¡Heme aquí con un nuevo one shot! Este también es muy actual. Andaba leyendo La historia secreta de Gaara cuando vino a mí y, pues tomó un rumbo extraño. ¿Qué les puedo decir? Me gustan que las cosas vayan lento, jaja. Si estas historias fueran long-fics, me daría la oportunidad de darles felicidad. El otro me aseguraré de que sea color de rosa (de hecho, ya sé cuál será, jeje).

Disclaimer: Ya sabes quiénes no me pertenecen.

Advertencias: Yaoi, muchísimo OoC, Sasori siendo mezquino, bitter-sweet finale, "canon" (entre infinitas comillas), otra cosa que tira más a SasoIta que ItaSaso (mi alma necesita de eso también o, al menos, de Sasori siendo uke dominante).

¡Espero les guste!


There was a time when I was alone

VOICE

℘ { } ℘

It doesn't hurt me

Do you want to feel how it feels?

Do you want to know, know that it doesn't hurt me?

Do you want to hear about the deal that I'm making?

—Kate Bush, Running up that hill

℘ { } ℘

Siempre había sido elogiado por el linaje de su familia, considerado material de leyendas. Aun así, realmente nadie discutiría sobre el talento —sobrenatural— del joven prodigio, cuya mente y agilidad estaban más allá de las salvajes fantasías de sus antecesores.

El mundo siempre le había temido a los irises rojos como flores de Nochebuena. Además, ¿no era Itachi la cúspide del sharingan, el último sobreviviente digno del nombre? Quizá ésa, junto con otras, era la razón principal de que Akatsuki se interesara en el pelilargo. Un miembro de los Uchiha, especialmente él, debió ser una fuerte adquisición para la organización, fundada con varios de los renegados de los Países. Todos esos individuos desplegaban jutsus bastante particulares o, igual que su caso, se volvieron los últimos de su estirpe.

Los Akatsuki eran casi —literalmente— inhumanos. La manifestación de los poderes que ostentaban sus compañeros hasta resultaba… aberrante.

A decir verdad, la mayoría se había unido a la fuerza. Se quedaron por diversas razones. Algunos incluso eran fieles (tanto como grupos de su calaña podían aprender a serlo). Itachi sospechaba que Akasuna no Sasori se hallaba entre los últimos.

¿Qué lo llevó a pensar eso? A lo mejor que contribuía con una opinión sensata durante las reuniones y velaba por los intereses de sus líderes; acaso las miradas ponzoñosas que le dirigía a Orochimaru cuando éste hablaba sobre apoderarse de éste u otro integrante; tal vez las marionetas que situaba en la guarida; también los consejos de batalla que le ladraba a Deidara, su —autonombrado— alumno; quizá las gotas para los ojos, hechas personalmente para el moreno.

Por extraño que resultara, el oji-café le parecía un alma afín dentro de Akatsuki tanto como había aprendido a disfrutar la compañía de Kisame: se debía a la melancolía de sus ojos sin vida y aquella sonrisa del renegado de Sunagakure cuando estaba fuera de Hiruko, el interminable deseo de regresar a un momento de su vida donde la alegría y el calor del hogar no era un cuento de hadas.

Durante fugaces momentos, Itachi reconocía en Sasori el mismo dolor que latía en su corazón. Se trataban de segundos tan efímeros que nacían y morían con un parpadeo, haciéndole dudar si, para empezar, ocurrieron de verdad (no ayudaba tampoco la deficiencia de sus ojos causada tras abusar del sharingan).

Itachi arrugó las cejas, observando al pelirrojo. Éste último contemplaba desde la ventana de la posada donde ambos dúos coincidieron entre sus misiones. El Uchiha puso la taza de té en la mesita que los separaba y agudizó la vista, ya que la silueta del Akasuna estaba difuminándose como un rostro del otro lado de un cristal empañado por el frío o la lluvia.

¡Maldición! Apenas lograba distinguir las estelas doradas, rojizas y anaranjadas que besaban los desordenados cabellos bermejos y la pálida tez de Sasori.

