturbador que lo primero que hagas al volver de tu luna de miel sea justo preguntarme qué he averiguado sobre el paradero de Mikey —recrimina.
—Lo siento. —Takemichi se ríe, nervioso—. Es solo que... Me siento culpable por haberme casado e ir de luna de miel sabiendo que Mikey-kun no estuvo ahí, con todos nosotros.
—Como sea. —Kazutora toma un gran sorbo de cerveza—. Respondiendo a tu pregunta, no he averiguado nada nuevo.
Takemichi pareciera desinflarse de decepción.
—Pero... —indica, mirando con cautela hacia atrás—. Tengo la sospecha de que, el día de tu boda, justo en el salón de fiestas, ocurrió algo importante.
—¿Algo como qué?
—¿Recuerdas que querías entregarle la invitación a Mikey? —Takemichi asiente por toda respuesta, atento a lo que sea que esté tratando de darle a entender—. ¿Qué hiciste con ella al final?
—N-nada, se me perdió después de que me sacaron de aquel club a patadas. Te lo dije, ¿no?
—Exacto, y es a partir de ahí que he llegado a la conclusión de que la invitación sí llegó a manos de Mikey.
Los ojos azules continúan mirándolo expectantes, porque la información dosificada todavía no termina de encajar. Ni siquiera él tiene la certeza de que las cosas hayan ocurrido tal como las imagina, pero ciertos detalles que han tenido lugar después de ese día, solo refuerzan sus suposiciones.
—¿Cómo podría ser posible, Kazutora? Para ello Mikey-kun tendría que saber que...
—Lo hemos estado buscando —completa—. Alguien nos vigila, a ti, a mí. A todos.
—Suena como... —Lo observa tragar saliva. No es para menos—. Como sacado de una película.
—Mikey es el líder de la organización criminal más poderosa del país en estos momentos, créeme, no le sería imposible tener ojos en todas partes.
—Asistió a mi boda, ¿es lo que quieres decir? —Hay un destello que cruza los ojos de Takemichi en un instante.
—No físicamente, pero sí. Lo cual no habría sido tan sencillo si Hina y tú hubieran seguido la sugerencia de Mitsuya de ponerle nombre a las invitaciones.
—¿Y cómo es que llegaste a esta conclusión? —Takemichi se ha inclinado hacia él, cada vez más interesado. Precisamente por eso le está soltado la información a porciones, por lo impactante que podría resultar—. ¿Viste a alguien raro en el salón de fiestas?
—Escucha, Takemichi. Lo que te voy a decir a continuación es solo una teoría, para confirmarla o descartarla, tendrás que ayudarme.
—Por supuesto, dime.
—¿Incluso si implica investigar a alguien muy cercano a ti?
Su acompañante se aleja, recuperando la postura recta. Los ojos contrarios parecen apagarse a medida que lo nota parpadear, atónito.
Kazutora también ha pensado mucho sobre este asunto, también ha dudado, aunque su objetivo esté bastante claro y tenga un gran peso. Hay un corazón de por medio, más vidas en juego aparte de las suyas, por supuesto.
—¿A quién? —Tensa los labios, las manos de Takemichi lo atraen por las solapas. Desesperación que desborda de nuevo, y miedo.
—A Seishu Inui.
