Por milésima vez, ¡no me cuelguen, por favor! xD Lamento mucho actualizar tan tarde. ): De verdad que la inspiración no me daba ni para escribir el título, xD pero ya regresé a continuar esta historia; y todo gracias a que Tekken Tag Tournament 2 ya salió, ¡y para xbox, yujuu! Ok ya. xD Debo agradecer a todas las lindas personitas que leen, dejan reviews y, por supuesto, a quienes ponen esta historia en favoritos y alerta —los que aún tienen fe en mi xD—. Ya los dejo de entretener más, que sé que están aquí para leer la romántica historia de Jin y Lili, no mi vida. xD

¡Besotes a todos! :D

Venuz.


Stripper Boy!

Capítulo 5: Inquietante confesión

—¿Qué haces aquí, Lili? Creí que habías dicho que jamás nos volveríamos a ver —preguntaba el pelinegro con curiosidad y sorpresa, siendo incapaz de despegar sus orbes color caramelo de la chica y sintiendo una serie de emociones de todo tipo con sólo tenerla frente a él.

—Sí, lo dije, pero necesitaba hablar contigo —contestó ella, cabizbaja.

—De acuerdo. Espera aquí un momento en lo que pido permiso y me cambio —respondió él mientras hacía un tipo de seña para que Lili se sentara en el sofá cercano. Después, el chico caminó hasta las escaleras; las cuales, si ella no mal recordaba, daban a la zona V.I.P.

El joven stripper no tardó mucho en regresar, nuevamente, con ropa de calle. La rubia pudo divisar como Jin se despedía de su compañero y, posiblemente, mejor amigo Mark, para después volver hasta ella.

—¡Listo! Ahora sí, podemos salir a caminar mientras charlamos si gustas —dijo amablemente, a lo que ella asintió.

Sus bellos orbes azules no podían despegarse de aquella figura tan masculina, su manera de caminar, su seriedad. Posiblemente ahora era la mujer más obvia del mundo con su penetrante mirada en el chico, pero, ¿qué importaba? Hacía semanas que no sentía lo impactante que era tener a Jin tan de cerca; lo curioso era, que él por mucho que se diera cuenta de su obvia mirada, esta vez no volteaba ni a verla. ¿Es que acaso había dicho o hecho algo para que él se molestase? ¿Y qué pasó con lo sucedido aquella noche que no podía olvidar, aquel momento tan íntimo que habían compartido, las atenciones, todo?

Ambos no hacían más que caminar hacía donde el camino los llevase. Para alegría de Lili, tal parecía que se dirigían a un parque bastante concurrido, tal vez eso ayudaría a hacer del ambiente serio un poco más ameno, ya que el chico no parecía tener ni la más mínima intención de romper el silencio; por lo que la rubia, bastante nerviosa, decidió hacerlo finalmente.

—¿C-cómo has…? —Comenzó a hablar, olvidando por un pequeño instante lo que iba a cuestionar al perderse en el perfecto perfil del pelinegro.

—¿Estado? —Complementó él mientras volteaba a verla con una media sonrisa. Había extrañado tanto los ápices de inocencia de Lili como, por ejemplo, ese mismo momento en el que la chica se petrificaba ante su presencia como cuando una niña ve algo apantallante.

—S-sí —decía ella, cabizbaja y con una clara sonrisa avergonzada, recordando también aquella extraña sensación de mariposas en el estómago; una sensación que había olvidado por completo desde el dichoso suceso con Hwoarang y el anillo de compromiso.

—Pues, todo ha estado muy normal —contestaba desanimado.

—¿Y qué es normal en tu vida? —preguntó la joven rubia con curiosidad, mirándole mientras aún caminaban.

—Sólo trabajar, creo —habló, tratando de restarle importancia a su respuesta.

—No todo en la vida es trabajo, Jin. Deberías divertirte, salir con tus amigos, tener una novia; eso debe de ser fácil para ti —aconsejó de buena manera la rubia, soltando un pequeño suspiro resignado tras mencionar aquello último.

—No es tan simple. —Nuevamente, la joven Rochefort pudo notar tristeza en aquellos perfectos ojos caramelo. ¿Cómo era posible que un chico como Jin no pudiese conseguir novia tan fácilmente? ¡Por favor! ¡Si él era el ser más guapo, ardiente, inteligente, tierno y atento que jamás haya conocido! ¿Es que acaso le estaba tomando el pelo? Era ridículo.

—Pero, ¿cómo puede…?

—¿Qué hay de ti? —interrumpió Jin, claramente evadiendo el tema—. ¿Cómo has estado?

—No muy bien —contestó, nuevamente resignada.

—¿Por qué no?

—Tengo muchos problemas. —La rubia agachó la cabeza, soltando otro suspiro más que evidenciaba sus palabras.

—Todos tenemos problemas, Lili; seguro que hay una solución. —Jin intentó animarla junto con una sonrisa débil.

—Sí, pero, hasta ahora no conozco a nadie que comparta el mismo dilema que yo.

—¿Aún no conoces a nadie que se haya acostado con el stripper de su despedida de soltera? ¿Ese es tu problema? —El chico detuvo su caminata para afrontarla. Él sabía que era culpable y, de ser posible, la ayudaría; sin embargo, por un momento creyó que la rubia solo lo había buscado para echárselo en cara. Lo había tomado por sorpresa; Lili tenía que entender que la culpa no sólo recaía en los hombros de él.

—Sí, es parte de mi problema, pero no vine a plantártelo en cara si es lo que piensas. —Se defendió la ojiazul mientras detenía su andar a la par que él para mirarlo de frente, entendiendo claramente el tono del chico.

—¿Entonces? —cuestionó y suspiró el pelinegro sin entender a la vez que relajaba su semblante, buscando una manera de ayudarla—. Lili, escucha, sé que ambos cometimos un error y que por culpa de ello tu matrimonio puede verse afectado, pero créeme que…

—¡Te extrañé! —soltó de golpe la chica, sin ser capaz de contener aquellas palabras ni por un segundo más.

