Los personajes de Pokémon son propiedad de Satoshi Tajiri y Game Freak.
Nota: Universo alterno.
—Señorita Berlitz, pase, el médico la está esperando —la susodicha atendió al llamado y se puso de pie, entrando con pasos inseguros al consultorio. El plan original era consultar acompañada por su novio, pero éste extrañamente no había llegado en punto para la hora de la cita.
Le había estado mandado unos cuantos WhatsApps mientras esperaba su turno, sin embargo, estos simplemente quedaban al aire marcados con una sola "palomita", por lo que acabó desistiendo al saberlo un esfuerzo inútil. Aquello provocó retortijones de temor e inseguridad en el centro de su vientre, incrementando su malestar.
Dawn creía estar enferma, mas ella no se había dado cuenta de sus dolencias hasta hace unos días atrás, dado su ajetreado estilo de vida y cabezonería.
Como estudiante universitaria de último año que lleva prácticas profesionales, no se consideraría como un dato de alarma tener tantos dolores de cabeza en su lucha por salvar el semestre. Tenía proyectos finales, tareas, exámenes, su tesis, entre otras cosas. Incluso llegó a ponerse muy pálida antes de una exposición. Sin embargo, cuando las náuseas aunado al vértigo también se presentaron, fue cuando Paul le insistió que fuese a la consulta.
—Buenas tardes doctor... Rowan —leyó en una placa situada en el escritorio.
—Tome asiento y dígame el motivo de su visita —el desplante hacia su saludo fue evidente, y sin siquiera molestarse en agregar un por favor tardío, el ceñudo hombre le indicó el asiento frente a ella. Ni siquiera la miró a la cara.
Dawn, muy impresionada por el trato recibido, se sintió envuelta inmediatamente por una ola de disgusto ante la frialdad en la manera de comportarse, pero tomando una profunda bocanada de aire, simplemente obedeció.
Quizá algo o alguien le tenían molesto de antemano, sin embargo, no era razón válida para expresar esa rudeza con una paciente inocente como ella.
—Hum —vaciló—, pues tengo dolores de cabeza cada vez más constantes y fuertes, en ocasiones también hay mareos, nauseas y fatiga —dijo, mesurando su voz para que no sonara insegura.
—¿Vomitó?
—Sí —contestó rápidamente.
—¿Cuántas veces al día?
—Más que nada por las mañanas —Dawn comenzaba a desenvolverse, a pesar de que el doctor solo tecleaba en su ordenador—, desde hace una... no, dos semanas aproximadamente. Solo que las primeras veces lo seguía viendo como algo normal, ya que lo asociaba al estrés debido a mis estudios, prácticas y trabajo de medio tiempo al que me dedico… pero ahora me temo que pudiera tratarse de alguna enfermedad viral.
Ella expresó su reciente preocupación enfatizando en la última parte. No obstante, el señor de mayor edad no le resolvió a su duda implícita (tampoco ella se atrevió a romper el sepulcral silencio), ni siquiera trató de alentarla a que lo que sea que tuviera no se orientaba a algo grave; no recibió una palabra reconfortante, ni alguna señal de que se tratara de otra cosa, sino que continúo tecleando quiensabequé.
Probablemente recolectaba los datos para darle un posterior resultado, pero aun así eso no evitó su descontento con, a su criterio, esas acciones despectivas conjuntas.
—Bueno, señora Berliz, parece que tendremos que realizarle unos análisis —imprimió la hoja en la máquina que tenía al lado—. Entregue esto a la asistente y ella la guiará al laboratorio.
"¿Señora Berliz?" "Se pronuncia Berlitz, no Berliz, viejo sonso".
—¿Qué tipo de análisis?
—Cierre la puerta al salir.
Y eso fue todo.
.
Sin recibir un diagnóstico, aunado al hecho de que fue llamada señora, Dawn tuvo que salir del consultorio para no empalmarse con la siguiente persona que ingresó apenas el doctor lo ordenara a la asistente por una especie de intercomunicador.
