ԐUna última vezЗ
Durante la cena Eren permanece completamente callado, aislado dentro de su cabeza, apenas contesta cuando alguien lo llama, come mecánicamente solo porque sabe que tiene un plato frente a él. Cuando le quitó el plato para lavarlos, se queda quieto en su lugar, mirando a la nada, completamente ausente.
—¿Le quitaste la batería o algo así? —se burla Mika.
No contesto porque bien lo que pasó antes podría ser en parte una de los miles de razones. No sé, quizás está en estado de shock o algo por el estilo. ¿Qué voy a hacer si no puedo sacarlo de allí?
Mamá también lo mira preocupada, incluso menciona si no deberíamos llamar a la señora Carla por si es algo malo.
—Solo es una ausencia, de vez en cuando las tiene. —contesto.
Al menos eso quiero creer.
Mikasa se dedica a limpiar la cocina y yo de lavar los platos, mamá toma un baño para antes de irse a dormir, tuvo un día pesado, tiene que cubrir bastantes horas porque faltará para irme a despedir al aeropuerto, ya ha comprado el boleto del viaje con ayuda de una de sus gerentes, fue a un precio bastante más económico al parecer, usando uno de esos trucos de medianoche.
—Le he dicho a Farlan que podemos hacer la fiesta de despedida aquí en la casa. —comenta mi hermana.
—¿Sigue con eso? —tiene un grave problema, de verdad.
Pero supongo que puede darse el lujo de despilfarrar dinero después de todo.
—No te veremos hasta dentro de un año, si tenemos suerte. —se queja.
Claro, estaré lejos un año entero. Puedo volver para las festividades en navidad o las vacaciones de pascua, pero no podemos darnos el lujo de gastar tanto en boletos de ida y venida en tan poco tiempo, así que solo nos quedan las llamadas telefónicas y videollamadas. No puedo volver y si las cosas se alargan, me quedaré más tiempo. Pensarlo es un tanto triste.
—Si. —es lo único que puedo contestar.
—¿Eren está mejor? —pregunta cuando vuelve a verlo, allí, estático, como si tuviéramos una estatua en vez de un ser humano.
Si no se notará que respira, cualquiera pensaría que es una réplica bastante buena de otra persona. Vaya, apenas y parpadea.
—Creo que sí. Por eso está aquí, quiere hacer varias cosas para antes de que me vaya.
Mikasa se ríe, salpicando agua del trapo con el que está limpiando.
—¿Qué?
—Nada, solo que recuerdo que el otro día quería dormir abrazado a ti y tú te fuiste vilmente al piso. Parece que te da miedo tocarlo.
Desvió la mirada cuando dice lo último.
Si, claro, ahora sé que tocarlo lleva las cosas a otro nivel y no es algo precisamente bueno. Tengo autocontrol, pero tampoco soy un ser sin sensaciones. Y la prueba sucedió hace unas pocas horas. Recordarlo me produce una cantidad de emociones que ni siquiera puedo clasificar. Todo es su culpa.
—Qué horror. —se queja mi hermana. —Eres demasiado virgen para tu propio bien.
—¿No me digas que tú has tenido esos acercamientos con Yura? —contrataco.
La respuesta es su rostro encendido en rojo y una risa titubeante mientras se gira a seguir limpiando la barra desayunadora.
—¿De verdad? —pregunto, ligeramente sorprendido.
—No. —miente. —No mucho.
—Ah, no puedo creerlo. Eres más joven que ella.
—Solo un par de años, no seas exagerado, como tú con Eren. —se gira dignamente a lavar el trapo.
—¿Han llegado muy lejos? —insisto, una parte para seguir molestándola y otra porque es casi algo parecido a mi situación.
—No, no tanto. No me deja.
—¿No te deja? ¿Pues que has intentado hacer?
Recuerdo que después de todo fue ella quien se le fue encima a Yura a la primera oportunidad, mientras que la chica apenas sabía qué hacer.
Suspira, el color le vuelve al rostro, se recarga en la encimera desilusionada.