No le importaba su matrimonio, por el contrario, salir de aquel compromiso era lo que más quería; ¡estar con Jin era lo que más quería! Ella sabía bastante bien que ese tipo de pensamientos no eran normales. El simple hecho de sentir algo así, algo tan intenso por alguien a quién conociste hace tan poco tiempo, era estúpido. Sin embargo, estúpidamente también, estaba cien por ciento segura de que lo pensaba y lo sentía.

—Necesitaba verte. Necesitaba saber que estabas bien —habló nuevamente la joven Rochefort con la cabeza baja, siendo incapaz de mirarle directamente a los ojos por el temor de no ser correspondida o de que el stripper pensase que era una idiota.

Quién sabe, quizás ella misma no era la primera mujer que sentía estar locamente enamorada de él y le buscaba para confesárselo justo como ella hacía ahora. Quizás él ya estaba acostumbrado a dicho escenario. Quizás él sentiría pena por ella, quizás se reiría. Lili no tenía idea. Sólo podía escuchar su corazón latiendo a gran velocidad mientras esperaba una reacción o una respuesta por parte del muchacho.

El pelinegro sólo la observaba anonadado y en silencio, situación que no ayudó a la ansiedad de Lili. No obstante, tras ver la nula posibilidad de mirarla a los ojos a causa de que yacía cabizbaja; clavó su mirada en el cabello rubio de la chica y en su semblante nervioso. Nunca antes alguien se había preocupado por él, o al menos, no tanto como para poner en riesgo su feliz vida a lado de su prometido, o debía decir, ¿su futuro esposo? Gruñó un poco de manera interna ante aquel pensamiento. No le gustaba pensar en aquel hombre desconocido y sin nombre. Sentía envidia y celos de él, pero al mismo tiempo, sentía vergüenza por haber profanado a Lili y su relación con ella; así como también sentía rabia consigo mismo por no sentirse arrepentido; pues ella le gustaba, le gustaba como ninguna otra chica le había gustado y le costaba trabajo mantener el control con ella allí presente, más aún, abriéndole su corazón como lo hacía justo ahora.

—Sé que es ridículo, pero para mí ya no eres un simple desconocido, Jin. ¡Eres mucho más que eso! —tartamudeó un poco, y sólo hasta entonces, Lili subió la mirada para encontrarse con la del stripper.

—¿Por qué yo? —preguntó Jin, aún sin comprender o encontrar una respuesta a su interrogante. ¿Cómo alguien tan dulce y tan pura como Lili podría interesarse en él, en su vida o en su felicidad? Él, que no tenía gran cosa qué ofrecerle.

—No es fácil de explicar, sólo sé que sentí una gran conexión contigo, una conexión que va más allá de la atracción física. Sé que parece una locura porque recién nos conocemos, pero es real, o al menos para mí lo es —habló Lili mientras jugueteaba con los dedos de sus manos con nerviosismo—. Además, cada vez que te miro a los ojos siento como si pudiera mirar tu interior, tu alma; un alma que me dice que tú no eres feliz —dijo con preocupación, armándose de valor para mirar esta vez a los ojos del stripper, con los ojos cristalinos—. Y antes de que lo insinúes, no es lástima. Sólo quiero saber de ti, sólo quiero que me dejes entrar en tu corazón y en lo más profundo de tu ser.

El chico no hizo más que mirarla aún con sorpresa y alegría mezcladas. El saber que la linda ojiazul quería saber de él, el saber que ella buscaba formar parte de su vida, como una amiga confidente aunque fuese, llenó al chico de una calidez interior que era difícil de ignorar. Jin sonrió un poco para después acomodarle con delicadeza uno de sus lisos mechones rubios tras la oreja y tomarla de las manos; esas cálidas manos que tanto había ansiado acariciar de nuevo.

—¿Te parece sí compro un par de helados? Hay mucho de qué hablar y, en realidad, hay cosas que yo también quisiera saber de ti, Lili; porque, para serte franco, yo tampoco creo que seas feliz.

Lili se quedó levemente boquiabierta por tenerlo tan de cerca y por el hecho de que el chico se haya dado cuenta de que ella tampoco era feliz. Sólo pudo asentir con una leve sonrisa. ¿A quién engañaba? Ya se había soltado a llorar en frente de él la noche que se conocieron, ¿cómo no iba a darse cuenta de su infelicidad?

Sin embargo, aquello no era lo importante. ¡Por fin podría saber algo sobre la vida del chico! Y en cuanto a ella, ya no parecía importarle mucho contarle su historia. ¿Cómo pudo ser tan idiota aquel día diciéndole que jamás se volverían a ver? Si incluso ella lo había deseado ver cada día, tanto, que ahora allí estaba parada, frente a él después de haber sido ella misma quién lo buscase.


Mientras tanto, en la mansión Rochefort no parecía precisamente un momento de paz. Por el contrario, desde que Sebastián había estado a punto de irse para hacer buen uso de su día libre, cierto pelirrojo había llegado para no hacer más que preguntar por su prometida: Lili Rochefort. Para desgracia de él, ni Sebastián ni ningún otro empleado conocía su paradero hasta el momento.

—¿Cómo que no tiene caso? —preguntaba histérico el prometido, caminando de un lado a otro cerca de la entrada de la mansión, como león enjaulado.

—Joven, le repito que la señorita Lili me dio el día libre y no mencionó a donde iría; por lo tanto, no tiene caso que la busque. Puede estar preparando algo especial para su boda o simplemente desea estar sola —contestaba Sebastián amable y pacíficamente.

—¿Sola? Llevo días sin verla y sin saber nada de ella. ¡Días! Ya no contesta su teléfono y cuándo vengo a visitarla, no está. ¿Qué está pasando? ¿Me creen idiota como para no darme cuenta? —El pelirrojo continuó gritando sin indicio alguno de que fuese a calmarse pronto.

—Por favor, mantenga la calma, joven —suplicaba Sebastián mientras los demás empleados se mantenían con cara de asustados.

