Disclamer: Todos los personajes y parte de la trama pertenecen a los creadores originales de Miraculous y no a mí. Escribo esta historia sin ánimo de lucro, solo para entretener.
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Nota de la Autora: Empecé a escribir esta historia a mediados de la S4 de miraculous, y aunque lo haya terminado ahora he seguido con la idea original y los esquemas de la trama que realicé en su momento, luego no hay ninguna alusión a la S5 (a lo que sabemos de ella por el momento). También quiero hacer una pequeña advertencia sobre el modo en que está narrado este fic; aconsejo que pongáis atención a la fecha con que empieza cada capítulo porque hay algunos saltos en el tiempo y si no tenéis en cuenta la fecha, os perderéis en los hechos. Sin más, espero que os guste este fanfic Adrianette ^^ ¡Gracias por leer!
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Abrázame Fuerte
(Y sonríe a la cámara)
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14 de Febrero
—Por quererte voy sin dirección
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—¿Dónde está Adrien?
Alya ni respondió a la pregunta, ni hizo ningún otro gesto que indicara que la había oído. Ni tan siquiera sus párpados se contrajeron ante el sonido de su voz, Marinette dudó, por un instante, de si lo había dicho en voz alta o solo en su mente.
—Alya —La llamó, pero esta siguió como hipnotizada, sin apartar la mirada de la pantalla que tenía frente a sus ojos—. ¿Has visto a Adrien?
—¿Eh? —murmuró, al fin, aunque sin volver la cabeza—. ¿Qué?
Marinette resopló, perpleja.
Gateó sobre la colchoneta que habían colocado en el suelo de la sala de arte y buscó a Nino. Este no se encontraba con el resto en el suelo, sino que estaba junto a Max, cerca de la mesa sobre la que habían colocado el portátil y todo lo necesario para conectar la señal de internet al monitor.
La gran pantalla que estaba sobre la pared no mostraba nada todavía, al menos nada tan interesante como para que Alya la hubiera ignorado de ese modo. Por el momento, solo estaba el logo de las noticias, flotando en el vacío, a la espera de que conectaran con Le Grand Paris, el hotel donde residía el alcalde Bourgeois, y donde había sido convocada la rueda de prensa mediante la cual se anunciaría al colegio o instituto ganador del concurso de San Valentín.
Porque era San Valentín.
La expectación había torturado a Marinette y a sus amigos durante todo el día, clase a clase, asistiendo al lento pasar de las horas que les acercaba a ese momento: la gran revelación.
¿Habrían ganado?
A las cinco y media de la tarde el alcalde daría el veredicto del jurado, por eso estaban todos allí. Habían pedido prestada esa sala para poder ver juntos la rueda de prensa; tenían el monitor conectado a la señal, habían apartado los muebles y el material artístico para colocar, en su lugar, algunas colchonetas para sentarse juntos.
Solo faltaban quince minutos y nadie parecía más ansioso que Alya.
La joven se había hecho con un asiento de primera fila y no apartaba los ojos de la imagen, aun cuando no había comenzado todavía el show, y por lo visto, tampoco hacía caso a nada de lo que otros le dijeran. Marinette estaba bastante sorprendida ante esa actitud, pues Alya siempre era la más segura de las dos; ella sí solía dudar de sí misma cuando estaba por entregar una prenda de ropa o un nuevo diseño, pero Alya no tenía ese problema.
Quizás se había implicado tanto en ese proyecto que su confianza no alcanzaba para mantenerla tranquila.
En cualquier caso, prefirió no molestarla más hasta después del anuncio.
—Nino, ¿sabes dónde está Adrien?
El chico frunció el ceño.
—Qué raro —comentó, al notar también la ausencia del rubio—. Si ha venido con nosotros desde la clase —Se encogió de hombros—. ¿Habrá ido al baño?
—Hace ya un buen rato que no le veo.
—Igual tenía alguna de sus múltiples clases extraescolares.
—No —respondió Marinette, sin dudar—. Tiene esgrima lunes y miércoles, chino los martes y no tiene ninguna actividad extra de modelo hasta dentro de un par de semanas, así que… —Nino y Max se la quedaron mirando, con los ojos muy abiertos, mientras ella repasaba en voz alta el horario del chico. Sus mejillas se encendieron cuando se fijó en sus caras—. ¡Quiero decir que… creo que hoy estaba libre!
Los otros dos no estaban, en realidad tan impresionados, a fin de cuentas conocían de sobra a la chica. Ninguno sabía dónde podía estar Adrien, y eso la preocupó, ya que si no aparecía pronto se perdería la resolución del concurso.
¿Debería ir a buscarle? Se preguntó.
—¡Empieza, empieza! —chilló Alya, dando un saltito sobre sus piernas flexionadas. El rostro de Nadja Chamack acababa de aparecer en primer plano—. ¡Silencio todos!