—Es demasiado tímida. —sonríe mientras lo dice. —Estudio en un colegio religioso así que de algún modo aún tiene pensamientos de castidad y pureza.
Ya, claro.
—Eres la encarnación del mal. —replico.
—No puedo evitarlo, me gusta demasiado. —hace un puchero como niña pequeña. —No entiendo cómo a alguien puede gustarle los hombres, las mujeres son más suaves y huelen mejor.
Me da repelús ver su cara mientras lo dice. Aunque admito que jamás imaginé que a ella le fueran más las chicas, jamás le puse tanta atención.
—Eren es muy suave y siempre huele a menta. —dejo salir de manera distraída.
—Yura es mucho más suave, toda ella es suave. —es obvio el tono con el que dice eso. —Y siempre usa un perfume diferente que huele delicioso, además de que tiene una piel tersa y limpia.
—Ah, por Dios, Eren usa productos de bebé por su hipersensibilidad, así que tiene una piel prácticamente perfecta y todo es a base de menta, así que el olor es parte de él de un modo u otro. No tiene comparación con usar productos de belleza de un centro departamental.
—Cuando se sonroja es la niña más bonita que jamás he visto en mi vida. Y se sonroja por mí.
—Yo también puedo hacer que Eren se sonroje, es mucho más bonito, y además me pone motes cariñosos.
—Yo soy capaz de regresarle los motes a Yura. —ouch, touch down.
—Yo lo he visto desnudo y le he ayudado a cambiarse de ropa. —bueno, eso fue antes de que estuviéramos en una relación.
—Hemos estado en la misma cama.
—Su mamá me aprecia.
—Podemos vestir a pares porque tenemos la misma estatura.
—Hemos salido de vacaciones varias veces.
—La he hecho gemir.
—Yo también.
—¿De verdad están discutiendo sobre eso? No puedo creerlo. —mamá nos observa desde la entrada de la cocina.
—Mamá. —Mikasa se oculta el rostro detrás del trapo sucio. —Dime que no escuchaste eso.
—Escuche más de lo que quería.
Se sirve un vaso con agua y suspira, recargándose en la encimera.
—Mikasa no presiones a esa chica y Levi, por Dios, tú estás por irte del país.
Luego da media vuelta para ir a su habitación, como si de verdad no necesitara más de nuestra absurda charla.
»Deseos de cosas imposibles«
Me cuesta un poco traer de vuelta a Eren, con la mirada perdida y un poco desubicado.
—¿Qué hora es? —pregunta.
—Casi las diez. —respondo, poniéndome en cuclillas frente a él. —¿Todo bien?
Tomo sus manos para tratar de mantenerlo conmigo.
—Si. Todo bien. —confirma.
—Vamos a dormir.
—¿Dormiremos juntos? —inclina la cabeza a un lado, como si no tuviera mucha fuerza.
—¿De verdad quieres eso?
No contesta rápido, como uno cabría esperar, parpadea varias veces como si quisiera sacar algo de su ojo, mira nuestras manos mientras algo se fórmula en su cabeza.
Acaricia mis nudillos, jugando con las venas que sobresalen del dorso de mis manos, como si fuera la primera vez que los ve. Siento su pulgar acariciar mi piel, me da mucha ternura verlo de esa manera, pero también me da algo de que preocuparme porque no sé qué hacer cuando no me dice lo que está pensando.
Suelta mis manos, luego sostiene mi rostro y se inclina para besarme, como no estoy en una postura muy favorable para hacer equilibrio, me tengo que sostener del sofá, poniendo mis manos a los lados de dónde está sentado. Intenta hacer más profundo el beso, pero es realmente torpe para ello, solo me empuja ligeramente sin saber que más hacer. Al final, tengo que incorporarme, está vez soy yo quien toma su rostro, me encorvo un poco mientras él sigue sentado, mirando hacia arriba mientras lo beso. No es la postura más cómoda del mundo, pero por alguna razón se siente diferente besarlo de esta manera, como si tuviera absoluto control sobre él. Lo que me inquieta en más de una manera.
—¿En qué estás pensando? —susurro cuando pegó mi frente a la suya. No abro los ojos y sé que él tampoco lo hace.
