Años habían pasado desde el fin de la guerra, el reinado del Rey Gangrel había ayudado a que Plegia regresase a sus épocas doradas. Habían ocho años, el Rey había permanecido en su trono aun si el tiempo continuaba corriendo. Con el cumpleaños número dieciséis de la princesa, también cabía la posibilidad de que pronto sus días como Rey estuvieran contados.

Nunca se hizo la coronación pública y oficial de esta, el Arzobispo había logrado denegarle esa posibilidad con excusas con su religión. Su Señor Grima necesitaba recuperar su fuerza, y la corona le pertenecía de todos modos como para pretender que las coronaciones de mortales serían más importantes que lo que era necesario para una divinidad. Sin embargo, el estar tan inmerso en su deseo de servirle a Grima y entregarle todo su poder, venía con el precio de que la relación que una vez existió con su hija había cambiado para siempre.

Las relaciones con el reino vecino, Ylisse, eran de constante tensión en general. Emmeryn había hecho sus esfuerzos para crear un tratado de paz que evitaría cualquier tipo de guerra, pero estos eran denegados o ignorados por el Rey.

Las constantes armas que estaban siendo creadas con la sangre de Grima eran órdenes directas de él, y en aquellos momentos el Arzobispo se encontraba en la sala del trono junto con la princesa.

Robin había pasado todos esos años siendo utilizada para experimentos, que a medida que los años iban pasando estos aumentaban en su intensidad y también el tiempo con los que los impartían. Solo había cambiado una cosa de estos: el lugar donde eran realizados. Gangrel había prohibido que se utilizase el sótano para algo tan asqueroso como eso, en su lugar estaba jugando con burla al exigir que esos experimentos se realizasen en el trono mismo.

Trono en el que la princesa estaba encadenada de pies a cabeza, vestida con un traje preparado justamente para el recipiente de Grima. Sus manos estaban en cada lado del trono, su cuello atado de forma que no pudiese apartar la mirada del Arzobispo.

Hacía muchos años que la princesa había dejado de luchar. La sangre se deslizaba por sus dedos, iluminando los pentagramas con la magia que hacía brillar las armas.

"Muchas gracias por su increíble bondad, mi Señor." El Arzobispo estaba arrodillado frente al trono, ante la mirada perdida de una Robin agotada.

Ni siquiera el aura dragontina rodeaba su ser, mucho menos la marca brillaba. Era solo su cuerpo, demacrado, dejando que su sangre fuese extraída. Si llegaba a moverse dolería más de todas formas…

"Estamos cerca de que usted pueda usar este cuerpo que ofrecemos a usted. Falta muy poco para su cumpleaños… tendrá la fortaleza para soportar su presencia. Estaremos felices de coronarlo como nuestro Rey y nuestro Dios, mi Señor."

¿Por qué luchar? Su propio padre tenía sus ojos sobre ella, pero no le estaba viendo de todos modos. Hacía mucho que no le veía en realidad. Tanto tiempo que tampoco deseaba continuar preguntándose si lo merecía. En realidad, ¿qué más daba? Una vez Grima tomase su cuerpo nada de eso volvería a importar, podría descansar al menos… o al menos le tratarían con un poco de respeto.

Aversa estaba al lado de Validar, tomando uno de los grimorios para poder ensayar con este directamente.

"La magia es imponente… ¿por qué no hacer un sacrificio para verificar su letalidad?" Preguntó, elegante. "El Aquelarre estará feliz de recibir esto… con su permiso, yo me encargaré de finalizar el envío."

Muchas de las casas nobles de Plegia tenían armas nacidas con la sangre de Grima, y nuevos estudios habían nacido para aprender a hacer uso de esa fuerza de una forma segura para un mortal. El poder de un Dios era capaz de infinito poder, pero sólo hay tanto que un mortal puede hacer sin sacrificar sus propias manos.

Gangrel entró al sitio, molesto. Los años pasaban demasiado rápido, pero las personas pocas veces cambian junto con ellos.

"¡Necesito que esas armas funcionen ahora! Ylisse ha estado en una posición estable, ¡es el momento perfecto para comenzar otra guerra! ¡Más soldados! ¡Inmortales además! ¡¿Cuánto tiempo falta para que lo logren, inútiles?!"

"Solo hay un poco de lo que podemos hacer con la sangre de Grima, mi señor." Respondió Aversa. "Es necesario que el recipiente también descanse. Además, también es necesario que preparemos las futuras nupcias."

"He dicho mil veces que no podemos desposar a un Dios, ¿no me han escuchado? La blasfemia que eso traería a nuestro reino sería la segunda desgracia más grande que podríamos sufrir. ¿Están dementes pidiendo eso durante años?" Era lo único, en realidad, a lo que Validar no había dado su brazo a torcer.