—¿Qué mantenga la calma? Se supone que tú eres el encargado de cuidarla, ¡y no sabes dónde está, Sebastián! —El chico detuvo sus pasos para enfrentar cara a cara al mayordomo. No obstante, alguien entrando por la puerta principal llamó la atención de todos los presentes.

—¿Qué sucede aquí? —preguntaba el señor Rochefort, harto de oír tanto griterío desde fuera de la mansión mientras observaba a todos sus empleados, los cuáles yacían rodeando la entrada principal en una especie de formación mientras Hwoarang les gritaba como un verdadero capataz.

—¡Señor Rochefort! Qué bueno que llegó. ¿Tiene idea de dónde está Lili? —preguntó el joven pelirrojo con mucha más calma y autocontrol, después de todo, se trataba de su suegro a quién le estaba hablando.

—¿Cómo que no saben dónde está mi pequeña princesa? ¿Qué significa todo esto, Sebastián? —De la misma manera que su yerno, el señor Rochefort alzó la voz y se mostró firme y estricto.

—Señor. —El mayordomo hizo una pequeña reverencia antes de hablar—. La señorita Lili salió hace un tiempo. Claramente deseaba ir sola y me dio el día libre.

—¿Y si quiera le preguntaste a dónde iba? —El señor Rochefort alzó una ceja mientras miraba a su empleado.

—Yo… —Sebastián tartamudeó ligeramente—. No, señor. No suelo entrometerme mucho en las cosas de la señorita Lili.

—Sebastián —resopló el señor Rochefort para contener la rabia. Si algo malo le había pasado a su dulce "niñita", todos pagarían las consecuencias—. Llevas años en este lugar, con esta familia, cuidando a Emilie y no quiero perder los estribos contigo. Entiendo que mi hija necesita privacidad, pero no es que tú te estés metiendo en sus cosas; sencillamente, si algo le pasa ya sabríamos donde encontrarla. Así que, lo siento mucho, Sebastián, pero olvídate de tu día libre porque todos, absolutamente todos, buscaremos a Lili.

Acto seguido, todos y cada uno de los empleados de dicha mansión corrieron a todas partes a buscar a la joven Rochefort; ya que, evidentemente, todos querían sus cabezas sobre sus hombros.

—¡Gracias a Dios que llegó, señor Rochefort! A mí no me querían hacer caso, y estoy muy preocupado por Lili —habló amablemente el pelirrojo, con una clara expresión de alivio.

—Tranquilo, hijo. Estoy seguro de que la encontrarán; y Emilie tendrá que aprender a no salir sin decir a dónde va. —El hombre se mostró firme, sin embargo, al final sonrió con sutileza, mirando la preocupación que su yerno mostraba para con su hija—. Te agradezco mucho el amor e interés que muestras por ella.

—No tiene nada que agradecer. Yo la amo, y arrancaría cualquier cabeza que se acercara a ella o le hiciera daño. ¡Cualquiera! —amenazó el chico.


Sin embargo, en el parque en el cuál Lili y Jin se encontraban, los rayos de sol estaban en todo su esplendor. Los pájaros revoloteaban y cantaban. Las familias se mostraban sonrientes y dichosas; y cierta pareja de jóvenes, quienes se encontraban comprando un par de helados, no eran la excepción. Luego, ambos tomaron asiento en uno de los bancos cercanos a una enorme fuente.

—¡Está delicioso! ¡Amo el chocolate! —exclamaba la chica rubia con una gran sonrisa agradecida.

—Qué bueno que te guste. —Le sonreía el pelinegro que la acompañaba, correspondiendo a aquella sonrisa como si verla feliz lo hiciera feliz a él también.

—Y ahora, ¿si podremos hablar bien? —preguntaba Lili con mirada curiosa mientras aún saboreaba su exquisito helado y se acercaba un poco más al stripper.

—Desde luego que sí. ¿Qué es lo que más quieres saber?

—Pues, empieza por decirme, ¿por qué ese chico llamado Zizou y tú se llevan tan mal? Saltaban chispas de odio cuándo se miraron el uno al otro. —Sonrió con sutileza. Lili había decidido empezar por algo no tan personal para hacerlo sentir un poco más en confianza.

—Bueno pues, es por la clientela. —El pelinegro agachó un poco la mirada.

—¿La clientela?

—Sí. Según parece, tengo más clientela que él y eso no le gusta nada. Por eso es que siempre está fastidiándome. —El guapo chico contestó un poco apenado—. Pero, en realidad no me interesa lo que él pueda pensar de mí.

—Eso es bueno. —Apoyó la rubia, aún con aquella sonrisa suave de antes—. Además, no me extraña que tú tengas más clientas que él. Es un cerdo y tú… —Sin poder evitarlo y sin percatarse de ello, la chica soltó un suspiro ante los recuerdos del stripper bailando exclusivamente para ella—. Tú bailas muy bien y también eres muy bueno haciendo el… —Se detuvo la ojiazul al notar lo que había estado a punto de decir mientras tartamudeaba y se quedaba idiotizada mirando las masculinas facciones del chico, provocando una grande y seductora sonrisa proveniente de Jin. Después de todo, parecía que a la chica no le había desagradado del todo el baile y la tierna noche que pasaron juntos. ¡Eso era un gran paso por delante!— Yo sólo quise decir que… —Apenada, la rubia sólo postró su mirada en el piso para poder ocultar el color carmesí en sus mejillas, viéndose incapaz de continuar hablando para no ponerse aún más en evidencia.

—Gracias. —Se sinceró el pelinegro mientras ambos terminaban el cono de su helado. Sólo había un pequeño detalle que le disgustaba de su comentario; el hecho de que ella creyera que él se acostaba con cuanta clienta quisiera con él, por lo que, no dudó en aclarárselo—. Sólo que hay una cosa en la que estás mal.

—¿Cuál? —preguntó curiosa a la vez que volvía a subir la mirada hacia él.

—Por favor, Lili, deja de pensar que me acuesto con cualquier mujer que se postra enfrente de mí. —Claramente, al chico le había dolido de alguna manera—. Ya no es así. —Desvió la mirada hacia la fuente que tenían enfrente, rodeada de niños y adultos.

