LINK

No intenté esconderme mientras me dirigía a la última cabaña de la aldea. Avancé con paso seguro, sin ocultarme entre las sombras. ¿Para qué? Llevaba la máscara. No podrían verme la cara.

Nada se movía en la aldea. Me pregunté dónde estarían todos. ¿Se estarían preparando para su ceremonia al amanecer? Porque si era así, se llevarían una grata sorpresa.

Había alguien junto a la puerta de la cabaña, como si estuviera montando guardia. Maldije para mis adentros, pero seguí andando. Si daba media vuelta y regresaba, empezaría a sospechar. Porque estaba seguro de que ya me había visto. Esperaba que al menos no se tratara de Viasha o de su líder. Zelda había mencionado su nombre varias veces, pero había estado demasiado enfadado para recordarlo.

Cuando me acerqué más, vi que era una mujer. También tenía el rostro cubierto por una máscara, así que no me había equivocado al llevarla. No pareció preocuparse al verme llegar.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó con aburrimiento.

Carraspeé. Esperaba sonar convincente.

—Cambio de guardia —murmuré con voz más grave de lo que normalmente me gustaba.

Ella no dijo nada por unos instantes.

—¿Ya? ¿Tan pronto?

Asentí despacio. Escuché una risita.

—Todo tuyo. Ellos sabrán lo que están haciendo.

Hice un vago gesto de despedida y me quedé junto a la puerta. Observé como ella se alejaba y se perdía en la oscuridad. Sabía que no podía verme desde dondequiera que estuviese, pero aun así permanecí muy quieto y esperé. Solo tenía que esperar un poco más, por si acaso. Luego tendría vía libre para entrar; si alguien me había visto andar por la aldea y le había parecido sospechoso, ya se habría aburrido de vigilarme para cuando decidiera entrar. Tenía que darles algo de tiempo para que se convencieran de que no tenía malas intenciones.

Pero al infierno con todo. No había tanta gente en aquella aldea. Y Zelda estaba esperando.

Abrí la puerta y me deslicé hasta el interior con disimulo. Luego cerré sin hacer mucho ruido.

Estaba oscuro. Pero no podía encender velas; la luz sería visible a través de la ventana. Así que tanteé en la oscuridad, con cuidado de no romper nada. Revisé una esquina cercana al armario. Allí no había nada. Abrí el armario también, pero únicamente vi frascos de malicia. Estaba harto de ver aquella basura por todas partes.

Busqué en la siguiente esquina, y mis pies chocaron contra algo. Acerqué una mano y me topé con un bulto. Cuando estuvo bajo la tenue luz de la luna que se colaba por la ventana, vi que se trataba de mi bolsa de viaje. La espada estaba allí también, para mi sorpresa. La habían metido a la fuerza, pero estaba allí. Justo allí.

Rocé la empuñadura, y la voz me recibió al instante. Debía haberme echado de menos. Me había sentido indefenso sin ella, sin su presencia silenciosa en el fondo de mi cabeza. Estaba demasiado acostumbrado a portar el peso.

Rebusqué en la bolsa de viaje. Todo estaba casi como lo había dejado. Un poco revuelto, por supuesto. Debían haber registrado el interior. Incluso habían espachurrado dos manzanas que había guardado para la cena, unos días atrás.

Cerré la bolsa de nuevo con el ceño fruncido. Ojalá aquellos bastardos se pudrieran en todos los infiernos que existían.

En el mismo rincón, un poco más al fondo, encontré la bolsa de viaje de Zelda. Vi la piedra sheikah, junto con sus cientos de cuadernos de notas. ¿Los habrían leído? ¿Sabrían leer, al menos?

Me colgué las bolsas al hombro y traté de esconder la Espada Maestra entre ellas. No cabía dentro de ninguna, pero esperaba que la oscuridad estuviera de mi parte por una vez.

Estaba a punto de salir cuando me fijé en el armario de nuevo. Casi podía sentir la anticipación de la espada. Comprendí que no habría una oportunidad mejor que aquella. Podía acabar con esa locura de una vez por todas. Me aseguraría de que no hubiera ningún otro sacrificio, y su culto extraño se iría al infierno. No podían seguir extendiendo aquella sustancia por todas partes, como una enfermedad letal.

Desenvainé la espada, que emitía un débil brillo, y la acerqué a los frascos de malicia. Empezaron a humear al instante. No me detuve hasta asegurarme de que no quedaba una sola gota de malicia allí. Fue un proceso lento, porque no quería romper un frasco y causar un escándalo. Sin embargo, cuando terminé, cerré el armario, ahora lleno de frascos de cristal vacíos, y salí de allí.

Me hubiera gustado verle la cara a esa Viasha y al otro, al lunático que dirigía todo aquello. Ya me sentía satisfecho, pero eso solo mejoraría la situación.

Todo eso desapareció de golpe cuando vi que los primeros rayos de sol empezaban a asomarse por el horizonte. No nos quedaba mucho tiempo. Y Zelda estaba en los establos, sola. Al menos se había quedado con la daga. No estaba indefensa.

Caminé a paso rápido por la aldea. La idea de ser descubierto no me preocupaba tanto. Al menos ahora iba armado. Podría defenderme. Aunque sabía que no debía confiarme demasiado; no peleaban de forma justa. Lo había aprendido a golpes.

Cuando llegué a los establos, no vi ni rastro de Zelda. Los caballos estaban ensillados. ¿Habría llegado demasiado tarde? No podían habérsela llevado. El camino de la aldea había estado desierto.

