Anthea estaba en la gran y lujosa casa de su jefe, eran quizás las once o doce de la noche, no lo sabía con claridad. Siendo sincera, para aquel entonces las trivialidades no importaban siquiera en el menor de los aspectos, y lo único que tenía completamente claro, era que había recibido una llamada del inspector Lestrade, donde le notificaban que Mycroft estaba vivo y en buen estado, luego de que le encontrasen en Sherrinford, y que, para ese entonces, ya había obtenido el alta en el hospital, y se dirigía a su residencia para descansar. Por tanto, ella estaba allí para esperarlo y cerciorase de su estado (tanto físico como mental), ya que le habían recomendado que no pasase la noche solo, al menos por unos días, ya que, si bien su estado era favorable, tenía puntadas en su nuca, puntadas que tuvieron que darle luego de que cayera al suelo inconsciente producto de un dardo tranquilizante administrado por su hermana. Aunque viéndole el lado bueno, Eurus había dejado a su hermano mayor dentro de su celda, lejos de cualquier peligro, por tanto y de alguna extraña manera, se preocupó por él.
La asistente caminaba con impaciencia por el vestíbulo de la casa, llevaba el móvil en la mano, revisando la pantalla del mismo cada cierto tiempo, sintiendo que la espera la sofocaba. Y es que, más allá de ser su jefe, Mycroft era su amigo, su mejor amigo si se quería, y había estado todo el día sin noticias sobre él, más allá de haber hecho el papeleo de un falso ingreso al hospital luego del atentado con drones en la calle Baker. Todo aquello la había alterado lo suficiente como para que se sintiera un tanto impotente, percibiendo de forma personal y por primera vez el cómo solía sentirse su jefe cuando su pequeño hermano se metía en problemas cuya solución era poco viable o de plano inexistente.
En eso que ella estaba al borde de la desesperación y ansiedad, seguridad notificó del ingreso de un vehículo a la propiedad, y no pasó mucho hasta que llamaron a la puerta.
Anthea se apresuró a abrir la misma, y enseguida vio a Mycroft, en compañía de dos agentes del gobierno, uno a cada lado.
—Gracias por todo, muchachos, ya pueden retirarse —expresó ella mientras se acercaba a su jefe.
—Con todo respeto, señorita, pero tenemos órdenes de no abandonar la propiedad o permanecer lejos del señor Holmes aquí presente, somos sus custodios por esta noche —explicó con cierta arrogancia disfrazada de cordialidad uno de los agentes, palabras que hicieron que Anthea arqueara una ceja con incredulidad.
Ella miró a su jefe, quien se encontraba de pie, permaneciendo lo más erguido posible en medio de aquellos dos hombres. Anthea buscó la aprobación de Mycroft para lo que estaba por hacer, él concedió la misma, asintiendo con un pestañeo pausado, dándole vía libre para responder.
—Agradecemos genuinamente el gesto del primer ministro, pero ciertamente, no vamos a requerir de sus servicios aquí hoy, al menos no dentro de la casa, si los caballeros —hizo alusión a ambos hombres con cortesía — desean pasar la noche junto a los encargados de seguridad de la propiedad, con gusto les notificaré.
—No está comprendiendo —replicó el hombre, con la misma dosis de arrogancia y prepotencia— no nos enviaron para que "protejamos al señor Holmes", sino, para que nos cercioremos de que no salga de la propiedad.
—¡Oh, ya veo! —dijo ella, fingiendo su mejor actuación de asistente tonta—. Claro, supongo que alguien que posee cuatro puntadas en la nuca, moretones, magullones y otras lesiones en todo su cuerpo, más una leve cantidad de droga administrada a la fuerza en su sistema, sin mencionar que fue retenido y torturado durante todo un día sin que portase culpa por nada, lo primero que desea y piensa, es en huir del país en mitad de la madrugada. ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes? Qué estúpida soy.
—Oiga, no sé qué clase de relación mantenga con su jefe —dijo con tono subgerente y mal intencionado— pero ciertamente, nosotros...
—No mantengo ninguna relación con mi jefe más allá de la profesional —los interrumpió enseguida, y es que aquella no era la primera vez que alguien insinuaba algo así, y ambos odiaban esos mal entendidos—. Comprendo, y por sobre todo: respeto que estén haciendo su trabajo, yo haría lo mismo si estuviese en su lugar, aunque me ahorraría el tono soberbio —los recriminó sin más—. Aun así, les pediré que se retiren, porque no pienso permitirles entrar. Y hablo por mi jefe cuando digo que él no saldrá de aquí.