Aversa soltó un bufido, le quedaba aún poco tiempo para…

"Entiendo sus preocupaciones, mi Señor. Pero aún no ha pensado en la posibilidad de que los vástagos que pueda traer nuestro Dios… aumentaría nuestro poder tener hijos directos de Grima."

"¡No! ¡Blasfemia! ¡¿Cómo te atreves a…?!" Tomó un respiro, calma. "... todas esas propuestas debes hacérselas a Dios, no a mí. Haremos según ordene su voluntad."

Si Aversa alzaba su vista para ver a la princesa, solo podía sentir lástima. Era un cascarón vacío, ¿qué importaba lo que ella pudiese pensar de esto? Habían cumplido con el objetivo de suprimir su voluntad de una forma tan suave, tan simplemente dulce…

"Si crees que puedes controlarme… si crees que tus malditas ideas van a evitar que te destruya…" el aura comenzaba a emanar de su cuerpo. "Todo está perdido para ti, gusano. ¿Crees que puedes hablar en mi presencia como si fuera solo una rata más de tu laboratorio? Ha… haha…" su voz era débil, el cansancio en el cuerpo era palpable de todos modos. Validar sintió emoción al escucharla, Gangrel solo pudo expresar su asco.

"Ah vaya, despertaron a dios. Ustedes lidien con esto mientras me entreguen mis armas." El Rey abandonó la sala, dejando a Aversa a solas con aquel dúo.

Ella se acercó hacia el trono, arrodillándose.

"¿Qué desea de mí, mi Dios? Hable, que soy su sierva."

"Quítame estas malditas cadenas." Ordenó, y así hizo Aversa. Una orden directa de Grima era mucho más fuerte que cualquier orden que podía dar el Arzobispo, o incluso el mismísimo Rey.

"Mi Señor" esta vez fue Validar. "Todos estamos listos para la destrucción de este mundo, ¿ha logrado apropiarse del cuerpo?"

"Haha… ¡HAHAHAHAHAHAHA! ¡NI SIQUIERA ESTÁ LUCHANDO! ¡DESTRUIRÉ A TODOS Y HARÉ CENIZAS ESTE MUNDO!" Pero a la vez, estaba ignorando al Arzobispo que no cabía en su gozo. Las pocas veces que su Dios se había manifestado habían sido la divina confirmación de que las cosas habían resultado de forma correcta, que todo el camino que tuvo que transitar habían valido la pena si él lograba poseer por completo el cuerpo preparado para Él.

El Dragón Caído se levantó, las heridas en su cuerpo fueron sanadas inmediatamente por su propia habilidad. Sin embargo, hacerlo fue también el cese momentáneo del dolor que le había alimentado en todo ese tiempo. Grima y Robin para aquel momento no se habían fusionado, ni siquiera habían llegado a una comunión completa o tenían una voluntad que fuese compartida. Nada de eso. Por ello, al mínimo momento de suma paz que su cuerpo podía disfrutar, era también el mismo tiempo en que Robin retomaba el control de su cuerpo.

Desgraciadamente, eso significó al mismo tiempo que tras haberse levantado, las náuseas y ardor fueron causantes de que cayese al suelo. No habían heridas físicas que frenasen sus movimientos, a excepción de la constante pesadumbre que agobiaba sus sentidos.

Sin embargo, para su sorpresa, fue el Arzobispo quien se acercó a ella. No esperó confirmación o que le dijera la mirada, sino que por el contrario le ayudó a levantarse para ayudarle a salir.

"..."

El silencio fue la respuesta de la chica, quien desvió su mirada hacia el suelo. No quería encontrarse con los ojos de su padre, si de todos modos ni siquiera se atrevía a verla directamente.

"Mañana… mañana es tu cumpleaños, ¿verdad? ¿Quieres descansar todo este día?" Validar preguntó con delicadeza, misma al ayudarle a caminar. La amabilidad de él fue como una caricia de sorpresa. "Sé que todo esto ha sido duro para ti, mucho más que para cualquiera… pero ya todo esto está a punto de terminar, cariño. Me he dado cuenta de lo mucho que te has esforzado…"

"... ¿sí?" Robin sintió un cosquilleo al que le invitó a que sus ojos se encontrasen con los de él. "¿Ya… ya no más? ¿Vamos a parar?" Estaba suplicando, había sobrepasado el punto del hartazgo hacía mucho tiempo atrás. Tener la oportunidad, más que nada proviniendo de él, era un alivio que se manifestaba en el brillo que sus ojos mostraban. Hacía mucho tiempo no sentía algo parecido a una profunda calma que pendía del hilo de la confirmación.

"Vamos a parar. A partir de mañana las cosas serán diferentes de todos modos. Es tu cumpleaños… ojalá tu madre pudiera estar con nosotros."

Le llevó hacia su habitación, dejándola sobre la cama tras haber verificado que no habían daños que fuese necesario tratar. El ser la otra mitad de Grima le brindaba una gran resistencia, sabía que de todos modos no habría nada que pudiese lastimarle de una forma tan funesta. ¿Estaba mal para un padre preocuparse de todas maneras?