—¿Zelda? —susurré.

Por un horrible instante, no recibí respuesta.

—Aquí —escuché de pronto.

Me di la vuelta y la vi agazapada en una esquina. Me acerqué un poco más y me deshice de la máscara y el maldito uniforme.

—¿Qué haces ahí?

—Me dijiste que me escondiera —respondió en voz baja, como si alguien fuera a oírnos—. ¿Lo has encontrado todo?

Le mostré nuestras cosas y la Espada Maestra.

—Todo.

Ella sonrió. Bajo la luz grisácea del amanecer, pude ver lo que le habían hecho cuando se la llevaron. Vi las feas marcas y magulladuras que tenía en las mejillas. Y también vi el rastro de sangre seca que tenía en los labios. Debía habérselo partido. Y sus labios siempre habían sido suaves y perfectos. Ahora le dolerían cada vez que intentara hablar.

Se abalanzó sobre mí de pronto y me abrazó con tanta fuerza que apenas podía respirar, pero no me importaba. Contuve la respiración por ella. No sabía quién le había hecho daño, pero me hacía una ligera idea. Y me aseguraría de que pagara por ello. Cuando se separó, vi que los ojos, rodeados de marcas moradas, le brillaban. Pero no había derramado una sola lágrima.

—¿Sigues enfadado? —me preguntó en un susurro.

La miré, incrédulo. Podría haberme preguntado cientos de cosas más importantes que esa. Lo cierto era que sí había estado enfadado. Enfadado con ella por no haberme escuchado. Por no haberme creído a mí y haber creído a aquel grupo de lunáticos. Pero, ahora, ¿qué sentido tenía estar enfadado? Seguía creyendo que ella debería haberme escuchado, pero yo también había cometido errores. Y no le haría ningún bien a Zelda estando enfadado.

—No —respondí por fin.

—¿De verdad?

—De verdad —le dije—. Pero cuando salgamos de aquí habrá que...

—Hablar —dijo, interrumpiéndome—. De esto. Lo sé.

Asentí y la ayudé a ponerse en pie. Ella hizo una mueca, y no pude evitar fijarme en las manchas rojas de su pantalón. Cuando saliéramos de allí y ella estuviera en un lugar seguro, la llevaría a ver un curandero. Yo no tenía tantos conocimientos para ayudarla. Podía vendarle la herida y detener la sangre, pero sería incapaz de ayudarla a curarse de verdad.

—¿Por dónde piensas salir? —me preguntó en un susurro.

—Podríamos subir a la cima del acantilado —respondí—. Llegaríamos al bosque más rápido.

—Pero ese es el camino principal. Todos nos verían. Seguro que la entrada y salida están vigiladas.

Estuve a punto de decirle que podría arreglármelas contra un guardia solitario —dos, si estaba de suerte—, pero logré contenerme. Ella tenía razón. Era más peligroso ir por ese camino.

—Iremos por el otro. Por la playa. No sé a dónde lleva.

—Hasta el bosque. Y, si no, hasta el resto de Necluda.

Ambas opciones sonaban muy bien. Sería más fácil perderlos si llegábamos al bosque, claro. Pero tampoco creía que fueran a atreverse a atacarnos en medio de la región más poblada de todo Hyrule. Aunque, al fin y al cabo, estaban locos. Quién sabía lo que se les pasaba por la cabeza.

Ayudé a Zelda a subir a lomos de Viento. Me cubrí con la recién recuperada capucha y monté detrás de ella.

—¿Y Calabaza? —preguntó de pronto.

Estaba a punto de tirar de las riendas para que Calabaza también nos siguiera cuando escuché voces. No sonaban muy lejanas. Miré a Zelda, que había palidecido y se aferraba a las riendas de Viento con fuerza.

Supuse que habíamos pasado demasiado tiempo en los establos. Ahí se iba nuestra escapatoria silenciosa y furtiva.

Me aseguré de que Zelda estuviera bien sujeta a la silla y protegida por todos los flancos antes de espolear a Viento con más fuerza de la necesaria. El animal pareció percibir la urgencia, porque salió al galope.

Las voces se alzaron cuando salimos de los establos, pero no me atreví a mirar atrás. Hice que Viento fuera más rápido y fuimos en dirección a la playa, al camino que se perdía en la distancia. No sabía a dónde llevaba, pero con que fuera lejos de allí, tendría más que suficiente.

El sol ya estaba saliendo. El viento me azotaba la capa, pero no me atrevía a mover un solo músculo. Sabía que tendría que mirar atrás en algún momento. Tendría que comprobar si nos seguían. Al menos no tenían caballos. No los había visto en los establos. También esperaba que no llevaran arcos. O que tuvieran muy mala puntería. Habían tenido mala puntería con Zelda, aunque habían logrado hacerle daño de todas formas.

Escuché más voces a mi espalda y maldije entre dientes.

—¿Link? —susurró—. ¿No puedes intentar que nos pierdan de vista?

No respondí. Porque no, no podía. Estábamos muy cerca de la orilla del mar, y el camino seguía en línea recta, bordeando el acantilado. Recé por que llevara a algún sitio. Cualquiera me serviría. El único requisito era que fuese seguro.

De pronto, alguien con el rostro cubierto por una máscara estaba junto a nosotros. Intenté que Viento corriera más rápido, pero entonces sentí un tirón, y de repente estaba en el suelo, escupiendo arena. Alcé la vista y me aseguré de que Viento siguiera avanzando al galope.