Los pocos que no estaban ya en la colchoneta corrieron a ocupar sus lugares, sin emitir sonido alguno, dado la seriedad en el rostro de su compañera y la fuerza de su grito.
Nino corrió al lado de su novia y Max también se unió a los demás, pero Marinette permaneció de pie, junto a la mesa, apretando los labios con disgusto. En la imagen se veía a la presentadora sonriendo y presentando el evento, se encontraba en el elegante vestíbulo del hotel que ya en otras ocasiones se había usado para hacer importantes anuncios a la ciudadanía. El Alcalde, con su traje gris oscuro y su fiel banda tricolor cruzándole el torso, esbozaba esa sonrisilla nerviosa a la par que tímida tan propia de él a las cámaras. Había mucha prensa a juzgar por el jaleo de ruidos y de flashes constantes.
Estaba sentado en el centro de una mesa alargada de color caoba brillante, con un micrófono frente a su boca. A sus lados había otras personas que, según Nadja explicó a los espectadores, eran los miembros del jurado de expertos que habían revisado las obras que habían sido remitidas por los participantes. Ellos habían tomado la decisión final.
—¡Que nos hayan elegido a nosotros, por favor! —pidió Rose en voz alta.
Marinette volvió el rostro hacia la puerta cerrada.
¿Dónde estará? Se preguntó de nuevo. ¿Habré cometido algún error?
A lo mejor Adrien sí tenía alguna clase extra y ella se había hecho un lío con los días. O se la habían cambiado en el último momento. Las extraescolares solían empezar a las seis de la tarde, así que tal vez Adrien estuviera donde las taquillas preparando sus cosas.
Podría subir un momento, ver el anuncio con nosotros y luego irse reflexionó. Aun había tiempo de sobra y si resultaba que al final ganaban y el chico no estaba allí con ellos, seguro que se deprimiría.
Echó un vistazo a su espalda pero todos los demás estaban tan concentrados en la pantalla que ni siquiera la oirían aunque dijera que se iba. De modo que, en silencio, caminó hacia la puerta y la atravesó.
Solo iría a comprobar si el chico estaba donde las taquillas, si al final no estaba por allí, volvería corriendo a la sala junto a los demás.
Marinette recorrió la galería a toda prisa y bajó las escaleras. El patio tenía el mismo aspecto que dos días atrás; el sol entraba a raudales por el techo abierto y bañaba el suelo de hormigón, la balaustrada de la escalera y los bancos de madera. A esas horas, la mayor parte de los estudiantes se habían marchado y una inusitada paz inundaba el recinto.
Fue por esa paz, ese silencio tan intenso, que Marinette oyó con claridad cuando alguien susurró su nombre.
Se volvió hacia una de las esquinas que quedaba en penumbra por la sombra de la escalera y apreció un par de figuras bajitas que le hacían un gesto con la mano. Las reconoció y se sobresaltó un poco, miró a su alrededor para confirmar que, en verdad, no hubiera nadie más, y se acercó a ellas de puntillas.
A medida que daba pasos hacia ellas, las figuras se fueron aclarando y pudo ver un par de sonrisas traviesas brillando en la semi oscuridad.
—¿Cómo es que aún seguís por aquí? —Les preguntó entonces, colocando los brazos en jarra—. ¡Con lo tarde que es ya!
—¿Habéis ganado?
Marinette esbozó una sonrisa.
—Todavía no se sabe —Se encogió de hombros—. Pero si ganamos, habrá sido gracias a vosotros.
—¿Te gustó nuestra foto?
—¿A qué la hicimos muy bien?
—Era perfecta —Les aseguró, asintiendo con la cabeza—. Nos sacasteis a Lila y a mí muy bien.
Tanto que casi parecíamos amigas de verdad.
Uno de los niños dio un paso adelante, alzando su cara, y con una tremenda expresión de orgullo se frotó la nariz con el dedo índice.
—No fue nada fácil —dejó claro—. Desde tan lejos, y bien escondidos, como tú nos dijiste, para que nadie nos viera.
—Lo hicisteis muy bien, chicos.
—A mí esa chica no me gusta —declaró el otro, cruzándose de brazos—. A los pequeños siempre nos mira mal cuando pasa a nuestro lado.
—¿Lila?
Movieron sus cabezas en un rotundo gesto afirmativo.
—Nuestra profesora la invitó a dar una charla en clase sobre sus viajes alrededor del mundo —Contó uno de ellos—. Pero contó unas historias muy raras —Arrugó la nariz con desagrado—. Yo creo que se lo inventaba todo.
Marinette se sorprendió por tales palabras. ¿Sería que ese extraño hechizo que Lila ejercía sobre todo el mundo no calaba igual en las mentes más jóvenes?
