Enemigo primordial

Capítulo 46

El barco de Ra recorrió el río de la Duat tras la derrota de Apofis, su transformación en un huevo negro como la obsidiana y brillante, y la coronación de Zia como la nueva faraona del panteón de Egipto por el dios; esos acontecimientos sorprendieron a todos pero los aceptaron sin demasiado problemas al entender que no había demasiado que hacer, las cosas habían salido así y punto. Se limitaron a recostarse en la cubierta del barco y quisieron dormir un poco antes del cercano amanecer, aunque comprendieron que tendrían que descansar a lo largo del propio día para recuperar esas horas de sueño perdidas.

Ra les observaba en silencio, pensativo, en especial a Zia. Estaba tumbada junto a Hearts y Jamily, que dormía en el centro de los tres con los brazos sobre la tripa y las cabezas de ellos en el respectivo costado. Sólo cubiertos por sus propias prendas, la chica se había guardado el huevo bajo la camisa como si fuera una gallina primeriza… eso le causó cierta ternura al otro, que sabía que allí le quedaba más bien poco.

Se encaminó por la cubierta a paso lento, esquivando a los grupitos que dormían y dirigiéndose hasta la parte delantera del barco para contemplar una última vez la Duat… mientras lo hacía poco a poco se transformaba en trazos de luz que volaron hacia el pecho de Zia. Absorbió la totalidad de ese poder pero sin llegar a inmutarse, y ese instante el aparato comenzó a alzarse y el Sol con él, abandonando lentamente el reino mágico y volviendo a la Tierra, apareciendo eventualmente por el horizonte una vez superó la totalidad de las capas que les separa de la superficie, estaban en su lado más hondo y ascendieron suave pero progresivamente hasta el final.

Mientras esto sucedía fueron despertando lentamente, algo atolondrados hasta que recordaron lo que sucedió en el último tramo de la noche. Sorprendentemente se encontraban bastante descansados, se dieron cuenta entonces que en la cubierta brillaban vario jeroglíficos que identificaron como de protección y recuperación. También se encontraron a solas, el viejo dios ya no estaba pero notaban el aura en la maga, por lo que entendieron que se habían vuelto uno de forma más intensa que el resto.

-¿Y ahora?

La pregunta de Skadi era más que pertinente.

-Iremos al Este, es lo que hemos hecho en todo momento -razonó Amos-. Es nuestra mejor opción, ahora que los panteones de nuestro lado del mundo nos odian.

El resto asintió, bastante conformes con lo que acababa de decir el otro. De todas formas aún tenían que hablar con el resto para decidir el curso de acción, pero nada indicaba que les fueran a llevar la contraria con aquella decisión. En un momento dado el barco tembló al salir de la Duat y comenzar a alzarse sobre el aire del mundo físico, estaban por el mismo sitio en el que entraron; de hecho, incluso vieron el campamento de sus compañeros en una de las orillas del Nilo.

Antes de que pudieran buscar la forma de descender, todos ellos se transformaron en haces de luz que recorrieron el aire hasta las proximidades del campamento, donde la actividad ya comenzaba a esas horas aunque lentamente. Annabeth, la última en hacer la guardia nocturna, los vio llegar con sorpresa con las primeras luces del alba. Se levantó y estiró, bostezando un poco.

-Buenos días… -murmuró, atontada- ¿Qué hacéis aquí ya? ¿Lo lograsteis?

-Parecido, pero… -Erik dudaba un poco en cómo explicarse- Apofis murió y fue sustituida por un huevo, y ahora Zia es la nueva faraona de los dioses, o eso he entendido…

La muchacha les miró con cierta sorpresa, y asintió despacio.

-Bueno, ¿y las armas? ¿Las tenéis al menos?

La otra se las mostró, y Annabeth asintió con cierta satisfacción. El resto se iba despertando según el barco solar se elevaba en el cielo, e iban explicando lo sucedido al grupo mientras se unían en torno a un fuego que habían hecho para calentarse y desayunar antes de ponerse en marcha para la nueva misión. Se sorprendían de cómo pudieron enfrentar tantos retos y tan difíciles, eran personas verdaderamente poderosas y se alegraban de tenerles en el grupo… les admiraban en cierto grado.

Hestia era la más interesada, les miraba con una sonrisa y bastante encantada pero sin intervenir en ningún momento, en un constante segundo plano. Se estiró donde estaba sentada, en una esterilla de color crema en la que se podía mover libremente y observar el mundo a su alrededor… se alegraba de haberse unido a ese grupo, dado que ahora podía comprobar la belleza que había por todas partes con sus propios ojos y no sólo a través de los cuentos que le contaba su sobrino Hermes.

-¿Dónde está Waltz, por cierto?

Esa pregunta de Percy sorprendió a los que habían ido hacia la Duat. Se habían separado antes de internarse plenamente en el mundo mágico, durante la primera hora de la noche y sin llegar a decir qué era lo que tenía que hacer en el mundo de los muertos. Tras el combate que habían tenido con las huestes de demonios se encontraron con que el dios se había ido, y habían dado por hecho que volvió con el resto del grupo después de lograr su objetivo, pero grande fue su sorpresa al ver que no era así.