La chica de cabello azul se enfadó bastante con la ética de este médico y su falta de empatía. O sea, ni siquiera le hizo revisión (como sabía era rutina en las consultas médicas), o siquiera cuestionó más a fondo en cosas como su alimentación, ejercicio, actividades, o si había tomado automedicación. Nada, simplemente le mandaba a extraer sangre sin ella entender el porqué.
"Y me llamó señora..." Era lo que más le traumaba, justo en sus 21 años.
"¡Pero qué grosero! Si no puede mantener a raya su mezquino carácter ya no debería dedicarse a atender a la gente... es más, se ve en la edad más que perfecta para jubilarse. Tonto viejo senil..."
Bufando para sus adentros, Dawn cerró los ojos tratando de tranquilizar su respiración, por eso no le gustaba venir a los hospitales, los tratos por parte del personal médico a veces dejaban mucho que desear, sobretodo si era un cascarrabias el que te atendía. Luego de un rato de lograr serenarse, Dawn se encaminó a lo solicitado, pues pese a todo anteponía su buena salud, y en verdad le urgía enterarse del origen de su estado, y si para eso tenía que seguir las indicaciones de ese groserote, lo haría. Confiaría en él.
Una vez desocupada, la asistente la guio hacía otro módulo no tan alejado donde otra señorita con gafas muy amablemente le pidió la ficha con la orden, la cual Dawn ni siquiera se molestó en mirar.
No pasó mucho tiempo para que la ingresaran nuevamente a un consultorio. En sus palabras, Dawn lo definiría como un pequeño laboratorio. Observó multitud de tubos colocados con distintas tapas de colores rojo y morado que daban esa impresión, algunos contenían líquido rojo, a lo que supuso eran muestras de previos pacientes. Ella no imaginó que hubiese muchos, pues se trataba de una vieja clínica privada que no contaba con la sobrepoblación como sucedía en los hospitales totalmente dependientes del gobierno, en realidad, el ambiente allí dentro se antojaba bastante relajado a pesar de que apenas fueran cerca de las cinco de la tarde.
—Disculpe, ¿en cuánto tiempo tendrán los resultados? —preguntó luego de la extracción, y esperando no interrumpir la faena de etiquetar tubos y desechar material usado.
—En una hora, aproximadamente.
—Gracias...
—Por nada, señorita.
Dawn se sorprendió por la amabilidad de esta otra persona, siendo incapaz de preguntar nada más cuando la química desapareció por una puerta trasera, con sus muestras. Como no supo exactamente qué hacer a continuación, decidió encaminarse nuevamente con la asistente de aquel tipejo.
—Disculpe, una duda —continuó al tener toda su atención—, ¿cuándo puedo venir a recoger los resultados de mis análisis?
—Según tengo entendido, estarán listos dentro de una hora o dos como máximo, puede esperar hasta entonces. Sino, regresar mañana a la misma hora, ¿quiere que anote una cita? —ofreció con una sonrisa que reconfortó a Dawn.
—No gracias, prefiero esperar.
—Perfecto.
Resueltamente, Dawn se fue a sentar a la sala de espera mientras la joven asistente continuaba en su trabajo.
Cinco minutos después, y al no tener nada con que distraerse, recordó su unilateral conversación con su novio. Dos palomitas era lo que se establecía debajo de su último mensaje, pero aún sin la maldita confirmación de lectura que tanto la apremiaba. Dawn, harta de seguir insistiendo respuestas por parte de Paul, simplemente se concentró en ser paciente.
Veinte minutos después, y sin ella percatarse a causa de sus intensas cavilaciones junto a uno que otro insulto interno, Paul ingresaba a toda prisa y refunfuñando por una puerta lateral.