Robin sintió su palpitar contra su pecho de una forma cálida, incluso pudo retirar tantas cosas de su atuendo que le incomodaban. ¿Tantas cosas necesitaba Grima como para estar cómodo consigo? Estaba segura de que ninguno de los dos había decidido estar el uno con el otro. En realidad, tenía la corazonada de que si cualquier otra persona pudiese ser su receptáculo, este lo aceptaría sin dudarlo.

"Creo que ella estará feliz solo con saber que las cosas van a ser diferentes ahora", respondió Robin, agotada. Ni siquiera pedía por agua o por comida, sabía que de todos modos se le sería denegada esa petición.

"Descansa ahora, y recuerda recuperar tus energías para mañana." Validar hablaba con ternura, una que no había recibido en tanto tiempo que generó calma en una confundida princesa.

Era como regresar a casa luego de un largo viaje, cuando los pies están agotados y el alma desea solo un sitio en el que recuperar energías. Su lugar seguro había sido destruido hacía muchísimo tiempo atrás, quizá el peor sacrificio de que una guerra terminara fue el hecho de perder su refugio al cual acceder. Robin no había sentido lo que era extrañar su hogar hasta que su padre le observó con ternura una vez más, cuando le aseguró que las cosas estarían bien a partir de ahora…

Quizá valía la pena vivir para conocer el futuro que le esperaba.
Quizá su padre solo necesitó un poco de tiempo para ser fuerte.

La noche pasó rápido, al igual que los preparativos que tomaron lugar desde la hora más temprana del sol. El castillo fue recibido con la servidumbre preparando la Sala de Baile, aquella utilizada para los festines más extravagantes que podía brindar la Corte a su poblado. De hecho, tan solo la princesa misma era ignorante del tiempo que aquellos preparativos tomaron, para celebrar el alba de su cumpleaños. Y por tanto, la fecha donde según la ley de Plegia, podía ascender al trono.

Robin despertó con un sentimiento cálido en el pecho. No solo su padre había venido a saludarla muy temprano en la mañana, sino que las pocas sirvientas que le habían acompañado desde su más tierna infancia entraron a su recámara con comida para desayunar hasta el hartazgo. No solo era el hecho de tener comida que en sí mismo era un gozo, sino que habían sido los platillos que desde siempre fueron sus favoritos.

La luz entraba a su habitación, la marca de Grima no ardía con tanta fuerza esa vez. Además, su propio padre había prometido que los experimentos se habían acabado, que su propio derramamiento de sangre no sería necesario nunca más.

Al observar por la ventana, también el palacio se notaba con mucha más vida. Podía escuchar algunas risas, también observar gestos de emoción en los rostros de los guardias.

"¿Todo por mi cumpleaños…?" Dijo para sí misma, emocionada. Si todos estaban felices por su ascenso, e incluso ya había recibido felicitaciones mientras los preparativos tomaban lugar… ¿Por qué no ayudar desde antes, si era posible?

El vestido ceremonial era pesado e incómodo, pero el abrigo de su madre era lo suficientemente cómodo como para vestirla durante la mañana y la tarde. Las fiestas ostentosas de ese nivel siempre se celebran por la noche, y si iba a ayudar no era necesario estar tan elegante desde tan temprano. Además, en un día donde sentía esa alegría en su corazón, tener algo tan cercano que había pertenecido a ella le traía algo de paz.

Prometo visitarte más tarde, mamá. Pensó, saliendo de su habitación junto con los platos que había ya vaciado.

¿Por qué no hacer de la primera parada la cocina, y saludar a aquellas que no pudieron subir?

"¡Buenos días!" Exclamó con grandes ánimos la princesa, "no quería darles más trabajo del necesario así que… traje esto, ¿lo dejo por aquí?"

"Buenos días, Milady." Respondió la cocinera en jefa, a quien Robin conocía más que bien. "No bajabas hasta acá hace tanto tiempo… Feliz cumpleaños."

"¡Feliz cumpleaños, Majestad!" Agregaron otras chicas, aunque todas mantuvieran su distancia.

La sonrisa en sus labios no hacía más que crecer, como la emoción de un infante que recibe una buena noticia, o solo un deseo que fue concedido tras mucho tiempo de esperar un milagro.

"Muchas gracias, gracias…" Tanto tiempo había pasado desde la última vez que le felicitaban así, que incluso celebraban con ella el hecho de estar viva, que hasta el gesto más simple era una caricia a las heridas que se convirtieron en cicatrices.

"Me imagino que no ha sido sorpresa ahora que estamos celebrándole aún antes del gran momento, Milady", la jefa volvió a hablarle, acercándose para rodear a la princesa en un abrazo.

Uno que avivó la candidez que percibió en sí desde la mañana, y que gustosa correspondió.