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Tenían sus razones para estar sorprendidos. Según salió de la cubierta del barco y tras superar al ejercito de demonios de la orilla, Anubis anduvo por la arena del desierto en silencio, pensativo y hecho en pura energía purpura con el rostro vaporoso de un chacal sobre el humano. Su parte divina iba cobrando fuerza a cada paso y superaba a la mortal, en un momento dado garra y zarpas sustituyeron manos y pies respectivamente, portando un aanj en la derecha con una espada curva en la izquierda.

Al fondo, tras las dunas cercanas al río de la Duat, se alzaba el reino de los muertos de Egipto. Un sendero arenoso discurría por la planicie ante él, había partes arboladas y pozos a lo largo de los laterales, y especialmente importantes eran siete puertas de obsidiana negra con jeroglíficos y esqueletos que las protegían; sólo brillantes almas de luz se movían únicamente hacia adelante, los guardias ni se movían aún cuando el viento llevaba las almas desde no se podía ver dónde hasta las cercanías de la primera de las puertas.

Tenían forma de arco con los bordes dorados, de una belleza sobrecogedora y que el dios conocía perfectamente. Una vez se pasaba por el portal comenzaba el viaje a través del camino de los muertos hasta llegar al área del juicio del alma, en el que los dioses comparaban el peso del corazón, del alma, de la persona con una pluma. Si pesaba más esta última se entraba al reino de Osiris, si era al revés era devorada por el monstruo que acompañaban a las divinidades.

-Todo parece en orden… -murmuró, pensativo- Pero tengo demasiado trabajo atrasado.

Él no era un dios de la muerte como tal, sino que su área de poder era el de las tumbas y su cuidado. Ayudaba con el cuidado de los difuntos y a su preparación para el juicio, por lo que su presencia allí era más que necesaria cada día… y hacía bastante que había abandonado su puesto y obligaciones. Demasiado, por lo que anduvo en esa dirección con los puños y mandíbulas apretadas por la tensión, listo para ponerse en marcha y llevar a cabo las tareas necesarias en su reino.

Rápidamente llegó hasta las cercanías de donde se celebrara el juicio de las almas. Sobre un altar se encontraba la balanza dorada, un par de mujeres bien ornamentadas y la famosa pluma del orden; por allí rondaba una bestia con cuerpo de cocodrilo y cabeza de león, grande como un caballo pero tirado tranquilamente en el suelo como si nada fuera con él. Dormía plácidamente y sin enterarse de lo que sucedía a su alrededor, las almas pasaban una a una y todas parecían estar superando el juicio sin mayores problemas, notó el dios.

En torno al lugar, hecho de madera con una tela blanca por encima y varios postes de madera que servían de soporte, sí que había muchas tumbas de granito y alguna de mármol pero bastante descuidadas. Eran de aquellos que no pudieron superar la prueba, en la mayoría de casos lo único que atestiguaba su persona era la placa del material que correspondiera con una sencilla inscripción con el nombre. En algunos casos eran tan antiguas que estaban prácticamente disueltas, mientras que otras estaban bastante conservadas por ser muy recientes.

Extendió sus manos y sus poderes pasaron en torno a la infinidad de las tumbas, restaurando aquellas más rotas o en peor estado y haciendo que algunos muertos se quedaran observando el proceso con bastante interés, aunque volvieran rápidamente a su camino para ser juzgados. En eso sabía que no tardaría demasiado, pero no era eso lo que más le preocupaba, sino la preparación de los muertos: no conocían la Duat, y en el poco rato que estuvo vio como muchas almas se perdían por el camino.

Muchas veces era porque iban por el lugar equivocado, o pisaban donde no debían; o simplemente por cruzar palabras con los guardias de forma errónea, de tal manera que o se perdían, o ardían o eran lanzados hacia la nada y brillaban como candelas. Eso preocupaba al dios, impotente ante ese tipo de sucesos mientras estaba restaurando las diferentes áreas de tumbas; pero según terminó, fue directo hacia la entrada al camino y acampó allí, comenzando con su labor formativa respecto a qué había – pero sobre todo, qué no había – que hacer allí… tarea que no llevaba a nada ni tenía final por haber siempre alguien nuevo al que contar todo aquello.

Sabía bien que era eterna pero se tenía que realizar… y aún así también tenía que volver con los demás para luchar contra Apofis primero y luego contra Caos. De fondo se escuchaba la constante batalla de sus compañeros contra los acólitos de la serpiente, sus propios hijos, y a la mismísima gran bestia llegado el momento. Todo retumbó al momento en que la criatura se encontró con su gran enemigo, y la perenne oscuridad que lo invadía todo desapareció durante el combate del dios solar contra la bestia, aunque eso no era lo más espectacular. Todo temblaba con intensidad por la violencia que se desató durante los largos minutos que duró, hasta que eventualmente la oscuridad volvió y los terremotos cesaron.

No mucho tiempo después el barco solar se alzó por el aire y comenzó a subir por las capas de la Duat y él aún seguiría allí un buen rato antes de poder abandonar el reino mágico con sus tareas finalizadas. Gruñó suavemente, cada vez venían más muertos y él simplemente no daba abasto. En un momento dado estaba explicando al grupo de almas de unos muchachos que tuvieron el infortunio de estrellarse cuando viajaban en autobús, entonces vio por el rabillo del ojo cómo se acercaba Osiris. Reconoció su rostro como muy cercano al de Carter, cosa normal dado que era el padre del muchacho, pero igualmente se sorprendió de verle allí.