—Llego tarde, ¿cierto?...—cuando Paul detuvo su andar frente a ella, no pasó desapercibida su mala cara, incluso superando la de él. Dawn estaba molesta, y creía adivinar muy sabiamente por qué—. Perdona, pero había un embotellamiento de mierda.
—Eso no responde por qué no recibías mis mensajes —refutó.
—Salí tan aprisa que aventé el celular en el maletín —se pasó una mano por su alborotado cabello morado, tomando asiento en un lugar junto a su novia y comenzar a explicar—, lo recordé varado en medio del tráfico, entonces busqué la maldita cosa para activar el internet, pero para mí desdicha, la circulación volvió justo en ese preciso instante y ya no te pude responder. Decidí que lo mejor era apresurarme... ¿qué tienes en el brazo?
Dawn llevó su vista hasta la dirección indicada por el dedo de Paul, justo donde la química había pinchado minutos atrás.
—Me mandaron unos análisis de sangre.
—¿Por qué? —su voz detonó un sobresalto.
—No lo sé, aún no recibo los resultados y el doctor no dijo nada más —masculló despectivamente por el recuerdo, cruzándose de brazos con un puchero, sin embargo, suavizó su expresión sintiéndose mal al observar a Paul realmente alarmado—. Pero tranquilo, seguramente no es nada de qué preocuparse.
Paul arrugó la frente ante su declaración, mirándola a los ojos.
—Hmm, ¿me contarás qué fue lo que te dijeron exactamente en la consulta?
Dawn le explicó parsimoniosamente la situación con el tipo. Paul escuchaba atento cada palabra revelada por su novia, de modo que poco a poco empezó a mostrarse igual de tenso y enfadado que ella. Se lamentó unos segundos no haber estado presente en su momento para enfrentar al sujeto y llamarlo patético, haciéndolo ahora por lo bajo. Mas no había nada qué hacer, salvo, quizá, encontrar otra clínica a la cual asistir de ahora en adelante. Con doctores más jóvenes, soltó pensativamente Dawn, quien se hallaba extrañamente más relajada después de compartir su disgusto con él. Ante el jocoso comentario, el entrecejo del pelimorado se arrugó inmediatamente, por lo que de un momento a otro, ya no sentía la misma aversión hacia el hospital donde estaban, con todo y sus doctores de mal genio; el doctor Rowan era viejo y grosero, pero para nada atractivo.
Ambos rieron, sabían que no lo decían en serio.
La conversación siguió fluyendo con un ritmo cálido y bromista entre la pareja, sin llegar a caer en celos malsanos o comentarios tóxicos; sino que ambos entendían el humor del contrario.
Dawn y Paul se llevaban muy bien pese a sus diferencias. Ella era como un sol radiante y él era un gruñón. Aún así, ambos realmente se conocían, se toleraban y amaban tal cuál eran, y como pareja cada uno aportaba un gramo de su personalidad a la relación, haciéndola interesante y burbujeante. Para Paul, estar con ella nunca era aburrido, y pese a su tendencia a meterse en problemas, Dawn podía estar segura de que él siempre la protegería. Asimismo, Paul era muy consentidor cuando nadie se daba cuenta, mostrando un carácter frío con los demás; incluso, aunque no estuviese muy convencido con la idea de demostrar afecto en público, para cuando la asistente —quien tenía tiempo observándolos de reojo con una sonrisa— volvió a llamar a Dawn, éstos ya se hallaban un tanto cariñosos y con las manos entrelazadas.
—Uhm, Dawn Berlitz.
—¡Sí! —saltó del asiento, arrastrando a Paul detrás de ella.
—Sus resultados están listos y en posesión del médico, entre de este lado, por favor —le indicó con una cordial sonrisa. El ánimo de Dawn no era el mismo que de hace una hora, y eso hasta la jovencita lo notó.
No obstante, la peliazul se dio cuenta de inmediato de que el lugar no era el mismo donde había consultado anteriormente. Qué va, probablemente el anciano se quejaba hasta de su propia oficina, y decidía cambiar... Bueno, ya daba igual, tenía que ir de todos modos.