Había tres miembros del clan Yiga rodeándome. Poseían espadas cortas. No parecían tan buenas como las lanzas que había visto al llegar a la aldea. Supuse que las habrían encontrado en unas ruinas cercanas. Todavía podían encontrarse tesoros dentro.

Tres contra uno era una lucha injusta. Pero quise pensar que me había enfrentado a cosas peores. Cuando saqué la Espada Maestra de la vaina, vi que brillaba. Era un brillo tenue, pero fue suficiente para que los tres retrocedieran varios pasos. No los culpaba. A mí también me daría miedo.

Uno de ellos cargó de pronto. Lo esquivé sin muchas complicaciones. Sus movimientos eran torpes, y saltaba a la vista que no tenía mucha experiencia con la espada. Cargó otra vez, y cayó el suelo sin oponer mucha resistencia cuando le asesté un golpe en la cabeza con la empuñadura de la espada.

El segundo no tardó mucho en acercarse. Alzó la espada, pero no llegó a hacerme daño. Chocó contra la mía, y no aguantó mucho. Lo intentó dos y tres veces. Incluso cuatro. Estaba decidiendo si debía hundirle la espada en las entrañas o no cuando el tercero se unió también. Y entonces todo se volvió más igualado.

Una espada empezaba a caer sobre mí, pero tuve que apartarme justo a tiempo para esquivar una estocada por los flancos desprotegidos. La Espada Maestra seguía brillando y, cada vez que chocaba con otra hoja, solo hacía aún más claras las manchas de óxido. Tenían muy pocas buenas armas, al parecer.

Conseguí rozar al segundo en el costado. La sangre comenzó a brotar, pero no podía verle el rostro por culpa de la máscara. Aun así, no se detuvo; atacó de nuevo, y mi espada chocó contra la suya con la fuerza suficiente para que su arma se le escapara de las manos y cayera en la arena. Trató de recuperarla, pero lo detuve con una patada que lo dejaría en el suelo durante un rato.

Solo quedaba el tercero. Me aparté unos pocos pasos. Justo a tiempo para esquivar la hoja de su espada, que me rozó el rostro. Percibía el dolor, lejano y tenue, pero no le presté atención. Era un corte sin importancia. Clavé la vista en su estúpida máscara.

Antes había estado enfadado, pero ahora estaba furioso. El espíritu de la espada debía sentir la malicia cerca, porque me susurraba que usara su poder contra ella. Pero no quería gastar más energías.

El acero chocó tres veces. Debía reconocer que resistía. Sin embargo, cuando su hoja y la mía chocaron por cuarta vez, conseguí desarmarlo y, con el plano de la hoja, le asesté un golpe entre los ojos. No sería suficiente para matarlo. Pero, en el fondo, era lo que quería. No matar a nadie. O eso quería creer.

Porque cuando me arrodillé frente a ellos sobre la arena y vi el símbolo pintado en la máscara, fue como si alguien hubiera avivado demasiado un fuego que ya estaba muy vivo. Habían estado persiguiéndonos. Habían estado junto a nuestra prisión, al amanecer, para llevarse a Zelda a su ceremonia de ejecución. Eran culpables. Todos lo eran.

Cuando le quité la máscara al único que se retorcía, vi que se trataba de un hombre. Me miró con los ojos muy abiertos y se debatió. Oía sus súplicas, pero sonaban muy lejanas. ¿Piedad? ¿Era eso lo que quería?

La espada ya descendía cuando oí pasos a mi espalda.

—Quédate quieto —dijo una voz que me resultó conocida—. O la degüello aquí mismo.

Me di la vuelta, con un mal presentimiento. Y la vi a ella, con un cuchillo en la garganta. Y detrás, sujetándola, estaba el líder de aquel grupo. Seguía sin recordar su nombre. Ella me miró, y supe que tenía miedo. De hecho, nunca la había visto tan aterrorizada. Y eso que había tenido pesadillas horribles algunas noches.

Agarré la espada con más fuerza. El bastardo sonreía.

—Suéltala —le dije.

—Suelta tú esa espada primero.

Zelda murmuró algo, pero el cuchillo ahogó todas sus palabras. Me miró de nuevo, con los ojos muy abiertos y llenos de terror, y negó con la cabeza.

—Suelta la espada. No volveré a repetirlo.

Contemplé su rostro, marcado por moretones y magulladuras. ¿Había sido él el culpable de todos aquellos golpes?

A pesar de las débiles protestas de Zelda, dejé la espada en el suelo poco a poco. Esperando que un milagro ocurriera. Pero fue en vano, como siempre. Lo único importante era que no le hicieran más daño a ella.

—Qué fácil ha sido —rio él. Sus ojos brillaban tanto que no podía mirarlo sin sentir escalofríos—. Si me dieran a elegir entre una niña o mi espada..., creo que ya sabes lo que elegiría.

Guardé silencio, y Zelda también. Me di cuenta de que estaba intentando debatirse entre sus brazos, pero el agarre debía ser de hierro. Comprendí entonces que estaba buscando algo. Así que decidí distraerlo.

—¿Cómo te llamabas? —pregunté, fingiendo una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir—. ¿Tim? ¿Tak?

—Tadd. Recuérdalo, porque es lo último que...

—Ah, Tadd. Eso es —murmuré, interrumpiéndolo—. Vete al infierno, Tadd.

Soltó una carcajada. Me obligué a mirarlo a él y no a Zelda. Así no sospecharía.

—No hay ningún infierno. Todo eso son mentiras que...