—¿Cómo que ya no es así? ¿Quieres decir que…?

—Sí. —La interrumpió, volviendo la mirada a ella—. Antes así eran las cosas, pero ya no, Lili. Por el contrario, hacía años que no tenía relaciones con alguien; y puedo decirte que, la vez que fue contigo fue por deseo, no por obligación o trabajo. Pero eso ya te lo había dicho aquella noche. —Jin no hacía más que mirar directamente a los ojos azul cielo de la rubia, buscado hacerle ver y entender que todo lo que le estaba diciendo era verdad.

—Creí que todos los strippers hacían eso.

—¡No, no todos! Muchos lo hacen y muchos no desean hacerlo —explicó.

—No debe de ser sencillo que la gente o, mejor dicho, las chicas, sólo te vean cómo un…

—¿Objeto sexual? —interrumpió el chico, completando aquella frase que la rubia estaba a punto de decir y soltando un suspiro resignado tras ello—. ¿Ahora entiendes por qué no me resulta tan simple tener novia, Lili? Nadie me toma enserio. Todas o al menos la mayoría creen que sólo estoy aquí para cumplir sus más bizarros deseos.

Era verdad. Lili nunca se había puesto a pensar en aquello, después de todo, ahora empezaba a entender porque fuera de aquel lugar, Jin era tan diferente. Era como una máscara que se veía obligado a ponerse. Definitivamente, la vida del musculoso chico no parecía ser tarea fácil.

—¿Por qué no simplemente dejas ese empleo? Es obvio que no te gusta. —Emilie trató de ayudarlo.

—No puedo dejarlo. No sé hacer otra cosa, he crecido en ese lugar, haciendo eso.

—¿Qué quieres decir? —La joven Rochefort empezaba a inquietarse. Algo le empezaba a decir que había algo mucho más oscuro en el pasado de Jin.

—No sé si deba decirte. Simplemente no me creerías. —El chico desvió un momento la mirada.

Los hermosos ojos café del japonés mostraban sinceridad en sus palabras. No cabía duda de que había algo muy serio en su pasado, y más que curiosidad por saber, Lili quería ayudar. Jin no era como todos los demás chicos, por el contrario, él parecía tener mucha más sensibilidad.

—Jin, sé que apenas nos estamos conociendo, pero también sé que jamás me había sentido tan bien con alguien como me siento contigo. Es como sí llevara conociéndote desde hace mucho tiempo. Sólo quiero ayudarte, quiero demostrarte que eres mucho más que un cuerpo bonito; porque de eso yo ya me di cuenta. —La chica sonrió con dulzura—. ¡Confía en mí! Así cómo yo confié en ti aquella noche. Confié en que a tu lado no correría ningún riesgo y confié en que tú podías ser la mejor persona a la cual entregarle mi virginidad. —Los orbes azules de Lili miraban fijamente los rasgados ojos caramelo de Jin. ¡Ella tenía razón! Lili había puesto siempre más que toda su confianza en él, cuando con cualquier otra persona pudo correr grave peligro.

—Sólo hay algo que quiero preguntarte antes de contarte de mi pasado.

—Pregunta lo que tú quieras —respondió ella, muy confiada.

—¿Por qué me elegiste a mí para entregarme tu pureza? ¿Por qué no tu prometido? —Ambas preguntas le habían dado vueltas por la cabeza desde que descubrió que la chica sangraba en el acto.

—P-pues… —Emilie tartamudeó.

Esa pregunta había sido muy buena; incluso, el chico tenía razón. ¿Por qué él, que en ese momento era un simple desconocido? ¿Por qué no el hombre con el cuál había compartido ya cuatro años de su vida y con el que compartiría el resto de su vida también? El sólo pensar en esto último la hizo sentir un gran escalofrío. ¿Ella? ¿Pasar toda su vida a lado del pelirrojo? Por muy sorprendente que pareciese, esta vez la simple idea ya le resultaba repulsiva. No es que su prometido fuese feo; todo lo contrario, tenía fama de ser uno de los chicos más codiciados que se pudieran conocer. «Es que sencillamente yo ya no lo amo», pensó la adinerada chica, provocando que en un impulso cubriera su boca con ambas manos.

¡Al fin lo había reconocido! Por muy fuerte que se oyera, parecía ser lo más obvio. No obstante, la rubia no estaba segura de responder a tal pregunta con tal respuesta, así que buscó en lo más profundo de su corazón la respuesta para dicha interrogante y, sorprendentemente, la encontró bastante pronto.

—Yo no creo que te haya elegido precisamente. Más bien creo que, por alguna razón, te conocí en esta etapa de mi vida, y algo en mi interior, en mi corazón, me hizo tener fe en ti. Fe para entregarte parte de mí. —La ojiazul no hizo más que perderse en los ojos color caramelo del guapo chico y pasar sus delicados dedos por la frente y mejillas de él.

Jin tenía una piel que la consumía. Acariciar cada parte de él era como tocar el cielo.

Por otro lado, él sólo la observaba con su característica mirada penetrante, disimulando a la perfección la alegría que su corazón sentía con sólo tenerla cerca y haber oído su voz diciendo aquella frase.

«¿Será verdad que por alguna razón nos conocimos en esta etapa de su vida?», pensaba el pelinegro; pero aún nada estaba claro. Él sabía que Lili estaba sufriendo por alguna razón.

—Entonces, si no lo amas, ¿por qué accediste a casarte con él? ¿Es ése el dilema al que te referías momentos antes? —preguntó Jin, muy seguro de sí mismo y muy seguro de lo que había dicho.

—¿Q-qué? —interrogó la rubia, tartamudeando en voz baja mientras analizaba lo que su acompañante le acaba de decir y preguntar.

¿Cuándo dijo ella que no amaba a Hwoarang? ¿Es que acaso había pensado en voz alta? ¿O de plano era muy obvia ante tal situación?

—¿Por qué otra razón podrías no ser feliz? —complementó el chico.

—Yo… ya no sé si lo amo. Es extraño porque todo iba bien hasta que me propuso matrimonio. Me sentí rara, distante y no supe decirle que no. No quería hacerle daño —dijo Emilie, juntando lágrimas en los ojos. Su voz comenzaba a oírse quebrada.

