Lisa salió rumiando de la casa de Vanessa. Lo que le dijo su amiga sobre casarse con un desconocido la dejó desconcertada, porque en el fondo intuía que era cierto. Karl se negaba a hablar de su pasado con Lisa. Cuando ella le preguntaba sobre el tiempo que estuvo en cautiverio, o ella intentaba formularle alguna pregunta sobre su difunta esposa, el científico evitaba el tema, diciendo que no quería saber nada del pasado de ambos. Riber quería vivir algo nuevo junto a ella cimentandose en el amor mutuo que tuvieron hace años. Era como si quisiera que veinte años de sus vidas quedaran atrás en el olvido. Por alguna oculta razón Lisa intuía que había algo en Karl que le avergonzaba hablar frente a ella. La curiosidad de Lisa solo era para conocer mejor el pasado de Karl para entender su presente, pero Riber se empecinaba en evitar el tema.

Hoy cenarían juntos en su casa. Riber quería pasar tiempo con las hijas de Lisa antes de la boda para intentar estar en buenos términos con las dos niñas antes de iniciar la convivencia los cuatro juntos. Quizás cuando tengan un tiempo a solas mientras las chicas hicieran su tarea escolar, Lisa volvería a insistirle a Riber que no había nada de malo en ser sinceros con respecto a sus respectivos pasados. Ambos llevaban huellas que podrían influir en su matrimonio, y era algo que le preocupaba a la almirante del SDF-2.

Mientras regresaba a su casa, Hayes recibió un mensaje de su asistente, para recordarle que no debía olvidar de pasar por la oficina a última hora para firmar unas autorizaciones que ya estaban listas y necesitaban iniciarse al día siguiente. Sin muchos ánimos, Lisa Hayes regresó a su oficina para terminar la última parte burocrática del día. Entre la licencia de Vanessa, y la hospitalización de Edwards, la Almirante Hayes estaba haciendo el trabajo de tres altos oficiales de la RDF y a esta hora del día solo quería terminar lo antes posible.

–Está todo listo sobre su escritorio, Almirante –dijo la Teniente Andersen cuando vió llegar a una muy cansada Lisa Hayes.

–Gracias, Julie –respondió Lisa mientras se dirigía a la puerta de su oficina.

–Puse las carpetas al lado de las flores que le envió su novio esta tarde. Justo cuando usted se fue para resolver el problema con el suministro de agua llegó un hermoso ramo para usted, Almirante.

–¿De verdad? –sonrió Lisa ilusionada–. ¿Karl me envió rosas?

–No son rosas, son jazmines. Y tienen un perfume exquisito –dijo la joven teniente.

Ante esta afirmación la cara de Lisa palideció. Cuando estaba en la Tierra, de novia con Karl hace ya muchos años, cada mes festejaban su aniversario de novios. Riber siempre la sorprendía regalándole una rosa roja. El científico siempre decía que Lizzie era su rosa, por lo bella, pero también por sus espinas, haciendo un paralelismo por las constantes trabas que ponía Donald Hayes a la joven pareja.

Jack también las pocas veces que le regaló flores fueron rosas pero blancas. Y John, solamente le regalo flores una vez para su cumpleaños: un enorme ramo de lirios azules.

«El único que me regalaría jazmines es…»

–Almirante, la nota que venía sobre el ramo se cayó al suelo cuando estaba acomodando las flores en el florero –le dijo la Teniente Andersen interrumpiendo los pensamientos de Lisa –, por eso la puse también sobre el escritorio, al lado de las carpetas que tiene que firmar. Lamento haber leído la nota –agregó algo sonrojada la joven oficial.

«¡Oh, por favor! ¿Qué habrá puesto el Piloto Pervertido en la nota?», pensó algo avergonzada Lisa.

Cuando abrió la puerta para ingresar a su oficina, la fresca fragancia de los jazmines la envolvió por completo, dejándola algo aturdida por la intensidad de su perfume que movilizaba hasta la última fibra de su cuerpo. Al encontrar la nota no pudo evitar sonreír y sonrojarse al igual que lo hizo hace instantes su asistente.

"Estos jazmines me recordaron al aroma que la otra noche dejaste impregnado en mi almohada el cual lamento haya empezado a desvanecerse."

La nota no estaba firmada, pero Lisa Hayes sabía perfectamente quién era el dueño de la almohada que aún conservaba algo de su aroma. Ciertamente no era la de Karl Riber como había interpretado de manera errónea su asistente.

