La cruzada de la última DunBroch.

Capítulo XXIIII.


Era terriblemente estresante la manera en la que Tadashi y Yatagarasu peleaban todo el tiempo, por todo, por nada, porque sí, porque no, por si acaso y por gusto, peleaban todo el tiempo y muchas veces los demás se preguntaban si realmente tenían buenos motivos para hacerlo o sencillamente era una extraña forma de desquitarse de cualquier otra molestia que pudieran tener. Todo había comenzado casi de inmediato en el momento en el que ambos se dieron cuenta de que eran del mismo país y que sus pueblos estaban impresionantemente cerca significando todo eso que compartían una cultura y unas costumbres increíblemente similares, pero que sus vidas los llevaron a desarrollar formas de comprender esa misma cultura innegablemente antagónicas. Peleaban en todo momento, a la hora de despertarse –luego de que Aurora los maravillara con su canto, porque a la chavala le encantaba ponerse a cantar en cuanto se despertaba, cosa que la primera mañana causó uno que otro susto–, a la hora de desayunar, de recoger las carpas, mientras caminaban, cuando almorzaban, cuando Tadashi intentaba escabullirse para estar con Mérida y a la hora de la cena. ¿De qué peleaban exactamente? Nadie tenía ni puñetera idea, porque cada vez que hablaban entre ellos –o mejor dicho, empezaban a discutir– empezaban a comunicarse mediante el japonés y nadie más comprendía aquel idioma tan dispar a cualquiera que el resto del grupo conocía.

Le habían preguntado a Mérida por qué no usaba la Lámpara Mágica para desear poder comprender lo que esos dos decían, pero en aquella ocasión la futura reina de DunBroch se limitó a hacer una mueca y responder de que realmente no creía que nadie quisiera en verdad comprender que era lo que siempre se gritaban.

A veces deseaban no tener que lidiar en lo absoluto con todo lo que había significado la presencia de Yatagarasu en sus vidas, pero realmente estaban contentos de ahora tener Aurora como miembro de la cruzada, ninguno de los adultos o jóvenes que la habían resguardado por un siglo entero había exagerado cuando llegaron a afirmar que Aurora era una pequeña muchacha encantadora, piadosa y de gran inteligencia. Sus sonrisas eran tan relucientes como su rubia melena, sus ojos estaban llenos de un brillo inconfundible y que revelaba sus ansías por conocer todo lo que se había perdido por todo ese siglo. Sus ganas de seguir consiguiendo conocimiento y por enseñarlo era lo que más la caracterizaba y pronto eso la ayudó a desarrollar una buena amistad con Alberto y Rapunzel. Aurora era muy lista y erudita, había leído y conversado con grandes filósofos y pensadores, por lo que Alberto se quedaba maravillado al tener a alguien que pudiera explicarle exactamente qué era lo que los sabios de hace un siglo realmente querían decir en sus escritos y/o qué cosas eran las que se habían perdido con traducciones y el paso del tiempo, por otro lado, fue la hija de los rufianes quien dejó maravillada a Aurora. La princesa de Francia había adorado el conocimiento en todas sus posibles formas, pero jamás había podido llegar a comprender a la perfección el arte, jamás había estudiado para dar vida a esas hermosas esculturas, cuadros o melodías que quería realizar, le habían dicho que el arte requería esfuerzo y seguir unas normas muy estrictas, que la definición de arte era una sola, pero Rapunzel con su bello estilo aprendido de forma autodidacta y su completo desinterés y desconocimiento de las normas del arte habían llevado a Aurora a dejar atrás todo lo que le habían asegurado y a comenzar su trayecto en todas las artes que siempre quiso practicar.

Tenerla en la cruzada era una completa gozada y que Maléfica, quien trataba a la antigua heredera del trono francés como su hija, se uniera también fue un gran añadido para lo que se estaba convirtiendo en un maravilloso ejercito que definitivamente convertiría en polvo los cadáveres de los lores traidores. Maléfica era lo que Elsa les había dicho que en el Libro de la Naturaleza se llamaba una hija de la magia, específicamente una hada –al igual que las criaturas marinas de las que el quinto espíritu y el futuro rey consorte habían comenzado a investigar por el bien de Alberto, los hijos de la magia se dividían en categorías, con subcategoría y varias subcategorías de las subcategorías… eran un familia muy amplia por decirlo de alguna forma–, la habían llamado un hada malvada, pero en verdad no existía dicha categoría en lo absoluto, tan solo fue una falsa acusación de humanos espantados. El problema era que el séquito de cuervos/humanos había causado muchos más problemas de los que esperaban tener.

El más soportable de todos ellos era Diaval, tal vez porque era el que tenía más años encima, tal vez porque estaba demasiado ocupado para babear como un tonto por Maléfica –que era tan innegablemente hermosa que los niños todavía no comprendían porque la habían recibido tan malamente en aquel entonces en el palacio principal de la Francia del siglo pasado– como para molestarse en hacer algo más. El hombre de afilados rasgos e irresistible semblante misterioso también era increíblemente cariñoso con Aurora, trataba a la niña –en verdad Aurora era mucho más joven de lo que el relato que más se había divulgado aseguraba, se habían esperado una joven de dieciséis años, pero en verdad tan solo era una niña de la edad de Anna– como a su propia hija, tanto que por momentos parecía que la niña realmente tenía que detenerse unos segundos para recordarse a sí misma que no debía referirse a Maléfica y a Diaval como sus padres. Diaval era un cuervo de los bosques mágicos de Francia, el único del séquito de la hada Maléfica que seguía viviendo en su país de origen.

Rangey también caía algo mejor que el resto, su corto cabello ondulado con el que todo el mundo siempre jugaba y su sonrisa juguetona había servido para abrirse paso rápidamente en el corazón de los miembros de la cruzada. Rangey era un cuervo de Inglaterra, de la mismísima capital por lo que de vez en cuando tenía falsas discusiones juguetonas con Mérida con respecto a sus patrias, criticando a antiguos reyes o temas culturales, pero era evidente que sencillamente pasaban un buen momento, además que de vez en cuando la joven adulta y la futura reina de DunBroch se unían para tocarle las narices a Hiccup y a los gemelos albinos.

