Epílogo

Lo que pudo ser y lo que fue
mi oportunidad
de comenzar de nuevo.
-Chance, Ataque 77.

El sonido que transmitía sus auriculares decoraba con el paisaje pasando por la ventana del autobús. A su lado, su pareja dormía en su asiento, relajado. Habían salido temprano y casi no habían podido dormir por la emoción. Dejaron el alimento suficiente a Tiffi y Cato, lo justo y necesario para un día entero. Pensaban volver cuando cayera el sol, luego de comer. Fueron invitados a South Park una vez más. Él no podía creer las cosas que le sucedían y aunque no lo admitiría, sentía como su corazón estaba al borde de estallar. No estaba familiarizado con esa clase de salidas, bah, no hablando sobre ir a su ciudad natal, sino al hecho de que una familia quisiera compartir junto a él, conocerlo más a fondo.

Bajó la mirada hacia sus manos, subió apenas un poco su manga y contempló las cicatrices que marcaban su piel siendo testigos de meses fatales. Acarició con su pulgar sus relieves. Las penas de esos tiempos cada vez quedaban más en el pasado y sus cicatrices poco a poco empezaban a desvanecerse, las estaba tratando con una crema especial después de todo y quizá pronto desaparecerían por completo, o lo más posible. Aceptar ver su cuerpo en el estado que lo había dejado fue algo que le estaba costando, quería que su cuerpo no esté tan rayado, sentía pena por lo que hizo de él y muchas veces pensó que era un tonto por haber hecho lo que se hizo. Intentaba escuchar las palabras de su psicóloga, Belén, pero aún así era un asunto que le costaba. Sólo podía calmarse al respecto cuando Kyle lo tomaba en sus brazos y con ternura besaba sus marcas. Sólo en esos momentos realmente nada más importaba.

Kyle poco a poco despertó.

— ¿Pasa algo? —Preguntó, abrazándolo desde sus hombros y atrayéndolo hacia él, depositando un suave beso sobre sus cabellos. Cartman bajó su manga y se apoyó en el cuerpo ajeno.

—Estoy pensando en cómo voy a decirle a tu madre que me cojo a su hijo. —Dijo, sonriente. Kyle rió y lo golpeó suavemente.

—Creo que eso es exactamente lo que piensa tu madre sobre mí.

—Nunca la desmentiste.

—Obviamente no, está en lo correcto, ¿no? —Y besó las mejillas ajenas, juguetón. Cartman rodó sus ojos y decidió guardar sus auriculares en sus bolsillos.

Pronto llegarían, Cartman suspiró profundamente e intentó tomar coraje. Kyle estaba nervioso, casi tanto o más que él. Su familia los había invitado a su hogar para compartir durante la tarde y, aunque estaba entusiasmado por ver a su padre luego de tanto tiempo, no podía evitar sentir miedo por cómo llegarían a reaccionar. ¿Y si se quedaban sin temas de conversación? Claro que sería la primera presentación formal de su pareja y sentía que algo en él, probablemente su corazón, iba a salirse de su pecho. Era normal, después de todo, que sus padres quieran compartir junto a Eric. Estaban curiosos por cómo era su relación, más teniendo en cuenta aquella evolución, Kyle era consciente de ello.

El cambio de carácter de su madre luego de haber conversado fue algo que lo llenó de alegría, fue extraño pero por fin empezaba a acostumbrarse a ello. Pensó, también, que seguramente se debía a su hermano y cómo él fue abriéndose paso en su propio camino. Ese año había empezado con artes y Kyle no podía estar más orgulloso de él, pensaba que su beta artística por fin sería explotada.