Por suerte, Paul ahora estaba con ella y eso la reconfortaba.
—¿Puede él acompañarme?
—¡Por supuesto! Adelante.
Dawn manifestó su mejor sonrisa a la señorita como un agradecimiento a la paciencia y atención otorgada por ella durante el tiempo que llevaba allí.
Se preparó mentalmente, porque aunque se tratara de una situación típica en la vida de cualquier persona, de verdad no deseaba enfrentar a ese tipo otra vez (suficiente tenía con Paul, aunque de él se había acostumbrado y ya hasta le parecía lindo). Mientras ingresaba, sentía cómo el nerviosismo le apretujaba el estómago de una manera inexplicable para ella, que casi podía predecir un mareo o un desmayo.
Quizá igual y estaba exagerando, y sus emociones en realidad oscilaban entorno al diagnóstico de su aún desconocida enfermedad.
Sin embargo, al poner un pie dentro del habitáculo se llevó una grata e inesperada sorpresa.
—Bienvenida, señorita... Dawn Berlitz, soy el doctor Rowan, un placer —el galeno saludó cordialmente desde su posición—. Tome asiento, por favor.
La aludida quedó boquiabierta ante el recibimiento tan anticlimático. Ella estaba como en shock, pues frente a sus ojos no se apersonaba el achacoso doctor que ya tanto odiaba, sino todo lo contrario; un hombre evidentemente más joven y sonriente leía unos documentos en una mano, al tiempo que tecleaba datos con la otra.
Dawn despertó de su letargo ante un carraspeo a sus espaldas, y se movió a un lado para no tapar de la vista a Paul.
—Oh, mil disculpas, pensé que la señorita había entrado sola, ¿es usted un familiar?
—Soy su novio —soltó el de cabello lavanda cruzado de brazos, un tanto amenazante.
—Mucho gusto igualmente —el doctor le dedicó el mismo tono alegre a pesar de que Paul lo fulminaba con la mirada. Para entonces, Dawn ya había tomado asiento y una ola de alivio inundaba su cuerpo, no lo podía negar. El shock había desaparecido, pero continuaba con esa expresión de aturdimiento inicial—, tome asiento junto a la señorita, tengo los resultados, y creo podría ser mejor no recibir la noticia de pie.
¿Noticia? Eso encendió una alarma en su cabeza. Sin embargo, lo más importante que no dejaba de pulular en su cabecita curiosa...
—Estemm, uhm... disculpe —Dawn no se pudo contener—, pero ¿y el doctor de hace una hora? Pensé que sería él quien me daría los resultados —Rowan. Recordaba vagamente, pero incluso ahora se daba cuenta de que él se había presentado exactamente con ese mismo apellido.
Se sintió torpe... pero igual podría tratarse de algún familiar lejano o una irónica coincidencia. Dos personas pueden compartir apellido, y al mismo tiempo no tener vínculo sanguíneo.
—Sospecho que usted se refiere a mi padre.
—Mmm no lo creo... —Dudo que aquel patán fuera capaz de criar a un hombre tan agradable, pensó muy convencida—. El tipo era muy mayor... cabello gris canoso, largo, ojos negros; vestía pantalón negro y camisa verde... y su comportamiento fue de lo más desagradable, grosero y patán. Ni siquiera parecía un profesional de la salud. No me revisó, no me cuestionó, ni casi nada... —enumeró—, tan diferente a otras veces. Mire, doctor, yo no soy una persona enfermiza, pero de las pocas veces que he acudido a este hospital, esta ha sido la peor.
—Definitivamente la descripción encaja con mi padre —el doctor se enderezó en su silla, colocando una mano sobre otra en el escritorio, captando toda la atención de Dawn, y fue cuando se percató del similar colorido en sus pupilas—. El doctor Patrick Rowan. Yo me llamo Lucas.