Lisa acercó lentamente su nariz al hermoso ramo que adornaba su escritorio y cuando hizo una profunda respiración para que el embriagante olor invadiera todos sus pulmones, sus labios rozaron los suaves y aterciopelados pétalos de las blancas y perfumadas flores. Hunter siempre le había dicho a Hayes que besar sus labios eran como sentir unos suaves y carnosos pétalos en su boca, y Lisa coincidía plenamente con él, ya que era exactamente lo mismo que ella también sentía cada vez que unía sus labios a los de Rick. Al tocar sus labios con los jazmines que había recibido como regalo, todo su cuerpo tembló recordando aquel apasionado beso que se dieron en el hangar.

–¡Ah, Rick! –suspiró Lisa en voz alta. «Primero me besas, luego te arrepientes, y por último me tratas como todo un caballero cuando me desvistes en tu cama la otra noche. Y ahora me envias este hermoso ramo de flores. ¿Qué es lo que pretendes hacer conmigo, piloto?», se preguntó a sí misma Lisa sintiéndose totalmente perdida.

Rick Hunter se estaba dirigiendo a la casa de sus amigos los Sterling. Había tenido un largo día y necesitaba conversar con Max para poner su mente en claro. Muy temprano por la mañana comenzó con una recorrida exhaustiva por los motores del SDF-3. Habían presentado nuevamente un leve error de funcionamiento y encontrar el origen del problema era su máxima prioridad. Luego a media mañana, cuando ya la reparación estaba encaminada, se dirigió personalmente al Hospital Militar del SDF-2, cruzando a dicha nave para visitar a los oficiales que aún seguían hospitalizados tras la explosión ocurrida dentro del Atlantis días atrás. Algunos de esos oficiales recibieron la Medalla al Valor que les otorgó el Almirante Hunter en nombre de la RDF por la forma heroica en que se habían desempeñaron durante el enfrentamiento. Tal había sido el caso de la Comandante Sue Graham, quien estaba muy sorprendida cuando Rick Hunter se acercó a ella, y de forma muy gentil le prendió a su camisolin la medalla en cuestión.

Cuando Hunter ingresó al Hospital, notó que había una florería situada al costado de la puerta de entrada, donde las personas que iban a visitar a algún paciente internado, podían comprar algún ramo de flores para alegrar a sus seres queridos. Entre los muchos ramos que había a la venta, Rick notó que entre las rosas, los lirios y los crisantemos, había solo un ramo con jazmines. Inmediatamente pensó en Lisa Hayes. El fresco perfume de los jazmines siempre le hacían recordar al espíritu libre de Lisa, y es por eso que Rick había optado por regalarle un pequeño ramo elaborado con esa flor todos los fines de semana que vivieron juntos como novios en Ciudad Monumento hace ya muchos años.

La noche anterior, Rick había dormido abrazado a la almohada que Lisa había usado, y todavía tenía impregnado en la punta de su nariz el olor tan característico de Hayes. Rápidamente intentó ignorar el recuerdo del aroma que Lisa había dejado impregnado en su olfato, e ingresó al Hospital Militar para ocuparse de los heridos y sus respectivas medallas.

Cuando terminó su ronda de visitas por los diferentes sectores del Hospital, al salir y pasar nuevamente por la florería, no pudo evitar mirar si aún estaba ese ramo de jazmines a la venta. Para su sorpresa, las flores seguían disponibles, pero nuevamente decidió volver a ignorarlas.

Como había salido muy temprano de su barraca sin desayunar, decidió hacer un descanso de media mañana y aprovechando que estaba en el SDF-2, quiso probar nuevamente el delicioso Strudel que había comido junto a Lisa en una cafetería el dia que ambos salieron juntos a volar en el Biplaza. Cuando terminó de saborear el exquisito postre de manzana, y se dispuso a regresar al SDF-3, volvió a pasar por tercera vez frente a la florería. El ramo de jazmines aun seguía intacto, esperando que alguien lo comprara. Rick no pudo seguir evitándolo, y decidió seguir sus instintos. Estaba claro que ese ramo estaba destinado para Lisa. Si nadie había comprado aún esas flores era señal suficiente para que Hunter finalmente cediera al deseo de enviarle ese hermoso ramo de jazmines como una sorpresa para su Comadreja.

La nota que colocó dentro del ramo antes de que el cadete se lo llevara para entregarlo a su destinataria era bastante subida de tono. Pero Hunter se convenció a sí mismo que no estaba haciendo nada malo ya que Lisa aún no era una mujer casada. Todavía no todo estaba perdido. Si el novio de Lisa fue los suficientemente descuidado como para dejar que días antes de su boda, su prometida terminara en la cama de otro hombre, no era su culpa que él intentar remover viejos sentimientos ocultos en el corazón de la Almirante Hayes.