—Un familiar directo de su jefe casi causa una catástrofe nacional, por no decir mundial —replicó nuevamente el custodio, con un tono que cada vez avanzaba más a tornarse agresivo, al igual que la expresión en su rostro.
—Lo sé, estoy muy al corriente de lo que hizo Eurus hoy y a lo largo del tiempo, así como también estoy muy calificada para abogar por mi jefe aquí presente; sobre que él desea, por todos los medios, reparar esto, y que, por tanto, ni siquiera ha pensado en huir y mucho menos se lo ha planteado como una posibilidad —sentenció firme, y es que, si bien aquellos agentes le quitaban unos veinte o incluso treinta centímetros de altura, a ella la intimidación física era algo que nunca le había interesado demasiado, ya que, en su línea de trabajo anterior, no podía permitirse mostrar debilidad ante esa clase de cosas—. Así que lo pediré una última vez: retírense, o me veré en la obligación de llamar a seguridad para que los apartan de aquí.
—Somos empleados del gobierno de forma directa, señorita, yo no haría eso si fuera usted —amenazó con tono prepotente el segundo hombre, dejando salir una sonrisa burlona.
—Lo sé, pero los encargados de seguridad de esta casa son personas por fuera del sistema, a quienes no les importa meterse en problemas con el gobierno, ya que fácilmente podrían desaparecer, y su único interés, me temo por ustedes; es la paga que mi jefe y únicamente mi jefe, les da al finalizar cada mes. ¿Comprenden mi punto ¿o necesitan de una explicación más gráfica? —dijo por lo bajo, sin en ningún momento apartarse de la puerta.
—¿Usted acaba de amenazar a dos agentes del MI6?
—¡Oh, no! —se defendió, llevando su mano a su pecho en un gesto de fingido arrepentimiento—. Simplemente le di información, no soy responsable de lo que usted interprete con relación a la misma —para ese entonces, Mycroft dejó salir una pequeña sonrisa que tiró de sus labios, una que los agentes no vieron, pero su asistente sí.
Un silencio reinó durante algunos segundos, silencio donde las miradas entre Anthea y el agente eran las únicas protagonistas, y es que ninguno quería dar el brazo a torcer. Aunque claro, la asistente tenía una última carta bajo la manga.
—Le daré un incentivo más —comenzó por decir— si mi jefe termina por ser inocente de todo cargo, que, siendo sinceros: será el veredicto final, puede y estoy segura de que hará de sus vidas un martirio, todo gracias a este pequeño jueguito de poder que estamos teniendo ahora, porque por más que él no haya dicho ni una palabra, estoy segura de que está odiando cada segundo en el cual ustedes no lo dejan en paz en su propio domicilio.
Para ese entonces, ambos agentes se miraron entre sí, y con un gesto de derrota que se ocultó tras una máscara de orgullo herido, aceptaron finalmente quedarse junto a los encargados de seguridad antes mencionados, aunque advirtiendo que, si ella o su jefe salían de la propiedad, no dudarían en disparar de forma no letal, algo que ella replicó: no sería necesario.
Para cuando los agentes finalmente se marcharon, Anthea permitió que Mycroft entrara a la casa, y enseguida de cerrar la puerta con llave, vio cómo él se dejaba casi que caer, tomándose de la baranda de la escalera para no terminar en suelo. Y es que, si bien se había mantenido de pie, erguido y firme frente a las demás personas, ciertamente el malestar de las puntadas, las drogas en su sistema y varias heridas más le causaban el suficiente dolor como para que le costase estar de pie, cuánto más caminar. Y es que vamos, si no tuviera dolor, él mismo le hubiese respondido y echado de su casa a aquellos agentes. Pero claro, era permanecer de pie, o hablar.
—¡Ven, yo te ayudo! —dijo ella mientras se acercaba rápido a él—pasa tu brazo por mis hombros, haremos esto juntos—le indicó mientras tomaba el mismo, viendo que él se aferraba de ella al tiempo que llevaba su mano a su propio costado, presionando justo donde había dolor, parecía que, producto de la caída tan repentina y brusca, también tenía una costilla fisurada, nada que los médicos no hubiesen visto.
—Creo que...
—No, no. No hables, Myc —lo interrumpió mientras hacía lo posible por ayudarlo a subir las escaleras— si hablas será peor. Subamos, te das un baño para despejar el dolor y la mente, y luego podremos charlar, ¿de acuerdo?