Jin escuchaba con atención todas y cada una de sus palabras. En algún momento quiso suponer algo así, pero decidió omitirlo al notar el arrepentimiento de Lili aquella noche.

—Y luego apareciste tú. —El enfoque de aquellos hermosos ojos azules se dirigió al pelinegro, sin embargo, no había rabia en ellos; por el contrario, lo veía con amor, con esperanza.

¿Esperanza? ¿Era él el único que podía alejarla de aquel tormento?

—No sé cómo lo hiciste, sólo confié y me perdí en tus ojos, en tu aroma, en tu voz. Y ahora siento que no puedo estar lejos de ti —confesó la ojiazul, soltando las pocas lágrimas que tenía retenidas.

Posiblemente se arrepentiría de haber confesado aquello, pues esas cosas no suelen decirse tan deprisa. Sin embargo, ella lo único que quería era que alguien escuchara cómo se sentía.

Jin estaba anonadado. Jamás pensó que alguien como ella no sólo estuviera interesada en su bien estar, si no que ahora, le estaba diciendo que…

—¡Soy una estúpida! ¡Una estúpida por haberme enamorado del stripper de mi despedida de soltera! —Se exaltaba la chica al notar que no había ningún tipo de respuesta o reacción por parte de aquel chico que le interesaba tanto.

Después de todo, era verdad. ¿Qué respuesta más clara que esa ante su dilema? Ella no amaba a Hwoarang, tal vez nunca lo amó. Y justo bastante tiempo antes de su boda conocía a Jin, se entregaba a él. Se enamoraba de él. Por muy tonto que pareciese, ¿Quién dice que nadie se puede enamorar en tan poco tiempo si la otra persona es todo lo que buscabas en alguien?

—No debí buscarte. Debí haber imaginado que no dirías nada ante eso. Adiós, Jin. —Lili se levantó del banco, dispuesta a irse.

Ya se sentía bastante estúpida al abrirle por completo su corazón a aquel chico, y ahora él no hacía ni decía nada. Y ella que había comenzado a creer que realmente él había llegado a su vida por algún motivo en específico. ¿Eso la hacía una mujer ilusa? Probablemente.

Afortunadamente, Jin alcanzó a reaccionar.

Se había perdido entre su corazón y sus pensamientos.

¡Sí! ¡Ella le había dicho que posiblemente empezaba a amarlo! ¿Qué demonios estaba sucediendo? ¿Qué mierda estaba pasando con él? ¿Por qué no hacía nada? ¿Era así cómo se sentía enamorarse de alguien? ¡No quería perder a Lili! ¡No a ella! ¡Haría cualquier cosa por cuidar y jamás perder a, la que podía ser, la segunda mujer que amaba en su vida!

—¡Lili, espera! —dijo él a la vez que la alcanzaba y la tomaba por la muñeca.

No dudó en jalarla hacía él justo como aquella noche ella había hecho con él. Sin embargo, esta vez, ninguno de los dos abrazó al otro. Lili mantenía su mirada en el suelo mientras las lágrimas humedecían sus rosadas mejillas. Él sólo la observaba. Odiaba verla en ese estado, no podía dejar las cosas tal cual.

—Lo lamento, es sólo que, me quedé en shock. Por favor, Lili, entiende que jamás había sabido lo que es que alguien más me quisiera de esta manera, y entiende que eres la segunda mujer a la cual puedo amar; y es un amor muy diferente. —Las masculinas manos de Jin acariciaban las suaves mejillas de la rubia a la vez que sus dedos pulgares alejaban las espantosas lágrimas que le restaban belleza a su rostro.

—¿Y quién era la primera? —Sin pensarlo dos veces si quiera, la ojiazul apartó con enojo de su rostro ambas manos de Jin. ¿Cómo se atrevía a restregarle en la cara algo así y, peor aún, en ese momento en el que ella se estaba desgarrando por dentro? ¿Es que acaso era un cínico?

No sabía cuán equivocaba estaba.

—Mi madre —contestó él en postura firme mientras miraba a Emilie fijamente a los ojos, haciendo notar que no mentía. Su madre lo había sido todo para él; y Lili pudo sentir perfectamente aquello al notar el triste mirar de aquel chico que la volvía loca.

La chica se quedó sin habla. ¿Cómo pudo pensar tan mal de él? Estaba confundida a pesar de saber que empezaba a enamorarse del chico. ¿Por qué fue que no pudo contener los celos? Sí, tal vez él no lo había dicho de la mejor manera para que ella no pensara mal, pero le carcomía por dentro aquella pregunta, ¿por qué sintió tantos celos al oír eso?

«Si desde el inicio hubiera dicho que se trataba de su madre, todo pudo haber sido diferente», pensó. Sin embargo, el tema de la madre de Jin le inspiró curiosidad. ¿Cómo fue que no se preguntó antes lo que la madre del chico pensaba respecto a su trabajo? Tal vez no era el momento, pero debía saber.

—¿Dónde está ahora? —preguntó con sutileza y de manera insegura. No quería parecer una impertinente.

Los profundos ojos color caramelo de Jin apuntaron hacia el cielo y, sin apartar su vista de dicho espacio, fue que pudo contestar.

—Lejos de aquí.

¿Qué había querido decir con eso? ¿Qué se había ido, literalmente hablando? ¿O que simplemente algo o alguien se la había quitado para siempre de este mundo? Aún con confusión en su rostro y a pesar de los malos entendidos de hace unos minutos, Lili no podía alejarse de él, más aún ahora que podía sentir con mayor intensidad la enorme tristeza que invadía el joven cuerpo de aquel chico tan dulce y serio.

—¿Recuerdas que hace un momento te dije que no me creerías lo que te iba a contar? —cuestionó el pelinegro al notar en los ojos color cielo de Lili todas y cada una de sus interrogantes.

—S-sí —tartamudeó un poco la hermosa chica.

