Capítulo 12.


El día de su dieciséis cumpleaños amaneció con el cielo completamente despejado, el sol brillando con fuerza en el cielo y con una temperatura cálida y agradable en el ambiente. Era el día perfecto para cualquier celebración que se quisiese hacer.

Pese a eso, Yona no pudo sentir ninguna satisfacción o alegría. Debería de hacerlo, pues el plan seguía en marcha, los engranajes colocándose cuidadosamente en su sitio en esa gran máquina que llevaba años confeccionado, pero el nerviosismo, el miedo y la inquietud que le invadían impedían que pudiera pensar en nada más que el siguiente paso que había que dar. Uno. Otro. Y otro más.

Toda su vida, toda las decisiones conscientes o inconscientes que había hecho en sus dieciséis primaveras, se reducía a este día, a este momento. Al aquí y ahora.

—Feliz cumpleaños, hija mía— le sonrió su padre, con aquel brillo cálido y amable de sus pupilas, ese que siempre tenía para su hija.

—Gracias, padre— las palabras le salieron a trompicones, pero si su padre se dio cuenta de ello, no dio lo demostró. Seguramente lo habría atribuido al pánico escénico que debía sentir ante el hecho de que estaba a punto de conocer a tanta gente.

Dejó que siguiera pensando así.

—Vamos, todos te están esperando.

Yona asintió y después de acomodarse por última vez la impoluta falda del vestido color carmín que llevaba – obsequio de su padre –, se aferró al brazo que le tendía su progenitor. Le sorprendió y alivió notar que no estaba temblando o que, al menos, no era apreciable en el exterior, porque si la abrieran en canal se cualquiera podría darse cuenta de que no era más que un manojo de nervios andante.

Caminaron en completo silencio por el castillo mientras los criados le felicitaban y saludaban allí por donde pasaba y cuando llegaron al gran salón donde tendría lugar la celebración, Yona oyó el murmullo de voces de todos los invitados, a pesar de que la puerta estuviera cerrada. El corazón estaba a punto de salírsele del pecho de lo rápido que iba y tenía que luchar fuertemente para que su respiración no se mostrase errática.

—¿Preparada?

No, pero no era algo que le pudiera decir en voz alta, así que se limitó a lanzarle una pequeña y, esperaba, verdadera sonrisa que, gracias a los Dioses, su padre se creyó porque le recompensó con otra aún más deslumbrante. A continuación, el rey de Kouka golpeó suavemente la madera con sus nudillos.

En el momento que la puerta se abría, las voces del otro lado se callaron abruptamente.

Las piernas de la muchacha empezaron a temblar mientras su padre la conducía con paso lento al interior de la habitación. En ella, había una veintena de personas, todas desperdigadas hablando entre ellas en pequeños grupos, pero que ahora la miraban descaradamente, como si de pronto hubieran olvidado todas las reglas de protocolo.

De las veinte personas, ella era la única mujer.

—Os doy la bienvenida a mi humilde morada y agradezco que hayáis podido asistir a esta íntima pero importante celebración— Il habló desde la parte delante de la sala mirando a todos los invitados con una amable sonrisa— Aquí os presento a la homenajeada de la velada: mi preciosa hija Yona.

Un murmullo de aplausos se levantó en la habitación y mientras Yona oía un par de voces cuchicheando entre ellas -sin saber qué decían exactamente-, hizo una elegante y educada reverencia. Piernas ligeramente flexionadas, manos en el vestido y un levantamiento ni muy alto ni muy bajo; en su justa medida.

—Muchas gracias por las molestias de estar aquí— murmuró con la voz temblorosa. Al menos las palabras le habían salido entendibles. Esperaba.

Alzó la cabeza y su mirada recorrió la habitación. Ahora que se fijaba bien, los invitados estaban distribuidos en cuatro grupos. O tres, en realidad, y un solitario. Y podía imaginarse el patrón que seguían tanto por la indumentaria semejante que había en los grupos, como por el número en el que se habían distribuido y el único individuo que estaba solo, atrás, apoyado en la pared con los brazos cruzados como si, en realidad, todo este acto no fuera con él.

Esa actitud le pareció terriblemente familiar y sintió su corazón sangrar.

Su mirada se encontró con la mirada azul del muchacho a través de la habitación por solo un segundo y no necesitaron palabra ni gesto alguno para saber lo que estaba pensando el otro. Para saber que había llegado el momento, que no había vuelta atrás.