Él asintió, y casi a rastras, ambos lograron llegar al dormitorio, lugar en el cual ella lo llevó hasta el baño, logrando que él se sentara en un pequeño banco que allí había, mientras Anthea le preparaba la amplia bañera, viendo que su jefe respiraba más fuerte de lo usual, a la vez que los suspiros pesados y ojos cerrados eran más recurrentes, como si se intentase contener a sí mismo.
—¿Te dieron algo para el dolor? —le consultó sin verlo, templando el agua, estando de cuclillas en unos pequeños escalones que daban a la bañera en sí.
—Sí, pero me temo que la morfina tarda más de lo que creía en hacer efecto, dijeron que en media hora vería los resultados, por el momento solo me siento algo mareado, pero el dolor sigue ahí —explicó mientras intentaba regularizar su respiración. Ella asintió con la cabeza, levantándose y ajustando su falda y medias, puesto que aún conservaba la ropa de trabajo, más que nada, porque luego de culminar su jornada, sin pensarlo se fue a la casa de su jefe, no podía no hacerlo.
—El agua está lista —y girándose para verlo, notó que sus manos temblaban al intentar desprender sus botones, sus dedos a duras penas conseguían tomar los pequeños prendedores, a lo cual no se lo pensó y se aceró a él—. Yo lo hago, descuida —oyó un leve "gracias" mientras se ocupaba de aquello, aunque mientras quitaba la prenda, reparó en cómo se veía él, casi no podía caminar o estar de pie, tenía dolor en todo el cuerpo, incluso su respiración se encontraba forzada y su gesto no parecía estar mejor. Y fue en ese instante, que otra duda comenzó a dar vueltas por su mente, una un poco más preocupante y que cuya solución, si bien a ella no le molestaba o incomodaba en el menor aspecto, sabía que a él lo pondría bastante nervioso—. ¿Crees que puedas hacer esto solo? —le preguntó de la forma más sutil que pudo encontrar, ya que ser directa no sería buena idea, pero viendo que no recibía respuesta, levantó su mirada para verlo, notando que sus ojos estaban fijos en ella, casi que suplicando que lo entendiera sin la necesidad de que él dijera nada, algo que ella hizo—. Descuida, no me molestaría, estoy aquí para ayudarte, y si necesitas esto, está bien. Estás bastante herido como para siquiera caminar, sé que no lo pides con doble intención ni mucho menos —lo excusó, aunque aquello no bastaba para él.
—Aun así, siento que no es correcto, tú no deberías verme en ese estado —explicó con cierto grado de vergüenza— de verdad siento que tengas que hacer esto, que siempre tengas que dar más conmigo.
—Está bien, no tienes que disculparte, sabes que te quiero, si necesitas una mano, siempre estaré —le confirmó, y si bien fue un simple "te quiero", eso significaba mucho para ambos —. Y por lo otro, confío mucho en ti, sé que no me harías nada o que siquiera me verías o pensarías de esa manera, así como yo tampoco lo haría contigo, ¿de acuerdo? —le explicó mientras le quitaba el chaleco—. Por ahora, solo evitemos hablar sobre ello, porque eso no te ayudará a pasar el momento.
Él asintió, y ella pasó a abrir y deslizar la camisa por los hombros y brazos de Mycroft, viendo cómo la piel dejaba al descubierto algunas magulladuras que comenzaban a marcarse como manchas oscuras, había algunas en sus brazos, otras debajo del pecho, sin mencionar la más notoria que se encontraba en el lado derecho, justo sobre las costillas maltratadas.
Sin decir mucho más, llevó sus manos al pantalón, desprendiendo el cinturón y quitándolo. Notando que la respiración de él se aceleraba producto de la situación que no lo terminaba de convencer y mucho menos agradar.
Y es que, si bien ella había hecho eso antes, quizás una o dos veces para acostarlo, él había estado lo suficientemente ebrio como para no recordar aquellos momentos, en cambio ahora, si bien estaba algo drogado, sí podría recordar todo eso y estaba consciente de la situación, situación que no le gustaba, pero no por él, sino por ella, no quería que ella se viese en la obligación de hacer algo así, por más que dijo que no le molestaba.
Ella dejó de lado el pantalón por un segundo, agachándose nuevamente en cuclillas para quitarle los zapatos y las medias, dejando todo a un lado del cuarto de baño, y cuando todo aquello quedó descartado, fue momento de ir a lo obvio, a lo que verdaderamente era la prueba para él.