El autobús se detuvo, Cartman y Kyle tomaron sus mochilas y se bajaron en la parada. Sintieron como el sol matutino se chocaba con sus mejillas y de la mano empezaron a caminar. Pensaron primero en pasar por una cafetería y desayunar mejor que el único té que pudieron compartir más temprano, y así fueron hasta la cafetería de Tweek. Se abrieron paso y esperaron encontrarlo, pero en vez de ello vieron a Marjorine atendiendo. La saludaron con cariño y ella se vio particularmente sorprendida de ver a Eric en el lugar con aquella compañía. Las típicas preguntas no tardaron y Kyle respondió la mayoría de ellas, después de todo Cartman estaba avergonzado. Claro que les preguntó qué hacían en South Park y pronto la mujer dio cuenta de que estaban saliendo. Se alegró por ellos y decidió servirles un budín de limón que ella misma decidió invitarles y pasado un rato acercó todas las cosas a la mesa, incluyendo un capuchino para Cartman y un café con leche con tostadas para Kyle. Los muchachos sonrieron al verla llegar y luego, decidieron comer tranquilos.

—Marjorine es muy bonita. —Comentó Kyle, pasado un tiempo. Cartman lo escuchó atento.

—Sí, eso creo. —Asintió él.

— ¿Recuerdas esa vez que Kenny nos dijo que había transicionado?

—Sí.

—Te pusiste incómodo, ¿no?

Cartman desvió la mirada, prefirió no responder.

— ¿Cómo te sientes ahora que la ves en persona?

—Me alegro por ella, supongo.

—Entonces me alegra que ahora puedas verlo. —Dijo Kyle, sonriente. Tomó un sorbo de su café, mientras veía como Cartman comía un poco del budín. —Siempre creí que ella y tú eran grandes amigos, tal vez sabías algo al respecto desde antes.

—Bueno, era esperable. Ella siempre fue diferente, pero sus padres unos basura.

—Seguro se alejó de ellos, me alegra que ahora sea como quiere ser.

—Sí me puse incómodo aquella vez. —Admitió Cartman, al cabo de un rato. —Pero no por ella, creo, sino por mí.

—Ya me parecía. ¿Recuerdas qué sentiste?

—Creo que en ese momento sentí envidia de que pueda expresar abiertamente lo que es. —Dijo, encogiéndose de hombros. La soltura con la que ahora era capaz de expresar sus sentimientos fue fruto de todo lo que estuvo aprendiendo durante aquel tiempo, de aquel proceso por el que decidió conscientemente empezar a transitar.

— ¿Y ahora?

—Siento que ya no tengo nada que envidiar. —Sonrió. Kyle, asintió, al igual que él, con una sonrisa genuina, una de oreja a oreja que transmitía tranquilidad. Cuando terminaron con su desayuno, dejaron propina en la mesa, abundante, después de todo Marjorine los había atendido muy bien. Salieron del café con pasos decididos. Respiraron hondo, llenaron sus pulmones del aire frío típico de su ciudad natal y, por fin, emprendieron su camino hacia su destino.

*.*.*

Los sonidos de los cubiertos chocando contra los platos, la televisión de fondo y las charlas casuales hacían de la atmosfera de la casa de los Broflovski tener una calidez particular. A la comida la había preparado Sheila, eran niños envueltos, hummus, una ensalada de burgol y diferentes verduras salteadas servidas en la mesa, cada cosa distribuida en pequeños platos o cuencos para que cada quien se sirviera. Cartman, con entusiasmo, decidió probar de todo un poco, por fin admitiendo a la cocina de alguien al nivel de la suya.

—Usted cocina muy bien, Sheila. Me pregunto por qué su hijo no heredó esto.

Sheila rió, Kyle lo fulminó con la mirada.

—Kyle nunca fue de cocinar mucho, pero las albóndigas que hace son su especialidad.

—Nunca me cocinaste albóndigas. —Reclamó.

—Tú nunca me dejas acercarme a la cocina, es tu culpa.

—Porque nunca me dijiste que eras bueno haciendo albóndigas.

—Intenté cocinarte una cena una vez y me dijiste que cocino mal.

—Porque cocinas mal.

— ¡Pero mis albóndigas son lo mejor! —Protestó.

—Está bien, está bien. Cuando lleguemos cocinas tú. —Aceptó Cartman. Kyle sonrió triunfante. Sheila simplemente miraba la situación divertida, al igual que Gérald.

—Me alegra que ahora se lleven bien, muchachos. —Comentó el señor.

— ¿Qué puedo decir? Cuando no está enojado es realmente encantador.

