ԐLa listaЗ

Las cosas a hacer en realidad no son cosas del otro mundo, de hecho, muchas de ellas son cosas que ya hemos hecho antes o que hacemos de manera cotidiana. Cómo comer macarrones con queso juntos, cocinar macarrones con queso, comprar macarrones con queso en el súper y compararlos con los macarrones con queso caseros.

No debería sorprenderme leer mucho ese platillo en realidad.

Pero también hay cosas como ver alguna película en específico, construir un nuevo LEGO que ha comprado, dibujar una especie nueva de dragones, salir a dar una vuelta al parque, comprar helados y ver a la gente pasar, hacer una video llamada con nuestros amigos, jugar batallas navales. Cosas de pareja como tener una cita en algún lugar que no hayamos visitado, caminar tomados de la mano...

—¿Tienes algún problema con los motes? —me pregunta ligeramente exasperado.

—No realmente solo que... es raro. ¿No te lo parece?

—¿No te gusta que te diga cariño?

Llevas meses llamándome de esta manera, debiste haberme preguntado desde el día uno, ahora ni siquiera vale la pena.

—No tengo problema con ello. —porque ya ni siquiera surte efecto alguno.

—Tú solo me has dicho una sola vez un mote. Quiero que también me digas algo lindo.

Y luego está la lista de cosas vergonzosas y ligeramente ridículas.

—¿Cómo quieres que te llame? —pregunto para liberarme de ello y terminé por tachar ese ítem.

—No, Levi, así no funciona esto. —¿Por qué ha dicho mi nombre? —Debe de salir de ti, mamá dice que sale del corazón, pero no tiene sentido realmente.

Hace mucho que no dice mi nombre. Dios ¿En qué me está convirtiendo? Ahora tengo una crisis existencial con mi propio nombre. ¿Por qué lo ha dicho así sin más?

—Llevas mucho tiempo sin decir mi nombre. —digo sin pensarlo porque realmente me ha tomado con la guardia baja.

Cómo siempre pero no deja de sorprenderme.

Él sonríe, completamente consciente de que es lo que ha hecho, se acerca hasta donde estoy y se recarga en mi hombro.

—Te gusta que te diga cariño ¿No es cierto?

Y si lo dice de esa manera ¿Cómo espera que reaccione?

—Bueno, es imposible que no me guste si lo dices tú. —murmuro, apenado de mí mismo.

Sus mejillas se ponen rosas, acompañando su sonrisa resplandeciente.

—¿Cuál va a ser mi mote? —insiste.

—Necesito pensarlo más ¿Bien?

Asiente de mala gana. Ni siquiera recuerdo cómo le dije aquella vez.

—Lo siguiente en la lista es... ah, este juego. —busca en su mochila un tablero hecho en casa, junto a unos dados y unas piezas aleatorias que ha tomado de otros juegos.

—¿Lo hiciste tú? —pregunto viendo el tablero mal hecho. Definitivamente las manualidades no son lo suyo.

—Si, lo encontré en internet. —lo dejo en su lugar sintiendo que es algo de lo que debería mantenerme alejado.

—¿Internet?

—Busque actividades que puedes hacer en pareja y me salió esto.

No sé porque siento que esto va a salir mal de algún u otro modo.

—¿De qué va?

Saca por último una cajita con tarjetas, también bastante mal hechas, su letra siempre ha sido medio torcida, además de hacerlas grandes y sin mucha forma. Debe ser una de las últimas cosas en las que preocuparse realmente.

—Es un juego de dados como los demás, solo que las tarjetas tienen castigos o premios, algunos tuve que cambiarlos porque eran absurdos, como eso de misionero, no tiene sentido, ¿Por qué sería misionero si estoy jugando con dados? Así que busque castigos o premios para juegos en otros sitios.

Siento que he escuchado esa palabra en otro lado.

—Ya, bueno, entonces, solo tiramos los dados, avanzamos en las casillas y tomamos una carta. ¿No?

Asiente, complacido de que no tenga que perder tiempo explicándome cómo van las cosas.

Por orden de edad, él lanza primero, toma la pieza en forma de un gato siamés y avanza, toma una carta para leer en voz alta.

—Salta tres veces hacia delante y explica la teoría de la relatividad.

¿Qué carajo? ¿Por qué escribió eso?

Salta de manera descoordinada y hace su explicación de manera limpia, como si llevará toda su vida memorizándola, no me sorprendería si me dijeran que así es.

Afortunadamente cuando es mi turno, la tarjeta que tomo tiene como indicativo premio, que es un caramelo sabor cereza.

