Según mis fuentes, se trata de folklor austriaco así que al fin encuentro algo de Austria para continuar esta serie.


Postrado en la cama, Austria medita una última vez acerca de su vida mientras estrecha débilmente entre sus manos las de su esposa. Sabe que está al final de su camino. Lo comprueba ahora que puede ver que no están solos en la habitación. Además de su esposa, hay una mujer de pie cerca su lecho de muerte. Hace tiempo que se ha presentado y le ha anunciado por última vez lo que de antemano ya sabía. Su muerte está próxima. La noticia lo tomó con menor aprehensión que cualquier otra que le ha dicho desde que se conocen, o sea, desde toda la vida. Su esposa ya se lo había dicho en un tono muy parecido: cada día olía más a muerte que el anterior. Ver a su fylgja de esta manera y en esta forma sólo lo hizo definitivamente inexorable, inevitable.

— Austria —la voz de su esposa suena distante.

Austria sabe que su esposa está triste por su partida, pero no dirá nada que lo altere o preocupe innecesariamente. Él no va a estar ahí para ella sienta lo que sienta. Esa es una dura realidad en la que no quiere detenerse a pensar. Ya se han despedido lo suficiente. Ella está preparada. Lo ha hecho toda su vida, pese a la incomprensión de los demás. Sólo les queda disfrutar sus últimos momentos juntos.

— Lo sé, Mexiko —la interrumpe Austria, no hace falta decir más—. Tuve una buena vida. Especialmente porque tú estuviste en ella.

— Eres muy importante para mí también, Austria —ella se aferra a sus manos proveyendo de la fuerza que a él le faltan.

Austria siente sus emociones debajo de tanta tranquilidad. Nota su esfuerzo por permanecer impasible. Algo que le resulta difícil cuando tiene una verdad tan contundente frente a sí. Tal y como cuando se conocieron.

— Siempre daré gracias por ese viaje, Mexiko —declara en un hilo de voz que no reconoce como suyo.

— Sé que ella está aquí —le informa su esposa—. Quiero agradecerle a ella su intervención.

— No teje el destino, Meine Liebe —le recuerda con dulzura.

— Pero te empujó a él, Tlasojtli —insiste ella con vehemencia—. Fue la primera vez que el olor del Mictlán me trajo algo bueno. Fue especial, fue una señal para mí.

Austria sonríe débilmente. Aunque nunca lo entendió que ocurrió desde su perspectiva, sabe que el día en que se conocieron fue muy importante para ambos. Comprendiendo la leyenda, Austria podría decir que sentir la fylgja y oler la muerte son casi lo mismo.

Aquella vez decidió viajar en tren y no tomar un avión. Por alguna razón parecía más atractivo hacer un viaje más largo, con muchas paradas y ajetreado en tren que llegar en poco tiempo a su destino en la comodidad de un transporte que no parecía a punto de desbaratarse entre estación y estación. Lo tomó con buen humor y se acomodó lo mejor que pudo en su asiento, alejado del resto de los pasajeros. Contempló incluso la idea de tomarse una siesta, pero a las pocas estaciones se enteró de que viajaría con alguien más en el mismo compartimiento. Eso extrañamente, porque valoraba su espacio y soledad, le alegró.

— Tu destino tiene forma de águila —fue lo primero que le comentó la persona que tomó asiento frente a él.

Austria no se molestó en reaccionar desfavorable al peculiar saludo. Al contrario, sintió en ese momento que algo por fin encajaba en su vida. Algo que su águila siempre le había inspirado al fin adquiría sentido. Por primera vez se consideró como todo el que lo conoce suele considerarlo: una persona con suerte. Sus ancestros habían considerado a su fylgja como una compañera de armas que les seguía y guiaba en la guerra, pero hacía tiempo que su familia enfrentaba batallas distintas, menos sangrientas, más sutiles. Ahora sólo eran considerados personas con suerte, o eso decía la gente. Fiel a la tradición familiar, Austria siempre parecía tomar las decisiones adecuadas y parecía poder sobrellevar lo que fuera que el destino le tuviera preparado. Sin embargo, lo único que pasaba era que Austria, como sus ancestros y los miembros de su familia, podía sentir a, o algo cercano a comunicarse con, su fylgja. Con un poco de anticipación, puedes prepararte para lo que el futuro te depare. No es que puedas hacer maravillas o evitar el destino, como a ojos de los demás parece. Más bien, puedes sentir la libertad que es poder decidir cómo aproximarte a él.

— Es un águila majestuosa. Siempre he sentido una inclinación especial por las águilas. Son mi animal favorito —continuó ella sin darle tiempo a responder—. Es un alivio.

Austria la miró extrañado. Su discurso careció por completo de sentido, pero eso que dijo al final fue el colmo. ¿Un alivio? No entendía nada, pero algo en el rostro de ella le dijo que era algo muy importante. ¿Es que acaso ella tenía su propia fylgja? Tenía que preguntar muchas cosas. No podía desperdiciar la oportunidad de hablar con alguien, fuera de su familia como ella, que parecía comprender algo de su suerte.

— Ser un tecolote nunca me ha traído tanta suerte —le ofreció ella por toda aclaración—. Puedo llegar a ser muchas cosas, pero mi nahual nunca dejará de ser un tecolote. Es reconfortante saber que alguien más comprende el auténtico sentido de saber algo tan inevitable del futuro.

—;Somos compatibles —se le escapó a Austria como si le hubieran bastado las palabras vagas y crípticas de ella para entender completamente la situación en que se hallaban.

Él sabía que era difícil convivir con personas que no comprendían lo que eran. Simple y sencillamente no puedes compartir nada con alguien que no entiende de qué va lo que le rodea. Pero conforme transcurría el tiempo conversando con ella, que no era exactamente igual a él, todo se deslizaba, todo tenía sentido, aunque no lo entendiera. Tanto así que intercambiaron algo más que palabras convencionales y superficiales por un tramo del recorrido que a Austria se le fue volando hasta que ella se fijó en la ventana e interrumpió la anécdota que le estaba contando.

— Me tengo que bajar en la siguiente estación. Fue un placer encontrarnos con usted, Austria.

— Espere, Mexiko. Continuemos en contacto...

Desde entonces su relación se dio de la manera más espontánea. Austria sospechaba que ese viaje no había sido mera casualidad, pero su fylgja no entraría en detalles. Sólo le diría que algo debía ocurrir, pero no explicaría algo más. Austria sólo tomó lo que le ofrecían, como hacía siempre, e intentó aprovecharlo al máximo. De ahí que disfrutó bastante de cada momento que pudo compartir con la mujer que más tarde se convirtió en su esposa.

— No queda más que pedir por que, de continuar nuestros caminos en otra vida, también pueda encontrarte en ella —alcanza a murmurar él con mucho esfuerzo.

Austria no alcanza a escuchar su respuesta:

— Te estaré esperando. No dudes de eso.

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