—Heredó el carácter de su madre, así que te compadezco, Eric. —Y ante este comentario, Sheila fulminó a su esposo con la mirada, de la misma manera que Kyle lo hacía con Cartman. Ambos rieron por ello.

— ¿Y bien, Ike? ¿Cómo la llevas en la Universidad? —Preguntó Kyle, mientras se servía otro niño envuelto y metía un bocado en su boca.

—Bien. Es divertido, la profesora es muy linda y mis compañeras también.

— ¿Vas a estudiar o a mirar mujeres?

—No lo sé, tú dime. —Respondió, sonriente.

—Ike, compórtate. —Dijo Sheila. Cartman rió.

—Él me preguntó, yo sólo respondí.

—Eres un pervertido. —Dijo Kyle, rodando sus ojos.

—Pero no un mentiroso. —Agregó Ike.

—Yo valoro que no mienta. —Dijo Gérald.

—Tú no avales esto. —Reclamó Sheila. Cartman se divertía con toda la situación y pronto todos rieron.

—Bueno hijo, creo que es hora que nos cuenten su historia de amor, ¿no es cierto, cielo? —Comentó Gérald, dirigiéndole una mirada a su esposa, al cabo de un rato de silencio en el que se dedicaron a seguir comiendo sin más. Kyle se ahogó con su bebida y empezó a toser, Cartman puso su mano en su espalda en un intento de calmarlo.

— ¿Qué quieren saber? —Preguntó en cuánto pudo calmarse.

—Bueno, todo. Nos quedamos en el tiempo en el que dejaron de verse, no sabemos nada desde entonces. No nos contaste. —Dijo su madre. Kyle carraspeó. Ike se dispuso a escuchar atentamente.

—Nos volvimos a juntar por la Universidad. —Dijo Kyle.

—Yo le ayudé a estudiar. —Agregó Cartman.

—No sabía que estudiabas psicología, Eric. —La mujer sintió curiosidad.

—Oh, no, no. Yo estudio historia.

— ¿Quieres ser historiador?

—En lo posible eso es lo que busco, pero enseñar tampoco está nada mal. —Respondió con honestidad. Sheila sonrió.

—Seguro serás un historiador o profesor estupendo.

—Eso que no lo escuchaste hablar de las dictaduras. —Añadió Kyle, dirigiéndole la mirada a su novio y apoyando su mano en su muslo, acariciándolo con cariño con su pulgar. Él se ruborizó. Ike sonrió, se había dado cuenta de aquello.

—Son unos maricones. —Comentó su hermano.

— ¡Ike, no digas eso, es ofensivo! —Lo retó su madre.

—Oh no hay problema, Sheila. Lo tenemos asumido. —Dijo Cartman, riéndose, un tanto nervioso.

—Tú no tanto, no inventes. —Dijo Kyle, sonriente.

—Luego de un año de ser tu novio ya deberías tenerlo demostrado. —Respondió Eric. Kyle rodó sus ojos y sonrió aún más, con todos sus dientes, un poco avergonzado. Tal vez tenía razón.

—Me alegra que la universidad haya podido reencontrarlos. —Dijo Gérald, limpiándose con una servilleta. Ambos asintieron y pronto se quedaron sin más que comer, pero mucho más para compartir. Levantaron la mesa, ayudaron todos. Kyle se quedó lavando la vajilla y Sheila llamó a Cartman un momento para hablar a solas.

Sheila se encontraba nerviosa cuando lo llamó, sin embargo, obedeció sin más a aquel llamado. Fueron hasta el patio, y allí Sheila le dio una cajita pequeña. Le pidió que la abra, cosa que hizo sin perder más tiempo y sus ojos se abrieron como platos. Era un colgante de hamsa, dorado, y decorado con una pequeña piedra en su centro. En el reverso tenía una escritura en hebreo. Cartman lo sacó, un tanto confundido.

—Ha estado en esta familia por generaciones. —Indicó ella. —Mi suegra me lo regaló a mí cuando supo que era la mujer que Gérald más amó. Ahora, es mi turno pasártelo a ti.

—Pero es muy valioso, no sé si puedo aceptarlo. —Dijo Cartman, con un tanto de vergüenza.

