Notas Iniciales: No podía dejar a esta ship sin su rico lemmon.
Extra.
Era demasiada tensión. Shun se preguntó cuánto tiempo estuvo esperando por aquello, entonces supuso había sido más de lo que podía tolerar, después de todo el desespero con el que se entregó a las sensaciones estaba fuera de su control habitual. Su hermano también parecía alguien más, completamente diferente, alguien entregado a sus instintos por la manera en que le devoraba la boca y lo mantenía apresado entre su cuerpo y la pared. Aquel que siempre lo trataba con absoluta delicadeza la mayor parte del tiempo se había transformado en la persona correcta, quien lograse hacerle perder fuerzas con la menor respiración. Trémulo el santo de Andrómeda consiguió tomar aire una irrespetuosa brevedad antes de descubrir sus labios capturados por los de Ikki de nuevo y eso -contradictoriamente- lo hizo hervir en placer.
Un Ikki fuera de sí resultaba prometedor. Le daba a conocer que se encontraba lo suficiente hambriento como el propio Shun no creyó verse a sí mismo por alguien. Si no fuese por la persistente privatización de oxígeno, estaba convencido hubiesen continuado comiéndose los labios hasta hacerlos sangrar, lo demostraron sus alterados alientos y sus miradas ansiosas.
—Te extrañé, Shun —murmuró Ikki con el tono más sensual que el santo de Andrómeda escuchó jamás: ronca y profunda.
—También yo. Deseaba una oportunidad para estar solos así. Estuve cerca de enloquecer. Por eso, Ikki, no pares ahora. No pares.
—Shun... hermano, en estos momentos quiero hacerte tantas cosas... cosas de las que los mismos dioses se horrorizarían.
—Hazlas —demandó perdiendo la cordura por un abrazador instante—. Si, por favor, hazlo.
La mirada de Ikki parecía perforar, pues Shun percibió el violento fuego del fénix emanando sofocante del cuerpo de su hermano. No estaba preparado para asimilar sus rudos golpes pero los recibió gustoso; dispuesto a todo si eso significaba satisfacerlo a él. Sus besos lo debilitaron y sus caricias le hicieron estremecer. Con el corazón desbocado obedeció al impulso de abrazar el rostro ajeno con los dedos, bebiendo del elixir de su saliva con premeditada lujuria. Shun amaba sentir la lengua de su hermano enredarse con la suya, suave pero dominante, demandante y hábil. Sentirlo retirarse de su cavidad pudo deprimirlo pero el que esos deliciosos labios le succionaran la lengua tiró de su libido aunque jamás tendría suficiente. Volvieron a mirarse a los ojos, evidenciando en el otro su agitación, un fervor que iba desarrollándose a velocidad arrasadora.
Shun podía confesar que era insoportable mantener apariencias cuando estaba junto a Ikki enfrente de sus compañeros santos. Era consciente de su irrompible acuerdo sobre mantener oculta su relación física y sentimental por el bien de ambos pero estos escasos momentos de libertad absoluta nunca bastarían para saciar la voracidad que habitaba en sus podridos corazones; no dejarían de almacenar deseos depravados hacia su consanguíneo.
—Ikki, basta. Tómame ya.
—Paciencia, mi querido hermano —le intentó tranquilizar mientras deslizaba con irresistible calma los dedos por el cuerpo de Shun en descenso—. Hemos aguantado hasta ahora, saboreemos cada momento. Sólo un poco más.
—No... No puedo... —jadeó al ser consciente de la altura que alcanzaba la mano del santo del Fénix—. No más... Ikki...
—Shhh. Estarás bien.
—Ikki. —La voz de Shun se quebró irremediablemente.
—Deja que yo me haga cargo de todo.
El hermano mayor sujetó la abultada erección aún por encima del pantalón vistiéndolo, acariciándola dulcemente mientras admiraba la expresión necesitada que volvía a dibujarse en el rostro del santo de Andrómeda. Era simplemente un deleite verlo impacientarse por un contacto más directo; de algún modo disfrutaba torturarle con dulzura y parsimonia al saber muy bien que todo su ser imploraba por rudeza y desenfreno. Shun separó sus tensos párpados, observando el rostro sonriente de Ikki con ojos vidriosos, apenas logrando contener el llanto.
—Es demasiado, yo no...