—Vas a morir hoy. —Hice una pausa y añadí—: Tadd.

Eso no le hizo tanta gracia.

—Si esos son los designios del Padre, los cumpliré sin...

—Tu padre no tiene nada que ver. Esto ya es personal.

Lo último le hizo menos gracia todavía.

—No eres nadie —escupió entre dientes—. Ahora mismo podría matarte sin esfuerzo. Y todo porque no tienes esa espada entre las manos.

Clavé la vista en el suelo. Quizás así pensaría que sus palabras me habían ofendido de alguna manera y seguiría hablando. Le dirigí una rápida mirada a Zelda. Falta poco, leí en sus labios.

—Tu amiga es muy impaciente —rio Tadd—. No se queda quieta. Nunca. No sé cómo te las arreglas para que no se te escape.

Como si ella fuera solo un perro. Fruncí el ceño, pero decidí ignorarlo.

—¿Dónde está el resto de la aldea? —quise saber—. Los que no se unieron a vosotros.

Su sonrisa se volvió oscura y siniestra, y empecé a temer la respuesta antes de que dijera una sola palabra.

—Prisioneros.

Flexioné los dedos de la mano de la espada, pero allí no había nada. La hoja aún resplandecía sobre la arena.

—¿Cómo sabíais que éramos nosotros?

—Tu espada es muy reconocible. Y la llevas a todas partes como si tuviera vida propia. Además, no es difícil reconocer a tu amiga. Tiene esa piedra sheikah.

Casi pareció escupir la palabra, aunque él ni siquiera tenía orígenes sheikah, como muchos otros miembros del clan Yiga.

Zelda tosió de pronto. Tadd hundió un poco más el cuchillo, pero ella no emitió una sola protesta. Supe que estaba intentando llamar mi atención. Estaba lista.

—¿Sabes? Estoy tentado a dejarte marchar. Puede que esa sea la única forma de que no des problemas. Pero creo que nos merecemos una venganza. Por... desequilibrar el clan Yiga.

—Ya estabais desequilibrados —mascullé.

—Primero te obligaría a verlo todo. Y luego sería tu turno. No hay nada que me apetezca más que matarte a...

Pero nunca consiguió terminar lo que estaba diciendo, porque entonces la daga que le había dado a Zelda se clavó en la pierna de Tadd. Dos, tres veces, hasta que él dejó escapar un grito de agonía y se olvidó de Zelda por un instante.

Y de pronto ella estaba a mi lado. La contemplé, incrédulo, aunque no sabía qué era lo que me parecía increíble. Lo único de lo que estaba seguro era de querer llevármela de allí. Lejos, muy lejos, a un lugar seguro. A casa.

Me tendió la espada, como diciendo la necesitarás. Y tampoco se equivocaba.

Miré a Tadd, que ya cojeaba. Y estaba enfadado. Solo hacía falta verle el rostro para darse cuenta de lo furioso que estaba. Pero tenía suerte, porque yo sentía lo mismo.

Me maldijo de al menos cinco formas distintas. Una sonaba a gerudo, pero no comprendí lo que decía. No estaba seguro de querer comprenderlo.

Un instante después, estaba sobre mí, con su espada curva alzada. Lo esquivé y mantuve a Zelda detrás de mí, por si acaso. Ella aún empuñaba su daga.

Alcé la espada justo a tiempo. Él retrocedió unos pocos pasos e intentó atacar por uno de los flancos desprotegidos. Pero lo vi venir y detuve su espada de nuevo.

Sus movimientos no eran torpes, para ser un miembro del clan Yiga. Aunque tampoco peleaba con elegancia o agilidad. Era rápido, pese a las heridas aún sangrantes de la pierna. Pese a todo, saltaba a la vista que no era un guerrero. Que no estaba acostumbrado a pelear. Algo extraño en el clan Yiga, teniendo en cuenta que su único cometido era matar.

Conseguí desarmarlo de una rápida estocada. Y ni siquiera entonces se rindió. Fue capaz de asestarme un puñetazo, pero al menos caí al suelo con él. Casi podía sentir la malicia quemándome. Y el olor era nauseabundo. Tanteé a ciegas en busca de la espada, pero debía haberla soltado accidentalmente en la caída. Traté de quitármelo de encima, pero él me inmovilizó en el suelo. Y luego sonrió.

—Iba a dejarte marchar sano y salvo —masculló—. Pero has acabando con mi paciencia.

Me puso la espada curva al cuello. Estaba fría. Casi tanto como el hielo. Tuve que contener un estremecimiento. Miré a Zelda. Ella lo observaba todo con una mezcla de terror y fascinación, pero entonces lo vi. Lo vi antes que Tadd, y todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo de apartarme de su camino destructor.

Mi estómago dio un vuelco violento, y de pronto choqué con algo duro. Cuando dejé de verlo todo borroso y oscuro, reconocí a Zelda.

—¿Link? —decía. Había algo en su voz. Era familiar—. ¿Link? Tienes que ayudarme.

Lo había oído antes. Angustia. Tenía que ser eso.

Intenté decir algo, pero de ahí solo brotó arena.

—Oh, Link, lo siento tanto...

—Da igual —farfullé. Me puse en pie y escupí arena una última vez.

Zelda me ayudó. Hice una mueca; tendría magulladuras nuevas. Tenía suerte de no haberme roto ninguna costilla.

—¿Te he hecho mucho daño?