—Eric, por favor. Nunca he visto a Kyle siendo tan feliz al lado de alguien, estando tan enamorado, y esto representa el anhelo familiar por la buena suerte de la pareja. Créeme que estaré más que complacida con que seas tú quien tenga este colgante.

—Si insiste... muchas gracias, Sheila. —Dijo Cartman, y al poco tiempo se vio rodeado por los brazos de la mujer, que soltó un sollozo de la emoción. Eric no sabía cómo reaccionar, tan sólo correspondió a su abrazo e intentó consolarla para que dejara de llorar, sintiendo cómo incluso sus propios ojos se tornaban vidriosos. Decidió ponerse el collar con la ayuda de Sheila. Kyle lo vio al poco tiempo y al verlo con aquel dije decidió abrazarlo con todas sus fuerzas.

Pasaron la tarde en su antigua habitación hasta que oscureció, casi no podían soltarse ni parar de besarse, hasta que la noche cayó y fue hora de regresar. Habían pasado un día fenomenal.

Ya no soy la misma que tú conocise entonces
Ahora estoy mucho mejor
Porque me di cuenta que tuvo sentido
Haber recorrido lo que recorrí
Si al final de cuentas él era mi recompensa
Que suerte que nunca me fui
-Enamorada, Miranda!

*.*.*

Nada me gusta más que abrazarte y después despertar.
-Beatiful, Tan Bionica.

El sonido de la televisión atravesando los créditos con una música tenue y el sonido de suaves sollozos eran lo único audible en la habitación de Marsh. Kenny y Stan estaban viendo una película hace no mucho, y había resultado ser tan dolorosa que no pudieron contener sus lágrimas. Decidieron abrazarse y acurrucarse uno contra el otro, en un intento de calmarse mutuamente. Fue una película dura, de un profesor con sus estudiantes, en la que uno de ellos se suicida. Habían escuchado comentarios de ella pero no pensaron que realmente sería tan desgarradora. Se mantuvieron en silencio durante un muy buen rato.

—No quiero tener que seguir existiendo. No después de esto. —Murmuró Stan contra su pecho. Kenny sólo puso su mano en sus cabellos, acariciándole suavemente. Stanley sentía el corazón de Kenny latir un poquito más rápido de lo normal, sabía que él era su causa, por lo que se apegó más y más, buscando ese sonido.

—Hay que seguir, esto fue ficción, ¿no? No pasó nada en realidad. —Intentó calmar Kenny, pero estaba tan o más concernido que él.

—Pero fue demasiado, era un final esperable, pero fue demasiado... —Se limpió las lágrimas con el dorso de su mano, alejándose a penas de él sólo para volver a apegarse luego.

—Lo sé, lo sé. —Kenny buscó un pañuelo para limpiarse su nariz. Poco a poco se incorporó de la cama, teniendo a Stan aún en sus brazos. —Marshmellow, vamos, hay que lavarnos la cara y te prepararé algo rico para merendar. ¿Quieres un budín? ¿unas galletas? Pídeme lo que sea, yo lo haré por ti. Aprovecha que Cartman me pasó algunas de sus recetas. —Kenny claramente intentaba calmar a su novio, quien asintió con timidez. Se levantaron de la cama y fueron hasta el baño sólo para sentir cómo el agua se llevaba sus lágrimas.

—Quiero galletas. —Dijo Stan.

—Galletas serán. —Respondió Kenny, dirigiéndole una sonrisa un poco más animada.

Stan se sentó en una silla para poder esperar, mientras que Kenny puso sus manos a la obra. Sacó la harina, los huevos, un trozo de chocolate, la esencia de vainilla, el aceite y cuanto más necesitó. Puso a precalentar el horno y poco a poco fue mezclando los ingredientes en el orden correcto con la mirada de Marsh fija en él y sus movimientos. Parecía que estaba disfrutando de ello y al menos por un momento se olvidaron de la película que acababan de terminar de ver.

Cuando terminó de preparar los ingredientes, formó las galletas y las llevó al horno. Luego de ello, Stan lo tomó de su muñeca y lo atrajo hacia él, donde Kenny fue alegremente para poder abrazarlo desde su espalda y besar su cabeza repetidas veces. Stan rió.