"Me gusta, quisiera ayudar a ser posible… ¿Puedo hacer algo por aquí? El desayuno también estuvo delicioso y creo que ahora me sobran energías para todo, ¿por favor?"

"Niña, ¿cuándo te he dicho que no? Ponte un delantal y ven a ayudarme, el Rey Gangrel tiene gustos demasiado peculiares a la hora de comer.

El resto de la mañana continuó tan bien que la princesa se sentía parte de un sueño, uno en el que finalmente las cosas comenzaban a sonreírle un poco. Tal vez no todos los días serían así, pero al menos poder ayudar de una u otra forma o hasta hacer algo tan simple como dar consejo en cómo hacer las cosas de una forma más eficiente; hacía que ese día fuera mejor que muchos otros.

Era gracioso, cuanto menos irónico también, el cómo a pesar de su posición y título realmente jamás fue necesario que actuara como la princesa que era. Pasó su día ayudando con la comida, ordenando los establos e incluso revisando que todos los guardias tuviesen las armas necesarias para su puesto. ¿Por qué no? Sus ánimos eran tan grandes que cualquier cosa que pudiera hacer, por más pequeña que fuera, era divertido de llevar hasta el final.

Tal como la mañana le sonrió con alegría, la tarde fue de la misma manera. Ni el Rey ni el Arzobispo estaban en el palacio y tampoco le importaban mucho, lo más seguro es que estuvieran preparando otro gran sinnúmero de cosas para todos los invitados que llegarían con el pasar de las horas.

Robin estaba paseando con tranquilidad durante los pasillos, disfrutando el no sentirse cómo una prisionera en su propio hogar.

"Feliz cumpleaños, Su Majestad", mencionó Aversa quien venía en dirección contraria a ella.

Por supuesto que para ese punto ya se conocían, aunque fuese en circunstancias más lamentables como eran las audiencias con Grima, o simplemente por verse en situaciones similares como esa.

"Muchas gracias, Aversa."

"Nunca antes la había visto de tan buen humor, ¿tal vez por la fiesta que se hará esta noche?"

"Es correcto. De hecho, quería agradecerle también al Rey personalmente que se tomase la molestia de organizar algo como esto. ¿Tienes alguna idea de cuándo va a regresar?"

Aversa sonrió ladina, negando con la cabeza.

"Me temo que su ubicación también es un misterio para mí, pero si ese es su mensaje me encargaré de que mi señor lo reciba… Aunque me sorprende ver que esté dispuesta a formar parte de la celebración de hoy. Imaginábamos que sería parte del trabajo convencerle de que se sentase junto con nosotros, aunque la fiesta misma sea en su honor." Las palabras de ella eran filosas, su tono demasiado soberbio y hasta frío. Una sensación tan abrasiva que borró la sonrisa de la princesa de su rostro, como perfectamente era su intención.

"... Claro que quiero formar parte de mi cumpleaños, hace mucho tiempo que no celebro uno como debería…"

"Y me imagino, por supuesto. Ha sido difícil cumplir con su papel… por Grima, ni me imagino lo duro que se debió sentir. ¿Por qué no le acompaño a su habitación y le ayudo a vestirse para la ocasión, Majestad?"

"... ¿De verdad?"

"¡Pero claro! A pesar de mis años acá jamás hemos podido convivir. Me encantaría, realmente… conocerla mucho más…"

La voz de la chica le generaba escalofríos a la princesa, cuya respuesta tan natural fue contener un suspiro.

"Si no te molesta, subiré yo misma… aún tengo que ir a otro lugar…" se excusó.

"Entiendo. Entonces, con su permiso…" Brindó una reverencia antes de continuar su camino, mientras Robin prefirió avanzar rápidamente por el resto del pasillo.

Pero en realidad, Aversa no se dirigía a ningún sitio en particular. Tras de ellas había permanecido una tercera figura que no se había involucrado en la conversación, una que de hecho se detuvo nada más para escuchar.

"Arzobispo", dijo la chica con diversión. "Debo asumir que los preparativos han quedado más que listos, ¿no es así?"

"¿De qué hablabas con nuestro Señor?" Cuestionó tajante, quizá hasta impaciente.

"Nada tan interesante, al parecer será un placer para Él asistir al rito de hoy. Le he visto todo el día como ordenó, no ha parado de ayudar hasta con la tontería más banal." Aversa no contenía la burla con la cual mencionaba esas palabras, a sabiendas que el tono ayudaría a desaparecer la ansiedad del adverso.

"Bien. Maravilloso. Has cumplido tu deber bastante rápido, eres una muy fina estudiante… prefiero que no lo dejes solo de todas formas. Los invitados no deben tardar."

"Y será mi placer…" dio una reverencia, mano sobre su pecho. "Su crueldad me asombra, si me permite mencionarlo. Ser capaz de matar a su propia hija el día de su cumpleaños, frente a todo el reino para Grima… ah, de solo pensarlo se me eriza la piel."