El juego salta de preguntas absurdas sobre temas que ni siquiera se me hubiera ocurrido revisar en la vida, hasta cosas infantiles como dar una voltereta o deletrear alguna palabra, también hay retos, premios que llevan dulces con ello, cosas cursis como besar al otro en alguna parte del rostro, su parte favorita cuando le toca a él ser besado. También encuentro cosas un poco raras, como quitar alguna prenda de ropa o hacer alguna pose extraña en el suelo. Lo que me hace ruido sobre la procedencia de este juego, pero como la mayoría son cosas sin chiste trato de no prestarle mucha atención.

—Besa al otro en el cuello. —lee con una sonrisa.

Se acerca gateando hasta mi sitio, intento no quejarme, como siempre lo hago, hasta ahora los besos solo han sido en el rostro, la frente, las mejillas, la nariz, los pómulos, los labios, pero no algo fuera de ello. Además, presiento que los dos tenemos bastante sensibilidad, aunando eso de estar en puntos vulnerables. Más que nada él con su infinita curiosidad, que desgraciadamente no se ha satisfecho para que uno pueda saltar al siguiente punto. Y yo que me lleno de cuestiones la cabeza.

Cierro los ojos esperando con los nervios en punta, me encojo de hombros como si eso me protegiera de algún modo. Ni siquiera me ha tocado y siento que ya estoy quemándome.

Siento sus labios, algo rasposos, los estampa como si se tratara de una correspondencia, siento que incluso me babea cuando se separa y vuelve a su lugar.

Qué raro.

Creí que se sentiría diferente, pero es como cualquier cosa, a excepción de su saliva, no hay más para comentar al respecto. Quizás no soy tan sensible como creía.

Yo gano. Casi puedo verme alzando los brazos en son de victoria.

Siento alivio. No tiene sentido, pero así es como lo siento en este momento.

Tomo mi estatuilla y los dados para lanzarlos, dos casillas, que estafa. Busco mi tarjeta.

—Besa al otro detrás de las orejas. ¿En serio?

Él asiente.

¿De dónde habrá sacado este juego? Hay cartas muy obvias que él se ha inventado o sacado de un juego infantil, pero luego están estás otras que definitivamente no salieron ni de su cabeza ni de un sitio para niños.

Es mi turno para ir hasta su lugar, se queda quieto, casi quieto, esperando con la ansiedad que lo caracteriza. Busca mi mirada, como para confirmar que sigo allí, dándole el avión con este juego tan raro. Luego inclina la cabeza para darme espacio, me acerco lo suficiente como para percibir su aroma.

Huele a menta, como siempre. Pero en específico en esta área huele con bastante más intensidad, como si ese lugar fuera dónde pone la colonia o el jabón. Me pregunto si yo también huelo a algo o solo a sudor. Ni siquiera me dio tiempo de tomar una ducha antes de que él llegara y estuve mucho en la calle. Vaya... Nunca había pensado en ello.

Beso su piel conforme a lo que dice la ficha, haciendo que el aroma a menta se intensifique bastante. Su reacción es muchísimo más visible que la mía antes, encoje los hombros, mientras el escalofrío le recorre el cuerpo.

—Ah. —exhala.

Veo por encima de sus hombros como el rostro se le colores hasta las orejas, exhala exageradamente. Eso hace que algo en mi estómago se revuelva, guiando que vuelva a besarlo de nuevo, esta vez en el cuello.

La reacción es la misma, exhala, se retuerce quedamente en su lugar mientras aprieta los párpados y los labios para controlarse. El tono de su piel se vuelve brillante. ¿Siempre ha sido así?

—¿Eren? —preguntó en voz baja.

Inclina la cabeza a un lado, el lado donde estoy, como si quisiera alejarme.

—Se siente raro, no lo hagas. —se queja en un susurro, encoje sus piernas hasta pegarlas a su pecho.

—No hagas eso. —le indico.

Lo sostengo de las caderas, primero sobre la camiseta que lleva. Eso hace que se retuerza otra vez, como si le hubiese hecho cosquillas.

Es muy lindo.

Tan lindo que quisiera...

Cuelo mis dedos lentamente por debajo de la camiseta, sintiendo la suavidad de su piel ligeramente flácida, su respiración se acelera otro poco, exhala más de lo que inhala y se hace pequeño en su mismo lugar, como si intentará protegerse de lo que sea que esté sintiendo.