-¿Necesita algo, mi señor?

Este negó suavemente y las almas simplemente siguieron su camino con total normalidad.

-Quería verte, sentí tu presencia cuando llegaste pero estaba ocupado -comentó-. ¿Cómo estás? ¿Y mis hijos y hermano?

-Todos bien, señor.

Se refería, por supuesto, a Carter, Sadie y Amos. Éste parecía bastante complacido con su respuesta, por lo que asintió un poco y le observó. Sería muy antiguo pero a veces se comportaba como los jóvenes, por suerte era cada vez menos habitual.

-Puedes volver, si lo deseas -le comentó-. Yo me puedo encargar de todo.

Pero el más joven no parecía en especial interesado o dispuesto a ello, cosa que podía comprender… pero tenía que hacerse así. Era necesario, así que llevó su mirada hacia el antiguo lugar del combate y sonrió un poco. Anubis se dio cuenta de eso y suspiró suavemente, interpretando los gestos.

-¿Quieres que vaya a buscar algo en particular?

-En el lugar del combate normalmente descansaría Apofis hasta el próximo día -le explicó-. Pero ha sido destruida ahora y tenemos un nuevo Faraón de los dioses.

Eso sorprendió al otro, que desde luego no se esperaba esa información. Pero mientras la rumiaba según se iba acercando le era cada vez más lógica la decisión de Ra, dando por hecho que era así como sucedió, ¿qué más opciones había, de todas maneras? Recorrió las dunas a buen ritmo gracias a ser una sombra que se desplazaba como el viento, plantándose en poco tiempo en las cercanías del enorme lago que servía de hogar a la serpiente. Tal y cómo había avisado el mayor, estaba vacía en cuanto a la bestia pero no de demonios, que si bien la mayoría había desaparecido unos pocos ya comenzaban a formarse para la nueva noche que llegaría horas más tarde.

Las aguas claras permitían ver el lecho de los primeros metros, con piedras redondeadas, algas y algún pececillo… todos libres por fin de la presencia negativa de Apofis que envenenaba las aguas. Recordó entonces las propiedades mágicas de las aguas de la Duat y comprendió que, ahora que la bestia ya no estaba, tendrían de vuelta esas particularidades que las hacían tan especiales pero inservibles precisamente por la constante presencia de la bestia.

En sus manos apareció varias bolsas de cuero y las llenó con el agua, que cargó a su hombro y suspiró un poco tras haber completado su tarea… ¿ahora cómo volvía? Era una pregunta de la que no tenía respuesta, pero era un dios, claro que podía salir de allí fácilmente. Tanto tiempo entre mortales le había hecho olvidarse de esas cuestiones tan básicas, así que se concentró un poco y fue saliendo de allí poco a poco. En todo momento fue observado por Osiris, que le miraba con cierta diversión y algo de orgullo, pero no le duró demasiado dadas sus grandes responsabilidades.

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En no demasiado apareció en las orillas del Nilo, con el Sol ya bien en alto para ese entonces y calentando con intensidad el ambiente. Encontró a un lao el gran barco con el que siempre viajaban, así que subió al mismo y dejó las bolsas con el agua a buen recaudo antes de hacer acto de presencia ante los demás. Estos pegaron un respingo al verle llegar sin previamente escucharle, pero desde luego se alegraban de tenerlo de vuelta… justo a tiempo, como siempre.

-¡Así que aquí estabas! -comentó Amos, divertido- Justo estábamos diciendo que saldríamos ahora, dentro de poco… ¿qué te pasó?

El aludido suspiró un poco.

-En la Duat, fui hacia el camino que lleva hacia el juicio de las almas y el reino de Osiris, lo dejé demasiado descuidado en este tiempo… -murmuró entonces- Estuve toda la noche y parte del día reconstruyendo las lápidas y guiando los muertos hasta que me encontré con Osiris.

El resto le miró con bastante interés, y Zia le mostró el huevo de Apofis y las insignias reales. Comprendió el dios en ese momento que, efectivamente, ahora la Faraona era ella. Le costó asimilarlo un poco al descubrirlo, pero ahora que lo confirmaba podía centrarse en otra cosa importante.

-Traje agua de las aguas donde habitaba Apofis -les explicó-. Son mágicas y poderosas, nos servirán para luchar contra el Caos, ellas… representan el orden de Maat, nos serán útiles en el viaje.

Se fijó entonces que la mayoría se había dedicado en ese rato a hacer otras cosas, demostrando que el cansancio le había pasado factura y ahora tendría que darse un buen descanso y dormir una larga siesta para recuperarse. Bostezó con ganas y se encaminó hacia el barco con pesadez, en ese rato que se había sentado toda la energía que pudiera tener se evaporó y la magia que hasta entonces le había alimentado estaba fuera de su alcance por ser un hombre más ahora.

