NOTA:

Mil disculpas por la demora, pero mi vida no es mía últimamente…

To Guest: Sorry for the delay. I hope you enjoy this new chapter.


A partir de entonces Kuon se hizo omnipresente. Que Kyoko iba con los niños a recoger los huevos, pues allí aparecía él. Que le tocaba lavandería, pues cierto joven se ofrecía voluntario para llenar los barreños a cambio de un rato de conversación. Y si le tocaba cocina, Kyoko tenía que aguantar las risitas y los susurros a gritos de las matronas cada vez que a Kuon se le ocurría asomar la cabeza con cualquier excusa más o menos creíble.

La de hoy era ayudarla a voltear y ahuecar los colchones, labor que, por lo demás, siempre se hacía entre dos. En principio, iba a ser Kanae su compañera de faena, y Kyoko ya anticipaba una maravillosa conversación de chicas, pero en cuanto su amiga vio aparecer a Kuon por el dormitorio comunal que Kyoko compartía con María y otros niños, soltó un rezongo, se enderezó y echó a andar, agitando la mano a modo de saludo y a la vez de despedida.

—Te dejo con mi relevo —le dijo Kanae, sin mirar atrás siquiera. Kyoko parpadeó, confundida, mientras Kuon sonreía.

—¿Pero qué diantres…? —masculló Kyoko, frunciendo el ceño y mirando el hueco de la puerta por donde su amiga había desaparecido.

—¿Cómo te ayudo? —preguntó entonces Kuon, enrollándose las mangas de la camisa. Ella le dedicó una mirada suspicaz pero exhaló un suspiro de aceptación. Era consciente de que todo esto venía a ser el equivalente invernal de encontrarse en la plaza del pueblo o al salir de misa. Los jóvenes que se cortejan siempre han propiciado formas de hacerse los encontradizos y de burlar a quienquiera que ejerciera de carabina. Siendo honesta, una parte de Kyoko —esa que casi podría llamarse vanidad— se sentía más que halagada por el manifiesto interés de Kuon por ella. Cosa que no entendía, desde luego, pero esa era otra historia.

Kyoko robó una mirada a sus ojos verdes —y sí, estaban fijos en ella— y exhaló otro suspiro —esta vez por apaciguar las tumultuosas mariposas de su estómago—. Entonces decidió dejarse de tonterías y procedió a explicarle la tarea: básicamente tenían que voltear los colchones —la mayoría enormes—, ahuecarlos para airear la paja, zurcir aquellos que estuvieran reventados o descosidos por las costuras, y rellenar aquellos que lo necesitaran. La pluma y el plumón se reservaban para enseres más pequeños, como almohadas, almohadones y cojines y era con la paja secada al sol, tras la siega, con la que se renovaba el relleno de los colchones (solo si había forraje de sobra para las bestias). Luego volvían a tender la cama y, si no hubiera sido invierno, incluso hubieran abierto las ventanas para ventilar los dormitorios, pero afuera rugían aún los estertores de la ventisca, así que descartaron de inmediato esa opción.

Era una tarea más o menos mecánica y que no requería de excesiva atención, lo que les dejaba bastante oportunidad para la conversación. Iban colchón tras colchón, cama tras cama, cuarto tras cuarto, hasta que llegaron al de Kuon, aquel mismo en el que Kyoko había despertado por primera vez en la casona.

—Cuando nos casemos, esta será nuestra cama —afirmó Kuon, quitando las mantas. A Kyoko el corazón le dio un vuelco en el pecho. Y no solo por la mención explícita al matrimonio, sino por la sintaxis de la frase misma: Kuon había dicho 'cuando', y no 'si', revelando así la intención última de su cortejo—. Aunque si quieres, puedes mudarte cuando quieras. Yo no pienso oponerme…

—Oh, no —contestó ella, con las mejillas encendidas.

—Oh, sí —le replicó él.

—Dormiré con la niña, como he hecho hasta ahora —continuó Kyoko, fingiendo concentración en sus afanes con tal de no mirarlo directamente.

—No.

—Sí —replicó ella, y deteniéndose dio un golpe con la mano abierta sobre el colchón, que hizo que Kuon diera un respingo. Kyoko entonces enderezó la espalda y puso los brazos en jarra. Alzó el mentón y con una firmeza que estaba muy lejos de sentir clavó sus fieros ojos en los de él, desafiándolo a que volviera a contradecirla con esa loca —e inmoral— idea suya.

—¡Pero es invierno! —contraatacó Kuon, sin el menor respeto por su propia supervivencia. Kyoko parpadeó, incapaz de seguir la lógica de tal razonamiento, así que optó por la sensata idea de pedir explicaciones.

—¿Y? —preguntó, enarcando una ceja. Eso, breve y concisa. No hacía falta más. Kuon soltó un rezongo, se pasó la mano por el pelo y vaciló un instante, tratando de encontrar las palabras.