"Es solo el paso final a lo que hemos alargado durante tantos años. Todas las condiciones para su renacer se cumplen el día de hoy. Es finalmente lo que toda Plegia ha estado esperando, hoy es un día de verdadero gozo." No había pizca de rencor o remordimiento en sus palabras, como tampoco existía duda alguna. "Sé que a mi fallecida esposa le habría encantado estar presente el día de hoy, finalmente ver el renacer de nuestro Dios Grima. Es un sacrificio más que adecuado para la noche que nos espera…" su mano buscó la de la chica, quien sonreía ladina. "Además, en ti he encontrado la mejor hija que cualquier padre podría desear."

Oculta contra la pared aledaña al pasillo, Robin escuchaba aquella conversación con perplejidad. La felicidad que durante todo el día había logrado acumular como para estar en una fiesta cayó al suelo, despedazada mil veces con la facilidad de quien rompe un cristal. Era incapaz de mover sus manos, sus piernas temblaban al punto que sentía que podía caer en cualquier momento. Su padre, su propio padre, quien había mostrado un poco de amabilidad consigo… no, el primer hombre en quien llegó a confiar ciegamente, a quien observaba como a su ídolo y quien había formado parte de su refugio hablaba sobre matarla. Ofrecerla por completo a Grima, que ella misma dejase de existir. Mas no fueron aquellas palabras las que destruyeron su ser, y las autoras de las silenciosas lágrimas que no pudo contener por más que lo intentó. No era el hecho de que su vida estuviera en peligro, ni tampoco ser un sacrificio para el Dios de toda una región, ni siquiera que su cuerpo jamás le perteneció en primer lugar: sino que llamaba hija a otra persona. En todo ese tiempo en que ella había ansiado y deseado tenerlo a su lado, que todos esos momentos de soledad fueran llenados con los abrazos que alguna vez le brindó, que el dolor fuese acallado al menos con su compañía y tantas veces que pidió en silencio al menos un abrazo donde el tiempo y las heridas que ambos habían perdido entre ellos desapareciese; mientras ella rogaba que él volviese por ella, él veía en alguien más a una hija.

¿En todo ese tiempo que ella ardió en deseos de que el dolor parase, él estaba dándole a ella los abrazos que jamás le dio? ¿Todos esos años de agonía donde imaginó que él no superó jamás la muerte de su madre, le ofrecía su guía paternal a alguien más? ¿En aquellas ocasiones donde le fue prohibido llorar la muerte de su familia, él buscaba otra?

Sal de aquí, gritó una voz en su cabeza. Vete. No es la celebración de tu cumpleaños, no van a coronarte, no quieren que seas su reina, ni siquiera su princesa. Vete. ¡Vete!

La urgencia de esta fue la única que descongeló sus paralizadas piernas, y si bien las lágrimas continuaban cayendo por sus mejillas por la tristeza, también estas reflejaban una resolución que faltó en ella durante todo ese tiempo.

Tengo que salir de aquí. Tengo que irme.

Dio un paso hacia adelante.
Luego estos se convirtieron en un caminar.
Y de este, comenzó a correr por los pasillos.

Conocía el castillo a la perfección, a pesar de los años solo había un límite de lo que se podía cambiar. Desde muy pequeña había sido capaz de escapar cuando quería, pero ahora necesitaba hacerlo aún más perfecto que lo había logrado hace años.

Necesitaba crear la estrategia perfecta. Y esta comenzaba con no levantar sospechas, con jugar con el perfil bajo lo suficiente. Su corazón podía estar cansado al palpitar por tanto tiempo roto en pedazos, pero su mente estaba tan clara como la luz que entró esa misma mañana.

Llegó a su habitación, siendo sorprendida por el vestido que habían preparado para la ocasión. Elegante, con los símbolos de Grima por todas partes, hasta podía pretender que era el traje de una reina y no de una simple princesa.

Fue entrar y lanzar hacia este una esfera de energía nacida de sus propias manos, convirtiéndolo en cenizas que luego pisaría.

Tenía elthunders, elwinds y elfires a su disposición, como también una espada rayo que necesitaba llevar para defenderse. El abrigo era lo suficientemente grande como para llevar armas sin que nadie sospechase nada, había sido diseñado de esa forma adrede por la misma creencia que su fallecido abuelo tenía con el trono: guarda en este las armas que vayas a usar. Serán el escondite más obvio, pero al que solo tú tendrás acceso.

Actuaba demasiado rápido, jamás el peligro le había erizado la piel de esa forma. Si de todos modos jamás se había comportado como una princesa, entonces viviría su vida como una campesina si hacía falta. ¿Qué más daba? Era un título inútil que perdió validez en día en que Grima despertó en ella, porque jamás fue la princesa a partir de ese punto.