Durmiendo, ni se enteró de en qué momento todos los demás subieron al buque y comenzó de nuevo su ruta mágica hacia un destino incierto pero al que tenían que ir quisieran o no. Aquel concepto que occidente ya no era seguro para ellos tenía bastante sentido teniendo en cuenta los últimos acontecimientos, y aún no se sentían lo bastante seguros como para poder enfrentarse al Caos apropiadamente… estaba igualmente la segunda parte de la profecía que les había sido revelada por Odín mientras le enfrentaban, el viejo dios maldito por la misma magia que había convertido a Hela en una horripilante criatura ahora le convertía en un desagradable anciano más muerto que vivo al menos en apariencia.

Desde el puente de mando, Carter y Amos gobernaban el barco. Recorrían la parte más alta de la Duat para viajar hacia el Este pero sin saber muy bien el destino final, aunque en un momento dado se encontraron con un resplandor al fondo. Comprendieron que ese tenía que ser el lugar al que debían dirigirse, por lo que se movieron hacia allí impulsados por los fuertes vientos mágicos hasta alcanzar el objetivo. La neblina habitual les comenzó a rodear hasta que se aclaró y el agua marrón de un río caudaloso sustituyó a la del reino mágico. Podían oler el potente aroma que surcaba el aire, cerca tenía que haber un pueblo que estaría celebrando algo pues también había una columna de humo alzándose, pero los animales no parecían nervioso.

Había aves descansando en las ramas de los frondosos árboles, algunas incluso se colaban en el agua y salían de ella con peces en sus picos, aunque algunas eran cazadas por peces aún más grandes. Vieron a pequeños monos marrones juguetear con piedras y frutas en las orillas, bebiendo pero siempre observantes de lo que sucedía a su alrededor. Claramente estaban en una suerte de selva pero no sabían exactamente en qué parte del mundo estaban, pero dudaban que aquello fuera África… hasta que lo confirmaron al ver un grupo de mujeres salir del agua. Su piel era morena, igual que sus largos cabellos lisos y figuras finas. Sus prendas eran multicolor y portaban canastos hasta arriba de frutas y verdura; un punto rojo destacaba en sus frentes, por lo que adivinaron por dónde tenían que estar.

El barco de Carter se acercó hasta un embarcadero, el mismo en el que aquellas mujeres habían estado trabajando minutos antes. Una vez pegaron el barco a la madera que formaba el puente ataron los cabos para dejarlo bien colocado y fueron bajando, incluyendo la autocaravana y que serviría bastante mejor para poder moverse por el campo y las carreteras internas de allí donde fueran. No siempre podrían tener masas de agua en las que desplazarse, por lo que ese segundo medio lo usarían siempre; y mientras iban subiendo al vehículo, Sadie empequeñeció el navío y lo guardó con mimo en una bolsa de tela que se puso al hombro.

Ya dentro, con Erik al volante y Skadi de copiloto fueron moviéndose por las carreteras de la zona… era bastante generoso llamar así a los caminos de tierra casi sin asfaltar, eran consciente que estarían en esas condiciones mientras no pasaran a una vía nacional, y no contaban con dar con una rápidamente. Encima los locales no lo facilitaban, moviéndose de lado a lado y sin apartarse plenamente para dejarles paso. Avanzaban muy despacio, además, por la presencia de vacas sagradas y de personas santas que las acompañaban o cuidaban, o simplemente por diferentes personas cargadas con frutas, aves o peces para la celebración del banquete nocturno de más tarde.

A unos kilómetros de allí, en la cercana aldea, el bullicio era constante. Era de los principales festivales del año en el pueblo, hecho de casas de madera y adobe en el norte de la India y a orillas del hermoso Ganges justo después de bajar desde el Himalaya, al comienzo de su peregrinación hacia el mar. De hecho desde los puntos más altos se podían ver, en el horizonte, el inicio del enorme sistema montañoso a un lado y la gran selva verde en el otro… era un contraste importante, en realidad.

Y de entre las muchas religiones que se profesaban en aquella parte del mundo, una de ellas era el budismo. Un pequeño templo se alzaba en la mitad del pueblo. No demasiado grande, el edificio era de piedra con tejas rojas con forma circular y una larga ornamentación que ascendía desde una cúpula hecha en oro como si fuera un largo dedo, en su parte más alta una bandera de diversos colores servía casi como guía en la espesura que lo rodeaba. Al lado del templo estaba la plaza local, lo que servía como gobierno civil, un estanque y varios locales de ocio, y luego muchas casas bien amuebladas y habitadas por muchos. Cada vez que pasaban al lado de la puerta de madera cincelada con motivos de todo tipo hacían una suave y respetuosa reverencia en señal de comprensión de la importancia del lugar.

Su interior no era especialmente amplio, pero sí daba a unos jardines privados que estaban protegidos por un muro de ladrillos horneados y piedras. Era un recinto más o menos grande que se extendía hasta las cercanías de uno de los giros del río, del que sacaban el agua… En medio de aquel parque interior, sentado sobre una piedra cincelada y en posición relajada meditaba un muchacho. De apenas dieciséis años, estaba totalmente rapado, bien afeitado y con ropas rojas y amarillas muy amplias y aparentemente cómoda, sólo un colgante con una figurita sonriente decoraba sus prendas. En torno a él, perturbando la paz, un mono iba y venía jugando con lo primero que se encontraba. Igual que los salvajes, su pelaje marrón cubría todo el cuerpo menos la zona de la cara, bien definida y con marcadas expresiones gracias a sus grandes ojos marrones y caninos pequeños pero potentes. Su larga cola se movía de lado a lado expresando sus emociones, pero eso no era lo que más destacaba.

