Un mes después.

Sam pisó el acelerador con fuerza al ver que tenía la carretera despejada y agarró con firmeza el volante. El motor de su pequeño escarabajo rugió.

- Vamos, vamos.- murmuró y aceleró hasta lo más que le permitió su auto. Ciento veinte kilómetros por hora. Trató de pasar un semáforo en amarillo que había en la siguiente esquina, pero al ver que cambió rápidamente a rojo se vio obligada a frenar de golpe. Los neumáticos rechinaron en el asfalto.- maldición.

Ella miró una vez más la hora. Las ocho con diecisiete minutos de la mañana. Joder, llevaba diecisiete minutos de retraso. Sam nunca llegaba tarde a su trabajo. Pero hoy se había descuidado, y por pura pereza, se levantó más tarde de lo normal y ahora tenía que vérselas con las consecuencias. De seguro su jefe ya debía estar preguntándose dónde diablos se había metido.

Cuando el semáforo cambió a verde, ella pisó el acelerador hasta el fondo. Pero su escarabajo no le respondió de la misma forma que quería. El auto se detuvo y se apagó. Sam frunció el ceño y giró las llaves en el contacto, pero aún así no arrancó.

- Mierda, mierda.- susurró.- mil veces mierda.

El conductor de atrás bajó la ventanilla de su auto y gritó.

- ¡Mueve tu auto, guapa!

Sam soltó varias palabrotas entre dientes cuando los demás conductores que estaban detrás de ella comenzaron a tocarle la bocina. Trató de encender el auto otra vez, pero al darse cuenta que no respondía, se cabreó aún más.

- ¡A la mierda!- gritó y golpeó el volante.

Al ver que el auto de Sam no avanzaba, los demás conductores empezaron a rodearla para seguir con su camino al trabajo. Excepto el auto que estaba detrás de ella.

Sam abrió la puerta de su escarabajo. Bajó una pierna y luego la otra. Los tacos de sus zapatos de ocho centímetros sonaban con cada paso que daba en el asfalto. Ella volvió a maldecir cuando notó que su auto comenzaba a echar humo por el capó.

- Oye, nena.

Sam se giró y frunció el ceño cuando vio a un hombre, guapo y alto parado frente a ella. Tenía que levantar la vista para lograr verlo a los ojos. Unos ojos muy bonitos de color miel.

Él sonrió y ella pensó que tenía los dientes más perfectos que haya visto jamás.

- ¿Necesitas ayuda con tu auto?

Sam quería decirle que no, que podía manejar esa situación sola. Ella nunca pedía. Pero para su fastidio, esta vez no le quedaba otra opción que pedirle ayuda a un total desconocido.

- Si, por favor.

- Yo te ayudaré. Tú colócate en el volante y yo empujaré el auto para guiarlo a la orilla de la calle.

Él se colocó detrás del escarabajo y Sam abrió la puerta para sentarse en el asiento de piloto. Quitó la palanca de freno y en seguida el auto comenzó a moverse. Sam agarró el volante y se concentró en dirigir el auto hacia la acera. Luego miró por el retrovisor y le echó una rápida mirada al hombre que estaba empujando el auto. Desde allí, tenía una perfecta visión de sus brazos. No había duda que era fuertísimo.

Sam aparcó el auto a la orilla de la acera y luego salió. Se acercó hacia el hombre, quien estaba de pié al lado del escarabajo.

- Gracias. Muchísimas gracias por ayudarme.- dijo ella.

- De nada.- sonrió.- soy Freddie, por cierto. Freddie Benson.

- Yo me llamo Sam.

Sam estiró el brazo y se dieron un apretón de manos.

- ¿Sam...?- dijo Freddie, queriendo saber su apellido.

- Sólo Sam.