Silencio.
—Oh —los labios de Dawn formaron una "O" de la sorpresa, el tal Lucas no parecía estar bromeando, ella realmente no lo podía creer, y se le notaba en su faz totalmente avergonzada. Se arrepintió de haberle dado rienda suelta a su lengua en sus comentarios—. Disculpe por todo lo que dije sobre su padre, ahora la grosera fui yo...
—No se preocupe. Estoy bastante acostumbrado... —él rio un poco apenado, con una mano en la nuca, restándole importancia. Realmente no se notaba ofendido, pero Dawn continuó sintiéndose un poco mal—. Al contrario, me disculpo por su comportamiento gruñón y acelerado. Conozco la manera en que trata a todo el mundo cuando abunda su terquedad por regresar a casa. Créame, no solo es así con sus pacientes, y sé las consecuencias que eso provoca en los demás. Sobre todo en su estado.
Ni Paul ni Dawn oyeron la última parte, pero ella asintió efusivamente en consideración con el joven Lucas, entendiendo la situación y sin querer darle más peso a ese asunto.
—Está bien, no hay cuidado. Pero supongo que si es el caso, debería considerar un retiro. No es bueno para una persona mayor cargar con tanto estrés —añadió cautelosamente como un consejo.
—Sí... es lo que muchas veces comentamos entre mi madre y yo, pero pareciera un capitán que se rehúsa en abandonar su galeón. Está muy comprometido con su trabajo, aunque no lo parezca.
—Entiendo... debe ser solo la edad —Dawn rio levemente, haciendo un movimiento de mano.
La conversación murió ahí, y entonces hubo un minuto de silencio interrumpido a ratos por el tap de dedos contra el teclado. Paul permanecía con los labios en una línea hostil y celosa, pero no aportó nada.
—Entonces, señorita Dawn, le eché un vistazo a sus resultados y todo indica estar bien... salvo por una prueba en particular.
En ese momento el aire pareció abandonar sus pulmones, ¿tan deplorable era su salud que hasta quién sabe cuántas pruebas le habían mandado a hacer? Todo su mundo se detuvo como en un instante dramático, una pausa medio extraña que la paralizó de pies a cabeza, expectante de la noticia a recibir.
—No se alarmen. Según la hoja clínica, las últimas semanas has manifestado fuertes dolores de cabeza, mareos, náuseas, entre otros aspectos como fatiga inusual y vómitos matutinos... —enumeró—. Estás embarazada, de eso se trata. Felicidades.
La noticia los tomó por sorpresa. ¿QUÉ? Era el único gran monosílabo que acaparaba sus mentes en el presente. El shock era inconmensurable, la noticia totalmente inesperada les llegó como un balde de agua fría, un hecho no planeado; sin embargo, la alarma duró poco tiempo, cuando Paul rompió la atmosfera sepulcral con un sonoro suspiro, al tiempo que asía fuertemente sus palmas en los reposabrazos.
—Oh, vaya...
—Puede ser un poco impactante siendo ambos tan jóvenes pero...
—No, no, no. Nada de eso, en realidad él es mayor que yo —cortó el inicio de lo que sería, seguramente, un extenso discurso relleno de cháchara pro-vida—. Y estoy feliz.
—Ohh, bien, no saben cuánto me alegra escuchar eso. No existe mayor alegría en el mundo que la de enterarse que serás padre. La he vivido dos veces, y créanme: Inigualable —su mirada cayó a una tierna foto familiar posada en su escritorio.
Dawn sonreía con la más grande de las alegrías recorriéndola, pues aquello era su sueño más secreto desde los quince. La boca de Paul, aunque levemente, también se curveó. Ambos estaban felices, era evidente.
Hablaron por unos minutos más sobre su condición, su ritmo de vida, resolviendo dudas fugaces que pasaran por la mente de los futuros padres en el momento.