-¿Qué te sucede, Sun?

El animal chilló e hizo ademanes con las manos, como si le hubiera comprendido a la perfección. Movía la cola y sus brazos con ímpetu, acompañados de bufidos, sacadas de lengua e hinchado de mofletes. El otro hizo caso omiso de semejante declaración y siguió a lo suyo hasta que, media hora después, se incorporó. Algo agarrotado por no haberse movido del sitio en horas, anduvo con ligera dificultad hacia el interior del templo acompañado por el animal en todo momento, que corrió como un demonio hacia la fruta apilada. El monje, sin embargo, se contentó con un tazón de te con algo de fideos, arroz y un trozo de carne de pollo asado.

Al principio le agasajaban con verdaderos festines, pero al comprender que sólo comía una mínima ración se ajustaron mucho más a sus necesidades y deseos, procurando siempre contentar al muchacho. Este, complacido, daba las gracias por haber sido comprendido un día más y por las bellas y fructíferas conclusiones a las que había llegado en esa sesión de meditación… y suspiró con algo de nerviosismo al darse cuenta de la llegada de los extranjeros. Lo notó en la propia energía que lo rodeaba todo y en la de las gentes que allí vivían, sorprendidas por una novedad así y con ganas de comentarla.

Mientras comía observó las decoraciones de las paredes. Eran frescos hechos con figuras geométricas y, en el centro, la imponente figura de Siddharta Gautama… infinitamente mejor conocido como Buda, y su predecesor. De regordetes mofletes, pelo largo sujeto un moño y una simple tela cubriendo su rostro, siempre era mostrado sentado con las piernas cruzadas, cuerpo recto y con el brazo izquierdo sobre el regazo y el derecho extendido o colocado sobre su pecho en una de las muchas configuraciones que podía haber en su religión, cada una con un significado diferente.

-Gran maestro… -murmuró, cuando sus ojos se posaron sobre él- ¿Qué… deberé hacer a partir de ahora? ¿Seguir aquí para alcanzar algún día el Nirvana… o ir con ellos en su importante misión?

No era ningún dios, sólo un hombre. Uno con la capacidad de manipular la energía y de tener un poder enorme, pero mortal al fin y al cabo. Viviría mucho y sería honrado, pero sus huesos darían con el polvo igual que si fuera un pastor de ovejas o patos… y eso le daba humildad. Podía enfermar, sangrar o tener un mal día como cualquier otro, pero a través de la iluminación, del Nirvana, podría trascender como todos sus ancestros hicieron… esa tarea le agobiaba ciertamente pero se sabía capaz. Estaba tan cerca… cualquier distracción podría quitarle de alcanzar su anhelado deseo, pero también se sabía necesario para poder enfrentarse al Caos que deseaba asolar el mundo y no podía permitirlo. No era un guerrero sino un sabio… pero también podía enfrentarlo a través de su sabiduría y su magia.

La estatua, por supuesto, no respondió pero sí que se abrió un poco la puerta. El muchacho sonrió al reconocer los largos cabellos de la muchacha que había entrado junto a una bandeja y un trapo. Con enorme respeto se inclinó suavemente y se disponía a retirar su comida, ya terminada, cuando él se la tendió suavemente.

-¿Qué tal estás, Lavanya?

Ella le sonrió suavemente y recuperó las cosas antes de responderle.

-Honrada de ayudarle, Maitreya.

Este asintió, aquel era su nombre como santo igual que lo fue Gautama para el anterior.

-Sabes bien que puedes llamarme Iham.

Lavanya asintió y comprobó que Sun estaba distraído con alguna de las brillantes joyas que siempre traían al joven santo antes de sonreírle.

-Sería una falta de respeto llamarle así.

-¿Incluso aunque yo te lo pidiera?

-Incluso.

Él asintió con un deje de tristeza. Ellos se habían criado juntos y eran inseparables, casi como hermanos, pero desde que él fue nombrado el nuevo Buda se habían tenido que alejar de una manera que truncaba totalmente cualquier posibilidad de haber estado juntos. Como hombre santo no podía mancharse de esa manera con una mujer impura como lo era ella, de la casta de los intocables y que en teoría no tendría ni que poder acercarse o interactuar con él. Tocarle era por supuesto casi que un pecado, pero no se veían entre ellos así… y el nuevo Buda había dado la orden clara, ella debía poder estar cerca de su órbita y estará juntos en cada momento.

Era un privilegio con el que ella contaba perfectamente, y estaba dispuesta a que así siguiera… pero notaba su perturbación y, aunque él le había confiado parte de la información, no podía darle toda por respeto a los demás. Mientras ella recogía algunas cosas que estaban desordenadas hablaba en voz alta, explicándole las últimas novedades del pueblo. En especial le hablaba de su vieja madre, Saniya, una de las profesoras de los niños y de gran sabiduría. También le explicaba sobre sus hermanos, que llevaban uno de los locales de ocio del lugar… le evocaban su juventud, aunque casi se había olvidado de sus rostros o esa sensación le daba de vez en cuando.