Sus mentiras, a pesar de que la mayoría eran exageradas y fantasiosas, tenían algo que lograba encandilar a todo el mundo hasta el punto de que nadie le hacía preguntas o dudaba de ningún punto de estas. Ella nunca había descubierto lo qué era, cómo era posible que todos se creyeran, sin dudar ni un ápice, esas historietas absurdas que contaba.
Quizás no fuera el contenido, sino la manera en que las narraba, con esa tranquilidad y convencimiento absoluto en ellas. La verdad era que Lila era una mentirosa formidable y tratar de descubrirla ante los demás, una tarea casi imposible. Por eso era tan curioso que aquellos dos pequeños hablaran así de ella. Al parecer, sus mentes eran inmunes a los embustes de la castaña por el momento.
Puede que Lila no considere necesario esforzarse tanto por mentir a unos niños.
—Así que… —continuó uno de ellos, más animado—; si conseguimos chincharla cuando le tiramos ese confeti —Su sonrisa chispeante que mezclaba inocencia y picardía se hizo más amplia—. ¡Mucho mejor!
Y ambos se echaron a reír con ganas.
Marinette se habría unido a ellos pero recordó que el tiempo corría y tenía que encontrar a Adrien.
—Bueno, chicos, gracias por todo —Les dijo—. Pasaos por la panadería y yo os invito a lo que queráis.
—¡Vale!
Se marcharon hacia la salida con sendas caritas de felicidad, arrastrando sus mochilas que abultaban casi más que sus espaldas. Marinette los vio ir y los despidió con la mano cuando estos se volvieron desde la puerta y la sonrieron.
Después suspiró, más tranquila.
—¿Esos no eran los niños que nos tiraron el confeti?
—¡Ah! —La voz la cogió tan desprevenida que no solo chilló, sino que dio un saltito sobre sus pies y estuvo a punto de caerse. Su corazón dio un vuelco terrible, por lo que tuvo que llevarse la mano al pecho y jadear. Al darse la vuelta, Adrien la miraba con las cejas un poco fruncidas—. ¡¿Qué?! —Graznó, casi sin respiración—. Ah… ¿eh?... pues…
—¿Los conoces?
—¿Qué si conozco…?
—A esos niños —respondió él—. Los que se acaban de ir.
—Pues… —Se mordió el labio inferior—; puede que sean clientes asiduos de… la panadería de mis padres —confesó. Adrien sostuvo su mirada un poco más y ella se echó a temblar de la vergüenza. ¡La había descubierto, ¿verdad?! Seguro que ya se estaba imaginando toda la maniobra que había llevado a cabo para evitar su foto con Lila y debía estar pensando lo peor de ella—. Yo… verás…
Tenía listo un larguísimo, sincero y emotivo discurso donde reconocía su falta y pedía perdón por lo que había hecho, pero, de pronto, los rasgos del chico se relajaron y le tendió la mano. Marinette se quedó mirándola, como si no entendiera (y de hecho, así era) ese gesto inesperado.
—Quiero enseñarte una cosa —le explicó él.
La chica parpadeó, extrañada. Estiró los dedos hacia la mano pero en el último momento los encogió y bajó el brazo.
—Están a punto de dar el nombre del ganador del concurso.
—No tardaremos mucho —insistió él, sin retirar su mano, sin contraer sus gestos ni un instante—. Por favor, Marinette.
Por alguna razón que tenía que ver con la súbita vergüenza de saberse descubierta en el asunto de las fotos y el confeti, una parte de su mente se resistió a aceptar la invitación, mientras que otra parte de ella se afanaba en el impulso de cogerle la mano y seguirle a donde fuera, sin miedos o reservas, porque en el transcurso de esas semanas se había acostumbrado tanto a la cercanía del chico que ahora, todo lo que sentía cuando tocaba a Adrien era pura felicidad.
¡Por fin podía estar con él!
Incluso podía sostener su mano y sentirse tranquila, a gusto, disfrutar de su cercanía sin retorcijones en el estómago o el corazón a punto de salírsele por la boca.
Pero en ese instante se sentía culpable y expuesta en un acto que había tenido mucho de egoísmo por su parte. Si bien lo de los niños y el confeti lo había organizado para salvarle de Lila y de ese beso que él no quería, no estaría siendo del todo sincera si no admitía que, también, lo había hecho por sí misma.
¡Porque no quería verle besando a Lila, ni que esa foto fuera la que cerrara el collage!
Y se había salido con la suya, su plan prodigioso había funcionado, pero por una vez, eso la hacía sentir arrepentimiento. Y es que guardar silencio sobre ese asunto era como mentir a Adrien, y eso no podía soportarlo.
—Oye —murmuró, por fin—; sobre lo de esos niños…
—¿Qué niños?
