Hooli, volví. Y en forma de fichas (? Les dejo por acá otro one-shot. Este es un poco diferente a los demás. ¿Más filosófico? Algo así. No sé, solo tenía ganas de ver a nuestras chicas charlando en un día pacífico, siendo re chuchis entre sí. Me dan vida *se quiebra*.
Sinopsis: Sayaka está preocupada por el rumbo de su relación con Kirari. No sabe dónde está parada. Quiere llevarla a un punto más alto, sin embargo, teme que Kirari no esté dispuesta a dar ese salto. Ambas, con sus propias percepciones del amor, intentarán llegar al corazón de la otra.
Sin más qué decir, los dejo con la lectura.
Desde ya, ¡muchas gracias por pasarse! :)
Kirari & Sayaka
Lo tenemos todo.
Bueno, "todo" dentro de los parámetros normales. Tenemos citas, caminamos de la mano, conversamos, nos miramos con cariño, nos abrazamos, nos besamos, también hacemos "aquello". Lo tenemos todo.
Menos eso.
La presidenta no me dice te amo.
Siempre que yo se lo digo, ella se limita a suavizar la sonrisa y darme un beso igual de suave. Es un lindo gesto, no es que esté disconforme, pero... de igual manera no puedo evitar sentir una molestia en el pecho por la respuesta muda.
¿Por qué no me lo dice?
¿Es porque hace poco que estamos saliendo? Pero nos conocemos hace tres años... Cuando no éramos pareja, ella solía decirme "te quiero" o "me gustas". Ahora, nada.
No lo entiendo.
¿Acaso no me ama?
¿Solo soy un entretenimiento más?
Entiendo que la presidenta tiene otro modo de ver la vida, se expresa diferente a los demás. Y esa es una de las tantas cosas que me gustan de ella. Pero…
Pero, pero, pero, ¡pero...!
Soy una idiota. No debería dudar de la presidenta, sin embargo, acá estoy, suspirando en el sofá del despacho como nunca.
Dejo el cuaderno de notas en la mesita baja. Soy incapaz de concentrarme en mis tareas.
—¿Puedo saber a qué se deben tantos suspiros? —Una voz calmada me sobresalta. Pasos se acercan con la misma calma—. Iba a decirte que la sonrisa te queda mejor, pero no hay nada que te quede mal, Sayaka. Tu semblante contemplativo es una pintura.
Levanto el rostro tras el cumplido de la presidenta, que ya se ha vuelto una rutina escuchar. Ella me sonríe con una mano en la cadera. Todos los días tiene algo nuevo y galante para decirme. Todos los días me enamora más con ello. Y aún así…
—No es nada, presidenta.
—Oh, por favor. Deja los formalismos. Estamos solas, ¿no es así?
Se sienta a mi lado. Pone un brazo en el respaldo del sofá con una expresión pícara que, conociéndola, puede terminar en una situación erótica si le doy pie. No sería la primera vez que aprovechamos el despacho para… Bueno, desestresarnos un rato. Por supuesto, yo siempre estoy en contra de hacerlo aquí. No me siento cómoda, por no decir que hace bastante sospecho que hay cámaras escondidas. Lo único que me borra la idea de la mente es que, si las hubiera, Yomozuki Runa (primera sospechosa) ya se habría hecho millonaria vendiendo nuestros videos. No por mí. Nadie quiere ver mi cuerpo desnudo, pero el de la presidenta... Conozco varios que darían la vida por eso. De pronto me siento privilegiada por ser la única capaz de verla como vino al mundo.
—De hecho, me rectifico. Deja los formalismos para siempre —agrega ella, tomando la taza de té que dejé preparada en la mesita con una calculada anticipación— ¿No te lo pedí muchas veces ya? Que me llames por mi nombre, no importa donde estemos.
—… Le das mucha importancia al nombre —contesto, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no volver a la cordialidad. Aún me cuesta acostumbrarme— ¿Por qué?
—¿No significa aquello un acercamiento más íntimo?
—¿Eso es lo que quieres?, ¿más intimidad? —¿Entonces por qué no me dices "te amo"?, pienso. Eso lo solucionaría.
—En efecto. Quiero que tengamos el mayor de los acercamientos, y no me refiero a estos a acercamientos… —me dice bajito al oído, subiendo una mano por mi muslo. Dedos traviesos intentan colarse debajo de mi falda—. Esto ya lo he colonizado y estoy muy orgullosa de ello. Pero a veces me pregunto… ¿He llegado realmente al corazón de Sayaka?
Ignorando el calor que siento por su mano metida en mi falda, contesto medio indignada.
—No comprendo el fundamento de tu cuestión. Sabes bien que mi corazón solo te pertenece a ti.
—Pero Sayaka, yo no quiero que me pertenezca. No ansío colonizarlo como a tu cuerpo. Son dos cosas diferentes. En este caso, quiero que él me elija por sí mismo.
Me quedo estática ante sus palabras. La presidenta muestra una pequeña sonrisa mientras recuerdo la primera vez que me "colonizó". No fue aquí, como lo imaginaba antes en mis fantasías más bizarras, sino en un lugar inesperado. Luego de resucitar de una caída de cinco pisos, allí, entre los lirios y con una bella vista de la torre y la luna, ella selló el contrato más importante que firmé en mi vida. Lo selló en mi cuerpo, en cada parte de él.
Su mano sube desde mi muslo hasta la mejilla en una caricia dulce, muy similar a la de aquel día.
—Ansío… que tu corazón me elija no por lo que soy sino por quién soy.
—¿A qué te refieres con eso…?
—Simple. Lo que soy. —Ella estira el brazo por toda la oficina, presentándomela como si fuera la primera vez que la veo. Yo echo un vistazo a los cuadros en las paredes, el escritorio, su silla elegante, el balcón—. Y quién soy. —Regresa la mano para llevársela al pecho. Al corazón—. Quiero que me elijas por esto.
Mis ojos se pierden varios segundos en su mano posada en el pecho. Parece como si estuviera jurando a la bandera. Pero no. Me está mostrando lo que quiere:
Que la ame por quién es realmente.