Tae-Woo asintió, tenso, como si reconociera su existencia. Yona pensó corresponderle el gesto, pero entonces la primera pareja se acercó a dónde estaban su padre y ella. Uno de ellos, de largo, lacio y rubio cabello, mirada clara y vestimenta azulada, se inclinó en su dirección, aunque sin perder ni un poco de dignidad y entereza.

—Felicidades, princesa. Soy Joon-Gi, Jefe de la Tribu del Agua y junto a mi vienen…

Que empiece la función.

·

El rey secuestró a la reina en su hogar… y la apartó del mar… Son nuestros mares por poder, naveguemos siempre… Yoho, las manos, los colores alzad… Gritad, mendigos, nunca moriréis… Yoho, todos juntos, los colores alzad… Gritad, ladrones, nunca moriréis… (1)

—¿Puedes parar de canturrear? Me estás poniendo de los nervios, Ryokuryuu— espetó Kija desde su celda.

—Oh, vaya, ¿quieres que cante una más alegre mejor? — inclinó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en la pared con una sarcástica sonrisa en los labios; había una parte de él que le encantaba sacar a Hakuryuu de sus casillas, era tan… inocente y quisquilloso, como un tierno jabato— Me sé una de un marinero que entró a una cantina y por unas monedas, pasó la noche con una prost-

—¡Por favor! ¡No necesito escuchar eso! — chistó, seguro, con las mejillas rojas como una amapola.

Jae-Ha se rio entre dientes. Oh, pequeños placeres que tenía en aquel claustrofóbico lugar. Aunque, en realidad, debería estar acostumbrado después de estar toda su infancia encerrado, atado…

Ah, qué bonito dejá vù.

Al menos, pensó con ácida ironía, en este lugar nadie le pegaba, tenía compañía… y una hermosa vista. Aunque esta última ahora mismo no estuviese al alcance de su mano.

—¿Podéis callaros y dejar de enfrentaros como críos? Me estáis dando dolor de cabeza.

—No pensé que tú también serías tan aburrido, humano. Estoy seguro de que la segunda canción te encantaría.

—¿No puedes tomarte ni un por un segundo la situación en serio?

—¿Y qué conseguiremos con eso, Hakuryuu? ¿Que el tiempo pase más rápido?

—No, pero…—gruñó, lo que sacó una nueva sonrisa en el chico de pelo verde— Eres insufrible.

—Bueno, gracias, pero si pensabas hacerme daño con tus palabras… solo te aviso de que me han dicho cosas peores. Y mejores. También cosas mucho mejores.

—Pero qué…

Jae-ha se carcajeó.

—Soy el primero en apuntarme en molestar a la Víbora Albina, en serio, pero lagartija, como no te calles ya…

¿Qué puedes hacerme si estamos aquí encerrados? quiso preguntar Jae-Ha, pero decidió ser prudente, raramente, y se desvió a otros derroteros.

—Que te preocupes tanto no servirá de nada tampoco. No puedes ir a allí a ayudarla. Ninguno puede.

Jae-Ha abordó sin ninguna consideración el tema que todos habían estado rehuyendo en las últimas horas. Y como venía ocurriendo… no obtuvo respuesta, aunque la crispación que notó en el ambiente le hizo ver que había tocado una fibra sensible. Ryokuryuu arqueó una ceja, intrigado.

—Lo hará bien. Esa chica…

—Confiamos en ella— se apresuró a decirle Kija, como si fuese una ofensa que creyesen lo contrario.

Ella.

La princesa Yona. Una chica mimada, que había estado encerrada desde que tenía uso de razón y que no conocía nada de la vida. Ella era la encargada de salvarlos a ellos, los guerreros más fueres de todo Kouka, porque estos habían sido lo bastante gilipollas -sí, él incluido, reconocía tensando el mentón- como para dejarse capturar. Y ahora estaban a manos de esa joven, que, si la veías, jamás pensarías que sería capaz de hacerlo. Sin embargo, tenía que reconocer que aunque la apariencia no le acompañaba, coraje no le faltaba, algo que le había llamado la atención desde el primer momento que vio el brillo de sus ojos y la expresión de determinación en su semblante. Se jugaba mucho y, a pesar de todo, no había dudado en dejarles claro que haría todo lo posible por ayudarles.

—Pues no lo parece con esos ánimos tan mustios. No necesito veros las caras para saber que seguramente tenéis una que congeniaría muy bien con un entierro. ¡Arriba esos ánimos, pronto saldremos de aquí!

—La princesa se está jugando mucho para…

—¿No decías que confiabas en ella?

—Sí, pero…— Kija gruñó, impaciente.

