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Capítulo dedicado a Marlenis Samudio por su cumpleaños.

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Las bodas que se empezaban a planear en diciembre o en los primeros dos meses del año siempre eran más pesadas, nunca entendía por qué, aunque por suerte había logrado ajustar sus horarios con ambos eventos en los que estaría trabajando ese nuevo año que había empezado hacía un par de días, pero que en un abrir y cerrar de ojos ya había saltado a marzo.

El sol estaba tan radiante que le era difícil mirar ligeramente hacia arriba sin sentir que se quemaban sus pestañas.

—Está imposible, no sirvo para arreglar bicicletas —bufó y se puso de pie para estirarse, agotado. El sol lo tenía bastante más sofocado.

—Déjalo así, ya me encargo yo —le dijo restándole importancia mientras terminaba de colocar el hermoso canasto. Miró orgullosa su trabajo cuando estuvo listo y sintió una mezcla de añoranza, emoción y nostalgia. Aquella bicicleta había sido un regalo de su papá y le había enseñado a andar en ella cuando apenas tenía cuatro años; luego de la muerte de Seitō, la pequeña Kagome no había querido usar más en esa bicicleta, hasta que ya había sido demasiado grande para volver a tomarla cuando estuvo lista—. Listo, ¿qué te parece?

—Eres buena en esto —regresó la vista a él y estaba observando con detalle el cómo la estaba restaurando.

—Gracias, lo sé —comentó, orgullosa.

—Aunque todavía no entiendo por qué empezaste a armarla tan temprano y justo hoy, con tanto calor que hace —dejo ir aire y cerró los ojos. Ese templo realmente era muy tranquilo incluso cuando hacía un calor infernal—. Tu sobrina no va a nacer hasta julio y de todas formas no creo que pueda usar la bicicleta cuando salga del hospital.

Kagome sonrió y corrió la bicicleta para centrarse en la llanta trasera, ya eran los últimos retoques y tenía aceite para cadena hasta en la cara, aunque ella sí había hecho algo, no como él que tenía manchas hasta en el cabello y no había solucionado nada.

—Porque necesito adelantarme a los hechos y estoy muy emocionada, InuYasha —el aludido volvió la vista al cielo cuando las nubes le dieron un poco de descanso. Era curioso, él jamás sabría qué era tener un sobrino, pero la sonrisa de Kagome le daba una idea de qué podría sentirse—. Además —llamó su atención con esa nueva intervención—, este será el primer cumpleaños que pasaré lejos de Sango, quiero ocupar mi mente.

—Sigo sin entender eso —hizo un ademán con su mano—, ella te dijo que fueras y te negaste.

La azabache se irguió y volvió la vista al hombre con camisa blanca que parecía sacada de un salpicadero de lodo, ¿quién se ponía ropa blanca cuando era invitado a arreglar una bicicleta? Suspiró.

—Porque es una fiesta más íntima, sabes que irán los padres de Miroku y se presentarán oficialmente como pareja —la cosa era que ambos cumplían años con solo dos días de diferencia, por eso habían optado por al fin hacer una cena para testear el recibimiento que tendrían en sus familias y después de poco más de cuatro años sin que Sango presentara a alguien, suponía que sería un shock—, siento que yo salgo sobrando, así que me negué, además de que ya los celebramos antes —volvió su atención a la llanta—. No me parece correcto asistir y tú deberías hacer lo mismo.

InuYasha no dijo nada, solo la miró con una expresión que gritaba «estás loca si crees que voy a hacerte caso». Ambos iban a quedarse en silencio otra vez cuando el sol volvió a pegar fuerte y detrás de ellos, alguien corría la puerta con delicadeza.

—Les traje jugos fríos y unas botanas —ofreció la amable mujer y se sentó al lado de InuYasha, quien observaba maravillado lo que procedería a comer.

—Muchas gracias, mamá —Kagome le sonrió, ambas estaban muy emocionadas, ¡por fin llegaría alguien más a la familia! Sōta era muy afortunado.

—Gracias, señora —tomó su porción y no dudó en atacarla—. Si Kagome no quiere, no se preocupe, me los como yo.

—En tus sueños.

Naomi rio al verlos bromear así. Hacía unas semanas que InuYasha había empezado a ir al templo los fines de semana junto con Kagome, quien había aumentado su nivel de visitas después de enterarse de que Mei estaba embarazada. Taishō era un gran empresario, pero era una persona sencilla y eso le agradó desde el primer momento.

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Era increíble lo mucho que todo había cambiado en esos meses.