No porque sea la presidenta del Consejo estudiantil, tampoco por ser la cabeza del Clan Momobami y menos por ser una extravagante belleza. Me pide que me comprometa con su corazón, que esconde un mar infinito de verdades y secretos que anhelo descubrir, pues aún no los conozco a todos. Me pide que la ame con sinceridad, aceptando lo bueno y lo malo.
Pensé que lo estaba haciendo, que la amaba de esa manera. Pero ahora que me lo planteó, veo que he estado mintiéndome a mí misma.
¿Cómo puedo amarla con sinceridad si aún no la conozco por completo?
Estaba amando a la imagen de la presidenta, aquella que no sería eterna. Ésta se esfumaría dentro de poco, cuando ella se graduara. También amaba a una de las cabezas políticas más importantes del país. Y también, quizás, a una de las más peligrosas. Estaba amando su elegancia, su inteligencia inalcanzable y aquella personalidad que provoca un temblor en todos pero que a mí me parece fresca y atrapante. Amaba sus ojos turquesas, que con una sola mirada me hundían en el más profundo de los mares. Satisfactorio era ahogarte en ellos.
Amo su cuerpo voluptuoso, que me aplasta todas las noches para demostrarme a quién le pertenezco. Amo su voz, suave y finita, que encubre un vocabulario filoso. Su aroma floral que me envuelve, su calor… Pensé que amaba todo de ella, pero no. Me faltaba lo más importante. Y para llegar a lo más importante debo dejar de hacer lo que estuve haciendo desde el principio como una idiota: idealizarla.
De esa forma, cuando se caiga el telón, quedará la verdadera Kirari en escena.
Ella me espera con la mano en el corazón. Su sonrisa se va deshaciendo ante el pasar de los minutos que, me doy cuenta, conllevaron en ella una angustia penetrante.
—¿Soy imposible de amar? —Su tono suena más a una afirmación desganada, como si desde siempre creyera eso de su persona.
—¡No es eso!
Me apresuro, tomándole las manos. Mi corazón late desaforado, grita la verdad que ella quiere escuchar, pero tiene miedo de decirla. ¿Por qué?
¿Por qué tengo miedo?
¿Tengo miedo de destruir a la presidenta que vive en mis adentros? La imagen celestial de una diosa que no conoce de errores, que brilla hasta en la más pesada oscuridad, que convierte en oro todo lo que toca. Le juré lealtad a esa deidad, es mi costumbre rezarle. Lo di todo para conservarla pura e intacta, para que siempre estuviera sentada en su trono. ¿Tengo miedo de perder mi razón de ser al dejarla partir?
—¿Qué pasaría si yo no quisiera ser más presidenta?, ¿me abandonarías?
Y entonces ella me lee completamente. Ensancho los ojos como si hubiera oído la peor de las noticias. Y es que solo imaginarla fuera del trono me generó una sensación panicosa. El fin del mundo. ¿Hasta dónde llegué?, ¿a qué altura puse el pedestal de "la presidenta" y dónde dejé a la verdadera Kirari? ¿Dónde la dejé olvidada? ¿Acaso todo mi trabajo siempre fue por autocomplacencia? No era la presidenta quien insistía en mantener su puesto, era yo la que quería verla allí, siempre en el trono. Y por eso… Por eso mismo…
Pasé por alto sus sentimientos.
Mi cabeza cae en picada. Los ojos viajan rápido de un lado a otro por el piso. Tengo un corto circuito, una angustia enorme me consume.
—¿U-Usted quiere dejar de ser presidenta?
No entiendo porqué la vuelvo a llamar de "usted", porqué de pronto me siento tanto decepcionada con ella como enojada conmigo misma. Espío su rostro con disimulo. Serio y manchado de sombras, me muestra la misma decepción.
—Digamos que quiero empezar a vivir con más honestidad. Ese es mi deseo. —Su mano viaja lentamente hasta mi mejilla. Pasa el pulgar por ella como si limpiara el rastro de una lágrima que, si seguimos así, pronto derramaré—. El juego está por terminar, Sayaka. Pronto me graduaré y aquella persona a la que tú le dedicaste todo su tiempo se esfumará. Nada quedará de la presidenta. Entonces, deberás tomar una decisión.
Mis ojos, aterrorizados, no salen del impacto. Ella conserva la calma. Una calma sin sonrisa.
—Debo advertirte, si solo soy "La presidenta" para ti, lo nuestro no funcionará fuera de la academia. Principalmente porque yo ya no veo a Sayaka como una simple secretaria. Veo mucho más. Veo esto… —Pone la mano en mi pecho. En mi corazón. Su sonrisa vuelve—. Con quien me acuesto no es con la secretaria, es con Sayaka. Con quien paseo también es con Sayaka. A quien beso, a quien abrazo, a quien le cuento mis inquietudes..., a quien toco descaradamente —me susurra al oído, bajando la mano por mi torso. La cierra en uno de mis pechos. Yo cierro los ojos por igual, avergonzada—… siempre es a Sayaka. Por eso, me preguntaba…, si tú has estado haciendo todo eso con "La presidenta" o conmigo. Con Kirari. Si te soy sincera, me gustaría que solo existiera una de ellas para ti. Y la presidenta, lamento informarte, tiene fecha de caducidad.
Dice y entonces termino de comprender todo. Como bien temí, ella quiere que destruya a la presidenta que vive dentro de mí. Quiere destruir mi idealización. Es un peso para ella, hasta debe ser molesto. Fui molesta... todo este tiempo. Seguro la hice sentir incómoda con mis infantiles expectativas. Pero ella nunca me dijo nada hasta hoy. Siempre se mantuvo sonriente, dejándolo pasar. ¿Por qué?