—Recuerda alimentarte sanamente, te recetaré vitaminas, pero deberás regresar para los chequeos mensuales y el ultrasonido. En el consultorio de Ginecología y Obsetricia se encuentra el doctor Pearl, puedes solicitar una cita con Mindy, mi asistente.
—Muchas gracias doctor Lucas.
—Por nada. Procura cuidarte mucho para que ese bebé nazca muy fuerte y sano.
—Lo haré. Hasta luego.
—Que tengan bonita tarde.
La feliz pareja finalmente se despidió del doctor saliendo así del consultorio. Agendaron la dichosa cita del chequeo para el siguiente mes, y caminaron de la mano hacia el estacionamiento con una atmosfera pacifica rodeándolos.
Sin embargo, cuando estaba a punto de abrir la puerta del coche, Dawn fue inesperadamente apresada por unos fuertes brazos desde su espalda. Paul bajó su cabeza hasta el hueco entre su hombro y cuello, aspirando el delicioso aroma natural de su novia, sus cálidas manos posadas en todo momento sobre el vientre aun plano, en un gesto de adoración hacia ella y su bebé; el corazón de Dawn dio un vuelco, sintiendo de golpe ese amor emanado del cuerpo contrario. El momento se convirtió en muy íntimo cuando Paul comenzó una seguidilla de besos desde su sien, mejilla, nariz, hasta aterrizar en sus labios. Ella no se quejó, pero tuvo que detenerlo segundos después para no dar un espectáculo.
—¿Y eso qué fue? —rio juguetona, mientras giraba para rodearle el cuello con sus brazos y él la recargaba delicadamente contra el auto.
—Nada, solo que estoy contento, y no pude contenerme hasta llegar a casa —reanudó su ruta por su cuello.
—¿Y pensabas hacer eso aquí o qué? —él dio una suave mordida y a ella se le escapó un débil jadeo—. Paul...
El soltó un sonoro gemido de frustración, de repente apartando sus manos como si ella quemara, y casi era así para un débil Paul, quien ahora luchaba por bajar el inicio de una erección.
—Vámonos, te llevaré a cenar.
—¿No era que no podías contenerte? —por una parte Dawn estaba aliviada, pues la gente comenzaba a voltear... pero por otra, la había dejado sexualmente frustrada y entusiasmada también. Quizá ya eran las hormonas del embarazo haciendo estragos.
—Se relegará para más tarde, por ahora considero más importante el celebrar —la ayudó a entrar al coche y después rodeó el auto e hizo lo mismo—. Pero para ti sin alcohol —le dio un ligero beso en la nariz antes de arrancar.
Dawn rodó los ojos, pues era obvio que no podia beber. Ya se imaginaba lo estricto que se pondría Paul con los cuidados durante los próximos meses...
—Iremos a ese restaurante kalosiano que acaban de inaugurar, Reggie dice que la comida es exquisita, y por supuesto que debo corroborarlo personalmente. Después podemos ir al cine, tú escoges la película, aunque sea un cliché rosa y patético, no me quejaré; también podemos ir a dar un paseo por el parque, o al museo... —Paul hablaba sin parar, extasiado en demasía, Dawn nunca había conocido esta faceta tan entusiasta de él... salvo en la cama.
—Sí sí lo que digas, amor... —sin embargo le seguiría la corriente, le parecía excesivamente tierno de su parte.
—O al acuario, a comer un helado, a patinar... en esta cita puedes ser tan escandalosa como quieras.
Paul tomó su mano izquierda mientras que con la propia permanecía al volante, ese gesto le estrujó el alma a Dawn, pues le parecía de lo más romántico que su novio la tomara de esa forma al conducir. Aprovechó para admirar sus rasgos angulosos y perfectos, desde el cabello largo atado en una coleta baja, la nariz perfilada, los mechones desordenados que caían sensualmente sobre esos ojos que le profesaban tanto amor... se notaba tan varonil. Dawn se sentía muy afortunada, porque Paul por lo regular no tenía cambios tan radicales en la intimidad.