—Se trata de ella, de mi madre. —El stripper soltó un pequeño suspiro antes de continuar—. Esa parte de mi vida sólo la saben un par de personas; mi jefe, que es como mi padre, por todo el tiempo que llevo conociéndolo; y Mark, mi compañero de trabajo y único amigo. Sin embargo, ahora quiero que tú también lo sepas, Lili. Créeme que tú también significas mucho para mí y entiendo cómo te sientes con respecto a lo que me dijiste antes —confesó el chico, sin apartar su mirar del bello rostro de la ojiazul, quien lo miraba atenta y con ternura—. Todo sucedió cuando tenía siete años —prosiguió el chico—. Vivía junto con mi madre en uno de los suburbios de Japón, un lugar aparentemente tranquilo. Iba al colegio como cualquier niño de mi edad. Llevaba una vida normal…

¡Muy bien, niños! Ahora, quién me quiere decir, ¿qué es lo que obtiene el cuerpo a través del aparato respiratorio? —preguntaba sonriente la maestra de segundo grado de primaria a sus pequeños y tiernos alumnos. Fue una linda y adorable niña de cabellos negros atados en dos coletas y piel blanca quién alzaba contenta su pequeña mano—. Dime, Xiao.

¡Aire! —exclamó enérgica la pequeña a modo de respuesta con su voz aguda e infantil.

¡Exacto, Xiao! Ahora, díganme, ¿ustedes creen que el aire de las chimeneas de las fábricas y el de los basureros es bueno para las personas? —preguntaba una vez más la maestra con dulzura en su tono de dirigirse a los niños.

¡No! —contestaban todos alumnos al unísono.

¿Y qué me dicen del aire de los campos y montañas? —cuestionaba por tercera vez la profesora a la vez que recorría los pasillos formados por las sillas y mesas de sus alumnos.

¡Sí!

¡Perfecto! —Sonrió orgullosa la mujer—. ¿Quién más me quiere decir otro tipo de aire que le hace daño a nuestro cuerpo? —La profesora continuaba con su trabajo, esperando a que uno de aquellos pequeños levantara su mano para contestar a su interrogante. Esta vez, fue un niño de ojos color caramelo y cabello negro quién lo hizo—. Dime, Jin.

El humo de los autos —respondía el niño firmemente.

¡Así es, Jin! ¡Un aplauso para ustedes niños, lo hicieron muy bien! —decía alegre la maestra al mismo tiempo en que aplaudía y los niños la imitaba contentos.

La campana de fin de clases se hizo sonar. Rápida y desesperadamente, los pequeños metían algunas cosas en sus mochilas, e incluso, algunos corrían apresurados a un estante en el cual guardaban sus loncheras y chamarras.

Tengan una linda tarde, niños. Pórtense bien y no olviden hacer sus tareas —decía la maestra mientras veía a los niños corriendo felices a la puerta de salida del aula. Claramente, la profesora parecía amar su trabajo.

Todos los niños de aquella escuela corrían por el patio de la escuela. Algunos corrían hacia sus padres quienes ya estaban esperándolos, mientras que otros, simplemente jugaban y charlaban con sus compañeros de clase y amigos. Otros más y gracias a la seguridad de Japón y su gente, solían irse solos a tan temprana edad sin problema alguno, pues el lugar solía mantenerse tranquilo y sin ningún indicio de desastre. Ése era el caso de Jin.

—Todas las tardes después de la escuela debía irme solo a casa, pero no tenía miedo. Sabía que vivía en un lugar en el que el caos no se daba a notar. Además, también sabía que mi madre no podía hacerlo todo, incluso aunque quisiese hacerlo. Ella trabajaba bastante para darme lo mejor, aunque siempre que regresaba del colegio, ella ya estaba allí. Me daba de comer, solía ayudarme con mis tareas e incluso jugaba conmigo. Sin embargo, ese día no fue así…

Anda, Jin, ven a mi casa a jugar —suplicaba la pequeña pelinegra de su salón, aquella niña de coletas llamada Xiao.

Lo siento, Xiao, sabes que debo pedirle permiso a mamá —contestaba pacíficamente el niño, al menos hasta que alguien más interrumpió esa paz, empujándolo con la mochila mientras pasaba por allí.

Sí, mírenme, soy un niño ridículo y tengo que pedirle permiso a mi mami —decía en forma de burla cierto niño maldoso, un niño de tez pálida y pelirrojos cabellos.

¡Déjalo, Hwoarang! Siempre tienes que estar molestándolo. —Lo defendía la tierna niña de coletas pelinegras, inflando los mofletes con enojo.

¿Y aparte necesitas una niña que te defienda? Además de ridículo, eres un llorón. —Volvió a burlarse para después soltar una carcajada, a la cual, el pequeño Jin hizo caso omiso—. ¡Qué patético eres, Jin! —Se giró finalmente a mirar a la niña con una sonrisa socarrona—. Xiao, ¿a mí no me invitas? ¡Yo sí voy! —se anexaba el niño de nombre Hwoarang.

Pues ahora ya no, ¡por grosero! —decía Xiao, sacándole la lengua a su compañero de aula.

¿Ya ves, Kazama? ¡Todo es tu culpa! —El pelirrojo, enfadado, golpeó levemente el brazo de Jin; sin embargo, el pelinegro no deseaba tener problemas, por lo que, una vez más, omitió dicha acción y comentario.

Debo irme, Xiao, nos vemos mañana. —Se despidió cordialmente el niño de ojos caramelo ignorando la presencia del pelirrojo.

Está bien, Jin. Hasta mañana. —De igual manera se despedía la linda niña con excepción de que ella parecía triste por la partida de su amigo.

El pequeño niño de apenas siete años tomó rumbo hacia su dulce hogar. Caminó por los mismos lugares de siempre a la vez que saludaba a la misma gente de siempre, incluso algunos se detenían a charlar un poco con él, pues todo y todos en aquel lugar era cual sueño, sin una pizca de maldad, o al menos, eso le parecía en aquel entonces al pequeño.

Jin se adentró en el suburbio en el cuál vivía junto a su madre y subió por el edificio hasta el tercer piso; no obstante, algo ahí parecía fuera de lo normal.

