Dudo que pase, pero, por si pasa:
Si ven ésta historia en AO3 con un autor llamado "Sorsrus", no se asusten que esa cuenta es mía
Ellos, eran los apaches: los encargados de cumplir los designios de los Grandes Espíritus, también llamado "Dios", así como representantes de él y jueces del torneo de chamanes. Éso era en la práctica. Pero necesitaban dinero para un torneo de tantas proporciones, y los Grandes Espiritus no eran conocidos por dejar que sus seguidores amasaran grandes fortunas, los apaches se dividían entre sobrevivir y pagar para con su religión.
Titania era uno de los doce jueces apaches. Vivía vendiendo artesanías hechas de plata talladas con su poder espiritual pero, ella, era un poco más lista que los demás apaches para conseguir el dinero. O mejor dicho, no dudaba en hacer trampas y dejar que su Hada, el espíritu acompañante, encantase a sus clientes. Sus compañeros lo veían con malos ojos, pero el jefe Goldenford solo dijo "mientras haga dinero, me da igual como siempre que sea legal. O no le pillen". No dudó en incluso tomar algunos trabajos de caza recompensas de la policía local, sea entregar personas o animales.
Dicho de otra manera: Vió el cielo abierto.
Aunque el Gran Jefe se llevaba mucho y ella, según su propia boca, prefería vivir en un estilo "humilde". Sus compañeros, no estaban de acuerdo con su propia autovaloración: ella gustaba de pagar lo menos y tener lo más posible. "El Espíritu Apache en su máximo esplendor" decían algunos. Lo que, en otras palabras, toda la tribu la definía como alguien tacaña, usurera, roñosa, ruín y rácana, capaz de cobrarle helado a los pinguinos y de vender su iglú al propio esquimal como de monopolizar el único oásis a kilómetros de distancia en un desierto. No contento con eso Titania estaba de alquiler, en una casa que solo tenía sus cosas básicas, junto con otros dos apaches más. Lo que hacía que tuviera que pagar menos por el alquiler y, además, quedándose la única habitación porque "es una mujer, y necesitaba privacidad".
Titania, el hada, sabía todos los trucos del libro y tenía la suficiente sangre fría como para aplicarlos por orden alfabético si hiciera falta. Pero, antes que nada, era una apache y debía mirar con ojo crítico a todo aquel posible candidato a participante y Honjo, en la prefectura de Saitama, era donde ella debía buscar. Allí, vio a varios chicos interesantes: un chino, un grupo de amigas, y un solitario extranjero acompañado por la sombra de un perro negro gigante. A todos los detuvo un segundo y todos se pararon, menos uno: el chico del perro. Pablo, acostumbrado a las ventas ambulantes de los domingos en su ciudad, rechazaba por instinto todo aquel que intentaba venderle algo de la nada. Pero al tercer rechazo, ya con la espina de su orgullo de vendedora herida, le encaró.
—Si te compro algo ¿me dejas en paz? —le preguntó Pablo, cansado.
—Quizás esto te guste, para tu perro —dijo Titania.
Aquello puso en guardia a Pablo que, sin olor a perro identificable ni pelaje en su ropa, solo pudo suponer que esa persona estaba viendo a Acha. Era un collar: un collar de plata, compuesto por una cadena y un mosquetón.
—No tengo perro —dijo Pablo con fría mirada—, pero trae.
Compró el collar con un "descuento", marchando a su casa por ese camino solitario y pedregoso. Ya estaba terminando el atardecer y las estrellas eran visibles.
—De tu casa a la ciudad, de la ciudad a tu casa ¿no tienes amigos? —le preguntó una voz que ya era conocida para él.
Acha saltó de la sombra en seguida y gruñó con rabia y Pablo se giró con la misma cara de pocos amigos.
—De tal perro, tal amo, ¿eh? Ambos dan miedo —reconoció, aunque con sonrisa y broma en sus labios y voz.
Titania era cubierta por su capa ceremonial apache, además de contar con dos palillos atando en un moño su espeso y rebelde pelo negro. Se subió sus gafas de sol sobre la frente e hizo una pompa de chicle.
—Mocoso. Soy Titania, la apache. Juez del torneo de chamanes. ¿Quieres participar en el torneo?
—¿Cómo sé que lo que estás diciendo es verdad?
—Sabes leer las estrellas, ¿verdad? Has estado caminando todo este tiempo cabizbajo para evitarlas ver. Míralas, lee lo que dicen. Contempla la sabiduría de los Grandes Espíritus.
Pablo miró al cielo, y su rostro quedó en desconcierto cuando las estrellas le dijeron claramente "lucha".
—Te lo volveré a repetir, Pablo Orama, nativo de Tenerife, España. ¿Quieres enfrentarte a la prueba de los Apaches?
—Por supuesto.
En reacción ella tomó su capa y la tiró al suelo, lista con un traje de cuero negro: un top, y unos pantalones junto a unas botas de punta. Con un curioso colgante con forma de botellita en su cuello.
—Pues a partir de ahora, tienes diez minutos para asestar un golpe.
Pablo no esperó ni siquiera una orden de salida, Acha corrió tras él convirtiéndose en una esfera y entrando en su cuerpo. El primer movimiento fue un zarpazo que se detuvo contra un ala de mariposa plateada, aunque no se paró a admirar el ala, dio un giro sobre su talón para colarse por el borde del ala y asestó una patada con todas sus fuerzas, aunque ella lo esquivara echando la cara hacia atrás. La reacción del chico al ver que le daba la espalda: dar una patada de burro. Titania se defendió con su otra ala produciendo un inmenso sonido metálico al golpear.
—¿Qué demonios es eso?