—No sé qué haría sin ti. —Dijo Stanley, apenas ruborizado. Kenny pronto se sentó a su lado y tomó su mano para seguir con sus besos, ahora en ella.

—Me alegra haberte encontrado de nuevo. —Respondió, con una sonrisa tan sincera en su rostro que a Stanley le contagió la alegría.

—Somos muy gay, ¿no?

—Más que Kyle seguro que no. —Rió. —O bueno, puede que sí, lo somos demasiado.

—Pero no me avergüenza.

—A mí tampoco. —Respondió Kenny, encogiéndose de hombros. Lo sujetó desde sus mejillas y lo atrajo hacia su propio rostro, sólo para besar sus labios con insistencia, dejando pequeños besos en ellos. Stan sólo podía reír de los nervios.

—Te amo Stanley. —Dijo, después de terminar con esos besos.

—Yo te amo más. —Stanley miraba sus ojos, sintiendo cómo en su interior no sólo eran mariposas las que daban vueltas, sino, quizá, un zoológico entero. Kenny tocó su nariz y se levantó para sacar las galletas del horno.

—Los dos iguales. No puedo competir por esto.

—Está bien. —Y Kenny sirvió las galletas en un plato. Stan intentó sacar una pero su intento se vio frustrado por Kenny, quien rápidamente alejó el plato de su alcance. —Kenny, necesito probarlas.

—Ahora no, están muy calientes, espera un rato. —Retó Kenny. Las puso sobre la mesa hasta que bajaran su temperatura.

—Eres malo.

—Sí, soy terrible. Encima que te hago galletas ahora te quejas.

—Porque quiero comerlas, obviamente.

—Comerás una cuando se enfríen. —Repitió Kenny. —Además si comes una en caliente te hará mal.

—Bueno, mamá.

—No me digas así, solamente puedo pensar en Freud. —Rió Kenny, Stan sonrió. —A todo esto, ¿cómo te fue en yoga ayer?

—Bien, la profesora me felicitó por mi elasticidad, voy mejorando.

—Me alegra mucho. ¿Con las meditaciones también?

—Sí, siento como si mi mente se calmara.

—Al fin, ¿no?

—Sí, al fin.

—Ya puedes sacar una galleta. —Dijo Kenny, acercando el plato. Stan inmediatamente hizo caso. Estaban tibias, pero ya podía comer una. Estaban deliciosas. Kenny también sacó una.

—Kenny están riquísimas.

— ¿Sí? Es por la receta de Cartman.

—Estoy seguro que es por tus manos también. —Sonrió. Se limpió las migajas de las comisuras de sus labios con una servilleta. Prepararon un té con leche para ambos, y continuaron charlando hasta que la tarde pasó.

*.*.*

Salieron luego de almorzar, estaban nerviosos. Fueron caminando en un intento de distraerse por lo que estaba a punto de ocurrir. Pronto, llegaron y vieron a sus dos amigos ya dentro del lugar. Tenían turno en el mismo horario. Se sentaron a esperar que los atendieran.

—Dios no doy más. —Dijo Cartman, prácticamente temblando en su asiento pero intentando disimular.

— ¿Es tu primer tatuaje, Cartman? —Preguntó Stan.

—Sí. —Respondió. — ¿El tuyo en tu brazo te hizo doler?

—Duele al inicio pero no mucho, depende de la zona.

— ¿Y donde nos tatuaremos duele? —Preguntó Kyle. Estaba tan blanco como una hoja de papel. A Kenny eso le hacía gracia pero no hizo ningún comentario. Parece que la pareja estaba a punto de desvanecerse.

—Tranquilo amigo, no duele mucho. —Intentó calmar Stan.