De pronto, el sonido de unos pasos acercándose alertó a los cuatro que estaban en el lugar. Jae-Ha se incorporó y se acercó a la verja; Seiryuu, quién había permanecido durante las últimas horas acurrucado en una de las esquinas con Ao en su cuello, adormilada, alzó la cabeza; Kija se tensó con el nudo de su estómago creciendo y Hak… Hak permaneció en su lugar, quieto, como si no fuera consciente de su alrededor. Sentado en el centro de la celda, con una pierna en alza y la otra doblada y cruzada por detrás del tobillo, casi parecía una estatua que respiraba mientras se limitaba a alzar la mirada a la puerta principal.

Los pasos se fueron acercando y con ello, la tensión en el aire se fue incrementando.

Segundos después, la puerta se abrió y Hak apenas tuvo tiempo de sentirse decepcionado, aliviado o furioso por no ver una cabellera pelirroja, porque en ese momento vio una espalda. Una espalda masculina, en tensión por estar cargando algo.

Y esa imagen solo podía significar que…

Los cuatro dragones, finalmente, habían sido reunidos.

·

La mirada de Yona se desvió inconscientemente hacia su padre. Uno de los generales de palacio se había acercado a él y con un par de palabras susurradas oído, había hecho que su padre se disculpara por un momento con los presentes, pues había surgido un "improvisto".

Instantes después, se habían retirado a una esquina de la habitación para hablar en voz muy baja, en un tono prácticamente inaudible.

Aunque ella intentaba no dar muestra de lo mucho que le intrigaba y preocupaba aquel intercambio de palabras, no pudo evitar echar un par de vistazos más por el rabillo del ojo. Su padre estaba preocupado, pero satisfecho -veía-, mientras asentía quedamente y decía un par de órdenes de vuelta. El general asintió, tenso, y después de dedicarle una pequeña reverencia, se marchó de la habitación con paso apresurado. Apenas transcurrieron un par de segundos después de eso que su padre estaba volviendo a su sitio, disculpándose y adaptándose con gran soltura a la conversación que estaba teniendo lugar entre los Jefes de las Tribus del Fuego – Tae-Jun no había sido invitado, pero sí su hermano mayor, un tal Kyo-Ga –, del Viento y del Agua -este último acompañado de su consejero y uno de sus nombres de confianza.

Los ojos de Yona se escaparon hacia Tae-Woo, quién, al igual que ella, había sido consciente del pequeño intercambio que había ocurrido frente a sus narices. Puede que no tuviera nada que ver, que fueran simples asuntos de palacio, pero la situación con la que llevaba viviendo durante tantos años le hacía ver cada problema, cada situación inesperada, como una posible alteración de los planes.

Se estaban jugando todo a esa noche. Nada podía salir mal.

Un criado apareció en la habitación y se acercó a Il, aunque esta vez no necesitó apartarlo para darle el recado. Il asintió, le agradeció con una cordial sonrisa mientras el joven se marchaba, y se acercó a Yona, quién estaba charlando -o "escuchando", más bien- sobre la magnífica plantación de té de la esposa de Geun-Tae.

—Yona, querida, la comida ya está servida, será mejor que vayamos a la mesa— le indicó Il, rozándole ligeramente el brazo. Yona asintió, aunque notó su corazón apretarse cuando los ojos de padre e hija se encontraron y ella creyó distinguir un ligero destello de ansiedad y preocupación en la mirada de él.

Sintió como la boca se le secaba –definitivamente, algo no iba bien-, así que no pronunció palabra alguna mientras todos se acomodaban en la larga mesa. Sus manos temblaban, cientos de escenarios y problemas diferentes se acumulaban en su cabeza, y ella lo único que deseaba hacer era levantarse de aquel lugar y correr lejos, hacia ellos, hacia él, para asegurarse de que nada hubiera pasado. Sin embargo, estaba encadenada a aquella dichosa charla, a aquella dichosa cena… a aquel trato.

Ya queda poco.

—¿Cómo lo llevas, hija? — se inclinó Il para que Yona escuchara su murmullo.

La joven necesitó un par de segundos para averiguar a lo que se refería.

—Bien, padre— le sonrió tensa.

—¿Qué te parecen? ¿Hay alguno… bueno, hay alguien…?

La muchacha reprimió un estremecimiento.

—No sé aún, padre…

—Bueno, no te presiones. Todo irá bien— le sonrió cálidamente, sujetándole la mano en su regazo. Le dio un apretón suave antes de soltarla— Todavía hay tiempo, y si no, podremos hacer más cenas. Solo te pido que vayas conociéndolos…

—No te preocupes, lo sé.