—Los que tiraron el confeti —explicó—; resulta que si eran esos, los que se han ido y que yo… sí los conozco.
—Qué casualidad —opinó Adrien. La miraba con la misma expresión desenfadada de siempre y la mano seguía en el aire, dispuesta, para que ella la cogiera cuando quisiera—. Aunque no es tan raro que los conozcas, también estudian aquí —siguió sonriendo, hablando como si nada—. Y tampoco es tan raro que vayan a la panadería de tus padres, ya que es la mejor de toda la ciudad.
—Eh…
—Algún día podrías presentármelos, así podría darles las gracias por lo del confeti —continuó él como si nada—. No sé si lo hicieron a posta o no, pero me salvaron de pasar un rato muy malo.
Marinette ya no estaba tan segura de si Adrien la había descubierto o no. Le parecía obvio que sí; al verla hablando con esos niños, podría habérselo imaginado, pero por su forma de hablar parecía que no hubiera unido los puntos. Puede que fuera demasiado bueno como para pensar que ella podría hacer algo tan egoísta.
—¿Estás seguro?
El chico dio un paso, ladeando un poco su cabeza para mostrar esa sonrisa estirada, encantadora y tímida todo a la vez.
—Menos mal que aparecieron —Le dijo, muy convencido y fue entonces que pensó, otra vez, que sí la había descubierto. Que lo sabía todo. Pero que le estuviera diciendo esas cosas solo podía significar que, en verdad, le daba las gracias a ella. No podía estar del todo segura pero se le quitó un peso de encima—. ¿Vendrás conmigo?
La chica sonrió un poquito y dejó libre su mano, que salió disparada para posarse sobre la de él. Adrien la agarró y se giró echando a andar. La guio en silencio hasta la puerta que bajaba a la sala de las calderas de la escuela.
—¿Vamos a bajar ahí?
Él asintió y cruzó la puerta, tirando con suavidad de su mano.
Bajaron las escaleras por aquel estrecho conducto en tinieblas, a su alrededor titilaban las luces fluorescentes colocadas en lo alto de las paredes y que apenas servían para dibujar el borde de los peldaños. Ya hubo una vez que estuvo a punto de caer rodando en aquel lugar, de modo que Marinette se aseguró de mirar hacia abajo todo el rato, controlando el ritmo de su respiración para no adelantar un pie antes de tiempo.
Después siguieron caminando por el pasillo, también en penumbras, el zumbido de la caldera empezó a imponerse a cualquier otro sonido dentro de aquel silencio encapsulado y frío. Sus pasos, muy amortiguados, parecían seguirles como entes separados y diferenciados, de modo que sintió alivio cuando llegaron a la esquina y la sala apareció ante ellos.
Ahí estaba la caldera, rugiendo, sus luces enfermizas, el calor que rezumaban las cañerías que ascendían por el techo y también vio una silla, una mesa y una pizarra vacía que no habían estado allí la última vez que bajaron en busca de Juleka. Se preguntó de dónde habrían salido, aunque no durante demasiado tiempo pues al otro lado de la habitación, lejos de los ronquidos de la máquina, Marinette vio una manta extendida, sobre la que había unos cuantos cojines de colores y algunas lámparas encendidas que iluminaban aquel rincón con una luz tenue, suave, de un cálido tono anaranjado.
Parecía una pequeña burbuja de luz en medio de la oscuridad.
O una isla.
Un refugio.
Adrien la dirigió hacia allí pero sus pies se bloquearon al verlo y su mano se escapó de la del chico. Este se detuvo y la miró.
—Es que hay algo importante que quiero decirte —explicó Adrien—. Y se me ocurrió que aquí abajo nadie nos interrumpiría.
—¿A-algo importante?
El chico se sentó sobre la manta y le hizo un gesto, invitándola a hacer lo mismo.
Un poco rígida por los nervios, Marinette avanzó y clavó las rodillas en el suelo para después deslizarse, nerviosa y quedar sentada sobre sus tobillos al lado del chico. De pronto se sentía tan histérica como le pasaba antes y eso la inquietó. Volvió a mirar aquella manta, las lámparas y todo lo demás; se le hacía familiar de algún modo, pero no sabía por qué.
—Marinette —La chica se irguió, parpadeando, con los hombros alzados—. Quería darte las gracias por lo que hiciste por mí hace dos días —Le dijo, girándose más hacia ella—. Cuando me animaste a decidir por mí mismo lo que quería hacer de verdad, nadie lo había hecho antes —Frunció las cejas un poco—. La verdad, nunca me habían hecho sentir que mi opinión fuera importante.
—Pues claro que es importante —se le escapó a ella.
—Ahora yo también lo creo —asintió él, sonriente—. Y hasta he podido decirles a los demás cómo me sentía —añadió contento—. Y todos reaccionaron como tú dijiste.