Anthea llevó sus manos al pantalón, desprendió el botón y bajó el cierre, para enseguida de eso, pedirle que se levantara un poco, tan solo para jalar de los lados del pantalón de vestir hacia abajo, y una vez que el mismo estuvo en sus muslos, él se volvió a sentar, casi que dejándose caer. Ella terminó de quitar la prenda, dejándolo en ropa interior, algo que ya había visto alguna de las veces que dormían juntos, fuese porque decidían quedarse de imprevisto en la casa del otro, o porque los hoteles a los que iban en viajes de trabajo no contaban con habitaciones separadas, por lo cual, aquel no era el verdadero problema, el mismo se hallaba a una prenda de distancia.
Thea le dedicó una mirada, tan solo para cerciorase, viendo que nuevamente tenía luz verde, aunque era tenue. Sus dedos tomaron los bordes laterales y elastizados de la ropa, y cuando estaba a nada de quitarla, él la detuvo de imprevisto.
—¡No! No lo hagas, está bien, puedo entrar con ello a la bañera —habló, llevando sus manos a las de ella, tomándola con toda la firmeza que podía permitirse, aquello mientras la leve V de su abdomen comenzaba a marcarse en dirección a su entrepierna.
—Myc, cuando expresé que no me molestaba verte, estaba diciendo la verdad. Entiendo que te incomode, pero algo me dice que sería más incómodo entrar con ello al agua.
—Lo sé, pero el problema no es que me incomode, a fin de cuentas, no tengo nada que no hayas visto antes en otros hombres, es decir, no es el aspecto más interesante de mi cuerpo. Es solo que no veo necesidad de tengas noción de eso en mí, me resultaría incómodo por ti —explicó lo mejor que pudo, y es que de verdad creía aquello último.
—Oye, de verdad, estoy bien con verte. Tú lo dijiste, no tienes nada que yo no haya visto antes, y créeme, en mi trabajo anterior, vi cosas que genuinamente desearía no haber visto nunca, cosas que tan solo tenía que ver porque algún idiota de edad cuestionable quería estar con alguien joven, por lo que, verte a ti desnudo porque genuinamente necesitas ayuda para darte un baño, no sería nada, al contrario, me siento bien de poder ayudarte —le explicó, aún con las manos de él sobre las suyas—. Así que quédate tranquilo, ¿sí?
Mycroft la miró durante algunos segundos, y si bien no estaba del todo convencido con sus palabras, finalmente aceptó, separando sus manos con lentitud, casi deslizando las mismas.
—De acuerdo, para que te sientas lo menos culpable posible, te ayudo a ponerte de pie, te lo quito y entras a la bañera enseguida, así no veré demasiado ¿está bien?
—De acuerdo.
Nuevamente se puso de pie con algo de dificultad, y mientras Mycroft apartaba su mirada y su cabeza de ella, estando de frente, Thea tomó los bordes del bóxer y lo fue bajando, viendo como en primera instancia se asomaba la hilera de vellos rojizos que descendía por su abdomen, para luego dar lugar a todo lo demás, momento en el cual logró oír un suspiro profundo e incluso apenado, y aunque ella se inclinó nuevamente de cuclillas frente a él para terminar de quitar la prenda, en ningún momento Mycroft se atrevió a verla, simplemente no podía hacerlo, así como tampoco podía haber un contexto íntimo en todo aquello, más bien lo contrario, de hecho, aunque él hubiese bajado la mirada y la viese inclinada a lo que quizás eran centímetros de su miembro, ningún deseo se hubiese despertado, no con ella, eso jamás.
Para cuando él entró a la bañera, subiendo las escaleras y tomándose de los bordes, la espuma y sales de baño permitieron que buena parte de su cadera y derivados quedaran cubiertos bajo la espuma, algo que agradeció bastante.
Ella se quedó, si bien él no se lo pidió, no hacía falta, lo conocía. Tomó asiento en el banco donde él había estado hacía unos minutos, y, por tanto, aprovechó a pasar la esponja por su espalda, y posteriormente lavar su cabello, procurando no tocar las puntadas de su nuca o directamente frotar demasiado.
—Me sorprende que hayas logrado estar de pie frente a aquello agentes —le dijo mientras enjuagaba su cabello—porque todo tu cuerpo se ve genuinamente maltratado hoy.
—Lo está, y también a mí me sorprende. Creo que, si hubiese dicho la menor palabra posible, de seguro el dolor me habría consumido.