Los gemelos albinos, Hugin y Munin, para incomodidad de Hiccup, eran de tierras vikingas. Antes de que Maléfica los volviera parte de su séquito, habían dedicado gran parte de su vida pululando cerca de antiguos bibliotecarios y copistas, gozaban escuchando a las más grandes mentes de impresionantes aventureros que habían adquirido todo tipo de conocimiento en tierras muy lejanas, fue por eso por lo que tomaron los nombres de los cuervos de Odín cuando Maléfica los convirtió en humanos y les preguntó cómo se hacían llamar. El problema con Hugin y Munin es que eran exactamente lo que Hiccup jamás podría llegar a ser, verdaderos vikingos. Eran enormes a pesar de ser los más jóvenes, eran ruidosos y tenían un aprecio algo preocupante por las armas y la violencia en todos los ámbitos posibles. Hiccup había sido un poco más inteligente que Tadashi y había decidido comentarles lo menos posible de su vida en Berk a los gemelos albinos, al punto de que ellos pensaban que el muchacho tan solo era hijo de vikingos y que realmente jamás habían aprendido su propia cultura, por lo que cada error u objeción que presentaba daban por hecho que era más fallo de su crianza que algo por lo que tuvieran que regañarlo. Porque Hugin y Munin renegaban mucho y muy alto, hacían tantas locuras y se metían en tantos problemas que incluso Hiccup no podía evitar acordarse de los gemelos Thorston cada vez que veía a esos dos locos.

Quien también la estaba liando constantemente era Corvus, un cuervo nacido en terreno romano en los últimos años de la parte occidental del gran Imperio. Corvus era un hombre coqueto, dramático y cínico que tan solo se controlaba cuando Maléfica así se lo pedía o comprendía que tenía que comportarse delante de la querida Aurora. A penas llevaban unas pocas semanas conviviendo con la cruzada y sus aliados, pero, aunque nadie quería confesarlo, los adultos ya sabían que Corvus se habían paseado por varias habitaciones. La capitana Sarah estaba ofendida por la cantidad de sábanas manchadas con… ciertos fluidos, porque al cuervo/humano de bronceada piel y rostro de Adonis le había parecido divertidísimo volar cada noche hasta el barco, meterse entre las piernas de alguien y luego volver hasta los niños de la cruzada como si nada hubiera pasado. La capitana se presentó furiosa cuando finalmente alguno de sus tripulantes confesaron y tuvo que encaminarse hasta los muchachos para exigir explicaciones y una cabeza cercenada si se podía, pero todo lo que obtuvo fue a Corvus lamentándose por la falta de hombres dispuestos a acostarse con él que había en tierra.

–Pero si estos mastodontes no me quieren follar, ¿qué hago yo si no recurrir a buenas gentes del mar?

–¡CORVUS HAY NIÑOS DELANTE! –le había gritado Diaval en aquel entonces mientras Munin y Hugin se descojonaban a mandíbula tendida y Rangey intentaba distraer de cualquier manera a los más jóvenes.

–¡Oh, por favor! Cuatro de ellos ya hablan de matrimonio, en algún momento descubrirán el hermoso y adictivo arte de follar.

Aurora, puesto a que Rangey estaba fallando estrepitosamente en su tarea de distraerla, soltó en aquel momento una pregunta. –¿Follar es un arte?

–No –sentenció Maléfica antes de transformar a Corvus a su forma alada y encadenarlo por tres días enteros a su lado para que así no pudiera hacer más tonterías, también se disculpó con la capitana del Inevitable, pero la Sarah no quedó del todo contenta.

Luego estaba Morrigan quien en un inicio parecía seria y firme, con su mirada afilada, su oscura melena que parecía extender la muerte por todas partes cuando el viento se acomodaba a su favor, en verdad era una mujer bastante torpe que recordaba mal las cosas y le costaba admitir cuando se equivocaba, pero que al final agachaba la cabeza y le concedía la victoria de la discusión a la otra persona. Era pésima con los nombres y eso era algo que a Jack y a Elsa les ponía de los nervios mientras que a la mayoría de los niños les daba risa, porque pensaban que era solo un tonto juego de parte de la mujer cuervo o porque les parecía entretenida su confusión, pero a los dos niños con poderes de hielo les sentaba fatal los errores y olvidos de la mujer. Jack se había pasado meses enteros sin tan siquiera ser visto por toda la gente que tenía a su alrededor, meses enteros en los que se referían e intentaban hablar con él pero con otro nombre, haber sido un simple espíritu incapaz de ser visto o escuchado hacía que tener a alguien constantemente olvidándose de su nombre o confundiéndole sencillamente lo regresaba a aquella época. Algo similar ocurría con Elsa, estaba demasiado acostumbrada a que su abuelo la deshumanizara negándose a pronunciar su nombre o llamarla otra cosa que no fueran insultos, sabía a la perfección que Morrigan en lo absoluto pretendía ofenderla o lastimarla de ninguna manera, pero era demasiado similar como para que estuviera cómoda. Al menos Morrigan había prometido hacer el mayor esfuerzo de su vida para acordarse del nombre de los dos y evitarse incomodidades, pero realmente le estaba costando muchísimo superar ese detallito suyo.

Y por último, estaba Yatagarasu, quien eligió su nombre por la figura mitológica de su país, un cuervo de tres patas que representa o vive en el sol dependiendo de quien te cuente la historia. Era un hombre que los padres de Rapunzel insistían en señalar como extremadamente femenino además de ser muy serio. Cuando no discutía con Tadashi se divertía trenzando delicadamente la extensa cabellera de Rapunzel, adornando con coronas de flores la cabeza de Aurora y sacando ramas de las melenas de Morrigan y Anna porque ninguna de las dos parecía comprender que pasar gran parte de tu vida en el bosque significaba que tenías que ser precavida para que no terminaras con un nido de pájaros en tu cabeza. Yatagarasu era muy terco, bastante más que Morrigan con la diferencia es que el hombre solía tener razón o solía debatir con respecto a opiniones, impidiendo así que las discusiones acabaran hasta que él estuviese completamente seguro de que le otorgaban la razón.