— ¿Te he dicho alguna vez que adoro verte llorar cuando estamos así? —Shun se reconoció sorprendido por su revelación—. Luces tan erótico. —Ikki inclinó el rostro para lamer la única lágrima derramada sobre su mejilla. La cercanía incitó al hermano menor cerrar los ojos—. No tienes idea lo mucho que adoro escucharte gemir, verte estremecer y rogar.
—Ikki... por favor. —Shun respiró de forma temblorosa, inspirando una sonrisa lasciva en el santo del Fénix.
—Buen chico —susurró contra su oído, sembrando escalofríos por toda su espina dorsal.
Entonces se arrodilló para liberar su apretada erección, la cual sin dilación alguna succionó con tal dureza que Shun no pudo evitar gemir en volumen alto, a la vez que lanzaba sus manos sobre la cabeza de su hermano, apretándola de manera inconsciente. No era la primera vez que Ikki lo felaba y esperaba no fuera la última. Sin embargo, no dejaba de maravillarlo con su ensayada destreza. Sus experiencias juntos sin duda desarrollaron su habilidad de introducirlo hasta el fondo de su garganta sin el más mínimo roce de dientes, manteniéndolo capturado entre sus carnosas paredes cada vez más tiempo sin sentir el impulso de vomitar. Y es que cuando se decidía lograr un objetivo no se limitaba cuando yacían al alcance en la privacidad. Los primeros roces fueron torpes e incluso graciosos, por eso Shun siempre era fascinado por su progreso entre noches; se atrevería a decir que ya hasta le resultaba profesional.
—Oh, Ikki. Me encanta. Se siente tan bien pero... mm... vamos a la cama. Quiero... hacerte sentir bien también.
Un sonido húmedo y en cierta medida viscoso resonó en la atmósfera cuando Ikki liberó el pene de su hermano, limpiándose la saliva con el dorso de la mano antes de ponerse de pie.
—Muy bien pero déjame quitarte esto primero.
Volviendo a inclinarse contra su cuerpo, esta vez a la altura de su abdomen, el santo de Fénix se dedicó a lamer y besar la piel que descubría con los dedos, levantando cada vez más su camisa hasta la altura de su pecho, tocando de manera juguetona los sensibles pezones con las yemas de los dedos, provocando en Shun un frágil sobresalto debido al roce firme de la bastilla. Luego las manos del Ikki se afianzaron a su cintura, frotando ambas erecciones con vigor, cuya separación de tela el santo de Andrómeda se decidió corregir al apresurar sus manos para abrir el botón superior del pantalón de su hermano y deslizando el cierre hacia abajo de manera ansiosa. En esos instantes se reconocía tan impaciente que pensó dejaría estar de humor para juegos pre-coitales. Aun así se entretuvo masturbándolo mientras finalizaban la tarea de sacarse la ropa por completo. Una vez conseguido Ikki cargó a su hermano de un movimiento, subiéndose a la cama con él a cuestas para enseguida dejarlo caer sobre el colchón, el cual rebotó contra el peso de los dos.
El hermano menor se sonrió un poco mordiéndose los labios antes de levantarse para besar los bíceps de Ikki, pidiéndole recostarse sólo un momento para cuidar de él, sugerencia que el santo de Fénix aceptó expectante. Shun se posicionó encima con una sonrisa no sin realizar un rápido recorrido de besos desde las rodillas de Ikki hasta su tórax, tan sólo para saltarse el resto de su cuerpo directo a su cuello y hombros, en los puntos exactos donde Ikki parecía transformarse en alguien sumamente dócil.
—Shun... —murmuró acariciando su espalda.
No existía nada que amara tanto (además del propio Ikki) que escuchar a su hermano llamarlo con aquella suavidad; deseo y cariño entremezclado. El proceso que el santo de Andrómeda estuvo obligado atravesar para aceptar estos impuros sentimientos terminó siendo tan complicado que sería incapaz de expresarlo en palabras. Ikki fue su única figura familiar desde el inicio, pues había permanecido a su lado pese las adversidades. Actúo como su padre y madre cuando era necesario. Lo consoló y reprendió con la pasión necesaria, guiándolo en aquel camino de rocas afiladas con la exigencia que no se merecía cuando era mayor por únicamente un par de años, así que era una injusticia para Shun que también debiera encargarse de las incorrectas sensaciones que le abordaron en el momento que empezó a explorar este desvío sentimental.