-Y ahora están preparando un banquete para que la cosecha sea fructífera, se comenzará a recoger dentro de poco.

Este asintió, tenían que darse prisa para que llegaran a buen tiempo a las regiones sureñas y pudieran beneficiarse de su venta para que fueran rentables. El chico sonreía con cierta satisfacción aún con Sun en los brazos. Jugaba con sus orejas y movía sus mofletes con ganas, como si le quisiera sacar de quicio pero sin lograr atormentar la tranquila alma de Maitreya. El animal y su cuidado era una de sus principales obligaciones, un ejercicio de templanza y autocontrol de sí mismo y de sus emociones a la que ya se había acostumbrado bastante.

-¿Vinieron personas de fuera?

-Eso dicen, sí -comentó-. Si hablas de europeos desde luego, un grupo bastante numeroso además de las gentes de los pueblos de alrededor, como siempre.

Siempre era así, cada pueblo tenía un par de semanas en las que se recogía la producción y los hombres iban y venían a través de un área de varios cientos de kilómetros gracias a los coches. En retorno, los del resto de pueblos y ciudades se acercaban al propio para cumplir con esa tradición. Las mujeres aprovechaban para preguntar por sus familiares y los niños jugaban más que nunca por haber sido retirados de cualquier obligación.

-Entiendo… -murmuró, y se levantó- Me gustaría verlos, la verdad.

Ella le miró pero negó un poco.

-Ellos deberían venir, señor -le indicó-. Es un honor que el Buda quiera ver a alguien, no debe moverse usted.

Pero este negó un poco y la acarició en el hombro. Ella retiró la vista, cosa que entendió, y negó un poco.

-Me vendrá bien moverme -le indicó-. Además, quiero poder ver a mi gente.

Y como su palabra era Ley, ella asintió y dio por buena esa afirmación. Nada le era negado al más iluminado de los hombres, tratamiento al que se había acostumbrado poco a poco pues su humildad natural hacía que le costara esa forma de hacer. Por ello se limitaron a dejar todo ordenado y salieron de allí a paso tranquilo y lento.

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El grupo había dejado la caravana en una zona abierta asfaltada en la que había unos cuantos coches bastante antiguos pero que se usaban a menudo en aquella parte del mundo y en la que la tecnología más puntera estaba en manos de las castas más altas. Era el sino habitual para ellos, en la que el lugar de nacimiento y el estamento eran primordiales y fundamental para determinar cómo sería la vida de la persona.

Todo el lugar era realmente hermoso, florido y con un verdor tan intenso que les dejaba obnubilados. Las gentes vestían multicolor y parecían felices con sus duras vidas a pesar de las muchas dificultades en las que vivían… y todos trabajaban, hombres y mujeres por igual aún estando gestando o con alguna enfermedad. Se dieron cuenta rápidamente que a veces les miraban pero volvían en pocos segundos a sus quehaceres o conversaciones. Algunos sí que se les quedaban mirando un poco más, en especial los más jóvenes, pero al final volvían a lo suyo por voluntad propia o por una regañina de su madre o padre.

En el grupo nadie sabía qué hacían allí, pero sólo andaban tranquilamente por las calles, por si surgía algo que les llamara la atención pero sin ver nada… hasta que la población comenzó a arremolinarse en torno a un punto concreto. Se encontraron con que el centro del tumulto consistía en una persona que avanzaba hacia ellos, ceremonialmente y con algo de lentitud pero siempre hacia adelante. En pocos minutos aquel hombre llegó hasta Amos, que se quería alejar para darles espacio aunque el tipo se lo impidió.

-¿Habláis mi lengua?

No tenía acento, notaron, y eso les sorprendió pero aún así asintieron. Este parecía satisfecho.

-No… tenemos el gusto.

-¡Qué descortés de mi parte! -murmuró, y entonces les hizo una suave reverencia- Me llamo Buda Maitreya, bienvenidos a India.

Ellos le miraron con cierta sorpresa, hasta que Annabeth comenzó a entender. Aelita y Beatrice notaban su magia, Zia estornudó y hasta Sadie comenzó a ponerse de lo nervios al notar la intensa energía mágica que de él emanaba. William no comprendía la reacción de las chicas, ni Jeremy, Jasón, Frank o Percy; y sin embargo, Skadai tomó la mano de Erik con fuerza y la apretó con ganas. Leo miró de reojo como Calíope observaba todo el entorno ajena a cualquier cosa así, mientras Hestia se rezagaba constantemente para hablar con las mujeres locales sin perder de vista a nadie. Blizten y Hearst estaban sudando como nunca, y Samirah tuvo que reconocer que la idea de Magnus de quedarse en el agua al llegar no era tan mala idea ahora que hasta Alex quedaba empapada por su propio calor interno.

-Este chico… tiene un poder digno de un dios… -murmuraba Hazel- Pero claramente no lo es, noto su mortalidad desde aquí.