Los demás no lo sabían, pero las discusiones entre Tadashi y Yatagarasu eran realmente… tontas, sin sentido, idiotas, un pérdida de tiempo. Solían empezar por temas diferentes, pero la base de todo su enfrentamiento era sencillo: a Yatagarasu no le gustaba como Tadashi había perdido sus costumbres japonesas. Al principio a Tadashi no le interesaba demasiado la opinión del mayor, hasta que este usó una palabra en especial.

–Te has dejado amaestrar –le había dicho una vez, en una tonta discusión con respecto a cuánto se tenía que inclinar al saludar a alguien mayor que él. Aquello había sido el inicio de lo que actualmente tenían, constantes peleas en las que se gritaban hasta quedarse roncos y se insultaban en su idioma materno, esas discusiones en las que la máxima intromisión de los demás se daba por las noches cuando Mérida le preguntaba a Tadashi si quería hablar, él le respondía que no, ella suspiraba y se limitaba a hacerle mimos para que se desestresara un poco.

Y todo aquello sencillamente se repetía día tras día, Yatagarasu encontraba algo que criticar, Tadashi le invitaba amablemente a irse a tomar por viento, Yatagarasu le acusaba de ser un niño ingrato que no sabe apreciar la cultura de sus ancestros, Tadashi le recordaba que podía pedirle la Lámpara Mágica a su futura reina para hacerlo desaparecer de una buena vez por todas y Yatagarasu le decía que era un simple adorno de la reina y que un hombre de verdad se buscaría algo más que eso. Lo que seguían eran insultos, gritadera, amenazas.

Y duraron así dos semanas y media hasta el incidente del té. Nadie quería admitirlo, pero en cierto punto había sido una bendición que Runeard estuviera tan jodidamente enfermo como para traumatizar a sus nietas de aquella manera.

Había sido durante la cena, mientras los demás intentaban ignorar y centrarse en sus asuntos, Yatagarasu insistía en enseñarle a Tadashi como se preparaba el té correctamente y el muchacho se limitaba a respirar profundamente, intentar relajarse y alejar todas las ideas homicidas de su cabeza. De vez en cuando los demás jóvenes lo observaban con cierta maravilla, incluso Alberto estaba llevando cuenta de cuantos segundos pasaban porque nunca antes Tadashi había aguantado tanto antes de ponerse a gritarle al hombre/cuervo. Estaban a punto de llegar al acuerdo mudo de que estaban muy orgullosos de él… hasta que Mérida se dio cuenta de lo fuerte que Tadashi estaba apretando el asa de la tetera con el agua hirviendo, podía ver incluso como las venas se le remarcaban y los nudillos se le ponían completamente blancos.

La futura reina intentó acercarse para preguntarle delicadamente si se sentía bien, pero antes de que eso pudiera ocurrir, Tadashi alzó de momento a otro la tetera y sin pensárselo ni un solo segundo la arrojó contra el rostro de Yatagarasu, el hombre se hizo a un lado milagrosamente rápido haciendo que el objeto impactara contra el suelo destruyéndose por completo y desperdigando su contenido en todas las direcciones. Y se hubiera quedado ahí la situación, más o menos, si no fuera porque precisamente al lado derecho de Yatagarasu, justo donde cayó la tetera con agua hirviendo, estaban sentados Hiccup y Elsa, siendo la mayor quien estaba más cerca del punto exacto terminó siendo ella quien tuvo que pegar un gran respingo para evitar quemarse con el agua.

Hiccup lo notó de inmediato, no solo porque recordaba todo lo que Anna y Elsa le habían contado de su lunático abuelo, sino por la expresión de espanto que se dibujó de inmediato en el rostro de su pareja. Elsa se aferró fuertemente al brazo de Hiccup mientras su corazón palpitaba con una rapidez asfixiante y los ojos se le llenaban de lágrimas. Yatagarasu no entendía que demonios estaba pasando, mucho menos porque el muchacho que Hugin y Munin molestaban todo el tiempo estaba mirándolo lleno de rabia, pero Tadashi sabía a la perfección que había cavado su propia tumba.

Antes de que pudieran reaccionar, los dos nipones tenían a la manada de lobos de Anna por completo a centímetros de sus rostros, babeando y gruñendo rabiosos, Anna tomó el ropaje de ambos para obligarlos a encararla. Tadashi jamás esperó tener que enfrentarse al lado más violento de Anna, y estaba agradecido porque fuera tan temprano, cuando todavía podía mentirse un poco y decirse que no le pasaría nada ya que Anna era aún solo una niña, porque sabía a la perfección que la menor de las princesas de Arendelle, a pesar de su carencia de poderes mágicos o un destino instaurado por la misma naturaleza, se convertiría en la más terrorífica de todos los miembros de la cruzada.

–Una sola puñetera discusión más y os meto la mano en la garganta para arrancaros las cuerdas vocales, ¿me habéis entendido? –los dos asienten, intentando ignorar los lobos que se acercan demasiado a sus cuellos–. Disculparos –ordena.

Los dos voltean hacia Elsa. –Lo sentimos mucho –dicen al mismo tiempo, con la diferencia de que Yatagarasu coloca las manos en sus rodillas y se inclina todo lo posible, Tadashi se esfuerza en ignorar eso y el hecho de que sabe a la perfección de que el hombre/cuervo, si pudiera, le recriminaría por no hacer lo mismo.

La mayor de las princesas de Arendelle se limita a asentir lentamente, intentando regular su respiración, intentando centrarse en las caricias de Hiccup para poder relajarse de una buena vez.