—Quiero hacer lo mismo de antes. —dice sin inmutarse.
—Esta mi hermana y mi mamá. —contesto.
Lo escucho repelar.
Me separo y tomo asiento a su lado, sin esperar mucho, se recarga en mi hombro, abrazando mi brazo, temiendo que me vaya a otro lugar sin él.
—Tengamos relaciones sexuales. —confiesa después de un rato, su voz se ahoga con mi ropa.
—No, aún no.
—¿Por qué? ¿Cuándo?
—Porque somos demasiado jóvenes y... —ya no hay tiempo.
—Vas a irte y no podré verte por un año. —oculta su rostro, luce como un niño berrinchudo.
Quizás más.
—Un año pasa muy rápido.
—No es cierto, un año, doce meses, cincuenta y dos semanas, trescientos sesenta y cinco días, ocho mil sesenta y cuatro horas, cuatrocientos ochenta y tres mil ochocientos cuarenta minutos, veintinueve millones treinta mil cuatrocientos segundos. No es poco tiempo.
—Si lo dices así, evidentemente suena a mucho tiempo. Pero cuando menos lo pienses, estaré aquí.
Me rodea con sus brazos con bastante fuerza, ocultando su rostro en mi costado derecho, realmente parece estar haciendo alguna clase de berrinche. Palmeo su espalda en un intento barato de consuelo.
—Entonces, cásate conmigo. —murmura entre la tela de mi camiseta.
Él de verdad debe de dejar de ver las novelas que ve su mamá.
—Somos menores de edad. —le recuerdo.
—Cásate conmigo. —repite. —Cuando vuelvas, debes casarte conmigo.
—Es una decisión apresurada, eso debe pensarse, además, somos muy jóvenes.
Podría solo decirle que sí y dejarlo allí, pero sé que él difícilmente olvida las promesas por lo que hacer una vacía solo será contraproducente y algo cruel, debo ser sincero.
—Ya lo he pensado, lo he pensado mucho. —me estruja con más fuerza.
—Pensémoslo una vez que regrese. —si dejo que siga así, va a lograr dejarme algún moretón.
—Bien, es una promesa.
—Vayamos a dormir. ¿Te parece?
Asiente, se deja hacer mientras lo llevo hasta mi habitación, puede ser muy lindo y adorable, pero también bastante manipulador si se lo propone.
Dejo que tome una ducha rápida y se prepare lo que tenga que prepararse, esperando que despeje más su mente. Supongo que ha sido todo tan de repente que apenas ha podido analizarlo como debería ser.
Por mi parte hago mi propia rutina antes de dormir, buscar el pijama, cambiarme y pensar en que, en pocos días, dejaré este lugar, estaré en otro continente, a kilómetros de aquí.
Esta vez, su pijama es un conjunto de pantalón largo y camiseta de manga corta, nada de cosas demasiado estrafalarias que ponen a prueba mi imaginación.
—¿Vas a abrazarme? —dice estirando sus brazos.
—Si, sí.
Nos meto debajo de las sábanas, aún hace calor, así que nos quedamos solo con una delgada, se acomoda hasta llegar a mi pecho y esconder su rostro allí, rodeando mi cintura, incluso enreda sus piernas entre las mías, pienso en un koala mientras lo hace. Apuesto a que ha pensado en esto un millar de veces antes. Pongo mis brazos sobre su cuello y espalda, apenas pudiendo cubrir algo, a comparación suya.
—Me gusta tu aroma. —dice olisqueando mi pijama.
—Es el suavizante. Tu hueles mejor.
Siento su sonrisa en mi vientre.
—Te quiero.
—Yo a ti.
Con la subida y bajada emocional termina por quedarse completamente dormido, su agarre baja de fuerza y su respiración se acopla a un ritmo más suave. Al bajar la mirada, veo su rostro completamente relajado, aún conserva rasgos infantiles, sus mejillas abultadas, sus labios en forma de corazón, sus pestañas largas... Quito un mechón rebelde de su frente, despejando su rostro.
Quisiera congelar el tiempo.
Recta final.
Gracias por leer.
Parlev