La puerta de su departamento se veía levemente abierta, algo que le extrañó, pues su madre nunca solía hacer tal cosa; muy a pesar de que el lugar fuese tranquilo, nunca lo hacía. El pequeño, comenzando a asustarse, se aproximó a la puerta y la abrió lentamente. Todo parecía normal ahí adentro. Miró a su izquierda donde estaba una pequeña sala con un gran mueble en el cual se encontraban algunos libros, discos y, por supuesto, la televisión. Pasó su mirada al centro, justo en el comedor del pequeño hogar y, por último, giró su cabeza a la derecha, donde podía visualizarse parte de la cocina y un pasillo el cual daba a las habitaciones. Aún así, no parecía haber rastro de su madre y el apartamento parecía vacío.

¿Mamá? —preguntaba el niño en tono normal pero levemente asustado, esperando oír la suave voz de su madre. Para desgracia de él, nadie contestó—. ¿Mamá? —preguntaba nuevamente, esta vez adentrándose a paso tembloroso en el departamento.

Decidió girar a la derecha para tener mejor visión de la cocina, el lugar en el cuál siempre encontraba a su madre después de la escuela; y esta vez, sorprendentemente, no fue diferente, a excepción de que su madre yacía en el piso, con los ojos abiertos y la boca entreabierta, dejando escurrir por su barbilla un pequeño hilo de sangre.

¡Mamá! —gritó Jin, soltándose en llanto a la vez que corría hacia el cuerpo de ella. —¡Mami, despiértate! ¡Mami! —El pequeño sacudía un poco a la víctima, esperanzado en que ésta pudiera recobrar el sentido.

—Una vecina oyó mis gritos y fue hasta allí. Llamó a una ambulancia y a la policía, pero fue tarde, mi madre ya había fallecido entonces. Quisieron llevarme a un orfanato porque aparentemente no tenía a nadie más, pero a pesar de eso, logré escaparme de allí. No era mi lugar, y a pesar de todo, no me arrepiento de haberlo hecho. Los orfanatos en Japón no te dan muchas oportunidades de tener una nueva familia.

Lili, aún con las manos cubriendo su boca, escuchaba cada palabra de aquel suceso. Al final, no dudó en abrazar a Jin fuertemente y de manera sincera, añorando poder reconfortar las penas del stripper con ello, al menos un poco. Jamás imaginó que haya sucedido algo tan terrible como eso en su vida, por lo que, le resultó imposible no cuestionarse a sí misma si sus problemas eran realmente así de graves. No, claro que no lo eran.

Por su parte, Jin dejó salir una lágrima de su ojo izquierdo ante los recuerdos que comenzaban a invadir su cabeza y correspondió a aquél cálido abrazo. Por un momento, deseó no apartarse de ella, sin embargo, pudo sentir a la tierna rubia alejarse un poco para poder tomarlo por las manos y entrelazar sus finos y delicados dedos con los de él a la vez que le miraba con amor y dulzura.

—¿Y tu padre? —No pudo evitar preguntar. No podía creer que su padre no hubiese hecho nada al respecto, o al menos si es que tenía uno.

—Él nos dejó cuando yo era apenas un bebé. Algunos decían que murió, otros sólo decían que escapó. La verdad es que no me importa. A pesar de que mi madre hablaba bien de él, ella jamás mencionó su muerte, así que no creo que esté muerto, pero tampoco me interesa buscarlo —contestó el pelinegro con desgano; no obstante, a pesar de todo podía sentir como el simple hecho de estar cerca de Lili le daba fortaleza y tranquilidad. Además, haberle contado aquello le había dejado un alivio interno difícil de explicar.

—¿Qué sucedió después? ¿Cómo terminaste aquí? ¿Por qué dices que no puedes dejar ese empleo? —interrogó dulcemente la ojiazul, buscando entender mejor dichas interrogantes y darle a Jin todo el apoyo que ella pudiera ofrecerle en ese momento.

—Mi madre antes me había hablado de mi abuelo paterno, Heihachi. Decidí buscarlo y no tardé en encontrarlo. Él me dio apoyo, al menos al inicio. También me enseñó a luchar, decía que tenía que aprender a defenderme porque todos los Mishima, la familia de mi padre, han sido prodigios en ello. En fin, al menos puedo decir que gracias a eso se me formó el cuerpo, el cuál ahora me ayuda.

—¿Por qué no te quedaste con él? —Los orbes azules de la chica aún no se apartaban del rostro de Jin mientras aún acariciaba sus masculinas manos.

El chico simplemente bufó.

—Estaba mentalmente enfermo. Lo único que supe fue que odiaba a mi padre porque su esposa, mi abuela, falleció al darlo a luz. Lo culpaba por ello. Además, decía que era malvado y rebelde. Conforme fui creciendo empezó a visualizar a mi padre en mí, decía que era igual a él en todos los aspectos y me amenazó de muerte. Eso bastó para largarme de allí —contestó, un poco más tranquilo. Poco a poco, sentía que sus dudas se disipaban. Quería a Lili; era la única chica con la cual había sentido confianza y libertad de contarle su historia. Era como si la rubia se hubiese convertido en una hermosa razón por la cual seguir adelante—. Su mayordomo siempre cuidó de mí y le tomé mucho cariño; fue él quién me ayudó a escapar de allí y a salir del país. El día que llegué aquí fue cuando conocí a Marshall; quien es mi jefe y a quien considero mi padre. Estaba buscando dónde quedarme a dormir, pero ya era noche. Un par de sujetos intentaron asaltarlo y yo le ayudé a quitárselos de encima gracias a lo que Heihachi me enseñó. En agradecimiento, me ofreció quedarme con él y terminó adoptándome. Tuve suerte de que realmente me tocara gente con buen corazón, de lo contrario, no sé qué sería de mí ahora.

—¿Y Marshall te obligó a bailar? —preguntó Emilie, tratando aún de entender el por qué Jin no podía dejar aquel empleo.