Tadashi llevaba castigado ya una semana entera, pero en verdad el muchacho llevaba semanas sin estar tan tranquilo. Los padres de Rapunzel, junto con Elsa, escucharon largo y tendido todo lo que tuviera que decir el muchacho de por qué había estallado de esa manera, por qué había actuado tan violentamente hasta el punto de olvidarse de uno de los temas más sensibles para la antigua princesa de Arendelle. Tanto los rufianes como la muchacha comprendieron que definitivamente el pobre filosofo aventurero necesitaba un buen descanso de todas sus interacciones con el cuervo Yatagarasu, pero eso, según los rufianes, no descartaba el hecho de que se merecía un castigo por su comportamiento. Por lo que le aseguraron que hablarían con Maléfica para que calmara a su seguidor o al menos le limitara sus interacciones con Tadashi. Le habían encargado estar al tanto de la manada de lobos de Anna, sobre todo porque la pequeña seguía algo indignada –era un milagro que no le hubiera abierto la cabeza con una silla… aunque creía que eso era solo porque no había sillas por ninguna parte, lo que te puedes esperar de un bosque– y, evidentemente, estaba castigado sin Mérida.

–¡No es justo! –había renegado Mérida en cuanto Vladimir explicó el castigo de Tadashi–. ¡Como reina me niego rotundamente!

Una enorme mano se posa sobre uno de los hombros de Tadashi, Gunter está mirando fijamente al muchacho. –Comprendo que, al ser el mayor, eres lo suficientemente maduro como para no hacer la tontería de pasarte el castigo por el forro de las narices en la noche, ¿verdad?

Tadashi suspiró pesadamente, ignorando la indignación en el rostro de su reina. –Sí, Gunter respetaré el castigo.

Hiccup dejo soltar una risa burlona, le avisaron de inmediato que como se burle mucho se va a llevar el mismo castigo, por lo que el vikingo se calla de inmediato, incluso tapándose la boca para que ni tan siquiera se pudiera creer que se seguía burlando.

Cuando la primera noche de su castigo cayó sobre ellos, luego de rogarle a Alberto que no dijera nada, Mérida logra acercarse a Tadashi para recoger con él las ramas que le habían pedido para hacer la fogata de aquella noche. La futura reina de DunBroch prontamente se aferró a uno de los brazos de su futuro rey, con una mueca en el rostro y muchas cosas por decir.

–Pudimos habernos soltado este tonto castigo si hubiésemos insistido un poco más, somos los futuros reyes después de todo.

Tadashi suspira con algo de pesadez. –Pero eso no quita que seamos ahora mismo solo niños bajo el cuidado de todos ellos, y realmente creo que sería injusto no recibir un castigo después del incidente de la tetera, no debí de actuar de esa manera.

–Pero Elsa ni siquiera está enojada por todo ese tema.

–Porque Elsa está en un proceso de minimizar la importancia que ese evento tiene en su vida, Mérida –le explica con delicadeza–, está superando el trauma y a ella le ayuda fingir que no tiene importancia, pero sí que la tiene. Además que eso no solo afecta a Elsa, sino también a Anna, y sabes que ella todavía está un poco enojada por lo ocurrido.

Mérida aprieta levemente los labios, queriendo buscar alguna manera de seguir refutando a pesar de que sabía a la perfección que su pareja tenía razón.

Es entonces, cuando la mira de reojo, que Tadashi dibuja una sonrisa ladina en su rostro, detiene por completo su andar para sujetar con delicadeza el mentón de su reina y se inclina para atrapar sus delgados labios en un dulce beso.

Por la sorpresa de aquel bello gesto, Mérida llega a soltar todas las ramas que había llegado a recoger, ignorando aquel detalle, Tadashi sencillamente siguió besándola con toda la ternura del mundo, una ternura que poco a poco se iba transformando en algo diferente, en algo más necesitado, en algo un tanto fogoso. Él también llegó a soltar las ramas que tenía para poder apretujar la cintura de Mérida con un brazo mientras que con el otro sujetaba su nuca para profundizar más el beso. El corazón de la muchacha palpitaba alocadamente dentro de su pecho, sus mejillas le ardían mucho más de lo que jamás habían ardido. Cuando finalmente Tadashi disolvió el beso no pudo evitar una risilla cuando vio la expresión asombrada y llena de vergüenza de su futura esposa. Sin pensárselo ni un solo segundo, la primera reacción del asiático es dejarle más besos en la mejilla, en la quijada y poco a poco bajó hasta su cuello. No se detuvo a pesar del respingo de Mérida, ni por la forma en la que sus manos apretaban sus ropas, ni por el pequeño suspiro placentero que se le escapó de momento a otro.

–Le dije a los padres de Rapunzel que respetaría el castigo que me han dado –le susurra contra el oído derecho–, pero que yo recuerde, tú no prometiste absolutamente nada –concluye, dándole un último beso en el cuello, haciendo que temblara de pieza a cabeza una vez más.

Para disimular lo alterada que estaba por las caricias de su futuro rey, Mérida suelta una risilla mientras desvía la mirada, deseando que aquello le ayudara a ocultar su sonrojo. –Vamos, que quieres que me escabulla yo, justo como cuando me castigaron a mí.

Tadashi ladea levemente la cabeza, aun con una sonrisa ladina dibujada a la perfección en su rostro. –¿Os estoy pidiendo demasiado, mi reina?

–Solo digo que no te costaría nada de vez en cuando tomar algo de riesgos –le bromea hundiéndose en hombros, a lo que él responde dándole muchos más besos en las mejillas.

–Lo tomaré en cuenta para la posterioridad –le asegura con algo de sorna–. Os lo compensaré, mi reina.

Negando con la cabeza y deshaciendo el abrazo de una vez para recoger todas las ramas que se habían caído, Mérida tan solo le dedico una última sonrisa y le dio un beso en la comisura de los labios antes de irse hacia otro lado como si nunca hubieran hablado.