. Creo que a partir de ahora no tendré tanto miedo de que los demás se molesten o se decepcionen conmigo por alguna decisión que tome. Ya no siento que deba contentar a todo el mundo antes que a mí mismo.
—¡Eso es fantástico! —exclamó ella, con gran sinceridad y alegría—. No es responsabilidad tuya que todos los demás sean felices —Le aseguró, y dejándose llevar por la emoción, le puso una mano en el brazo—. La única felicidad por la que debes preocuparte es la tuya.
Adrien entornó los ojos, con gran ternura al oírla y Marinette sintió que un enorme suspiro se le atascaba en la garganta, pero lo reprimió. Sus ojillos viajaron hasta su mano, sobre el brazo del chico, y sintió un estremecimiento que agitó su interior. Un miedo pasado, del que apenas quedaba un atisbo en ella, la incitó a apartarla, pero se negó usando toda su fortaleza, todo el valor reunido en aquellas semanas. Sus dedos le hormiguearon a causa de esos dos instintos contradictorios.
Pasados unos segundos, la mano de Adrien se posó sobre la suya con cuidado.
—Ha sido todo gracias a ti, Marinette.
—Ah… —Su piel se encendió, pero la calidez del contacto la ayudó a respirar despacio, a serenarse, a recuperar el control de su garganta—; yo no hice nada.
. Tú hablaste con ellos, ¿verdad?
—Porque tú estabas apoyándome todo el tiempo —insistió él, incansable—. Hay cosas que no se consiguen sin el apoyo de alguien más.
Aquellas palabras la hicieron sentir como en una nube. Adrien siempre había sido amable y gentil con ella, pero el modo en que ahora la hablaba era tan distinto. Aún dudaba si no sería su imaginación pero captaba una ternura infinita en su voz cada vez que él decía su nombre.
En cómo la miraba…
En el lento roce de sus dedos cada vez que atrapaba su mano.
¿Y si es verdad? Se dijo, entonces. Su corazón aumentó el ritmo de sus latidos. ¿Y si por fin le gusto?
Algo de lo que se había dado cuenta era que Adrien y ella no eran tan distintos. Marinette también estaba aterrada por expresar lo que sentía, siempre había temido que si era sincera pero él no correspondía sus sentimientos, su relación cambiaría porque, a partir de ese momento, ya no la vería como antes. Tendrían que reconstruir su amistad desde cero y quien sabía si alguna vez volvería a ser como la que era ahora.
Ahora se dijo, pensativa. Justo ahora… ¿por qué sigo callada?
Habían pasado muchas cosas y en más de una ocasión, ella había apreciado detalles y comportamientos en el chico que la habían hecho soñar con que sus sentimientos habían cambiado. Y si podía pensar eso, ¿qué le impedía hablar?
Por fin tenía una esperanza, debía aprovechar esa oportunidad, ese arranque de valentía y expresarle, de una vez, lo que llevaba en su corazón. Porque Adrien merecía saberlo. Y también, debía hacerlo por sí misma, para demostrarse que ella también tenía el coraje de mostrarse tal cual era ante el chico al que amaba.
—En realidad, yo también tengo algo importante que quiero decirte —murmuró. Y los temblores volvieron, la sequedad en la garganta, el pánico en su cogote; todos los síntomas de la ansiedad afloraron en el instante en que tomó la decisión, previniéndola para que retrocediera. Pero no. ¡Estaba harta! Miró su mano sobre la del chico; ese era el sitio que debía ocupar, estaba segura—. Es algo que hace bastante que quería decirte pero… no me atrevía.
—Oh —Adrien se removió sobre sus piernas, sin soltar su mano—; dime.
Respiró hondo, la sangre se agolpó en sus mejillas. Se obligó a levantar sus ojos, a mirarle a la cara pues así es como debe hacerse cuando vas a declararte. El rostro del chico también estaba algo ruborizado, como si ya lo supiera, aunque eso no era posible.
—Yo… —Tragó saliva, la garganta le raspaba vacía de palabras. Intentó recordar su discurso, aquel que había practicado con Chat Noir en su balcón porque eso era justo lo que quería decir, pero no lograba acordarse de cómo empezaba. ¿Era algo de tres soles? Apretó los labios, ¡no, no, no, ese lo descarté! ¿Cómo comenzaba el otro, el que tanto le había gustado a Chat?—. Yo… —Bufó, frustrada y la mano de Adrien le dio un suave apretón, paciente y amoroso. ¡¿Cómo era posible que no se acordara?! Frunció el ceño, decidida—. Está bien, te lo diré sin más… —Volvió a respirar hondo, irguiéndose—. ¡Yo…!
. Yo te… te…
—Te quiero.
Marinette espatarró sus ojos.