Que hablando de él…

"No me importa si quieres quedarte, no me importa si vas a usar mi cuerpo lo que te dé la gana. Pero me cansé. Me cansé de que me uses, me cansé de esperar a que alguien me vea. ¡Estoy harta! Si quieres destruir el mundo o lo que sea, búscate a alguien que se canse de luchar contra ti. Porque a partir de ahora voy a luchar todos los días. No volveré a usar tus poderes, ¡¿te quedó claro?!"

Silencio. No hubo ardor como respuesta, tampoco la marca estaba brillando.

"¡Eso pensé!" exclamó, abriendo la ventana de su habitación.

Salir por estas había sido un juego de niños, sabía cómo saltar hacia el tejado e impulsarse con el elwind para mantener la estabilidad hasta llegar al suelo. Ese truco era tan sencillo como usado demasiadas veces, pero tan efectivo que prefería no dar tantas vueltas a su cabeza.

"¿Ah? ¿Están lloviendo personas hoy?" Comentó con gracia un joven albino, "¡Mira quién me cayó del cielo! ¡Solo Robin! ¡Qué gusto!"

Sorprendida, la albina dirigió su mirada hacia él. Henry estaba estallando en carcajadas, como si hubiera visto el truco más asombroso o el espectáculo mejor ensayado.

"¡Cielos…! ¡No me asustes así!" En la espiral completa de emociones que tenía, y como su objetivo resonaba contra su voluntad, este tipo de encuentros al azar…
… podían formar parte de un buen plan.

"Soy tan tenebroso que sin quererlo logro espantar, ¿de quién huimos? ¿De la princesa? ¿Sabías que hoy es el renacer de Grima? He venido solo para ver si es taaan grande como todos dicen. ¿Tu mamá también vino a verlo, Solo Robin?"

Oh, la divina ignorancia de la gente.

"Sí, ¡sí! Exactamente eso es lo que está pasando. ¿Me ayudas a… crear una distracción? Es una buena ofrenda para nuestro señor, ¿sabes?"

"Hoooooh… estás usando palabras realmente interesantes, ¿y qué gano yo si lo hago?"

"No… no… ¿no quieres ser el primero en sorprender a un Dios? Estas fiestas pueden ser muy aburridas si no comienzan con un poco de caos."

Henry abrió los ojos realmente divertido al respecto. No tenía motivos como para escucharla, pero tampoco tenía motivos para no hacerlo. ¿Por qué no? Si aún faltaban horas como para comenzar…

"Hehehe… hahahahaha… ¡Ñihihihi! Me caes tan bien, por esta vez voy a ayudar a decora—... ¡ACHÚ!" Henry había lanzado una llama hacia el pasto del castillo, al mismo tiempo que Gangrel estaba entrando al palacio. "Ay, qué mal, qué alergias tan feas… ¡ACHÚ!" Y un poco de elwind para que las llamas fuesen aumentando, de forma que al menos el Rey fuese incapaz de verlos.

Robin se alejó de él desde el primer estornudo, estar en los jardines internos le daba solo dos rutas de escape ahora que una zona estaba bloqueada. Había colocado la capucha sobre su cabeza, cerrado los botones de su abrigo aunque esto dificultase su movilidad y su visión en partes iguales.

Si escuchaba muy atentamente, la distracción podía atraer la atención tanto de Validar como de Aversa. Pero también podía considerarse un ataque al castillo, de cualquier forma…

Llegar al jardín exterior le obligaba a cruzar el invernadero, y este era un punto donde la mayoría de los guardias solían obviar si por algún motivo llegaban a buscarla. Y también, un punto que necesitaba visitar.

Se sentían pequeños temblores por la cantidad de gente que estaba corriendo a apagar el incendio provocado por Henry, quien también habría abandonado la escena de una forma mucho más teatral.

"Bien, ya hicimos la distracción, ¿qué sigue?" Henry estaba tan tranquilo sonriendo al lado de ella. Y ella nuevamente volvió a sentir como si el corazón se hundiese en su estómago.

"¿Qué se supone que estás haciendo?" Respira, respira.

"Salvo mi cuello y veo el camino de sangre que vamos a dejar. ¡Dime! ¡Siguiente paso!"

La actitud divertida de él era graciosa para ella, quien señaló hacia un pasillo interno. Su capucha se mantenía sobre sus cabellos, mientras Henry solo caminaba en la dirección que ella estaba marcando.

"Actúa natural. Si alguien te ve e imagina que tienes prisa, parecerás sospechoso del ataque–..."

"Claro que pareceré sospechoso si fui yo quien lo hice." Se encogió de hombros.

"Henry, será mejor… sí, sí, buena idea. Lanza el grimorio hacia allá", señaló otro pasillo hacia la izquierda, "hazlo con todas tus fuerzas."

"¿Te refieres a esto?" Con todas las fuerzas de las que fue capaz, arrojó el libro. Este logró impactar con un cuadro de alguno de los antecesores de la familia real, prácticamente haciéndolo caer de su lugar en la pared. El estruendo fue otro punto de atención que aumentó la ansiedad de la peliblanca. "... ups, definitivamente soy más fuerte de lo que parezco."