La presidenta me sostiene una mirada blanda —pero no por eso menos seria— que parece fabricada apropósito para transmitirme calma, pues sabe cómo soy. Sabe que me infarto seguido. Cree que hablando despacito, con cuidado, yo no entraré en pánico con sus siempre tan gratas noticias (léase el sarcasmo). A veces me trata como si fuera un bebé. Mis crisis pasadas le dejaron de secuela un pequeño susto. Digamos que descubrió que yo era capaz de entrar en un estado de shock debido a los nervios excesivos o al estrés. Al principio le resultó divertido. Luego, un día que me paralicé por completo, al punto de no sentirme en la realidad, ya no tanto. Para la última instancia, que conllevó un desmayo de mi parte y otras cosas un tanto asquerosas, ella ya no ocultaba la preocupación. Por eso me habla como si fuera un maldito bebé cuando nota que puedo llegar a entrar en crisis.
—Sayaka..., ¿estás aquí?
¿Ven?
—Aún estoy aquí, presidenta. No se preocupe. —respondo tratando de ocultar la molestia. No es que ella esté mal, al contrario, le agradezco la preocupación. Es muy dulce de su parte cuidarme, pero también es un poco molesto. Es como si me subestimara. Además, cada vez que se comporta así conmigo me vuelven los recuerdos llenos de vergüenza por todo lo que ella tuvo que ver en esas crisis pasadas. Y realmente vio cosas MUY asquerosas, por no decir que me asistió en ellas. Aún no entiendo cómo sigue conmigo, perdí toda dignidad posible... Soy la persona menos sensual del universo.
De todos modos, su esfuerzo está siendo en vano.
Estoy en crisis.
Pero aún así, aún con toda la crisis encima, los cables del cerebro pelados y un vómito atravesado en la garganta que hace minutos tengo ganas de lanzar, tengo los pies en la tierra. Así es, estoy justo aquí. Ella ni se imagina que en esos críticos minutos donde tiró abajo todas mis creencias, yo, guiada por la decepción, el pánico de perderla y, justamente, por el corazón, me autodescubrí.
No podría amar a la presidenta si no estuviera dispuesta a amar a Kirari.
Quiero amar a Kirari, conocer a Kirari, por eso siempre permanecí al lado de la presidenta. Con la esperanza de que, algún día, ella se abriera sinceramente a mí y rompiera con la imagen superficial que tenía en mi mente. Estaba esperando este día.
Hoy me di cuenta… ¡que yo siempre estuve esperando este día!
Una sonrisa, que la sorprende levemente, invade mis labios.
Yo quería escuchar las palabras mágicas… y las escuché. No hace falta que Kirari me diga "Te amo", con esto es más que suficiente. Me está pidiendo que me entregue a ella. Quiere mostrarme sus defectos, su parte más vulnerable.
Desnudó su alma ante mí porque me ama.
Poseída por una emoción arrasadora, me arrojo a sus brazos con todo lo que tengo.
—Quiero conocer más a Kirari, ¡quiero enamorarme de ella todos los días! —exclamo en su pecho. Los brazos de Kirari, antes dormidos a los costados del cuerpo, comienzan a envolverme suavemente.
—¿Aunque esa Kirari esté averiada?
Me resultó curioso que alguien como ella, que con acciones e indirectas siempre se autodenominó un ser superior, tuviera esa imagen de sí misma. Lejos había quedado esa persona que te miraba por encima del hombro con superioridad. Y, de paso, también se burlaba. Hoy entendía que era la presidenta quien tenía un ego muy alto, más no Kirari. Ella ha estado batallando con una dualidad constante desde que llegó a la academia.
«No…, posiblemente desde que nació»
Quién es y quién debía ser ha sido su lucha. Hoy quiere dejar de deberle al mundo aquella deuda que le impusieron injustamente para, por fin, pasar a ser. Y solo ser, no deber.
Y yo quiero ser con ella.
—Kirari… —La llamo, prendiéndome de su saco rojo. A ella se le entrecorta la respiración cuando me escucha llamarla por su nombre. Siento que es como un acto involuntario. No lo controla, pero sí que lo disimula de maravilla, sonriendo como siempre—... aunque no fue mi intención, porque créeme que no era la idea que te dieras cuenta de todos los problemas que me acomplejan, yo desde siempre me mostré real contigo. Por eso… quiero que tú hagas lo mismo conmigo. No me importa si estás averiada, no me importa lo que pueda encontrar allí.
En sus ojos comienza a llevarse a cabo una especie de cristalización, pero la idea de que la presidenta esté a punto de llorar se me hace inconcebible. Su rostro, de la nariz para arriba inexpresivo y de la nariz para abajo con una sonrisa dura de muñeca, acentúan la idea de que es imposible que alguien como ella pueda emocionarse.
Pero esos ojos siguen mirándome, aguándose…
—Dámelo… —Pongo la mano en su corazón—. Lo quiero. Lo quiero todo para mí.
Sus labios tiemblan ligeramente. Se los humedece antes de hablar.
—Aún no sabes quién soy, no completamente… Podrías encontrarte con una sorpresa desagradable. ¿Estás dispuesta a dar ese salto? —Sus ojos no me miran al hablar, están perdidos en el tapizado marrón del sofá. Primera vez que me evade la mirada. Yo suelo hacer eso. Y porque lo hago, sé lo que significa. Kirari no tiene confianza en sí misma en este momento, teme por la respuesta que encuentre en mis ojos. Está imaginando un futuro caótico donde yo la dejo atrás, asustada, al descubrir lo que habita dentro de ella. Para mí, que siempre tenía una imagen imperturbable de la presidenta, lo que ahora tengo enfrente suena como una falacia.
Y me gusta.
Estoy en una montaña rusa de emociones. Y no me quiero bajar.
Suavizo la sonrisa mientras, en un impulso que no suelo tener, me atrevo a ser yo quien la toca. Con cuidado levanto su rostro por la barbilla. Sus ojos suben a los míos, helados como suelen ser, pero también profundos.
—Di ese salto hace mucho tiempo, Kirari.
Sus pupilas no dejan de danzar con las mías, lentas, como si se tratara de un vals. Me pregunto qué ve en mis ojos en este instante, porque yo veo mucho en los suyos. Lo que ella nunca me permitió ver, ahora lo veo.
Debilidad.
Su cabeza empieza a caer hacia mí, como si careciera de fuerza. Apoya la frente en mi hombro con una trenza deslizándose por mi brazo izquierdo. La otra va a parar a mi pecho.
