Se acerca el final…

Dedicado enteramente a ivenus-valens, gracias por estar ahí.

Con esperanza,

HRHED

9

Gracias al cielo un grupo de Ravenclaws entra en la sala y puedo romper el contacto visual que habíamos establecido y que me provocaba un mareo prácticamente irremediable.

Me sirvo un poco de pudding que seguramente no comeré y James ataca a otra pobre tortita indefensa.

- ¿Sabes? Tiene su gracia esto de que me besaras. – Comentó James como quien comenta una jugada de Quidditch.

- ¿A si? Pues cuéntamela y así nos reímos los dos.- Unté una tostada con mermelada de frambuesa y desee que al comerla no tuviera ganas de echarla al momento.

- Así podré besarte cuando me venga en gana. – James mordió su tortita con ganas y mi tostada se quebró en mis manos.

- No, esto no va así. – James se gira y me mira extrañado.

- Tú me besas cuando a ti te place sin explicación ninguna y yo hago lo mismo. Fácil y sencillo.

- No, James. Yo te he besado una sola vez y tú otra a mí. Aquí se cierra el círculo. – Y en el fondo creo que sería mejor una espiral inacabable.

- Está bien. – Deja la tortita en la mesa y se limpia las manos con una servilleta. – Mírame. – Me giro a mirarle y él me coge la cara con sus manos grandes y anchas.

Sé que va a besarme y me siento incapaz, por una extraña razón, de detenerle. Se acerca ladeando poco a poco la cabeza y mira los labios con un hambre que es imposible dejar sin saciar. Los besa, sin embargo, con dulzura y sólo siento una monstruosa necesidad de permanecer así de por vida, aunque sea con la boca semiabierta y la barriga hecha un nudo.

- Ahora yo he abierto de nuevo el círculo y estaré encantado de que tú vengas y lo cierres para que yo pueda abrirlo de nuevo. – Sonrío y mi cuerpo, por fin, se relaja. – Pero una cosa quiero que quede claro ya he tenido suficiente paciencia contigo y no esperaré eternamente.

James se va con aire tranquilo y algo sombrío. Sé a la perfección que no mentía.

La cabeza me da vueltas y no consigo centrarme ni en la clase de pociones, mi favorita. James me mira desde su pupitre, que comparte con el tonto de Black, que me mira de forma extraña últimamente. Me provoca, me mira a los labios con una sed desmedida que me asusta, me tiemblan las piernas y se me pone la piel de gallina.

Se marcha de clase, antes de que yo acabe de guardar todos los ingredientes en el armario, me roza el cuello, con los labios, de una manera ágil y rápida que nadie nota, pero que a mi me produce una punzada al final de la tripa, un poco más abajo, dónde sólo él puede hacerlo.

Mis mejillas se tiñen de un rojo intenso y la vergüenza me aborda.

No consigo olvidarlo, ni a él ni a sus malditos besos, ni a él ni a sus malditos labios, ni a él ni a sus malditas manos. Alice me gira el libro que estoy leyendo del revés antes de que nadie pueda darse cuenta de que estoy en la luna.

A pesar de que el invierno está próximo a expirar sigue haciendo frío y para poder salir a los jardines, más allá de las seis de la tarde, hay que abrigarse con un par de capas. Los pasos me llevan hasta el campo de Quidditch, donde el equipo de Ravenclaw repite y repite una misma estrategia. Abajo, al margen de los jugadores que juegan en el aire, el capitán del equipo, Gorgeus, discute a pleno pulmón con su novia, una de las prefectas de Ravnclaw, y al parecer de Lily, una chica encantadora.

Están acalorados y alterados e incluso algo exaltados. Gorgeus ha tirado la escoba al suelo y hace aspavientos con las manos, Claire, se mantiene a la espera para contestar mientras unas lágrimas gruesas se le acumulan en los ojos.