Justo en la última noche del castigo de Tadashi, luego de siete días enteros en los que Anna ya no parecía estar cómoda en lo absoluto con nada de lo que pasaba a su alrededor, Elsa decidió que era necesario negarse a la oferta de Hiccup de dormir a su lado y caminó hasta su hermana menor y su extensa manada de lobos. Había leído algo particular que explicaba bastante cosas de su hermana menor que hasta ahora –y no creía que hiciera falta– no había comentado con absolutamente nadie.

El libro actuaba extrañamente, a veces la dejaba vaguear por sus páginas, a su manera y orden, pero había ocasiones en las que forzaba que páginas leería, páginas con magnificas historias que ella anotaba resumidamente en su propio cuadernillo por miedo a jamás volver a leerlas, en algunas ocasiones, lo aprendió casi por accidente, con acariciar suavemente el cuero y susurrando lo que quería aprender el libro lo facilitaba todo para que ella pudiera obtener la información que quería.

En una de esas ocasiones que el libro le permitió hojear un poco, ella eligió las primeras páginas, encontrando los apuntes del primer quinto espíritu de la naturaleza. Aquella persona, porque precisamente fue humano como ella, explicó de la mejor manera posible qué era exactamente la naturaleza, quiénes eran los otros elementos y cuál era su función. Tal y como Assim le había explicado, también se relataba la explicación de Empédocles, pero era una premonición, un aviso del futuro.

Dentro de demasiados siglos como para que siquiera lleguen a poder verlo mis descendientes, Empédocles postulará como principios constitutivos de todas las cosas cuatro «raíces» o elementos inalterables y eternos (el agua, el aire, la tierra y el fuego), que, al combinarse en distintas proporciones por efecto de dos fuerzas cósmicas (el Amor y el Odio), dan lugar a la multiplicidad de seres del mundo físico. Este hombre estará en lo correcto y debemos callarlo, crear odio para mantener correctamente el equilibrio.

Bajo las palabras del primer quinto elemento, estaba la corrección que venía después de un número.

27.- Empédocles sí que tuvo la teoría y sí que llegó a pronunciarla antes de que llegara a él, pero no ha habido necesidad de acabar con su vida. Es un buen hombre, lleno más de amor que de odio, son tiempos de odio, matarlo sería un error. Es un hombre honrado, un hombre maravilloso, ha accedido a moldear la mente de los demás para que su teoría sea rechazada, ha accedido a ser señalado y burlado. Empédocles es un buen hombre, es un magnífico hombre.

46.- 27, solo di que le querías comer la boca, nadie te va a juzgar.

Y saltándonos la duda que se le vino a Elsa con respecto a qué número era ella, porque luego se resolvería con una simpleza arrolladora, lo siguiente que se encontró fue los lamentos del número diez.

10.- Tengo un hermano, un bello hermano que aprecio más que a ninguna otra criatura de este mundo lleno de odio. He intentado mantenerlo alejado de todo esto, alejado de la confirmación de que este mundo se pudre, pero hay algo que me muestra que no puedo evitar lo inevitable, que no tengo forma de anteponerme a los deseos de destino, uno de los pocos competidores que tengo para alcanzar el amor completo de nuestra madre, la Naturaleza misma.

Mientras más tiempo pasamos juntos, más diferencias encuentro de lo que era hace unos años, antes de conocer lo que yo era, a lo que es hoy en día. Las temperaturas no le afectan, el frío parece no alzar su vello, el calor no lo hace sudar, aprieta trozos de hielo sin miedo a empezar a temblar y las llamas parecen querer abrazarle con cuidado en lugar de quemar su mundana piel bronceada. Los espíritus lo han aceptado como mi hermano, los espíritus han comprendido que le tienen que proteger cuando yo no pueda.

La sangre que compartimos, el amor absoluto que le tengo, todo eso lo protegerá de este mundo que tanto me aterra.

46.- 10, ¿qué clase de relación tienes con tu hermano?

Número 46 era un poco toca narices, por todas partes y con todos los otros 45 que llegó a leer. Le pidió hace tiempo al libro encontrar sus anotaciones originales y quedó asombrada al descubrir que suponían un total de cien páginas, sus tiempos fueron tiempos de amor en los que tuvo que crear odio, así que número 10 tenía mucho tiempo libre para dejar sus comentarios y redactar en profundidad la infinidad de criaturas y normas que conoció.

62.- 46 es divertido, pero actúa como si se olvidara que el resto de los quinto espíritus que ha llegado a leer están muertos. Con respecto a las anotaciones posiblemente incestuosas de 10, como hermana de una niña y un adulto, he de confirmarlo. Al pasar tiempo conmigo, mis hermanos son reconocidos por miembros de la naturaleza, incluso las criaturas menos espirituales. La pequeña juguetea con cuervos y águilas como si fuera normal, el mayor pisa un barco y el mar se calma.

A todos los siguientes espíritus con hermanos: eres el motivo por el que tus hermanos se mantendrán con vida pase lo que pase. Felicidades.

Sin tan siquiera pensarlo en algo entonces, tomó uno de los carboncillos que hace tiempo Rapunzel le había entregado cuando se dio cuenta de que quedaban infinidad de páginas en blanco para que ella también hiciera sus añadidos, empezó a escribir sin tan siquiera tener la riendas de su propia mano.

382.- Nuevamente, para los que vengan después de mí, confirmo las palabras de 10. Ser los predilectos de la Naturaleza provoca que nuestros hermanos espirituales y mundanos reconozcan a nuestros hermanos de sangre. Digamos que en cierto punto somos contagiosos, pero solo con ciertos miembros de la familia.

La Naturaleza ni los espíritus reconocerán a tus padres como personas a las que proteger.