—Quiero estar contigo.
Susurra de pronto. Yo la miro con curiosidad, también con ganas de reír.
—¿Con quién crees que estás ahora, Kirari? —me burlo, resaltando su nombre para que sepa que entendí bien el mensaje. Que acepto todo de su persona.
Ella refriega la frente en mi hombro. No puedo verle los ojos, el flequillo se los tapa. Y me urge verlos.
—Quiero estar aún más… Conocer todo de Sayaka.
Yo, para ese momento, luchaba contra un ataque de ternura que me hacía querer estrujarla contra mi hasta romperla. Guardándome la violencia, subo una mano por su cabeza, paso la otra por su espalda. Me dediqué a acariciarla como si estuviera consolando a una niña. Me salió de esa forma. Y es que se veía tan pequeña, tan inocente y, no sé porqué, también triste.
Ella se sobresalta de golpe, asustándome. Bajo la mirada y entonces me congelo. Su espalda encorvada comienza a sufrir leves espasmos. La escucho respirar fuerte por la nariz, oculta más el rostro en mi hombro, gotas caen en mi falda y saco.
«Oh dios…, realmente está llorando»
Mis lágrimas se resbalaban por igual como un efecto inmediato de su, creo yo, catarsis. Desconozco de dónde viene, la razón de ella, pero me encuentro feliz de que la tenga. Es como si finalmente se estuviera liberando de todo peso alguno. Y sí que ha cargado con una mochila muy pesada desde que nació.
Esta vez no me privo de estrujarla contra mi cuerpo, de abrazarla con todo lo que tengo. Ella me abraza también. Puedo sentir su energía, pesada y agridulce, traspasándome el pecho, fusionándose con la mía. Ella frunce los dedos en mi espalda, se ríe entre lágrimas como si se sintiera un chiste.
—Ah…, estoy tan cansada, Sayaka —dice entre risitas, aspirando fuerte por la nariz. Se limpia uno de los ojos antes de subir el rostro para verme. Yo la recibo desarmándome por dentro. Tiene una sonrisa triste en los labios—. Lamento el espectáculo. No comprendo bien qué me sucede, solo… salieron solas.
—Kirari…
No se me ocurre qué decir, así que me limito a limpiarle las lágrimas con el pulgar. Ella cierra los ojos y apoya la mejilla en mi mano como si hubiera encontrado la mejor de las almohadas.
—Quizá solo me puse así para recibir tus caricias...
Yo sonrío de lado.
—¿Estás insinuando que acabo de caer en una trampa?
—Sí..., tal como yo caí a tus pies hace tres años. Estamos a mano.
Como siempre, no puedo evitar sonrojarme con su intento de galantería. Resultó ser bastante talentosa en la materia. Dispara directo al corazón.
Luego de unos momentos en silencio, ella abre los ojos contra mi mano. Y me enamora aún más con ellos. Son tan sinceros, tan entregados. No puedo evitar perderme largos instantes en ellos. Y mientras los veo, recuerdo qué me trajo aquí, al sofá, a beber en solitario una taza de té para calmar mis ansias hasta que la presidenta llegara.
—Qué ironía.
—¿Qué cosa? —me pregunta, acomodando medio cuerpo contra el mío. El contacto estrecho es una de sus actividades favoritas. Lo era antes de que seamos pareja, ahora más. Juguetona, baja la mirada a mis labios aunque sus ojos y nariz siguen un poco rojos. Yo le sonrío.
—Estaba preocupada porque nunca me dices que me quieres, pero al final eras tú quien creía que yo no te quería.
Ella abre los ojos de par en par. Se toma un momento antes de enderezarse como toda una damita y hacer de cuenta que el comentario no le avergonzó. Creo no equivocarme al pensar que le cayó la ficha tarde de lo mucho que se expuso.
—Vaya…, ¿Sayaka tiene esas preocupaciones? Y eso que me he esmerado mucho en demostrarte con acciones lo que con palabras no alcanza.
—¿Huh?
—Eso mismo es lo que sucede, querida. No alcanza. —Ella levanta el índice con una sonrisa diplomática que conozco bien. Procede a explicar lo que yo, inadaptada social, no entiendo—. Verás, Sayaka, no te expreso verbalmente lo que siento porque ninguna frase le hace justicia. Te estaría mintiendo en la cara si te las dijera. Lo que yo siento por ti…, lo que despertaste en mí, es mucho más profundo que un simple "Te quiero o te amo".
De acuerdo, tiene mi completa atención. Y más si me habla con esos ojitos amorosos. Ah..., sabe bien cómo comprarme. Me derrito.
—Es extraño… A veces siento que es una mezcla de amor, agradecimiento y mucha pasión lo que me pasa contigo. Un interés tan grande que cualquier nombre le queda chico. —continúa, deslizando la mano por mi mejilla.
Yo la miro atontada. Ya estoy en vestido de novia, aviso.
—Cómo aún no encuentro la palabra correcta, y tampoco creo que exista, decidí demostrarte mis sentimientos con acciones. Un error de mi parte, dado que parece no ser suficiente para ti. —Sacude la cabeza con los ojos cerrados; una expresión de pena (que se ve bastante falsa) por haberse equivocado—. Debí haberme percatado de que, tarde o temprano, querrías escucharlo. Estamos hablando de ti, después de todo. Tú sigues a rajatabla todas las normas sociales. Y si la sociedad dice: que te digan "Te amo" es la expresión máxima de amor verdadero, entonces debe serlo, ¿no es así? —Hay algo en su tonito elocuente que comienza a irritarme un poco. Me quito el vestido de novia—. Verás, no es tu culpa sentirte así. —Um, nunca dije que me sintiera culpable—. Lo que aquí sucede es que nos enseñaron que tales sentimientos deben ser verbalizados para que cobren importancia, más no nos enseñaron que las acciones son la expresión misma del sentimiento. —Ella sacude el dedo con una sonrisita sabelotodo—. Y, creo yo, que son mucho más importantes y valorables que dos míseras palabras que solo te gusta escuchar porque te inculcaron que "algo anda mal" si no te las dicen.