Aunque solo habían dormido juntos, y nada había pasado realmente entre ellos esa noche, Rick se dio cuenta que aun seguía intacta esa electricidad que siempre hubo entre él y Lisa. Lo último que perdería sería la esperanza de volver a tener algo serio junto a la mujer que siempre había amado.

La visita del Almirante Hunter al Hospital Militar había dejado a una Sue Graham completamente exultante. La bella y joven Comandante de cabellos morochos y pronunciadas curvas no salía de su asombro. El otro día, unos segundos antes de la explosion, ella había protegido casi por instinto con su propio cuerpo a la Almirante Hayes. Si lo hubiera pensado fríamente, quizás habría dejado que su perfecta oficial superior saliera lastimada por las esquirlas de la explosion. Durante años Sue había envidiado a Lisa por estar casada con el hombre más deseado por todas las mujeres a bordo del SDF-2. Aunque los celos provocaban resentimiento en el corazón de Graham, la parte más cerebral de Sue reconocía que la Almirante Hayes era la mejor líder que la nave podría tener y a demás a pesar de ser muy exigente con sus subalternos, también era una oficial justa que reconocía el valor de cada persona que trabajaba bajo su mando. Por eso esa mañana, contra toda lógica, finalmente se involucró activamente para salvar a la Almirante Hayes del desastre.

Gracias a ese acto heroico totalmente fortuito, logró nuevamente reencontrarse con el Almirante Hunter. Mientras que Rick Hunter la felicitaba por lo que había hecho, Sue trataba de comprometer al hombre que estaba frente a ella usando todos sus encantos, de tener una cena los dos solos cuando a ella le dieran el alta. Al final lo único que consiguió fue que Hunter aceptara almorzar con ella en la cafetería del SDF-3. No era la cena romántica que ella hubiera planeado tener para lograr con mayor facilidad conquistar al apetecible almirante, pero era un avance importante para acercarse a su objetivo.

Edwards no podía creer el relato que su más fiel asesor, el Teniente Benson, le había trasmitido de lo ocurrido mientras se encontraba en coma recuperándose de las heridas tras la explosion. Todo lo que T.R. había planeado con meses de anticipación se habia ido al tacho de basura por un simple y estupido descuido. Si la Comandante Sue Graham no se hubiera detenido frente a él obstaculizándole el paso, porque se detuvo a conversar con su colega de logística de la nave Atlantis, el Vicealmirante Edwards hubiera salido unos segundos antes, y la explosion no lo habría alcanzado. El plan era que solo la Almirante Hayes quedara dentro del Atlantis, y él fuera quien se haría cargo de la "Operación de Rescate" desde el puente del SDF-2. Ya había pensado las maniobras a efectuar para crear errores involuntarios haciendo que todo terminara en desastre, con una guerra abierta entre ambas facciones de los Daafensacs, teniendo a Lisa Hayes como escudo entre fuego cruzado.

Pero él resultó herido, quedando inconsciente, y para empeorar aún más la situación, de manera totalmente inesperada, Hunter estaba a bordo del SDF-2 en el momento menos pensado y fue el ex-piloto de circo quien dirigió con éxito el rescate que debía terminar en tragedia. Edwards había revisado dos veces la agenda del Vicealmirante Hunter ese día, y el ex-piloto del Skull Uno debía estar recién por la tarde a bordo del SDF-2 para asistir a una reunión con el Dr. Lang. ¿Por qué entonces fue que Hunter estaba a bordo por la mañana, justo en el momento de la explosion, para arruinarle aún más todos sus planes? Lo único bueno de todo este fallido asunto, es que al resultar herido, facilitaba alejar cualquier sospecha en su contra. De todas maneras, ahora debía andar con mucha más cautela que antes si planeaba pasar al plan B.

Justo antes de entrar a la casa de los Sterling, Rick recibió un llamado a su teléfono celular.

–Almirante Hunter, quería avisarle que el Vicealmirante Edwards ya ha despertado –le dijo su Jefe de Inteligencia al atenderlo.

–Perfecto, Mayor Steward. ¿Está todo listo?

–Si señor.

–Recuerde que su plan es demasiado arriesgado y cualquier error podría ser letal o volverse como un bumerang en nuestra contra.

–Lo sé señor. Voy a estar personalmente pendiente de todo.

–Eso espero –dijo mientras finalizaba la llamada.