—¿Quién sabe cuándo podremos conseguir a un cura? —fue lo que acabó diciendo y, a juzgar por el rostro de Kyoko, quizás no hubieran sido las palabras más adecuadas. La piel de Kyoko lucía del más encendido tono carmesí, si de vergüenza o de indignación eso ya Kuon no podría asegurarlo.

—¿C-Cómo? —balbuceó ella, paralizada y sintiéndose en llamas.

—Bueno, aunque el viejo podría casarnos… —sugirió Kuon, encogiéndose de hombros. Kyoko soltó un resoplido, vibrante y hondo, más propio de bestia bovina que de doncella humana, y Kuon sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sí, casi-casi seguro que ese rojo suyo era más a causa de la indignación…

—Quítese esa idea de la cabeza, señor Hizuri —declaró ella, alzando un admonitorio dedo índice frente a ella, con todo el brazo estirado por encima de la cama y dirigido contra su pretendiente. La parte de ella que se había sentido mínimamente halagada por ser capaz de suscitar el interés varonil había sido brutalmente pisoteada y aniquilada por la indecente proposición, dejando solo la más pura y ofendida de las indignaciones—. No espere usted nada inapropiado por mi parte… —El énfasis del respetuoso (y muy distante) 'usted' Kuon lo sintió como una bofetada. Kyoko volvía a erguir muros entre ambos y todo por culpa suya, por no saberse explicar adecuadamente y empeorarlo cada vez más—. NUNCA —sentenció ella, cruzando y descruzando los brazos en un gesto terminante y definitivo.

—¡Por supuesto que no! —se apresuró a exclamar Kuon—. No, no… —decía, a la vez que movía las manos muy lentamente frente a él, como si Kyoko fuera una bestia peligrosa que podría desgarrarle el cuello en cualquier momento. Tragó saliva y empezó a rodear la cama, acercándose muy, muy despacio—. No me refería a eso —le aseguró. Kyoko volvió a alzar una ceja de desconfianza—. Al menos hasta conseguir al cura, por supuesto —Kyoko puso los ojos en blanco y exhaló otro resoplido (este mucho más doncellil)—. Pero vamos, Kyoko —continuó Kuon, tomando el hecho de seguir vivo como una buena señal—, el viejo ya imparte los servicios religiosos… Podría casarnos él y así no tener que esperar.

Kyoko cruzó los brazos sobre el pecho, ladeó la cabeza y se lo quedó mirando.

—Por supuesto que no —dijo ella al cabo. Kuon suspiró, frustrado, y se pasó de nuevo las manos por el pelo, esta vez con bastante más energía que antes, las sostuvo allí durante un instante y luego dejó caer los brazos a los costados. Y si Kyoko admiró brevemente la forma en que los músculos de sus antebrazos se tensaron bajo la piel, jamás de los jamases iba a reconocerlo en voz alta.

—Por supuesto que sí —insistió él, llevándole (una vez más) la contraria. Kyoko volvió a poner los ojos en blanco.

—¿Qué dirá tu familia? —preguntó ella con un punto de cansancio.

—¿Que soy un hombre afortunado? —respondió él, encogiéndose de hombros, como si fuera lo más obvio del mundo.

—¿¡Que qué!? —preguntó Kyoko, abriendo mucho los ojos de la sorpresa.

—Afortunado —repitió él, asintiendo con la cabeza.

—Estás loco —concluyó Kyoko, alzando las manos al cielo y dejándolas caer después.

—Y tú eres una malagradecida —le espetó él, dolido. Kyoko acusó el golpe. Se llevó la mano al hombro, casi como si la hubiesen tocado de verdad y no solo con palabras, y se clavó las uñas a sí misma. La expresión de su rostro cambió y cruzó primero el dolor, luego la tristeza y, finalmente, la ira, porque Kyoko siempre ha sido más fuerte cuando se dejaba gobernar por la ira.

—Oh, sí, discúlpeme, señor Hizuri —le replicó entonces, ladeando la cabeza, el fuego dorado ardiendo en sus ojos—. Tiene usted razón, soy una ingrata —Kuon dio un paso atrás—. Muchas gracias por salvarme la vida —declaró, y se recogió un tanto las faldas para realizar una breve reverencia con aquel elegante estilo cortesano aprendido en el castillo.

Él dio un respingo y se estremeció. ¿Es que no sabía estarse calladito? Definitivamente cualquier 'señor Hizuri' dirigido a él con ese tono era peor que el uso de un 'usted'. Y peor que todo eso era el educado sarcasmo de Kyoko. Casi prefería que le gritara, que lo insultara, a esa helada cortesía que la situaba cada vez más lejos de él.

Esto iba mal. Muy mal… Otra vez.

—No, Kyoko, yo solo quiero que tú… —dijo, tratando de explicarse con mejor fortuna de lo que había hecho hasta ahora—. Me refería a que–

—¡Pero eso no te da derecho a nada! —le interrumpió ella, ignorando sus vanos intentos. Estaba demasiado furiosa, demasiado herida—. ¿Me salvas y tengo que ser tu esposa? ¿Así, sin más?