Il sonrió y asintió. Entonces, cogió una de las lustrosas copas que habían sido llenadas con el mejor vino del reino y se incorporó, atrayendo la atención de todos los comensales.

—Me gustaría comenzar la noche con un pequeño brindis en honor a mi querida hija…

Yona no le escuchó mientras alzaba la mirada, una vez más sus ojos dirigiéndose solos al Jefe de la Tribu del Viento. Este, sentado entre el Jefe de la Tribu del Agua y el primogénito de la Tribu del Fuego, mostraba una actitud relajada y tranquila, como si ocasiones como aquellas tuviesen lugar con asiduidad en su día a día. Yona deseó tener su capacidad de adaptarse porque se sentía igual de tensa que las cuerdas de un arco. Temía saltar a la más mínima.

Tae-Woo la miró una vez más y en sus labios se dibujó una rápida y amable sonrisa.

«Todo irá bien», parecía estar diciéndole. «Tranquila, no pasa nada.»

Sí, tranquila…

Por debajo de la mesa, se llevó una mano a la muñeca contraria. Metió el índice por debajo de la manga del vestido y cuando rozó la suavidad de la pluma, fue como si le hubieran quitado un gran peso de encima.

Él confía en mí. Ellos confían en mí. Todo irá bien. Podremos hacerlo, se recordó por millonésima vez en que lo que llevaban de día.

Solo quedaban unas horas más, y pronto el telón de aquel teatro macabro y eterno se cerraría para siempre.

·

—¿Estáis bien?

Un gemido quedo por parte de Kija y una risa sarcástica por parte de Jae-Ha fue lo que Hak obtuvo por respuesta. El hecho de que parte de sus almas de dragón pudieran reconocer a un nuevo hermano solía afectarles demasiado y les dejaba fuera de juego durante unas pocas horas al no poder echar mano de su parte sobrenatural que calmara ese chute de energía nueva que recorría su cuerpo humano.

El único en la habitación que estaba en sus cinco sentidos era Hak.

El mencionado, sabiendo lo que pasaba, apretó los dientes, apoyó la cabeza contra las barras de metal de la celda y cerró los ojos de pura frustración.

Ouryuu había aparecido. No, espera, en realidad no había "aparecido". Finalmente, lo habían capturado y llevado a aquel lugar. Después de casi cuatro años temiendo que llegara este día, el momento había llegado…

¿Qué pasaría ahora que se habían reunido a los cuatro dragones? ¿Qué harían con ellos? ¿Con él?

Mierda, mierda, mierda…

¿Y la princesa? ¿Qué pasaría con ella?

No podía bajar esta noche a verlos. A partir de ahora debían ser extremadamente cuidadosos – más de lo normal – con sus siguientes pasos, porque no sabían que ocurriría a continuación. Actualmente, metafóricamente hablando, claro, se encontraban de pie frente a un precipicio, conscientes de que estaban a un empujón de caer o a un simple movimiento de poder recular hacia atrás. Si Yona aparecía esa noche como habían quedado y los soldados también lo hacían y la pillaban en aquel lugar… las consecuencias podrían ser temibles. Llevaban demasiado tiempo esquivando a los guardias, al mismísimo rey, como para que ahora… en el último momento…

Hak maldijo entre dientes, empezando a dar un nervioso paseíllo con el tintineo de los metales de sus cadenas resonando como un canto fúnebre, mientras escuchaba las rápidas respiraciones de sus compañeros.

Yona había dado todo y más por salvarlos, se había puesto imprudentemente en peligro por ellos más veces de las que sus nervios podían controlar… y Hak era consciente de que no se tomaría bien el hecho de que ahora se quedara apartada a un lado mientras, impotente, veía los acontecimientos precipitarse frente a sus ojos. No, Hak no le podía pedir que no hiciera nada porque ella no le escucharía… pero… ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Dejar que siguiera actuando temerariamente como si nada? ¿Ponerla en un mayor peligro?

¡Mierda! Estaba atado de pies y manos, y no estaba literalmente hablando, que también.

De pronto, un suave sonido consiguió sacarle de sus pensamientos. Alzó la cabeza, con las ideas cayendo precipitadamente sobre él.

Unos profundos y saltones ojos negros le observaron desde el otro lado de los barrotes.

—Ao.

¿Ella podría ayudarle? Ya lo había hecho una vez, cuando él estaba muerto de preocupación después de que Yona desapareciera por mucho tiempo… Pero no se le ocurría ninguna manera de hacerle entender a la princesa que no era seguro bajar…

Mierda, mierda, mierda…

¿Qué podía hacer?