Miroku y Sango, enamorados como si les pagaran por eso, habían decidido por fin formalizar su relación ante sus padres, pronto se cumpliría un año desde que se habían conocido, de todos modos apenas estaban procesando el hecho de que serían novios muy en serio, quizás hasta después de un tiempo tomaran la decisión de mudarse juntos, pero eso todavía era demasiado pronto para contemplarlo con más detalle. Además, últimamente la abogada había tenido buenos casos y el último más mediático le había dado una buena cara al público, por lo que eso solo hacía más prestigioso al bufete al que pertenecía.

Por otro lado, los abogados de Kagura se habían presentado finalmente a mediados de diciembre apenas para dar por iniciado el trámite, el cual abrió una brecha de tiempo exageradamente amplia que podía ir de dos meses a un año de espera, sin embargo, gracias a un par de influencias que ambas familias habían contactado, el proceso se aceleró y pronto comparecerían ante un juez para dictaminar la sentencia del juicio para anular el matrimonio. Previo al evento, InuYasha se estaba poniendo ansioso, algunas veces revivía muy malos recuerdos de aquel día, sin embargo, ahora tenía el apoyo de muchas personas y eso poco a poco se había convertido en una motivación indispensable para él. La llegada de Kagome a su vida no solo le había permitido estar bien con sus familiares, también había traído nuevos amigos como Sango y hasta la misma Ayumi, además de un respaldo amigable con su madre, su hermano y la esposa de este, parecía que habían conectado bien. No estaba completamente recuperado, pero de ese InuYasha de hacía cuatro meses, ya no quedaba casi nada y era notable en sus ojos. Aceptar la amistad de Kagome había sido, por mucho, una de las mejores decisiones que había tomado en la vida.

Por su parte, Kagome también había decidido invitar a InuYasha por fin al templo donde había crecido y vivido hasta casi los veintidós años, motivada por el par de agradables encuentros que había tenido con Tōga e Izayoi en el departamento de Taishō. Higurashi había seguido saliendo con Dai como siempre, se la pasaban bien aunque con los meses esas salidas fueron disminuyendo su recurrencia, muchas de sus faltas eran por el trabajo y otras porque ya había quedado con los chicos para hacer algo, iba al templo, salía con Ayumi o con InuYasha, varias de las veces, en especial entre finales de enero y mediados de febrero, que habían sido las vacaciones del ambarino. Ambos se habían convertido en lo que Sango había definido como «los mejores amigos», era notable su afinidad y sin querer, de verdad sin querer, había ido desplazando poco a Hōjō, quien antes de eso tenía toda la pinta de ser su siguiente pareja seria. De todos modos, la noticia de que iba a ser tía había desechado su deseo de volver a estar en una relación, quizás después volvería a sentirse igual, pero por lo pronto estaba bien un par de salidas de vez en cuando y nada más.

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A la final, le había hecho caso.

Estaba ahí, literalmente sentado viendo a su mejor amigo a través de una pantalla. Había jurado que no lo haría, pero como siempre había terminado haciéndole caso de una forma o de otra, porque analizándolo a profundidad, sí era adecuado darles un espacio a los chicos.

—No lo puedo creer —comentó Kagome, llevándose las manos a la boca por la impresión.

—Sí, mi papá y el suyo —Sango apuntó a Miroku con el pulgar— encontraron mil cosas para compartir, parecían amigos de toda la vida.

—Nuestras mamás compartieron sus experiencias de cómo se habían conocido con sus respectivos esposos, no lo podíamos creer —Takeda se llevó las manos a las sienes e hizo gestos de incredulidad.

—De verdad me alegro de que les haya ido bien, muchachos, les deseo mucha suerte —fue el turno de InuYasha para intervenir y lo hizo con tanta sinceridad que se olvidó de todo.

Owww —corearon todos y directamente Miroku le hizo gestos burlescos como si le hablara a un bebé. La forma perfecta de equilibrar las cosas para que no fuera ni tan cursi ni tan estoico.

Ahg, déjenme en paz, luego dicen que no soy expresivo —puso los ojos en blanco y tanto del otro lado de la pantalla como a su lado, escuchó un estallar de risas.

Hacía meses ni siquiera habría podido imaginar que podría volver a sentirse cómodo con un grupo de personas, ese día se veía tan lejano que en ese momento que lo vivía, la verdad no sabía bien cómo reaccionar.

—Les llamamos entonces mañana otra vez, chicos —fue Kagome quien lo trajo a tierra con la despedida.

—Sí, a esta misma hora estaría bien —le recomendó Miroku y la azabache le hizo una señal con el pulgar arriba.

—Nos vemos, chicos, gracias por llamar —se despidió Sango con una enorme sonrisa.

—Nos vemos. Pégale a Miroku por mí, Sango —le dijo Taishō, fingiendo molestia mientas también se despedía.

—Quisieras —fue lo último que le dijo el pelinegro antes de que la llamada finalizara.