—¿¡Sin más!? ¿Hablas en serio? —le replicó él, incrédulo—. ¡Te estoy cortejando, mujer! ¡Pensé que habíamos dejado eso claro!

—¿Yyyy? —preguntó Kyoko, con un exagerado sonsonete—. ¡Es lo mismo! ¿Me salvas y yo tengo que renunciar a todo? —Kyoko continuó—. ¿Me salvas y solo por eso tengo que caer rendida a tus fascinantes ojos verdes?

—¿Fascinantes, has dicho? —se atrevió a interrumpir él, con una mueca tonta de orgullo viril en los labios.

—¡Sí, fascinantes! —le confirmó Kyoko, para acto seguido, tirarle una almohada, que le dio a él en la cabeza, sin más daño que despeinarlo un poco. Él la atrapó antes de que cayera al suelo y después se sopló a sí mismo para quitarse los pelos de la cara. Luego se sentó en la cama, con la almohada aún en las manos y exhaló un suspiro.

—Kyoko, mira —volvió a suspirar—, yo solo quiero que nos casemos. —Y su voz sonaba tan cansada que Kyoko se preguntó si quizás había reaccionado algo desproporcionadamente. Así que ella también volvió a suspirar y se dejó caer en la cama, sentándose a su lado.

—Kuon, si lo único que quisiera en la vida fuera un marido, me hubiera quedado en la aldea —Kyoko calló de golpe y se llevó la mano a la boca, tapándosela. Pero a Kuon un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿E-Estás casada? —preguntó él, sintiendo un nudo de aprensión formándosele en la boca del estómago. Ella negó vigorosamente y Kuon no se molestó en disimular un suspiro de alivio. Luego sacudió la cabeza, tratando de poner sus ideas en orden—. ¿Qué es lo que quieres entonces?

—¿Disculpa?

—Dices que quieres algo más que un marido —se explicó él—. ¿Qué quieres? ¿Con qué sueñas?

—A ti te lo voy a decir…—respondió Kyoko, pero Kuon permanecía con el semblante absolutamente serio, atento a cualquiera que fuera a ser su respuesta. Kyoko aún vacilaba, pero él hizo un gesto con la mano, animándola a decírselo. Kyoko titubeó un poco más, pero la expectación con que él aguardaba y la seriedad de su rostro parecían genuinas—. Me tomarías por tonta. Por una ilusa…

—Eso lo dudo mucho. Tú dime. —Ella negó con la cabeza—. Confía en mí —le pidió él. Kuon la observaba, aguardando, pero sin presionarla más, concediéndole el tiempo que ella quisiera para responderle, si es que se decidía a hacerlo. Y claro, al final Kyoko sucumbió.

—Quiero una profesión —dijo, aún un pelín insegura al pronunciarlo en voz alta—. Quiero valerme por mí misma. —Y agregó, esta vez con bastante más firmeza y convicción—: Quiero sostenerme sobre mis propios pies.

—Lo harás —afirmó él, y lo refrendó con un asentimiento de cabeza de absoluto convencimiento. Kyoko, para su sorpresa (o quizás no tanto), lo creyó—. Tengo la certeza de que siempre conseguirás lo que te propongas.

Kyoko guardó silencio, desbordada por el alivio de no ser considerada una niña crédula y soñadora, por la calidez de que hubiera alguien más que creyera en ella y en sus sueños.

—Gracias, Kuon —le dijo, la voz trémula y los ojos brillantes de alguna lágrima que no llegó a salir. A Kuon le dieron ganas de abrazarla o. como mínimo, acariciarle la mejilla con dulzura, para recordarle a Kyoko que no tenía que ser fuerte sola, que lo tenía a él para acompañarla en el camino, pero también sabía que Kyoko le cruzaría la cara de un guantazo si se tomaba tales libertades. Así que en vez de dar voz a tales nobles pensamientos (es decir, todo lo demás a excepción de abrazos y caricias), Kuon siguió comportándose como el idiota que era cuando la tenía delante:

—Tan solo recuerda que profesión y marido no son excluyentes —añadió él, guiñándole un ojo.

Y a Kyoko le dieron ganas de tirarle otra almohada a la cabeza. Aunque —y esta vez no hubo sorpresa por su parte— se le pasó bastante rápido. Así que al final no pudo más que sonreírle a este hombre extraño que quería ser su esposo. Y la sonrisa llevó a una risa, y la risa a una larga carcajada, de esas honestas y reales, nacidas de bien adentro, a la que Kuon, con gusto (y un mucho de alegría y alivio) hizo eco con la propia.

Afuera, el sol del mediodía asomaba entre nubes tras la ventisca. Una solitaria gota se deslizó del tejado hasta caer al suelo alfombrado de blanco, anunciando así el inicio del fin del invierno.