Titania no respondió, agitó las alas con fuerza y el viento levantó a Pablo del suelo, forzándole a agarrarse del suelo y colocarse a cuatro patas.
—Acha, Posesión de almas al máximo.
Los ojos de Pablo brillaron en rojo intenso, desapareciendo de la vista de la apache que, impresionada por la velocidad, comenzó a buscarlo por todos lados. Un aullido delató su posición sobre ella a propósito, obligándola a saltar a un lado y flotar en el mismo aire al ver que el chico había enterrado el brazo hasta el codo en el suelo.
—Tus ataques no me llegarán, no así.
Pablo sacó el brazo, pero eso había gastado buena parte de su resistencia física y se vio obligado a cancelar la posesión.
—Tu espíritu es demasiado fuerte para ti, pero no estoy aquí para probar eso. Estoy aquí para probar tu fuerza como chamán.
Acha miró a su compañero con ojos tristes, mientras el humano jadeaba torpemente y se levantaba, cubriendo sus nudillos ensangrentados con un trozo de su camisa que había roto para ese momento. Una vez más, hizo la posesión con Acha al máximo, quería comprobar algo y Titania se lo dejó ver cuando chocó de nuevo su puñetazo contra el ala de mariposa. Era como golpear a la nada y, sin embargo, toda la inercia del golpe era absorbida por algo que se sentía no estar ahí. Lo podía sentir en su piel: las alas, no existían realmente. No de una manera física.
Las alas se esfumaron y un pequeño hada rosa, sentado en el hombro de la mujer, se burló del joven a carcajada limpia.
—¡Menudo payaso, que no sabe otra cosa que pensar en cómo golpear! ¡Es tan tonto como su perro!
Lo vio. Cuando vio al hada, lo entendió todo. Pudo ver un halo de energía rodeando el colgante y al hada, y fue como encajar todas las piezas: el chico y su nudillo, el otro con las plantas. Pudo recordar incluso a su padre haciendo extraños rituales al meter a su espíritu acompañante en objetos.
—Lo tengo —susurró.
De la mujer y su frasco de polvo, las alas; del chico chino su nudillera, aumentada; del ecoterrorista, las plantas y su espíritu acompañante, el druida; su padre y su lanza. Todo estaba relacionado, todo era lo mismo. La misma técnica.
—Pero… ¿salen según…? No… Debe haber algo más…
—¿Qué está susurrando, se ha vuelto loco?
—Está comenzando a entender…
Sacó el collar del bolsillo, envolvió a Acha en su modo esfera y la introdujo en el objeto. La energía estalló como llamas rojas, y la temperatura subió drásticamente mientras Titania se bajaba las gafas de sol y el Hada tenía que lidiar con las ascuas salientes.
—Eso es. Cuando imbuimos un objeto con un espíritu, se genera un rechazo y la energía del portador se vuelca. Mantener la forma de la energía, y usarla para que interactúe con el mundo físico. Eso, es el Oversoul.
Las cadenas, enrolladas en su mano, formaron una nueva cadena hecha de fuego rojo oscuro, a pesar de que brillaban como si fuera pleno día. Pablo jadeaba, le costaba contener toda la energía en su sitio y, de vez en cuando, la cadena hacía el mismo movimiento de interferencia que una televisión con mala señal. El mosquetón apareció de la punta, y se transformó en un garfio afilado. Estaba comprendiendo y madurando su primer oversoul delante del mismo apache, a punta de buscar un equilibrio entre el gasto y su poder de concentración. Pero estuvo lista en pocos segundos.
—Ahora, dale un nombre —pidió la apache.
—"Las cadenas del infierno" —dijo en español, ya no tenía humor ni cabeza para pensar en hablar otro lenguaje que no fuera el suyo materno—. "La bestia encadenada".
La hizo girar sobre si misma y la lanzó directa al cuello de la apache, tratando de detenerla con su ala pero siendo destrozada como una hoja fue forzada a esquivar elevando el rostro. En cuanto lo hizo, supo que había cometido un error. Las cadenas de Pablo se enrollaron en el cuerpo de la apache en su segunda vuelta.
—¡ARDE! —gritó, y las llamas que hacían la cadena reaccionaron haciendo combustiones en cadena hasta su víctima donde se creó una reacción simultánea y más fuerte.
La apache, para esquivarlo, deshizo la posesión de sus alas y se escabulló por el hueco que dejaron mientras la cadena se cerraba sobre su cabeza. Aunque intentó saltar hacia atrás y rehacer su oversoul, la explosión y el fuego oscuro la golpearon con la suficiente fuerza como para dar un giro en el suelo y levantarse con las puntas del cabello chamuscado, habiendo perdido el moño donde era atado.
—Te golpeé —dijo Pablo, exhausto.
Su oversoul primerizo se deshizo y su cuerpo falló, cayendo de rodillas.
—Así parece. Veamos… Tu furyoku era fuego rojizo así que…
Pablo tendió la vista hacia arriba viendo como algo blanco era cambiado de color un ojo oscuro con las cintas en rojo carmesí, cerró los ojos por un segundo y ya lo tenía entre las manos. Era como una especie de brazalete con la pantalla de una consola, cinco plumas plateadas en un extremo y dos más grandes a otro.
—¿Qué es esto?
—Es un oráculo virtual. Las plumas pequeñas siempre mirando la mano —mientras decía, se lo iba colocando—. Las instrucciones estarán ahí. Llévalo siempre contigo, ¿de acuerdo?
La apache se iba alejando del lugar, dejando al joven prácticamente tirado en medio del camino.
—Espera, ¿a dónde vas?
—¡Eres el quinto de la noche, muchacho! —dijo mientras se alejaba caminando de espaldas—. Pero eres el primero de hoy que consigue golpearme, ¡esfuérzate y buena suerte!