Y de pronto me está dando una lección de vida. Cuándo no.
—Cualquiera puede ir por ahí regalando un "Te quiero" o un "te amo", pero no cualquiera se arriesga a demostrarlo. Lo escucho todos los días, la gente dice "Te quiero" como si nada. Con poco compromiso, sin un verdadero sentimiento, solo para caer bien al resto. Si te soy sincera, me irrita bastante escucharlo. —Una de sus comisuras se eleva, dándome a entender que, en efecto, le irrita mucho—. Detesto a la gente que lo dice por decir. En especial cuando se lo dicen a alguien que ni siquiera conocen. Veo mucho aquello en las redes sociales. —¿Ve las redes sociales? Eso es nuevo—. Muchos dejan comentarios a idols como: ¡eres el amor de mi vida! ¡Te amo! ¡Daría la vida por ti! Ja… Me hacen reír. Claramente esas personas no darían la vida por nadie, menos por un desconocido que solamente "aman" por su música o la imagen que vende. No lo conocen en la intimidad, no saben cómo es realmente, solo conocen al producto, ¿entonces cómo pueden amarlo? Eso… no lo entiendo. —Su sonrisa se estira por las esquinas, como si alguien estuvieran jalando de ellas, sin embargo, sigue siendo una sonrisa irritada. Es la primera vez que noto que un hecho que no comprende le molesta.
De a poco voy atando cabos. Que me pida que la ame por quién es y no lo que es, que deje de idealizarla…, es el mismo concepto que está dando con el ejemplo de las idols.
«Oh dios… ¿a ella le molestaba que la admirase?»
Me tapo la boca a punto de volver a la crisis. Ella levanta una mano.
—Ah, Sayaka, nunca me resultó un fastidio tu admiración. Encontré fundamentos interesantes en ella. Además, aquí no estoy hablando de la admiración sino de la falsa idea del amor que tienen muchos —aclara como si me leyera la mente. A veces creo que lo hace aunque no me entienda en absoluto—. No es que sea psicóloga, pero no es difícil darse cuenta de que esas personas que creen amar a sus idols con tanta pasión, en realidad se están mintiendo a sí mismos. Solo los necesitan para llenar su vacía existencia. Y si se identifican con las letras de las canciones, mucho mejor todavía. Encontraron un refugio ante la soledad, también un lugar de pertenencia. Ya sabes, los adolescentes, en especial, siempre están buscando algún grupo al cual pertenecer. Aún no están listos para actuar como individuos o valerse como tales. —Ella lo dice como si no fuera adolescente. Y, aunque no lo parezca, lo es—. Al final del día, solo buscan complacerse a sí mismos. Son la viva imagen de un amor superficial.
—Pero… a ti te agrada Yumemite, y ella es una idol.
—¡Ah! Por supuesto, me agrada mucho. Ella coloniza a su público a través de las canciones. Es una gran política. Hace letras con el contenido exacto que pueda llamar la atención de esos pobres infelices, de esa forma los atrae a su telaraña. Creo que es muy inteligente de su parte usar a su favor la debilidad mental del otro.
—Pero ella también usa el "amor falso" para con sus fans. ¿No es igual de hipócrita que los demás?
—Sí, lo reconozco. Ella también dice "los amo" sin sentirlo. Pero lo dice para conseguir algo mucho más grande que caerle bien al resto o simplemente pertenecer a la masa. Tiene una meta, allí lo creo adecuado. Me gusta la gente ambiciosa que hace lo que sea con tal de conseguir la gloria, incluso jugar sucio. —Su rostro se oscurece al inclinarlo. Si no estuviera acostumbrada a verlo todos los días, me daría miedo—. Sin embargo, no opino lo mismo de la gente que utiliza el recurso del "amor falso" solo porque sí. Sin metas, solo para encajar... ¿No lo crees patético? Creo que el amor es un sentimiento que no debe tomarse a la ligera.
Estoy de piedra. Me sorprende que tenga esa opinión sobre el amor. Más bien, que sepa de lo que está hablando. O quizás no lo sabe y solo está parloteando. La presidenta, aunque no lo crean, suele sufrir de verborragia. En otras palabras, habla por hablar. El tema es que dice lo que dice de una forma tan convincente que te es imposible dudar de su palabra, incluso aunque seas consciente de que puede estar mintiendo. La presidenta es ese tipo de persona que habla con seguridad, utiliza las palabras correctas, mueve las manos para acompañarlas y darles peso. Sabe manipular el ritmo de la conversación para que se te caigan las herramientas y no puedas llevarle la contra.
«Es tan genial…»
Por favor, ¿cómo quiere que no la admire? Todo lo que dice parece salido de la biblia. Y, sostengo, posiblemente todo sea mentira, tal como la biblia. Aferrarse a sus palabras es lo mismo que aferrarse a una fe ciega o a cualquier tipo de religión. Lo haces con una seguridad irracional, pues no está comprobado que exista tu supuesto dios. Pero tú crees, crees en él más que en cualquier persona existente, y también te crees los cuentos que, valga la redundancia, te cuentan sobre él. Incluso yo, que no creo en ningún dios, me he encontrado rezándole a todos en situaciones de vida o muerte solo porque estaba desesperada. Porque, por primera vez, caí en la irracionalidad ante esa misma desesperación. La inseguridad y los miedos que todos tenemos hacen que, al menos una vez en la vida, caigas en manos de la fe. Esta es una sensación similar: una creencia irracional.
Y ella te hace sentir así.
No puedes evitar creer en su discurso aunque no haya pruebas que lo respalden. Mientras más inseguro y débil seas, mientras menos personalidad tengas…, más ella te aplasta con sus verdades llenas de mentiras. Suele utilizar esa técnica en las apuestas para persuadirte o confundirte. Hasta ahora nadie le ha ganado una batalla de letras.
Es, realmente, un ser increíble.
Pero ahora… Algo me dice, por no decir su cara, que de verdad odia a la gente que profesa un amor falso. Me pregunto de dónde salió ese odio, si tuvo alguna experiencia traumática que le hizo cambiar su percepción del amor.
