Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 3
Al cabo de los días en una semana había hecho cada disparate. La razón, seguía siendo la mejor amiga de mi hija.
Aunque el volverte el cocinero inexperto de dos jovencitas no se comparaba en nada con lo que acababa de hacer.
― Papá, ¿qué te hiciste?
Me sentí un jodido adolescente. Todo nervioso porque mi nuevo cambio fuera aprobado y bien recibido.
Tal vez lo había logrado porque Bree se miraba emocionada.
Aunque a decir verdad, no era mucho. Un corte de pelo, me había quitado la barba porque me molestaba que se estuviera pintando de blanco. Ah, y me había comprado ropa nueva: pantalones de mezclilla más modernos y camisetas de algodón a juego con esas zapatillas deportivas que había visto en comerciales.
― ¿Me veo mal?
Mi hija, negó.
― Te ves perfecto, hasta más joven ―aludió―. No será qué quieres impresionar a alguien, ¿eh?
Rehuí su mirada. No tenía valor de ver sus hermosos ojos y negarlo.
― Pensé que un cambio me vendría bien ―susurré entre dientes―. Quería ir acorde con el lugar al que iremos.
― ¿Sabes lo que es un pub? ―Indagó haciendo que yo rodara los ojos.
― Bree, tengo muchos más años que tú.
― Está bien, papá. Deja de ser gruñón porque te saldrán más arrugas.
― Espera… ¿tengo arrugas? ―Me miré en el jodido espejo.
― Las líneas de expresión son interesantes ―comentó Bella, quien observaba desde la puerta― les da cierta personalidad a los hombres.
No pude dejar de mirarla. Era hermosa en ese pequeño vestido blanco que acentuaba su figura.
― Papá… ―Bree pasó sus manos delante de mis ojos― estabas a punto de babear por mi amiga ―rio― y eso sí sería un grave problema.
Cerré los ojos por unos segundos. Apenas comenzaba mi propia tortura y debía ser fuerte para no comerme con la mirada a la mejor amiga de mi hija.
No podía cometer errores y que Bree empezara a sospechar.
― Vamonos, que se hace tarde ―caminé delante de ellas, poniendo verdadera distancia.
El ruidoso lugar estaba más lejos de lo que suponía. Tardamos cincuenta minutos en llegar, una vez adentro no lograba sentirme a gusto, no sabía si por el excesivo ruido, la poca visibilidad o porque simplemente me sentía fuera de lugar.
Bree se la pasó con su mirada clavada en el celular y pocas veces levantó la vista, mientras que Bella compartía sonrisas conmigo y cada vez se iba acercando a mí hasta llegar a compartir la misma butaca.
― Parece que estás de mal humor.
La voz de Bella era más alta que la música que sonaba en el lugar.
Miré hacia todos lados y luego mis ojos se fijaron en su rostro. Su bonita piel libre de imperfecciones parecía brillar de tanto maquillaje que estaba usando.
― En mis tiempos ir a lugares así era porque bailaban y disfrutaban una buena noche, sin embargo ustedes parecen muy felices con solo ver.
Bella sonrió antes de negar con la cabeza.
― No es un lugar para bailar ―me corrigió― es solo beber y pasarla bien con los amigos o pareja ―eso último lo dijo llevando la pajita de su bebida a su labios.
Me distraje un momento y pestañeé apartando la mirada de ella.
― ¿Y dónde sí es un lugar para bailar? ―Interrogué como si mi interés fuera mucho.
Bella enarcó sus cejas y las comisuras de sus labios se extendieron en una sonrisa.
― Te llevaremos ―prometió―. Bree, vamos al Trinity Nightclub.
― ¿Lo dices en serio? ―Mi hija se levantó de un saltó y tiró de la mano de su amiga―. Vamos, papá, amarás ese lugar.
Ser el conductor designado de la noche no era fácil. Bree estaba bastante ansiosa y quería llegar en cuestión de segundos, recorrer media ciudad de extremo a extremo no era tan sencillo como parecía.
Quedé anonadado al llegar al club. El gentío, el ruido y el ambiente con olor a cigarrillos y no precisamente de nicotina. Era difícil siquiera poder caminar, de igual forma nos adentramos entre empujones de la muchedumbre y las extrañas formas de bailar.
Miré a mi hija bailar entre saltos y gritos con la música electrónica. Cada uno del lugar parecía estarse poseyendo. En realidad sí lo parecían por la forma en la que bailaban, por supuesto que Bella hacía lo mismo.
Quería relajarme y disfrutar la noche como ellas lo hacían, incluso compré una bebida. Ver a Bella tan desinhibida, bailando y relajada, sonriendo con todos y dándome miradas coquetas estaba siendo suficiente.
Mi celular vibró por décima vez en la noche. De nuevo lo ignoré y volví a mi lugar junto a mi hija y su amiga.
Bella sujetó mis manos y empezó a moverse o mejor dicho a contonear sus caderas de una manera que debería estar prohibida para hacerlo en público. Le di una media sonrisa, seguía sin sentirme cómodo.