—¡Sí! —Respondió y se tapó la cara con la otra mano, avergonzada por el grito—. ¡Perdón! —Asomó los ojillos entre sus dedos—. ¿Cómo lo has adivinado?
El chico sonrió, divertido.
—¿Adivinado? —Negó con la cabeza—. No lo he hecho —Y añadió, suavizando más su voz—. Eso es lo que yo siento.
. Te quiero, Marinette.
Y a pesar de haberlo pensado tan solo unos segundos antes, aquellas simples palabras paralizaron a la chica. Fue al oírlas cuando sintió mayor incredulidad, mayor perplejidad. Como si no pudieran ser reales, ahora, que él las había dicho.
¿Me quiere?
¿Adrien Agreste me quiere a mí?
Sonaba tan extraño, tan propio del mundo de las fantasías. Y de hecho, ¿no era toda esa situación un poco como un extraño sueño? Las luces parpadeantes, el zumbido lejano, la manta, los cojines, él sentado a su lado sosteniendo su mano…
¿Esto está ocurriendo de verdad?
Mil millones de veces se había imaginado ese momento. En escenarios distintos, en momentos diferentes, con otras palabras, o con esas mismas. ¡Seguro que en alguna de sus fantasías había considerado esa misma conversación! Pero… todo se había borrado. Fue como si nunca hubiesen sucedido en su mente, así que no supo qué hacer.
Estaba allí, oyendo esas maravillosas palabras y su cerebro estaba mudo.
¡Pero, debo decir algo!
—Yo… —repitió y se sintió el ser humano más incapaz del universo cuando la voz se le trabó de nuevo. Intentó concentrarse en otra cosa, no en lo que quería decir, sino en su mano. Su pequeña mano que seguía sobre la del chico, envuelta en su calor, en la presión ligera y amorosa de sus dedos y entonces sí, el aire volvió a circular por su cuerpo—. Yo también —logró decir, al fin—. Yo también te quiero —Se sintió mejor, más libre y quizás por eso, se animó a decir—. Por eso, no quería que besaras a Lila y… —No podía guardarlo en secreto, debía decírselo a él—; yo organicé lo de los niños y el confeti.
Y tal y como sospechaba, Adrien asintió con calma, porque ya lo había descubierto.
—Y yo no quería besar a Lila delante de ti.
—¿A-Ah, no?
—Por eso me sentía tan incómodo —confesó, encorvando un poco los hombros, en actitud nerviosa—. No quería que me vieras besando a otra —Lo que implicaba esas palabras fue como una flecha que impactó con violencia en el ya, agotado, cerebro de la joven—. Quizás no estuvo bien que nos escapáramos así.
—Supongo.
—Pero me gustó mucho pasar la tarde contigo —continuó él, algo más animado—. Y me alegra que nuestra foto perfecta sea la última del collage.
Marinette se rio un poquito ante esas palabras. La risa relajó sus articulaciones, su cuerpo se desinfló más tranquilo. Y aunque su rostro seguía ardiendo por la emoción, su mano se atrevió a devolver el apretón al chico.
—Yo también me alegro —reveló—. Aunque, al final tú solo apareces en una fotografía.
—Bueno —Adrien se encogió de hombros, tomando su otra mano. Las unió sobre las suyas y la miró con dulzura—. En realidad, no me importa tener solo una foto si es contigo.
El corazón de Marinette se encogió en su pecho y de pronto, todo se fue haciendo más real frente a sus ojos. La sala de las calderas solo era eso: una sala donde estaba la caldera que alimentaba a todo el instituto, un lugar oscuro y apartado donde se encontraban a salvo, igual que aquella sala de cine en la que se ocultaron dos días atrás, y eso era mucho mejor que cualquier lugar perfecto y maravilloso de sus fantasías.
Y por la misma razón, el amor de Adrien por ella era real.
¿Y por qué no podía serlo?
A veces las cosas que menos esperas, acaban ocurriendo. Ella nunca esperó convertirse en una súper heroína, pero lo era. Ni esperaba que cuando el chico de sus sueños le dijera por fin te quiero fuera en un lugar como ese, pero así había sido.
Marinette tampoco había creído que su clase pudiera ganar el concurso de San Valentín, sin embargo, justo entonces, escucharon un estallido de gritos y palmadas que retumbó a lo largo y ancho del instituto. Chillidos de júbilo, de alegría, cantos a la victoria que parecían llegar de todas partes. Los oyeron, pero no llegaron a perturbar su atmosfera.
Se miraron con las cejas arqueadas y ambos lo supieron: acababan de ganar el concurso.
¡Todo era posible!
Sus móviles sonaron al instante, alguien les quería dar la buena noticia, pero los ignoraron. La mirada que compartían aún no se había roto, era el preludio de algo más importante.
