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El viaje del villano

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Bulma tomó una de las bandejas que había en una cesta y camino a través del comedor donde almorzaban: extraterrestres y humanos, separados en varias mesas. Y una barra donde la comida era servida por otros humanos.

Mientras caminaba, meditaba acerca de dónde sentarse luego de recibir su comida, pero su distracción hizo que tropezar a con un enorme alienígena anaranjado, con cuernos y abundante cabellera.

Miró hacia arriba, tratando de encontrar un rostro en aquel cuerpo que parecía interminable. Y, al hacerlo, pegó un salto hacia atrás, asustada con la cara del sujeto.

-Oye...-dijo el alienígena, acercándose amenazante.

-Muévete a un lado, estúpido -atajó Lunch, mientras se abría paso entre la mujer y el extraterrestre.

-¡Qué rayos pasa contigo!

-¿De verdad quieres que te lo diga?

Lunch tenía sus ojos puestos en el enorme hombre que tenía en frente, de quien no tuve un ápice de miedo, a pesar de su aspecto rudo y dos metros de estatura.

Bulma adquirió la velocidad de un rayo y se posiciono tras la mujer que no tenía pensado hacerse a un lado.

Al notar que ninguno de sus gestos amilanaba a la mujer rubia y que su almuerzo estaba enfriando en su bandeja, decidió dar por terminado el encuentro y caminó murmurando maldiciones hacia una de las mesas donde se reunían otros extraterrestres de apariencia ruda como la suya.

-¿Estas bien? -le preguntó Lunch, sin voltear a mirar a su compañera, quien continuaba temblando tras ella.

-¿Eh? Sí, estoy bien.

-Será mejor que nos demos prisa, que la comida se acaba.

Cuando sus bandejas estuvieron repletas de comida que jamás había visto en su vida, pero que no se veía mal; Bulma y Lunch se dirigieron a una mesa cercana que sólo tenía a dos comensales usándola.

-Oye... Gracias por ayudarme - le dijo mientras cortaba unpedazo de carne con un cuchillo.

-No me lo agradezcas, el tipo estaba en mi camino.

Y, mientras acercaba a su boca una cucharada de puré de papa, pensaba en que la rubia estaba mintiendo, pues había espacio suficiente para caminar por el comedor sin problema alguno.

-¿Cuánto tiempo vives en este planeta? -soltó sin detenerse a meditarlo por riesgo a arrepe irse luego.

-Dos años.

-Y antes de llegar aquí... ¿Vivías en la tierra, cierto?

La aludida guardó silencio, mientras mastica a él bocado que acababa de llevarse a los labios.

Bulma decidió cambiar de tema antes de que ella decidiera que esa sería su última interacción. Realmente necesitaba una amiga en ese lugar tan hostil.

-¿Como soportas a estos sujetos sin morir en el intento? De haber sido yo, estaría muerta.

-Nunca les demuestres debilidad, ellos se aprovecharán de eso para tenerte a su merced, Bulma.

-Si, pero ¿cómo es que eso no te ha causado problemas? Es decir: esta gente tiene fama de asesina.

-Simple. Nunca te metas con los saiyajin y estarás a salvo. Los alienígenas están por encima de nosotros, somo su última turbina de su nave.

-Uhm... ¿Estamos en el último…? Sigo sin entender por qué sigues viva. La tarea de traer lo que sea, lo puede hacer cualquier saiyajin.

-Ellos nos necesitan para trabajos menores, porque nuestra vida vale poco para ellos. Están tan ocupados en conquistar planetas y volverse más fuertes, que consideran estos trabajos como una pérdida de tiempo.

- "Una pérdida de tiempo" que les da materia prima para hacer sus naves y trajes de pelea. Pfff.

Lunch acercó su cara a la de Bulma para susurrarle, mientras cubría un lado de su rostro para evitar ser escuchadas:

-Son unos idiotas.

-Mucho.

-La verdad, es que, si estás aquí, es para ser mi reemplazo en caso de que me maten. Yo fui el reemplazo de alguien más, pero luego ya no. Simplemente vi morir personas y me quedé al final de todo.

Su compañera se le quedó viendo con sorpresa y horror. De pronto había perdido el hambre y dejó la cuchara en sobre el plato.

-La única forma de evitar eso, es volverte irremplazable -reveló mientras Bulma volteaba a verla nuevamente, pero con genuina sorpresa.

-¿Tú vienes de la cárcel, no es cierto?

-No quieres que hablemos de la tierra, pero sí de mi estancia en la cárcel. Muy sutil.