—Pero sí duele, sólo que no mucho. —Agregó Kenny, remarcando el "sí". Cartman y Kyle no quisieron saber más nada. Se preguntaron por qué hicieron tan absurda promesa, tatuarse ahora se veía como una pésima idea, pero ya era muy tarde para arrepentirse. Pronto, la tatuadora llamó a los cuatro y les pidió el diseño que habían escogido. Los cuatro se lo dieron, se tatuarían los gorros que llevaron en su niñez, en el caso de Kenny era su capucha de su parka. Tuvieron que discutirlo demasiado y no podían ponerse de acuerdo hasta que Kenny tuvo esa idea y todos asintieron. El primero en tatuarse sería Kenny, el más experimentado de los 4, después de todo tenía incluso uno de sus pezones perforados y ni siquiera Stan se imaginaba cuánto dolor debe haber pasado para conseguirlo. Kenny se recostó en la camilla y puso a disposición su brazo. Se tatuaría en la muñeca.

— ¿Nervioso, Kenny? —Preguntó Cartman, mientras él intentaba calmarse. Eso no era un impedimento para intentar reírse de alguien más.

—Para nada, culón. —La mujer pronto encendió la máquina, luego de haber colocado el stencil para poder guiarse. Sólo el ruido de la máquina fue audible por un momento, pues nadie quería interrumpirle o distraerle.

—Dios, ¿le está saliendo sangre? —Le preguntó Kyle a Stan, tenía su mirada fija en él.

—Puede ser un poco, pero apenas, es normal. —Respondió él. —Deja de mirarlo, te pondrás aún más nervioso, Ky.

—No puedo dejar de ver. —De reojo miró a Cartman, quien tuvo que sentarse porque en cualquier momento se desmayaría de la impresión.

La tatuadora terminó con Kenny, quien se mostraba orgulloso de su nuevo tatuaje. El próximo era Cartman, quien temblando como si estuviera hecho de gelatina se acostó en la camilla y pronto la sesión empezó. De la misma manera le puso el stencil.

— ¿Esto duele mucho? —Le preguntó a la tatuadora.

—Un poquito. —Respondió ella. —Intenta no moverte y si te duele mucho me dices y nos detenemos para descansar. —Indicó. Cartman asintió y la máquina pronto se encendió.

—Buena suerte, gordito. —Dijo Kenny. Cartman tragó saliva y sintió como la aguja empezaba a penetrar su piel. Sintió apenas un dolor agudo al inicio pero con el pasar de las puntadas poco a poco se convirtió en un dolor mucho más tolerable. Aún no recuperaba color, por lo que la mujer le tendió un caramelo al finalizar con la sesión. Cartman, apenas pasó todo, se sintió tan o más orgulloso que Kenny y no pudo dejar de mirarlo. Kenny también lo observaba fijamente y chocaron sus manos una vez que Cartman se levantó.

—Dios quedó increíble. —Dijo Stan, mirando la muñeca de Cartman. Cartman asintió.

—No me dolió nada, claramente soy superior.

—Estabas cagado de miedo antes, culón. —Dijo Kenny, sonriente. Cartman lo golpeó de un codazo.

—No estaba cagado de miedo, me estaba preparando.

—Como digas. —Respondió mientras se sobaba su barriga tras el golpe.

El siguiente fue Stanley. Se recostó en la camilla y dejó su brazo a disposición. Tras el stencil, la mujer activó la máquina y con la mirada atenta de Kyle se dispuso a tatuarlo. Kyle estaba al borde de desmayarse, sabía que era el siguiente y eso lo inquietaba, pero ver la alegría que tenían Kenny y Cartman, que no dejaban de ver sus muñecas, lo hacía sentir un poco más en calma.

Stan fue al que le llevó menos tiempo, fue sencillo de tatuar, prácticamente no se había movido, no tuvo miedo y tampoco sangró. Todo fue correcto y la tatuadora lo felicitó. Cambió las agujas, como siempre, y llamó a Kyle para seguir con él.

Kyle le dirigió una mirada dudosa al resto antes de partir, y aunque sí quería tatuarse su tan amada ushanka, se sentía temeroso. El dolor no era uno de sus fuertes. Se acostó en la camilla y la tatuadora puso su stencil y antes de tiempo Kyle sintió como iba a desvanecerse.

— ¿Estás bien? —Preguntó ella. —Si necesitas más tiempo paramos ahora.

—No, no. Estoy bien, en serio.

— ¿Seguro?