·

Yona atisbó un movimiento por el rabillo del ojo y viró la cabeza hacia la ventana. Allí, apoyada en el marco, estaba…

Ao.

—Padre— murmuró repentinamente Yona sin apenas echarle un vistazo, ni escuchar la conversación que tenía lugar a su alrededor— Si me disculpa, voy a ir a que me dé un poco el aire.

—¿Estás bien?

Se obligó a apartar la mirada de la ardilla y girarse hacia el rey para hacerle un amago de sonrisa que esperaba que se viera lo suficientemente real como para no levantar sospechas.

—Sí, solo un poco acalorada, ya sabes, no estoy acostumbrada a este ambiente... Discúlpame con los demás, ¿vale?

Il le cogió la mano con cariño, como si tuviera que asegurarse de que así fuera, y sus ojos se cruzaron con los de ella. El corazón de la muchacha se saltó un par de latidos, pero se esforzó para que sus pulmones respiraran con normalidad. Esos ojos… esos ojos que la habían visto crecer, que le habían mirado con amor desde que ella tenía uso de razón… se veían profundos e insondables; un mar de secretos que Yona tenía miedo, mucho miedo de descubrir.

—Ve, mi niña, yo te guardo las espaldas— dijo finalmente, colocándole un mechón de pelo detrás de la oreja— Lo estás haciendo muy bien hoy.

Yona, inexplicablemente, sintió sus ojos arder, pero pudo recomponerse con rapidez, por lo que, lanzándole una leve sonrisa, se marchó de allí rumbo al jardín, a algún lugar solitario donde poder estar. Durante el camino a la salida, su mirada se cruzó con la de Tae-Woo, quién le frunció el ceño y sin palabras le preguntó lo que ocurría.

Yona deseaba explicárselo, pero tenía miedo de acercarse a él y quedar expuestos, así que miró vagamente, como si fuera un gesto casual, hacia la ventana, hacia los arbustos que se veían más allá, y después volvió a observarle. La expresión de Tae-Woo se ensombreció, pero asintió de forma imperceptible.

Yona se marchó de la habitación sin mirar atrás.

·

—Oye, bonita, ¿qué haces aquí?— susurró acuclillándose en aquel rincón profundo del jardín— ¿Tienes hambre? Lo siento, no caí en traerte algo de comer…

Extendió la palma y Ao no dudó en subirse a su palma y empezar a refregarse contra ella.

Un tacto extraño, que no debería estar allí, y rugoso activó las alarmas en la cabeza de Yona, quién con su otra mano libre rebuscó entre el pelaje de su cuello hasta encontrar el cordel que ella misma le había puesto.

Su corazón se detuvo en el sitio. Porque ahí había algo colgado.

—¿Qué es esto?

Era una tela. Un trozo de tela, como la que Hak le había enviado hace meses para hacerle saber que seguía ahí, solo que esta vez no era suya la ropa. Ni de Kija, Seiryuu o Jae-Ha. Era una tela… que no había visto con anterioridad. De un color anaranjado, como el del pelaje del animal, y tenía pinta de haber sido arrancado con los dientes, por los cortes imperfectos que tenía el retazo. Era como… como si lo hubiera mordido una… ardilla… Como si esa persona no hubiera podido arrancarla por sí misma…

Como si estuviera desmayada…

Yona sintió que el mundo se abría a sus pies.

De pronto, las piernas eran incapaces de sostenerla.

No, no podía ser verdad….

—Ruego que nos disculpe, princesa— oyó de pronto a su espalda.

Apenas tuvo tiempo de reaccionar, que alguien le cubrió la boca con algo húmedo y que olía muy mal. Intentó revolverse, chillar, pedir ayuda, pero las fuerzas poco a poco fueron desapareciendo y su cuerpo no reaccionaba a las ordenes que su cabeza daba.

La oscuridad la envolvió e irrevocablemente, Yona perdió el conocimiento.


(1) Para los que no lo (re)conocen, este fragmento corresponde a la escena con la que comienza la película Piratas del Caribe: el fin del mundo. Está sacada literalmente (por supuesto, de la versión española) de la canción que entonan los presos sentenciados a morir. Amo la saga y no he podido evitar poner este guiño. Perdonadme ;P


¡Y se acabó la espera, y la tensión, y los momentos previos a la acción! A partir de aquí es mejor os abrochéis los cinturones porque se viene TODO el desenlace. Jejejej, que ganas de leer vuestras reacciones.

¿Queréis conocer toda la verdad que se esconde tras esta historia?