Para cuando el baño terminó, la morfina finalmente había hecho efecto, así que, al momento de salir del agua, ella cubrió su cadera con una toalla, y de inmediato lo hizo sentarse en el banco, secando su torso con cuidado, haciendo lo mismo con su cabello, y finalmente con su rostro, acariciando y besando su mejilla con cariño antes de ayudarlo a caminar hacia el dormitorio nuevamente, lugar en el cuál él se sentó en la cama mientras ella buscaba algo para vestirlo.
—La ropa interior está en el tercer cajón, y mis pantalones de cama en el segundo. No utilizo camiseta ni medias, como ya sabes.
—¿Realmente tienes ropa interior de color lila? —bromeó mientras tomaba esa misma prenda, sabiendo que nunca utilizaba aquellos, o al menos jamás se los había visto. Y sí, ella le había visto bastantes prendas interiores.
—Tú llevas de ese color ahora, y no me ves cuestionando tu elección —respondió en el mismo tono, viendo que ella fruncía el ceño con confusión mientras se acercaba a vestirlo —. El bretel de tu brasier se movió y se aprecia bajo la camisa, supongo que, si arriba es de ese color, lo que llevas abajo es igual—explicó, viendo que ella le sonreía mientras le quitaba la toalla.
—Bueno, en esta oportunidad sí, lo es.
Una vez que estuvo vestido, lo ayudó a acostarse, cubriéndolo con la manta y sábanas.
—Bien, iré a ducharme y luego a la cama contigo. ¿De casualidad tienes ropa para prestarme? Sería solo para dormir.
—Claro, tienes mis camisetas en el primer cajón, y tengo ropa interior que no he usado al fondo del tercer cajón, la notarás ya que está aún en su empaque, te obsequio uno —y acomodándose, agregó— las toallas están en el toallero de baño, todas están limpias y con buena temperatura, toma cualquiera.
Sí, la confianza escalaba hasta esos niveles, y es que, luego de más de diez años de amistad, ambos confiaban más que su vida en el otro.
Para cuando Anthea salió de la ducha, llevaba puesto tan solo el bóxer y la camiseta de Mycroft por encima, la cual llegaba a quizás la mitad de su muslo.
—¿Te molesta que duerma en ropa interior? —le consultó, a lo cual él negó sin pensarlo demasiado, después de todo, si ella estaba cómoda de esa manera, era justo que él también, más aún luego de que ella estuviese cómoda con él desnudo, o en ropa interior, siendo esto último algo que se repitió algunas veces con el correr de los años. Sin mencionar que nada se veía en ella, porque la camiseta era larga, y el bóxer también llegaba a más de la mitad de sus muslos.
Para cuando ella entró en la cama, no tardó en acercarse a él para abrazarlo, aunque con bastante cuidado, ya que el presionar o de plano tocar en los lugares incorrectos, le podría causar un dolor que ella no estaba dispuesta a darle
—No tenía deseo de hablar sobre lo que pasó hoy —lo escuchó decir mientras se acomodaba mejor contra ella, en busca de cierto consuelo—pero creo que hablarlo me podría ayudar de alguna manera.
—Claro, te escucho.
—Si bien, lo normal sería pensar que tengo cierto enfado con respecto a mi hermana, no es así. Está claro que ella es la persona más lista que conozco, pero está enferma, así que sería injusto adjudicarle la culpa de lo que ha causado. En realidad, dicha culpa recae bastante sobre mí, no solo porque le permití charlar con el mismísimo Moriarty a solas, sino también, porque me ausenté demasiado de Sherrinford, dejando a cargo a alguien que claramente no podía con la responsabilidad —ella había abierto su boca para objetar, y por más que él no la veía, sabía lo que pensaba, así que se lo impidió—. No, no intentes ser amable conmigo, esta vez realmente fue mi culpa, y nada de lo que digas me hará cambiar de opinión.
—Está bien, en realidad, no puedo negarte que sí cargas con cierta culpa en todo esto, pero no por eso debes condenarte y castigarte, porque ahora que lograron salir con vida, lo importante es que busques la manera de solucionarlo, tienes una semana de licencia médica en la cual deberás buscar posibles alternativas, y si bien es Lady Smallwood quien posee el veredicto final, gracias a la "gran estima" que ella tiene contigo, y digo "estima" para no decir que te trae muchas ganas, hará que todos voten por la decisión que tú tomes.