Negué con la cabeza. Ella estaba muy cálida, como si tuviera fiebre, y todavía emitía un débil brillo. No lo había visto venir, tenía que admitirlo. Y, para cuando había sido demasiado evidente, ya era tarde. Había soltado uno de esos chorros de luz dorada que tan poco me gustaban.

Era poderosa. Más que cualquier otro llegaría a serlo jamás. Podía destruir lo que quisiera con solo mover la mano. Diosas, podría matarme a mí en cualquier momento.

—¿Dónde está? —murmuré.

Señaló el otro lado de la orilla. Vi un cuerpo allí, muy quieto. Recuperé la espada —que había caído junto a una roca— y me acerqué al bastardo. Había vuelto a olvidar su nombre.

—¿Sigue vivo? —me preguntó Zelda en un susurro.

No dije nada. Apenas estaba escuchándola.

—¿Link? ¿Puede respirar?

Había un diminuto charco de sangre formándose a su alrededor. Debía haber chocado contra una roca con mucha fuerza.

—Lo he matado —susurró de pronto—. Diosas, lo he matado, ¿verdad? ¿Verdad que sí, Link? ¿Lo he matado? ¿Por qué no dices nada? ¿Es porque lo he matado?

Empezó a decir cosas sin sentido. ¿Lo he matado? He sido yo, ¿verdad? Una y otra vez. Sentí que temblaba a mi lado. Iba a decirle algo, pero entonces el bastardo tosió. Zelda se apartó de un salto y retrocedió, pero yo no me moví del sitio.

—Has vuelto a ganar —consiguió farfullar. Tenía una sonrisa amarga y sangrienta en la cara—. No intentes amenazarme con esa espada. ¿Crees que puedo moverme?

Lo examiné con cautela. Además de la sangre, también tenía un brazo y una pierna doblados en posiciones imposibles. Un escalofrío me recorrió al pensar que eso podría haberme pasado a mí si Zelda se hubiera descontrolado del todo. Había tenido suerte de escapar con solo unas pocas magulladuras.

Pero Zelda nunca me haría daño. Tenía que recordármelo.

—¿A qué esperas? —dijo él entre dientes.

—Una última pregunta.

—Soy todo oídos.

Me hubiera gustado borrarle aquella sonrisa estúpida de la cara, pero estaba tan malherido que dudaba que pudiera soportarlo.

—¿De verdad oíste al Cataclismo?

Su sonrisa se hizo más amplia. Empezó a reírse, aunque eso acabó en otro ataque de toses. Escupió algo rojo y sanguinolento, y luego me miró a los ojos.

—¿Quieres saber la verdad? —Rio de nuevo—. No lo sé.

—¿No lo sabes? —repetí en un susurro.

—No. Tal vez fueran solo imaginaciones mías. Pero al menos ellos me siguieron.

Sabía que hablaba de los restos del clan Yiga. De lo poco que quedaba.

—¿Les has mentido? ¿Para salir del desierto?

—Para sobrevivir, amigo mío.

Rio por última vez, y luego se quedó muy quieto y cerró los ojos. Escuché una exclamación ahogada a mi espalda, y vi que Zelda se había acercado un poco más. El bastardo había hablado en voz muy baja, así que no sabía si nos había oído o no. Iba a preguntárselo cuando su mirada cayó sobre el cuerpo inerte y ensangrentado, y noté que palidecía.

—Lo he matado. Ahora sí, ¿verdad? ¿Verdad, Link? Lo he matado a sangre fría. Diosas, Link, perdóname. Se me ha ido de las manos. No sabía lo que estaba haciendo. Y ahora lo he...

—No —dije, interrumpiéndola. Desenvainé la Espada Maestra, que, pese a todo, seguía brillando, y la hundí con todas mis fuerzas en el corazón de aquel hombre—. Lo he matado yo.

El silencio cayó como un ladrillo. Juntos observamos como el cuerpo se estremecía una última vez antes de quedarse muy, muy quieto, con la Espada Maestra sobresaliendo de su pecho. Y entonces miré a Zelda y vi su mirada llena de horror. Y así caí en la cuenta; lo cierto era que, de hecho, yo había matado a aquel hombre.

—¿Cómo se llamaba? —pregunté en un susurro.

—Tadd —respondió ella.

Tadd. No volvería a olvidar su nombre, de eso estaba más que seguro. Así se llamaba la primera vida que me llevaba por delante.

Oí voces a mi espalda de pronto. Divisé más miembros del antiguo clan Yiga en la distancia. Ya había amanecido, y el frío de la mañana no era tan evidente. Aun así, no podía parar de temblar.

Los tres miembros a los que me había enfrentado ya no estaban donde los había dejado. Debían haber huido. Quizá pensaron que, con su líder al frente, saldrían victoriosos. O simplemente habían desertado. Aquel grupo era frágil.

Me puse en pie de un salto, envainé la espada, y tiré de la mano de Zelda. Ella se quejó del dolor, pero le dije que intentara aguantar, aunque me odié por hacerlo. Viento no estaba muy lejos. Y había que salir de allí.

Así que eché a correr, y ella avanzó a trompicones detrás de mí. Me di la vuelta una última vez, y algo frío me rodeó por dentro al ver el pelo rojo en la lejanía. Ella no se movía, pero debía haberlo visto todo.

Viento estaba detrás de unos matorrales. Subí a Zelda a la silla y luego monté yo. Me calé la capucha e hice que Viento fuera al galope.