Augusto, por suerte para todos, había adquirido un aspecto bastante más humano y caminaba junto a Nico terminando con la marcha, que de vez en cuando se paraba para observar en uno de los puestos. Desde luego le trataban como si fuera uno aún sin siéndolo, pero eso se lo explicarían más tare: media hora más tare habían recorrido el camino que separa su localización del templo, uno que de normal tomaría apenas cuatro o cinco a un ritmo tranquilo.

Las puertas de madera sólo fueron traspasadas por el grupo, encabezado por Maitreya y que esperó a que todos pasaran para cerrar los portones a su lugar privado con un suave gesto. Luego les sonrió y les indicó salir al patio, debían reconocer que era de una belleza inmensa… se quedaron embobados un buen rato antes de notar que él se sentaba en una roca a media altura en una postura que debía serles cómoda.

-Como dije, bienvenidos a la India -les dijo-. Me alegra veros por fin… hasta ahora siempre me había hecho ideas mentales de vosotros, desde joven que supe de este mito.

-¿Desde tan pequeño?

Amos parecía sinceramente sorprendido, y Maitreya asintió despacio.

-Siempre he estado al tanto de esto, la verdad -reconoció-. Entre las muchas revelaciones que he tenido estaba esta, pero no fue hasta conocer mi naturaleza que les he dado el significado que realmente tienen… siempre pensé que no eran más que sueños.

-Y… ¿a qué te dedicas?

La sincera pregunta de Aurora hizo que se ruborizara.

-No trabajo, sólo… medito -murmuró-. Soy el único hombre que no se levanta con el Sol para recoger arroz, o frutas de los árboles, o para llevar el ganado por el monte a pastar -les dijo-. Tampoco coso, limpio o barro como hacen las mujeres, ni crío hijos ni atiendo a los enfermos…

-Siempre tienes que estar aquí, ¿no?

A la pregunta de Sadie, él asintió.

-Me temo que sí…

Había cierta tristeza en su rostro, pero rápidamente la ocultó cuando apareció Sun. El animal pasó de uno en uno, saltando entre ellos y acicalando sus cabelleras en búsqueda de algo que comer, rebuscaba entre sus prendas sin pudor ni cuidado alguno, e incluso les hacía carantoñas o bromas pesadas cuando alguno intentaba detenerle. No fue hasta que Maitreya le dio una voz que se detuvo y se dirigió directo hacia él.

-Disculpad a Sun -les pidió, algo avergonzado-. Es un mono muy inteligente, pero también demasiado bromista, y sigue sin saber comportarse.

Eso último lo dijo alzando la voz y dándole un suave golpe en la mano, para dar énfasis en eso. Sin embargo el animalillo no pareció darse por aludido, y se limitó a comer una fruta que había cogido por ahí usando la cola mientras investigaba entre las pertenencias de los demás. Vieron entre sus manos una de las herramientas de Blizten, que se levantó como un resorte para recuperar lo que era suyo, furioso.

-¡Maldito sinvergüenza!

Sun se rio y saltó sobre el hombro de él cuando se abalanzó sobre él, el animal demostró entonces una habilidad sorprendente dado que incluso se elevó en el aire lo suficiente para quedar fuera de su alcance. El enano no podía estar expuesto a la luz solar, por eso llevaba unas prendas para protegerse la piel, y eso le hacía sudar bastante; por ello fue sustituido por Hearts, que ya sabiendo de eso le detuvo y recuperó el pequeño martillo con un tirón. Sun lloró un poco como si fuera un niño pequeño, pero se le pasó rápido cuando Maitreya le tendió una nuez moscada para roer.

-Sun no es un mono normal, como veis -les dijo el chico-. En realidad es el Rey Mono, es tan mortal como lo pueda ser yo, pero aprendió los secretos de los verdaderos dioses de China y descubrió las diferentes formas de fortalecerse a través de la magia… se cansaron de él llegado un momento por su inusitada condescendencia y desmedido orgullo, se creía mejor que los demás y por eso quisieron acabar con él, pero simplemente no podían… hasta que intervino mi predecesor, Buda Gautama.

El sólo mencionar su nombre hizo que el animal gruñera y mostrara los dientes, molesto, pero rápidamente volvió a mordisquear la fruta que tenía en sus manos tan tranquilo.

-¿Él le venció?

-Contuvo su poder y le obligó a tener esta forma… esto sucedió hace muchos siglos, cuando Gautama falleció Sun Wukong se quedó aquí a la espera del nuevo Buda para que lo cuidara, y ese… soy yo.

El resto se miraba, entendiendo aquello. El mono, al escuchar su nombre completo, se golpeó el pecho con los puñitos con cierto orgullo, el aire en torno a él chasqueó como si algo quisiera venir pero no llegó a suceder nada. Maitreya suspiró suavemente y lo tomó en brazos al notar que se entristecía. Los demás se preguntaron qué pudo haber hecho para que ese fuera el castigo, por mucho menos se había lanzado a alguien al Tártaro o había sido encadenado usando las vísceras de los propios hijos, tenían ejemplos de sobra en ese sentido.