Cuando la pantalla de la laptop de InuYasha volvió al inicio, escuchó a Kagome suspirar como si estuviera cansada, pero en realidad lo hacía por la descarga de adrenalina que había sido la llamada.

—Me alegra mucho que hayas tomado mi consejo de no ir a arruinarle la fiesta a los chicos —le dijo en tono de broma mientras se estiraba para tomar su café helado y beberlo.

Keh —él la imitó, digno—, que conste que no lo hice porque me lo dijeras —la aludida hizo un gesto de «que sí, InuYasha, que sí» tan grande, que casi suelta una carcajada—, es solo que a la final no quise viajar a Kioto sólo para una cena —obviamente era mentira.

—Claro.

Ambos revisaron un momento el celular. Era gracioso cómo estaban solos en el departamento de él sentados uno junto al otro con la naturalidad más grande del mundo, cómodos, seguros y sin cuestionarse lo íntimo que era ese momento, como si nada.

—Oye.

—¿Mmmm? —Siguió viendo algo en Facebook.

—¿Tú crees que esos dos se casen pronto? —Inquirió él como quien no quería la cosa. No supo por qué le nació la duda, pero estaba genuinamente interesado en ello.

Kagome carraspeó apenas escuchó la pregunta porque le recordaba que, a pesar de que InuYasha conocía prácticamente todo de ella, jamás se había atrevido a contarle lo que le había pasado anteriormente y no estaba lista para hacerlo, no podía simplemente, no podía decírselo a nadie. Todavía no, es que le avergonzaba tanto… tanto, tanto y le dolía, claro, aún quemaba, en especial esos días que había vuelto al templo con más regularidad.

Ummmm, no lo sé —solo eso pudo decir, tratando de fingir una sonrisa. A ese tiempo solo les alumbraba el gran ventanal que tanto Kagome amaba y la luz de la pantalla del ordenador—. Esa es una decisión que tiene que tomar Sango, aunque lo dudo, ya que ella, al igual que yo, no cree mucho en esto del matrimonio —ese era uno de los pocos datos que antes tampoco le había soltado.

Ammm, ¿no crees en el matrimonio, wedding planner? —Ella ya se había acostumbrado al apodo, de hecho, así la tenía registrada en WhatsApp. InuYasha giró para verla más de cerca, ella fingía ver otras cosas en su ordenador como si hullera—. Pensé que amabas esto —era extraño, francamente.

Kagome suspiró y después de unos segundos de analizarlo, volvió a el.

—No te confundas, me apasiona planear bodas, es solo que no aplico ese pensamiento a mi vida y Sango tampoco —se encogió de hombros. La estaba poniendo un poco nerviosa la conversación.

—Es como decir que creo que el agua es buena para el cuerpo, pero no para mí —continuó, no muy convencido con esa respuesta.

—Ah, pues es así y no hay más explicación —un poco alterada, se puso de pie de repente con intenciones de ir al baño para dar por terminada la conversación.

—Hey.

InuYasha la miró desde abajo con expresión confundida y al haberlo tomado por sorpresa con su movimiento brusco, la agarró de la muñeca para que se volviera a sentar, pero pareció que no midió su fuerza y en vez de sentarla a su lado, cayó sobre él.

Oh, no.

No, ese no había sido el objetivo de su movimiento.

»¡Kagome! —Por instinto se movió rápido para evitar que se golpeara la cabeza contra el reposabrazos del mueble y así prácticamente la atrapó como si fuera un bebé.

Surrealista.

Surrealista era la única forma de describir la escena. Kagome regresó la mirada lentamente hacia su mejor amigo y casi se le escapa el aire. ¿En serio? ¿De verdad estaban atrapados en una ridícula, rebuscada y repugnantemente cliché escena sacada de los libros más tontos que había leído? Qué escritor tan payaso estaba escribiendo su vida, pero ojalá le quitaran el sueldo porque eso definitivamente era lo último que le podía pasar.

Lo peor de todo es que esa era la vida real.

Vio todo en cámara lenta por unos segundos; se encontraba ahí, a unos centímetros del rostro de InuYasha, con sus sentidos extra sensibles, sin querer delineando cada facción de Taishō, lo maduro que se veía ya entrados sus treinta, esas cejas pobladas oscuras y fruncidas, los dorados ojos mirándola con desesperación, una deliciosa sensación producida por lo agradable que se sentía lo protector que era siempre con ella. Y aunque pareciera mentira, en todos esos meses que habían sido cercanos, jamás estuvieron tan peligrosamente cerca.

—N-no vuelvas a hacer eso —todo volvió a correr con normalidad, Kagome se puso de pie inmediatamente, aunque torpe, y lo miró, asustada.