Anna no se había ganado un puesto en el corazón de todos los lobos que conocía por un simple pescado, no se había ganado un puesto en la manada porque fuera una encantadora de animales. Su hermana pudo ganarse el cariño y protección de aquellos canes porque el mundo, la Naturaleza, la reconocían como la hermana del quinto espíritu, como alguien que merecía protección.

¿Eran aquellos lobos lo suficientemente inteligentes como para saber que habían aceptado a aquella niña porque la reconocían a Elsa como el quinto espíritu de la Naturaleza? ¿O sería tal vez que algo en su instinto lo que les había dicho que aquella pequeña de tan solo diez años en aquel entonces merecía su cariño?

Elsa se recuesta con su hermana, procurando no incordiar a ningún lobo. Extiende sus brazos para abrazarla y apretujarla contra su cuerpo, pero Anna está completamente despierta, por lo que se voltea en dirección de su hermana y ella misma se reacomoda a su lado. Con sus fríos dedos acaricia los cabellos rojizos de su hermana menor, aguantándose las risas cuando encuentra pelillos blancos y negros que seguramente venían de su manada, y reduce la velocidad haciéndola mucho más lenta cuando se topaba con algún nudo. Anna se apretuja muchísimo contra su hermana, tal vez intentando transmitir de forma torpe todo su cariño, tal vez deseando quitar de su cabeza malos recuerdos, tal vez en busca de consuelo, ni tan siquiera la pequeña lo tiene claro.

–¿Sabes que lo siento mucho, verdad? –le habla finalmente, acunando una de sus pecosas mejillas en una de sus frías manos, Anna muestra una expresión confundida ante las nostálgica mirada de su hermana mayor.

Anna frunce levemente el ceño. –¿A qué te refieres?

–A todo lo que tuviste que pasar cuando escapamos –responde con la sencillez de alguien que está superando el trauma–, a todo lo que tuviste que asumir aquella noche y esos primeros meses. Anna, maduraste demasiado y de golpe, maduraste y tomaste el lugar que yo no pude, te obligué a tanto, incluso si no quería que fuera así, te obligué a tanto… y lo siento mucho.

–Pero… nada de eso fue tu culpa.

Elsa niega. –No, no lo fue, de la misma forma que no fue culpa tuya.

–Es todo culpa del abuelo, él te iba a lastimar… él te lastimó por tantísimo tiempo… y jamás hice nada.

–No tenías ni idea de qué tan horrible era la situación, no tenías idea de lo que en verdad estaba ocurriendo. Él nos lastimó a ambas al lastimarme a mí y al obligarnos a escapar. Es su culpa, no te lo negaré jamás, pero eso no quita que, en aquella situación, yo debí de haber sido lo suficientemente fuerte para ti –la mayor cuidadosamente limpia una solitaria lágrima de la mejilla de su hermanita–. Si hubiera sido así, ahora mismo no tendrías tanto estrés, no estarías tan incómoda, no pensarías que aun tienes que estar dispuesta a matar a gente que quieres solo para protegerme.

Anna se revuelve incomoda. –Yo no…

–Te vi reaccionar aquella noche, Anna –le dice con delicadeza–, te veo reaccionar a toda tetera, a todo envase de agua hervida que se acerca levemente a mí. Has pasado por demasiado, Anna, te han marcado con la misma crueldad con la que me marcaron a mí y créeme que no pienso parar hasta poder librarte de todo eso, ¿de acuerdo?

La pequeña se aguanta los sollozos y hunde el rostro en el abrazo que le ofrecía su hermana mayor, ambas se apretujan con fuerza. Anna solloza lo más silenciosamente posible mientras Elsa calma su respiración y tararea la canción de cuna que siempre les cantaba su madre.

Para cuando repetía sus entonaciones, Elsa sintió una mano moviéndola levemente. Al alzar la mirada se encuentra con unos angustiados Hiccup y Hans.

–¿Está bien? –pregunta delicadamente el antiguo príncipe de las Islas del Sur.

Elsa asiente con una sonrisilla. –Tranquilo, solo se está desahogando un poco, nos os preocupéis.

Pero Anna en cierto punto sí que querían que se preocuparan por ella, sí que quería una atención desmedida. Era terriblemente enfermizo, era terriblemente problemático y muchas veces se odiaba por ello, pero, joder, extrañaba los mimos de su abuelo. Extrañaba ser su ojito derecho, extrañaba ese exceso de cariño, extrañaba esa vida tranquila donde la llenaban de todo tipo de regalos extravagantes y cuidados excesivos. Extrañaba sus bellos vestidos, sus miles de juguetes, su palacio. Dioses, era terriblemente enfermizo añorar todo eso, pero había noches, noches en las que el suelo era muy duro, noches en las que tenían que enfrentan cosas espantosas, noches en las que sentía que un movimiento en falso acabaría con ellos de forma dolorosa… había noches que la vida en Arendelle parecía lo mejor posible.

Logra sujetar a ciegas la mano de alguien, por el anillo sabe identificar que ha llegado a Hans, tira un poco de él y el príncipe entiende de inmediato. Se levanta con cuidado luego de hacerle una caricia en el dorso de la mano, se recuesta al otro lado de Anna, abrazándola con fuerza en cuanto puede. Le hace una rápida seña a Hiccup y el vikingo se mueve para recostarse justo detrás de Hans, justo como se habían acostumbrado antes de conocer a Tadashi y Alberto y que poco a poco habían perdido por las molestias de los climas extremadamente cálidos.

Anna finalmente se separó un poco de su hermana, limpiándose las lágrimas con las mangas, moqueando un poco.

–Os quiero muchísimo a todos –dice hipando y aguantándose los sollozos.

–Vas a hacer que me ponga a llorar –bromea Hans, jugueteando con su melena rojiza y haciéndole cosquillas. La menor no puede evitar soltar unas risillas algo altas mientras intenta escapar, rápidamente Hiccup se le une a Hans mientras que Elsa intenta ayudar a su hermanita menor de escapar del ataque.

–¡Niños! –el llamado de uno de los padres de Rapunzel hace que se detengan de inmediato–. Es tarde, a dormir ahora mismo.