Adrien estiró su cuerpo hacia ella, con cierta cautela, y Marinette nerviosa cerró con suavidad sus ojos. Los labios del chico se posaron sobre los suyos y tras unos instantes de inocente presión, se movieron despacio, acariciándola. Las manos de la joven empezaron a temblar entre las de él, el eco de unos nervios que ella supo conseguiría borrar para siempre. Lo supo porque nunca había sido más feliz que en ese instante, besando a Adrien.
Sus manos se escaparon de las que las sostenían y los brazos salieron disparados hacia el cuello del chico. Le estrechó sin contenerse y entonces, escuchó una risita cerca de ella. Después, otro beso, y otro más. Sus dulces sonidos por encima de la alegría del colegio, del rugido amigo de la caldera. Se oyó otra risita, esta vez era suya, escapando de su pecho inflamado por la alegría y la ternura.
Y por la ilusión, que no deja que la esperanza se pierda por imposible que parezca el deseo de tu corazón.
Y el amor… amor verdadero, mágico, definitivo.
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Unos pasos sibilinos se alejaron de la pared y subieron, de puntillas, la escalera oscura de vuelta al patio. Nadie la había descubierto y, esperaba que nadie la viera saliendo de la caldera para no tener que dar explicaciones sobre lo que hacía.
El patio estaba vacío y bajo el sol traidor de febrero, Lila alzó su terrible mirada hacia el primer piso, de donde provenían los gritos de alegría de sus compañeros. Por supuesto, la habían invitado al salón de arte con ellos para presenciar la resolución del concurso y ella había sonreído al soltarles una de sus mentiras para escabullirse. Ni siquiera recordaba qué les había dicho, pero no importaba, ella sabía que en caso de que la preguntaran podía decir algo totalmente distinto y aun así, lograría que la creyeran.
Esos tontos siempre se lo creen todo.
Los gritos y aplausos seguían resonando en el piso superior, aunque por suerte, no vio a nadie fuera del aula celebrando la victoria del Françoise Dupont, eso le habría provocado nauseas.
Así que al final hemos ganado pensó, frunciendo los labios. Vaya asco.
Alya le había enviado una foto del collage el día anterior, con un mensaje patético donde le decía que esperaba que le gustara el resultado y también, al final, tú también estás en él.
Como si eso tuviera que alegrarla.
Como si eso tuviera que impórtale lo más mínimo.
Ese collage no valía nada. Si al menos su fotografía siendo besada por Adrien hubiese estado en el lugar que le correspondía, habría tenido algún valor. Pero no, la foto no se había hecho. Y ella había sido relegada a ocupar un puesto cualquiera, sin importancia, en mitad de las fotos de esa panda de descerebrados de su clase.
Por culpa de Marinette.
Lila sabía que había sido cosa suya. De algún modo, Marinette había convencido a Adrien para se marchara del colegio con ella, arruinando su hermosa fotografía. El chico no habría tenido valor suficiente para decepcionar a sus amigos por sí mismo, era un crío insulso y sin voluntad, pero estaba totalmente encandilado por Marinette, de modo que haría cualquier cosa que ella le pidiera.
Y eso era lo que había pasado.
Marinette me ha arrebatado la oportunidad de ser la protagonista.
Le había quitado su momento de gloria sobre los muros del Louvre. Esa fotografía habría salido también en las televisiones, se habría hecho mucho más famosa y tendría asegurada una larga relación laboral con la marca Agreste.
Pero se confió cuando esa estúpida le pidió disculpas, aceptando su derrota ante ella. Lila se relajó pensando que, por fin, Marinette había entendido que no podía rivalizar con ella y se conformaría con adoptar el mismo papel servil que el resto de la clase. Había sido todo un engaño, una estratagema para distraerla mientras sus amigos mocosos le tiraban el confeti encima.
Está bien pensó, entonces y se forzó a relajar sus rasgos, su mueca de desagrado, a deshacer la tensa línea de sus labios. Que se crean que han ganado por esta vez.
Adrien y Marinette se creían más listos que ella, pero solo eran un par de idiotas.
Pensó en ellos, tan felices y enamorados, allí abajo. Ahora sí se le revolvió el estómago. Nunca le había gustado ver a la gente feliz, incluso si su felicidad no tenía que ver con ella, Lila sentía que le quitaban algo cuando los demás se sentían bien y por eso, a menudo, intentaba que todos pensaran que ella era más afortunada que ellos. Se inventaba esas mentiras con las que dejaba claro que tenía una vida estupenda para que los demás, al oírla, experimentaran lo mismo: que les estaba quitando sus sueños.
Ahora todo estaba mal y tendría que hacer algo para resolverlo.
En primer lugar, llamaría al ayuntamiento y se inventaría que la clase del Françoise Dupont había hecho trampas en el concurso. Todavía no sabía cómo, pero seguro que podía hacer que los descalificaran por cualquier detalle sin importancia y perdieran el premio.