Su cintura es ligeramente curva, llevándome directamente hasta sus costillas, las cuales puedo sentir con facilidad. Cuelo mi mano libre también, su vientre es más suave que el resto de su piel, su ombligo está de manera oblicua en esta posición, como si lo hubieran aplastado. Me recargo en sus caderas, él curvea su espalda hacia delante, así que tengo que estirarme un poco más y acomodarme.

Escucho su respiración, ahora más irregular, deja salir el aire de manera agresiva, sus labios están temblando.

—Eren. —vuelvo a llamarlo y él alza la mirada brillante hasta encontrarme. —Gírate.

Asiente, sin moverse mucho, se gira en su propio eje hasta que quedamos casi frente a frente, le indico que se acerque, como si fuéramos a abrazarnos, lo que, bueno, prácticamente hacemos a continuación. Pasa sus piernas alrededor de mis caderas, estirándolas. Su peso casi cae en mis caderas, una parte lo cargo yo y otra el piso. Pega su pecho al mío, es más cómodo de esta manera.

—¿Estás bien? —pregunto y él asiente.

—Otra vez. —susurra como un niño pequeño.

Se sostiene de mis hombros mientras espera. Vuelvo a meter mis manos debajo de su camiseta, de esta manera pareciera que es más delgado, puedo tocar su espina dorsal con mis dos manos al mismo tiempo desde sus caderas. Lo siento retorcerse de nuevo, exhalando ruidosamente.

Es muy sensible. Demasiado.

Recorro su espalda, sintiendo cada hueso a través de su piel, paso mis manos hasta su pecho, vuelve a retorcerse.

—Ngh.

Quisiera...

Él puede hacer esos sonidos después de todo y gracias a mí, porque soy yo quien hace que los produzca.

Beso su cuello, esperando por su reacción, siento su aliento cálido, se sostiene de mis hombros, rodeándome con sus brazos como si temiera irse a un lado o caerse, arquea la espalda y a veces pega demasiado su vientre al mío. Mete sus brazos debajo de los míos, haciendo una extraña pinza a lo largo de mi espalda.

—Otra vez. —exhala. Suena como si hubiera recorrido un maratón. —Cariño.

Beso su cuello, luego voy hacia un lado, por sus hombros, el olor a menta hace que mi mente se nuble por momentos.

Si él no tuviera la camiseta sería más fácil.

Quiero escucharlo.

Quiero tocarlo.

Quiero...

Busco que separe su rostro de mis hombros, se alza medio confundido.

Me gusta su cara.

Junto nuestros labios, él se deja hacer sin dificultad alguna, me sigue el ritmo, a veces pierde el aliento rápidamente, pero pone demasiado esfuerzo en recuperarse rápidamente.

Puedo sentirlo fácilmente de esta forma, con su cuerpo cerca del mío, sosteniendo su cuerpo con mis manos, sintiendo su piel desnuda. Mueve sus caderas sobre las mías, como si quisiera escalar encima mío, es capaz de ponerse de rodillas, enderezando su espalda, pero sin dejar de equilibrarse sobre mi espalda.

Mi teléfono suena haciendo un ruido terrible que rebota en las paredes, no solo de la casa, también dentro de mi cabeza.

Alejo a Eren un instante para calcular los daños. ¿Qué estoy haciendo? Ah, le prometí a su mamá que no haría nada raro.

El timbre del teléfono sigue sonando, viene de mi bolsillo delantero. Saco mis manos de encima de Eren y busco el aparato.

—¿Diga?

—¿Estás en la casa? Olvide mis llaves y estoy por llegar. —Mikasa.

Busco el reloj en la cocina, claro, ya es tiempo de que vaya llegando.

—Si, aquí estoy.

Eren tiene el rostro encendido y las pupilas dilatadas, respira entrecortadamente con los labios abiertos, que están brillantes gracias a la saliva, rojos y un poco hinchados, su cabello de repente es un desastre. ¿Por qué luce así? Si me ve así no voy a poder...

—Mika ya viene para acá, hay que acomodar todo. —digo torpemente.

—Creo que... —desvía la mirada. —Voy al baño.

Se aleja torpemente, camina lo más rápido que puede mientras se encierra en el lavabo.

Oculto mi cara entre mis manos.

Lo disfruté mucho. De verdad, no puedo negarlo, verlo de ese modo y escucharlo, jamás imaginé que sería una experiencia diferente.

Recojo las cosas del piso, aun sintiéndome extraño conmigo mismo. Quitó el seguro de la puerta para que mi hermana entre cuando llegue y después voy a cambiarme a mi habitación. Otro poco y las cosas serían color hormiga. Estuve bastante cerca de tocar fondo.

Recta final.

Gracias por leer.
Parlev