¡Hola a todos!

De nuevo aquí, al pronto pero les prometí capítulos cortos, recuerden :)

Este ya lo tenía listo desde hace mucho, cuando aún planeaba hacer capítulos largos, pero después de esto, tardaré un poco más.

DISCLAIMER: CUALQUIER DIALOGO Y PERSONAJES RECONOCIBLES SON OBRA DE STEPHENIE MEYER, LO DEMÁS ES DE MI OBRA.


Capítulo 2. ALAS NEGRAS

Aun podía claramente recordar todas y cada una de las cosas, las emociones completamente nuevas y extrañas que Rosalie estaba causando en mí. Eso estaba prohibido ahora, pero no me impedía pensar en ello. No me iba a permitir involucrarme con ella, era algo así como mi jefa.

Alice, claro, había sentido algo raro en ella. Nunca, nunca había confiado absolutamente en Rosalie; con justa razón, la verdad. Desde la primera vez había intuido que había algo malo en ella. Pero no era malo, era bueno, muy bueno. Ella, como nadie más, había entendido jamás la razón que había tenido para tal cambio tan radical. Tampoco lo iba a saber, no tenía porqué saberlo.

Era algo que no podía ocultar de Rosalie, pero de mis padres y Alice sí. Algo bueno había salido de nuestra visita a la Tierra; ellos nunca se enterarían de qué habíamos hecho, al menos que nosotros se lo dijéramos.

Y eso estaba fuera de cuestión.

"Aléjate de ella, Edward," Alice me había rogado más de una vez. "No me agrada. Hay algo raro en ella."

Yo solo me había reído en respuesta, sabiendo que estaba en lo correcto. "No empieces, Al."

"Pero hermano..."

"Déjalo así, Alice."

Alice solamente había rodado sus ojos azules, tan azules como el cielo al que ya anhelaba volver en ese momento. Había tenido que retrasar ese regreso varias veces. Otra cosa que había hecho sospechar a Alice, porque al principio era yo quien no había querido en absoluto hacer esta visita, y era ella quien había insistido hasta convencerme u obligarme, sería más correcto.

Nunca iba a perdonarme lo que había pasado, no iba a dejar la Tierra, no aun al menos, por eso le había sacado la vuelta a Alice al respecto.

Esa chica...

Jane Watson, apenas había tenido 18 años, recién llegada de un pequeño pueblo de Washington, Por Angeles. Había sido la única chica de la Universidad de California que no se había lanzado a mí, simplemente me había mirado tímidamente desde una distancia considerable entre nosotros, y luego esa sonrisa tímida que me había dedicado, me había jalado hacia ella. Había ignorado por completo al grupo de chicas que me rodeaban. Ni siquiera me había importado, solo quería llegar a ella. Un ángel, definitivamente sería un hermoso ángel cuando su hora llegara. La cual nunca me hubiera imaginado llegara tan pronto.

Ese cabello rubio, oscuro, que había enmarcado su dulce rostro, libre de maquillaje, lleno de perfección, dulzura, pureza, sus ojos eran puerta a su alma, la cual estaba libre de todo el pecado del que yo ya había empezado a rodearme.

A ella no le importaba. Lo había escuchado todo, y no le importaba. Y yo no pude haber sido más feliz. Ella era una buena razón para ser un ángel del bien, un ángel de la luz que pudiera cuidarla y acompañara las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, eran por personas como ellas que nosotros existíamos, la razón por la que Alice había querido viajar a la Tierra para recordarse que aun había gente buena que valía la pena cuidar y salvar. Guiarla a una tierra mejor, una tierra donde la volvería a encontrar.

Sus ojos siempre me habían mirado con sabiduría, como si supiera que necesitaba de la luz de nuevo, alejarme de los errores que había cometido tontamente.

La sonrisa que me había dedicado siempre me había derretido, me había convencido de cualquier cosa, si me la hubiera pedido. No había nada que le hubiera negado. Nada. Y ella lo sabía, aun así nunca usaba el poder que tenía sobre mí. Era diferente, buena, pura. Pero había cometido un error significante.