Y fue peor cuando ella dio media vuelta y acercó su culo respingón a mi ingle. Tomé sus caderas y la apreté contra mí, imitando un ritmo hipnótico de caderas. Vilmente nos estábamos restregando.
Desde mi vista periférica, miré a Bree y lo entretenida que estaba en la pantalla de su celular pasando desapercibido lo que ocurría entre su amiga y yo.
No pude más…Era inequívoco, impropio estar siguiéndole el juego a Bella, me alejé de ella y salí del club.
Apenas pude sentir el aire fresco de la noche y respiré con tranquilidad.
Odiaba fumar. Pero la noche ameritaba una dosis de nicotina.
Llevé las manos a los bolsillos de mi pantalón y seguí caminando entre los autos aparcados. Suspiré, viendo a una pareja de jóvenes lujuriosos casi cogerse en pleno estacionamiento.
― Oye… ―la voz de Bella se escuchó cerca. A los segundos estaba frente a mí un poco agitada― ¿por qué nos dejaste?
― Porque no está bien ―dije agrio y sin emoción en mi voz―. No me gusta bailar así.
Bella se acercó. Pasó sus dedos por mi cara.
― ¿Qué tiene de malo? ―Preguntó inocentemente y odié que lo hiciera.
Resoplé encabronado.
Me sentía un completo pendejo y ridículo. ¿Por qué mierda estaba vestido así? ¿Por qué estaba en un lugar así? ¿Por qué con ellas?
― No finjas ―articulé―, estábamos restregándonos como… ―señalé con la barbilla hacia enfrente. La joven pareja seguía en sus manoseos― yo no soy un adolescente ―recalqué.
― Edward, no me obligaste a nada. Si yo quiero bailar así contigo es porque me gustas.
Sacudí la cabeza.
Mi audición fallaba y pensé que no había escuchado bien.
― ¿Qué dijiste?
Bella dio otro paso más y enredó sus manos en mi cuello. Mi cuerpo entero se tensó, pocas veces alguien me ponía nervioso y esta niña lograba su cometido con facilidad.
Relamió sus labios. Automáticamente mis manos estaban en su estrecha cintura, mi intención era alejarla, pero por alguna razón no podía moverme. Mi cuerpo terminaba paralizado por la cercanía de su cuerpo y mi polla siempre firme ante ella.
― Lo escuchaste bien ―murmuró―, me gustas.
Reí. Mi risa fue ronca y burlona.
― No sabes lo que dices, niña.
― ¿Quieres saber que tan adulta puedo ser? ―me retó acercándose su rostro al mío.
Mi móvil volvió a vibrar. Necesitaba distraerme, así que respondí la llamada sin verificar quién era.
― ¿Diga?
― Edward, me dejaste plantada ―era Charlotte y se escuchaba furiosa.
Fue mi oportunidad para salir del fuerte agarre de Bella, me alejé de ella y anduve deambulando entre los coches con el móvil en la oreja.
Pasé una mano por mi corto pelo.
― Lo siento, Charlotte ―me disculpé―. Olvidé por completo que había quedado en ir a tu casa.
― ¿¡Qué!? Edward, quedamos en ir a cenar al Sky City, hice las reservaciones para tres personas. Tú mismo elegiste el restaurante.
― Oh mierda… ―siseé.
― ¿Qué pasa, papá?
La llegada de Bree me hizo estremecer. Mi hija parecía confundida al vernos a su amiga y a mí, solos, en medio de un estacionamiento con poca iluminación.
― ¿Estás con tu hija?
Silencio. No quise responder.
― Papá, Bella, ¿por qué me dejaron sola? ―Bree seguía hablando mientras solo podía escuchar por la línea el resoplar de Charlotte.
― Respóndeme, Edward, ¿estás con tu hija y su amiga?
Restregué los dedos en mi frente.
― Iré a tu casa, Charlotte ―prometí.
― No, Edward. No vengas, porque se nota que la estás pasando muy bien. Tanto, que olvidaste nuestra cita. Buenas noches. ―Con esas frías palabras finalizó la llamada.
Me volteé hacia mi hija. Ella y su amiga murmuraban entre sí.
― Vámonos. ―Gruñí molesto.
No podía soportar un minuto más. Me deslicé en el auto, cerrando de un portazo. Ambas jóvenes me siguieron, cada una en su lugar: Bree como mi acompañante y Bella en el asiento trasero, donde por el espejo retrovisor podía apreciar su coqueta sonrisa.
Ella sabía lo que provocaba en mí. Se daba cuenta lo que su cuerpo me hacía sentir y era por la misma razón que últimamente sus pantaloncillos se habían vuelto más cortos y toda la piel que mostraba con su diminuta ropa, tenían un propósito ―golpeé el volante con mis puños.
Al diablo mis estúpidas inquietudes y todo lo que Bella me hacía sentir, ella no me ganaría. No podía hacerlo, porque simplemente no podían ser.
Ella era la mejor amiga de mi hija y estaba prohibida para mí.
Hola, este Edward es más fuerte que sus pensamientos sobre Bella, al menos eso cree. Infinitas gracias por su apoyo.
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