Él se consideraba torpe en esos demás del amor y pareja, por lo que los evitaba lo más que podía. Tampoco era el mejor otorgando palabras bonitas, elogios o piropos, ni planeando salidas por más simples, mucho menos citas más elaboradas. Es más, ahora que Dawn se percataba, esta sería la primera cita formal a la cual él la invitaba, aunque fuera de manera tan espontánea, e impulsada por el nuevo sentimiento gestándose en su interior.
—Nuestra primera cita.
—¿Eh? —la miró por el rabillo del ojo—, ¿cómo que nuestra primera cita? Hemos salido otras veces antes, recuerda.
Paul sonaba tan cariñoso... ni siquiera la llamó problemática, pero Dawn sentía el deber, junto con una especie de rencor inocuo, de romper esa pequeña ilusión.
—Lamento bajarte de tu nube, cariño, pero dime una sola salida durante los últimos cinco años que puedas denominar como una cita real.
—¿Perdón? —enarcó una ceja.
—Los cumpleaños no cuentan, son fechas obvias y en nuestros aniversarios solo tenemos sexo.
Al percatarse de la seriedad del asunto Paul se quedó callado, casi como volviendo a su antiguo yo apático.
—¿Ves? No existen memorias de algo que pueda catalogarse como... "inolvidable". Ni siquiera cuando empezamos a salir.
—Dawn...
—Por supuesto que no te estoy reclamando ni culpando, pero seamos sinceros, en esto del romanticismo, tu apestas Paul.
Dawn estaba siendo muy cruel con él, y Paul se sintió derrotado —y quizá un poco humillado—, pero en su fuero interno sabía que ella tenía razón. Él nunca había tenido el valor para organizar una cita perfecta, de esas con cena que incluía velas, globos, cartas o serenatas, ni nada de esas cosas cursis e innecesarias que él consideraba ridículas.
Además, y todo lo contrario con su profesión, sus esfuerzos en todo lo relacionado con detalles de amor le salía fatal. Paul prefería la espontaneidad de los momentos al lado de su burbujeante chica, lo natural, lo puro y legitimo; si algo tenía que pasar, pasaría genuinamente, sin alteraciones forzadas ni estrafalarias.
—Está bien —admitió con un halo de pena a su alrededor—. Tú ganas.
—Ow, Paulie, nadie ganó ni perdió, bebé. Simplemente las cosas como son —rasguñó leves caricias por su fornido pecho, en un tono excesivamente meloso; entonces, Dawn se inclinó para depositar un dulce beso en su mejilla—. Aun así me llevarás a todos los lugares que prometiste, ¿cierto?
—Hm —gruñó—, lo que sea, pero no hagas eso mientras conduzco.
Dawn suspiró orgullosa. Aclarado ese punto, se sintió contenta porque por fin tendría la cita que no sabía que tanto quería, hasta que Paul lo propuso tan inusualmente. Siendo sincera, se sintió soñada cuando lo mencionó, y la sensación era genial, tanto que inconscientemente llevó la mano que no sostenía Paul a su bajo vientre, agradeciendo mentalmente al pequeño ser fruto de su amor.
—Ohhhh, espera un momento.
—¿¡Que!? ¿El bebé...?
Dawn se carcajeó ante su ingenuidad primeriza.
—Por supuesto que no, tonto, es solo que... en términos estrictos —sonrió juguetona, pues sabía que quizá estaba haciendo de todo una exageración y Paul la regañaría o se burlaría—, en realidad es nuestra segunda cita.
Paul no entendió.
—¡Nuestra primera cita fue al enteramos del bebé!
N/A: usualmente suelen poner a Paul uno o dos años mayor a Dawn en los fanfictions que leo, aquí le di unos cuántos años más, para variar. Rondará los 25-26, aprox.
Gracias por leer.