—Sí, seguro. —Dijo, riendo de los nervios. La tatuadora le tendió un caramelo antes de empezar, cosa que Kyle aceptó con gusto. La máquina fue encendida y se dispuso a empezar con su muñeca, sin embargo Kyle la movió rápidamente y de golpe se reincorporó de la camilla.

—No, no puedo, lo siento chicos. No puedo.

—No seas maricón. —Dijo Cartman. —Si yo me tatué tú también.

—Pero no puedo, en serio no puedo.

—Ky, tranquilízate, no duele más que cuando te van a sacar sangre por un análisis. —Intentó calmar Stan.

—Además pasará enseguida. —Agregó Kenny.

—Tómate tu tiempo. —Recordó la mujer.

Kyle suspiró, aún estaba nervioso pero intentó tomar coraje de alguna parte. Se recostó en la camilla nuevamente y esta vez, más decidido, le tendió su brazo a la tatuadora, quien lo recibió al instante y antes de que él pudiera arrepentirse, empezó a tatuarlo. Allí fue cuando Kyle dio cuenta de que temer había sido estúpido, casi no podía sentir lo que le estaban haciendo y se tranquilizó de a poco. Cuando ella terminó, se reincorporó con cuidado y aceptó otro caramelo más. Empezaba a recuperar su color al fin.

— ¿Y? —Preguntó Cartman, sonriente.

—No quedó mal.

— ¿Ves que no había nada que temer? —Dijo, Cartman.

—Cállate, tú estabas igual.

—Pero lo superé rápido, más que tú, eso es lo que cuenta.

— ¡Fue lo mismo! —Protestó Kyle. Kenny rió.

—Bueno, ya estamos listos, ¿no es así? —Dijo Kenny. Todos asintieron, sonrientes y salieron del lugar sin más demora. Ya tenían el turno pagado. Decidieron caminar para ir a tomar un café en algún lugar cercano.

—Me alegra esto, chicos. —Habló Stan, cuando llegaron al bar, al cabo de un rato en el que todos se acomodaron en la mesa.

— ¿Qué cosa? —Preguntó Kyle, curioso.

—Tenerlos en mi vida de nuevo.

—No seas gay, Stan. —Dijo Cartman, aunque estaba sonriente por haberlo escuchado.

—Cartman, somos tres bisexuales y tú eres el único gay en esta mesa. —Dijo Kenny, divertido.

—Pero no hay nada más de puto que expresar sentimientos.

—Eso no es lo que decías anoche. —Dijo Kyle, tocándole el muslo por debajo de la mesa. Cartman se sonrojó ligeramente y Kyle sonrió triunfante.

—No sé si me interesa escuchar si estuvieron cogiendo anoche. —Dijo Kenny.

— ¿Por qué desvirtúan todo lo que digo? —Se lamentó Stan.

—Perdón, mi tesoro. —Dijo Kenny, abrazándolo por los hombros. —A mí también me alegra mucho que estemos juntos de nuevo.

Cartman rodó sus ojos, pero antes que pudiera decir algo, Kyle se adelantó.

—A mí también me alegra.

—A mí también. —Admitió, por último, Cartman.

Cartman era consciente de lo mucho que les debía a sus amigos y todos reconocían todo lo que habían transitado. No fue fácil para nadie, y más de un problema tuvieron que pasar, pero estuvieron juntos en cada momento. Aprendieron a convivir con el otro y dejaron muchas veces el orgullo atrás. Tuvieron que buscar ayuda en más de una ocasión, abrirse hasta que dieron cuenta que hacerlo no estaba mal, hasta que entendieron que habían cosas más importantes que quedarse en una soledad angustiante. Descubrieron que hay más cosas por las que vale la pena vivir y apostaron por ello. Cada día tenían un nuevo motivo por el cual despertar y dar gracias, y claro que al final del día estaban aún más agradecidos por todo ello.

No saben si existe un Dios, y quizá no lo sabrán nunca, pero tenían dos certezas en sus corazones, la primera que supieron fue que podían contar uno con el otro pese a todo, y la segunda, que entendieron con el tiempo, fue que nunca más volverían a estar solos.

Pero también lo siento
Que sólo es un momento
Que todos deberíamos pasar
-Como eran las cosas, Babasonicos.