Escuché más voces. Y luego pasos. Maldije entre dientes. No nos perderían de vista porque el camino estaba rodeado por el mar y paredes rocosas. Una flecha pasó silbando muy cerca de mi oído. Fue un milagro que no me acertara. Se clavó en la arena, unos pocos pasos por delante de nosotros. Debieron disparar otra flecha, porque Viento hizo movimientos bruscos y relinchó. Se encabritó de repente, y estuve a punto de caerme de la silla. Intenté alcanzarlo con una mano para que se calmara, pero tenía que aferrarme a las riendas para no caer.

Por suerte, Zelda estaba allí. Le llevó unos dolorosos instantes, pero consiguió tranquilizar a Viento. Me hubiera gustado parar para examinar su herida con detenimiento, pero me di cuenta de que las flechas silbaban con más frecuencia. Estaban acercándose.

Pese a todo, Viento siguió corriendo al galope. Debía saber que algo iba mal. No solía ir tan rápido con él. No podía haberse clavado ninguna flecha. Eso me tranquilizó un poco. Tenía que ser una herida superficial.

No tardamos en encontrar la primera bifurcación en el camino. Iba hacia el bosque. Tiré de las riendas y, tras subir por le camino empinado, nos adentramos en Farone otra vez. Pero no seguimos la ruta que llevaba a la salida del bosque; decidí bordearlo, sin perder de vista el camino.

Nos llevó horas salir del bosque. En ningún momento me atreví a mirar atrás. Pero, para cuando llegamos al final del bosque, ya era más de mediodía. Detuve a Viento entonces. Nadie apareció detrás de nosotros. Quizá habían seguido mal nuestra pista, o quizá ellos mismos se habían rendido. Fuera como fuese, habían dejado de perseguirnos.

Viento jadeaba, así que permití que avanzara un poco más despacio. Decidí seguir el camino que llevaba hasta Necluda, más allá de los Picos Gemelos. Al menos conocía ese lugar. Estaríamos a salvo allí.

—¿Se acabó? —me susurró Zelda al cabo de un rato.

—Eso creo.

Se sumió en el silencio otra vez. Ninguno había dicho una palabra durante el viaje por el bosque. Yo no me atrevía a hablar, y quizás ella tampoco. O tal vez seguía pensando que estaba enfadado.

¿Estaba enfadado? Le había dicho que no, pero quizá no me lo había pensado con el suficiente detenimiento.

Pero me obligué a centrarme en el camino. Por si acaso. Era mejor así.

Nos detuvimos cuando ya era noche cerrada. Encontré unas ruinas con techo donde podríamos pasar la noche en paz. Le di de comer y beber a Viento después de haber ayudado a Zelda a sentarse. Cuando volví a su lado, sostenía la daga entre las manos.

—Está llena de sangre —murmuró mientras me mostraba la hoja. Cayó al suelo lleno de hojas secas y madera podrida sin emitir ningún sonido.

Me senté y desenvainé la Espada Maestra.

—Esto también.

La hoja pesaba tanto que tuve que dejarla caer. El espíritu guardaba silencio, sorprendentemente. Aunque no debería haberme sorprendido. Era la primera vez que la utilizaba para matar algo que no fuera un monstruo.

Ella contempló la hoja de la espada con una expresión que no pude descifrar. ¿Asco? ¿Horror? ¿Era eso lo que sentía al mirarme ahora?

—Habrá que limpiarlo todo —dijo.

—Supongo.

Silencio otra vez. Estaba acostumbrado al silencio. Solía ser cómodo con ella. Siempre. Era como si no necesitáramos palabras. Pero ahora eran muy necesarias, y yo no sabía qué decir. Ella era quien se encargaba de eso.

—Lo siento —dijo de pronto—. Lo siento. Lo siento, Link.

Iba a decir algo más. Lo sabía. Pero o no lo hizo o no llegué a oírlo, porque lo siguiente que supe fue que estaba abrazándome con tanta fuerza que dolía, y temblaba. Y yo también temblaba y la abrazaba con fuerza. Estaba seguro de que le estaba haciendo daño, pero no podía soltarla. Y ella no emitió una sola queja, y yo tampoco, así que supuse que estábamos en paz.

—Es culpa mía —susurró—. Otra vez.

Empecé a negar con la cabeza, pero ella no dejó que hablara.

—No quiero huir, Link. Otra vez no. Dime que no van a perseguirnos.

Negué con la cabeza de nuevo.

—Lo siento —fue lo único que conseguí farfullar.

Alzó la vista para mirarme.

—¿Por qué?

—Por todo. Lo siento.

—No. Tú no tienes que disculparte. No has hecho nada malo. Es todo culpa mía, y lo sabes tan bien como yo.

—Pero...

—Admítelo de una vez, Link. No voy a enfadarme por eso.

Guardé silencio por un momento.

—Supongo que deberías haberme hecho caso —murmuré al final.

Ella sonrió. Un poco. Y yo también sonreí.

—Sabes que nunca lo habría hecho.

—Pero ahora lo harás, ¿verdad?

—Ten por seguro que no volveré a llamarte paranoico nunca más.

Contemplé su rostro. Había restos de sangre seca, y los moretones tenían peor aspecto que antes.

—¿Quién fue? —murmuré.

—Tadd —respondió en voz baja—. Y ella. Viasha.

—Voy a matarlos —susurré—. Voy a matarlos a todos.

Se me quedó mirando en silencio. Abrió la boca, aunque poco después volvió a cerrarla, como si no supiera qué decir. Pero estaba demasiado enfadado para darle importancia.

—Link...