–Sí, Atila, perdona Atila –responden al unísono, reacomodándose para dormir, fingiendo que no estaba pasando absolutamente nada, Anna les da unos leves manotazos juguetones a los muchachos y, en cuanto parecen estar a punto de quejarse, Anna señala sonriente a Atila, como dejando en claro que no podían quejarse frente al padre de Rapunzel. Los chicos bufan, pero aun sonriendo tontamente.


Ariel estaba preparada, y al mismo tiempo no lo estaba. Llevaba siguiéndole por mucho tiempo, lleva siguiéndole tanto como pudo, apartándose todo lo que pudo de aquel palacio que emitía una magia muy poderosa y peligrosa, normalmente una hija de Talasa, por muy princesa que fuera, no era capaz de identificar las emisiones que no podía evitar soltar los hijos de la magia, pero su tía Úrsula la había preparado toda su vida para algo como esto, pequeñas ventajas de tener en tu familia una mujer que decidió volcarse tantísimo en la magia. La menor de las hijas del rey Tritón se encuentra ahora mismo en un profundo y larguísimo río, nadando lo más profundo posible para no ser vista en lo absoluto, alzándose cada tantos metros para comprobar que sigue cerca de su objetivo.

Mientras se esconde tras unas cuantas rocas, sale de las aguas para escuchar la voz de dos personas. Se trata de una gea y de aquel mesogeio que llevaba semanas intentando pillar en solitario. Jamás andaban en solitario, siempre iban en parejas o grupos mayores cuando se salían del núcleo que establecía el resto del grupo, se había pensado que podía seguir esperando para algún día más, pero el mensaje desde la isla de Moana le había llegado y el mar negro no así más que extenderse. No podía esperar ni un poco más.

Empieza a cantar para atraer a su objetivo, bellas notas que se sabe de memorias gracias a todas la practicas que había llevado a cabo durante tantísimos años con sus seis hermanas mayores, bellas notas con las que consiguió atraer a Moana hasta ella por primera vez, bellas notas con las que se ha librado del ataque de horribles piratas, bellas notas con las que ha arrastrado a miles de hombres a sus últimos respiros.

Escucha un chapoteo a los pocos segundos, nada rápidamente hasta el punto.

Se trata de una muchacha de rubios cabellos y bellos ojos azules, la dorada melena la tenía enredada por una corona de flores rosas y celestes, vestía con un maravilloso vestido que tenía el final de la falda levemente manchada con el verdor del pasto. Una mueca de espanto se dibuja en el rostro de la gea mientras se da cuenta de lo que le está pasando, mientras se le escapa todo el aire de los pulmones. Ariel resopla al darse cuenta de que ha caído la persona equivocada, está a punto de nadar hacia la superficie para volver a cantar, pero en ese preciso momento siento unos toquecitos en su hombro derecho.

En cuanto voltea ve por unos segundos al mesogeio que ha estado siguiendo, y juraría que también vio su puño antes de que todo se tornara negro.


Aurora seguía escupiendo agua para cuando el resto del grupo llegó a la orilla del río donde todo aquello había ocurrido en apenas unos segundos. Maléfica se apresuró a tomar entre sus brazos a la pequeña princesa francesa mientras que Tadashi y Elsa no se demoraron ni un segundo para acercarse a Alberto, que respiraba entrecortadamente mientras miraba fijamente una figura malamente dejada desparramada en la orilla.

Anna abre la boca por completo. –¿Eso es…?

–Una sirena –suspira Hans incrédulo antes de voltearse bruscamente hacia Alberto–. ¿Le has metido una hostia a una sirena?

–¡Intentaba ahogar a Aurora! –se defendió de inmediato y lleno de indignación, Elsa tomó con delicadeza los hombros del monstruo marino y le dio palmaditas para darle a entender que todo estaba bien. Le susurra levemente que no pasa nada y eso logra tranquilizarlo un poco más.

Hiccup se rasca la nuca. –Oigan –llama la atención de los demás–, ¿ella puede respirar fuera del agua? ¿o estamos matando a una de esas criaturas que Anna tanto quería ver?

Anna estaba a punto de decirles a los demás de que, por si acaso, deberían de devolverla al agua, pero en ese preciso momento la sirena se levantó de golpe y porrazo, tomando mucho aire de golpe y alzando su parte humana apoyándose en sus brazos. Tosió duramente por unos pesados y lentos segundos hasta finalmente pillar algo de aire y alzar la vista ante toda la gente que la rodeaba.

Mérida le apuntó a la cabeza con una flecha, pero Elsa rápidamente sujetó sus manos y apartó el arma de la sirena.

–¿Qué tal si no matamos a nadie antes de saber quién es? –propone llena de nervios el quinto espíritu de la naturaleza–. Dinos, ¿por qué has intentado ahogar a Aurora?

La sirena volteó levemente hacia Aurora, quien seguía fuertemente abrazada a Maléfica y con una cara que dejaba en claro que tenía miedo de la posibilidad de que la sirena volviera a cantar para ahogarla.

Ignorando el moretón que tenía en la mejilla que Alberto golpeó, la sirena acomodó sus rastas rojizas y con toda la calma del mundo, respondió. –Lamento que hayas terminado cayendo por mi canto, a veces olvido que tan delicada es la mente de los geos, mi verdadera intención era lograr que él me siguiera hasta el agua.

–Ah, que maja, me querías ahogar a mí –masculla Alberto a lo que la sirena alza una ceja y dibuja una mueca en su rostro.

–¿Cómo nadie podría ahogar a un mesogeio? –pregunta con obviedad, Alberto está a punto de cuestionar a la sirena, pero con tan sola su expresión ella parece capaz de notar su falta de conocimiento–. ¿Cuánto has vivido con geos como para que hayas olvidado la jerga de tus hermanos?

Alberto la mirada de arriba abajo. –¿Somos hermanos? –cuestiona con algo de espanto.