—¿Quieres preguntarme algo, mocoso? —Preguntó el oriundo de las tierras del Viento sin girarse en dirección al pelilargo, quien hizo un mejor trabajo disimulando su sorpresa de lo que hiciera con su escrutinio. La voz del otro, pensó con un estremecimiento, tenía justo la nota perfecta de gravedad y suavidad para resultar atractiva, melodiosa, hipnótica—. Llevas rato viéndome.

—Es inusual verte fuera de Hiruko —señaló—. O en los lugares donde hay gente.

La estancia no rebosaba gente; sin embargo, había una joven pareja acurrucada al fondo, una anciana tejiendo a unos metros, una niña echada junto al perro del dueño y un conserje que barría silbando canciones alegres.

Akasuna dejó escapar una risa musical.

—Supongo que lo es. Muy extraño. Nunca me ha gustado.

—Lo hiciste el año pasado y el antepasado también —comentó Itachi—. El mismo día —hizo una pausa—. Sasori-san, ¿te sientes triste hoy?

En esta ocasión, Sasori sí que giró el rostro hacia el Uchiha.

—¿Oh? —La sonrisa del pelirrojo era falsa, tan vacía como amenazante—. No sabía que te habías fijado tanto en mí.

El moreno no estaba acostumbrado a temerle a nadie. Jamás subestimaba a otros (y Sasori era un oponente a reconocer), pero no fue miedo lo que forzó al prodigio a tragar saliva ni aceleró su corazón. Honestamente, la decadencia de su visión lo obligaba a confiar en sus demás sentidos y, oh Jashin, la voz del Akasuna era una sinfonía que tocaba las cuerdas de todo su cuerpo.

Itachi estiró la mano hacia la taza, desestimando el comentario del marionetista. Acababa de rozar la porcelana cuando unos dedos fríos lo alcanzaron. Eran tan suaves y lisos al tacto que el moreno difícilmente hubiera creído se trataban de extremidades de madera capaces de arrancarle la quijada a un ninja con un golpe.

Se tensó, pero se abstuvo de alejarse.

—Hoy es mi aniversario —constató el pelirrojo e Itachi abrió grandes los ojos.

—Eh… ¿qué? —Vaya, su respuesta fue muy estúpida. El pelinegro carraspeó la garganta para ayudar a aclarar sus ideas y las palabras. Con la mano libre, acomodó los mechones de su largo flequillo detrás de la oreja—. Tu cumpleaños es el 8 de noviembre, ¿no?

—No esa clase de cumpleaños, Itachi —ronroneó el ninja de la Arena. Las mejillas del Uchiha amenazaron con teñirse de rojo sangre, pues su nombre en los duros labios de Sasori se sentía como un hálito de vida tanto como una maldición—. Sino uno maravilloso que yo decidí.

El índice y dedo medio del oji-café acariciaron los nudillos del usuario del sharingan. Enseguida se preguntó si podía seguir confiando en sus otros sentidos.

—Felicidades —dijo, incapaz de retirar la mano. Finalmente, Sasori entrelazó sus dedos y los alejó a ambos del asa. Itachi se lo permitió, no sintiendo ninguna amenaza real de su parte—. ¿Sales de Hiruko para que todos vean en lo que te convertiste?

—Sí —respondió el Akasuna. Luego, como un pensamiento tardío, añadió—: ¿Te parezco hermoso?

El corazón de Itachi dio un brinco, tropezó y cayó arrastrando el resto de sus entrañas. El Uchiha volteó, casi violentamente, en dirección a las personas que los acompañaban en la estancia. Después miró el pasillo que guiaba hasta las recámaras, por si Kisame o Deidara aparecían. Nuevamente, sus ojos regresaron a la silueta del Akasuna.

Podía oír a Fugaku gritándole, sacándole a rastras de los brazos de un joven de Konohagakure, empujándolo al interior de la casa y grabándole a base de puñetazos el nombre de Izumi en su cabeza.

—Las mujeres seguramente dirán que eres agradable a la vista —refutó, quitándole la mano. Sasori inclinó la cabeza y se enderezó, recargándose contra la silla.

—Un maestro shinobi puede transportar su chakra en su voz y robar la voluntad de una persona en un instante —prorrumpió el Akasuna de la nada—. Las llamadas técnicas de hipnosis y parálisis total son una especialidad en Sunagakure. ¿Alguna vez te las enseñaron? Me imagino que no, con el sharingan, lo otro pareciera una técnica bastante aburrida —lo vio encogerse de hombros—. Aunque, no es así. Negociar, interrogar y conquistar son sólo formas de pelear y he jugado con la idea, ¿sabes?