Y sin embargo, el otro parecía bastante de acuerdo con la decisión y la continuaba, mientras el castigado se limitaba a continuar con su condena sin especial remilgos ni quejas más que alguna extraordinaria muestra de repulsa hacia cuestiones concretas. Era, desde luego, un dúo bastante curioso y que funcionaba a su manera. Pero había otra acuciante pregunta, ¿qué les había llevado hasta allí? Sí, tenían una aparente profecía que les nombraba de forma clara, pero no tenían nada que hacer en apariencia. Desconocían qué tendrían que hacer allí, por ello suspiraron un poco.

Meitreya sentía su nerviosismo, pero comprendía aquello. Normalmente siempre tenía todo claro, siempre estaba iluminado por la luz de la razón y el conocimiento… pero en ese caso era una cuestión oscura y desconocida. Era una de las pocas veces en su vida que no tenían claras las cosas, y aquello era novedoso totalmente para él. Tendría que seguir adelante fuera cual fuera su destino, en cierto grado era su deber… dejó al mono en el suelo y luego fue hacia el interior del templo. Varios de ellos le siguieron para ayudarle en lo que fuera necesario, hasta que vieron a la joven Lavanya.

Ella bajó el rostro de inmediato cuando les vio llegar, cosa que sorprendió pero tenia todo el sentido cuando lo pensaron un poco teniendo en cuenta la sociedad en la que estaban y sus características. La vieron moverse rápidamente y hacer de todo buen ritmo pero sin decir nada, estaba en silencio pero Meitreya la miraba de reojo con cierto interés y a la expectativa de terminar… según acabó con todo, muy poco realmente por estar todo hecho pero había que aparentar, se colocó frente a él en actitud sumisa. Ella sonrió cuando él tocó su hombro con cuidado y alzó el rostro.

-Te presentó a… -se dio cuenta del detalle en esos momentos- Este…

Comprendiendo, se fueron presentando aunque a ella se le cruzaban lo nombres sin ningún tipo de control. Estaba nerviosa por tanta gente nueva, se limitaba a sonreír un poco y con ganas deseaba que se fueran de allí… como intocable no quería darles su mala suerte ni afectar negativamente a su karma, a su destino y energía en su mundo. Era un entorno con normas y obligaciones diferentes a la que ellos estaban acostumbrados… se las tendrían que explicar, aunque algunos parecían ser conscientes de al menos la parte más superficial de todo aquello.

-¿Se irán pronto?

Lavanya le susurraba a Meitreya con algo de nerviosismo, sin saber cómo actuar del todo pero a la espera de la orden de su señor. En cambio, el otro parecía bastante tranquilo en ese respecto aunque por dentro llevara todo el proceso de acostumbrarse a la idea de salir de su zona de confort y recorrer el mundo. Suspiró y le sonrió algo.

-Sí… y yo con ellos, junto a Sun -Ella le miró con evidente sorpresa, y negó un poco pero el otro la tomó del hombro-. Ya sabías que tenía que hacerlo, Lavanya… y no creo poder pedirte que vinieras conmigo.

-Pero mi señor, no… ¡No puede irse! -le dijo- ¿Y el pueblo? ¿Qué será de nosotros? ¡Necesitamos vuestra presencia para tener suerte, estar sanos, que no nos ataquen los demonios…!

Estaba realmente alarmada, notó, pero por dentro sabía que debía hacerse así. Llevaban tiempo dejando pasar la conversación hasta que se vieron en la necesidad de tenerla, aquello sucedió haría un par de semanas. Podía notar la magia revolverse en el mundo, y supo que había llegado el momento… era evidente que ella aún no se había hecho a la idea, pero no quedaba otra opción. Y mientras ellos charlaban, el grupo se había disgregado: la mayoría había vuelto hasta la autocaravana, sólo quedaban atrás Annabeth, Amos y Zia acompañando a Lavanya de aquí para allá, preparando una bolsa de viaje para su señor. Estresada, había juntado varios ungüentos para los mosquitos hechos a base de plantas aromáticas, unas telas, los libros favoritos de él y varios fajos de billetes… pero luego se acordaba que necesitaría también sus cosas de higiene, velas y cerillas para sus ceremonias, cayendo entonces en que tenía que llevar también las cosas del mono.

En un momento dado él la detuvo y le retiró la bola de tela. Hasta arriba, la condujo a un lado y le tendió la bolsa. No escuchaban su conversación pero ella estaba ansiosa, negaba con energía pero en un momento dado hizo una mueca de pena y le abrazó con ganas. Meitreya se dejó hacer con una suave sonrisa, acarició su espalda y luego su cabeza, y tras eso ella se apartó un poco.

-No merezco su comprensión… -murmuraba- Gracias.

-No podría hacer otra cosa, Lavanya -le replicó-. Venga, hay cosas que hacer…

Y se metieron en un cuarto anexo al principal a preparar las cosas necesarias en lo que el resto ponía en marcha la autocaravana y hacían inventario, apuntaban qué tenían que comprar o vender, hacia dónde ir… La tranquila vida de ese pueblo pronto volvería, pero no en la región, que ahora se vería afectada por la llegada de ellos. En el centro del Himalaya la tierra temblaba y una grieta se abría en la roca, de la que manó una intensa energía oscura que salió al aire libre por primera vez en siglos… y aquello no pasó desapercibido.

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(1)

La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.

Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!