En el silencio de su alcoba Shun se disculpó tantas veces con Ikki por no ser capaz de luchar contra tan aberrante atracción, por carecer de la voluntad necesaria para no rendirse a sus repentinos apetitos de almohada. Ya que mientras más se esforzaba en ignorar tales desvaríos, los pensamientos tomaban forma y dominio en sus sueños, causando que se despertara cada vez más frecuentemente en mitad de la noche con una erección de la cual hacerse cargo. Entonces aparecían en su cabeza las miles de preguntas condenadas a permanecer sin respuesta durante eternos periodos, torturado por la moral que lo había acompañado desde su entrenamiento como santo de Atenea, cuya adoración hacía a un lado para venerar a su amado hermano mayor.
Tan amado que podría elegirlo antes que a la diosa que le brindaba un propósito, un ideal de vida honorable.
Era un hermano terrible. ¿Cómo podría atreverse mirar a Ikki a la cara después de todo lo que hacía utilizando su imagen en la oscuridad? ¿De qué manera le explicaría el pecaminoso amor que dedicaba hacia su única figura? ¿Cómo confesarle que añoraba monopolizarlo, hacerlo suyo como quien se apodera de un tesoro sin dueño? Tenía toda la razón al marcharse, apartarse de su lado y dejarlo a merced de sus retorcidos pensamientos. Era mejor yacer lejos de un hermano menor tan asqueroso que lo obligaba hacerle frente al universo entero por culpa de su debilidad, que le daba miedo dañar a sus adversarios aun a costa de la paz mundial y la seguridad de sus hermanos de guerra, que soñaba con manchar la fraternidad que desde un inicio les perteneció sólo a ellos dos. Sin embargo, nunca consideró la posibilidad de que sus sentimientos fueran mutuos, que el dilema al que se retiraba en secreto fuera compartido por el mismo que sacrificó todo cuanto tenía en sus manos por su crianza, anhelando sin luchar envolverlo en sus fuertes brazos, llenarlo de besos alejados de lo fraternal. Así que Shun esta vez y por fin podía sentirse completo, pues ni siquiera le importaba que su relación fuese mal vista. Quería hacerse cargo de la intimidad de su hermano mayor porque nadie sería capaz de hacer más de lo que él estaba preparado.
Posicionó sus piernas contra el colchón de manera que pudiera mantener el equilibrio, entonces rozó de arriba hacia abajo el centro de sus glúteos contra el miembro endurecido que aguardaba por su atención, provocando a Ikki con su pesada respiración, reteniendo el aliento cuando comenzó a penetrarse a sí mismo, acostumbrándose al grosor y longitud para elevarse y dejarse caer de nuevo. Hizo lo posible por mantener la vista en el rostro de su hermano pero su propio placer le obligaba cerrar los ojos con cada movimiento que ejercía. Se sostuvo en el pecho de Ikki para aumentar la velocidad mientras el santo del Fénix se deleitaba con la imagen que le era entregada, casi hipnotizado por su belleza.
— ¿Tanto me necesitabas en tu interior, hermanito? Pudiste habérmelo dicho antes —susurró como si fuesen a ser descubiertos en pleno acto por sus padres, un juego que al menor de los dos motivaba un poco más si tal era posible en su estado actual.
—Hermano… —Shun se mordió los labios, dejando que se le escapara un gemido rasposo producto de su esfuerzo—. Dámelo… lo quiero…
De un movimiento cuidadoso, los labios de Ikki estuvieron de vuelta en la boca del santo de Andrómeda, mordiendo y besando sin perder el ritmo previamente establecido. Era complicado para él guardar compostura cuando Shun lo montaba así, lento pero preciso, casi calculador. Ninguno quería terminar pronto pero lentamente la pasividad del santo de Fénix comenzaba a drenarse, su mente siendo cada vez menos coherente en sus pensamientos; ya ni siquiera pensaba con claridad, lo único que podía hacer era sentir el recto caliente, el peso sobre sus caderas y el aliento de Shun contra su cara. Simplemente ardía en él el impulso de tirarlo sobre la cama para follarlo sin control mientras lo escuchaba llorar por piedad. La calma no era una virtud que formara parte de su naturaleza ya que estaba acostumbrado a ser agresivo con cada una de sus convicciones. Sin embargo, la naturaleza de Shun era contagiosa, no podía hacer nada a favor de sus deseos sin antes ser explícitamente aprobado por él. Se reconocía atado a su voluntad como un ciervo leal a su amo. Aunque el ave fénix fuese una llama violenta, nada podía hacer contra las cadenas de Andrómeda una vez amarradas sus alas, nada más que calentarlas sin llegar a fundir su resistente metal. Eso era lo que representaba Shun para él en esos momentos, alguien a quien someterse por la autoridad que le inspiraba. Por eso podía percibir cada pequeño cambio en su semblante e identificar su origen sin muchas complicaciones.
