Hay varias versiones de esta leyenda mexicana y me decidí por esta trama.


Austria estaba desesperado. Las cosas no habían ido bien en la nueva empresa que había fundado y no estaba seguro que fuera a mejorar. Así que cuando le dijeron que podía conseguir un préstamo, casi una inversión milagrosa, para salvar su situación, no dudó en considerar la oferta. Ni siquiera se detuvo a pensar en las consecuencias o en lo extraño que resultaba contactar a semejante prestamista.

— No tienes buena cara, Österreich —había observado Alemania, mientras le daba un sorbo largo a su cerveza antes de agregar—. Francia no resultó el mejor de los socios, pero no quiere decir que todo esté perdido. Ya te he dicho que puedes retirarte y reclamar una compensación.

— Sería lo último que haría, Deutschland —respondió Austria, recordando cada una de sus palabras que dijo aquella ocasión—. Agradezco tu consejo, lo tendré en cuenta.

Si debía ser honesto con alguien, ese alguien debía ser él mismo. Alemania no tenía porqué enterarse de nada. Austria quería aferrarse a su proyecto de negocios como si de ello dependiera su vida. Él mismo se sorprendía, nunca antes se había aferrado a algo de esta manera. Llegó a pensar que ese apego acabaría con él. De hecho lo hizo, pero no pensó que fuera a ser de esta manera. Éste es el momento en que debe afrontar las consecuencias de sus actos. Nada de lo que le ha ocurrido antes de este momento lo considera realmente un ajuste de cuentas con el destino, así que sabe que es su fin cuando una corriente de aire solitaria apaga la última vela que ha encendido para llamarlo. El silencio que le sigue es sepulcral, pero él ya está demasiado acostumbrado como para inmutarse siquiera.

— ¿Y bien? —la figura surge de entre un destello sobrenatural de luz, suena divertido—. ¿Obtuviste todo lo que te proponías en la vida, Austria? ¿Eso es todo lo que querías? Para querer ser un Imperio, me parece que te falta ambición.

Austria menea la cabeza, este tipo inspira mucho temor para la personalidad que se carga. La primera vez que vio a este tipo, lo que equivale a decir, la primera vez que lo invocó, le impresionó bastante. Nunca se bajó del caballo, pero podía asegurar que no era muy alto. Su complexión no era imponente. Ni muy grueso, ni muy delgado. Ni alto, ni bajo. Con todo, tenía el aspecto suficiente como para ser considerado todo un domador de caballos. Musculoso, atlético, fuerte. Su voz gruesa dejaba adivinar el acento de la tierra del mariachi. Nunca le vio los ojos, pero su boca formaba una sonrisa bastante cruel que resultaba enigmática y bastante atrayente. Iba vestido de pies a cabeza de negro. Sombrero negro, pantalón y chaqueta negros, zapatos negros. Las espuelas de plata eran lo único que despedía luz. En suma todo un charro vestido de luto.

— Me diste el poder para hacer todo lo que siempre soñé e incluso hice demás en el camino —admite Austria sin reservas—. Terminé como empecé. Estoy dispuesto a pagar el precio de mi temeridad.

El charro deja escapar una breve carcajada. Austria aún se pregunta algunas cosas de él, pero sabe que no está en posición de hacer las preguntas. Le habían dicho que vagaba por las noches, en los alrededores de la región, ofreciendo un saco repleto de monedas de oro a quien se le cruzara en el camino. Lo extraño, es que jamás pudo hallarlo y tuvo que invocarlo. Constató después que él no consideraba que Austria fuera alguien de interés.

— Nunca tuve un cliente tan responsable —la mofa apenas oculta el asombro—. Tienes límites, hombre. ¿Aún piensas en tu mujer y tu hijo? ¿Tus padres? ¿En serio piensas abandonar todo? ¿La vida es así de aburrida y limitada?

Después del pacto que hizo con él, se sorprendió de la cantidad de veces que lo vió acechando en la oscuridad. A veces consiguiendo clientes, a veces consiguiendo mujeres. A ninguno se le volvió a ver después de tiempo. Ya le habían advertido los lugareños de las consecuencias de sus tratos.

— ¿Importa? Mis padres creen que he vendido mi alma al diablo. Del resto, nada quedará en cuanto yo te pague. Sé que te encargarás de eso. Mi sacrificio es mío y el beneficio también.

Pese a su falta de seriedad, de algo Austria puede estar seguro, el charro tiene un poder extraño y de alcance asombroso. Entiende que lo llamen demonio o diablo. Es alguien tan peligroso como misterioso.

— Bien, no discutiré más contigo, Austria. Eres de convicciones firmes. Sígueme, entonces.

Austria le sigue, aunque un poco confundido. Sabe, aunque duda que realmente fuera un testimonio, que el pago es la muerte y sus ojos. Todo cliente muere en el sitio en que El Charro los alcanza para hacer de acreedor. No hay excepciones. ¿Por qué a él lo trata diferente? Como si hubiera dicho en voz alta su inquietud, recibe una respuesta.

— Sería un desperdicio cobrarme con tu alma, Austria —espolea ligeramente al caballo y echa andar a paso lento—. No he logrado corromperte, no del todo. Voy a mostrarte una parte del negocio que desconoces. Presiento que me sirves mejor como socio. ¿Qué dices? —su tono pasa de serio a jocoso—. Además, qué bonitos ojos tiene, compa, sería una lástima que se los arrancara —añade, parece reírse de algún chiste privado.

Austria contempla confundido el águila y la serpiente que lleva bordadas a la espalda. Un trato es un trato y no le quedan muchas opciones. Debe seguirlo o le dará alcance de cualquier manera. En definitiva, esto sí que no se lo esperaba.

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