—Creo que todos aman a su manera. —Me hallo contradiciéndola aunque poco sé del tema. Pero es que no pude evitar sentirme tocada con su discurso. Yo fui así. Yo empecé admirándola, pero después... me enamoré. Aunque al principio era un amor falso, pues solo veía a un ideal, ahora siento que es lo más real que me pasó en la vida—. También creo que no todos saben amar bien. Supongo que cada uno va armando su percepción del amor a través de las experiencias vividas.
Ella me escucha con la espalda derecha, la sonrisa intacta. Parece algo a la defensiva.
—Hm… Y dime, Sayaka, ¿qué crees que es el amor para ti?
—Una molestia.
Las palabras salen antes de que las piense. Ella se ríe ante la respuesta, resultando en un alivio para mí, que entré en pánico por lo que dije.
—E-Es decir… El amor es irracional, ¿no es así? Por eso lo considero molesto. No me gusta perder el control de mis sentimientos.
—¿Irracional?, ¿de verdad lo crees? Yo creo, por el contrario, que el mundo ha racionalizado bastante el tema del amor. Desde que eres pequeño te dicen a quién puedes amar y a quién no, ¿o me equivoco?
Yo inclino el rostro, sin entender. Ella se cruza de piernas. Vuelve la sonrisa diplomática, una mano se desliza por el aire hasta mi coleta.
—Que tenga dinero, un buen trabajo y una buena familia, que sea buenmozo, que no esté excedido de peso, tampoco que sea demasiado flaco, que no sea de tu mismo sexo, que su piel no sea de tal color, que no tenga tu sangre. Si tú eres mujer y él hombre, por dios que él sea más alto que tú. Que tenga ambiciones en la vida... Hasta te dicen cómo te tiene que gustar depende la moda que esté corriendo ese año. Todo te lo imponen a través de imágenes hipnóticas que están en todos lados y, por supuesto, que son dueñas de una belleza hegemónica. —Hace una pausa, llevándose mi cabello para ella—. Yo creo que desde la cuna te condicionan bastante los gustos, por ende, de quién te vas a enamorar en un futuro. Los gustos no surgen de manera natural sino de todo lo que observaste y te inculcaron desde que eras pequeña. Y nos inculcan una perfección superficial. O dime, ¿tú te hubieras enamorado de un vagabundo que vive en la calle? Sucio, sin dinero, sin nada para darte. Aunque fuera atractivo o simpático, ¿podrías salir con él?
Sé cuál es mi respuesta pero me siento una mierda por solo pensarla. No quiero decirla. Ella asiente varias veces, arrogante.
—Eso mismo. Ni siquiera te volteas a verlo, de hecho, prefieres evitar el contacto visual como si le tuvieras rechazo. Si quizá no te hubieran condicionado diciéndote que vivir en la calle es de marginales, te hubieras acercado a él para ayudarlo. Y, quién sabe, tal vez te hubieras enamorado sin darle importancia a sus carencias. Pero no. El mundo te condiciona, tu familia en especial. Y mira nada más… Terminaste enamorada de una de las personas más ricas de Japón. —Ella levanta las manos como si fuera el emperador—. Yo soy un lugar seguro, él no.
Yo tengo una ceja en alto. ¿Está insinuando que mi amor es superficial o entendí mal?
—P-Pero eres mujer. A mí me condicionaron para enamorarme de un hombre, ¡pero me enamoré de una mujer!
Lo grité lo suficiente como para que toda la academia se enterase. Kirari esperaba con una sonrisa ridícula a que el eco de mi confesión terminara de irse por los pasillos.
—Bueno…, ahí es donde entra el lado irracional del amor. Hay cosas que simplemente son como son. Muy pocos son aquellos que logran romper con el acondicionamiento que nos implantan desde pequeños. Al hacerlo te desligas de toda cadena que te hayan impuesto, surge el verdadero sentir, pero también empieza una vida llena de obstáculos, pues serás un bicho raro para la sociedad. Romper las normas tiene aquella consecuencia. Y tú las rompiste. En términos de género y sexualidad, las rompiste. Felicidades. —Me aplaude. Por alguna razón, no me siento muy premiada—. Ah, pero sigo siendo rica. No es coincidencia que te hayas fijado en alguien como yo. Somos de clases sociales similares, ese es el lado racional: la conveniencia. Los pobres se juntan con los pobres, clase media con clase media y ricos con ricos. Es una regla sabida. No verás muy seguido a una persona de pocos recursos con una que le sobran, al menos no en Japón.
Yo dejo caer las cejas. La presidenta solo quiere tener razón en todo.
—¡Te amaría aunque fueras pobre!
—Porque ya me conoces, pero si fuera una desconocida tirada en la calle…
—¡Cómo puedo amarte si no te conozco!
—¡Exacto!
Ella clava un dedo en mi pecho. En sus labios, una sonrisa ganadora.
—A eso mismo voy. Ese es el resumen de todo. Se puede escapar del condicionamiento, claro que sí. El amor es una construcción, a fin de cuentas. Crece con el tiempo, también puede decrecer de la misma manera... No existe el amor a primera vista. Lo que crees que es amor a primera vista no es más que una idealización, como lo que tú tuviste conmigo al principio. Fue una mera ilusión, pero esto… —Su mano trepa por mi torso de una manera tan lenta que me desespera. Se me sube la sangre a las mejillas cuando hunde suavemente los dedos en mi pecho izquierdo, señalándome el corazón—… esto que venimos cultivando hace tres años sí es real. El amor crece más cuando conoces todo del otro, cuando experimentan juntos este camino llamado vida. Por eso…
Ella regresa la frente a mi hombro, olvidando a la profesora de filosofía que fue por minutos. Me envuelve la cintura con los brazos, apoya los labios en el borde de mi oreja.
—… quiero que conozcas todo de mí, incluso aunque esté el riesgo de perderte por ello.
Yo me mantengo sonriente contra su mejilla de algodón. De pronto ella volvió a transformarse en una cosita tierna. Es la primera vez que siento que la estoy cuidando. Siempre me sentí cuidada por ella.