—En definitiva, tengo una última oportunidad de hacer las cosas bien con relación a mi familia, ¡qué alentador! —y dejando una breve pausa, prosiguió—. Me preocupan mis padres, no sé cómo se tomen la noticia de que su hija aún está con vida.
—Solo ignora a tu madre, tu padre puede llegar a tener razón, pero tu madre no pensará en frío en ese momento, y nuevamente te va a herir con o sin intención, y sabes que tengo razón.
—Es mi madre de quién hablas —le señaló con cuidado, aunque sin enfado.
—Lo sé, pero es demandante contigo y condescendiente con tu hermano, no es buena combinación.
—Bueno, pero dado que es su única hija, es normal que su respuesta porte cierto sentimentalismo.
—Por supuesto que sí, no puedo negar eso, pero la preferencia a su hija perdida no debería inhibir el tacto y cariño que debiera tener a la hora de hablar con su hijo mayor, porque quiera o no, sigues siendo su hijo, y la sigues viendo como cierta figura de autoridad, al menos en el ámbito emocional. Si ella no está dispuesta a tratarte con respeto y el amor de una madre, tú no deberías tomar en cuenta sus opiniones —explicó con firmeza, y es que, ella era consciente de que, si bien su jefe juraba que el cariño no era una ventaja, él solía caer cada que su madre lo menospreciaba de alguna manera, porque si bien la opinión de terceros no le interesaba, la de su familia tenía demasiado peso en él.
—Ellos piensan que Eurus murió, Thea, ¡que murió cuando era solo una niña! Es más que un motivo justo para que se enfaden conmigo.
—¡No, si supieran todo lo que has hecho por tus hermanos desde que eras pequeño, ¡sabrían que sería injusto y hasta hipócrita que se enfadasen contigo por intentar protegerlos! —le dijo mientras se sentaba en la cama de golpe, separándose de sus brazos y encendiendo la luz de la portátil, ya con cierta molestia en base a la posición que su jefe había tomado—. Tus padres no tienen ni la menor idea sobre que, de alguna manera, renunciaste a tu vida e incluso tus emociones y sentimientos con tal de que tus hermanos menores e incluso tus propios padres estuviesen bien. Tú literal luchaste con el trauma de todo lo que tu hermana causó cuando aún eran niños, porque no fueron ellos quienes monitorearon a Sherlock, ¡fuiste tú! Tú realizaste un trabajo que ni siquiera te correspondía, y si ellos no están dispuestos a reconocerte eso, no vale la pena que siquiera retengas sus opiniones.
Para ese entonces, él se había puesto boca arriba, mirándola con seriedad. Ella había sido tan sincera con él, y si bien había dicho aquello con un tono fuerte y autoritario, sus palabras lejos estaban de ser molestas o condenatorias. Y es que era en momentos como esos, cuando él recordaba por qué eran amigos, por qué ella tenía la libertad de ir a su casa cuando quisiera, pudiendo no solo subir, sino también pasando la noche en su dormitorio, preparando el desayuno en la mañana, recorriendo toda su casa a su antojo, o de plano tratando con su hermano menor a solas, sin que existiese peligro de que Sherlock aprovechara la confianza para obtener información.
Hacía tiempo que ella había dejado de ser una simple amiga, para pasar a ser una extensión más de su familia, una extensión que amaba más allá de los simples lazos sanguíneos, y que adoraba tener de su lado, protegerla, pero principalmente: que fuese feliz.
Mycroft estiró sus manos a la cintura de Anthea, jalando de la misma, logrando que ella se volviese a recostar a su lado, y haciendo un esfuerzo, se giró de lado, quedando con la costilla lesionada en la parte superior.
—Gracias —le susurró, aquello mientras hundía su cabeza en su cuello enseguida de haberle dado un dulce beso en la mejilla.
—¿Te recuerdo que nos hicimos amigos porque estabas tan hundido y desesperado que no te quedaban más opciones que llamar a una prostituta para que te dijera que eras humano? —dijo, medio en broma medio en serio, sintiendo que él sonreía sin dejar de abrazarla—. Cuando te conocí, te sentías verdaderamente miserable, y si ahora puedo evitar que te sientas así, lo haré, lo haré siempre que pueda, ¿entendido? —él asintió con un leve movimiento de cabeza, notando cómo ella lo abrazaba con cuidado.
Y si bien aún quedaba mucho por delante, aquella noche simplemente se dedicaron a descansar, sintiendo que la amistad que tenían con el otro era lo más importante.