— ¿Cansado, Shun?
—…Un poco.
—Descansa porque esta vez será mi turno —le advirtió, causando con ello que formara una pequeña sonrisa en los labios mientras recuperaba fuerzas, deteniendo todo movimiento y apoyándose más cómodamente en el pecho de su hermano sin romper del todo su postura.
— ¿Te gustó lo que hice?
—Fue muy bueno… —decía Ikki casi en un ronroneo mientras depositaba un beso en la mejilla y cuello del otro—. ¿Qué debo hacer para que lo hagas más seguido?
—Nada, sólo seguir amándome… y portarte bien.
—Yo siempre —Ikki bufó divertido—. ¿Listo?
Shun asintió con un tímido movimiento de cabeza, dejándose ser guiado poco a poco por su hermano mayor hacia las almohadas, las cuales colocó en lugares estratégicos para amortiguar el movimiento que ejercerían, pues no querían que la base de la cama se golpeara contra el muro. Habían aprendido a ser sumamente discretos para no levantar sospechas, mucho menos llamar la atención de los vecinos. Además, Shun no quería que le doliera la columna lumbar, por eso se recostó en la almohada más suave que tenía antes de ayudar a su hermano posicionarse. Sosteniéndose con sus codos Ikki volvió a entrar en Shun, iniciando con movimientos cortos pero enérgicos hasta que encontró la proporción de velocidad y fuerza adecuada. Cada impacto alcanzaba aquel punto dulce que hacía a Shun jadear, incitándolo aferrarse a diferentes partes del cuerpo de Ikki en su intento por sentirse en la superficie, susurrándole lo mucho que lo estaba disfrutando y rogándole que lo impregnara con su esencia. Esa voz entrecortada y esos suspiros forzados por los espasmos eran música para los oídos de Ikki, quien no podía evitar sonreír como un depravado sexual mientras incrementaba la velocidad de sus embestidas, decidido generarle a su hermano un buen orgasmo, razón por la que se realzó con la intención de estimular su virilidad sin apartar la mirada de su rostro contraído por el placer que experimentaba.
—Así… quiero verte enloquecer por mí —murmuró—. ¿A quién perteneces, Shun? Dilo.
—A ti… sólo te pertenezco a ti. Hermano… Ikki, por favor…
Escuchándolo repetir su nombre como un mantra, el santo de Fénix vio a su hermano menor retorcerse, tensándose cuando el sobre-estimulo se apoderó de su cuerpo antes de que fuera liberado por las fauces del orgasmo. Rodando los ojos Shun volvió a caer encima del colchón, recuperando la respiración que pareció perder de un momento a otro, apretándose de nuevo cuando sintió a Ikki moverse a un ritmo más brusco, inclusive rudo, contra él. Lo escuchó gruñir y maldecir, así que Shun comprendió no tardaría mucho en llegar al orgasmo también. Creyó escucharlo pedir permiso a medias por su liberación dentro, así que Shun de Andrómeda se limitó aceptar lo que sea fuese hacer, después de todo le encantaba la sensación del semen de su hermano disparándose en sus entrañas; era tan cálido y resbaladizo como el sudor que hacía rato adornaba la piel de sus cuerpos o el lubricante que les había facilitado tan ansiada intimidad. Ikki apenas logró contener los gemidos de su gozo, derrumbándose una vez terminada su tarea. Sus erráticas respiraciones se convirtieron en la ambientación de la recamara, satisfechos en cuerpo y mente luego de extensos periodos.
No midieron el tiempo que tardaron en retornar a la normalidad pero para Shun era todo el yacer abrazados en medio de la oscuridad mientras se dedicaban prolongadas caricias, como dos niños pequeños dando y recibiendo mimos. Habían obtenido de vuelta sus ropas a riesgo de ser sorprendidos por visitas indeseadas pero en esos momentos a ninguno realmente le importaba. Estaban juntos, enamorados y felices. No necesitaban nada más.
—Seiya me preguntó ayer si nos contarías alguna vez las aventuras que viviste solo.