-Sí -admitió Lunch frunciendo el ceño por la osada pregunta.

-Pero no me molesta hablar de eso -masculló, mientras devoraba una rebanada de pan-. Perdón, se quedaron conmigo algunas costumbres de la cárcel.

Estaban cerca las tres de la tarde y muchos alienígenas se habían marchado. Las mesas lucían casi vacías, de no ser por ellas y algunos rezagados.

Cuando la conversación terminó, Bulma sintió alivio de compartir información tan personal sobre su vida pasada. Aunque esperaba que su nueva amiga hiciese lo mismo; solo debía esperar.

Tenía exactamente una hora antes de regresar a continuar sus labores de ese día dentro de los laboratorios del palacio saiyajin, que, por cierto, no involucraban sus habilidades en las ciencias. Cerca del comedor, pudo ver un balcón vacío, así que aprovechó la circunstancia para fumarse un cigarrillo y relajarse.

Cubrió el cigarrillo que tenía entre sus labios rosados y lo encendió con un viejo encendedor que traía como recuerdo de sus días felices en la tierra.

Pero no era tristeza lo que deseaba sentir en esos instantes, sino, pensar en la frase de Lunch mientras conversaban: "La única forma de evitar eso, es volverte irremplazable", había dicho y, con ello, le dio una idea que debía poner en marcha cuanto antes para cambiar su destino de muerte en aquel planeta. Aunque primero debía estudiar rutina del laboratorio y de quienes trabajaban ahí para idear un plan que los atara a ellos a sus habilidades, y no lo contrario, como sucedía ahora.

Estaba analizando sus posibilidades de éxito, cuando, al ver hacia abajo, dos sujetos con armadura habían iniciado una pelea. Aspiraba el humo, mientras apoyaba sus codos sobre la baranda y exhalaba el humo con cierta sensualidad, aunque ni sus labios ni su rostro estuviesen maquillados como antaño.

Contrajo sus cejas, algo irritada por la idea de verse sin maquillaje, pero necesitaba que su belleza no atrajera miradas ni deseos que ella no deseaba provocar en nadie, por ahora.

Aunque, sus labios resecos por las batallas furtivas que, ahora eran parte de su trabajo, sí que necesitaban cubrirse del carmín que siempre la acompaña. Así que, extrajo el lápiz labial que cargaba consigo y que consiguió a cambio de un servicio de uno de los servicios de reparación que solía hacer a cambio de cigarrillos, encendedores o comida (ya que la comida de la cárcel era lo peor que había visto en su vida).

Y, mientras meditaba sobre algunos pasajes de su vida en la cárcel mientras miraba al cielo, a sus oídos llegó el sonido de gruñidos y algunos estallidos. Sus ojos azules buscaron la fuente de aquel escándalo desatado de pronto. Al bajar la mirada, pudo ver, desde lo alto de la torre donde trabajaba, a un grupo de tipos de aspecto rudo, con armaduras, rastreadores y mucha energía. Peleaban entre sí, en parejas, y eran aproximadamente veinte saiyajin.

Lo más probable es que se tratase de un entrenamiento a campo abierto, aunque no…

-Raditz -susurró ella.

Uno de los hombres cayó pesadamente sobre la tierra, con la cara hacia el sol y con un gran golpe en la cara que estaba salpicada de sangre.

Al abrir los ojos, quiso ponerse en pie, pero su cuerpo estaba tan magullado por los golpes que sus deseos solo quedaron en intentos varios, mientras respiraba agitado.

En segundos, su cuerpo estaba sobre un charco de sangre: su sangre. La paliza fue colosal, como eran los entrenamientos con el hijo mayor del Rey. Lo sabía bien cuando aceptó el reto que le lanzaron las escoltas del príncipe en un bar, la noche anterior, en una apuesta perdida.

Estaba a punto de desmayarse, cuando sus ojos dejaron de observar el cielo azul, y se dirigieron a un punto tan azul como el firmamento sobre él.

Sus miradas se cruzaron unos segundos antes de desmayarse y que ella se alejara de la baranda del balcón para evitar las miradas de los soldados, que se giraron a ver el centro de atención de Raditz.

-Quiten de mi vista a esa basura -dijo el príncipe Vegeta, que permanecía de espaldas a sus escoltas.

Bulma se escondió tras el marco de a entrada, esperando no haber sido vista por ninguno de los saiyajin, no quería explicar cómo una humana conocía a uno de los suyos ni las circunstancias.