—Se lo merecen, Zelda.

Ella solo suspiró. Tuve miedo de que sintiera repulsión al verme. Después de todo, estaba hablando de matar a sangre fría. No la culparía por no querer hablarme. O mirarme.

Sin embargo, de pronto volvió a abrazarme, como si nada hubiera pasado.

—¿Te hice mucho daño? —me preguntó.

—No.

—No te he roto ninguna costilla, ¿verdad? —dijo mientras me palpaba los costados.

Hice una mueca.

—No. Son solo moretones.

—¿Te duelen?

Negué con la cabeza de nuevo.

—Tengo que controlarlo. O al menos intentarlo. No quiero que algo así vuelva a pasarte por mi culpa, Link.

La rodeé con cuidado.

—Estaría bien que no me rompieras ninguna costilla, ¿sabes?

Se le escapó una risita. Vi que su herida había vuelto a sangrar. Tenía que ver a un curandero. Y rápido. Antes de que empeorara todavía más.

—¿Link? —murmuró—. ¿Oyes algo?

Presté atención a los sonidos del exterior. Solo oía el susurro lejano del viento.

—No —respondí—. No hay nadie. Intenta dormir un poco.

—¿Y tú?

No podría dormir ni aunque quisiera.

—Lo haré dentro de un rato.

—Mientes muy mal.

—Hazme caso, Zelda —suspiré—. Intenta dormir.

No dijo nada más, así que supuse que me había hecho caso. O, al menos, lo fingió muy bien.

Aquella noche, no oí nada. No hubo ningún incidente. Todo estaba tan tranquilo que consideré hacerle caso a Zelda y dormir un rato. Pero cada vez que cerraba los ojos veía sangre, así que decidí permanecer despierto.

Al día siguiente, partimos al amanecer. Pude examinar la herida de Viento con más detenimiento. La flecha solo le había rozado la pata. No parecía muy grave.

—Iremos a Kakariko —le dije a Zelda mientras la ayudaba a subir al caballo—. Allí nadie se atreverá a entrar. Y podrás curarte.

—¿Kakariko? —repitió—. Eso no está muy lejos.

—Mejor aún.

Cabalgamos sin descanso. Pensaba llegar hasta los Picos Gemelos, pero ella se había quejado varias veces del dolor en la pierna. Así que dejamos las montañas atrás y seguimos avanzando. Ni siquiera paramos en la posta. No me atrevía.

Cuando pasamos el primer arco con el símbolo sheikah tallado en la madera, sentí alivio. Habíamos llegado sin avisar, pero no creía que Impa se molestara. O eso esperaba, al menos. Ella había insistido en que volviéramos de visita.

Kakariko nunca cambiaba. No había cambado en un siglo, así que era imposible que cambiara en los pocos meses que habíamos pasado fuera. Descendimos por el camino que llevaba a la plaza de la aldea, donde se encontraba la casa de Impa. Los sheikah más ancianos, que cuidaban los huertos de calabazas y zanahorias, nos miraron al pasar. Pero ninguno dio señales de habernos reconocido. Los guardias apostados junto a la casa de Impa, en cambio, sí lo hicieron.

Ayudé a Zelda a desmontar y luego le tendí las riendas de Viento al mozo de cuadras.

—Está herido —le dije—. Si pudierais...

—No os preocupéis, Maestro Link.

Había olvidado que allí también usaban títulos. Observé como se llevaban a Viento a los establos. Pensé en Calabaza y sentí una punzada de culpabilidad. La habíamos dejado en Onaona. Esperaba que estuviera bien. Que no le hicieran nada y lograra escapar. Dudaba que fuéramos a volver a verla algún día.

La aldea estaba extrañamente silenciosa. Los sheikah no eran muy ruidosos, pero faltaba algo. Recé por que nada hubiera pasado en Kakariko. Era uno de los pocos lugares seguros que nos quedaban.

Un guardia nos abrió la puerta de la casa de Impa. Ya estaba anocheciendo, y la habitación estaba iluminada por una hoguera. Impa alzó la vista y, al reconocernos, se le escapó una exclamación ahogada. Zelda soltó mi hombro y corrió a trompicones en su dirección. A mí me hubiera gustado hacer lo mismo, pero decidí no entrometerme por el momento. Cerré la puerta y me ajusté las bolsas de viaje.

—Link —dijo Impa con su voz aguda—. ¿Qué haces ahí?

Dejé que nuestras cosas cayeran al suelo y fui en dirección a Impa. Ella me abrazó con fuerza, pese a su edad.

—Estás más fuerte —dijo—. Y más alto.

No dije nada. Zelda rio al otro lado.

—¿Qué es lo que tienes en la cara? ¿Barba?

Había crecido, al parecer. Zelda había dejado de insistir en que me deshiciera de ella, así que había dejado de darle importancia.

—¿Qué te ha pasado? —le preguntó a Zelda. Rozó uno de sus moretones con cuidado—. ¿Cómo...?

—Ayúdala, Impa —dije—. Tiene una herida de flecha en la pierna.

Ella vio el pantalón ensangrentado de Zelda y palideció. Gritó para llamar a uno de sus guardias y ordenó avisar al mejor curandero de la aldea. Sentí tanto alivio que estuve a punto de derrumbarme allí mismo. Ella se pondría bien. Estaba en buenas manos.

El curandero no tardó en venir. Permitimos que trabajara en silencio, aunque Impa no dejaba de mirarme. Como si todas las respuestas a sus preguntas estuvieran escritas en mi rostro. Y quizá lo estaban. Nunca se sabía con Impa.