—¿Qué te pasa? —Se puso de pie también con las cejas arrugadas, nuevamente sin entender las reacciones de ella, estaba de repente ofuscada y hasta asustada sin razón aparente.

—Me pasa que, que, que… —no podía ni siquiera hablar correctamente, había empezado casi a temblar.

—¡¿Qué?! —Aquello ya lo estaba desesperando.

—¡Que me agarras de esa forma y casi haces que me golpee! —Sin previo aviso tomó sus cosas del mueble y las aferró a su pecho como más pudo.

—Espera, Kagome, no te vayas así, lo siento —empezó a tratar de alcanzarla mientras la veía rodear la sala con dirección a la salida del departamento—. ¡Espera!

—¡Hablamos después, InuYasha! —Le hizo una señal de alto y sin mirarle más la cara, salió del lugar como si fuera el mismísimo infierno.

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Cuando por fin estuvo encerrada en su auto, sintió que cada poro de su piel respiró y gritó desde el alma. Se pasó ambas manos por la cara y la restregó, tenía mil sentimientos encima, especialmente se sentía tonta y con el corazón a punto de explotarle en la cabeza por lo mucho que latía, todo su cuerpo, de hecho. Miró para todos lados en el estacionamiento y cerró los ojos para, sin poderlo evitar, rememorar la calidez que se extendió por su cuerpo en esos segundos tan efímeros en los que estuvo cerca de él. Negó con la cabeza.

No, no, no, todo estaba mal ahí. A ver, pensó mientras llevaba las manos al volante: InuYasha era un hombre atractivo, no sería hipócrita y decir que jamás se había dado cuenta, tendría que estar ciega, pero lo había visto siempre con ojos de… wedding planner y luego con ojos de empatía y finalmente con ojos de amiga, era una percepción distinta de su belleza, así que no podía ser que de repente sus sentidos se encendieran así de la nada como si hubiera tenido en el cuerpo una bomba a punto de estallar. Se empezó a plantear desesperadamente sus sentimientos para buscar un momento específico en el que se hubieran desviado, pero no encontró ninguno porque cuando se dio cuenta, ya estaba pegada a él 24/7, ya era natural que estuviera o en su departamento o en el de ella solos, sin hacer nada raro, claro, pero íntimos, demasiado íntimos.

Otra vez negó. No, no, estaba confundida. Como InuYasha siempre había sido muy especial con ella porque, obviamente, ya que era su mejor amiga, tal vez había confundido todo y su cerebro estaba procesando mal el cariño y admiración que sentía por él, encima pasaban mucho tiempo juntos, era quizás hasta normal, cuántos casos no conocía de gente que se había sentido atraída por su mejor amigo/a y después se les pasó.

Respiró hondo, se tranquilizó y luego de ordenar un poco sus ideas, prendió su auto y salió.

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Desde su gran ventanal no había despegado la vista una vez que supo que ella había abandonado el departamento. Se quedó en completo silencio esperando impaciente a que ella saliera y verla irse desde su lugar. Analizaba, mientras tanto, lo absurda que había sido esa «pelea» y trataba de descifrar por qué Kagome había salido de ahí tan alterada y por qué una calidez extraña se había extendido desde su estómago hasta el pecho cuando la tuvo cerca, no lograba siquiera describirlo con claridad.

Cuando estuvo seguro de que ella se había ido, desbloqueó el celular y empezó a escribir un mensaje pidiéndole disculpas.

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Tengo como cuatro escenas que no sé ni cómo ubicarlas. ¿Ayuda? Bloqueo de autor número dos.

Dato curioso: el día de hoy, 17 de febrero por primera vez en mi vida rompo mi record personal de escribir más de 4 capítulos en un solo día. Esto gracias a que no tengo internet, gg.

30 de abril del 2023. Hola, amadas lectoras, muchas gracias por estar aquí nuevamente. Esta nueva actualización es especial porque se la dedico a Marlenis por su cumpleaños, es una chica increíble y agradezco mucho todo su apoyo y le deseo muchos éxitos. Bueno, ella ya sabe que tiene un lugar en mi corazón. Te mando un abrazo muy grande y espero que te haya gustado la actualización porque este capítulo me gusta mucho, en lo personal.

Como siempre, muchísimas gracias también a mis hermosas lectoras por pasarse a comentar y tenerme tanta paciencia. Me alegra que finalmente ya haya este acercamiento porque es obvio que a InuYasha no le fue indiferente.

Les dejo un abrazo enorme a: Rosa Taisho, Marlenis Samudio, Tatiana Ocampo, Kat rocio, Susanisa, Benani0125, josicar, kcar, Rodríguez Fuentes, Annie Perez, Carli89, Invitado y MegoKa.

Y también una calurosa bienvenida a: Paulina C Cun y Karii Taisho.

Nos estamos leyendo.