Gorgeus lo nota, baja los brazos, la mira y la abraza como si llevara años sin hacerlo. Se miran, juntando nariz con nariz, él susurra algo y ella se ríe y le golpea en el hombro. No hay nada más que ver, Lily se marcha sonriente hacia la extensión de los jardines, la cabaña del nuevo guardabosque, un antiguo alumno, Hagrid.

Se aproxima con sigilo, atando con fuerza la bufanda negra a su cuello desnudo. Pisa la gravilla de la entrada con cuidado y oye risas que salen de la cabaña, que por cierto, parece apunto de desplomarse.

Se asoma por la ventana, dejando ver el gorro negro, un poco de flequillo pelirrojo y los ojos verdes a la vista. Dentro el semigigante se ríe de tal manera que la barba limpia la mesa con cada carcajada. Al otro lado de la mesa Sirius Black no para de hablar con una sonrisa en la boca, mientras James esconde un poco la cara en el cuello del jersey.

- Que a mi no me gusta… - James intenta justificarse y Hagrid y Sirius le miran incrédulos.

- Es imposible que no te guste, por Dios, Hagrid, te lo digo yo, esas piernas no son normales.

- Cállate, ¿Quieres? – James le golpea el brazo con el puño cerrado.

- ¿Cómo quieres que me calle si no aprovechas las oportunidades que te da la vida?

- Maldita sea, Sirius, ¿De qué oportunidades me hablas? – James niega con la cabeza.

- Todo el mundo lo dice. Evans está mejor que nunca, no sólo físicamente, que es obvio, sino su comportamiento. ¡Joder! Si me dirige la palabra. Este es tu momento. Haz el favor de llevártela al huerto de una vez o seré yo quien lo haga.

- Eres gilipollas. Ni se te ocurra acercarte a Lily.

- ¿Entonces te gusta? – Sirius le mira expectante y a James le suben los calores a la cara.

- No, no me gusta nada. – Sirius le mira sin comprender. – Simplemente quiero ser el primero que la pruebe de los dos. – Hagrid frunce el ceño y Sirius, a pesar de extrañado, choca los cinco con su compañero.

Cuando se aparta de golpe voltea una maceta que al tocar el suelo se hace trizas con un sonido exagerado para lo pequeña que era.

Se da tal susto que tropieza con otra maceta, mucho más grande, se tuerce el tobillo opuesto al que ha chocado y se cae al suelo, haciéndole imposible el poder levantarse y con un dolor inmenso.

Hagrid sale de la cabaña como una flecha con la varita en ristre, tras él, Sirius y James le imitan.

- ¿Quién anda ahí? – Los tres la miran asombrados mientras, Lily, se toca el tobillo con fuerza y no puede evitar llorar, aunque no sabe muy bien el porqué.

- Lo siento, Hagrid. Tan sólo paseaba por aquí. – Dice como puede antes de que Hagrid se acerque a recogerla, Sirius se acerca y se mantiene a la espera, James no se mueve de su sitio.

- No te preocupes. ¿Puedes levantarte? – Hagrid la alza y la deja por unos segundos sin ayuda, cerciorándose de que si la suelta va a a caerse, así es.

- Creo que no. – Lily se agarra de nuevo al brazo grueso de Hagrid antes de caerse de nuevo.

- Chicos deberían llevar a esta muchacha a la enfermería, yo no puedo abandonar la cabaña a estas horas de la noche, ya lo saben.

- Mejor me marcho sola. – Lily intenta girar sobre su propio eje.

- Estás loca, Sirius y James son buenos chicos, te llevarán de inmediato a la enfermería.

- He dicho que no. ¿No sabes quién soy, cierto? – Lily le mira, aún surcada en lágrimas y con la voz tomada.

- No… pero eso que tiene que ver para… - El semigigante hace movimientos cortos y torpes sin entender.