— ¿Qué aventuras? Si sólo fui de aquí para allá sin detenerme.
— ¿Y por qué no te quedaste con nosotros más tiempo? Si viajar constantemente no te traía nada interesante, tal vez necesitabas instalarte desde mucho antes.
—Siempre han existido motivos en esos viajes, Shun. Motivos importantes.
— ¿Por ejemplo?
—Pues… —Ikki carraspeó la garganta cuando notó perdía la voz—. Comprobar que fieles de otras deidades no busquen meterse con nuestra Orden y vigilar a los mismos.
—Sabes que eso nunca fue necesario. La fundación Kido se encarga de monitorear posibles turbulencias gracias a sus redes de inteligencia. Sin mencionar que Saori puede percibir alteraciones malignas en el cosmos mucho antes que cualquiera de nosotros.
—Pues yo no me fío de nada.
—Vamos, dame buenas razones —insistió Shun con claros ánimos de molestarlo, un objetivo demasiado ineficaz teniendo en cuenta que él era la última persona con la cual Ikki pudiese irritarse en serio, sin importar lo mucho que lo intentara o fingiera.
—Estoy siendo serio.
—Ikki, te conozco. Sé que esos motivos no son otra cosa que pretextos.
— ¿Y qué si quiero mantener en secreto mis actividades ilícitas de ti? —le retó con una sonrisa ladina que incitó al hermano menor incorporarse un poco para elevarse sobre la mirada atenta de Ikki de Fénix sin dejar de sonreír.
—No sé… podría contarles a nuestros medios hermanos que te gusta meterte bajo la piel del guerrero a quien criaste —dijo de forma maliciosa, causando tal impacto en el santo de Fénix que no pudo evitar sonrojarse—. Y que te encanta lamer mis lágrimas mientras me penetras.
—Demonios, Shun. No me sorprendas así. —Ikki se cubrió los ojos abochornado con la imagen que su acompañante había invocado en su cabeza—. ¿Desde cuándo eres un adepto a la manipulación? ¿Dónde ha quedado tu inocente yo? Es inaudito. Estoy seguro que ahora mismo los planetas se están alineando, presagiando el fin del mundo.
— ¿Me dirás entonces? —inquirió esta vez volviendo a sonreír con dulzura.
—Bueno… tal vez… quería masturbarme libremente mientras pensaba en ti. —Su respuesta sorprendió al santo de Andrómeda—. Todavía no nos sincerábamos en ese entonces, así que… ahora suena muy estúpido pero… quería un momento para pronunciar tu nombre sin temor a ser descubierto por los otros. Llamarte a pesar de que no estabas ahí… en esos momentos me excitaba mucho.
—Oh… —Shun se descubrió inesperadamente tímido con la idea—. Y… ¿no lo hace ahora?
Ikki lo contempló en absoluto silencio con su interrogante, segundos que para Shun fueron eternos, pues ni siquiera había planeado hacer esa pregunta en voz alta. Avergonzado pretendió cambiar el tema después de haber tragado espesa su saliva pero la manera en que Ikki se acercó le arrancó las palabras de la boca, también el aliento.
—Lo hará siempre —afirmó claro y llanamente.
Shun sintió que empezaba a faltarle el aire cuando su hermano lo besó otra vez, dándole a respirar una ráfaga caliente que despertó una nueva llamarada en sus venas, retorciéndose en sus entrañas con intensas emociones a pesar de que los besos de Ikki eran dulces sin reales intenciones de provocarlo. Se le ocurrió que algo comenzaba a estar muy mal con él. No podía simplemente enloquecer de pasión por una respuesta tan directa aunque vergonzosa.
—Espera, Ikki. No.
— ¿Por qué?
—Acabamos de hacerlo, yo…
—Pero quieres más —declaró llenando su cuello lechoso de besos duros, los cuales sin duda alguna dejarían marca dentro de poco. Shun liberó un ávido gemido.
—Si… quiero… —dijo decidiendo ser honesto—. Quiero más.
—Shun.
La forma desesperada en que Ikki pronunció su nombre, fue el empuje que el santo de Andrómeda necesitaba para enviar todo su raciocinio al infinito del cosmos. No se restringiría, no cuando podían continuar gozando en la privacidad; sin miradas juiciosas, sin obligaciones, sin cordura y sin la más mínima de las apariencias. Mientras saciaran su sed del otro, el precio de quedarse en vela valdría totalmente la pena.
Fin.