Pero Robin no tenía tiempo como para analizar cada parte, estaba nuevamente caminando hacia las puertas que llevaban al invernadero. Henry la estaba siguiendo de todos modos, ¿por qué no? Si la situación para él era mucho más hilarante que tantas otras que había vivido.

Los guardias estaban movilizándose por todas las zonas del palacio, quizá Gangrel estaba haciendo un escándalo porque los preparativos estuvieran siendo rechazados cuando el resto de invitados estaba arribando al lugar. Miembros del Aquelarre, familias importantes aliadas del reino, seguidores del culto, todos aquellos que necesitaban como testigos del renacer de su Dios.

Por otro lado, la princesa se encontraba con las puertas que dirigían al exterior completamente cerradas. Era una puerta inmensa, cerrada con un seguro que ella no reconocía del todo. Tampoco se trataba de una ladrona o una cerrajera como para saber qué hacer.

"Ohw, ¿aquí termina la travesía?" Preguntó Henry.

"... no." Tengo que salir de aquí pase lo que pase. Inhaló profundo, y a pesar de que esto serían una contradicción digna de burla, Robin se valió una vez más de la fuerza de Grima. ¿Cómo? El levantar su pierna para patear con fuerza la puerta, al menos hasta que la cerradura no fuese más un problema.

"... vale, también podíamos hacer eso. Vaya, que esto es caos…" Henry intentaba mantener la calma por lo hilarante que esto le era.

Robin tan solo rodó los ojos, saliendo del palacio para finalmente acceder a los jardines exteriores. Todo a partir de ahí era sumamente sencillo, y por su propia calma no podía darse el lujo de quedarse más tiempo de lo necesario.

No mencionó más, tomó el cuello de la túnica de su compañero como para indicarle que continuarían. Y esta vez fue tan simple como comenzar a correr.

La velocidad y la fuerza que estaba usando eran reflejo mismo del peligro que estaba percibiendo, de que era una condena para sí misma el mirar atrás si era posible. Quizá la fuerza innata concebida por Grima le hizo ir mucho más rápido, o quizá fue el pánico que ignoró el dolor emocional o el pánico que podía estar experimentando incluso a esas alturas. Pero lo cierto fue que sus piernas no le fallaron en ese momento, su temor no fue el que frenó su camino…

Henry desgraciadamente había quedado atrás, ¿podría alcanzarla aún si ella estaba corriendo sin rumbo alguno? No había salido del palacio desde muy niña, aún cuando la guerra contra Ylisse había azotado el continente. La única excepción fue un día en específico, aquel que dio inicio a su sufrimiento que ella misma daba por finalizado en esa misma fecha.

Su regalo, para sí misma en su propio cumpleaños, era recuperar lo que casi perdía: su instinto por sobrevivir.

El único lugar que conocía más que el palacio era el cementerio, lugar en donde sus ojos se quedaron analizando cada una de las lápidas y sus obituarios. Habían algunas que pertenecían a todas las víctimas de pueblos en específico, otras a familias que fueron extinguidas durante los enfrentamientos contra enemigos, pero solo una era la que llamaba su atención por encima de todas.

Aquella elegante que estaba al lado de la más grande de todas. El Rey Imponente descansaba en paz al lado de la tumba de su hija, la madre de Robin misma.

"... por fin pude venir a visitarte. Visitarlos…" estaba muy lejos del palacio, necesitaba unos segundos como para continuar alejándose del perímetro. Pero no podía ignorar donde su corazón más ansiaba llegar. Cuando notó que no tenía un lugar seguro donde ir ni alguien a quien acudir, la única persona que llegó a su cabeza fue su madre. "Lo siento mucho, te prometo que no me olvidé de ti. Estaba… ocupada."

La chica se arrodilló frente a la lápida, limpiando esta con uno de sus dedos. Luego de tantísimos años, de tantas noches de soledad y de semanas completas sin poder comer… finalmente, por fin, tenía la oportunidad de llorar una pérdida que en su momento no pudo desahogar.

Las lágrimas desenredaban su garganta, los chillidos purificaban su cabeza, y los lamentos que durante muchos años había guardado encontraron una forma de quitarle el peso que su cuerpo había soportado.

"No puedo quedarme aquí… no quiero morir aún. No quiero morir, mamá. Sé que durante mucho tiempo dije que quería acompañarte, pero… no quiero morir. No quiero morir." La realización de sus propios deseos fue hasta una sorpresa, "¿En qué momento me perdí tanto que ni siquiera sabía que no quería morir? Me encantaría que estuvieras aquí para decirme qué hacer… Mamá, sé que Validar perdió al amor de su vida. Sé que tú eres y seguirás siendo muy especial para él. Sé que él te amó como a nadie… pero me encantaría saber, me encantaría realmente saber por qué yo no fui suficiente para él. Mamá, si estuvieras aquí conmigo, ¿me dejarías irme?"