El curandero aplicó ungüento en la herida de Zelda. Luego la vendó con cuidado.

—¿Se pondrá bien? —le pregunté.

—Llevará tiempo. Y descanso.

Cuando se marchó, Impa ordenó que nos diéramos un baño y que nos cambiáramos la ropa que, según ella, apestaba a cadáver de monstruo. Luego nos daría una cena caliente, y tendríamos que contarle todo lo que nos había pasado. Una historia larga que no me apetecía nada contar.

Obedecimos sin poner objeciones. Ayudé a Zelda a subir las escaleras con cuidado.

—¿Te duele? —le pregunté en voz baja.

Ella se encogió de hombros.

—Un poco.

—Te pondrás bien —le aseguré.

Insistí en que se diera el baño primero. Ella protestó, como era de esperar, pero al final accedió. Mientras esperaba en el exterior, empecé a sentirme a salvo también. Allí no podían hacernos daño. Me lo recordé por enésima vez. Impa y sus guardias nos protegerían, en caso de que algo ocurriera. Y la mayoría de los sheikah recibían entrenamiento desde muy jóvenes.

Cuando Zelda salió, tenía el pelo húmedo, y ahora que se había limpiado la suciedad del rostro, los moretones eran solo más evidentes. Igual que las ojeras.

—Deja la ropa ahí —me dijo ella—. Impa te ha dejado más.

Observé como cojeaba escaleras abajo. Luego oí sus voces ahogadas, pero no intenté comprender lo que decían.

El agua estaba cálida. Froté con fuerza para deshacerme de la suciedad de los últimos días. Hice lo mismo con el pelo, que estaba tan sucio como todo lo demás. Al terminar, tenía peor aspecto que antes. Estaba hambriento y las piernas me dolían de cabalgar y correr. Caí en la cuenta entonces de lo agotado que estaba. Pero al menos también estaba limpio.

Me vestí con las ropas que había dejado Impa y luego me arrastré escaleras abajo.

Ella me tendió un cuenco de sopa caliente. Tomé asiento junto a Zelda, e Impa se sentó frente a nosotros. Había puesto tres cojines cerca de la chimenea.

—Por Hylia —dijo de pronto—, ¿cuánto te ha crecido el pelo?

Iba a tomar un sorbito de la sopa cuando Impa se acercó y empezó a toquetearme el pelo, como si estuviera intentando ordenarlo. Mamá solía hacer lo mismo. Por un instante, la vi a ella y no a Impa.

Me froté los ojos con energía. Ya ni siquiera podía pensar con claridad.

—¿No quieres que te lo corte un poco?

—No.

—¿Por qué no?

—Me gusta así.

—Pero...

—Tengo hambre.

Zelda soltó una risita a mi lado. La fulminé con la mirada, pero ella solo tomó otro sorbito de sopa. Impa suspiró y se dirigió a Zelda.

—¿Qué demonios os ha pasado?

Zelda me miró, pero yo seguí tomando sopa. No pensaba ser quien lo explicara. Las palabras se mezclarían unas con otras. Así que ella suspiró y lo contó todo. Cómo habíamos acabado en Onaona. La división del clan Yiga y el culto al Cataclismo que uno de ellos se había inventado. Los ataques que ella había sufrido en varias ocasiones. Lo que hacían con la malicia. Todo lo sucedido con la flecha. Y, por último, cómo habíamos escapado y llegado hasta allí.

Para cuando Zelda acabó, yo ya estaba por la mitad del segundo cuenco de sopa. Impa parecía sorprendida, pero no tanto como había esperado.

—Hay antiguos prisioneros de Onaona aquí —suspiró—. Consiguieron escapar. Nos lo contaron todo. Quise enviaros una carta para avisaros, pero no sabía dónde estabais.

—¿Prisioneros? —repitió Zelda—. ¿Aquí, en Kakariko?

—Me temo que sí. Esos asesinos iban de un lado a otro, huyendo del desierto. La malicia los mata poco a poco, así que decidieron asentarse en una aldea para recuperar fuerzas. Eligieron Onaona por lo pequeña que es. No estaban listos para ningún ataque.

Recordé el cadáver de Tadd, y el peso que había llevado desde entonces se hizo un poco más ligero.

—Lo he matado —murmuré—. A su líder. Y también destruí toda la malicia que guardaban.

Zelda pareció sorprendida por lo último. Impa me puso una mano en el hombro.

—No te atormentes por eso, muchacho —dijo—. Has hecho bien.

Quise creerla.

—¿Crees que volverán? —preguntó Zelda.

Impa suspiró.

—Son pocos, pero son vengativos. He mandado un grupo de exploradores para registrar la aldea. Partieron hace unos días. Deberían tardar una semana en regresar, más o menos.

—Dejamos a Calabaza ahí sola, Link —dijo ella de pronto—. ¿Y si le han hecho algo?

—¿Calabaza?

—Así quiso llamar a su yegua.

Impa sonrió y negó con la cabeza.

—¿Crees que la traerán de vuelta? —inquirió Zelda.

—Seguro que sí. Necesitamos caballos.

Ella pareció aliviada. Y, en el fondo, yo también lo estaba.

Dejé el cuenco vacío de sopa y me acomodé contra la pared. Impa me tendió una manta que había estado calentándose junto al fuego. Me cubrí con ella hasta la barbilla.

—Hablemos de cosas más alegres —dijo Impa—. ¿Dónde habéis estado?