Enamorarse de mí.

¿Por qué? ¿Por qué rayos tenía que haber cometido tal error?

"Eres genial, Edward," Jane me había dicho una noche, después de reír tanto que lagrimas habían salido de sus ojos marrones, por un tonto chiste que había contado.

Le había respondido con una sonrisa. "Exageras. No soy genial."

Jane también había sonreído. "Lo eres. Y muy, muy especial para mí, ¿lo sabes?"

En ese momento, había sentido un nudo en la garganta.

Jane había alzado su mano, y la había colocado gentilmente en mí mejilla, una pequeña sonrisa jugando en las comisuras de sus labios. "Eres gentil... dulce... inteligente... divertido... respetuoso... eres bueno, Edward."

"¿Cómo no podrías ser especial para mí?" sus ojos habían tomado ese tono brillante al hablar de mí. "Nada de lo que hayas hecho podrá cambiar mí forma de verte. No me importa."

Yo había estado sin habla, mudo. ¿Qué le decía a alguien después de eso?

Una sonrisa resplandeciente había hecho brillar su rostro. "Te amo."

Sacudí el recuerdo de mí mente. Era demasiado doloroso recordar ese momento. Ni siquiera había podido responderle como ella se merecía. Pero a ella no le había importado, solo quería dar, no recibir.

"Es tan linda, Edward," la voz de mí hermana llenó el espacio que dejé en blanco.

Había sacudido la cabeza. "¿Y? No es como si hubiera posibilidad alguna, Alice."

Alice había discrepado de inmediato. "¿Por qué no?"

Suspiré profundamente. "Alice, por favor. Ella es una humana, yo no. Lo más probable es que ella viva una larga y pacifica vida aquí en la Tierra, hasta que sea hora de que vaya al cielo. Porque no hay forma de que termine en otro lugar. Esta destinada a ser feliz con alguien más, y yo solo estoy interfiriendo."

"¿Cómo estas tan seguro de eso?" Alice había insistido. "Apenas tiene 18 años... quizá ustedes..."

"No, nada de nosotros."

Nunca, nunca me iba a perdonar el haber hecho eso aquella noche. Ni siquiera pude salvarla. Solo tenía 18 años, ¡por Dios!

Gruñí, toda la rabia dirigida a un gran Señor en el Paraíso, por haber permitido tal cosa que pasara. Algo que jamás iba a poder entender.

Y tuve que sacudir mi cabeza otra vez.

Traté con todas mis fuerzas tener la cabeza en blanco, espantar todos los pensamientos, recuerdos, todo aquello que me recordara mi razón de estar aquí. Aunque no era tan mala idea recordarlo, tener en mente siempre porqué estaba aquí, porqué había buscado a Rosalie, porqué mi decisión de no volverla Paraíso jamás.

"¿Estas seguro, Edward?" Rosalie me preguntaba, en mi mente, con voz seductora.

Pero yo ya no sentía nada. "Seguro."

"La ultima vez parecías algo renuente a aceptar mi propuesta," el recuerdo invadiendo mi mente en cuanto lo dijo.

"Lo sé," le había respondido. "Pero cambié de opinión."

Rosalie había dicho "Hmm," en un murmullo. "No te puedo tomar así nada más. Necesito una prueba, Edward. ¿Estas dispuesto a todo?"

No había sido muy difícil lograr pasar esa estúpida prueba que Rosalie me había puesto, y mi deseo se había cumplido.

"¡No! ¿Qué hiciste, Edward?" la voz chillante de Alice me había exigido, alarmada y asustada.

Mis ojos la habían visto con una nueva luz.

"Bueno... creo que ahora mis alas ya no serán blancas, hermanita."

Y había desaparecido.


Gracias por sus reviews! Y espero que me dejen sus comentarios a ver que les pareció este.

Nos leemos pronto :)