Si ella no iba a ser la protagonista, no entendía por qué tenía que dejar que los demás disfrutaran de ser los ganadores.
Y con Marinette y Adrien…
También debía hacer algo al respecto de eso. No podía permitir que fueran felices sin más. ¿Se lo merecían, acaso? Por supuesto que no. Ella era la única que se merecía ser feliz y para eso, los demás debían ser infelices.
Me apetece hacer un viaje se le ocurrió, de pronto. Y sonrió ante esa ocurrencia, echando a andar sobre la pista de baloncesto. El sol era molesto en sus ojos. Lila odiaba el sol. Un viaje de verdad, esta vez.
La mayoría de sus viajes eran solo invenciones para encandilar a los bobos que a su alrededor le suplicaban por historias maravillosas con las que animar sus vidas aburridas; la verdad era que apenas había salido de Paris desde que llegó de Italia.
¡Ah, pero qué fantástico sería hacer un auténtico viaje alrededor del mundo! Y estar alejada de todos esos tontos que tanto la exasperaban.
Y se le ocurrió algo mejor.
¡Con Adrien! pensó, excitada. Adrien debe venir conmigo, por supuesto.
Sería estupendo que él y Marinette tuvieran que separarse, justo ahora, y durante una larga temporada. No es que estuviera interesada en pasar tiempo con el chico, no le resultaba interesante ni simpático, pero deseaba con todas sus fuerzas arrebatárselo a Marinette, hacerla sentir miserable y sola sin él.
Seguro que la muy tonta se volvería loca de celos sabiendo que los dos estaban viajando solos por ahí. Y ni siquiera sería tan difícil provocar alguna situación comprometida con el chico de la que la prensa parisina se haría eco en seguida. Ella se encargaría de aislar a Adrien, de tenerle incomunicado cuando su querida e histérica novia tratara de llamarle.
Eso la destrozaría. ¡Sería tan divertido! Casi podía saborear esa sensación de euforia, como si ya hubiese logrado su objetivo.
Además, había otras ventajas.
Si Adrien y ella hacían un viaje internacional, juntos, representando a la marca de su padre, Lila se haría mucho más conocida, se convertiría en una gran celebridad.
—Podría proponérselo a Gabriel —se dijo, motivada—. Ya va siendo hora de que la marca Agreste se expanda por el mundo.
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—Fin—
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Hola miraculers,
Hemos llegado al final de este fic, justo cuando acaba también el mes Adrianette. Espero que mi pequeña aportación para homenajear este ship que tanto queremos os haya gustado.
Me gustaría dar las gracias de manera especial a Arianne Luna ^^ Gracias por seguir este Fanfic y por tus reviews en cada capítulo. Quizás hayas sido la única lectora de esta historia, al menos, la única de la que he tenido noticias, así que muchas gracias por tu apoyo a lo largo de este proceso.
Antes de despedirme me gustaría decir algo sobre el apoyo.
Sé que todos o casi todos los fickers que escribimos en plataformas solemos pedir votos o comentarios a los lectores sobre nuestro trabajo, quizás parezca un acto de vanidad pero os aseguro que no es así. Los que escribimos no buscamos comentarios que nos suban el ego diciéndonos cuánto está gustando nuestra historia. La cosa es que solo a través de vuestras reviews podemos saber que lo que hacemos le importa a alguien, que tiene algún valor el hecho de compartirlo. Que hay alguien al otro lado de la pantalla a quien le interesa saber qué va a pasar en el siguiente capítulo y como todo en la vida, para escribir también hace falta el apoyo de otros.
Yo he escrito mucho a lo largo de mi vida y sí, cuando escribes para ti, también eres feliz. Pero cuando compartes eso que has escrito con otros, viene bien algo de apoyo para no perder las ganas, la motivación, el ánimo.
Yo sé que mis fics de este fandom no son muy populares, creo que mis ideas no están en la onda de lo que la gente busca. Pero esto es lo que a mí me gusta, así que tampoco podría ponerme a escribir algo diferente. A mí no me sale escribir AU, ni me interesa escribir sobre Marinette y Adrien siendo adultos con hijos O.O Esos no son los personajes que yo conozco y quiero, pero comprendo que eso sea lo que la gente quiera y busque.
Con este fic, que aparentemente ha sido leído por una sola persona, me he dado cuenta de muchas cosas, así que he estado reflexionando y he decidido que no voy a compartir más de mis fics de Miraculous aquí. Seguiré publicando sobre Ranma y mis otros fandoms, pero he terminado con Miraculous.
Gracias de nuevo Arianne Luna. ¡Te mando un abrazote y muchos besotes!
Aquí me despido, miraculers.
Hasta siempre.
—EroLady.