De la misma manera que el pelinegro, Lili se sentía tranquila y afortunada, no sólo por haber conocido al chico, sino también por la confianza que él estaba depositando en ella al contarle todas aquellas cosas. Era como si cada momento a su lado fuese más y más especial. Ahora podía jurar que no había razón por la cual apartarse de Jin; aunque, tal vez una…

«Hwoarang», pensó la chica con desgano.

—No, él nunca hizo tal cosa. Al contrario, él se oponía completamente a ello. Siempre fue y ha sido amable, prácticamente él me crio por el resto de mi niñez y mi adolescencia. Esa misma noche que lo conocí y estuve en su casa, vi una foto en particular. Me contó que había perdido a su hijo y a su esposa años atrás; tuvieron un accidente automovilístico, aunque él siempre creyó que había inconsistencias en lo ocurrido. Fue entonces que entendí porque me trataba de esa manera, el por qué quería ayudarme. Siempre hizo mucho por mí, así que yo también quise ayudarlo, especialmente porque pasaba por una mala racha económica. Le pedí que me enseñara a bailar, a hacer todo lo que se hace ahí. Al principio no quiso, pero terminó aceptando. No quise ser una carga para él, además, el club tampoco estaba en su mejor momento, por eso, empecé a aceptar hacer algo más que sólo bailar. —La mirada color caramelo de Jin parecía perderse en cada recuerdo, dejando claro que el pasado aún seguía afectándole de alguna manera.

—Imagino que no debió ser una experiencia muy agradable. —La ojiazul aún estaba sorprendida por dicha historia.

Era como una película, ¡una maldita película de terror!

Ella lo iba a ayudar, quería hacerlo sentir querido y amado, quería demostrarle que su vida no acabaría en un caos, que él podría tener una verdadera razón por la cual luchar y vivir.

—No, no lo fue —suspiró con desgano—. Mi primera vez fue con una señora casada y con hijos, se obsesionó conmigo, incluso me pedía que me fuera con ella y que fuera su amante o algo así. Al final, su marido lo supo y afortunadamente no la volví a ver. Después pude hacerme de mis cosas, el departamento que ya conoces, el auto… en fin, todo. Ya no necesitaba seguir haciendo eso y en realidad me repugnaba, así que esa etapa ya pasó.

—Jin. —Lili lo miró, con dulzura y preocupación a la vez. No dudó en acariciar un poco más sus manos y su rostro en señal de cariño y apoyo—. Lamento tanto todo lo que has tenido que pasar. Por favor, déjame ayudarte —mencionó ella casi a modo de súplica—. Como ya te dije, has dejado una huella enorme en mí y en mi vida, y no quiero que sigas sufriendo. Me estoy… —Hizo una pequeña pausa tras tartamudear, insegura de decir aquello por miedo a lo que él llegase a pensar; sin embargo, lo hizo—. Me estoy enamorando de ti, aunque parezca una estupidez. Yo quiero ayudarte. —Lili le mostró una dulce sonrisa, una de esas cálidas sonrisas que le hacían el día mucho más ameno—. Sólo hay una cosa que no me has dicho. Tu madre, ¿quién fue el responsable?

—Créeme que, si lo supiera, el maldito ya habría sufrido el mismo destino —mencionó el pelinegro con rabia en su tono de voz.

—No, tú no debes pensar así. Entiendo que no debe de ser fácil, pero tú no eres así. —Emilie postró su suave y delicada mano sobre la mejilla del japonés para después acercar su rostro al de ella y acortar notablemente la distancia—. Lo vamos a encontrar. Mi Jin. —Con un leve tartamudeó en éstas últimas dos palabras, ambos pegaron sus frentes y se obsequiaron el uno al otro una tierna sonrisa en la cual se demostraban todo el cariño que habían sembrado por el otro en tan corto tiempo. Ambos habían anhelado ese momento una vez más; el momento en que pudieran unir sus labios y sus corazones nuevamente.

Jin la tomó por la cintura mientras ella aún se perdía entre su masculino aroma y sus ojos color caramelo. Rozaron sus labios, ansiosos por probarse mutuamente. Poco a poco, Lili permitió la entrada a la lengua del guapo pelinegro, dejándolo explorar cada rincón de su boca. Ella amaba la manera en la que Jin la poseía, la manera en la que dominaba cada parte de su cuerpo. Posiblemente, él era esa persona a la cual se había resguardado, no sólo en su virginidad, si no también, en su corazón.

Sin embargo, a muy poca distancia de ahí, entre los árboles y arbustos de aquel parque, un par de ojos se centraban en la pareja. Enfocó la cámara de su celular en ellos disfrutando de aquél pasional beso para que, con un simple clic, ambos quedasen grabados en aquella imagen.

—Así que eso era, ¿eh? Me las vas a pagar, Lili Rochefort. Me las vas a pagar muy caro —soltó con rabia en la voz aquella misteriosa persona; evidenciando que la chica rubia sufriría y llevaría su vida a la ruina y al dolor.


¡Chan, chan, chan, chan! xD Empiezan las apuestas, ¿quién vio a nuestra pareja estrella? ¡Creo que ya viene lo bueno! Jajaja, me encantó escribir este capi, lo centré mucho en ellos, :3 y en la triste y miserable vida de Jin. v.v ¡Sí! ¡Seguro que ya se dieron cuenta! Hwoarang y Jin se conocen desde los siete años, *w* y quien no lo había notado —no creo que haya alguien, ¿o sí? O.O—, lamento mucho darles el dato. xD Ahora ya lo saben. UwU

Espero este capítulo haya sido de su agrado. Sí, ya sé, actualicé veinte años después, pero no dejé colgada la historia. :3 Gracias a todas aquellas personas que se toman el tiempo para leer este fic y, más aún, a los que se toman otro tiempo más para dejar reviews, poner en favoritos y/o alerta. No pierdan la fe en mí, créanme que amo todas mis historias y compartirlas con ustedes me hace muy feliz.

Sin más que decir, —creo (?)—, les deseo que Dios los bendiga mucho. 3

Un abrazo fuerte a todos y cada uno de ustedes. ¡Los amo! ¡Ah! xD :3

Venuz.