- Soy Lily, Lily Evans, la que no tiene unas piernas normales. – Hagrid enmudece y siente la necesidad de marcharse y dejar que aquellos chiquillos solucionen en la intimidad lo que tengan que solucionar.

- Vamos, Evans, no seas tonta. No te lo tomes como algo malo. – Dice Sirius acariciándose su melena e intentando quitar hierro al asunto.

- Tú eres más gilipollas de lo que pensaba. – Los ojos de Lily, a pesar de ser menos penetrantes que los de Sirius, consiguen convertir a Sirius en un manso cachorro.

- Evans. Perdona, ¿Vale? Deja que te ayudemos. – Sirius se mueve como puede, intentando alzar a Lily del suelo sin tocarla.

- No se te ocurra ponerme un dedo encima. – La varita de Lily se mueve ávida entre sus dedos, eso bien lo sabe Sirius, y sabe, también, que si vuelve a intentar tocarla será su lengua lo que se mueva, para pronunciar un hechizo que le ponga los cuartos traseros en el lugar de los pies. – Y tú… tú… - Las palabras no pueden aflorar de la boca de Lily. – Menos mal que no tendrás que esperar eternamente. Aquí se cierra el círculo. Para siempre. – Los labios de Lily se cierran con fuerza y con ellos el último aliento de James, que siente que de verdad, esta vez sí, toda oportunidad con Lily se había esfumado.

Lily, se pone en pie, con la ayuda de una de las grandes y calientes manos del guardabosque que siente la impotencia de la muchacha con cada latido de su corazón, que hace que la corriente sanguínea le arda y le vibren las venas.

Avanza, poco a poco, a la pata coja, sujetándose de un árbol, de la pequeña estatua de un cuervo que hay cerca de la cabaña, rompiendo a llorar con cada paso y mordiéndose los labios para intentar no hacerlo.

James aprieta los puños y se clava las cortas uñas en las palmas, dejando marca. Fija los ojos en los pasos lentos e inciertos de Lily y mira al cielo, rogando a un Dios en el que ni siquiera cree.

Sus pasos, más firmes que nunca, a plomo contra la gravilla se aproximan con ardua velocidad a la ya frágil silueta de Lily.

La hace girar sobre su propio eje, ciento ochenta grados, dejándola frente a él, sin hacerla caer.

- No volveré a fallarte. – Los ojos son piadosos, almendrados, sinceros. Hay plegaria en ellos a pesar de no estar arrodillado, hay arrepentimiento a pesar de no pedir perdón, hay pena a pesar de no haber lágrimas.

Lily tiene dos opciones hacerle caso y volver a caer, tragándose su orgullo y honor Gryffindor, o puede marcharse a sabiendas de que pierde a James para siempre, por siempre.

Las piernas y el corazón no le dejan irse, le piden que confíe en esos ojos.

Ojos brunos, simples y comunes. Ojos perfectamente almendrados tanto en el color como en la forma. Ojos penetrantes en los que es fácil caer, no perderse como en los de Sirius, pero si caer, rendida, a los pies de su dueño.

Ojos que no lloran si es posible, que se estiran cuando ríe, que se cierran cuando sueña, que suspiran cuando miran, que aman cuando hablan.

Ahora, hablan. Hablan a borbotones y con prisas, sin pausas, sin espacios, palabra tras palabra, letras que se unen en una fila interminable de conceptos que sólo piden una oportunidad más, la última, la definitiva para ellos.

La sacude entre sus manos, haciéndola reaccionar.

- Lo prometo. – Los ojos la penetran como nunca, mareándola, haciéndola incapaz de decidirse, con el corazón latiendo a toda máquina.

- No vuelvas… - Las palabras no le salen, levanta el dedo amenazante y llora un poco más. – No puedo…

Y Lily no puede, es superior a ella, superior a sus fuerzas. Los ojos de James la taladran, la perforan, la desarman, literalmente, pidiéndole una respuesta que ella no puede darle.