Sabía que no recibiría respuesta. Una vez un ser muere, su alma deja de existir. No existe nada que pueda impedir que la muerte sea el final de una persona, ni tampoco ningún vínculo es más fuerte que esa verdad.

"Lo siento… no fui nunca la princesa que esperabas. Lo siento por haberte fallado, lo siento por no haberte podido proteger… en los tiempos que estaba sola trataba de estudiar. No quiero volver a fallar, mamá, no quiero volver a ver a nadie más morir. No quiero sentirme tan inútil que no puedo ni siquiera protegerme a mí misma… y para hacerlo me debo ir. Desde que tú no estás, me quedé sin hogar. El palacio es tan diferente ahora…" Se fue levantando, entre más hablaba sentía que la resolución a sus problemas se hacía muy claro en su cabeza. Había completado el primer paso que era alejarse del castillo, ¿ahora qué seguía? "Si algún día puedo volver, si algún día logro hacer de mi vida algo importante, prometo regresar para poder contártelo. Perdóname por no haberme podido quedar en Plegia…"

Robin se fue alejando de la tumba, cubriendo nuevamente su cabeza con la capucha.

"... pero con esto no hace falta que regrese. Tenías razón, es muy cómoda que sea tan grande… Gracias por todo, mamá. Te prometo que voy a ser feliz. Te prometo que encontraré algo que de verdad sea mío, y voy a protegerlo. Te prometo que vas a enorgullecerte de mí."

Años pasaron tras esa visita, dos para ser exactos. Estar fuera del palacio después de largos años fue una oportunidad como ninguna otra. El castillo entró en una gran crisis una vez descubrieron que ella no estaba por ningún lado, la Iglesia misma también entró en pánico. Moverse por las calles al mismo tiempo que se ocultaba la mantuvo en un estado de alerta constante, donde cualquier paso en falso significaba volver a esas cadenas de las que había escapado.

Pero por supuesto, nadie la estaba buscando a ella en realidad. Estaban buscando de su Dios caído,, aquel que desde aquel día no había vuelto a molestarla.

Huir durante tanto tiempo es cansino, sobre todo no tener a nadie en quien confiar. Todos podían ser enemigos, cualquier leal del culto podía avisarle al Arzobispo que la habían visto en algún sitio. Caminar por ello por el bosque era un alivio, los árboles eran una buena compañía y además un excelente refugio durante las noches más heladas.

Había caminando sin rumbo durante ese tiempo, aún no encontraba una resolución adecuada para lo que sería su futuro. O si siquiera tendría alguno.

Excepto un día, en donde su caminar le llevó fuera del bosque mientras se escabullía de soldados del castillo. Podía ver un pueblo a lo lejos, un molino que no se parecía a nada de lo que había visto durante ese tiempo en Plegia.

A menos que no estuviera mucho más en Plegia.

La vista era tan diferente, los aires eran mucho más tranquilos. Respiró, por primera vez, una calma que se transmitía por el ambiente. La simple imagen de esos molinos a lo lejos era extravagante, único en realidad.

Que tomó asiento sobre el pasto, abrazándose a sí misma mientras disfrutaba el paisaje que tenía ante sus ojos: el Sacro Imperio de Ylisse, el reino vecino de Plegia.

"Qué bonito…" susurró, cediendo ante la calma de bajar la guardia, quedándose dormida una vez su cuerpo le pidió descansar.

"Chrom, tenemos que hacer algo."

Abría suavemente sus ojos, dos figuras estaban frente a ella…

"¿Y qué propones que hagamos?"

"Uh… no lo sé."

… recuperó la consciencia por completo, y ambas figuras estuvieron mucho más claras frente a ella.

"¡Ah!" Exclamaron ambos al unísono.

"Veo que estás despierta ahora…" fue la voz de un peliazul, quien le observaba desde arriba.

"Hola…" respondió una pequeña rubia al lado de este, llamando la atención de una chica que apenas lograba despertar.

"Hay mejores lugares para tomar una siesta que en el suelo, ¿sabes?" La amabilidad que reconocía en su voz fue la causante de que ahora sus ojos estuvieran sobre él, a pesar de escuchar las risas de ternura provenientes de la rubia que permanecía a su lado. "Dame tu mano", agregó el peliazul, para a la vez extender la propia hacia la chica.

Robin no tuvo oportunidad de dudar, la tranquilidad que esa sonrisa le transmitió fue suficiente como para extender su mano hacia él. Aquella que tenía la marca de Grima, era levantada por el brazo que poseía la marca del Venerable.

Sus ojos estaban directos en el peliazul, quien entonces le recibió con una sonrisa al levantarla.

Ninguno de los dos lo sabía en ese momento, pero fue ese intercambio de miradas lo que dejó a ambos embelesados el uno del otro.