Tadashi llama su atención con una voz falsa. –En verdad, según el libro de Elsa, es que tanto los seres de la magia como los seres del agua son llamados y se llaman a sí mismos "hijos de". Los seres mágicos son los hijos de la magia y los seres del agua son los hijos de Talasa. Por lo que, entre hijos de Talasa, se llaman entre ellos hermanos.

La sirena ladea la cabeza. –¿Qué es ese libro del que habláis? –cuestiona con recelo, jamás había sabido de un geo que supiera tanto de su cultura, o de ninguna otra cultura que no sea la suya propia.

En ese momento Elsa se acerca un poco más a la sirena, no demasiado, porque ella de inmediato pega un leve respingo y hace de todo para apartarse. Cuanto puede extiende su mano derecha hacia ella y se presenta con calma y elegancia.

–Soy Elsa de Arendelle, quinto espíritu de la naturaleza, la unión entre el mundo espiritual y el humano –a cada palabra que la antigua princesa de Arendelle pronuncia, los ojos de la sirena se habrían más y más–. De lo que te habla mi amigo aquí presente…

Pero antes de que pudiera terminar de hablar, con una rapidez asombrosa, Ariel llegó a tomar las pálidas manos de Elsa entre las suyas y tirar de ella hacia abajo. Los demás no demoran en pegar un respingo y prepararse para atacar, pero la expresión llena de preocupación en el rostro de la sirena hace que le permitan acercarse cuanto necesite… bueno, en verdad Anna y Hiccup se mantienen alerta en todo momento, preparados para saltar contra la sirena cuando haga falta.

–Me han hablado de ti, la bruja del mar, Úrsula, sé quién eres. Tienes que hacer algo para ayudarnos. El espíritu de la flora, Te Fiti, alguien ha robado su corazón.

Morrigan ladea la cabeza, confundida, para cuestionar en voz baja a Corvus. –¿Alguien le ha roto el corazón a un espíritu? ¿por qué eso es un problema?

Lamentablemente para la mujer/cuervo, la sirena pudo escuchar a la perfección su leve susurro. –No, se lo han arrancado cruelmente de su cuerpo indefenso y ahora mesogeios bestiales están aprovechando para destruir la flora marina y las tormentas y la miseria se esparcen desde el cuerpo de Te Fiti hasta las islas más cercanas, destrozándolo todo, y no parará hasta que…

–Hasta que todo quede consumido –completa Elsa con un voz susurrante y rabiosa que confunde un poco al resto del grupo–. ¿Quién ha robado el corazón de Te Fiti?

La sirena aprieta un poco los labios antes de contestar. –He oído solo rumores, pero se dice que un geo mágico proclamado por los mortales como semidiós es el responsable. El cambia formas, Maui.

El quinto espíritu de la naturaleza asiente con calma para después voltear levemente en dirección de la líder de la cruzada, en dirección de su reina.

Mérida sonríe levemente. –¿Tenemos que meternos de lleno en esto, verdad?

–Si Te Fiti muere morirá todo ser no espiritual.

–Eso nos incluye a todos menos a ti, ¿a qué sí?

–Exactamente.

La futura reina de DunBroch asiente firmemente. –¿A qué esperamos entonces? ¡Regresaremos el corazón de Te Fiti y le daremos unas buenas hostias a ese Maui!

La sirena parpadea algo confundida. –Bueno, todavía no sabemos si ha sido realmente Maui.

Pero Mérida la interrumpe. –Sí, sí, detalles, la cosa es que daremos un par de palizas por el camino, y espero que eso que sea con tu ayuda…

La futura reina extiende su mano en dirección de la sirena para indicarle que quería oír su nombre, la muchacha lo entendió bien y respondió.

–Ariel, una de las siete princesas del océano.

Alberto no puede evitar suspirar con algo de pesadez. –Os juro por todos los dioses habidos y por haber que si nos seguimos topando con princesas me tiro por la torre más alta del mundo.


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La idea de que el libro de Elsa tenga anotaciones de los anteriores quintos espíritus al inicio iba a ser súper serio y épico. Pero al final 46 llegó a lo Kuzco a mi pobre e inocente cabeza y supe que tenía que hacerlo un generador constante de chistes y bromas pesadas. 46 es un bullying y le amo por eso.

Por cierto, no asumáis ni el género ni la raza de ninguno de los otros "quinto espíritu" porque ni siquiera yo quiero molestarme en dejar algo claro.

Lo único que tengo claro es que seguramente 46 vivió con algún emperador romano loco, tal vez Cómodo, y todos sus actos locos era porque el quinto espíritu se lo pedía. Es lo que tienen los tiempos de amor, que para equilibrar la balanza tienes que dejarte llevar por alguna locura... o varias.

Ahora con Anna, necesita volver a tocar el tema del trauma de nuestra preciosa Anna. Elsa ya está dejando las cosas atrás y superando sus temores al confiar lo suficiente en sí misma para cuidar de otros, hasta el momento Anna no ha hecho más que fingir que nada pasa y ha terminado perdiendo los estribos cuando consideró que hacia falta. En cierto punto ella sabe que ya no tiene que cuidar de su hermana mayor, pero a veces sencillamente no puede evitarlo.

Pongámonos ahora conel séquito de cuervos de Maléfica, solo quiero decir que estaba escuchando "Noel's Lament" mientras escribía de Corvus y creo que eso se nota bastante. Por si no ha quedado claro, Maléfica es un ser inmortal, o por lo menos vive tanto que lo parece, a lo largo de la historia conoció a todos sus "cuervos" y por eso ellos viven tanto como ella y han tenido mucho tiempo para ver a la humanidad, a demás de que por eso son de diferentes tiempos. Mis favoritos por el momento son Yatagarasu y Corvus, van a traer muchos momentos divertidos, ahora mismo la cosa estará tranquila, oh, pero cuando Yatagarasu conozca a los padres de Tadashi... eso sí que será una locura.