—Estoy segura de que Kirari será de mi agrado. —le digo, poniendo una mano en su cabeza.
Ella sacude el rostro. Como antes, no me deja verlo.
—Kirari tiene algunos defectos que la presidenta no.
—¿Cómo cuales?
—Bueno..., es un poco celosa. —dice con una vocecita que me enternece más. Yo le acaricio la nuca descubierta mientras contesto sintiéndome extrañamente en paz.
—Sayaka también.
—No es por subestimar a Sayaka, pero insisto en que Kirari es mucho más celosa. Y posesiva. —Su voz baja unos tres tonos, retumbándome en la oreja—. Esa mujer es capaz de encerrarte en su habitación para evitar que cruces miradas con alguien más. En cambio, la presidenta simplemente lo dejaría estar.
—Nunca me gustaría alguien más.
—Nunca digas nunca, Sayaka. La vida no es lineal.
Yo enredo un brazo en su cintura, respirando hondo. Amo sentirla frágil entre mis brazos.
—Kirari de verdad, pero de verdad…, no sabe lo que Sayaka sería capaz de hacer si la encuentra con alguien más. —le digo al oído.
—¿Matarla?, ¿torturarla? ¿Arrancarle las uñas una por una?, ¿quizá los ojos?
—Um… —Solo quería hacerme la mala. No salió muy bien. Me daba impresión imaginar todo eso, sin mencionar que me venía a la mente el recuerdo de Ikishima-san arrancándose el ojo con una carcajada loca—. Creo que... solo me iría.
—Hm... Una elección aburrida. Yo sí torturaría al acompañante inoportuno que estuviera contigo. —Kirari salió de mi hombro con una sonrisa lúgubre. Yo tenía los hombros pegados al cuello como un cachorro asustado—. Aniquilaría lentamente a todos sus seres queridos. Por supuesto, luego de varios meses de tortura, lo dejaría vivo para que se lamente por el resto de su vida. ¿Sabes que una rama de los Bami se dedica a la tortura, verdad? —dice con una sonrisa feliz que no encaja con el discurso—. Me enseñaron cosas muy interesantes, pero nunca pude aplicarlas. Sería una buena oportunidad para hacerlo.
Tengo miedo.
—Ah, pero no te preocupes. A Sayaka la dejaría intacta, jamás podría hacerle algo a ella —agrega, acariciándome el borde del cuello. Empiezo a temer que cierre los dedos y me ahorque—. Pero sí estaría muy decepcionada de haber sido engañada…
—¡J-Jamás engañaría a Kirari!, ¡lo juro! —Quiero creer que no dije eso con una sonrisa estúpida. Quiero creer.
La presidenta se echó a reír. Con esa misma risa se inclinaba a mi rostro. Yo veía, ya con los párpados entornados, llegar a aquella sonrisa brillante.
—Sayaka es muy linda… Creyéndose todo lo que digo.
Mi aliento se entrecortaba por tenerla tan cerca, por sentir al suyo caliente sobre la piel. El deseo se despertaba como efecto inmediato de su cercanía. Últimamente me costaba controlarlo. Cerré los ojos y en un impulso me fui hacia adelante. Hacia sus labios. Ella no tardó en bajar los párpados, tomarme el rostro y comenzar a besarme acompasadamente.
Y mientras nuestras lenguas se enredaban dentro de la boca con unas ganas que parecían contenidas desde hacía rato, pensaba… Ah, Kirari es más humana de lo que parece. Esta vez no me acompañó la decepción al pensarlo, sino que me sentía honrada de que ella me eligiera para ser justamente eso, una simple humana.
—Sayaka tiene unos labios muy dulces… —decía contra mi boca, lamiendo el labio superior. Escondió la nariz en la curva de mi cuello, bajando las manos hasta mis hombros—. También huele muy bien. Mh…, qué problema.
Me tumbó en el sillón. Yo le sostenía la sonrisa desde lo bajo. Llevé una mano a una de sus trenzas, que caían en picada hacia mí. La refregaba con los dedos mientras veía a sus ojos bajar por mi pecho. Lucían algo perdidos.
—¿Qué pasa?
Ella subió la mirada y entonces su sonrisa se volvió traviesa. Comenzó a inclinarse despacio, descansando todo su cuerpo sobre el mío.
—Quiero hacerlo… —ronroneó en mi oreja, para luego deslizar la lengua por el borde.
Yo corrí las pupilas hacia la puerta del despacho, sonrojada.
—En cualquier instante van a venir los miembros del Consejo —objeté, sintiendo cómo se acomodaba mejor entre mis piernas flexionadas—. Tenemos una reunión.
—Cancélala.
—No puedes cancelarla a último momento.
—Puedo, soy la presidenta. Todavía...
Ella me respondía con calma mientras sus manos, no tan calmadas, comenzaban a desabrocharme la camisa del uniforme. Las mías se resistían tomándolas por las muñecas.
—K-Kirari, en serio.
—¿Sayaka no quiere hacerlo conmigo? —preguntó, sentándose en mi abdomen con una carita apenada— ¿Quizá prefieres hacerlo con la presidenta? Puedo llamarla ya mismo.
—¿No estaba hablando con ella?
Se tomó uno segundos para negar con una sonrisa amena. Yo suspiré con otra. Mis manos, antes de pensar, fueron a parar a sus cachetes. Los apreté un poco, haciendo resaltar a sus labios de forma graciosa. Hoy me sentía con la libertad de hacer lo que quisiera con ella, así como también sentía que ella quería exactamente eso. Que rompiera, en todos los sentidos, la pared del respeto. Sus ojos, que dejaban escapar un cierto suplicio, me contaban aquella verdad.
—Kirari es un poco impaciente. —le digo, acercándola por los cachetes.
Sus párpados declinan cuando nuestras narices se encuentran. Aquellas pupilas hipnóticas, antes fijas en mis ojos, se desplazaban lentamente hasta mi boca.
—¿Te desagrada?
Su voz suena bajita y un poco ausente, como si ella ya no estuviera en esa acción sino en la próxima. Mi sonrisa se alarga más.