Rick tenía demasiadas preocupaciones rondando por su cabeza. Nada mejor que ir a la bulliciosa casa de sus amigos para lograr levantar sus ánimos. Todo el tema de atrapar a Edwards infraganti complotando contra la integridad de la Almirante Hayes era algo primordial para él. También se encontraba abatido por su reciente separación con Helena. Cada noche cuando regresaba a una barraca vacía, lo frustraba no saber cómo lidiar con la situación. Pero lo que más lo desconcertaba al taciturno Almirante Hunter era la inminente boda de Lisa Hayes con Karl Riber.

–¡Tio Rick! –dijo Dana con alegría cuando abrió la puerta y se encontró con su padrino–. Pasa. Mamá está preparando la cena y papá está en su oficina jugando una partida en línea.

–Tu padre es un niño grande.

–Uno que yo sé también le gusta jugar bastante –dijo con picardía su sobrina.

Rick le acarició la cabeza despeinando su rubia cabellera, gesto que siempre hacía cuando su sobrina mayor decidía burlarse de él.

–Hola Tío –dijo la voz suave de Maia Sterling. Con sus cinco años era una niña más tranquila que Dana pero se hacía respetar.

Hunter le abrió los brazos para alzarla y darle vueltas por el aire, como siempre hacía cuando veía a su adorable sobrina.

–¿Cómo están mis dos princesas?

– ¡Super! –respondieron ambas al unísono.

–Adivina que…–dijo Dana con una sonrisa y ojos bien abiertos.

–No lo sé…–dijo Hunter algo desorientado. Siempre lo descolocaba cuando Dana quería que él adivinara lo que pasaba por su mente.

–¡Mañana vamos a jugar un torneo de fútbol femenino contra un equipo del SDF-2! Primero jugamos de visitante en la cancha de ellas, y luego jugaremos de locales aquí en nuestra nave. ¿No es genial?

–Sí, claro –respondió su padrino con escepticismo.

–Tienes que venir si o si a alentar a nuestro equipo.

–¿Qué? –se sorprendió Hunter–. O, Dana, cariño no se si pueda. Tengo demasiadas cosas que hacer.

–Por favor, por favor, por favor… –le suplicó la mayor de sus sobrinas poniendo cara de perrito triste y abandonado para lograr emblandecer el corazón de su tío.

–¿Por qué quieres que vaya a verte?

–Porque siempre me traes buena suerte y terminamos ganando.

–Terminas ganando porque eres una muy buena jugadora.

–Pobre Dana, quiere ganar –acotó la niña que estaba en brazos de Hunter.

–¿Tu madre se queja constantemente que ustedes dos se viven peleando todo el día, y ahora se les ocurre aliarse en mi contra para hacerme sentir culpable? ¿Quieren lograr que vaya al partido de fútbol para alentar a Dana? –preguntó Rick mientras que le hacía cosquillas a la pequeña Maia que reía sin parar–. De acuerdo, iré.

–¡Si! –grito Dana agitando sus brazos de manera triunfal–. Gracias, Tio Rick –le dijo a Hunter mientras lo abrazaba con fuerza.

Luego de prometer a sus sobrinas que mañana iría a alentar al equipo del SDF-3, Rick fue a buscar a Max que aún estaba en su estudio, muy concentrado intentando ganar una partida virtual de fútbol jugando con otros dos jugadores que también figuraban conectados en línea.

–¿Cómo va la partida, Max? –le preguntó Hunter ni bien entró.

Excelente –le respondió una voz por el altoparlante de la consola de juego.

–¿Archer?

El mismo –respondió el líder del escuadrón Wolf.

–¿Se puede jugar en línea con gente que no se encuentra en el SDF-3?

–Si –respondió secamente Max a su amigo. Estaba demasiado concentrado intentando ganar la partida.

¡Goool! –se escuchó otra voz diferente por el parlante.

Rick miró con curiosidad a su amigo pidiéndole que le de una pista de con quien estaba jugando ya que casi siempre Sterling corría el programa jugando contra la consola sin conectarse con nadie, a menos que Rick jugara con él cuando iba a visitarlo a su casa.

Que buena jugada, Geoffrey –se escuchó a Archer por el parlante.

–¿Geoffrey el marido de Vanessa? –preguntó Rick a Max en un susurro.

El General Sterling asintió con la cabeza contestando la pregunta de Rick ya que seguía demasiado compenetrado con la partida y no quería perder.

–¿Hace cuanto que juegan juntos en línea? –preguntó en voz alta el Almirante para que cualquiera de los tres le respondiera.

Hace bastante. Casi desde el inicio que ustedes llegaron, Lang conectó la red de datos de ambas naves. Vanessa nos pidió que nos conectáramos con Sterling para asegurarse de que "funcionara bien" el sistema –se justificó Geoffrey frente a Rick Hunter–. Algún dia deberías unirte a nosotros. Quiero comprobar si lo que dice Sterling de que eres bastante bueno jugando al FIFA sea cierto.