Itachi sintió una oleada de indignación formarse en su estómago.

—¿Te imaginas lo bien que podría sentirse si —hizo una pausa y, un segundo más tarde, disparó para matar—... yo empezara a usarla ahora?

El moreno gimió y sintió un escalofrío bajarle por la espalda. Lejos del placer que Sasori había insinuado antes, le pareció que golpeaba su columna igual que la vara de bambú de Fugaku al azotarle.

Los irises de Itachi relampaguearon y el sharingan empezó a girar, amenazante. El mangekyo, sin embargo, se mantuvo al borde. No quería usarlo ahí, ni incitar a Sasori a sacar sus marionetas; eso sólo atraería la atención de Kisame y, peor aún, Deidara. No podía darse el lujo de arruinar las vidas de estas personas sólo porque el Akasuna se había tomado a mal su pregunta.

Los Akatsuki eran monstruos. Quizá no siempre lo fueron, pero…

—Bien —bufó, casi de forma infantil mientras desactivaba su kekkei genkai—. No siente nada, ya entendí.

Itachi se levantó y se alejó de la mesa, procurando no tropezarse de regreso a su habitación.

Unos segundos más tarde, escuchó a Sasori caminando detrás de él. Ya que el Uchiha le sacaba varios centímetros, Akasuna demoró un poco antes de llegar a la recámara del moreno y forzar su entrada.

El taheño cerró la puerta luego de colarse y miró a Itachi con una expresión ininteligible para el joven.

—Tienes razón —escupió el marionetista. El de ojos carmesí pensó que esas dos palabras eran lo más parecido a una disculpa que escucharía viniendo del otro hasta—: No tenía por qué haber hecho eso. De verdad quería que te gustara.

—OK.

Sasori se quedó inmóvil, aunque su brazo izquierdo casi se levantó para buscarlo.

—Me rehúso a hablar de por qué me siento triste —musitó tras pensarlo—. Después de tantos años, no pienso decírselo a nadie. Sería como si yo te pidiera hablar de tus secretos.

Itachi inhaló profundo. Exhaló silenciosamente.

—No tenemos por qué decirnos nada —murmuró el Uchiha, lento y cuidadoso—. Todavía.

Akasuna asintió y, de repente, avanzó hacia la cama con la rapidez que siempre había parecido tan inherente a los marionetistas. El joven de Konohagakure se limitó a observar cómo tomaba asiento.

Luego de unos segundos, lo imitó y se sentó a su lado.

—Podemos empezar con decirnos cosas sencillas —dijo Sasori de la nada—. O…

Itachi se los imaginó de pronto entregándose uno al otro, un beso seco y apasionado, un desastre de extremidades, voces suspirando el nombre del otro.

Empalideció. No… no podía… no debería…

—Adoro el dango —dijo. Se volvió hacia el Akasuna, deseando que entendiera.

Sasori lo observó.

—Me gustaban los dulces —contestó suavemente.

Itachi sonrió un poco, agradecido por la información y la tácita bienvenida a sólo hablar. Preguntándose si llegarían a confesar algo serio esa noche. Deseando tener todo el tiempo del mundo para, eventualmente, hacerlo. Sabiendo que eso estaba muy lejos de ser verdad.

THE END


Quizá las historias son un tanto sosas y aburridas, pero espero que haya a quienes hagan un poco felices. Considerando todo, me siento bien de estar subiendo periódicamente, aunque no haya nadie que me lo pida estrictamente hablando. No sé, jaja, sólo mientras los escribo me siento tranquila.

Me gusta el headcanon de Sasori siendo fiel a Akatsuki a su muy peculiar manera. No al estilo de Kisame, tan comprometido como para matarse para no revelar nada de la organización; pero disfruto la idea de que Sasori se sentía menos solitario con esta gente disfuncional. ¿Hacía cosas buenas por ellos? Seguramente ni en sueños, pero en mi mente, pienso que Itachi, Deidara y Konan recibían ciertas cosas que los otros no y como estamos en mis fics, bueno...