Emprendió la huida del comedor, no quería quedarse a averiguar si había sido vista por esos sujetos. Camino a paso firme, sorteando a los comensales que continuaban ingresando al comedor a pesar de ser las tres de la tarde.

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"Ellos nos necesitan para trabajos menores, porque nuestra vida vale poco para ellos. Están tan ocupados en conquistar planetas y volverse más fuertes, que consideran estos trabajos como una pérdida de tiempo".

Mientras le disparaba en la cabeza a los alienígenas del día, para obtener el combustible, las palabras de Lunch no dejaban de dar vueltas en su cabeza. Esa podía ser su ultima misión si no lograba cambiar el rumbo de su utilidad en ese planeta. No estaba hecha para batallar de esa forma. Debía intentar algo distinto.

La noche cayó tan rápido como Lunch sobre su cama en el camarote que ambas compartían en la habitación que las refugiaba de un día agitado.

No era su lugar soñado, pero ese espacio era mil veces mejor que una celda en una prisión de tercer mundo en el lugar más recóndito de la galaxia. Y, a pesar de poder valerse por sí misma, se dio cuenta que, en ese planeta lleno de asesinos, tener alguien de su lado, era vital.

Pero, por ahora, no podía revelar sus planes a nadie hasta que saliesen como ella necesitaba.

Sigilosa, se levanto de la cama y bajó por las escaleras que llevarían sus pies al suelo frio de aquel planeta gris y sin vida. Se detuvo unos segundos junto a la cama de su compañera y asegurarse de que esté dormida.

Tomó sus botas y salió con el mismo sigilo de la habitación.

Extrajo de los pliegues de su chaqueta una hoja de papel doblada en dos. Al abrir el papel, pudo ver las líneas que dibujaban un croquis sumamente detallado de aquel piso. Sabía dónde estaba cada cubículo y sala.

Se dirigió hacia el almacén de ese piso, donde había casilleros donde se guardaban batas de laboratorio, camisas o simples mudas de ropa. Al ingresar, volvió a girarse para asegurarse de que no la siguiese nadie por los pasillos.

En cuanto las puertas se cerraron tras ella, empujo una de las pesadas bancas y la acercó al centro del recinto. En cuanto estuvo satisfecha con la ubicación de la banca, posó sus ojos en la parte superior, en el techo. Una rejilla cuadrada era el ducto por el cual todas las habitaciones importantes tenían acceso a aire acondicionado.

Se aseguró de baja la temperatura al mínimo posible y, sin ninguna dificulta, se posiciono sobre el banco. Extrajo un desarmador pequeño y empezó a quitar los tornillos de la rejilla de ventilación.

Sus dedos blancos temblaban bajo el tacto de aquella herramienta. Ser descubierta era equivalente a la muerte.

Cuando finalmente pudo retirar la rejilla del ducto de ventilación, tomo una silla de madera y la colocó sobre el banco de madera en que se apoyó. Sus manos a penas y alcanzaron la rejilla.

Una vez dentro, se arrastró sobre el ducto de metal, apoyada en sus brazos y piernas. Mientras con sus dientes sujetaba el croquis en el papel.

Tras varios minutos, finalmente creyó llegar a su objetivo. Miró a través de la rejilla y empezó a quitar los tornillos que unían al ducto de ventilación.

Sus delgadas piernas amortiguaron con facilidad la suave e imperceptible caída. Cuando tuvo frente a sí el tablero de controles del laboratorio principal, sus agiles dedos no perdieron tiempo y empezaron a trabajar sobre los botones. Cuando la pantalla le mostró lo que ella buscaba, introdujo un dispositivo usb y esperó, mientras sus labios se curvaron en una marcada sonrisa de triunfo.

Pero no debía cantar "victoria" aún, pues, aunque era de madrugada, en cualquier momento quien fuese podía ingresar en aquella sala y descubrirla.

Sus ojos azules se abrieron debido a la sorpresa de ver a uno de los guardias cubrir su ronda de vigilancia en el pasillo, mientras se acercaba a la puerta de la sala en que se encontraba. Pero no debía temer, pues, mientras no supiese que ella estaba dentro, no corría peligro su visita.

Era mala idea tentar a su suerte, pensó, mientras veía una barra de carga en la pantalla del computador, que avanzaba lento.

La barra terminó de cargar en minutos que parecían eternos, pero, había logrado introducir aquel virus en las entrañas del sistema que controlaba gran parte de aparatos tecnológicos en el planeta Vegeta.

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