–No hay nada como un buen desafío –contestó Hunter bromeando al esposo de su amiga–. Si quieres podemos hacerlo ahora mismo.

Ahora no puedo. La patrona me está llamando para que la ayude con la cena. Lo dejamos para otro momento, Hunter –respondió el marido de Vanessa mientras se desconectaba del juego.

¿Qué tienes planeado hacer este viernes, Hunter? –consultó Archer–. Quizás tú y yo podríamos unirnos para una partida, y así podrías demostrarme tus habilidades.

–Mmm, la verdad que no sé ni lo que voy a hacer mañana, mucho menos este viernes. ¿Max, tu podrías? –le preguntó Hunter a su amigo. En realidad Rick no tenía una consola de juego en su barraca ya que no la había mudado aún de la casa que compartía con Helena. Tendría que ir a lo de los Sterling para poder conectarse y jugar con Archer.

Olvida al traidor de tu amigo –contestó Jack quien había escuchado la pregunta que Rick le hizo a Max.

–¿Por qué? –preguntó sorprendido Hunter ante la respuesta de Jack.

Tanto él como Geoffrey van a asistir a una boda a la cual ni tú ni yo hemos sido invitados –explicó–. Creo que jugar en red sería mucho más productivo que encontrarnos en El Pirata Ruso para desahogar nuestras penas, ¿no lo crees?

Rick suspiró ante semejante revelación. –De acuerdo. Acepto tu desafío, Archer. El viernes hacemos un campeonato en línea, tú y yo.

Bueno, debo retirarme. Hasta la próxima, señores. Siempre es un placer jugar contigo Sterling– dijo finalmente Archer antes de cortar la conexión.

Acto seguido, Rick Hunter se desplomó sobre el sillón frente a su amigo.

–¡¿Qué?! No me mires con esa cara, Max –dijo Hunter un poco alterado.

–Es la única que tengo, Rick –contestó Sterling con calma–. ¿No piensas hacer nada al respecto?

–Lo único que quiero es que ella sea feliz.

–¿Y crees que ella podrá encontrar la felicidad al lado de ese hombre tan pedante? –cuestionó Max.

La verdad es que al General Sterling nunca le había caído en gracia el Comandante Karl Riber. El científico se había comportado de una forma bastante disruptiva durante el rescate, pero lo que más le molestó al apacible líder del escuadrón Skull fueron todas las quejas que formalmente elevó Riber ante un Comité de Ética de la RDF que funcionaba en la Tierra, donde el insufrible Comandante dejó constancia por escrito de la forma en que había sido tratado por el General Sterling y el Almirante Hunter al momento del rescate.

–No estoy seguro. Pero tampoco sé si ella podría ser feliz al lado de alguien que la ha hecho sufrir tanto como yo –dijo Rick esa terrible verdad que lo atormentaba con mucha tristeza.

–Tuvieron momentos muy felices cuando estuvieron juntos. No lo olvides. Y el otro dia en la fiesta…, creo que no la había visto sonreir así desde que nos volvimos a reencontrar aquí en el espacio. Lo más sorprendente era la forma en que sus ojos brillaban cuando estaba en tus brazos bailando en medio de la pista.

Rick miró a su amigo con una tenue luz de esperanza. Hunter también había visto la sonrisa de Lisa cuando bailaron juntos. De hecho esa sonrisa era lo último que se le venía a la mente antes de conciliar el sueño. Quizás Max tenía razón. Debía animarse a poner a Lisa primero en su lista, tal cual ella se lo había reclamado la otra noche cuando la encontró tambaleando algo borracha en el parque.

–Hoy le envié un ramo de flores a su oficina –dijo Rick intentando ocultar una sonrisa.

–Bien. Por algo se empieza. Sigue así y descubrirás lo que realmente ella siente por tí.

–¿Y Helena? –dijo algo confundido el Almirante del SDF-3.

–No puedes tener a ambas, Rick. Tendrás que decidir qué es lo que realmente quieres. Además, me parece que Helena está exigiendo un cambio. ¿O me equivoco?

Rick entrecerró sus ojos mientras se tocaba la alianza que tenía puesta en su dedo anular. Levantándose con ímpetu, como si recién hubiera tenido una epifanía, rápidamente se dirigió a la puerta de salida.

–¿No te quedas a comer, Rick? –le preguntó Miriya quien estaba poniendo la mesa.

–Otro día. Nos vemos –se despidió Hunter mientras tenía una única cosa en mente.