—Me gusta.
Puedo sentir cómo su respiración va cobrando fuerza en esa espera que se le hace interminable. Hasta que no la tolera más. Se va hacia adelante para besarme. Yo me voy hacia atrás, esquivándola. El disgusto se nota en su frente.
—¿Es esto una especie de tortura?
—Tortura es lo que me haces pasar todas las noches con tus "juguetes". —Me animé a responder lo que hacía tiempo tenía ganas de echarle en cara. A veces no era fácil transitar las secuelas que me dejaban ella y su "cofre mágico". Ese donde guardaba aquellos... accesorios algo exóticos que, a veces, provocaban que al otro día me costara caminar derecha. Y digna.
Ella vuelve el trasero a mi pelvis con una sonrisita cómplice.
—Pero si es Sayaka la que demanda esos juguetes, yo solo obedezco sus deseos.
—¡Yo nunca dije nada!
—Tu cuerpo me lo dice. Esta parte... —Su mano se desliza hacia abajo por mi abdomen. Me aprieta la entrepierna, haciéndome pegar un saltito—... es mucho más honesta que tú. Solemos tener grandes charlas. De hecho, ¿no estábamos por tener una ahora?
Mis ojos se agrandan cuando ella comienza a irse hacia atrás, arrastrándose por mi cuerpo con esa mueca confiada y ya familiar que activa la alarma de seguridad. Tiene un solo objetivo y definitivamente éste se encuentra debajo de mi falda.
—P-Pero hacerlo ahora... —Miro otra vez la puerta.
Kirari asoma la cabeza entre mis piernas antes de meterla debajo de la falda. Con las manos en mis rodillas, pregunta lo que será mi perdición:
—¿Ni un rapidito?
Un silencio se hace entre nosotras mientras no despego la vista de su carita ingenua que, maldita sea, destruye todas mis convicciones y me hace sonreír como una idiota. Kirari es mucho más tierna que la presidenta. Me desbloqueó una nueva debilidad.
«Ah…, no puedo ganarle»
Kirari sonrió como una niña cuando estiré los brazos, llamándola. Se me tiró encima como un cachorro, olvidando el piso inferior. Por ahora.
—¡Sayaka es muy considerada!
—Solo por esta vez…
—Oh vamos, ni que fuera la primera vez que lo hacemos aquí. —Ella refregaba la mejilla entre mis pechos como si quisiera llenarse de mi aroma. Mi camisa ya había desaparecido—. Dime, Sayaka… ¿Quieres que te diga que te amo? Si lo necesitas, puedo decírtelo.
Yo pensaba la respuesta en el techo. Negué.
—No es necesario. Sé que lo haces.
Kirari me acomodaba unos mechones rebeldes detrás de la oreja. No me quitaba la vista de encima ni borraba aquella sonrisa amable que ya tenía reservada solo para mí.
—Algún día encontraré una palabra que le haga justicia a lo que siento por ti. Pero hasta que ese día llegue..., tendré que demostrarte mi amor así.
Presionó mi boca, luego me dio un beso suave en el cuello. Yo apretaba los ojos a medida que aquel acto dulce comenzaba a convertirse en una mordida. Ella clavaba los dientes en mi cuello sin compasión. Era como si quisiera arrancarme la piel.
—D-Duele... ¿Qué haces? Vas a dejarme una marca.
—Lo sé.
Poco tardaron esos labios fogosos en emprender una caminata lenta por mi torso hasta el pecho izquierdo. Yo estiraba el cuello al sentir cómo jugaba con el pezón, lamiéndolo y succionándolo hasta dejarlo brillante. Más abajo, luego, también me hizo brillar.
En menos de cinco minutos me dejó el cuerpo lleno de marcas. Algunas eran demasiado visibles, lo suficiente como para tener que taparlas después con un pañuelo en el cuello. Qué infantil es, pensaba dejándome llevar por ella. Nunca había hecho eso, marcarme como un animal en un lugar tan visible. Solía hacerlo en otros donde solo ella gozaba de la vista y donde el uniforme se encargaba a la perfección de protegerme de la vergüenza. Pero esto... ¿Esa era una de sus tantas formas de decirme "Te amo"? Más bien parecía estar marcando territorio.
La escucho reír por lo bajo entre mis piernas. Estuvo a punto de caerse del sofá. Yo también me veo tentada por ello, pero ella no me permite reírme. Cuando estoy a punto de hacerlo, incrusta los dientes en uno de mis muslos haciéndome soltar un quejidito en su lugar.
«De verdad..., qué infantil»
Contrario a lo salvaje que está siendo ahora mismo, no creo que ella sea consciente de lo romántica que fue antes, de lo mucho que aceleró mi corazón al decirme que ninguna frase refleja lo que siente por mí. Ella profesa aquel amor como si fuera uno inalcanzable, el más fuerte de todos. Y yo le creo. Porque nuestra relación es especial, siempre lo fue. Siempre fuimos la cura para la otra. La compañía mutua, desde el principio, actuó como una poción mágica. Era cuestión de tomarla para sentirnos desconectadas del caos que era la academia, su vida, mi vida, todo. En este despacho nosotras construimos nuestro propio mundo, y ahora se está expandiendo fuera de él. Hoy puedo decir que me siento en casa cuando estoy con ella. A gusto. Somos tal para cual.
Y al mismo tiempo somos totalmente diferentes.
La Kirari que ella me quiere mostrar… deseo conocerla ya. Aunque creo que ya la estoy conociendo.
Aquí, en el sofá del despacho, al asecho de ser emboscadas en cualquier momento, con ella riéndose sobre mí desnuda y usando mi coleta como un bigote, vi a la verdadera Kirari. Y resultó ser, ni más ni menos, que una niña.
Solo eso.
Una simple niña que quiere jugar y que, por mucho tiempo, se sintió sola e incomprendida.
La verdadera Kirari no era mi opuesto, era igual que yo.
Para opuestos ya existían la presidenta y su secretaria. Para iguales, existirían Kirari y Sayaka.
Fin
